Susana Guillemin: Las etapas de nuestra vida espiritual

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Vamos a hablar de algunas etapas de nuestra vida espiritual, de nuestra vida de unión con Dios, que es la razón de ser de nuestra existencia.

No hay que minimizarlo. La respuesta que aprendimos en el catecismo cuando éramos niñas, sigue siendo estrictamente, profundamente, verdadera. Dios nos ha creado para conocerle, amarle y servirle y merecer así la vida eterna. La finalidad de nuestra vida no es otra que conocer a Dios y llegar a unirnos con El de tal forma en este mundo, que podamos conseguir la unión eterna. Nuestra vida es algo muy sencillo que gira siempre en torno a lo que podríamos llamar el fin único de nuestra existencia.

Esta vida de unión con Dios la recibimos en el bautismo por la infusión de la gracia divina y por esos dones de los que nunca llegaremos a medír la importancia, el alcance, los efectos en nuestra vida, el punto hasta el que han llegado a transformar casi nuestra manera de ser, podríamos decir. Esos dones de la Fe, la Esperanza y la Caridad que se nos dieron gratuitamente, sin ningún mérito por nuestra parte, mientras que tantos hombres, en el mundo, no recibieron la gracia que a nosotros se nos concedió.

Conviene de vez en cuando abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor. Pensar en esas multitudes de personas que no han recibido la gracia del bautismo, es decir, esa primera irrupción de Dios en nuestra vida, y a las que les falta todo lo que nosotras tenemos, sin que apenas podamos evaluarlo por no apreciar bastante la diferencia. Pensemos en toda esa multitud de personas carentes de la gracia que a nosotras nos previno. Pensemos también en las que, habiéndola recibido, se vieron después sumidas en un ambiente que no les permitió ver germinar sus frutos. Y pensemos en cómo nos hemos visto nosotras colmadas, colmadas de gracias. Ciertamente, se nos ha de exigir mucho más que a todos los que no han recibido tanto, y tenemos el deber de fomentar esa vida interior, esa vida de unión con Dios, gratuitamente recibida, haciéndola prosperar hasta el encuentro final.

Como toda vida humana, esa vida interior pasa por un ritmo de crecimiento, de desarrollo y es responsabilidad nuestra ser conscientes de ello alimentándola, cuidándola, vigilándola.

Hay diferentes etapas en esta vida espiritual: no se trata de un crecimiento desordenado, sino organizado. Nos hallamos en un período, en el mundo y en la Iglesia, que es un período de organización. Por todas partes se intenta organizarse, se colocan o desmontan estructuras; pero lo malo es que se cree que eso es el todo, y ni la organización ni las estructuras responden a todas las necesidades. Con todo, no dejan de ser necesarias.

También debemos nosotras organizar nuestra vida espiritual, que comprende —debe comprender, normalmente— unas etapas. De dichas etapas, unas dependen de nosotras; otras, por el contrario, están inscritas en los designios de Dios. Emanan del plan de Dios pero, no obstante, dependen también, en cierta manera, de nuestra fidelidad.

Hablemos primero de las etapas diarias, empezando por preguntarnos qué es una etapa. Es un momento de pausa, de parada a lo largo de un camino, un tiempo en el que se interrumpe la marcha, se descansa, se echa la vista atrás. Cuando uno se detiene en una loma y se hace alto en el camino, se aprovecha para pensar en lo que se acaba de ver, de hacer, de encontrar. Si se tiene alguna herida, se la cura; y se hacen también previsiones para el resto de la ruta. Se consulta el mapa… Pasaremos por aquí, aquí hay tal dificultad, allá podríamos organizarnos de esta forma para llegar a buen puerto, obviar las dificultades, no extraviarnos… Eso es una etapa.

Las etapas diarias son bastante numerosas: por lo menos tres. Acaso, con frecuencia, tengamos que lamentarnos de no saber aprovecharlas bien Llamo etapas no a la oración, la comunión que, me parece, son preferentemente momentos de contacto, de aliento espiritual, de encuentro con Dios muy particular. Las etapas son, más bien los exámenes, los tres exámenes de la jornada, a los que quizá no damos toda la importancia que tienen, toda la importancia que deberían tener en nuestra vida personal. Todos los maestros de vida espiritual, de cualquier escuela que sean, imponen a sus discípulos, a sus hijos espirituales, esos momentos de examen, esos momentos de ponernos cara a Dios, cara a nosotros mismos, para ver en qué punto nos hallamos de nuestro caminar.

