Un estilo de vida cercano a los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Juana Elizondo, H.C. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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svpan3-6Esta expresión «estilo de vida» se ha ido introduciendo poco a poco en nuestro vocabulario a partir de las reflexiones que se van haciendo en nuestras Asambleas y Encuentros después del Concilio Vaticano II. Pero fue sobre todo en el Encuentro de Visitadoras de 1972 cuando se utilizó más y desde entonces aparece fácilmente en nuestros documentos. No es que nuestros Fundadores no prestaran atención a esta realidad tan importante, hay en ellos alusiones constantes al modo de vida de la Hija de la Caridad, sierva de los Pobres, como iremos viendo a lo largo de nuestra reflexión.

En realidad «el estilo de vida de una Hija de la Caridad», de una persona cualquiera o de una entidad, comprende todos los aspectos de su vida. El estilo de vida constituye la identidad y ésta, a su vez, impone ciertos modos de vivir y de actuar.

Hablar del «estilo de vida de una Hija de la Caridad» es tener en cuenta todos los componentes de su vida: «totalmente entregada a Dios» (consagra­ción), «para el servicio de los pobres» (finalidad de la entrega), «en espíritu de humildad, de sencillez y de caridad» (virtudes que animan el servicio), «en comunidad de vida fraterna» (vida compartida con otras personas que han recibido la misma vocación y han hecho la misma opción).

El tema que hoy nos ocupa: «Estilo de vida cercano a los pobres» es uno de los aspectos de nuestra vida que, junto con el de la «Vida comunitaria para la misión» será estudiado por todas las Hijas de la Caridad, con objeto de preparar una reflexión común para la Asamblea General de 1997. El enunciado del tema: «Estilo de vida cercano a los pobres» supone una restricción con relación al «estilo de vida» solamente, puesto que aborda el aspecto de «cer­canía a los pobres». Se trata de ver qué características debe tener la Hija de la Caridad para situarse más cerca de los Pobres, para poder insertarse entre ellos, para inculturar su carisma en medio de ellos, servirles y evangelizarlos a partir de sus propias realidades y con un lenguaje que les sea comprensible, a fin de que también ellos puedan captar el Evangelio e introducirlo en los valores de su propia cultura.

En realidad, cabe preocuparse de los Pobres y trabajar por ellos «a dis­tancia», sin mezclarse con ellos, ni siquiera verlos. Se les puede querer y ayudar desde lejos, manteniendo una distancia no sólo geográfica sino so­ciológica y cultural. No se puede negar que muchos de los que proceden así, hacen una buena labor en favor de los necesitados. Otros muchos des­cargan su conciencia dando de lo que les sobra, sin que ello tenga nin­guna repercusión en su propio estilo de vida, en el que además de lo nece­sario abunda lo superfluo y, erg ocasiones, existe hasta despilfarro. No fue éste el caso de Cristo quien «tiara salvarnos se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado>, (Cf. Heb. 4,15). Se hizo carne, adoptó la na­turaleza humana, acampó entre nosotros, tomó la forma de vida que más le podía aproximar al hombre y al hombre pobre. Cristo siervo, «servidor del designio del Padre», reviste la características del hombre a quien viene a servir y salvar, obedeciendo a s Padre Celestial. «Cristo, a pesar de su con­dición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos» (Fil. 2,6-7).

Según el pensamiento de los Fundadores, también la Hija de la Caridad para servir a Cristo en el Pobre, toma la identidad de la sierva. La identidad de la sierva le garantiza la proximidad a los pobres «sus amos y señores». El siervo, la sierva no puede ser superior a la persona a quien sirve. En la conferencia sobre las virtudes de santa Luisa, una Hermana recuerda que la Señorita repetía con frecuencia: «Somos siervas de los pobres, por lo tanto debemos ser más pobres que ellos,> (San Vicente, Conferencia del 3-7-1660). Naturalmente, la identidad de la sierva conlleva un estilo de vida, de comportamientos, de actitudes, la práctica de ciertas virtudes que los Fundadores propusieron y exigieron de nuestras primeras Hermanas, con insis­tencia.

Entre las virtudes se encuentran las que constituyen nuestro espíritu propio: la humildad, la sencillez, la caridad, así como la obediencia, la pobreza, la justicia, la mortificación, la alegría.

