Susana Guillemin: Repetición de oración, 20 de septiembre de 1964

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

A la comunidad

El clima en que ha transcurrido para nosotras este retiro, ha sido ante todo un clima de unidad. Nos hemos dado cuenta, hemos palpado, hemos sentido que estábamos en comunidad perfecta de sentimientos y de voluntad con nuestras Hermanas del mundo entero. Toda la Comunidad ha estado, y estará mañana por la mañana, en presencia de su Dios para presentarle una ofrenda de la que El solo puede evaluar el precio.

Porque, en realidad, lo que ofrecemos a Dios no es el sacrificio de un cambio de tejido y de forma de hábito, que sabíamos era bello, con una belleza clásica. Lo que ofrecemos es mucho más que eso: es la reputación ligada a ese hábito, es la santidad, la virtud, la caridad, el fervor misionero que las que nos han precedido habían transmitido a ese hábito y que recaía en nosotras. Es la filiación exterior que nos unía a ellas. Lo que ofrecernos es, todavía más, esa proximidad, esa cercanía al pueblo que nos daba nuestra corneta, esa especie de lazo de parentesco que establecía entre los pobres y nosotras.

En cada una de las Provincias, en cada una de las casas, en el corazón de cada una de las Hermanas, el sacrificio se siente de manera personal, particular, matizado por sus circunstancias… pero en todas partes se siente muy profundamente; por lo demás, esto es lo que comunica su valor.

Todo esto es lo que, mañana, vamos a presentar a Dios, ese haz de sacrificios, esa suma de sufrimientos; sufrimiento de nuestras Hermanas mayores, de nuestras Hermanas misioneras, de nuestras Hermanas que se hallan en peligro y para las que el hábito es con frecuencia una salvaguarda, sufrimiento de nuestros pobres, de nuestros enfermos, de todos los que nos quieren, amigos, familia…

Todo eso es nuestra ofrenda, y se la presentaremos al Señor con la alegría de tener algo que ofrecerle, y dándole gracías, sobre todo, de poder hacerlo en una perfecta unanimidad. Sí, tenemos que entrar en acción de gracias, tenemos que agradecer al Señor que haya permitido que, a pesar de inmensas dificultades, ni una sola de entre nosotras, ni una sola de nuestras Provincias, haya retrocedido ante el sacrificio y rehusado la obediencia. Todas están unidas a nosotras en el más hermoso espíritu de Fe, y todas llevarán mañana a cabo el mismo acto, con excepción de las que sufren en la Iglesia del Silencio o de las que, Por obediencia, llevan vestido seglar para mantener la presencia de Dios en ciertos países. Pero éstas también están unidas a nosotras de corazón, de espíritu y con todas las fibras de su ser.

Lo que pasa por encima de todo, lo que está a la base de todas las decisiones tomadas, es la obediencia, a Dios y a la Iglesia. La obediencia: todo está ahí. Queremos entrar plena y filialmente en la línea trazada por el Sumo Pontífice. La adaptación del Santo Hábito es un signo exterior de nuestra obediencia, de nuestra voluntad de entrar en el trabajo conciliar, de realizar en nosotras mismas —y ese «nosotras mismas» somos los individuos y es la Comunidad— la renovación radical, el reajuste con el Evangelio, que la Iglesia quiere operar en sí y en cada uno de sus miembros. Nuestra transformación exterior, llama, exige de nosotras una transformación interior: por una parte, sin duda, porque nos toca dar a nuestro nuevo atavío externo ese carácter de signo de la caridad y de la pureza, pero también y sobre todo, porque el canibio exterior sería engañoso e ilusorio si el «aggiornamento» que significa no se realizara en profundidad. Lo exterior es poca cosa; lo importante es el corazón, el alma, la voluntad. Se trata de que seamos una criatura nueva o, mejor dicho, renovada.

De la fuente de nuestros orígenes debe brotar la misma caridad expresada en formas nuevas, pero siempre la caridad de San Vicente y de Santa Luisa, cuyo ingenio inventivo debe guiarnos hacia nuevas formas de servir a Dios en sus Pobres. La misma humildad, la misma sencillez, deben orientar nuestra forma de. ser. Mañana, aun sin el poderoso auxilio que nos prestaba la corneta, todos deberán reconocer, en nosotras a la Hija de la Caridad, sencilla, auténtica, humilde sin afectación, atenta a todos, desprendida de ella misma, disponible, verdadera enviada del Amor para comunicar esé Amor a todos. Tal es nuestra responsabilidad.

Debemos tener como la obsesión de la verdadera caridad y revisar de continuo nuestras actitudes interiores y exteriores para ponerlas de acuerdo con la caridad, Eso> y no el hábito, es lo que debe distinguirnos; por todas partes donde nos encontremos deberíamos ser la expresión de la caridad. Y si no queremos engañarnos, si queremos Controlar la autenticidad de esa caridad, existe, Hermanas, una prueba que no falla: es la de la caridad entre nosotras. Nuestra caridad con los de fuera no es verdadera caridad si no existe entre nosotras, entre Hermanas. Pongamos especial cuidado en ello.

Nuestra renovación interior debe hacerse en el mismo sentido que el trabajo actual de la Iglesia. ¡Nos resulta tan familiar, por lo demás! Se diría que es sencillamente como un resurgir del espíritu vicenciano. Una Iglesia que quiere ser «sierva de los pobres», prestar una atención especial a los que están lejos de Cristo, una inquietud misionera, un clima mariano… ¿acaso no es todo eso, ‘precisamente, lo que nosotras tenemos que vivir? El esfuerzo en tal sentido debe ser transparente en nuestra vida.

Por último, Hermanas, no basta con que hagamos, con que presentemos una ofrenda a Dios, tenemos, además, que ofrecerla con alegría. Dios ama al que da con alegría. De este sacrificio tienen que nacer un gozo y una inmensa esperanza, porque Dios no se deja vencer en generosidad, y estoy segura de que va a hacer llover sobre la comunidad una gran cantidad de gracias. Dios ha tenido en cuenta el sufrimiento de cada una, sus rebeldías interiores, sus actos de sumisión, de obediencia, de espíritu de fe, juntamente con los de todas. Dios ha tenido en cuenta todo eso, y todo eso recaerá sobre la Comunidad, así lo espero, en gracias de santidad.

Hagamos también de esta ofrenda un acto eclesial. El Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos me decía: «No es sólo un acontecimiento de la Comunidad de ustedes, ese cambio de hábito que van a hacer es un acontecimiento de Iglesia; es un acontecimiento para el conjunto de las congregaciones religiosas: es un ejemplo que dan ustedes a todas. Después de esto, nadie podrá invocar ningún pretexto para no hacer lo mismo».

Demos gracias al Señor por haber permitido que nos mantengamos en esta fidelidad. No nos envanezcamos por ello: la unidad de la Compañía, su voluntad de obediencia, su adhesión sin reserva, no son obra humana, es una gracia de Dios. Es un verdadero milagro de la gracia.

Agradezcámoselo muy humildemente al Señor y pidámosle que nos conserve siempre en la misma fidelidad a Dios, a la Iglesia y a nuestros Santos Fundadores.

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