Están, por una parte, los dos exámenes particulares.

No podemos desvalorizarlos. Es muy corriente que la juventud, hoy, diga: «Me sobran todas esas historias… Yo me dirijo directamente a Dios». No se dan cuenta de que una actitud un poco a lo loco, de cualquier manera, no conduce a gran cosa. Si no se itnbone uno una disciplina, si no se llevan en cuenta los esfuerzos que se hacen, hay muchas probabilidades de que esos esfuerzos se dispersen, no se centren en lo esencial y no se consiga un verdadero progreso.

Creo que el examen particular, la fidelidad a hacer el examen particular (no hablo ahora de encontrarse presente en el momento de hacerlo: ayer hablamos de esa presencia, de la vida comunitaria, de hacer juntas los ejercicios…). Hoy me refiero a la parte profunda, al acto en verdad, si podemos expresarnos así.

La forma de hacer el examen particular podría servir de termómetro espiritual.

Una Hermana que descuida ese examen, que descuida interrogarse sobre su postura con relación a Dios, es muy de temer I que no se encuentre en un estado de fervor, que, por lo menos,

se deje llevar por cierta negligencia, por cierta dispersión. Ya lo sabemos, pero no será malo recordarlo, que el examen particular se centra en lo que se llama, siempre nos lo han enseriando así, el defecto dominante. Creo que es más exacto decir ahora la tendencia dorninante. Tendencia que no supone siempre la comisión de faltas, pero que no deja de ser un riesgo que nos arrastra a ellas

Tenemos que conocer nuestra tendencia dominante y combatirla. En realidad, se trata del verdadero nudo de nuestras resistencias a Dios. En tomo al control de esa tendencia, en torno también a la desaparición de las faltas que nos hace cometer, y finalmente en torno a su explotación como riqueza natural que puede ser y que hemos de poner al servicio de Dios, en torno a todo esto se juega nuestra santidad o, por el contrario, nuestra tibieza, nuestra no santidad y quién sabe si nuestra salvación.

Una Hermana, pongamos por caso, llevada a cierto orgullo (como lo era San Vicente), puede dejarse arrastrar por esa tendencia que, por lo demás, se manifestará de muy diversas maneras: instinto de dominio, deseo de centrarlo todo en una misma, de querer prevalecer sobre los demás en cuanto a estima, aprecio… Pero si, dentro de esa tendencia al orgullo, éste se combate orientándolo de continuo a la humildad, no cabe duda que la misma potencia contenida en el orgullo puede ser un estímulo para alcanzar mayor perfección, esfuerzo que, ahora, partirá de una intención recta.

Tenemos que conocer todas esas potencias de que el Se’ñor nos ha dotado, y que pueden convertirse en virtudes: «virtus», fuerza. Pero que, de otro modo, pueden llegar a ser también defectos cultivados, predominantes, que nos impedirían nuestro caminar hacia Dios.

Pidamos al Señor la gracia de conocer nuestra tendencia dominante. A veces, hay quien se dice: No sé verdaderamente cuál es mi tendencia dominante, me lo pregunto a mí misma, porque veo en mí muchos defectos en conjunto y no acabo de saber cuál es el que predomina sobre los demás. El que predomina es el que brota siempre, se reproduce cualquiera que sea la sítuación en que nos encontramos.

Cuando se ha vivido durante cierto número de años en Comunidad, con el hábito de examinarse, de buscar la perfección por amor de Dios, se acaba por ver que, en la raíz de todas nuestras faltas siempre se encuentra la misma tendencia. Hay Hermanas que exteriormente cometerán las mismas faltas; pero si se profundiza hasta la raíz de las mismas se verá que no proceden del mismo defecto.

Pongamos un ejemplo, un tanto superficial. Dos Hermanas suelen con cierta frecuencia enfadarse. Pues bien, una lo deberá a que su tendencia profunda es el orgullo, y siempre que algo le parece que roza, que ataca, en cierto modo, a su soberbia natural, a su «personita», reaccionará con un ataque de genio. Los enfados de la otra, al contrario, no procederán del mismo principio, sino de que, por ser perezosa, cada vez que se vea obligada a rendir un esfuerzo mayor, su reacción será la de enfadarse.

