Tres reformadores de, desde, en, para la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Rafael Prieto · Año publicación original: 1982 · Fuente: Revista Corintios XIII.
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Reformadores de la Iglesia ha habido muchos. Son incon­tables y sus reformas muy distintas, según el estilo y el tiempo, según las necesidades. Ha habido reformadores escatológicos, utópicos, carismáticos, radicales, revolucionarios, incendiarios, belicosos, perfeccionistas, intimistas, moralistas, espiritualistas, elitistas, cerebrales, moderados, oficiales… Larga y dramática lista de reformas y reformadores de la Iglesia.

Pero reformadores de la Iglesia y desde la Iglesia, acep­tando las leyes de la encarnación prolongada de Cristo; desde el Espíritu y cuando el Espíritu lo diga; desde el amor entra­ñable, desbordante, desde el amor que no descansa ni deja descansar, desde el amor que es fuego que purifica, empezando por el propio reformador —»reformatores reformentur», que diría P. de Grassis en el Lateranense V—; desde la caridad —que eso es al fin la Iglesia—, no desde la rabia o el fanatismo o el orgullo.

Reformadores en la Iglesia, sin romper la comunión, dentro de la Koinonía del Espíritu; en la Iglesia, aunque sienta todavía el peso del pecado o la cruz de la incomprensión o la agonía de la frustración; en la Iglesia, sin fáciles escapismos, sin heroicas rupturas o brillantes liderazgos; en la Iglesia, humil­des y obedientes siempre hasta la muerte.

Reformadores para la Iglesia, hombres para-los-demás, como Cristo, para-los-otros, nunca para sí o para su institución; hombres para la comunidad, dispuestos siempre a servir, a curar, a dar, a morir para dar vida.

Reformadores eclesiales, más eclesiales que individuales, que se definan más por la relación que por su propio nombre, que vivan de esta relación, que sean más el «de-en-para» que ellos mismos.

Tales reformadores son pocos. Vamos a presentar tres ejemplos distintos entre sí por el tiempo y los espacios y los matices. Pero cercanos por el espíritu. Muy distintos en sus nombres, pero muy iguales en sus profundas y dramáticas rela­ciones con la Iglesia.

Francisco de Asís

«Allí donde se hace suave la pendiente,
nació para el mundo un sol».
(Dante, Divina Comedia. Paraíso XI)

1. Raíces de la reforma franciscana

Cuando nace Francisco a finales del siglo XII, hace ya 800 años, la Iglesia —o la Cristiandad, como se decía antes— a nadie satisfacía, a pesar de sus éxitos político-religiosos. Cuando nace Francisco de Asís —en Oriente, como gusta decir Dante—, la Iglesia era más fuerte y poderosa que nunca, brillante en sus jerarcas, en sus templos, en sus escuelas y universidades. Enton­ces, los obispos y canónigos poseían magníficos palacios, los monasterios eran ricos, Ios templos de todos los pueblos resul­taban chicos. Entonces, el Papa, que representaba a Cristo, no sólo mandaba más que nadie, sino que de él procedía, según pensaban algunos, lo auténtico de todo poder. Entonces, por aquellos mismos arios, el Papa Lucio III se ponía de acuerdo con el emperador Federico I Barbarroja para «castigar debida­mente» a algunos herejes insensatos.

Pero era por eso precisamente por lo que no satisfacía. Los mejores cristianos de entonces se daban cuenta de que «el esposo Jesús, el paciente Jesús», que diría Abelardo, no era tanto el Cristo Rey Pantocrator, Señor de señores, cuanto el amigo cercano y maestro de amor; no tanto el Juez que impone cargas, cuanto el médico que pone bálsamo en las heridas. Sabían ya que «el dulce Jesús, el fuerte Jesús, eI crucificado Jesús», según Bernardo, no utilizaba la espada y la corona, sino la mano abierta, amistosa y llagada. Captaban bien que «el pobre Señor Cristo», «el Cristo desnudo», del que hablaba Pedro Waldo, no vivía en los palacios eclesiásticos ni en los riquísimos conventos, sino afuera en la tierra desnuda y en todo corazón humano que se le abra. Comprendrían que «el pobre y libre Jesús» de Arnaldo de Brescia debía liberar nuevamente a la Iglesia de Dios convertida «en casa de negociación y cueva de ladrones, que ahora eran los cardenales, sucesores de los escribas y fariseos. El Papa ya no es pastor de almas sino verdugo de las iglesias, que no hace en el mundo más que apacentar su carne, llenar sus bolsillos y vaciar los ajenos». Y mucho de verdad debía de haber en estas palabras cuando el mismo gran Pontífice Inocencio III se quejaba de los clérigos que abrazan a Venus por la noche y veneran a la Virgen por la mañana. Y confesaba en la inauguración del IV Concilio de Letrán: «Toda la corrupción del pueblo procede principalmente del sacerdote… Ocurre muchas veces que los obispos, a consecuencia de sus muchas ocupaciones, de sus placeres carnales y sus acciones bélicas, y también por otros motivos, como su falta de conocimientos espirituales y de celo, son incapaces de administrar la palabra de Dios y anunciarla al pueblo… Perece la fe, la religión se deforma, la libertad se perturba, la justicia se pisotea, pululan los herejes, se insolentan los cismáticos, se enfurecen los pér­fidos, prevalecen los agarenos».

