Teodoro Gómez Cervero (1877-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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Le conocí en los calabozos de la Dirección General de Se­guridad.

Aunque en aquellas lobregueces, apreturas, o hacinamien­to, asquerosidades, indignidades, apenas se podía vivir, respi­raron tres miembros de la Misión, que del campo venían y en coche. Eran el P. Benito Quintano, el P. Teodoro Gómez y el H. Clérigo Manuel Borja. Una partida de milicianos los habían cogido en su camioneta, y a Madrid. Debían de ser de los menos malos: no habían caído en la tentación de dejarlos tendidos en la cuneta de la carretera, aunque a ello habían sido hosti­gados por otra patrulla de compinches, que debían de ser de la piel de Barrabás, pues llevando como llevaban la misión de cargar con el resto de la comunidad de Valdemoro y traer­los a Madrid, indicaron su propósito de divertirse aquella tarde y… cargárselos. Esta era la amarga impresión del trío citado.

Sin embargo, el P. Teodoro no estaba alicaído; prueba, entre otras, el buen plato de paella que se echó al coleto, al sa­ber que aquella noche no entraba el camarero de enfrente a vender a los detenidos leche y bocadillos.

No le sirvió al P. Teodoro, como a sus dos compañeros, de poco alivio el verme (hablo a título de testigo) en los calabo­zos, y ya veterano (en aquellos días las horas eran como años), aunque parezca paradoja. Y es que la pena es menor cuando se comparte. Y la compartimos y nos comunicábamos mutua­mente ánimo para el martirio.

Mas yo no nací como ellos destinado al martirio, al menos por entonces. Salí en libertad, no sin antes asegurarles que me ocuparía de su situación. Y cumplí la promesa, que, por cierto, me costó cara… Esto ocurría el 27 de julio, a las doce de lanoche. Días más tarde, 12 de agosto, ya ellos en la cárcel de Ventas, con los demás de Valdemoro, gracias a Dios, des­pués de mil peripecias, logré hacer llegar a sus manos un ca­jón bien, surtido de comestibles y bebestibles, sin novedad ni por parte mía ni del cajón; pero al día siguiente, cuando pre­tendía llegar a verlos y depositar algunas pesetillas a su favor, me echaron el guante los milicianos y me pasearon en coche otra vez, si bien de nuevo quiso Dios que todo quedara en el susto natural y en otros dos días de encierro en, los calabozos de marras.

Saberse recordado al otro lado de la reja es el mayor con­suelo para un recluso. Dios Nuestro Señor tuvo a bien propor­cionárselo a los Paúles procedentes de Valdemoro en esta pri­sión de Ventas, en aquellos días de agosto tan vigilada por gen­tecilla miserable de uno y otro sexo, cuya misión era insultar a los familiares de los presos que iban por allá y arrebatarles cuanto para ellos llevaran, diciendo que harto habían comido; que era hora de que ayunaran.

Una acción nobilísima del Director de la cárcel hemos de mencionar aquí, y es que ordenó que todos los Paúles de Val- demoro, si era posible, los juntaran en celdas próximas, y dió la orden al saber que eran religiosos. El sabía a lo que con ras­gos de esta especie se exponía. Por mucho menos fueron encar­celados y asesinados otros.

Casi todo el tiempo estuvo el P. Teodoro en el llamado «Salón de los Frailes». Los muchos jóvenes Salesianos y de :a Doctrina Cristiana que allí había, cuentan que el P. Teodoro les hacía pasar ratos muy agradables con cuentos y chascarri­llos, en su mayor parte de los aprendidos y vividos en América. El buen recuerdo que de él guardaban todos era el mejor epi­tafio que aquellos confesores de la fe podían ofrecernos cuan­do llorábamos su muerte.

Ocurrió ésta el 22 de octubre de 1936, en la misma cárcel. Enfermo y achacoso hacía años que estaba; por ello residía en Valdemoro. Y excusado es decir que sus achaques empeora­ron en la prisión. El sufrimiento material no era mayor por aquellos días; pero hubo ocasión de terrible sufrimiento moral: aquel registro policíaco tan escrupuloso, o mejor, desvergonza­do y aquel conato de repetición de la famosa faena del asalto a la Cárcel Modelo, que en torno a la de Ventas tuvo lugar el 17 de septiembre!

Iba tirando con todo y con eso el P. Teodoro; mas se rin­dió al fin.

Enfermo de gravedad, no hacían caso de él. Sólo cuando no había remedio le trasladaron a la enfermería.

A las pocas horas, recibida la absolución sacramental, ex­piró.

Su cadáver descansa en el Cementerio del Este, a poca dis­tancia de la cárcel.

