Susana Guillemin: La vida comunitaria. Aspectos prácticos, 14 de agosto de 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

Antes de contestar a sus preguntas, quisiera hablarles algo más, y bajo aspectos prácticos, de la vida que hemos de llevar en comunidad.

Sobre este tema, lo encontramos todo, en un magnífico resumen, en el artículo 15 de «Perfectae Caritatis», que trata de la VIDA COMUNITARIA. Este decreto sobre la vida religiosa, que fue muy debatido en el Concilio, al que no se ha apreciado mucho, que es muy breve, contiene, sin embargo, en resumen, todo lo esencial; puede decirse que en el texto de P.C. lo encontramos, más o menos, todo. El artículo 15, sobre la vida en común, que vamos a desmenuzar, dice así:

«La vida común, a ejemplo de la Iglesia primitiva, en que la muchedumbre de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, nutrida por la doctrina evangélica, la Sagrada Liturgia y, señaladamente, por la eucaristia, debe perseverar en la oración y en la comunión del mismo Espíritu. Los Religiosos, como miembros de Cristo, han de adelantarse unos a otros en el trato fraterno con muestras de deferencia, llevando unos las cargas de otros. Por la caridad de Dios que el Espíritu ha derramado en los corazones, la Comunidad congregada como verdadera familia, en el nombre del Se’ñor, goza de su presencia. Pues la caridad es la plenitud de la ley y vínculo de la perfección, y por ella sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida. Es más, la unidad de los hermanos pone de manifiesto el advenimiento de Cristo y de ella emana una gran fuerza apostólica».

Por lo demás, es, en resumen, lo mismo que hemos dicho el otro día; pero hoy vamos a verlo desde el punto de vista de cómo vivirlo en cada momento.

A continuación, sigue una exhortación a las órdenes que tienen legos para que los supriman. Yo asistí a estas discusiones y, la verdad, puedo decirles que nunca creí fuese tan complicado suprimir una categoría de hermanas legas y vivir todos los miembros en un plano de igualdad fraternal. Una vez más, di gracias a San Vicente por habernos dado una vida tan plenamente, tan puramente evangélica.

Pasemos a ver juntas, a desmenuzar juntas ese artículo que acabo de leerles.

Vivir en comunidad,

en primer lugar, la vida diaria. Llevar la vida en común quiere decir, lo primero, que hay que vivir en comunidad. Ya saben que actualmente se ataca bastante este principio. Se dice por ejemplo: «Si, pero su horario de comunidad… su comunidad… y entre tanto no están ustedes cerca de la gente que las necesita…» etc. Pues sí, la vida de comunidad redama la presencia corporal. Lo primero que hace falta es que la comunidad tanga un cuerpo. Una comunidad constituída, con miembros que no se vieran, no se reunieran nunca, no podría pretender tener un mismo espíritu, un mismo corazón, una misma alma.

Por eso, hace falta por lo menos un mínimo de cuerpo en la vida de comunidad. Que esto se entienda con más flexibilidad ahora que antes, creo que es necesario. Pero se plantea una pregunta… —Está bien, ustedes no me han hecho esa pregunta, por eso puedo hablarles de ello con toda libertad; pues sí, hay una pregunta que no me gusta ni que se plantee; es ésta: «¿Verdaderamente es necesario hacer el recreo juntas?»

Lo primero de todo: no hay nada necesario. La Vida religiosa, la pertenencia a DIOS, no es una sucesión de medidas disciplinares, como si ellas, de golpe, aseguraran la presencia de DIOS. Nada es necesario (u obligatorio). Puede prescindirse de todo cuando las circunstancias lo requieren, pero si se suprime todo, como diría Don Pero Grullo, no queda nada. Y entonces, no nos imaginemos que vamos a constituir una comunidad sin un esfuerzo por parte de cada una de sus componentes. No quiero decir, no estoy diciendo: tienen la obligación estricta, a pesar de su oficio, a pesar de sus dificultades, de estar siempre presentes, a la totalidad del recreo. No es eso. Pero, siendo miembros de una comunidad, tienen la responsabilidad, delante de DIOS, de integrarse en esa comunidad, de formar el cuerpo de esa comunidad.