El espíritu del tiempo, los profetas del tiempo pedían re­forma. Algunos incluso pedían revolución, como el desgraciado Arnaldo, que pretendía espiritualizar y democratizar la Iglesia. Terminó en la horca. O como Joaquín de Fiore, que soñaba con una solución escatológica, llovida del cielo. «Esta Iglesia tendrá que perecer… Entonces se establecerá el reino de la Iglesia virgen». Pasada la edad del Padre y del Hijo, el estado de los casados y de los clérigos, está para llegar la edad del Espíritu, el estado de los monjes. Tendrá sucesores fanáticos. O como los cátaros, para quienes la Iglesia, el mundo, todo era malo y luchaban por iglesias angelicales. La Iglesia había caído en la trampa de las tentaciones mesiánicas. Era peor que un pe­cado, un error. Cristo pobre, Cristo humilde, Cristo paciente: he ahí el ideal de aquellos reformadores. Volver a la Iglesia primitiva, a la vida de los apóstoles: he ahí el objetivo. «Vida apostólica»: ese fue el slogan. Y vida apostólica quería decir vida de apostolado, quería decir pobreza y predicación del evangelio. Toda la profunda y vasta corriente reformista de la época se polariza en estas dos exigencias: pobreza y predica­ción libre. Se rechaza, por lo tanto, no sólo las riquezas y los vicios consecuentes, sino al clericalismo acaparador de la Pala­bra. Conecta esta tendencia con una espiritualidad más subje­tiva, más íntima, más libre y más democrática, que viene ya desde Abelardo.

Surge así un gran movimiento paupetístico en la Iglesia del siglo XII. Los pobres de Lyón o valdenses, los pobres de Lombardía, los pobres de espíritu, los pobres de Cristo, los pobres católicos. Cuando nace Francisco, había ya grupos que «no tenían casa propia, caminaban de dos en dos, con los pies descalzos, sin provisiones, ponen todo en común a ejemplo de los apóstoles y siguen desnudos a Cristo desnudo» (W. Mapes, de nugis curialium, pp. 64-65). No son los franciscanos todavía, son los pobres valdenses. Pero fueron condenados y fueron condenados brutalmente. «Sépase —decía el bárbaro Pedro II de Aragón— que si alguna persona descubre en nuestros reinos algún hereje y lo mata o mutila, o despoja de sus bienes, o le causa cualquier daño, no por eso ha de temer algún castigo, antes bien, merecerá nuestra gracia» (M. Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos III, 149-150). Y fueron condenados por algunas convicciones y exigencias que hoy nos parecen ideales, como defender que todos los discípulos de Cristo han recibido la misión de predicar el evangelio y de anunciar la palabra divina en las asambleas eclesiásticas, aun los laicos y las mujeres.

Pobres, los pobres valdenses, incomprendidos por la Igle­sia, a la que ellos tampoco comprendieron ni aceptaron. Algo le faltó a P. Waldo para ser santo.

2. Respuesta de Francisco a las esperanzas del tiempo

Es entonces cuando la Iglesia está en estado de fermenta­ción, cuando el evangelio penetra profundamente en la con­ciencia de aquella Cristiandad abierta —y la «Europa abierta», que diría F. Heer—, cuando aparece Francisco de Asís. Y Fran­cisco será el gran sí a todas las grandes esperanzas de la época, la encarnación balbuciente de los mejores ideales, la gran afirmación que nada niega, sino que abre sus brazos a todos y a todo, la gran «Y» con brazos abiertos y crucificados, el gran Alleluia que culmina la obra acabada.

«Es grande alegría irradiante, grande dolor irradiante, gran paz y corrosiva inquietud, una sonrisa que acaricia al mundo entero, a todos los hombres, los animales y las cosas, y una seriedad que recuerda el rigor de los antiguos padres del desierto; espíritu de amor hecho de fuego; el rostro en sangre y en lágrimas. El rostro de un crucificado» (F. Heer, El mundo medieval, p. 244).

Recogerá de Abelardo su intimidad y su libertad, pero no su independencia; de Bernardo, su dulce y fuerte humanidad, pero no su gloria; de Arnaldo, su fuerza liberadora, pero no su violencia; de Joaquín de Fiore, su ardiente espiritualismo, pero no su escapismo. Recogerá también los deseos de reforma de Gregorio VII, las utópicas proposiciones evangélicas de Pas­cual II, las santas ambiciones de Inocencio III. Concentrará todas las corrientes más o menos subterráneas del espíritu.

Por eso, Francisco no gusta de límites, de estructuras; no reforma «contra» nadie. Es de todos y para todos. Es universal. Ha dejado a su padre y su familia para ser el hermano universal. Sus hermanos serán incontables como las estrellas del cielo. Se deja conducir por el Espíritu, que hará de él un pobre, un des­calzo, un desnudo, un enamorado y casado con la «Reina Po­breza», un desheredado. Su herencia no será la de Pedro Ber­nardone, sino la de los leprosos, la de los hermanos, la de las estrellas. Francisco se transciende, se transforma en un cruci­ficado viviente y balbuciente que no puede contener tanto dolor, tanto amor y tanta dicha. Ha gustado el mosto de gra­nadas y queda embriagado, dominado por una sublime libertad.

Quiere imitar al Señor pobre y también al Señor que pre­dicaba y sanaba a los enfermos. Ha escuchado Mt 10, 5-16: «Id a las ovejas descarriadas. Por el camino proclamad que el reinado de Dios está cerca, curad enfermos… De balde lo recibisteis, dadlo de balde». Y empieza a predicar por los caminos y los pueblos, y empieza a dar gratis lo que gratis había recibido. Y el pueblo acude a él en masa. Se ha iniciado un movimiento de fraternidad que resultará incontenible. Cien años después de su nacimiento, en 1282, la orden fran­ciscana tendría 1583 casas. Sólo que él no quería orden ni quería casas (» ¡Maldito, Pietro Staccia!», que por construir una casa confortable estaba a punto de destruir la hermandad de los pobres); no quería privilegios; no quería propiedades; no quería derechos; no quería reglas. ¿Quién puede poner cadenas al Espíritu? El sólo quería evangelio, pura y simple­mente el evangelio. En esto consistiría su reforma, en probar a la Iglesia de entonces y de siempre que el evangelio no es utopía, que es posible y es necesario. «Este hombre pide sola­mente que le permitamos vivir conforme al Evangelio; ahora bien, si declaramos que tal conformidad es superior a las fuerzas humanas, afirmaremos que es imposible a los hombres seguir el Evangelio y seremos acusados de blasfemar contra Jesu­cristo» (Palabras de J. Colonna al Papa y cardenales).