Entonces, examinándonos bajo la mirada de Dios, será como llegaremos a descubrir cuál es esa tendencia de la que proceden casi todas hs faltas que cometemos. Y cuando la hayamos descubierto, será cuando podamos declararle una guerra sin cuartel, aunque persuadidas sin embargo, desde un principio, de que la guerra contra esa tendencia dominante de nuestro ser, habrá de durar tanto como nuestra vida.

Humanamente hablando, forma parte de nuestra naturaleza; es constitucional en nosotras y hace falta algo más que la voluntad humana para llegar a sojuzgarla.

Recordemos a San Vicente. No podemos dudar ni de su adhesión al Señor ni de su extraordinaria fuerza de voluntad; a lo largo de toda su vida, le vemos acumular actos de humildad que nos pasman. Y, sin embargo, todavía en los últimos años de su vida le vemos caer, dejarse arrastrar por aquella tendencia al orgullo que había estado combatiendo tanto tiempo.

Llega su sobrino a San Lázaro, y, su primer movimiento es de ocultarlo porque no iba bien trajeado. Es cierto que, en su humildad, lo confiesa, se acusa de ello ante toda su comunidad… Pero hacía más de cuarenta años que San Vicente se vigilaba en ese sentido, que hacía probablemente sus exámenes particulares sobre ese punto, que renovaba con energía sus propósitos, empleando medios que, me figuro, nosotras no tendríamos el valor de emplear.

Por lo tanto, hagámonos a la idea de que esa lucha que emprendamos contra nuestra tendencia dominante, será algo de larga duración.

Es que la victoria viene sencillamente de Dios.

Cuando hayamos luchado durante años y años para destruir un defecto, para llegar a dominar una tendencia, pues sí, quizá un día, en su gran bondad, Dios nos concederá la victoria. Y acaso nos la dé de tal forma que parezca como una recompensa a los esfuerzos que hayamos hecho; pero nunca será el resultado de los mismos. Será el resultado de la fortaleza y de la gracia de Dios. Y El nos mantendrá en la humildad de reconocerlo. Nos hará ver, a lo largo de los días, que nuestros esfuerzos son poco menos que inútiles, ya que siempre volvemos a recaer. Pero lo que no es inútil es la voluntad de volver a empezar, ese deseo de ir a Dios, que manifiesta la opción que hemos hecho de El y que mantenemos durante toda nuestra existencia mediante la lucha contra nuestros defectos, por serle agradable. Entonces, en atención a esos esfuerzos, como corona de ellos, pero sobre todo por el hecho de su misericordia, el Señor nos dará un día la victoria, pero la victoria de la humildad.

Si la victora se nos concediera’ de manera visible a nuestros esfuerzos, si viéramos que la construcción de nuestra perfección era obra nuestra, nuestra santidad algo personal, se desarrollaría en nosotras, una vez más, cierto or       o secreto, cierta satisfac

ción propia y no daríamos al Señor el puesto que le corresponde. Por eso, nos llevará no a esa victoria personal sino al don que El mismo nos hará de la victoria. Así es como, con el Salmista, «cantaremos eternamente las misericordias del Señor».

Empecemos, pues, por «conocer» nuestra tendencia dominante, por saber el punto exacto en el que la voluntad de Dios espera nuestra respuesta, y, durante los ejercicios espirituales, fijémonos un propósito de lo más concreto, aunque general. Cuando se fija uno un propósito para todo un año, no puede por menos de ser algo bastante general, al menos en ciertos puntos. Será en la oración de cada día cuando tengamos que llegar a concretarlo en función de las circunstancias previsibles de ese día.

Los dos exámenes particulares de cada día comprenden varios actos. Primero, la revisión de lo que se ha hecho acerca del «único» punto concreto del propósito formulado contra el defecto dominante. Sí nuestro examen particular abarcara tres puntos, ya no sería particular.

Se trata, pues, de un solo punto concreto de esa lucha personal, real, impuesta por el amor de Dios. Comprende, pues, esa revisión, que no es muy larga. Examinar si hemos sido fieles al propósito formado, no es cosa larga, basta una ojeada: Había decidído en tal circunstancia o de esta manera, ser así, obrar de esta forma… Miramos si ha sido sí o si ha sido no. No hace falta media hora para verlo. Inmediatamente, un acto de pesar, de contrición, sin olvidar tampoco la acción de gracias: si vemos que hemos sido fieles, tenemos que dar gracias a Dios y en seguida, en una rápida ojeada también, formular la resolución para la segunda parte de la jornada, si se trata del examen de mediodía, o bien para lo que resta de la misma y para la mañana siguiente, si es por la tarde. Es cosa rápida.

