Susana Guillemin: Repetición de oración, 2 de abril de 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

A la comunidad, con motivo de la Renovación

Cuanto más pasan los años, más admirable veo la sabiduría de San Vicente al instituir nuestra Renovación anual y con más claridad se me presentan las ventajas que supone. También veo acrecentarse el ínterés que suscita en aquellos que estudian la vida religiosa y buscan medios para renovarla.

Ninguna Congregación, que yo sepa, posee esta estructura. Fue necesaria la audacia santa de nuestros Fundadores para atreverse a dar confianza, hasta tal punto, a unas pobres mujeres. Se fiaron, ante todo, de la gracia de Dios y de la Fe: creyeron en la gracia, creyeron en la fuerza de la Fe, por encima de la naturaleza y de la razón. Y Dios recompensó su confianza.

Por eso nosotras podemos beneficiarnos de tan extraordinario medio de renovación; por eso podemos todos los años tributar a Dios ese incomparable homenaje de cuarenta y cinco mil Hijas de la Caridad, verdaderamente libres, pero que, voluntaria y comunitariamente, vuelven a entregarse a El, reanudan los vínculos desatados y se comprometen nuevamente, a pesar de las deficiencías, a pesar del cansancio.

Este día de retiro, el día de hoy, se nos ha dado para analizamos, para «hacer el balance» como suele decirse. «Hacer el balance» será ante todo, en nuestro caso, sumirnos en la acción de gracias, en la adoración, en la admiración. Cuando nos encontramos ante Dios, ya sea en un día de retiro, ya en una oración cualquiera, lo primero de todo, antes de pensar, incluso, en nuestra faltas y miseria, empecemos siempre por mirarle a El, por empaparnos en la Fe y, por la Fe, en la alegría. Recordemos que no podemos mirar sin peligro nuestra miseria, a menos de hacerlo a la luz de la misericordia de Dios; si nos detenemos sólo en miramos a nosotras, no vemos más que un lado, feo y pequeño, de la Verdad; pero si miramos al amor misericordioso de Dios, vemos la infinita Verdad, que absorbe nuestra miseria.

Si aún no lo hubiéramos hecho hoy, avivemos nuestra Fe en el Amor que Dios tiene por nosotras, considerando todas las gracias con que nos ha favorecido. Después de eso, ya podremos, con dolor, pero con serenidad, ver nuestras debilidades y lo lejos que nos hallamos de las promesas de perfección que hemos hecho. Es increíble y decepcionante ver qué pocas santas verdaderas hay entre nosotras. Y, sin embargo, nos lo hemos propuesto, porque la consagración no es otra cosa que un compromiso a correr tras la santidad para alcanzarla.

La realidad de nuestra consagración. Pongamos cuídado en no perder de vista la realidad de nuestra consagración, de nuestra entrega a Dios. ¡Nos vemos rodeadas en estos momentos por tantas corrientes contrarias que sitúan la razón por encima de la Fe! Cuando nos alcance la duda, la vacilación, la turbación, digámonos que n.o encontraremos paz sino en la Fe y en el Amor. La consagración religiosa es cuestión de Fe y de Amor; nada, absolutamente nada humano puede justificarla. Y ahí está el drama de la vida religiosa en la hora actual: se quiere justificar, guiar, esclarecer la vida religiosa, y a las mismas Religiosas, con razonamientos humanos. Es absurdo y es falso.

Hemos entregado nuestra vida a Dios, fiadas en su Palabra, y sabemos que el camino de Dios es un camino real de la cruz, que nos ofrece nuestra Luz y nuestra Verdad. En él encontramos a Cristo y seguimos caminando con El. Tan pronto como nos colocamos junto a Cristo, en una aceptación total de la cruz, todo se ilumina y se transforma, y a pesar de todos los dolores, entramos en el gozo. Entonces, cada uno de los pequeños incidentes diarios, cada una de las pruebas, grandes o pequeñas, cada una de las circunstancias de nuestra vida, recobran sus verdaderas dimensiones. Disminuyen, se hacen insignificantes, imperceptibles en su alcance humano; en cambio, crecen y adquieren un valor de eternidad en su relación con Dios; se convierten en voluntad de Dios, en unión con Dios, en acciones de Cristo, en vida de Cristo, en ofrenda de Cristo a su Padre. ¡Que la Fe nos lo haga descubrir! ¡Que el Amor nos ayude a salir de nosotras mismas, a suprímir los obstáculos (intención dirigida a nosotras mismas, a las criaturas, a los bienes de la tierra, a nuestra voluntad) que se oponen a la plenitud de nuestra incorporación a Cristo, nuestro Hermano, nuestro Modelo, nuestra salvación.