3. «Mirad a mi siervo» (Is 42, 1)

Hace ochocientos años, la Iglesia estaba en ruinas y había que restaurarla. Muchos en aquel tiempo, de una u otra manera, oyeron la orden misionera: «Ve y repara mi casa, que amenaza ruina». Y muchos lo intentaron, pero no lo hicieron bien. Se contentaban con hacer alguna chapuza o construir casas gran­diosas, o quizás hacer una casa radicalmente distinta. Ni los cátaros, ni los joaquinistas, ni los valdenses, ni los speronistas, ni Ios cruzados, ni los inquisidores, ni los obispos y abades del Latesanenses IV, ni los cardenales, ni siquiera el gran Papa Inocencio III, lograban restaurar la casa convenientemente. Había que encontrar al hombre más pequeño, más pobre, más sencillo, más obediente y más ardiente. El Papa lo vio una noche en sueños: vio al hombrecillo sosteniendo sobre sus débiles hombros a la Iglesia que se arruinaba. El Papa y el pobrecillo llegarían un día a encontrarse y a reconocerse. Francisco era, efectivamente, la persona escogida. Era «una de las figuras más sencillas de la historia: todo él emerge direc­tamente de la gracia y de su propio núcleo interior. Sin em­bargo, supo dar providencialmente una respuesta total a los problemas más profundos de su tiempo» (J. Lortz, Historia de la Iglesia, p. 284).

Francisco, restaurador de iglesias — iqué arranque el suyo cuando se pone a restaurar las ruinosas iglesias de San Damiano, San Pedro, Santa María de los Angeles…, para lo que tuvo que vender su caballo y algunos paños del comercio de su padre!—. Después entendería bien el símbolo. Después tendría que vender y dejar muchas cosas, tendría que sudar y sangrar muchas veces, tendría que morir mucho para llevar a cabo esta misión reformista, este delicado y difícil trabajo de albañilería espiritual.

No se trataba de destruir para construir algo nuevo, sino de restaurar. Debía, entonces, ser como el siervo de Yaveh. «Mirad a mi siervo, quien sostengo, a mi elegido, a quien pre­fiero… No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apa­gará» (Is 42, 1-3). Eso fue Francisco, siervo paciente: «Es­cribe, hermano León: la perla más rara y preciosa de la corona de Dios es la paciencia. ¡Oh!, cuando pienso en la paciencia de mi Dios, me vienen más ganas locas de estallar en lágrimas». Siervo diligente, recorre todos los caminos, las montañas, los pueblos; se hace cruzado y peregrino, enfermero y juglar, can­tando por todas partes su mensaje alegre de hermandad y de amor. Decía en una noche de fuego: «Quisiera abrazar el mundo, amar a todos los hombres, amar y sufrir por ellos. Quisiera cubrir el mundo con el manto de la paz. Esta noche quiero alumbrar con mi lámpara a todos los caminantes, cau­tivos y desterrados. Correr con un cesto en la mano sembrando la paz». Y siervo obediente hasta morir muchas veces con inde­cible agonía cuando le pedían su hijo primogénito, cuando querían destruir su obra recortando sus exigencias, buscando seguridades y reglamentando con prudencia. Lloraba Francisco sin entender, pero obedecía. «La fuerza misteriosa de la más viva obediencia heroica jamás se ha mostrado en todo el curso de la historia de la Iglesia como en Francisco. Consiguió reformar la Iglesia, porque renunció a su voluntad propia» (J. Lortz, Historia de la Iglesia, p. 286).

Como siempre, cuando Dios quiere salvar a su pueblo, no escogió a los grandes, sabios y valientes de la época —siguió rechazando a los brillantes hijos de Isaí, porque El no mira las apariencias—, sino que se fijó en un hombre que se sentía el más pequeño, que no se consideraba digno de recibir el sacerdocio, que no hizo carrera en la Curia o estudios en la Universidad, pero que escuchó dócilmente la palabra del Señor. Y, para vencer de nuevo al gigante, este hombre pobrecillo no quiso aceptar los arreos y armadura de Saúl, las riquezas y el poder de entonces, porque impedían el paso libre y confiado. No quería más armas que las del evangelio.

Así se convirtió en reparador y sostenedor de iglesias en ruina. Desde su pequeñez y debilidad sostiene aun a muchos. Quizás en gran medida nos sostenga también a nosotros. Porque,

«por fraile o por hermano,
todo el mundo es franciscano».

Teresa de Jesús

A Teresa no se la discute, porque, «hacer mudanza
de las cosas que escribió un pecho en que Dios vivía,
es atrevimiento grandísimo y error muy feo».
(Fr. Luis de León)

1. Era de las reformas

A mitad de camino entre Francisco y nosotros está el naci­miento de Vicente de Paúl y el «dies natalis» de Teresa para el cielo.

Cuando nace Vicente y muere Teresa de Jesús a finales del siglo XVI, hace ya 400 años, la Iglesia tampoco satisfacía plena­mente, a pesar de los éxitos político-religiosos.

Éxitos. La Iglesia en expansión hacia nuevos mundos, fácilmente conquistados y evangelizados. Papas y soberanos hacían magníficas alianzas político-militares. Todavía resonaban los ecos de los rosarios y tedeum en acción de gracias por la brillante victoria de Lepanto sobre los infieles.

Éxitos.La Iglesia estaba en estado de reforma. Se había gestado desde hacía doscientos años y por fin había llegado la hora del parto, que resultó múltiple y distinto. ¡Qué abanico de reformas, Dios santo! Por reformar, se reforma hasta el calendario.