De ahí que a ustedes corresponda, bajo el control de la Hermana Sirviente, bajo su dirección, ver qué pueden hacer para estar presentes. Es un ejemplo que doy con frecuencia: hay que decir que, por lo general, las Hermanas Sirvientes son fieles a su deber y son las primeras en acudir al recreo. Hay casas donde no es posible, aun cuando la Hermana Sirviente ponga todo de su parte. ¿Qué es lo que ocurre, entonces? Pues que, a la hora fijada para el recreo, llega una Hermana, entreabre la puerta y se dice: «No hay nadie, me marcho, volveré cuando haya alguien»… Entonces, si las 8 ó 10 Hermanas de la Comunidad hacen lo mismo, ¡nunca habrá nadie!… «No hay nadie… pero ya estoy yo». Si usted entra, ya está constituyendo el cuerpo de la Comunidad. Así es. La que llegue después, si no se lleva muy bien con usted, puede que se fastidie un poco de encontrarla sola, peto es fácil que supere ese sentimiento y, precisamente, esa será la ocasión de que renazca entre las dos la serenidad.

Tengan esto siempre pesente: no esperen a que las demás empiecen a hacer algo. Háganlo ustedes. Tengan ese sentido de cuerpo de la comunidad. Y, en esta línea, otras Hermanas se habían hecho esta pregunta:

«¿Estima usted que la oración hecha en común es importante?» ¡Siempre la misma historia! ¿Es obligatoria la oración en común? De todas formas, no hay que olvidar que el Señor ha dicho: «Cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos». Hay en ello una presencia, un apoyo al fervor de la otra. Pienso también que no hay por qué tener los sitios reservados en la capilla. No; la oración en común no quiere decir estar apretadas codo con codo sin poderse mover; eso resulta un poco odioso. Pero sí que la comunidad esté presente. Si alguna quiere ponerse un poco más lejos, otra un poco más cerca, está bien: tiene que haber cierta latitud en la vida de comunidad para que no resulte odiosa. Pero que todas estén en el preciso instante para invocar todas juntas al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu Amor»… ¡Es magnífico? Además, la oración en común es una llamada a Dios que tiene una fuerza especial, que es una gracia particular de la Comunidad.

Si su oficio las obliga, a una u otra, a hacer la oración aparte de la oración común, en el momento de hacerla se encuentran ustedes en la línea recta, unidas a esa gran comunidad, esa comunidad ensanchada que forman todas nuestras Hermanas extendidas por el mundo. En ese momento de su oración, hay siempre una Hija de la Caridad que hace la suya, y se encuentran unidas ante Dios. Pienso que esta dimensión de comunidad es muy necesaria para nuestra vida, para nuestra vida religiosa; es uno de los testimonios esenciales que tenemos que dar al mundo. Pienso que cuando las personas que nos rodean, que nos ven vivir en un hospital o en otra casa, cuando esas personas pueden entrar en la capilla y nos ven reunidas ante Dios, les damos un testimonio. Al vernos así, de pronto, toman conciencia de lo que es una comunidad religiosa.

Bien, hay que tener flexibilidad de espíritu; no hay que ser escrupulosas, ni municiosas, ni meticulosas; pero hay que tener también ese sentido de la responsabilidad que tenemos todas con relación a la comunidad. Estar presentes de cuerpo, aunque haya Hermanas que, por su oficio, por sus obligaciones apostólicas, tengan a veces que estar ausentes de la mayor parte de los ejercicios de comunidad y, en particular, de los recreos.

Entonces, pienso que lo que hay que hacer es compensar la duración con la intensidad.

La vida en común requiere la unión de los cuerpos. Cuando una Hermana está ausente, es preciso que la Comunidad no se habitúe a su ausencia. Tenemos que sentirnos algo así como amputadas de un miembro, cuando una Hermana no está con nosotras; tenemos que sentir su falta. La Hermana Sirviente debe encargarse de mantener ese sentimiento: «Nos falta algo, no estamos completas; ¡qué lástima!» Entonces, cuando realmente podemos estar todas juntas, tiene que darse una alegría más fraterna, la que llega tiene que sentir esa alegría en las demás.