La humildad

La humildad nos sitúa en la verdad. Cuando san Vicente proclama a las buenas aldeanas como modelo para las Hijas de la Caridad, la primera de las virtudes que percibe en ellas es la humildad que hace que no se gloríen de lo que son, ni hablen de su parentela, ni piensen que tienen inteligencia y vayan con toda sencillez, y aunque unas tengan más que otras, no por esto se sientan superiores.

Para nuestro Santo Fundador, la humildad es uno de los rasgos que carac­terizan a la Hija de la Caridad, es elemento esencial de su identidad:

«Hijas mías, … en esto conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad, si sois muy humildes, si no tenéis ambición, ni presunción, si no os creéis más de lo que sois, ni más que las otras» (S.V. Conf 25-1-1643).

La humildad inspira estos mismos sentimientos algo poseemos más que ellos, se lo debemos derecho a considerarnos superiores a los que como nosotras en aspectos como la salud, la inteligencia, los bienes materiales, la cultura, etc.

Nuestra primera y obligada reacción ante Ios bienes recibidos gratuitamente será la de dar gracias a Dios, fuente de todo bien. Por esta misma razón, las carencias de que adolecen las personas a quienes servimos y el hecho de que dispongamos de medios para atenderlas, no deben conducirnos a considerar­las inferiores a nosotras. La dignidad de la persona y los derechos humanos son patrimonio de todos. Aun en los casos de deterioro moral o desviaciones de comportamientos, debemos preguntarnos humildemente cuál hubiera sido nuestra respuesta si nos hubiéramos visto sometidas a las mismas circunstan­cias que ellos. Estas consideraciones, apoyadas en la verdad, nos sitúan en la humildad y nos acercan a los pobres. El servicio propio de la Hija de la Caridad sólo es posible a partir de la humildad puesto que sólo ella es capaz de producir las actitudes que san Vicente deseaba para los miembros de la Compañía naciente: actitud de atención, de respeto, de cordialidad.

  • Atención. ¿Cómo no inclinarse ante la persona que sufre, con quien ha querido identificarse Cristo? ¿Ante la persona en la que El sigue sufriendo? De ahí también que nuestras Constituciones proclamen la atención como la primera forma de servicio?
  • El respeto. El reconocimiento de la dignidad de la persona engendra fácil­mente un trato respetuoso con ella, como lo haría una verdadera sierva. Respeto en su presencia y en su ausencia. Por ejemplo, no hablando, aun en su ausencia, despectivamente de ellos (de los pobres), incluso cuando se trata de casos difíciles.
  • La cordialidad es otro de los frutos de la humildad y que debe caracterizar a la sierva de los pobres. Cualidad también exigida por los Fundadores. Debe ir siempre unida al respeto para no caer en la familiaridad. Supone un trato agradable en gestos y palabras, por lo tanto, cercanía.

La sencillez

A esta virtud que san Vicente llama su Evangelio, la hace también consti­tutiva del Espíritu de la Compañía. Sus acepciones como verdad, pureza, transparencia, nos sitúan a las siervas de los pobres cerca de las personas con quienes tratamos, a su alcance. Gracias a esta transparencia, tienen la seguridad de que cuentan con nuestra verdad. De ahí que la sencillez inspire confianza y que los pobres se atrevan a «contar con nosotras», no teman acercarse.

Nuestra sencillez en el trato provoca, a su vez, la suya. Todas hemos expe­rimentado la facilidad con que nos comunican sus penas y dificultades, nos relatan su vida sin temor a ser juzgados. La sencillez acorta las distancias en nuestras relaciones, haciendo desaparecer de ellas todo lo que pudiera ser artificial.

La obediencia

Es imposible pensar en una sierva sin obediencia al Dueño (Cristo en los pobres) a quien sirve. Como nos indican las Constituciones: «Toda obediencia en la fe reproduce la actitud del Hijo que, para cumplir el designio de Amor del Padre, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil. 2.8). En segui­miento suyo y bajo la moción el Espíritu, las Hijas de la Caridad hacen a Dios la ofrenda total de su libertad» (C. 2.8) y se hacen obedientes ante las más diversas exigencias que se le presentar en función del servicio de los pobres.

La obediencia de la sierva se traduce, sobre todo, en forma de disponibi­lidad y de dependencia.