Éxitos.Los herejes iban siendo vencidos y aun masacrados en Francia, gracias al apoyo de los papas y las majestades cató­licas. Que los de Inglaterra se fueron preparando, porque la misma majestad, con la bendición pontificia, preparaba una armada a la que no se podría resistir.

Éxitos.El Concilio de Trento, recientemente clausu­rado, había unido y potenciado a todas las fuerzas católicas, convirtiéndose en una central nuclear de reformas, repartiendo energías espirituales y dogmáticas a papas, obispos, reyes, teó­logos y santos. Santos en cantidad y calidad: 30 en el siglo XVI y otros tantos en el XVII.

Pero no satisfacía. Las reformas, hijas de la misma madre, se hacen entre sí una guerra cruel y despiadada. Se habla de reforma y de contrarreforma. Se habla de guerras de religión. Se mueven los tribunales a la caza del hereje, y en España, en Francia, en Ginebra, se encienden hogueras a la gloria de Dios. Pintan bastos. «Tiempos recios», que diría la santa. Los puñales se mueven certeros, bendecidos, contra los tiranos. La fe se hace intolerante y a Cristo se le pinta con pistolas. No satisfacía, porque las actitudes de muchos no se habían refor­mado. Los decretos de Trento se abrían camino lentamente. Quedaba mucho por reformar. Aún no se había borrado la imagen desgraciada de los papas y la Iglesia del Renacimiento, de los obispos y cardenales «montados en buenas mulas y briosos caballos…, mostrando rollizos mofletes bajo el rojo sombrero y amplia capucha, manteniendo perros de caza y gastando mucho en comediantes y parásitos» (Pío II). Por poner sólo un ejemplo cercano, en 1573 —nueve años antes que Teresa de Jesús— moría en la diócesis de Plasencia el obispo Pedro Ponce de León, del que dicen los canónigos que fue «tan bueno e principal». Tenía a su servicio, según consta en el testamento: «camarero, repostero de plata, secre­tario, paje de cámara, repostero de estrado, tres maestreslas, portero, letrado de cámara, servidor de copa, veedor de co­cina, tres capellanes, alguacil, vicario general, visitador del partido de Trujillo, trece pajes, agente en Roma, médico, caballerizo, cuidador de la capilla, visitador del partido de Béjar, racionero, fiscal, mayordomo del partido de Medellín, mayordomo del de Béjar, notario de su audiencia, repartidor de las raciones de su casa, provisor, veedor, mozo de cámara, cazador, lacayo, escribiente, barbero, otros tres lacayos, coci­nero, repostero de ropa blanca, botillero y despensero… y cinco esclavos». «Doy libertad a Pedro, mi esclavo: que sirva seis años a mi contador y después queda libre». Así se podía ser obispo. Es sólo una muestra de aquella Iglesia necesitada de reforma.

2. «Un poquito» por la Iglesia

A Teresa de Jesús le dolía aquella Iglesia. «Cuando veo las grandes necesidades de la Iglesia, éstas me afligen tanto que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena» (Rel. 3, 7); «no dejan de quebrarme el corazón» (C. 1, 4).

Veinte años antes de su muerte, en 1562, cuando su consejero y amigo, el franciscano Pedro de Alcántara, campeón de los pobres y abnegados, moría vestido de un tosco sayal, cuando Trento iba a deliberar sobre la honestidad de la vida de los clérigos, cuando en Francia se iniciaban terribles guerras de religión y en España se echaban los cimientos del Escorial, Teresa de Jesús decide hacer algo por la Iglesia.

Pero, ¿qué puede hacer ella, «una mujercilla tan sin poder como yo» (F. 2, 4); «mujer y tonta»; «flaca y ruin» (C. 1, 1); «pobre monja descalza»?

Puede orar y lo hace llorando: «No permitáis ya más daños a la Cristiandad» (C. 1, 2). Puede ofrecer su vida al Señor y lo hace: está «dispuesta a dar mil vidas que tuviera» y «prefería renunciar al cielo y quedarse en el purgatorio a trueque de que la Iglesia se aumentase, aunque fuera en muy poquito». Ayu­daría así a la Iglesia desde la retaguardia (C. 3, 2).

Pero puede hacer algo más: «Determiné hacer ese poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo» (C. 1, 2).

Es entonces cuando reúne a cuatro mujeres «a fin de desagraviar a nuestro Señor por el sufrimiento que entonces le infligían los herejes… y todos los malos religiosos». Reúne a su guerrilla particular y les inculca apasionadamente que se dejen coger en sus entrañas por la dramática verdad de la Encarnación, Pasión y Redención de nuestro Señor Jesucristo, y les mostraba el mundo en llamas, la Iglesia dilacerada y el cielo que no estaba lejos.

Dejarse coger, como ella: «Me cubría el Señor… que me parecía toda me rodeaba y que por ninguna parte podía huir, y así era» (V. 24, 2). Como una presa prisionera pudo oír: «Ya eres mía»; y también lo insospechado: «Y Yo soy tuyo» (V. 39, 21). La caza fue alcanzada y asegurada con clavos: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy» (CC. 22).

En sus entrañas, como ella, que tenía un «saber impreso en las entrañas», que «hablaba de lo que el Señor le había enseñado por experiencia», que «no diría cosa que no haya experimentado mucho», que fue herida certeramente por «un dardo de oro y fuego que se metía en eI corazón y le llegaba a las entrañas, arrancándolas, dejándola toda abrasada en amor grande de Dios» (V. 29, 13); o con un dolor que «llega a lo íntimo de las entrañas… que parece desmenuza un alma y la muele» (V. m. 2, 11).