Pero, otro ejemplo: una Hermana está ausente por su culpa (nos imaginamos que es por su culpa, aunque nunca puede darse por seguro, porque no estamos en la conciencia de las personas para juzgar. A veces, es posible que la Hermana piense, en conciencia, que debe ausentarse). Bien, si cuando llega, la Comunidad le pone mala cara, o le dice: «Nunca está usted aquí…», ese será el mejor medio para que siga haciéndolo. ¿Cómo quieren que esa Hermana venga sí, cuando llega, después de haber hecho un esfuerzo sobre su temperamento y su carácter, si cuando llega al recreo o a cualquier otro ejercicio común, todo el mundo se le echa encima, se le llena de reproches, se le manifiesta desagrado?… Así se echa todo a perder, se estropea todo. ¡Se ha terminado!, ya no habrá solución. Por el contrario, en ese momento de su llegada no debe manifestársele ruidosamente que ¡por fin! ya están aquí, porque esa sería una forma de decirle que debería haber estado antes— debe manifestársele una acogida que la haga íntegrarse inmediatamente. Por ejemplo decirle: «La Hermana Sirviente acaba de decir esto; como es muy interesante, se lo digo en seguida…».

Tenemos que llevar la carga de las ausentes, llevarlas en el corazón, en el pensamiento, preocuparnos de ponerlas al corriente de lo que pasa; saber comprender que una Hermana tiene que estar regularmente ausente, a causa de su oficio que se lo impone, y que no nos corresponde a nosotros juzgar ni tomar medidas para integrarla en la vida común.

Hay una costumbre de la Orden Benedictina que me gusta rnucho; es una súplica que se hace al final de las Completas. Ya saben que solemos decir: «Que el auxilio divino esté siempre con. nosotros», y en latín: «Divinum auxilium maneat semper vobiscum». Nosotras contestamos sencillamente: «Amén». Los benedictinos contestan: «Y con nuestros hermanos ausentes, Amén». Es muy hermoso. No sé sí llegaré a pedir permiso para añadirlo nosotras también. ¡Lo encuentro maravilloso! Sí, con pocas palabá.s, con medios sencillos, tenemos que recordar a nuestros hermanos ausentes.

No basta con una presenda corporal; la vida común requiere también nuestra presencia de espíritu. Porque hay personas que aun estando presentes con el cuerpo, aun asistiendo a esto o a aquello, siguen estando totaltnente ausentes del conjunto de sus Hermanas y de las preocupaciones de todas. Llegan al lugar indicado, sin soltar sus preocupaciones propias, las dificultades que han tenido, su indiferencia por todo lo demás… No es eso, sin duda, lo que crea un ambiente de comunidad. No se interesan por lo que dicen las otras y quisieran que todas se interesasen por lo que ellas tienen que decir. Ya sabemos algo de esto. Es menester tener una presencia de espíritu hacia las demás, para las demás; eso es pobreza y sentido del desprendimiento, puestos en práctica.

Hay que estar presentes a los acontecimientos, grandes o pequeños, de la casa, de la parroquia. Son cosas que nos tenemos que comunicar. Tenernos que saber contar a las demás un hecho, un incidente del oficio, que hemos vivido. Sobre todo, hay que saber escuchar cuando las ‘otras lo cuentan. Si nos enteramos de algo que ha ocurrido en la parroquia, en el hospital, en la casa, digámoselo a las demás con toda sencillez. Si es algo malo, que desedifique, no digamos nada, callémoslo, porque no hay nada más detestable que ir repitiendo las cosas de unos a otros y sembrar el camino con dificuhades o pequeños escándalos.

Pero hay que saber hablar de la vida, de lo que ocurre,, estat al corriente, juntas, de los acontecimíentos de la Iglesia, de los de la Compañía. Hablar juntas de ellos, formarse un espíritu común. Saber lo que pasa en el mundo. Ahora está permitido dejar a la disposición de las Hermanas el periódico del día, un periódico escogido, por supuesto. Está permitido escuchar —no a todas horas, con discernimiento— los partes, diarios hablados, que dan las informaciones de actualidad, para estar al corriente de las mismas y tener también preocupaciones comunes, un espíritu común, poder hablar de otras cosas que de lo que me ha dicho tal hermana, lo que me ha hecho tal hermana, lo que ha hecho tal hermana, lo que pienso de tal hermana, de otra cosa distinta de nuestras pequeñas dificultades diarias. Debe haber preocupaciones comunes en la mente de las Hermanas. Esas preocupaciones que deben desbordar el marco de la comunidad, del oficio y, abrirse de par en par en el mundo.