Gracias a la disponibilidad la Hija de la Caridad supera sus propias opinio­nes, deseos e intereses para desempeñar los servicios que la Compañía le confía. Gracias también a la disponibilidad de sus miembros, la Compañía puede responder a las múltiples llamadas que recibe constantemente en favor de los más necesitados.

La palabra dependencia tiene mala prensa en estos tiempos en los que reina el individualismo, pero, bien entendida, tiene una gran importancia para la sierva. Todo dependerá del amor que profese a su amo (al pobre) a quien sirve. Lejos de ser una esclavitud puede ser un lazo de amor y expresión de una estrecha unión y comunicación.

Así, la Hija de la Caridad no escoge los Pobres a quienes servir, sino que está dispuesta a darse plenamente en los que la Compañía le confía, segura de encontrar y servir en ellos a Cristo. «Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios» (S.V. Conf. 13-2-1646). Sabe que en ellos podrá escuchar a Cristo, hablarle, tocarle y traducir en gestos concretos el amor que tiente por El. Esta mirada de fe le ayuda a acercarse a los pobres.

Otra consideración cabe en cuanto a la obediencia-dependencia. La sierva no actúa según su voluntad y menos según s capricho. No escoge los ser­vicios que le gustan y rechaza los que le de agradan. Todo queda regulado en función de las necesidades de las personas a quienes sirve, a sus deseos y hasta a sus gustos. La sierva sabe renuncia a sus preferencias, convenien­cias y comodidades en favor de sus amos los obres a quienes ama. Cuando se pretende agradar, todos los servicios, hasta los más humildes, resultan buenos y agradables. Para la Hija de la Can ad lo que cuenta no son los servicios, sino el servicio, cualquiera que sea s expresión. Señal indeleble de su identidad es la actitud de servicio. La Hija e la Caridad nunca está fuera de servicio; siempre está con el delantal (símbolo de servicio) puesto.

Otro de los campos en los que la Hija de la Caridad acepta la dependencia es en de la utilización de su tiempo. La sierva no dispone de él sino en función de las exigencias de su amo. Como solemos decir, nuestro tiempo pertenece a los pobres, a quienes servimos. El ‹totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres» supone que hemos hecho la ofrenda total de nuestro tiempo en aras del servicio. Y esto, no Solo con relación al tiempo que empleamos en el servicio propiamente dicho, sin incluso el tiempo del descan­so, el de la expansión, que nos ayuda a mantener el debido equilibrio para poder después prestar un servicio de mejor calidad y más duradero. Cuando la persona que sirve ama a la persona a quien sirve no le escatima tiempo, al contrario, se hace creativa para servirle mejor, in omitir el importante servicio de la escucha.

Sin embargo, el emplear bien el tiempo, el no perderlo, no debe conducirnos al activismo con objeto de «rendir más», porque generalmente, rebaja la cali­dad del servicio, destruye la serenidad y el equilibrio y deteriora la relación.

La pobreza

Además de la humildad, de la sencillez, de la obediencia, la verdade­ra proximidad al pobre exige la pobreza. Ante todo, recordemos el ejemplo de Cristo que «de rico se hizo pobre… para enriquecernos con su pobre­za» (Cf. 2 Cor. 8,9). Como hemos visto ya, «no vaciló en dejar su categoría de Dios para hacerse en todo semejante a nosotros menos en el pecado» (Cf. Fil. 2,6-7 y Heb. 4,15). Esta expresión encierra, además, un criterio im­portante de comportamiento para los que tratamos, o mejor, servimos personas que, además de la pobreza material, llevan el estigma de la degradación moral. Debemos acercarnos lo más posible al pobre, con compasión y misericor­dia, pero manteniendo claros los valores evangélicos y sin renunciar a ellos bajo el pretexto de mayor acercamiento o de una mal comprendida incultu­ración.

Nuestra condición de siervas de los pobres nos pide que no nos situemos distantes de ellos.