Dramática: después de larga lucha, pasando efectiva­mente por angustias de muerte. Porque hay que morir mucho como el gusanillo que aspire a mariposa. Porque la verdad de Cristo se impone avasalladora, quemando como un fuego a la pobre criatura, dejándola hecha polvo: «Porque esto parece un fuego… andándose este alma abrasándose en sí misma» (VI. m. 2, 2). Realidad dramática de quien se siente alcanzado por «un rayo que agudamente hiere en lo muy hondo o íntimo del alma… y todo cuanto halla de esta tierra lo deja hecho polvo» (VI. m. 11, 2). No es extraño que se sintiera obligada muchas veces a dar «quejidos».

Verdad, como ella, a quien «se le dio a entender una Ver­dad que es cumplimiento de todas las verdades… Quedóme una Verdad de esta divina Verdad… Quedóme muy gran gana de no hablar si no de cosas muy verdaderas y así entendí qué cosa es andar un alma en verdad delante de la misma Verdad» (y. 40. 1, 3). Esta Verdad no se aprende en los libros. Esta Verdad sólo se aprende en el «Libro Vivo» (V. 26, 5), porque es la verdadera vida.

Después de la experiencia de esta dramática Verdad, todo se le hacía poco con tal de que «la Iglesia se aumentase», todos sus muchos sufrimientos le parecían «trabajillos envueltos en mil contentos que se acabarán mañana», con tal de llevar un poco de su fuego a cualquier rincón de la Iglesia que estuviera oscuro y frío, regalar antorchas encendidas, despertar y multi­plicar las luciérnagas de la noche y convencer a todos de que Jesús es «la verdadera calor» (F. 31, 2).

Encarnación y Redención de Jesucristo. A aquellas cuatro mujeres y a todos enseñaba Teresa que la verdad y la medicina, la clave y la piedra angular y la puerta están en el Dios encar­nado, en el Dios hombre, en la humanidad de Dios. Sí; era tiempo de humanismo. Los signos de Ios tiempos en aquella época post-renacentista apuntaban hacia lo humano. El hom­bre volvía a ser el centro de las preocupaciones, el canon y medida de las cosas. Y Teresa asegura que, efectivamente, la salvación está en el Hombre, en el Hijo del Hombre. Aquel dulce Jesús, de Bernardo, aquel niño y crucificado Jesús, de Francisco, es para Teresa «el buen Jesús», que es Guía, Ca­mino y Puerta. «Porque si pierden el guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino» (VI. m. 7, 6). Y «he visto claro que por esta Puerta hemos de entrar» (V. 26, 6). Se ríe Teresa de aquellos que «se apartan de todo nuestro bien y remedio, que es la Sacratísima Humanidad de nuestro Señor Jesucristo» (Ibíd.) y que «no pueden pensar en la Pasión… Yo no puedo pensar en qué piensan». Serán tal vez espíritus angélicos. Pero «para los que vivimos en cuerpo mortal», «mientras vivimos y somos humanos, es gran cosa traerle humano» (V. 22, 9).

3. El mejor humanismo

«¡Mientras somos humanos!». Y ¡qué humana se nos muestra! Es encantadora, espontánea, original, con poderosa capacidad de relación e influencia, de amor, apasionada, voli­tiva, inteligente, intuitiva, mujer.

Humana. Conoce maravillosamente los secretos del co­razón, como Agustín. Describe con espontánea clarividencia los complejos movimientos, pasiones, ansias y enfermedades del alma. «A su lado, los más agudos analistas del ‘yo’ son niños inexpertos», se ha dicho de ella. » iQué grande es: es única, es humana… Irradia en tomo de sí la llama de su vita­lidad humana!» (Pablo VI).

Humana. Doctora y educadora del hombre, a quien enseña magistralmente el camino de su liberación, el camino de su perfección. Y lo hace mejor que el mismo Erasmo, príncipe de los humanistas, que también quiso reformar la Iglesia. Erasmo escribía con más elegancia pero no ardía, podía hacer reír pero no arrastraba. A Teresa la siguen con entusiasmo. «No había quien pudiese despedirse de ella». «llevaba tras de sí a la parte que quería y al fin que deseaba a todos los que la oían y parece que tenía el timón en la mano para volver los corazones».

Humana. Teresa apuesta por el hombre perfecto. Pero la perfección no la encuentra en el modelo renacentista. La en­cuentra en eI Hombre-Dios y sabe, porque lo vive, que en cada hombre está Dios, que el hombre «no está hueco», que en el centro último, en la habitación más secreta de su castillo, se encuentra Dios como un Sol que todo lo enciende. Si Dios se ha humanado, el hombre se ha divinizado. Por eso el hom­bre es algo más que imagen divina. Dice con gracia: «Es mejor mirar a una mujer que a una imagen de la Virgen, pues tiene mejor parecido». (Poco antes, San Francisco de Paula huía al encontrarse con una mujer).

Humana. Atenta al hombre cercano y concreto, sin per­derse en abstracciones y sueños imposibles. «Aparte de la ora­ción, no queráis aprovechar a todo el mundo, sino a los que están en vuestra compañía… No hacer torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen» (VII. m. 4. 14-15). Pisemos en la tierra, «que no, hermanas, que no, obras quiere el Señor, y si ves a una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada perder esa devoción y te compadezcas de ella, y si tiene algún dolor, te duela a ti, y si fuese menester, lo ayunes porque ella coma… y si vieres loar mucho a una persona, te alegres más que si te loasen a ti» (V. m. 3, 2). Y, para rematar, un aviso a «las muy encapo­tadas, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento cuando están en la oración, hácenme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión» (Ibíd.). Ahora lo sabemos. El camino por donde se alcanza la unión es el Hombre Jesucristo; pero es también el hombre, el prójimo, el necesi­tado.

