Susana Guillemin: Misión y responsabilidad de las directoras de hogares o residencias

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

El problema de los hogares o residencias no cesa, desde hace varios años, de suscitar reflexiones llenas de inquietud entre las comunidades religiosas. Por otra parte parece que esta inquietud está plenamente justificada por la amplitud creciente de solicitudes de Centros de este tipo.

La U.N.C.A.H.S., legítimamente alarmada, ha tratado de hacer un estudio profundo sobre el tema. Era de prever que este estudio haría resaltar la extensión y la diversidad de las dificultades que se olDservan en el ambiente «Hogar».

Vamos a tratar, todas juntas, de destacar los puntos más importantes.

La primera pregunta que acude a la mente es ésta:

¿Por qué los Hogares?

La respuesta parece muy sencilla; se encuentra en San Mateo:

«Estaba sin techo y me acogisteis».

El Hogar está, pues, ahí para albergar al incesante desfile de jóvenes, solas en la vida, y para darles ese calor que todo ser humano necesita para vivir.

Sí, por falta de reflexión cristiana, la apertura de un «Hogar» se ha considerado:

  • como una manera racional de ocupar unos lugares sin destino;
  • o como un factor que aumente el presupuesto alimenticio de la colectividad;
  • si se ha visto en el aflujo de jóvenes una posibilidad de prospección para la Congregación…

Entonces, hay que decirlo desde ahora, la obra estará destinada, en un plazo más o menos largo, a un fracaso cierto en el plano apostólico.

La razón de ser de un Hogar es:

— La llamada de las jóvenes y sus necesidades.

El número de jóvenes que acuden a París aumenta en progresión geométríca. Cuatro directoras de hogares han apuntado y sumado el número de demandas recibidas que no se han podido satisfacer:

Durante dos meses, del 15 de junio al 15 de agosto: 2.063 jóvenes han solicitado plaza en estos hogares.

De este número: 6 han renovado su petición.

De todas las demás: 2.057 no se han presentado en las otras tres direcciones. 20 de entre ellas han estado en contacto con una religiosa; se habían resuelto a vivir en un hotel. A finales de año, la situación se presentaba así: 8 se entregaban a la prostitución, 5 vivían. maritalmente, 7 seguían viviendo honestamente y habían encontrado, en el curso del año, una plaza en un Hogar.

El balance de esta experiencia demasiado restringida no puede tener más que un valor indicativo… Intenta demostrar, en efecto, que una tercera parte de las jóvenes que llegan a París están en peligro grave y que la mitad no resisten al esfuerzo que exige una vida honesta. Sería injusto sacar una condusión demasiado absoluta. Sin embargo, debemos persuadirnos de la fragilidad psicológica y moral de las jóvenes que llaman a nuestras puertas.

¿Quiénes son esas jóvenes que solicitan una plaza en nuestras casas?

Pertenecen a una misma generación: son jóvenes comprendidas entre los 15 y los 24 años; están aisladas. Se trata de:

  • Jóvenes campesinas que vienen a París para huir del aburrimiento y la vida tan dura de la granja paterna, para ganar un salario del que disponer libremente. Son las más vulnerables, tanto en el plano físico como en el plano moral;
  • Las que están en empleos interinos o haciendo prácticas en las grandes administraciones: Correos, Telégrafos, Ferrocarriles… Durante los primeros meses tienen la falsa tranquilidad de un albergue que les asegura su trabajo. Pero tienen que abandonarlo rápídamente cuando llega el relevo de un nuevo contingente de interinas, y viene entonces el enorme desánimo de buscar inútilmente…
  • Son también las estudiantes, universitarias o no, becarias o no, atraídas:
  • Por las grandes escuelas parisienses
  • Por el prestigio de una formación de renombre mundial como la de las firmas Fath, Dior y otras que absorben de las provincias a sus mejores obreras.

Entre este mundo de estudiantes llegadas de todos los horizontes, se debe reservar una mención especial para las extranjeras, aisladas de mil maneras: las diferencias de lengua, de costumbres, etc… acentúan su desarraigo. Las jóvenes de países francófonos en vías de desarrollo, sin ser del todo rurales, ni completamente extranjeras, presentan rasgos muy especiales. Deslumbradas, tratan de seguir, sin conseguirlo del todo, el ritmo de vida de sus compañeras de Francia. Tienen cierto éxito —el exotismo está de moda— pero ocultan, sin embargo, la desazón de no ser asimilables a las demás… e inventan y sueñan como compensación.