Dicen, muchas Hermanas dicen… bueno, no muchas, algunas: «no tenemos tiempo de hacer el examen particular. Sí, vamos a la capilla, rezamos el Veni Sancte Spiritus, después el De profundis y ya está.E1 tiempo del examen es tan rápido, acabamos de dejar el trabajo sin posibilidad de concentrarnos… etc.». Si estamos bien organizadas, como acabamos de dedr, si tenemos formado un propósito concreto, si nuestro pensamiento está en lo que estamos haciendo, creo que con un minuto basta para hacer lo que hemos dicho.

Pero aún cuando sabemos muy bien, y yo la primera, que tenemos el pensamiento ocupado en otra cosa, que no logramos concentrarnos, que estamos dispersas o preocupadas por un enfermo grave o por una alumna o un profesor, y que no nos es posible recogernos…

Aun cuando no hayamos podido hacer el examen en el tiempo que media entre el Oh María sin pecado… y el «Por los difuntos», tenemos el momento entre la salida de la capilla hacia el refectorio y el «Benedicite», y también desde que salimos del oficio hasta la capilla.

Pueden no haber hecho el examen en el momento fijado por estar distraídas o preocupadas por otra cosa; pero háganlo de todas formas. Impongámonos ese acto de voluntad, porque, en efecto, se trata de un acto de voluntad. Hagamos ese acto de voluntad de dirigirnos a Dios, de ser fieles a nuestras resoluciones. Sólo eso supone ya un acto meritorio que nos atrae la gracia de Dios.

No dejen de llamar de vez en cuando la atención de sus compañeras sobre este hecho del examen particular, en las repeticiones de oración, en las conferencias del viernes, sobre todo, puesto que la repetición suele hacerse en otro plano. También en la comunicación mensual, sin penetrar, claro está, en el fondo del examen propiamente dicho, recuérdenles la necesidad de este examen, sobre todo a las Hermanas jóvenes.

Pregúntenles si hacen en realidad el examen particiihr o si no se limitan a estar presentes y a rezar el De profundis, perdiendo de vista la finalidad de los dos altos espirituales que permiten detemos dos minutos para examinar los resultados de la etapa a la que ponemos fin y preparar la siguiente.

El examen general de la noche es algo distinto; se trata de una mirada mucho más amplia. Me parece que, acaso habitualmente, solemos hacer nuestros exámenes de conciencia de manera demasiado negativa. Para nosotras, examen de conciencia equivale a examen de faltas. ¿He cometido alguna faha? ¿He hecho algún pecado? Pues bien, a mí me parece que esto debe constituir sólo la segunda parte del examen. El pecado es algo negativo, en cierto modo es lo contrario de su positivo, es decir, de la virtud.

Tendríamos quizá que empezar por planteamos algunos interrogantes sobre la parte positiva de nuestra vida.

—    ¿No podríamos, al final de nuestras jornadas, preguntarnos ante todo: ¿He estado hoy atenta al Señor?

—    ¿Cuál ha sido la línea directriz de mi jornada?, ¿su gran trayectoria?

—    ¿He vivido a ras de tierra, sumergida en mi oficio, en mis dificultades o satisfacciones cotidianas, sin tratar de elevarme más alto?

—    O bien, después de haberla renovado esta mañana, de haberme vuelto a trazar, en la Comunión y la oración, mi finalidad única, ¿he sido fiel a ella durante toda la jornada?

No podemos decir que esta presencia de Dios la hayamos vivido, pensado expresamente, de manera sensible y directa. No es posible, y además, no respondería a nuestra vocación un pensamiento continuo y exclusivo de Dios en todo cuanto hiciéramos, porque nos restaría fidelidad a nuestro deber de estado y, por lo tanto, fidelidad a Dios. Pero sí esa presencia íntima del Señor, que radica en la voluntad de agradarle en todo.

Suelo dar siempre el ejemplo de personas poseídas por un amor humano. Una joven esposa, que quiere con toda su alma a su Marido, sin embargo, no piensa en él de manera continua y directa durante todo el día. Pero todo cuanto hace está en función de ese amor que le tiene. Ya esté limpiando la casa, ya poniendo unas flores en la chimenea, ya decidiendo lo que va a poner de comida, o el color de un vestido que va a comprar, siempre será para agradarle; siempre estará latente en ella la idea: este color le gusta, este plato le apetece, quiere que todo esté en orden, le encantan las flores… Así todos los gestos de su jornada brotarán de ese amor que la domina.