El Decreto P.C. continúa:

«La vida común debe perseverar en la oración».

La oración en comunidad es algo muy, muy grande. Tendríamos que hablar más de ello. Y podría hacerse todo un cursillo centrado en la oración en comunidad. Creo que el P. Mougeot les ha hablado de ello, dándoles todos los elementos esenciales para que sepan cómo alimentar sus oraciones. Por consiguiente, no voy a insistir más en este tema.

Sí les diré, sencillamente, que la IVIisa es el acto comunítario por excelencia. Todas las Hijas de la Caridad del mundo tendrían que hacer un esfuerzo espiritual y común para revisar la forma como viven su Misa diaria. La Misa no es sólo el punto culminante de nuestra jornada espiritual, es el centro mismo de esa vida espiritual nuestra. En ella nos unimos a Cristo; en ella, recogemos para presentarlo a Dios en el ofertorio, no sólo esta inmensa Compañía de las Hijas de la Caridad, sino todos los pobres, todos los enfermos, todos los niños, todas las personas que gravitan en torno nuestro; y aun tenemos que desbordar todo esto, para llegar al mundo entero. Cuando, en el ofertorio, ofrecemos la hostia, esa hostía que es el signo de nuestra ofrenda humana, no es sólo esa hostia la que ofrecemos: ofrecemos todo lo que en el mundo puede ser ofrecido a Dios. Pienso que, en esos momentos, debemos recoger en nuestra oración a toda esa humanidad que está ante la mirada de Dios, que no piensa en ofrecerse a Dios y en la que, precisamente, se hallan todos esos valores humanos de que hemos hablado.

Todo eso es la materia del sacrificio que ha de convertirse, poco a poco, en el cuerpo de Cristo, ser transformada porque, en cíerto modo, la penetre el Señor Jesús. A nosotras nos corresponde recoger todo lo que puede ser ofrecido, todo lo que es bastante puro, en el mundo, en la tierra, en el conjunto de las personas, para ser ofrecido al Señor, y decirle: «Señor, te presento esta hostia». Después, cuando le pedimos quedar unidos a la divinidad de Cristo, sepamos recoger también todos esos sufrimientos que hay en el mundo, todo ese trabajo, todo lo que es vida, para ofrecérselo también, unido a la pasión de Cristo. Nosotras, que tenemos la dicha de poder alcanzar esos pensamientos, de poder compensar así la ignorancia del mundo y, en cierto modo, contribuir a su evangelización, a su bautismo, a esa recapitulación de todas las cosas en Cristo, nosotras somos las llamadas a hacerlo. Y eso es la Misa.

Sepamos ofrecer también nuestros pobres, insignificantes, sufrimientos personales, lo que cada día hemos de vivir. Es una nada en medio de todo lo demás; pero el sacrificio de Cristo lo diviniza todo y lo hace apto para ser ofrecido al Padre Celestial. Que la Misa no sea para nosotras un simple acto particular, que vivamos más o menos bien; sino que sea ese acto de comunidad y de Iglesia que ofrecemos todas las mañanas, que vivimos todos los días.

El decreto continúa:

«… debe perseverar en la oración y en la comunión del mismo espíritu».

Ya hemos dicho que era menester pensar en comunidad. Hay intercambios necesarios. Han hablado ustedes, creo, de la repetición de oración y de la preparación a la oración. Han hablado de ello y van a hacer juntas una conferencia que tratará de renovar un poco, de revitalizar nuestra forma de pensar espiritualmente en comunidad.

Las fuentes de nuestro pensamiento están en el Evangelio, la Escritura Sagrada, los Escritos de los Fundadores, los documentos de la Iglesia. Por eso cuando se me pregunta (también se les ha preguntado a ustedes en los cuestionarios): «¿Tenemos que mantener la lectura en común de las 2, o no sería mejor hacer una lectura individual?», me parece, personalmente, que la lectura en común es un alimento esencial del pensamiento común. (De todas formas, esperaremos a la Asamblea general para decidir sobre esto, ya que el pensamiento de toda la Compañía es sumamente importante en una opción como ésta). Pienso que habría un fallo, algo que faltaría en la Comunidad, si no se hiciera una lectura en común, lo que no quiere decir que no sea bueno añadir también alguna lectura individual.