Veamos un ejemplo tomado entre muchos otros:

YOLANDA es una joven malgache de 17 años, hija de un cirujano dentista. Cuando el ciclón que asoló Madagascar hace unos dos años, dijo un sábado por la tarde: «Tengo que marcharme mañana a las 6, en avión, a Niza. El Comité de Socorros a los Siniestrados me pide que vaya a bailar al Casino y a tomar parte en la cuestación. Volveré el mismo domingo a las 9 de la noche».

Hechas las pesquisas pertinentes, se trataba de un Comité fantasma y de una historia inventada en todos sus detalles.

Hay que mencionar también un número no pequeño de jóvenes más o menos abandonadas: carecen de dinero, de trabajo, de relaciones, de formación profesional. Son hijas de familias rotas, a veces taradas. Sus primeros años no han sido, en la mayoría de los casos, más que una sucesión de choques afectivos, una lucha por el pan de cada día, una película de imágenes sucias y malsanas.

Espiguemos unos ejemplos entre los citados en las encuestas:

SIMONA, procedente de un ambiente familiar desastroso: padre desconocido, madre enferma mental con una vida dudosa. A los 13 años, Simona empieza a entregarse a la prostitucíón, de la que guarda un horrible recuerdo porque pasa mucha hambre. Se la ingresa en ChevillyLaure, de donde sale a los 17 años para entrar en el Hogar.

  • Los padres de DIONISIA están divorciados. El padre, casado de nuevo, vive en provincias. La madre con otro y «recibe» en casa… Dionisia se acuesta sobre un montón de trapos en un garaje de bicicletas. Trabaja primero en una oficina, después en una fábrica. Una Asistente Social nos la presenta y a su llegada al Hogar es una pequeña salvaje.
  • MARIEFRANCE, estudiante de laboratorio, inteligente, vivió unos comienzos difíciles en la Residencia, porque tenía que integrarse en un ambiente de estudiantes universitarios. Después de un tiempo de intentos y tanteos para poder elevarse al nivel de los demás, encontró el equilibrio y se adaptó tan bien, que la historia terminó, al cabo de dos años, en boda con el hermano de una de las estudiantes.
  • JACQUELINE, estudiante de 2.° curso de medicina, provinciana, hija mayor de una familia numerosa, becaria; gracias a las condiciones económicas de la Residencia, puede enviar parte de su beca a sus padres para ayudarles, y con el resto llega a poder pagar sus transportes, libros, matrículas… y vestirse, menos el abrigo y. trajesastre. Se da cuenta de que para conseguir esas prendas, tendría que saber coser. Sigue, pues, unos cursos de corte y confección, y llega a hacerse su ropa… Para no perder de vista la realidad y conservar el sentido de la vida práctica, se dedica, los domingos, a hacer la compra para doce personas lo más económicamente posible, pero sin descuidar el mejor equilibrio alimenticio…

Podríamos multiplicar hasta el infinito los ejemplos y distinguiríamos dos categorías de jóvenes que conviven en nuestros hogares:

  • Las que, a pesar de su aislamiento provisional, conservan el apoyo y la seguridad moral de un medio familiar al que siempre podrán recurrir. Sus problemas serán mucho más fáciles de resolver.
  • Y aquellas cuyo aislamiento moral se agrava por el hecho de la ausencia completa del medio familiar, o peor aún, por la influencia degradante de éste.

Estas jóvenes deben encontrar: algunas, un trabajo remunerador; todas, un alojamiento, manutención asegurada, un medio de subsistencia que les permita el aprendizaje de la vida social y un clima favorable para el descubrimiento o la afirmación de la fe cristiana.

¿Qué encuentran las jóvenes ante esta diversidad de necesidades?

En París y cercanías, encuentran a las Congregacíones religiosas y a los institutos seculares que, entre todos, pueden recibir a 4.497 jóvenes en 109 establecimientos.

Una clasificación más amplia permite distribuirlos de la manera siguiente:

  • 1/3 de los hogares destinados a estudiantes
  • 1/3 a empleadas y estudiantes
  • 1/3 a empleadas y jóvenes obreras

La fórmula de Hogar reservado ya a estudiantes universitarias, ya a jóvenes obreras, facilita la vida colectiva, porque sabemos perfectamente que las jóvenes intercambian y establecen relaciones a partir de una semejanza de origen, de orientación profesional y de afinidades. Los mismos gustos, los mismos problemas, las mismas preocupaciones sirven de base a discusiones sin fin, a menudo estériles, pero que son el cauce necesario para un dinamismo que quedaría sin aplicación.