Pues ‘de ese mismo modo ha de estar presente en nosotras el ámor cle Dios. Todo cuanto vamos a hacer, cada una de nuestras acciones, las palabras que digamos, nuestra manera de acoger a las personas, todo lo que dirija nuestros gestos y actitudes, será esa intención latente de cumplir la voluntad de Dios, de hacer cuanto le agrada.

Pienso que esa es nuestra forma de vivir en la presencia de Dios, lo que no quita, por supuesto, que en nuestra jornada haya momentos fuertes dedicados a ella. Ya hablarernos de eso en otro momento. Hoy volvamos a nuestro examen. Preguntémonos, pues, por la noche:

La orientación de mí jornada ¿ha sido como una línea recta hacia Dios?

Hay también otros enfoques positivos que podemos adoptar y sobre los que podemos examinarnos en primer lugar.

Después, sólo después, veremos las faltas que hemos cometido.

No es tan difícil abarcar con una mirada el día, ver las caídas que desgraciadamente hayamos tenido. Y lo mismo que hemos dicho del examen particUlar, podemos decir del general: que si no hemos tenido tiempo de hacerlo, como está previsto, en la capilla, podemos muy bien hacerlo después.

Las Santas Reglas nos sugieren que nos coja el sueño con un buen pensamiento. Este examen de nuestra conducta hacia el ,Señor puede muy bien continuarse después de haber salido de la capilla, mientras vamos al dormitorio o nos quitamos la ropa. Podemos continuar ese examen, pero yo diría que especialmente en su parte positiva. No es cuestión de eternizarse sobre algunas faltas: sería desmoralizador y un tanto depresivo. Detengámonos sobre todo en la parte positiva de nuestros propósitos y en las previsiones para el futuro.

Tales son las etapas diarias de nuestro caminar hacia el Señor.

Hay otras dos etapas importantes: una de ellas es el retiro mensual y otra la que están ustedes realizando en estos días, es decir, los Ejercicios anuales.

Pienso que el retiro mensual es uno de los puntos esenciales de nuestra marcha hacia Dios, y en este punto les incumbe a ustedes, Hermanas Sirvientes, una especial responsabilidad con relación a sus compañeras. Nos hemos fijado mucho en ello, porque las Visitadoras lo abordaron con frecuencia en la Asamblea general, y hemos tomado conciencia de dos cosas: la primera, que este día de retiro era absolutamente necesario en la vida tan sobrecargada que llevamos actualmente y que nos hace correr el riesgo de dispersamos, de alejarnos de la vida espiritual bien entendida. La segunda es que, en general, nuestro retiro mensual tal y como lo hacemos, tal y como lo hacíamos, no nos aporta todo el beneficio espiritual que podíamos esperar de él. 9 Por eso, hemos buscado la forma de revalorizarlo, de darle un lugar más eficaz, más verdadero en nuestra vida y en la vida de nuestras compañeras.

Cada una de ustedes tiene que reflexionar, que hacerse cargo de esta cuestión del retiro, para que podamos llegar, en cada una de nuestras casas, a que sea realmente ventajoso para las Hermanas.

Se ha enfocado la posibilidad de variar la forma de hacerlo, adoptando tres modalidades:

—  La primera es la que tradicionalmente se ha venido practicando, es decir, hacer el retiro en común, el retiro mensual comunitario.

—  La segunda es hacer el retiro en dos grupos separados. Por ejemplo, una Hermana Sirviente repartirá su comunidad (por lo demás, para atender a las necesidades de los oficios) en dos grupos: uno de ellos hará el retiro un día, y el otro pongamos que a la semana siguiente, otro día. Con ello se da la posibilidad de que las que no hacen el retiro reemplacen a las que lo hacen, consiguiéndose una mayor liberación.

—La tercera, también autorizada, es el retiro individual. La Hermana Sirviente liberará a sus Compañeras por turno y les permitirá hacer su retiro de forma personal y aislada, ya en la casa ya en otra casa distinta. Se han dado ustedes cuenta enseguida de que la finalidad de todo esto’ es conseguir que el día de retiro lo sea de verdad, descargado de las ocupaciones habituales, y proporcionar a las Hermanas un verdadero descanso y una pausa espiritual.