Digna de un pincel maestro sería la estampa: Un gran sa­lón-sótano dividido en su longitud por machones de cemento con cuatro filas de petates (jergonetas) doblados, y sobre una de ellos extendido el P. Teodoro Gómez, agonizante. Más de cien reclu­sos, en su mayoría jóvenes imberbes, desaseados, encogidos, con una manta parda sobre los hombros o con la toalla al cue­llo, pasean por entre las filas de petates conversando pasito. Los que pasan frente o por detrás del agonizante dirigen una mirada compasiva al infeliz, dibujándose al mismo tiempo en sus rostros un rictus de odio contra los tiranos; el P. Teodoro, con su rosario hecho de cuerda, en el que los nudos hacen de cuentas entre las manos casi yertas que descaecidas se apoyan sobre la manta que cubre su pobre cuerpo, trata de engarzar avemarías y jaculatorias que le sugieren dos o tres cohermanos medio arrodillados a la cabecera de su camastro, con luces de resignación y hasta alegría dibujadas en su rostro semicada­vérico.

Semejante estampa de agonizante se vivió en la Cárcel de Ventas.

El P. Teodoro Gómez Cervero era natural de Deza (Soria). Nació el 7 de diciembre de 1877. Sus padres se llamaban Agus­tín y María Antonia. Ingresó en la Congregación de la Misión el 18 de abril de 1893, cursadas las Humanidades y el Latín en Sigüenza.

En el catálogo de 1903 figura ya destinado en Santiago de Cuba. Y aquí residió, exceptuado el trienio 1913-1915, en que estuvo en Baracoa, hasta que en 1926 volvió a España desgas­tado y maltrecho.

Sus características psicofisiológicas las describe maravillo­samente, con su peculiar estilo, el P. Gregorio Sedano.

«Le traté dos años en Santiago de Cuba —1918-1920— y guardo de él el tesoro de estos pequeños rasgos:

Verle era ver arrastrarse una juventud acribillada por los cristales despiadados del ácido úrico, y así tornada vejez prematura y dolorosa. Siempre un cuadro que levantaba con­miseración a la vez que enmarcaba el paciente misionero de los trópicos en un como halo de holocausto.

Este aspecto sobrenatural del lamentable cuadro venía reforzado por el perenne buen humor con que el paciente lle­vaba sus dolencias; que era tal que, de no verse como se veía con los ojos aquel caminar derrengado y zarrapastrosillo, re pudiera pensar en la exageración.

Si en estos alifafes y en el humor con que se conlleva­ban se acusaba el mártir de su misión y el filósofo de esta vida de miserias, en la conversación con el buen P. Gómez se descu­brían al momento otros valores insospechados para quien no gozó de ella.

Porque primeramente el P. Teodoro Gómez, era el tipo acabado de la bonhomía. Esta cualidad, su franco, sanote buen querer, que se le iba incontinenti en la expresión del rastro y en todo su decir. Era de los que no se meten en vidas ajenas, de los que ante las flaquezas del hermano sólo tienen el velo —inhibición y amor— del «¡pero hombre!». Cualidad, dicho se está, que a él mismo le tornaba inmune a la ‘maledi­cencia o malquerer. Nadie se atrevía a ofender al P. Gómez.

En segundo lugar, el P. Gómez era amante verdadero del saber y poseía un caudal de cultura muy notable.

Devoraba la prensa, sabiendo sacar el provecho convenien­te de tal arsenal de ilustración, y formación: en la habitación no se le cogería sin algún libro enjundioso entre las manos; tenía bien asimilados los conocimientos de la carrera, sorprendien­do los chispazos de luz que al desgaire lanzaba cobre las cues­tiones debatidas en recreo: la Historia particularmente, esa fuente de virtud formativa humanística, la dominaba a ma­ravilla.

5. Pero la nota fisonómica —el atributo personal, diría yo— del P. Gómez por aquellos días en que le conocí, era cl aura de vida misionera a lo cubano que le envolvía todo como gala intransferible y corno ambiente respirado con satisfac­ción.

Entregado en cuerpo y alma a los bohíos, los días de su labor apostólica —sus días mozos— son como rosa que se fuese deshojando en jornadas y jornadas a caballo, en administraciones de los santos Sacramentos por racimos de cente­nas, en instrucciones que hay que improvisar a cada paso… Y todo entre sudores, comer de cualquier modo, dormir bajo el desesperante amago de la lanceta del mosquito…

Y en la misma proporción en que él se adentró en la vida del guajiro, la vida del guajiro se adentró en su persona­lidad. No había secretos para él en la táctica del trato del guajiro.

Y sabiendo socorrerse de esta táctica, era el Padre que se lo llevaba todo de calle por los campos de Cuba —de Oriente, con más precisión.

Tal relieve le daba esta preciosa cualidad, que, al ‘saludarle, era obligado rito hacerlo tarareando una guajira o lo que fuese.

No dejaré de consignar otra cualidad suya de exquisito valor.

Campechano de trato y decidor de historietas como era, nunca en, sus labios apuntaron decires atrevidos. Yo diría que éstos se quedaban a distancia, cohibidos por aquella como ola de rubor infantil que envolvía su persona y su conducta.

En fin, para mi estimación, el P. Gómez es: el misionero tropical en las parrillas de sus alifafes; un saco sin hondón del gran sentido de la vida; un compañero que no sabe de vidas ajenas; el hombre de talento y de cultura que lo disimula; de los número uno en la labor apostólica del campo cubano; el decidor tan anodino como ameno.»

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