Yo sería muy partidaria de decir, por ejemplo, que cada una de las Hermanas tuviera la responsabilidad personal de hacer todos los días unos cinco minutos de lectura, individualmente. No es mucho, cinco minutos, pero al cabo del año sería extraordinario lo que se habría leído con sólo esos cinco minutos diarios. A las Hermanas Sirvientes suelo decirles: «Si cada una de ustedes tuviera encima de su mesa, o en su oficio, un libro y, cuando dispusiera de cinco minutos, leyera en ese libro, no pueden imaginarse lo que, al cabo del año, habrían leído y adquirido con tal sistema». Sí, me inclinaría bastante a decir que cada una de las Hermanas fuera responsable de garantizar una lectura individual de cinco minutos diarios, o, acaso, de un cuarto de hora dos o tres veces por semana. Pero estoy segura de que se corre el riesgo de no hacerlo. Creo que, ustedes y yo, perdemos muy a gusto cinco minutos todos los días y que, por consiguiente, podrían perderse leyendo; lo que sería mejor… También está esta otra cuestión tan debatida de la lectura en la mesa. «¿Qué piensa usted, se me dice?» Yo pienso que es necesaria, y que se nos está viniendo encima una especie de pérdida de la vida religiosa, si es que vamos a ir abandonando todas estas cosas; ciertos momentos de reflexión, de recuperación espiritual, se nos van a marchar.

Otra cuestión, también muy debatida, en relación con la lectura, es la del tono. «¿Qué piensa usted del tono?» Se ha discutido esto mucho en el cursillo de directoras de Seminarios, y no se ha llegado a ninguna conclusión (por cierto, me gustaría que cada una de las aquí presentes me hiciera llegar un papelito diciendo: «prefiero que se continúe leyendo con el tono de comunidad, por tal razón», o bien «prefiero que se deje, se suprima el tono de comunidad, por tal razón»)… Nuestras Hermanas americanas desean mucho que se suprima el tono de comunidad: Hay que tomar conciencia de las dificultades de cada pueblo… Por otra parte, si se deja el tono de comunidad —se deja de emplearlo— tengo miedo de que la lectora quiera hacer llegar, a través de su propio tono, su propio pensamiento. Porque, cuando se escucha con el tono de comunidad, la lectura es neutra; no hay expresión; cada una comprende con su propia mentalidad, con lo que el Señor le inspira. Es lo único que me hace dudar, porque me digo a mí misma: «Detesto oír una lectura en la que alguien me impone su pensamiento». Además, hay que decir también que muy pocas Hermanas leen bien. Entonces, ya ven, nos hemos quedado con estas dudas, en la reunión de Directoras, y nos quedamos con ellas en la reunión de Hermanas de diez años. La Asamblea decidirá.

Pienso que es bueno que haya en comunidad una preocupación por un esfuerzo común. Las conferencias, las repeticiones de oración, deberían llevar a la Comunidad a tener un enfoque espiritual, un esfuerzo espiritual común que proponerse. No sé si, durante el mes para las Hermanas de diez años, se les ha hablado de una experiencia de la que se trató en una Asamblea de Superioras generales en Roma. Todo el mundo estaba de acuerdo: «¡El capítulo de culpas! no se sabe cómo hacerlo. Se ha convertido en rutina… ¿Hay que conservarlo? ¿Hay que hacerlo con menos frecuencia? ¿Hay que revitalizarlo?…». Entonces, una Superiora general nos dijo esto, que me pareció muy bien:

«En nuestra Comunidad, hemos intentado hacer así: A principio de mes, las Hermanas se reúnen y se decide el punto de regla —porque la conferencia se refiere a un punto de regla—sobre el que se van a hacer esfuerzos especiales durante el mes. Es, por lo tanto, un intercambio, un cambio de impresiones o ideas. Cada una dice, pues, lo que piensa, y la Superiora concluye: De acuerdo, se adopta esto o esto. Y durante todo el mes, las Hermanas se fijan en ese punto. Terminado el mes, vuelven a reunirse.

Unas palabras de la Superiora exponen en qué le parece no se ha conseguido bastante. Pero también hace resaltar los frutos del esfuerzo cornún. A continuación, cada una se acusa o bien de su falta de esfuerzo o bien de aquello en que ha caído con relación al punto en cuestión».