Estoy convencida de que el descanso, el aislamiento, la ausencia de todo trabajo y preocupación tienen un papel que desempeñar en la recuperación espiritual de la Hermana. Cogida por el mismo trabajo y preocupaciones de cada día, la Hermana no llega a hacer retiro. En el fondo, con demasiada frecuencia nuestros días de retiro han sido hasta ahora una carrera de un ejercicio a otro. Hay que darse prisa para dejar el trabajo hecho y poder llegar a hacer una hora de oración. Por la mañana, se agrupan los ejercicios; por la tarde, hay que agrupar otros, y entre tanto, se ha corrido todo lo posible para poder llegar a la hora. Con todo ello, no ha quedado mucho tiempo para reflexionar, ni siquiera durante las oraciones, en las que se está más o menos enervada, pensando en otra cosa, y diciéndose para colmo: me van a llamar a la repetición de oración… Ya ven que no puede ser, hay que tratar de que ese día sea verdaderamente de recuperación, de sosiego.

Algunas Hermanas Sirvientes han hecho experiencias o pruebas muy buenas a este respecto. Hablo de una en particular (y no es ella sola, otras también lo han hecho), que ha tomado la costumbre de llevarse a sus compañeras ,en dos grupos a otra casa; una casa con jardín o parque, donde hacen el retiro, la mitad de la casa, dedicando una hora a intercambio. Está permitido cortar el día con una hora de intercambio fraternal para cambiar juntas impresiones sobre el tema del retiro.

El Padre Director General nos ha hecho unas meditaciones excelentes para esos días de retiro cada mes. Tenemos abundante materia para reflexionar. Por lo tanto, el día puede cortarse con ese cambio de impresiones y terminar con una nota de espiritualidad que pone la Hermana Sirviente. Esta de que les hablo lo hace así con un grupo, y ocho o quince días después, vuelve a hacerlo con el otro.

Me dirán ustedes que esa Hermana Sirviente hace el retiro dos veces en el mes. Es cierto, pero probablemente no le viene mal. La segunda vez puede muy bien llevarse trabajo: cuentas u otra cosa, para dedicarse a ello mientras las Hermanas se recogen aisladamente. Como ven, puede serle muy útil.

En algunas Provincias se ha intentado también organizar, en una casa u otra, situadas en lugar de convergencia de varias comunidades, retiros mensuales. Organizados por la Visitadora, presididos por una Consejera, las Hermanas acuden de las casas próximas, hacen el retiro liberadas de sus preocupaciones de oficio, gozando de una jornada de expansión y recuperación espiritual.

Por fin, existe también la posibilidad de hacer el retiro individualmente algunas veces. Por experiencia sabemos que precisamente el momento de la oración puede ser aquel en el que nos asaltan más dificultades, y en cambio, entre dos ejercicios, en un momento libre, hallamos más facilidad para reflexionar, vemos entonces con más claridad lo que tenemos que hacer, y es en ese momento cuando tomamos las resoluciones mejores. Necesitamos tiempo para reflexionar, nos falta ese tiempo y es seguro que necesitamos reflexionar en lo que somos, en lo que hacemos, en lo que debemos hacer.

Recuerdo una ocasión en la que tomaba yo parte en una reunión sobre hogares o residencias de jóvenes y sobre el papel de la directora de dichos Centros. El sacerdote que presidía la reunión nos dijo con todo el calor de su convicción profunda: «Una directora de residencia de jóvenes que no dedica todos los días dos horas a reflexionar en cuál es su misión, no puede desempeñarla bien». Entonces, me levanté y le dije: «Padre, ¿cree que, tanto usted como cualquiera de nosotras, podemos sacar dos horas al día para reflexionar en lo que hacemos?» Se echó a reir. Ciertamente, era una exageración.

Para sacar un día al mes para reflexionar, creo que muy seriamente tenemos que planteárnoslo unas y otras y ver cómo podemos conseguirlo; más aún, tenemos que hacer lo posible por conseguirlo.

Les digo, pues, que hay una amplitud en la forma de hacer el retiro mensual, amplitud que no significa dejar de hacerlo sino que, al contrario, está en función de poder ahondar mejor en acto tan importante de nuestra vida espiritual.