Cabe preguntarse, sin embargo, si cierta mezcla de las capas sociales no favorecería más un desarrollo individual y social.

La encuesta muestra también una uniformidad de la escala de edades, puesto que la mayoría de los hogares recibe a jóvenes de 15 a 25 años. Son muy raras las que no establecen un límite máximo de edad.

Si estudiamos el volumen del grupo humano encuadrado, comprobamos, por el contrario, cierta diversidad. Los dos casos extremos son raros:

  • Un hogar de 180 jóvenes
  • Un hogar de 6 jóvenes

Los demás son así:

  • Aproximadamente la 1/4 parte de hogares, es decir, 25, reciben a menos de 20 jóvenes.
  • La 1/3 parte, es decir 33, oscilan entre 35 y 50 camas.
  • Finalmente, 10 hogares tienen mayor importancia numérica y agrupan de 70 a 80 jóvenes.

Según estos componentes: NUMERO, UBICACION Y PROCEDENCIA DE LAS JOVENES, el espíritu y el dima del hogar aparecen muy diferentes.

Tal hogar, situado en pleno barrio latino, acoge con prioridad a universitarias. No puede parecerse a aquel otro del Norte de París, reservado a jóvenes obreras. El primero ve cómo se mueven unas cuarenta estudiantes, de todas las nacionalidades (la encuesta menciona 20), de todas las religiones: ortodoxas, musulmanas, budistas, etc… con algunas bautizadas católicas. La unión se establece mediante la cultura, la educación y los estudios comunes.

El segundo alberga a unas cincuenta jóvenes, de las que 43, proceden de verdaderos casos sociales: Se juzgó que estaban en peligro moral y fueron colocadas allí a título preventivo. Aquí, toda la formación está por hacer…

Son raros los hogares que constituyen la actividal principal de la Casa Religiosa en que están implantados. Lo más corriente es que existen paralelamente: un Dispensario, un Centro de obras Parroquiales… etc.

La encuesta revela a veces que el Hogar se menciona el último de la lista de obras de la casa, considerado como una actividad añadida. En este caso, la religiosa responsable se encuentra generalmente divida entre varios deberes y ni la misma Comunidad local llega a percibir la responsabilidad que entraña esta obra, minimizada al lado de las otras. Se trata entonces de un HogarHotel.

Ocurre a veces que las jóvenes no esperan del Hogar más que el alojamiento y la comida. Esto ocurre cuando se sienten yuxtapuestas a las otras actividades de la «Casa» y como ajenas a las obras que allí existen. Juzgan entonces a la comunidad a través de esta forma material de servicio. En cualquiera de los casos, sus exigencías son inexorables y se expresan bajo formas reivindicativas en relación con la justicia, la lealtad, el respeto a su libertad y una disponibilidad constante. Los pequeños hechos de la vida cotidiana sirven de base a las apreciaciones que hacen de las religiosas.

Fácilmente el menor fallo en la sinceridad, la justícia, la discreción, lo tachan ellas de infidelidad con respecto a nuestra vocación y con respecto a Dios.

Por último, en el plano espiritual, las jóvenes temen sobre todo vernos adoptar una postura moralista que, rápidamente, las cierra a toda influencia. De esta manera puede suceder, según la confesión hecha en una encuesta, que «dos colectividades» se estén observando y juzgando.

Cito la respuesta a la pregunta:

  • ¿Hay un método para dirigir una Residencia de Estudiantes?
  • Creer en el reglamento como en una ley de policía fue mi primera tentación. Pero allí me esperaban los estudiantes para juzgarme. Poco a poco se fue abriendo un foso entre nuestros dos campos y se formaron dos grandes nubes cargadas de electricidad y un día estalló la tormenta.

Estas observaciones nos inducen a plantearnos estas preguntas:

  • ¿Cuál es el cuadro directivo de nuestras residencias?
  • ¿Qué preparación han recibido las religiosas que están al frente de ellas?
  • ¿Qué criterios de valor han determinado su elección para desempeñar esta responsabilidad?