La Constitución 2.7 nos dice: «se contentan con los gastos necesarios para sus actividades apostólicas y su vida de siervas». La pobreza de la sier­va abarca toda su vida. Todo lo que la Hija de la Caridad es y tiene pertene­ce al servicio de los pobres. En el plano material, su pobreza debe ser real, si no, estaría en continua situación de duplicidad. Su pobreza debe ser real, perceptible y verificable en su vida. Interroguémonos de cuando en cuan­do sobre nuestro estilo de vida, comparándolo con el de los pobres. Tal com­pra, tal regalo, tal opción en una situación concreta de nuestra vida, ¿son la expresión de un estilo de vida pobre? ¿Con qué clase social nos identifica­mos? ¿Con la gente humilde? ¿Con las sirvientas? Esta revisión podrá aplicarse a los diversos aspectos de nuestra vida: comida, habitación, vestido, viajes no justificados por el servicio de los pobres. (Les recomiendo que lean la Confe­rencia de san Vicente sobre la pobreza, del 20 de agosto de 1656.) ¿Cuál es el criterio que debe presidir este aspecto de la pobreza en nuestro estilo de vida? San Vicente nos lo presenta con gran radicalidad: «No tenéis derecho más que a alimentaros y vestiros; el sobrante pertenece al servicio de los pobres» (Conf. 25-1-1643). «Se contentarán con tener las pocas cosas que necesitan sencillamente y según el uso ordinario…» (R.C., II, 1). Quizá hoy podríamos traducirlo diciendo que en nuestra vida debemos suprimir todo lo superfluo.

Tampoco hay que caer en exageraciones. La Hija de la Caridad debe vivir un estilo de vida «que le permita servir». Por eso la alimentación debe ser conveniente para mantener la salud y las fuerzas necesarias para el servi­cio. Hay que disponer de lo necesario para mantener el equilibrio. Pero, si queremos encarnarnos de verdad entre los pobres y hacer que el Evangelio penetre en su cultura, todo lo que prediquemos debe estar avalado por nuestro testimonio de vida, y un estilo de vida poco pobre no nos hace creíbles. Difícilmente podremos proclamarnos pobres si en nuestra vida no experimenta­mos las consecuencias de la pobreza. Santa Luisa tiene una fórmula preciosa: «amar ser tratadas como los Pobres». Si lo deseamos de verdad, fácilmente evitaremos lo superfluo. Además nos veremos libres de la mentalidad de ricas que no sabe prescindir, que necesita vivir en la abundancia y hasta desea disfrutar de multitud de opciones como las personas que poseen mucho dinero. Por el contrario, como nos dice san Vicente en la conferencia del 5 de agosto de 1657:

«La pobreza quiere decir que no se tiene la disposición de ninguna cosa y que no se desea poseer nada en privado; pues apenas nos empeñamos en poseer algo según nuestra voluntad, dejamos de ser pobres».

Señales concretas de pobreza son: «saber pedir», «no rechazar», «dar cuenta». Las que hemos recibido la vocación de siervas de los Pobres y nos hemos comprometido a servirlos mediante un voto, no podemos llevar el mismo estilo de vida que los que no han hecho esta opción.

Pero no basta la pobreza material para caracterizar a una Hija de la Cari­dad. Tan importante o más es la pobreza espiritual, la pobreza-humildad que sabe acoger el don de Dios, reconocerlo y agradecerlo. La pobreza de la aceptación de nosotros mismos con nuestras limitaciones e incapacidades materiales, físicas, psicológicas y espirituales. Aceptación de no recibir la aten­ción y consideración que pensamos merecer, o de no dar, en ocasiones, todo lo que nos parece o quisiéramos poder dar. Este tipo de pobreza-humildad, traducida a nuestra vida, muestra nuestra alma de siervas de los pobres, dis­ponibles pero no susceptibles. Nos sitúa muy cerca de los Pobres, muy cerca de Cristo Pobre y abandonado que se identifica con los más necesitados de toda clase’.

San Vicente es muy exigente en este aspecto, como en otros. Nos pide que estemos satisfechas de que no se haga caso de nosotras, de que no se nos necesite, de que no se reconozcan nuestros valores, de que no se tenga con­fianza en nosotras. Quizá sean las situaciones que más nos igualan a los po­bres. Aunque difíciles de vivir, son las circunstancias en las que nos sentimos verdaderamente pobres. Para superarlas, debemos pensar que el Hijo de Dios quiso pasar por ellas para hacerse semejante a nosotros, para inculturarse, diríamos, y salvarnos.