4. Siguiendo al «Capitán del Amor»

En aquel tiempo de reformas y contrarreformas, de intole­rancias y guerras religiosas, cuando se luchaba con todos los medios contra el enemigo de la fe, Teresa quiere iniciar también su guerrilla particular dentro de la Iglesia. Sus armas no son los cañones y el puñal, sino la oración y el amor, bajo las banderas del «Capitán del Amor» (C. 6, 9). Pero la guerra no será contra nadie, sino contra sí misma —ella, su propio campo de batalla—. Guerra muy violenta a veces: «Haciéndome violencia extrema, porque me parece cada hueso se me apartaba por sí» (V. 4, 1). Pero con la ayuda del Capitán estaba segura de la victoria: «Aquí me dio ánimo contra mí» (Ibíd.). «Fue El quien peleó para el vencimiento» (VI. m. 1, 10). Muchos se unirían a este ejercicio desarmado. Las victorias de Teresa y de estos magní­ficos soldados ganarían para la Iglesia más almas que todos los ejércitos pontificios y los de su majestad católica. Y mejor: aun después de su muerte, Teresa sigue consiguiendo innumerables victorias.

Como siempre y una vez más. Se trataba de reformar la Iglesia en una época de oro y aparece, escogida por Dios, una mujer «tonta y sin letras», de ascendiente judío, que tenía miedo a «los señores de la Inquisición», que sólo por obe­diencia se puso a escribir: «Para qué quieren que escriba… Por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro» (M P. Gracián, 16). Pero ella fue la escogida para enseñar a la Iglesia unas verdades muy vivas y unos caminos muy se­guros, que siguen orientando y alimentando al hombre de nuestros días. Murió contenta de ser hija de la Iglesia, pero no se daba cuenta de que era también su madre.

Vicente de Paúl

«Mi santo es Vicente de Paúl».
(Voltaire)

1. «Si uno no nace de nuevo» (Jn 3, 3)

A la muerte de Teresa de Jesús, nace Vicente de Paúl. Como si la santa española quisiera pasar el testigo al francés. De hecho, las hijas de Teresa irían a Francia a echar los funda­mentos de una grandiosa renovación espiritual. Teresa da la mano a Vicente, trámite Berulle. Y la Iglesia española daría paso a la francesa en el protagonismo de la reforma.

Pero Vicente de Paúl —»Monsieur Vincent»— nació de verdad bastante más tarde. Quizás a los 36 años, allá por el 1.617, cuando empezaban a dar luz los primeros frutos de su amor y se le escapaban de las manos bondadosas, en el mo­mento preciso que Dios quería, los milagros de su caridad orga­nizada, poderosos reactores de energías humanitarias.

O quizás unos años antes —entre 1613 y 1616—, cuando se desposa con la Dama Caridad, cuando decide —resolución firme e inviolable— dar toda su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres.

O quizás en 1610, cuando después de los primeros con­tactos con P. Berulle, el que acaba de introducir el Carmelo en Francia, empieza a tener experiencia muy honda de Dios.

«A Dios no se le encuentra si no por los caminos ense­ñados en el Evangelio», escribía Pascal en una noche de fuego.

Y Vicente de Paúl encontró el camino del evangelio. No sería el camino del abandono quietista, ni el de la pasiva confianza luterana, ni el de la ascética desnaturalizada de Port Royal. No sería el biblicismo humanista erasmiano, ni la oración metódica de la «Devotio moderna», ni sería el camino real de la Santa Cruz, a secas, sin su Cristo. Vicente de Paúl encontró a Dios por el camino evangélico del hombre pobre y doliente; se uniría a Dios en el amor activo y abnegado, hecho misericordia con­creta; vería imágenes de Dios en cada miseria encarnada que se le presentaba. Para él la Iglesia de Dios no sería el templo de las imágenes, sino «la ciudad de los pobres». «Vosotras —escribía en el Reglamento de las Hijas de la Caridad— tenéis por monas­terio la habitación de los enfermos; por celda, un piso de al­quiler; por claustro, las calles del pueblo». Y «cuando aban­donéis la oración para atender a algún pobre, recordaréis que con ello prestáis vuestro servicio al mismo Dios… Dios no se siente abandonado si de El nos apartamos a causa de El mismo» (Ap 25, 46).

Por estas mismas fechas —1616—, a mucha distancia de Vicente, otro hombre bueno y apasionado pensaba también lo mismo y encontraba a Cristo en los esclavos negros. Cristo negro crucificado, la misma mirada doliente y penetrante, el mismo peso en las espaldas. Pedro Claver: sobre sus espaldas, millares de veces este yugo negro que le parecía ligero y ponía bálsamo en sus cinco o cinco mil llagas.

Para Vicente, el pobre es Cristo y como tal hay que ser­virle. Ellos son los señores: servirles con preferencia, «con reno­vado cariño, tratando de localizar a los más abandonados, ya que nos han sido dados como dueños y patronos» (Ibíd.).

¡Qué poco se parecía este nuevo Monsieur Vincent al viejo prebendado de los primeros años, al joven preceptor de familias nobles, limosnero de reyes, ansioso «mercader de la sopa», sacerdote prematuro —apenas tenía 20 años— no tanto por el deseo de tener a Cristo entre sus manos, cuanto el de tener un beneficio en su bolsillo!

2. Desposado con la Dama Caridad

Ahora ha cambiado como cuando una persona se enamora, Monsieur Vincent se enamora de la más hermosa Dama y se casa con ella indisolublemente: la Caridad. Se compenetra con ella, la deja penetrar en sus entrañas, se funde, se hace él mismo ca­ridad, testigo y prolongación del amor de Cristo: en su pre­sencia, palabras, gestos, acción. «No podía oír hablar de nin­guna maldad humana, sin que en seguida el dolor y la compa­sión se dibujaran en su rostro» (Abelly). Veía el rostro de su Dama en los más variados y miserables rostros: en los sacer­dotes, primero; en los presos, que se pudrían lentamente; en los condenados a galeras, chándalas miserables; en los esclavos de los turcos, necesitados de redención; en los pecadores igno­rantes y pobres de miserias infinitas. Todos ellos son un sacra­mento, lugar de encuentro con Cristo. Monsieur Vincent añade un sacramento más a los siete tridentinos. Teresa de Jesús nos aseguraba que la Humanidad de Cristo era el Camino y la Puerta para el encuentro y la unión con Dios. Vicente de Paúl nos enseña que la humanidad doliente es el Camino y la Puerta para el encuentro y la unión con Cristo.

