Susana Guillemin: Repetición de oración, 14 de marzo de 1963

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

A las Hermanas que van a emitir los Votos por primera vez

Santa Luisa de Marillac, nuestra Madre, decía en el fervor de su oración: «me desprenderé de la tierra y me uniré fuertemente a Dios, con la ayuda de su gracia… Como el ciervo desea las corrientes de agua, así mi alma desea a mi Díos». En pos de ella, millares de Hijas de la Caridad han pronunciado estas palabras irrevocables, y hoy, ustedes, unidas a otras Hermanas que en todas las Provincias emitirán sus Votos por primera vez, prolongan y hacen suyos ese deseo y esa voluntad de nuestra Santa Fundadora.

«lVle desprenderé de la tierra y me uniré fuertemente a Dios».

En efecto, por los santos Votos que van ustedes a pronunciar, Hermanas, renuncian a la posesión y al gozo de los bienes de la tierra y responden definitivamente a la llamada de Dios, escogiéndole como su único bien, su Esposo, el Dueño soberano de su alma y de su vida. Siguiendo e imitando a Cristo, van ustedes a comprometerse a vivir en pobreza, castidad, obediencia y sirviendo a los Pobres.

Que Cristo sea su única riqueza. Por lo que se refiere a los bienes temporales, escuchen también estas resoluciones de nuestra Santa Madre: «Me he propuesto usar con confusión lo mucho que tenga y soportar, sin decir nada, lo que me falte. Trataré de desposeerme de todo, en lo que pueda, en sumisión a la Divina Providencia». Dispónganse ustedes también, como Santa Luisa, a «aceptar amorosamente todo lo que pueda faltarles, fuera de Cristo». El solo merece ser deseado y poseído.

«He resuelto, Dios mío —dice Santa Luisa—, no admitir amor alguno sino por vos, y no tendré jamás otra voluntad ni otro amor que el vuestro». Abran, ustedes también, de par en par su corazón al santo amor de Dios. Tomen la resolución de mantener en ustedes ese fuego del amor que requiere ser constante y cuidadosamente alimentado. Para ello son necesarios el silencio y la soledad de la oración, por medio de la cual encuentran y contemplan a Cristo, a quien se han entregado. Es necesaria también la aportación de pequeñas mortificaciones que hagan patente su preferencia por El. Oración y mortificación son los alimentos indispensables del amor que está a la base de la castidad.

Como escribe nuestra Madre: «¿Qué buscamos? ¿no es agradar a nuestro soberano Señor? Aguardemos en paz a que su voluntad nos sea manifestada por los Superiores». Por eso entregan ustedes entre las manos de Dios su voluntad y la entera disposición de su vida, mediante el voto de obediencia. Este voto es la más perfecta manifestación de nuestra vida teologal: la Fe nos hace reconocer la voluntad de Dios en la de los Superiores. La Esperanza nos da la certeza de que esa voluntad divina es el mejor camino que tomar. La Caridad nos hace abrazarnos con esa voluntad, por sacrificios que lleve consigo Pido a Dios que en los pequeños detalles de cada día como en las grandes circunstancias de su vida, la obediencia sobrenatural las mantenga siempre en una total dependencia de El.

Nuestro cuarto voto da a nuestra consagración a Ciisto su forma peculiar en la Iglesia de Dios. Es en el Pobre donde le encontramos y servimos. Miren en torno a ustedes: es Cristo quien las espera en la persona de sus Pobres, de sus enfermos o niños. Pero para mantener su mirada en ese plano sobrenatural, tendrán ustedes que purificarla y afianzarla sin cesar.

La observancia de sus votos requerirá siempre de ustedes, Hermanas, un esfuerzo constante, repetido, para que su vida se mantenga en ese nivel de Fe, de Esperanza y de Caridad que lo coloca todo bajo la luz de Dios. En la oración, dos veces al día, y en la Eucaristía, podrán hacerse cargo de ustedes mismas para volverse a arrojar de nuevo en Aquel que es el único deseable y hacia el que tendía Santa Luisa cuando decía:

«Me prepararé con un gran deseo a unirme a El… para qu’e la unión de Dios con mi alma la tome conforme a El, y la recepción del precioso Cuerpo de mí Salvador me lleve a practicar su santa vida».

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