Triple invitación del Beato Marco Antonio Durando a la Provincia de Turín y a la Familia Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoMarco Antonio DurandoLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Bruno Gonella, C.M. · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 2003 · Fuente: Vincentiana.
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1. A reavivar la espiritualidad de San Vicente de Paúl

Marco Antonio Durando

Marco Antonio Durando

Si, gracias a la presencia de los «Señores de la Misión» en la pequeña población de Mondovì, donde nació el P. Marco Antonio Durando, éste decidió entrar en la Congregación, para realizar su deseo de ir como misionero a China, es que le había fascinado la espiritualidad de San Vicente de Paúl. Una espiritualidad que el P. Durando cultivó de por vida. De sus numerosas cartas, cito una que dirige a cierta Hermana.1 Allí manifiesta el Beato con claridad su búsqueda – y súplica – del espíritu de San Vicente:

… Me recomiendo mucho en esta novena a San Vicente; estoy necesitado de su espíritu, el cual me falta y del que no veo en mí otro indicio que el de un débil deseo de tenerlo; voy avanzado en años, me acerco a la muerte, y siento aún todo el espíritu del mundo y de la vanidad. Obténgame, pues, esto del Espíritu Santo, para que todavía pueda hacer, mejor dicho comenzar a hacer bien a la Congregación de la Misión, y ruegue al santo que me inscriba en el número y libro de sus hijos buenos, píos, humildes y observantes …

Al morir el Beato Durando se decía: «Hemos perdido a otro San Vicente». En 79 años de vida había plasmado la vocación vicenciana, a través de los ministerios de la Compañía:

  • comenzó el ejercicio del sacerdocio dando misiones al pueblo;
  • casi de inmediato añadía a ello la formación del clero, sobre todo como guía de sacerdotes, y la de confesor, director de espíritu, en el Turín de entonces;
  • el cometido de guía espiritual le permitió convertirse en promotor de vocaciones, especialmente en el ámbito femenil (Hijas de la Caridad, Hijas de María, fundación de las Hermanas Nazarenas);
  • como San Vicente de Paúl, el P. Durando actuó creativamente en el cuanto a valorar a los seglares, orientándolos a la colaboración con las Hijas de la Caridad en los múltiples grupos caritativos por él establecidos, en Turín y a través de Piamonte ( las «Misericordias»);
  • no descuidó, pese a haberle rehusado sus superiores un destino como misionero «ad gentes», el compromiso en el campo misional: envió misioneros por doquier; sostuvo la obra del «Colegio de Clérigos para Misiones Extranjeras» de Génova (Brignole-Sale-Negroni); en una carta de 1841 al Asistente General, P. Fiorillo, escribía: Me enternecen las indigencias de una misión… El P. Durando estuvo entre los colaboradores y propulsores de la Obra de la Propagación de la Fe, que no sólo tenía como fin recoger fondos, sino además el sensibilizar y formar, en el cometido de las misiones.

2. La fidelidad a las virtudes vicencianas características

Convencido de que lo extraordinario es sospechoso, el P. Durando progresó en la santidad siguiendo, según gustaba de decir, la vía normal.

Efectivamente se santificó ejerciendo el ministerio ordinario, trabajándose a sí propio – lo que él callaba y escondía –. Su vía normal era sobre todo apelación a lo concreto – tal la conocida expresión vicenciana «con el sudor de la frente»…– Santidad, la del P. Durando, que no ostenta nada extraordinario.

Rico en la sabiduría de los hombres de valor, y equilibrado por el arraigo, tal vez temperamental, en una postura práctica, procuró reformar a las personas, más bien que deplorar las instituciones, puesto que de las personas vienen los males, no de las cosas.

Enseñó que el amor de Dios se manifiesta aceptando su voluntad, permaneciendo fieles a cada cometido, practicando la caridad para con el prójimo – una caridad delicada, en especial hacia los enfermos –. Predicar más con el buen ejemplo que con las palabras, solía recomendar a los Misioneros.

Haciéndose ejemplo de gratuidad y de disponibilidad, interpretó idealmente las cinco virtudes vicencianas: la prudente sencillez, humildad, mortificación, mansedumbre, celo apostólico. Virtudes que, siguiendo a San Vicente, llamó también él los cinco guijarros de David, refiriéndose al conocido episodio bíblico de I Sam 17, 40ss.

3. Repensar nuestra presencia de misioneros y de Familia vicenciana

Las múltiples, valientes intuiciones que nos legó el P. Durando, invitan a esta Provincia de Misioneros, y a la Familia vicenciana, a ser creativos en el tercer milenio, como creativo supo ser, con genialidad, San Vicente en el siglo XVII.

Tras la Revolución Francesa, y caído Napoleón Bonaparte, el P. Durando vivió una época de transición – que diríamos ahora –. Los Misioneros eran pocos, y las leyes de supresión los desperdigaron – en muchos casos hasta provocaron el abandono de la Congregación –. Fueron trances difíciles, en los que el P. Durando se atuvo a la fe que todo lo espera, persuadido de que estaba todo en manos de Dios.

Gracias a su agudo sentido eclesial – y pese a no haberlo podido respirar en la casa paterna –, el P. Durando cooperó con todos sin ceder al prejuicio: con el mundo eclesiástico de Turín (obispos, sacerdotes, santos); con el mundo civil y político (reyes Carlos Alberto y Víctor Manuel II); con el pueblo cristiano (fundación de las «Misericordias»).

El Beato Marco Antonio Durando halló una solución para ayudar a las de pobres huérfanas, ansiosas de darse en servicio a Dios, y no recibidas por ninguna comunidad religiosa: para ellas fundó la Compañía de Jesús Nazareno Crucificado.

Fue la suya una presencia atenta a los acontecimientos, como si la solución de los problemas dependiese de nosotros, pero poniendo aun así toda la confianza en la Providencia: un secreto para nuestra presencia de hoy como vicencianos.

  1. P. Durando, Marco Antonio, Epistolario, transcripción del P. Luigi Chierotti, C.M., Vol. VI, p. 65-66, (Sarzana 1979); carta del 13 de julio de 1862.

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