Por lo demás ninguna de las amplitudes que hayamos podido enfocar está en función de una relajación; siempre, al contrario, es para permitir profundizar mejor en aquello de que se trate. Se da mayor libertad a las Hermanas, la posibilidad de aislarse y recogerse; como verán en la ficha del consuetudinario, se deja también libertad de horario. No se impone un horario fijo. En lo que hay que tener cuidado es que haya una fidelidad, una puntualidad a lo que está prescrito. Por la mañana, está el rezo de Laudes, la primera oración, la Santa Misa. Después, como ejercicios propios del día, la lectura de la Imitación de. Cristo, el examen particular, la Secuencia Vent* Sancte Spiritus, como durante los ejercicios anuales. Pero cada Hermana tiene que responsabilizarse de la segunda oración, que hará en particular. Por la tarde, más o menos como están haciendo estos días, cuidando cada una de hacer la oración y la lectura en particular.

Al dejar algunos ejercicios para hacerlos en particular, se tiene la finalidad de que las Hermanas tomen la responsabilidad de su retiro, que ejerciten su voluntad. Cuando se sigue a un conjunto, toca la campana, una se ve obligadl a acudir al acto anunciado, a hacer la lectura, la oración, etc., porque sería un tanto extraño quedarse sola en los pasillos o en el jardín mientras que las demás se reúnen. En tanto que, de esta forma, es la voluntad la que tiene que actuar, la Hermana es la que tiene que decidir ir a hacer la oración o en tal momento la lectura. Tenemos que tender a que las Hermanas se hagan responsables de su vida espiritual, de su vida de regularidad.

Acabamos de decir que les dejamos libres de organizar, según las posibilidades y necesidades de sus casas, de optar por una modalidad u otra de hacer el retiro mensual. Sin embargo, no sería conveniente que durante el año no hubiera ningún retiro mensual comunitario. A lo largo del año, hay que reservar algunos retiros mensuales para hacerlos en común. Por ejemplo, pienso de manera particular en el de la Renovación. Podrían ustedes escoger los otros: el preparatorio a la fiesta de Navidad, el anterior a la fiesta de San Vicente, u otro momento del año en el que esté indicado nos unamos en torno a una idea a un interés común. Escojan ustedes las fechas que mejor les parezca, pero si se deciden por la modalidad de que las Hermanas hagan individualmente el retiro, porque creen es la mejor, reúnanse al menos tres veces en el año, para hacer el retiro mensual comunitario.

Hemos optado por que durante el día de retiro haya un intercambio comunitario. Por lo demás, muchas casas aprovechan ese día para hacer lo que antes llamábamos el «catecismo entre nosotras»; en realidad, el retiro mensual no tiene exactamente el mismo carácter que los ejercicios anuales. Y debe conservar ese estilo aun cuando se haga individualmente, quiero decir, ese aspecto de interés, de relación a la comunidad local. Pienso que con ese motivo, es bueno reunirse, o cuando se hace en varios grupos, reunirse una de las veces, todas, para revisar juntas algunos puntos de la vida espiritual de la Comunidad y formar propósitos en común.

Al contrario, cuando se trata de los ejercicios anuales, hay que estar atentas para que se mantengan en perfecto silencio y para que cada Hermana, aun cuando participe en un grupo de 100 ó 150, encuentre una completa soledad interior. Esta palabra es muy exacta y en manera alguna hay que hacerle perder valor: «la llevaré a la soledad y le hablaré al corazón…».

En nuestra época se tiende siempre a trabajar en equipo, a intercambiar ideas, a hablar, y se olvida el verdadero valor y el verdadero alcance del silencio y de la soledad. Ahora bien, es absolutamente cierto que a Dios sólo se le oye en la soledad. Lo demás viene después. Por eso insistimos y volvemos a insistir —también lo hará el P. Superior General— en la necesidad del silencio absoluto durante los ejercicios anuales. No es el momento de formar grupos, de hacer intercambios, que sólo lograrán distraer a las Hermanas y alejarlas de la verdadera finalidad de los ejercicios.

