Susana Guillemin: Repetición de oración, 24 de marzo de 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

A la comunidad

Hermanas, me parece que Dios debe de mirar hoy con especial atención, con particular amor a nuestra pequeña Compañía, que se dispone, en el silencio y en la oración, a darse de nuevo a El, sin condiciones ni reservas.

Me parece que esa jornada en la que se afirmará nuestra voluntad y se cumplirá nuestra decisión, representa un magnífico homenaje a Cristo, una alabanza incomparable, un acto de Fe y de Esperanza absoluto, un gesto de amor, que llena de alegría a Dios y a la Iglesia.

Nuestro Respetable Padre Director nos exhortaba ayer a tomar conciencia de la dimensión comunitaria de nuestro don. Entremos en ese pensamiento y ese sentimiento. Presentemos a Dios no sólo nuestro holocausto personal, sino nuestra ofrenda global, consciente de que la Iglesia nos reúne y se ofrece en nosotras al Esposo divino, que es Cristo. Mañana seremos el don que la Iglesia hace de Ella misma a su Esposo.

Nos comprometemos con Dios, manteniendo en fidelidad los votos que ofrecirnos en nuestra juventud. Y, al hacer esto, reconocemos ante Dios, ante los Angeles y ante los hombres, cuán bueno es servirle; que no nos ha decepcionado; que El es el único digno de ser amado, elegido y preferido; que su amor se ha revelado a nosotras y nos ha seguido en todas las circunstancias de nuestra vida, aun en aquellas en que acaso parecía abandonamos, aquellas en que nos costó trabajo comprender, y que no eran sino pruebas a las que sometía nuestro amor.

En esas circunstancías, como en todas las demás, le hemos descubierto con los ojos de la Fe y nos hemos unido a El con el sí de nuestra adhesión, hemos aceptado ser conducidas por El con una Esperanza total, confiando en El como el niño en los brazos de su nodriza, conscientes de que la caridad se purifica y enardece en la prueba.

Fortalecidas por el pasado, comprometemos ahora el porvenir, sin turbación y sin miedo, sabiendo «a quien nos hemos confiado». Comprometemos el porvenir, no el que nosotras deseamos, sino el que Dios nos prepara, sin conocerlo y aceptando de antemano el cáliz que El quiera presentamos. Ofrecemos a Cristo nuestras vidas, para que haga de ellas la materia de su sacrificio redentor. En nosotras, en la Compañía, Cristo, nuestra Cabeza, vive y se ofrece a su Padre. Recoge nuestras ofrendas y las transforma en la suya. A pesar de nuestras deficiencias, nuestras debilidades, los desfallecimientos de nuestra voluntad, El acepta y aceptará mañana nuestros compromisos:

  • el compromiso de las que, en esta Renovación, aceptarán la eventualidad del martirio: nuestras Hermanas del Congo, de VietNam…
  • de las que pernianecen fieles en medio de la persecución, nuestras Hermanas de la Iglesia del silencio: China, Europa Central, Cuba…
  • de nuestras Hermanas misioneras, que se abrazan con las privaciones del cuerpo, del corazón y del alma…
  • de las que sucumben bajo el peso de una tarea casi inhumana…
  • de las que han sido o están tentadas…
  • de las que se entregan en medio de la noche del alma, privadas de todo consuelo y de toda dulzura sensible.
  • de las que trqbajan en el silencio y la oscuridad, sin compensación y sin éxito.
  • de cada una de nosotras, con su cruz personal y su llamada particular.

Porque en el seno de la Compañía y de la Iglesia, Dios nos ha fijado a cada una un lugar único, personal, insustituible. Dios ha escogido, ha elegido a cada dma de nosotras, llamándola a un nivel que El solo conoce, y la historia de cada una de nuestras vidas no es sino el desarrollo, el desenvolvimiento de los favores y de las llamadas divinas para conducirnos a la plenitud de nuestra vocación.

«Escucha, hija, mira y pon atento oído… y el Rey se prendará de tú belleza. Él es tu Señor, ¡prostérnate ante El!»

Que cada ima de nosotras considere, ahora, en un íntimo coloquio con Cristo, si responde fiel y constantemente a su llamada, si descubre esa llamada y la descubre por la Fe, respondiendo a ella Por la Esperanza.

¿Podemos decir cón la serenidad de esa Hija de la Caridad que todas hemos conocido?: «El Señor me ha amado mucho y yo he hecho lo posible para Hilarle también lo mejor que he podido. No me ha fallado nunca la fe, y ahora tengo ansias de ir a ver lo que he creído». ¡Qué maravilla de vida interior, sencilla y auténtica, revelan tales palabras! Démonos a Dios, nos diría San Vicente, para imitar este ejemplo.

Que hoy, cada una de nosotras, reavive, renueve su deseo, su voluntad firme de entregarse a Cristo.

  • Permaneciendo desposeída de todo bien personal (por lo menos en cuanto a querer disponer de ello), consciente de su importancia, aceptando carecer de cosas necesarias, tanto para el ‘alina corno ‘para el cuerpo por esperarlo todo de Dios: esa es la verdadera pobreza.
  • Aceptando la soledad del corazón, la ausencia de todo apego particular para que el Amor de Cristo la colme y, a través de ella, se derrame en los deniás: esa es la verdadera castidad.
  • Uniéndose sin reserva, de todo coraión a la voluntad de Dios, manifestada por los Superiores y por las Santas Reglas, sabíendo que el hombre obediente cantará victoria.

La pobreza, la castidad y la obediencia, vividas en la Fe y la Esperanza, vaciarán nuestro corazón de nosotras mismas y lo harán libre para ser invadido por la Caridad, por el Amor de Cristo en Sí mismo y en nuestros hermanos.

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