La progresión. Es bastante desolador comprobar que, al cabo de numerosos años de consagración, no somos todavía plenamente de Dios, sino que nos vamos arrastrando entre el deseo de Dios y el deseo de las cosas de la tierra. No nos detengamos demasiado en esto, sin embargo. Una vez que hemos reconocido lealmente nuestras faltas y nuestra tibieza, una vez que nos las hemos confesado a nosotras mismas, hagamos como hace el Señor: ¡olvidémoslas! No le hagamos a El la injuria de creer citré no nos perdona. Y miremos hacia adelante. Lo que debe atraer toda nuestra atención, no es el pasado, sino el porvenir. Cada Renovación tiene que suponer un paso más hacia el Señor.

El verdadero arrepentimiento está en la voluntad, en nuestro deseo intenso de ser en adelante plenamente fieles. Que nuestra Renovación de mañana sea un verdadero punto de partida, en la Fe, hacia la cruz, hacia Cristo.

Nuestro camino está, sin duda, sembrado de caídas, y es lo primero que vemos hoy. Pero Dios que es nuestro Padre y nuestro Dueño, ve también, en nosotras, los desprendimientos que van produciéndose poco a poco, los actos de fidelidad impregnados en las máximas de la Fe, el corazón que no vibra ya sino por Dios; el parecido con su Hijo Jesús que empieza a vislumbrarse… El acto’ de voluntad que vamos a hacer mañana por la mañana, en la Fe, en la Esperanza y en el Amor, va a tomamos agradables a Dios: El podrá contemplar, en la Pequeña Compañía que emprende el camino de la cruz, el rostro de Cristo.

Con María, nuestra Madre y Maestra. Regocijémonos por vivir en una época en que es muy difícil ser una Hija de la Carídad tibia. El mundo no tolera ya la mediocridad en las consagradas. Es una inmensa gracia que Dios nos hace: vernos obligadas a reconsiderar nuestra vida, a descubrir lo que, en nosotras, podría no ser un buen ejemplo. Es un aguijón que el Señor nos clava. ¡Sea El bendito!

Y que la Vírgen esté constantemente presente a nuestro espíritu y en nuestro corazón, como una Madre admírada y muy amada, como una Maestra escuchada y venerada. Así como dio la vida al cuerpo carnal de Cristo, así también alumbra su Cuerpo Místico. Nos engendra en el Señor, engendra a Cristo en nosotras. ¡Seamos fieles a la Virgen, Hermanas! ¡Tantos cristianos y aun tantas Religiosas se están alejando de Ella en estos momentos! En cuanto a nosotras, enfriarnos en su amor sería, además de un error, una monstruosa ingratitud.

Pongamos en sus manos, mañana por la mañana, nuestro propio caminar hacia Dios.

Pongamos en sus manos, con inmensa confianza, las promesas de todas las Hijas de la Caridad del mundo. Dediquemos una oración insistente, muy especial, por nuestras Hermanas de la Iglesia del Silencio, por las que se hallan encarceladas o perseguidas, de una forma o de otra; por nuestras Hermanas del VietNam, de Cuba y de otros lugares. Roguemos por las que se hallan desalentadas, tentadas, por las que se ven probadas por el amor de Dios.

Pidamos’ a María, nuestra Madre, que tome las riendas de la Pequeña Compañía y la guíe en la obra de la renovación que está emprendiendo en estos momentos. Sobre todo, que la conserve plenamente fiel al Amor de Dios y a su vocación de Sierva de los Pobres en la Iglesia.

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