La justicia

Quién podría considerarse estar cerca de los pobres sin darse cuenta de las heridas importantes que sufren en su dignidad y sin hacer lo que está en su poder para prevenirlas y curarlas? Nuestras Constituciones han salido al paso de este deber de justicia para las Hijas de la Caridad, en el artículo 2.9:

«San Vicente recuerda que el amor implica la justicia; por eso las Hijas de la Caridad se ponen a la escucha de sus hermanos para ayudarles a tomar con­ciencia de su propia dignidad. Respetando las situaciones particulares, colabo­ran con los que trabajan, siguiendo las directivas de la Iglesia, por promover sus derechos. Dan a conocer las llamadas y las aspiraciones legítimas de los más desfavorecidos, que no tienen la posibilidad de dejarse oír».

Mucho nos duele a las Hijas de la Caridad cuando vemos a los pobres en la imposibilidad de vivir según la dignidad a la que les da derecho su condición de seres humanos. De estas situaciones pueden ser responsables personas, entidades, instituciones, gobiernos, sistemas sociales, etc.

Las Hermanas luchan contra estas situaciones injustas, de maneras tan di­versas como pueden ser sus tipos de servicio y las circunstancias concretas en que lo desempeñan. Luchan contra viento y marea para defender los derechos de los pobres y, a veces, sin esperanza de obtener resultados, al menos a corto plazo.

Pero hay otros campos, otras situaciones en las que las Hijas de la Caridad son directamente responsables y donde pueden y deben actuar en justicia. Pensemos, por ejemplo, en la competencia profesional o, sencillamente, en la preparación necesaria para prestar a los pobres un servicio de calidad. Nos lo recomienda concretamente el Estatuto 4: «… una preocupación constante por la competencia, el conocimiento de la legislación en vigor, la inquietud por la justicia social inspirada por la caridad».

Seamos muy responsables en esto. Hay lugares donde la legislación sale al paso y las Hermanas se ven obligadas a mantener el nivel de preparación exigido para prestar ciertos servicios, pero hay otros donde queda más o menos a nuestra exigencia, ya sea porque no existe una legislación reglamentada o porque las personas que reciben nuestro servicio no pueden reclamar por in­capacidad, o no se sienten con derecho a ello o no se atreven por miedo a represalias. Son precisamente las circunstancias en las que más debemos manifestar nuestro amor y respeto a los pobres, obrando siempre según las exigencias de la justicia.

Otro de los aspectos de nuestro deber de justicia es el trato que damos a los empleados, sobre todo cuando sus condiciones de trabajo dependen de nosotras. Seamos justas y comprensivas en cuanto a horarios, salarios, descan­sos, etc…

En los países donde la legislación los protege, no caben tantos abusos, pero sí en otros donde este aspecto no está reglamentado todavía. Hoy, debido al paro reinante en el mundo entero y más en los países ricos, caben grandes injusticias y abusos de los indefensos (trabajo negro) que no les queda otro remedio que someterse a cualquier situación para poder vivir.

Sería inconcebible que aplicáramos a los demás las exigencias de pun­tualidad, calidad de trabajo, de rendimiento y que nosotras mismas descuidá­ramos estos aspectos, haciendo uso de una cierta mentalidad de poder y de ricas. Expresaría nuestra distancia de los pobres y sería muy poco evangeliza­dora.

Nuestras primeras Hermanas fueron ya muy sensibles en defender los de­rechos de los pobres. A título de ejemplo citaré lo que se dijo de sor Juana Dalmagne en la conferencia sobre sus virtudes:

«Tenía mucha libertad de espíritu… un día, al saber que algunas personas ricas se habían eximido del tributo para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios los juzgará por esos abusos, y, como yo le hiciese advertir que hablaba con mucho atrevimiento, me contestó que cuan­do se trataba de la gloria de Dios y el bien de los pobres, no había que tener miedo a decir la verdad’, (Conf. 15 de enero de 1645).

Muchos ejemplos podríamos citar en la historia y la actualidad de la Com­pañía, de Hermanas que, sin miedo a las consecuencias, defienden los dere­chos de los pobres.

La mostificación

Esta palabra y su contenido no parecen estar en armonía con el mundo actual, donde ejercen su reinado el materialismo, la sociedad de consumo y la búsqueda del bienestar a toda costa, aun utilizando medios ilegales. Sin embar­go, ¡qué difícil imaginar una Hija de la Caridad que no incluya la mortificación en su programa de vida! Desde los comienzos, tanto san Vicente como santa Luisa la proponen a las Hermanas en repetidas ocasiones. San Vicente la hará objeto de varias Conferencias y de un punto de las Reglas.