Hay que confesar francamente que las razones que motivan esta elección no están a veces en relación con las exigencias de este cargo. Una religiosa ha sido elegida porque su trabajo del Dispensario le deja un poco de tiempo; otra, sencillamente, porque no tenía los títulos necesarios para otra actividad, y otras porque, sobrecargadas ya por una clase o por el cuidado de los enfermos en sus domicilios, tendrán como suplemento la responsabilidad de la Residencia.

¿Qué entrega se puede esperar de una persona que asume una tarea a ratos o como complementaria de otra que le parece prioritaria?

¿Quién podría extrañarse de que algunas de nuestras directoras de hogares, así elegidas y sin ninguna formación complementaria, no hayan llegado a concebir una manera nueva de llevar a las jóvenes en una Residencia, sino que parezcan inmovilizarse en una postura que en el siglo pasado pudo ser avanzada? El diálogo es, sin embargo, indispensable para conocer a las jóvenes y dar respuestas eficaces a lo que ellas esperan.

—  El hogar tal como debe ser.

Ya hemos dicho que, al llegar a nosotras, las jóvenes esperan encontrar: comida, alojamiento, un cierto ambiente y a veces también hasta un empleo.

  • ¿En gué condiciones pueden nuestros hogares hacer frente a estas necesidades?
  • Primeramente: EL TRABAJO.

Todos estamos convencidos de que el trabajo diario debe proporcionarnos, no sólo un salario suficiente, sino, en cuanto se pueda, una satisfacción constructiva de la personalidad.

Para adaptar un empleo a las posibilidades físicas, a la capacidad profesional, al temperamento de una joven, la asistente social y la directora, que conjugan sus esfuerzos, deben primeramente dialogar con ella. Algunas breves preguntas sobre antecedentes de salud permitirán, por ejemplo, eliminar un trabajo que exija estar demasiado tiempo de pie o un esfuerzo muscular permanente o la permanencia en una atmósfera húmeda, etc… En esta búsqueda de trabajo, ¡cuidado con dar nosotras mismas los pasos! limitémonos a dirigir y sostener la iniciativa de la joven.

No hay que contentarse con orientar inteligentemente según las aptitudes, sino también ayudar a salir adelante. Es decir, que la responsable de una Residencia, con una delicada intuición, tiene que llegar a adivinar los síntomas de un sufrimiento, una inadaptación. La búsqueda en común de las causas permite a veces, descubrir una incompatibilidad física o moral con el género del trabajo.

— En segundo lugar: EL ALOJAMIENTO.

Este juega un papel importante, en el equilibrio físico e incluso moral de nuestras jóvenes. Al terminar el día, en el que muchas veces no han estado solas ni un instante, desean una posibilidad de soledad, que tal vez no utilicen, pero cuya necesidad es tan fuerte que les hace preferir la habitación individual a la Camarilla o Box.

Detengámonos un poco en este problema del alojamiento.

Nuestras «inquilinas» pasan pocas horas en «sus habitaciones». Pero este hecho no justifica que permanezcamos indiferentes respecto a este problema material.

Sabemos que esta casa ocasional puede tener una influencia y crear ciertas costumbres de vida. Más allá de las exigencias de higiene y salubridad —me refiero a la luz, aire y agua indispensables— la joven tiene que encontrar un «confort» sencillo y de buena ley.

Esto se traducirá en primer lugar en un espacio suficiente que le permita moverse sin tropiezos, ofrecer una silla a una amiga, cambiar de sitio según su capricho o necesidad, una mesa de trabajo.

Comodidad también en los muebles prácticos, que inviten al orden a una generación poco inclinada a ello.

No hay que pasar por alto tampoco el beneficio de una ropa ‘ de cama impecable para un cuerpo cansado, ni el que proporciona una noche de sueño tranquilo. Un mínimun de aislamiento acústico a la vez que la soledad física necesaria, son también deseables.

Las comidas del mediodía a menudo se toman fuera: cantina, comedor universitario: sandwichs y otras soluciones más o menos improvisadas que se justifican por los factores: tiempo, dinero, distancia del lugar de trabajo, reemplazarán a menudo a la comida de la Residencia, que tomará a su cargo el desayuno y la cena. Los alimentos preferidos por los jóvenes son a menudo desconcertantes y echan por tierra nuestras previsiones de minutas para colectividades.