Se pondrá a trabajar incansablemente. El amor no des­cansa. Siempre se sentía en deuda. Siempre quería amar más. «Señora, aún más», contestaba a la reina, cuando ésta le decía que qué más podría hacer. Se levantaba a las cuatro de la madrugada, se disciplinaba, y a trabajar en el amor. Empezará así su misión y su reforma. El sacerdote tiene que hacer lo que haría Cristo: «Si se hubiera preguntado a nuestro Señor qué habéis venido a hacer a la tierra, contestaría que a asistir a los pobres. ¿Y qué más? ¡Los pobres! ¿Y qué otra cosa? ¡Los pobres! Estoy aquí para asistir a los pobres». Que todo el evangelio se concentra en «dar a conocer a Dios a los pobres… Decirles que está cerca el Reino de Dios y que ese Reino es para los pobres» (S.U.P. XII, p. 80).

Su misión fue la del buen, la del gran samaritano, y su reforma consistía en ungir con aceite y vino las heridas, en regalar vendas, en cargar con los apaleados y en quedarse sin denarios para pagar todos los gastos. Samaritano: con su si­lueta encorvada, con su rostro de mirada inteligente y bonda­dosa, pasaría por los caminos de Francia haciendo el bien. Samaritano: en una sociedad frívola y brutal, arruinada y rota por las terribles guerras de los 30 años, sembraría a manos llenas las semillas de la misericordia y la reconciliación, el amor inteligente y eficaz, y extendería su abrazo para con­gregar a todos los dispersos. Samaritano: en un tiempo de guerras de religión, él haría la guerra del amor y ganaría dia­riamente mil batallas en cada niño que acoge, enfermo que cura, pobre que atiende. Samaritano: en una Iglesia necesitada de reforma, impura e ignorante en muchas de sus capas, asegla­rada y venal en otras, sería un purificador, «un fuego de fun­didor, una lejía de lavandero» (Mal 3, 2). Predicó y enseñó la fe al pueblo. «Purificó a los hijos de Leví» (Mal 3, 4) y pudo ofrecer al Señor un semillero de sacerdotes y obispos escogidos, agradables «a Yaveh, como en los días de antaño, como en los años antiguos» (Mal 3, 4). Samaritano: y padre de nuevos samaritanos y samaritanas, los hijos numerosos de su fecundo matrimonio con la Caridad, que prolongarían y multiplicarían su acción misericordiosa y reformadora, que continuarían sus pasos peregrinos, recorriendo el mundo entero. Los nombres de estos hijos son: Lazaristas o la caridad de la Palabra, por aquello de «si te piden pan, no les des palabras; pero si te piden una palabra, no les des pan»; Damas de la Caridad; Hijas de la Caridad, una de las instituciones que más honran a la Iglesia y que nos impiden desesperar de la humanidad; Hermandad de la Caridad, germen de las futuras Conferencias de San Vicente; Colegio de Bons Enfants, para niños abandonados; Conferencias del Martes; Retiros de los Ordenandos…

3. Restaurando la Iglesia en sus fundamentos

Aludíamos a una Iglesia necesitada de reforma en Francia, donde se notaba poco la influencia tridentina.

Saint Cyran, amigo por mucho tiempo de nuestro santo, le confesaba un día: «Dios me ha dado luz para conocer que no existe la Iglesia desde hace más de seiscientos años. Antes de eso, la Iglesia era un gran río de aguas puras y claras; hoy no lleva más que fango y suciedad». Era la visión jansenista del problema. Lo mismo que, categórico, asegura: «De diez mil sacerdotes, ni uno sólo». Pero la visión de Monsieur Vincent también era pesimista. ¿Los obispos? Cierto que hay algún Borromeo francés, pero «temo que ese maldito tráfico de obispados atraiga la cólera de Dios sobre este reino». Hay verdaderas «familias de obispos». iPobre Iglesia dirigida y puesta en manos de mercenarios y mercaderes! ¿El clero? Sí que hay buenos sacerdotes, aunque no los conozca Saint Cyran; pero «los sacerdotes que viven como Io hace hoy día la mayoría, son los peores enemigos con que cuenta la Iglesia de Dios». Y continúa lamentándose el santo. «La depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Igle­sia». Porque —aseguraba desde una convicción muy sentida y exigente, verdaderamente eclesiástica— «los pueblos son como sean sus sacerdotes… Si un buen sacerdote puede hacer tanto bien iay, cuántos males acarrea uno malo!… Nada hay tan grande como un buen sacerdote».

No nos interesa ahora detallar los vicios de este clero ignorante, interesado y perezoso. «La pereza es el vicio del clero», confesaba Monsieur Vincent. Un clero despreocupado del bien espiritual de sus ovejas. Un clero excesivo en cantidad y minúscula en calidad. Un clero asiduo en la Corte y la ciudad, a la caza de un beneficio y ausente de sus parroquias. Un clero locuaz y desenvuelto en bailes y tabernas, y apenas capaz de farfullar un poco de liturgia y unas fórmulas sacramentales.

No nos interesa describir éstos y otros vicios, con sus funestas consecuencias. Pero la impresión que se recibe contem­plando las iglesias de Francia es desoladora. Se impone un senti­miento de lástima como el de Jesús: «Le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34).

Y lástima profunda le daba a Vicente. Pero no una lástima deprimente y quejumbrosa, sino estimulante y creadora. Esta reacción es lo que ahora nos importa destacar.