Santa Luisa, además de recomendarla en múltiples ocasiones, exige de las jóvenes que solicitan entrar en la Compañía esta capacidad de renuncia con miras a asegurar la permanencia en la Compañía, al servicio de los pobres, aun en condiciones difíciles.

… se necesitan espíritus equilibrados… que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renuncia ya hecha en el santo bautismo… para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza de la perseverancia en esta forma de vida, del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles», (S.L. a Margarita Chétif, 10 de enero de 1660).

El conocido y gran teólogo Karl Rahner, en su comentario sobre «los peque­ños sacrificios» piensa que, en nuestro tiempo, se ha despreciado de una manera demasiado simplista la práctica de la mortificación mediante estos pequeños sacrificios. Dice así: Hay que admitir, en primer lugar, que no hay vida auténticamente cristiana ni verdadera espiritualidad (o cualquiera que sea el nombre con que se designe esta realidad) sin un entrenamiento racional, sin ejercicios y prácticas que se programen concretamente’.

Esta doctrina evangélica y vicenciana ha encontrado eco en el artículo 2.13 de nuestras Constituciones actuales, bajo el sinónimo de ascesis:

«La ascesis, personal y comunitaria, es igualmente exigencia del amor, en­cuentro con Cristo y medio indispensable de conversión en la vida diaria. Para las siervas de los pobres implica la imitación de Jesús crucificado, que las acerca a los que sufren, así como la aceptación gozosa de las condiciones de su vida, lo que las libera para la Misión».

Nuestra vida cristiana, nuestra vida de siervas de los pobres, puede pre­sentarnos momentos y situaciones de gran exigencia, incluso desconcertan­tes, para las que hay que prepararse mediante un cierto entrenamiento diario. Sería ilusorio pensar que podemos vivir cercanas a los pobres y servirlos en cualquier circunstancia y condición (a veces muy desagradables a nuestra naturaleza), si antes no nos hemos preparado a ello mediante una vida de renuncias, de cada día.

La alegría

Otro de los rasgos importantes de la Hija de la Caridad, sierva de los pobres, es la alegría. No como la que da el mundo, una alegría efímera y pasajera, sino una alegría que tiene como fundamento la fe y la esperanza.

Por la fe, la Hija de la Caridad sabe que por su vocación está llamada a gastar su vida «a tiempo completo» en el servicio de Cristo presente en los Pobres: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más peque­ños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 25,40). Esta señal de predilección, de ser llamada por Dios para tan sublime misión, es fuente de una alegría que no perece.

La alegría de la Hija de la Caridad se apoya también en la esperanza. Sabe que será «examinada en el Amor». La dedicación a los Pobres en cualquiera de los servicios que le confía la Compañía, la incluye en el número de los que el último día escucharán: «Venid, benditos de mi Padre, porque me habéis servido cuando estaba hambriento en los hambrientos, desnudo en los desnu­dos, vagabundo en los que no tienen techo, enfermo en los enfermos, encar­celado en los presos», y un largo etc. Esta alegría, apoyada en la fe y la esperanza, sazona su caridad con expresiones de cordialidad, mansedumbre, compasión, respeto y devoción.

Nuestros Fundadores hacen múltiples alusiones a la alegría, sobre todo en sus cartas a las Hermanas.

— Santa Luisa, que padeció en su persona el sufrimiento bajo todos sus as­pectos: físico, moral, psicológico, espiritual, familiar (hoy diríamos que tuvo muchos problemas), no se dejó abatir por él, sino que lo superó y trató de vivir, en medio del dolor, la alegría, recomendándola también constantemente a las Hermanas.

La alegría en medio de las dificultades:

«Dios quiere que esté alegre y tranquila en medio de sus padecimientos» (C. 31, Carta a sor Isabel Martín —enferma— en 1640).

A la misma Hermana, le dirá en otra ocasión:

«Esté muy alegre, se lo suplico, y no se preocupe de lo que pasa en el hospital mientras usted esté ausente» (C. 51, 5 de julio de 1641).