Un deber estricto para nosotras, en este período de su vida en que se consolidan sus estructuras físicas, es el de dar una alimentación sustanciosa y equilibrada. Algunas reglas en este campo son clásicas y no deben ser quebrantadas en la medida de lo posible. Toda comida debe tener una ensalada. Un menú se equilibra con entremeses y postres que, por otra parte, son los dos polos de atracción de la comida para la juventud. También necesitamos seguir un poco la moda: medio pomelo, como entrada, no es más caro que las tradicionales rodajas de salchichón y el efecto psicológico es mucho mejor.

Toda comida reviste significaciones simbólicas y puede dejar un recuerdo. Así la que se ha pensado en función de los comensales anuda en cada mesa el lazo de amistad, de comunicación y de intercambio. Contribuye a dar un calor humano del que las jóvenes de nuestra Residencia están a menudo ávidas. Una encuesta nos dice: «Uno de los medios que parece más propio para mantener el espíritu de familia es conservar algunas tradiciones como el Roscón de Reyes, las tortillas de la Candelaria, la tarta de cumpleaños con velas, para la que cumple los 20 años, etc…» Este debe ser uno de los fines del Hogar:

Hacer que las jóvenes vivan en un ambiente sereno, cordial y familiar

Pero los elementos necesarios para la vida física no son los únicos que condicionan la integración de la joven en el Hogar. La Residencia debe ser además, educadora de la persona humana que debe vivir en sociedad, y educadora de la persona bautizada que debe vivir como Iglesia.

La educación supone el conocimiento. La religiosa directora debe conocer a cada joven con un conocimiento afectivo, que es el único verdadero: Dios nos conoce verdaderamente porque nos ama.

El número es importante en esto también. La encuesta nos muestra que con más de 35 a 50 jóvenes, la comprensión individual se hace difícil.

La preocupación para la vida social debe ser adaptada, pues si no, corre el riesgo de ser ineficaz o nociva. Los principios serán los mismos, cualquiera que sea el nivel social medio del Hogar. Las maneras de llevarlo a cabo pondrán los matices necesarios.

A esta vida de Hogar será a la que, más adelante, hará referencia la joven ya esposa y madre de familia. Por eso, debe poder descubrir en ella las reglas de una economía doméstica dirigida… mediante unas responsabilidades compartidas y los intercambios de ideas.

¿Por qué no discutir y escoger juntas por ejemplo, un adelanto práctico, una mejora en la comodidad? Si parece oportuno comprar dos sillones para completar la sala de estar, quizá sería interesante conocer cómo les gustarían a las jóvenes y abiertamente darles a conocer nuestras posibilidades económicas.

Pudiera tener un valor educativo el que por turno organicen el menú de una fiesta, encargarles su presentación y hasta su preparación. Algunos hogares más al día, son adminitrados y organizados en parte por las jóvenes.

Cuando llegan a nuestras Residencias, les invade a menudo un sentimiento: el miedo a perder la libertad. Nos vemos obligadas desde el principio a hablarles del horario, del reglamento, permisos… Esta disciplina inherente a toda vida colectiva debe quedar atenuada a una posibilidad de iniciativas, por una toma de responsabilidades. Dejémosles entera libertad para la disposición y arreglo de su habitación. De esta manera, cuando entremos, nos daremos cuenta de lo que cada persona es, de sus sentimientos… Damos nuestro parecer amistosamente, tratando de hacer comprender que, a la larga, el marco, el ambiente ejerce una influencia en la persona que lo habita. Que sus sugerencias en cuanto a la estética y adorno de las habitaciones comunes: comedor, sala de estar, nos encuentren siempre receptivas, si no puede ser siempre, consentidoras. Tratamos de que los objetos escogidos expresen algo a su espíritu o a su corazón.

Con estas miras, es necesario reservar siempre una habitación donde puedan recibir sencillamente a su novio como lo harían en su casa. La aprobación de la Directora quedará manifiesta con unos minutos de conversación que bastarán para demostrar comprensión de los proyectos para el futuro y el respeto y confianza que se deposita en la joven pareja. También los hermanos se presentan a veces en la Residencia y se les tiene con frecuencia esperando en el Hall o en el patio. Hay que concederles, sin embargo, alguna que otra vez, derecho de entrada para una comida o una merienda.

La puerta abierta a las relaciones exteriores es muy de desear. No quiere esto decir que eludamos toda regla de prudencia. Una encuesta señala:

— el 90% de nuestras jóvenes gozan de completa libertad. A menudo, sus padres se quedan tranquilos, imaginándose que porque están residiendo en un Hogar, en el que el Reglamento exíge una hora de entrada, sus hijas están ya completamente preservadas.