A Vicente le duele esta Iglesia, como a otros muchos buenos espíritus de la época. Quizás no sepa definirla tan bien como Saint Cyran, que, hablando de esto un día, le llamó «igno­rante» —ignorancia que él reconoce humildemente: «Mi igno­rancia es todavía mayor de lo que usted se imagina»—. Pero le duele la Iglesia porque la siente, porque la ama. Y desde el amor emprenderá la reforma eficaz de esta Iglesia. El amor es activo.

Su acción reformadora se centró en el clero. «Señores, hermanos míos —exclamaba—: formar buenos eclesiásticos es la obra más difícil, más alta y más importante para la salvación de las almas». Ciertamente difícil, porque el mal era viejo y extendido. Ciertamente importante, porque se quería llegar al fondo, restaurando los mismos fundamentos del gran edificio eclesial. Aquí nos encontramos con otro magnífico restaurador de iglesias en ruinas. «Yo levantaré sus ruinas» (Is 44, 26). Su reforma irá fructificando, cuándo y cómo la Providencia marque en múltiples iniciativas con éxito, como los Retiros de los Orde­nandos, las Conferencias del Martes y los primeros Seminarios. Y de aquí surgirán excelentes sacerdotes y obispos que darán vida y hermosura a la Iglesia de Francia.

En esta tarea reformista, los dos amigos —Vicente y Saint Cyran— seguirán caminos muy distintos, hasta llegar a distan­ciarse total y radicalmente. Ambos —el católico y el jansenista­quieren sinceramente el bien de la Iglesia, pero varían en el modo, en los objetivos y en la misma concepción de esta Iglesia. Vicente quiere restaurar a fondo, pero simplemente restaurar; Saint Cyran quiere destruir y volver a empezar. Vicente quiere reformar desde la comprensión y la paciencia: «La caña cascada no la quebrará» (Is 42, 2); Saint Cyran, desde el desprecio y la intransigencia. Vicente espera —el amor es paciente— la hora de Dios; Saint Cyran se mueve agitado y nervioso. Vicente irradia alegría y entusiasmo; Saint Cyran atemoriza y complica a los espíritus con rigores inhumanos. Vicente es luminoso y hu­milde; Saint Cyran es sombrío y orgulloso. Vicente quiere una Iglesia humana y encarnada; Saint Cyran quiere una Iglesia ascética y angelical. Vicente crea comunidades de hermanos, iglesias en el mundo; Saint Cyran crea comunidades de solita­rios, alejados del mundo. Vicente sueña con una Iglesia sacra­mento de amor, desbordante de misericordia; Saint Cyran sueña con una Iglesia purísima, en estado de perfección. El Dios de Vicente está muy cerca y se hace débil, necesitado; el Dios de Saint Cyran está muy lejos, es muy exigente y temeroso. Vicente busca a Dios en el hombre y lo encuentra amando; Saint Cyran busca a Dios en el cielo y quiere encontrarlo negando, a la espera de sobrenaturales deleites victoriosos. Vicente no duda en «abandonar a Dios» para ir al hombre; Saint Cyran termina abandonando al hombre para ir a Dios.

Vicente no escribió libros de teología ni tratados sobre la gracia o la Iglesia como los jansenistas. Pero hoy todos apostamos por la teología de Vicente. Ojalá tuviéramos muchos de estos «supinos ignorantes» que no supieran quizá definir bien a la Iglesia, pero que la llevaran tan dentro y se entregaran tanto por ella como lo hacía Vicente.

Resumiendo

Concluimos. Muchas han sido las crisis, las necesidades y los pecados de la Iglesia. Muchos los que se han presentado como reformadores y redentores. Pero sólo hay un Redentor. Y el Redentor no abandona nunca a su Iglesia, porque es su Esposa, porque la desposó con su sangre, porque es eterna­mente fiel a su alianza, porque la ama como sólo un Dios puede amar.

El Redentor se presenta a veces con rostros humanos como encarnándose en siervos elegidos. En cada época adquiere un vestido carnal distinto, porque las necesidades y las exigen­cias son distintas.

Unas veces se viste de pobre y libre juglar, para el que todo es festiva melodía, para el que todo es gracia y belleza, herido de amor, y el amor que lleva dentro se le escapa por unas llagas de fuego, y se pone a reparar iglesias pequeñas y a reformar la Iglesia grande, y lanza al mundo y la historia un mensaje de fraternidad universal, cósmica.

Otras veces se viste de esposa-virgen, con el corazón tras­pasado y se descalza y se pone a recorrer caminos, prendiendo por doquier hogueras de amor y de oración, y cuenta familiar­mente sus experiencias de fuego o describe los limpios apo­sentos de un maravilloso y ardiente castillo, y eleva unos palmos de la tierra a la humanidad entera.

Otras veces se viste de práctico samaritano, atento a cual­quier gemido que se oiga en la vereda; cargado con abundancia de aceite, vino y vendas; magnífico servidor de todos los necesi­tados, en los que sirve a Dios; poniendo en marcha empresas desinteresadas que venden gratis la mejor de las mercancías; y dando origen a una descendencia innumerable de pequeños samaritanos.

Puede ser un hombre cualquiera, pero siempre humilde, siempre pobre, siempre obediente, siempre ardiente, siempre libre, siempre con la paz en sus manos desnudas. Si alguien se presenta con otro estilo —más orgulloso, más poseído, más agrio, más amargo, más guerrero, más triunfal…— no lo hagáis caso por más que se vista de luz.

Francisco, Teresa y Vicente: tres manifestaciones del mismo Cristo: el verdaderamente Pobre, el radicalmente Obe­diente, eI enteramente Libre y Liberador; tres prolongaciones del mismo Cristo, que en distintos tiempos aparece revelando al Padre, evangelizando a los pobres y amando hasta el extremo; tres rostros del mismo Cristo, siempre vivo, siempre humano, siempre victorioso Renovador de su Esposa la Iglesia.

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