La alegría en la observancia de las Reglas:

«La bondad de Dios se ha dignado llamarnos a la práctica de los santos mandamientos y de los Consejos Evangélicos, para lo cual nos puede servir la santa observancia de nuestras Reglas, pero alegremente y con diligencia» (Cf. C. 73, a Sor Magdalena Mongert, junio de 1642).

La alegría de la convivencia fraterna

«En nombre de Dios, querida Hermana, le ruego que haya entre ustedes tolerancia y cordialidad y que practiquen la santa alegría» (C. 194, a Sor Magdalena Mongert, 5 de junio de 1647).

La alegría de los acontecimientos:

«Tomamos, pues, la diligencia en Orleans y nos mantuvimos muy alegres (du­rante el viaje) sin que, por gracia de Dios, faltáramos a las observancias, excep­to que en la hora de oración y de silencio nos dejábamos vencer por el sueño, de lo que a veces echábamos la culpa al calor» (C. 171, Relato del Viaje a Nantes, 1646).

Recomienda mostrar un exterior alegre

Escribe a san Vicente y le indica los consejos que debería dar a Sor Este­fanía que va a Angers:

«… que sea firme en la observancia exacta de las Reglas sin causar perjuicio al servicio de los pobres, mostrándose exteriormente alegre» (C. 659, a san Vicente, noviembre de 1658).

San Vicente insiste en la alegría del servicio a los pobres:

«Vuestras resoluciones tienen que ser de esta manera: «Yo iré a servir a los pobres, procuraré hacerlo una forma sencillamente alegre para consolarlos y edificarlos»» (Conf. 2 de agosto de 1640).

Hablando de sor Andrea, dirá a las Hermanas la respuesta que había reci­bido de ella al preguntarle si algo le preocupaba ante la proximidad de la muerte:

«… no, Padre, no hay nada, a no ser que sentía mucha satisfacción al ir por esos pueblos a servir a esas buenas gentes: volaba de gozo para poder ser­virlos» (Conf. 25 de mayo de 1654).

Todas ustedes conocen lo que dijo san Vicente respecto a Margarita Na­seau:

«Su caridad era tan grande que murió por haber acostado con ella a una pobre muchacha enferma de la peste. Contagiada de aquel mal, dijo adiós a la Her­mana que estaba con ella como si hubiese previsto su muerte y se fue a San Luis con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios» (Conf. julio de 1642).

El Santo Fundador da una importancia grande a la acogida que se prodiga con rostro alegre:

«Cuando uno de nosotros viene de los pueblos (a San Lázaro) cada uno va a saludarle con cara alegre y le lleva con gran solicitud todo lo que pueda ne­cesitar… vosotras, Hermanas, tenéis que hacer lo mismo… tenéis que procurar tener, en vuestro trato, ese respeto cordial que testimoniaréis con reverencia y rostro alegre» (Conf. 1 de enero de 1644).

Nuestras Constituciones marcan la importancia que la Compañía da a la alegría en nuestra vida, mencionándola —como tal o como gozo— siete veces, y una vez en los Estatutos.

Es claro que un rostro alegre que expresa el gozo y la felicidad de una vida entregada y realizada según la voluntad de Dios, abre las puertas y prepara el camino para un acercamiento hacia los pobres y viceversa.

Otros aspectos importantes forman parte del estilo de vida de una Hija de la Caridad (pienso, concretamente, en la vida de oración, en la vida comu­nitaria fraterna) pero, como lo dije al principio, me he limitado a tocar aquellos aspectos que me parecen contribuir más a un «Estilo de vida cercano a los pobres».

Conclusión

Aunque en realidad, la palabra «Inculturación» se aplica al Evangelio, pode­mos hablar con propiedad de la «Inculturación del Carisma», puesto que, mediante la vivencia del Carisma, participamos en la tarea evangelizadora de la Iglesia. Un aspecto importante del Carisma es «el estilo de vida», que, para hacernos creíbles, debe ser cercano a los pobres; lo contrario entorpecería nuestra participación en la «Inculturación del Evangelio».

Que María, quien por designio de Dios fue asociada a la inculturación por excelencia —la Encarnación del Hijo de Dios , que María, Estrella de la Evan­gelización, como la llama Pablo VI, nos conduzca por la vía de la conversión necesaria para llegar a ser agentes válidos de la «Nueva Evangelización».

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