Existe un deber de vigilancia que debe ser el complemento obligatorio de una formación indispensable en el terreno sentimental. Las jóvenes deben conocer sus responsabilidades y ser capaces de reaccionar sanamente. Se trata de la educación, muy difícil por cierto, de su libertad.

El aprendizaje de la vida social puede completarse —a iniciativa nuestra o de las mismas jóvenes— con charlas por personas especializadas sobre acontecimientos contemporáneos: actualidades sociales, o incluso políticas. Todas deben sentirse responsables del ambiente que tienen que crear en la Residencia. Sin esto, no se puede hablar de una formación de la persona humana para la sociedad. Nuestra manera de actuar tiene que tender, ante todo, a que en la Residencia se lleguen a reali7ar las personas.

La vida en equipo —una de las formas más actuales de esta sociedad— puede descubrirse en el Hogar. Estos equipos, pueden, unas veces, formarse espontáneamente en torno a un motivo determinado, por ejemplo, la organización de una fiesta.

En esa ocasión destacan los líderes y se educa en la responsabilidad.

La vida de equipo es a menudo un factor de equilibrio para la chica recién llegada. Se puede integrar en seguida si recibe de sus compañeras alegría, amistad, etc… y se ve obligada ella a hacer lo mismo.

Una encuesta nos presenta sinceramente un ejemplo de fracaso:

MARTA ENRIQUETA, dibujante industrial, en período de prácticas, procedente de un medio rural y serio, le faltaba, sin embargo, solidez, se dejaba influenciar por la vida parisina, vivida con mucha libertad. No encontró en las otras residentes ni simpatía, ni amistad verdadera. Muy alegre por naturaleza, hubiera tenido que haber encontrado comprensión y sobre todo buenas compañeras para los ratos libres. En este punto, las religiosas no podían satisfacerla. Exhuberante, brusca, seca, ocultando a menudo sus decepciones bajo una excesiva excitación, se engañaba a sí misma y nos engañaba. Cuando me di cuenta, por propia confesión suya, de que siempre se sintió extraña en nuestra casa, era ya demasiado tarde…

Por último la educación no será completa si el Hogar no responde a la vocación cristiana de las bautizadas que viven en él. Providencialmente estas jóvenes, han sido puestas en nuestro camino: tenemos que salir a su encuentro y orientarlas hacia el Señor y hacia la Iglesia. Este contacto con la Iglesia se hace sobre todo por unos intercambios entre la Iglesia local y el Hogar. La señal más segura de la proyección apostólica de una Residencia es su apertura a la Parroquia y a los distintos movimientos. Se puede así establecer una doble corriente:

  • Las jóvenes de la Parroquia solicitan la participación de las jóvenes de la Residencia en unas actividades comunes.
  • Y las jóvenes del Hogar se integran por el momento en la vida parroquial.

—  Educación de la vida militante

La mejor acción de la mejor religiosa no influenciará nunca como las jóvenes entre sí, especialmente si son militantes de la JOC. La apertura del Hogar a las militantes de los movimientos de la JOC u otros, arrastrará a las jóvenes a insertarse a estos movimientos en los que trabajarán efectivamente por el Reino de Dios. Hay una tendencia «a lo mejor» que emana por irradiación de las personas.

Monseñor Veuillot nos decía el otro día:

«El sentido de la vida apostólica no es materia de opción en la vida cristiana. No es facultativo ni accesorio. Que este Hogar sea un medio en el cual pueden ellas descubrir normalmente su vocación de militantes».

Estos dos polos de la educación: formación para la vida en sociedad y formación para la vida de la Iglesia, suponen la presencia de una religiosa directora y una organización abierta a los problemas específicos de las generaciones jóvenes:

  • Salarios, fin de mes, porvenir profesional;
  • Alojamiento, alimento y vestuario;

—  Vida sentimental, aspiración a la felicidad.

Frente a tantas obligaciones de las que llevará (a veces casi sola) el peso y la responsabilidad ¿cómo escoger a la religiosa directora?

Antes de hablar de su formación propiamente dicha, precisemos el conjunto de las cualidades humanas que necesita, siendo la primera, a mi parecer, un grado de madurez suficiente.