Los ejercicios espirituales constituyen un acto personal. Por supuesto, a ellos se llevan todas las preocupaciones, como, por ejemplo, ustedes ahora han traído todas sus responsabilidades de Hermanas Sirvientes; pero deben enfocarlas desde una óptica personal. La óptica de sus propios deberes, de su respuesta a la voluntad de Dios. Es algo puramente individual entre Díos y ustedes. No es el momento de hablar, de cambiar impresiones, de reflexionar juntas. Es el momento de ponerse frente al Señor y conversar, intercambiar, con El y sólo con El. Por eso, insistimos tanto para que se conserve y se guarde con fidelidad, como siempre se ha hecho entre nosotras, esa cuestión del silencio durante los ejercicios. Es verdad que, tratándose de ustedes, no se rompe del todo con lo que viene de fuera, puesto que recíben el correo: forma parte de su deber de estado y no creo les reste mucho a su silencio interior. Cuando se trata de Hermanas compañeras, a menos de circunstancias excepcionales, no tienen por qué recibir correo durante esos días. Tampoco cabrían en ellos intercambios sobre cuestiones profesionales, ni aun sobre cuestiones espirituales. No sería el momento indicado.

A veces, algunos padres predicadores de ejercicios desearían precisamente organizar grupos de discusión, intercambios. No, no es el momento. Es cierto que hay muchas iniciativas a este respecto: da la impresión como si las cabezas estuvieran todas en efervescencia. Otras veces, se sugieren Viacrucis, ceremonias suplementarias, ceremonias litúrgicas. Es algo al margen de los ejercicíos: no es el fondo de los mismos, no es el trabajo que requieren. Es… una distracción, es otra cosa.

Me atrevo a decir que no son las ceremonias exteriores, hasta que no es el mismo predicador, quienes hacen los ejercicios. El predicador ayuda, les ayuda a ustedes a reflexionar, aporta materiales, sostiene su marcha personal, pero los ejercicios son ustedes, ustedes con Dios, quienes los hacen; con todos los apoyos que se quiera, que se les proporcionan, pero no dejan de ser una obra estrictamente personal. Y si suprimiéramos en nuestra vida ese momento, ese tiempo fuerte de silencio y soledad, veríamos muy pronto decaer el valor espiritual de cada una de nosotras, por una parte, y de la Compañía por otra; porque el valor espiritual de la Compañía no está formado por equipos, sino por el valor de cada una. Es el potencial, el poder interior de cada una de las Hermanas lo que compone, lo que constituye el alma de la Compañía. Tenemos que ser muy, muy fieles a ese silencio, a esa soledad interior y exterior, que tenemos que preservar, cueste lo que cueste, durante nuestros ejercicios espirituales.

Y en función de eso, precisamente, hemos introducido lo que podría también parecer una concesión. Se ha previsto que, en vez de clausurar los ejercicios por la mañana, se haría el último .día por la tarde, de suerte que ese octavo día se pudiera hacer el recreo en común. Así, las Hermanas que han seguido juntas los ejercicios podrán verse, hablarse, tener un momento de expansión, de intercambio.

¿Y eso, por qué? Porque el último día de ejercicios, había siempre cierto número de Hermanas que pedían permiso para verse con ésta o aquélla a quien no habían visto hacía veinticinco años, que tenían recuerdos comunes… que era muy normal, perfectamente normal. No es muy fraternal que digamos, ni muy hermoso como ejemplo de caridad, que 150 Hermanas estén juntas, que convivan y oren juntas y se separen después sin haberse dicho buenos días ni buenas tardes. No es edificante. Y, además, hay una necesidad de comunicarse. Buen número de Hermanas lo sentían así. Las que eran observantes, pedían permiso para hablar y las que no lo eran tanto, hablaban de todas formas por todos los rincones. Por eso, hemos pensado que era preferible reglamentar la cosa. Guardar silencio los ocho días y la última noche permitir hablar después de las preces de clausura de los ejercicios.

Pero fijémonos en una cosa: no deben marcharse las Hermanas esa misma tarde. Se irán a la mañana siguiente, como siempre. Si se les permitiera marchar esa noche, vendrían a decir: como me marcho esta noche, tengo que hablar esta tarde. No, hay que prever lo que puede pasar y saber ser firmes para decir que no.

Reflexionen, por favor, en todas sus responsabilidades con relación a estas grandes etapas de nuestra vida espiritual, por lo que a ustedes concierne y por lo que concierne a sus compañeras. Si garantizan ustedes ese valor de la unión con Dios (en fin, no son ustedes quienes lo tienen que garantizar…); pero, si por lo menos, hacen todo lo que esté de su parte para facilitar ese valor de la unión con Dios de cada una de sus compañeras, habrán logrado cumplir amplia y plenamente los deberes de su cargo.

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