Una Hermana que no hubiese resuelto sus propios problemas y realizado su equilibrio religioso, no estaría capacitada para ocuparse de jóvenes en la edad de las perturbaciones afectivas u otras.

Es necesario que ella misma se haya realizado como religiosa y como consagrada. Que haya asimilado la Regla en su espíritu más puro (una directora se verá obligada a tener algunas excepciones).

Que haya realizado totalmente su integración en la comunidad. En una palabra, que posea un sólido equilibrio religioso y comunitario que le permita estar despreocupada de sí misma y atenta a los demás.

Esa vida religiosa plenamente asumida se traducirá fácilmente en un cierto aspecto exterior al que las jóvenes se muestran sensibles.

  • Una acogida jovial y amable, testimonio de una disponibilidad a la escucha del que la necesita.
  • Una actitud, sencilla, serena, apaciguadora, matizada por una autoridad que ayuda.
  • Una inteligencia comprensiva de las dificultades materiales y morales, en particular de esta soledad del corazón, tan dura de llevar a esta edad.

Este equilibrio físico, aparente y real, es necesario y será la garantía de cierta continuidad en la acción y de cierta permanencia.

En medio de los inevitables cambios en la conducta de las jóvenes que pasan rápidamente de la alegría y entusiasmo a la tristeza más sombría, la Hermana debe ser el elemento de serenidad y estabilidad.

Las jóvenes no comprenden que se viva en una atmósfera de indiferencia a lo que es exterior a la Comunidad o de desconfianza en cuanto a las alegrías humanas. La Hermana encargada del Hogar debe ser capaz de manifestar:

  • Admiración por lo bello
  • Simpatía por todo lo que es «valor humano»
  • Afecto a las que acuden a ella.

Es esencial también que tenga cierta apertura de espíritu, que predisponga al amor. Será así cómo los corazones de las jóvenes se abrirán y se pondrán en condiciones de dejarse conquistar por el bien supremo que es la Caridad.

Por falta de encontrar esta atención personal, la joven se aislará exterior o interiormente y vivirá con desconcierto los grandes asaltos propios de su edad, tanto de orden sentimental, como de dudas de fe, o bien por actitudes inmorales aceptadas con desenfado o cinismo.

Dirijamos hacia ellas esta mirada de amor que nos mantendrá presentes en sus problemas.

Este acercamiento a los trastornos íntitnos de un alma, debe hacerse con respeto y discreción. No «imponerse», pero sí ser una presencia que «da seguridad».

«La acción del alma sobre otra alma es un amor que excluye la violencia…» (Guitton).

—   ¿Cómo las religiosas responsables de nuestros hogares pueden prepararse para hacer frente a la amplitud de esta acción educativa?

En primer lugar:

  • Por una formación práctica y concreta en economía doméstica que permita llevar con soltura el papel de ama de casa. Puede ser útil unir a esto una formación práctica en el campo de las distracciones y ocios: discos, cantos, etc…
  • Por una formación intelectual y teórica: algunas nociones de fisiología, de psicología, psicología social y pedagogía que ayuden a desarrollar el juicio y a ejercitarlo en función de lo real.

Es indispensable que la Religiosa, Directora de Hogar, no se inquiete y se turbe ante detalles de su cometido: que complete su formación inicial con cursillos, revistas, jornadas de información.

Una formación experimental es necesaria para completar esta formación teórica.

Hay que intentar explicar, a través de reflexiones en común o intercambios entre la Hermana y los mandos del Hogar, ciertas conductas de las jóvenes. El análisis bien llevado permite reconocer y normalizar las paradojas propias de su generación: egocentrismo y generosidad, deseo de riesgo y necesidad de seguridad, desenfado y necesidad de sentirse una misma.

Es necesaria también una reflexión personal llevada a cabo en la oración.

Para ejercer su acción plenamente educadora, la religiosa directora de un Hogar debe poseer:

  • Un verdadero valor moral y cristiano (clima de verdad y justícia).
  • Una formación doctrinal profunda que le permita seguir a las jóvenes en sus problemas de orden moral o social (sindicatos, derecho a la huelga, etc…).

Todo lo que decimos aquí de la directora, se sobre entiende de la Comunidad, que forma una especie de telón de fondo en la vida del Hogar.

Monseñor Veuillot nos dijo también: «A través de vuestras vidas es como percibirán el testimonio que les hará descubrir los valores que el mundo no les presenta».

A través de la alegría de una vida comunitaria, unida y fuerte, penetrada de espíritu evangélico, es como les llegará el testimonio esencial de la fe. Una Comunidad que, a partir de las experiencias de distintas edades y de tareas diversas, vive unida visiblemente en una caridad fraterna y profunda, actúa en las jóvenes como por contagio. Saben ellas muy bien que estamos reunidas en nombre de Dios y esperan de nosotras un testimonio colectivo.

De aquí que toda Comunidad debe tomar como suya la Residencia. Por una lucha incansable contra una excesiva preocupación de sí misma, de su oficio, de sus propias responsabilidades, cada una debe prestar a la Hermana Responsable del Hogar y a las jóvenes la alegría paciente y benévola que necesitan. Prestar atención a alguien en esta época de la vida superficial, es una prueba de preferencia y hasta de amistad. Tratemos de prestar esta atención amplia y capaz de abarcar a toda persona. Descubrir a tiempo una melancolía, constatar un silencio insólito, una excitación nerviosa en otra, es una forma práctica de la verdadera y delicada caridad.

Espontáneamente las jóvenes tienen con respecto a nosotras esa mirada atenta, unida a veces, a un agudo sentido de observación. Fácilmente distinguen, con gran penetración, nuestras lagunas y debilidades. Aceptemos, pues, con valor y prudencia que, a veces, en su lealtad un poco brutal, nos lo digan.

Un ejemplo sacado de la encuesta, ilustra bien el beneficio que se puede sacar de ello:

Desde principios de enero, una reunión amistosa con intercambios, tiene lugar cada semana. La reflexión inesperada de una jóven empleada, natural de Marsella, fue la que dio origen a la misma. «Después de todo, dijo un día, si algunas veces me aburro, es porque aquí no hacen ustedes nada que me interese».

Como no había Hermana especializada en la dirección del Hogar, la salida se dirigía a toda la Comunidad. Era necesario que, juntas, resolviéramos el probleman planteado… y reconociéramos nuestras lagunas.

Al día siguiente, dando la vuelta a la frase, la Hermana dijo a todos: «¿Por qué no sois vosotras las que os encargáis de interesarnos? Nosotras no vamos al cine, ¿por qué no hacernos partícipes de lo que habéis visto? La Comunidad necesita de una información vuestra. ¿Queréis hacernos ese favor?»

La idea aceptada unánimemente nos ha permitido comprobar que varias de nuestras jóvenes veían cualquier cosa y en cualquier sitio. Así, la película «La Verdad», la habían visto seis de nuestras jóvens •de 16 a 17 años. El juicio que les merece y que exponen dos estudiantes del Hogar en una reunión amistosa da a todas una enseñanza más acertada que la más rica documentación que hubiera presentado una Hermana.

En estas reuniones tan fraternales se habla con libertad de teatro, cine, revistas, libros, modas, etc… Se pone un disco que trae una de ellas, o bíen el aparato de proyección proporciona una pequeña documentación mediante la imagen sobre un tema elegido, y todas dan cuenta de cómo han pasado sus diversiones el domingo anterior.

El vernos como alumnas suyas, divierte mucho a las jóvenes… Después, reflexionamos juntas revisando juicios y criterios, a través de las intervenciones de ésta o aquélla que tiene una personalidad más acusada en un sentido cristiano y que goza de la simpatía de sus compañeras. La Hermana cometería una torpeza actuando demasiado directamente sobre los jóvenes.

Este ejemplo nos presenta, en defmitiva, la verdadera actitud que debe animarnos:

— Una actitud de humildad, de atención y de respeto.

Quizá no habíamos reflexionado suficientemente en la riqueza de los intercambios con las jóvenes. ¡Solemos, con tanta facilidad, adoptar con ellas, una postura de «maternalismo» siempre dispuestas a proteger, a guiar, a suplir! Hay que distinguir sus exigencias, sus verdaderas necesidades; tratemos de comprenderlas favoreciendo su deseo de comunicarse.

Estemos presentes a ellas con una presencia de afecto, de disponibilidad, de compresión. Entonces nos será posible descubrir las «piedras de espera» para un paso del Señor.

Junto con la inquietud de darles, tengamos la humilde preocupación de recibir. Por ellas, hemos de decidirnos, con prudencia, a hacer las adaptaciones necesarias.

Con ellas, y es lo más esencial, luchemos en el secreto de la oración.

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