Luego, aquella Superiora General añadió: «Las Hermanas estuvieron muy contentas con esta iniciativa, y sacamos de ella mucho provecho». Pero, escuchen lo que dijo después:

«Tengo que decir, sin embargo, que de esto hace un año, y que ahora se empieza a advertir de nuevo que vuelve la rutina». Lo que prueba, sencillamente, que la santidad no es cosa fácil de adquirir, y que, cualesquiera sean los métodos que se empleen, es siempre el esfuerzo personal el que da autenticidad a nuestros actos, el que los relaciona con Dios. Y que todo método, aun si puede ayudarnos a deshacemos un poco de la rutina y excitar nuestro fervor, cualquier método corre el peligro de degenerar también en rutina, si no está sostenido por el esfuerzo personal de cada una para ser sincera ante Dios y mantener en ella el deseo y la búsqueda del Señor.

Porque, desde luego, lo esencial es ese BUSCAR AL SEÑOR, es lo que debe guiarnos. Lo cierto es que hemos de tratar de tener objetivos espirituales comunes, de comprometernos en el mismo esfuerzo toda la comunidad. Y con relación a esto, voy a decirles algo que he expresado con frecuencia en las instrucciones: es el papel que cada una tiene que desempeñar en la comunidad. No pueden ustedes esperar a que sean los valores espirituales de su comunidad los que las eleven; son ustedes las que tienen que aportar a su comunidad su propio valor espiritual. Eso es primordial. Fijémonos mucho más, apoyémonos mucho más en nuestro esfuerzo personal que en la ayuda que necesitamos recibir.

Recuerdo un viaje a Chartres en el que el Hermano Ricardien nos hizo, como otras veces, admirar la espléndida arquitectura de la catedral y en particular la de la torre gótica, bellísima, y cuya arquitectura es tan perfecta que, habiéndose quemado en un incendio el entramado inferior, la torre se mantiene enhiesta hace centenares de años gracias solamente a la arquitectura de sus piedras. No tiene otro sostén o apoyo que su propia arquitectura. Yo le dije entonces. «Lo que es extraordinario es que en estas catedrales ha tenido que haber arquitectos de gran talento, matemáticos, gentes absolutamente trascendentes, para llegar a pensar, a idear y conseguir una catedral semejante. ¿No se conserva el nombre de ninguna de estas personas?…». Pues, no. Y añadió: «Es la maravilla de la comunidad cristiana de la Edad Media. La comunidad cristiana que se componía de toda la masa, capaz a lo sumo de transportar piedras. Y también de los genios, artistas de talla, pintores de talla, grandes y profundos pensadores; pero todos ellos se confundían con la masa, a la que aportaron su carisma particular, sus dones, su ciencia; los aportaron e insertaron en la comunidad, y la comunidad sacó a flote esta obra magnífica, porque contó con el don, la aportación de cada individuo. En cambio, cada individuo, con su don particular, no hubiera podido realizar nada él solo, si no se hubiera visto sostenido, empujado por toda la comunidad; no hubiera podido ejecutar lo que veía, lo que soñaba». Y volvía a decir: «Es la maravilla de la promoción de la comunidad por el individuo y del individuo por la comunidad, porque el individuo no se hubiera reali7ado como arquitecto, matemático o artista de valía, si no hubiera tenido todo el apoyo, todo el empuje de la comunidad».

Así es como tenemos que enfocar nosotras también nuestro deber, nuestra ínserción en la comunidad que es la nuestra.

El Decreto continúa diciendo:

«… a ejemplo de la primitiva Iglesia en que…».

Existe ahora una tendencia, que, por lo demás, es una buena tendencia, en el mundo: la de hacer todo JUNTOS. Y estamos completamente de acuerdo con este principio; hay que pensar juntas, vivir juntas, orar juntas: en comunidad.

Pero no quiere decir que ese hacerlo todo juntas tenga que suprimir al individuo, ni mucho menos, su vida personal de consagrada a Cristo, vivida con El. La constitución de la comunidad no tiene que destruir la personalidad de cada una ni la vida personal de cada una con Cristo.

Tenemos que tener un profundo respeto a cada una, y por eso mismo, respetar la personalidad de cada una, que es distinta de las demás, que es de cierta manera de ser. La comunidad no tiene por qué oprimirla para hacerle cambiar su personalidad: eso sería un error. La que tiene tal constitución o tal temperamento, debe permanecer lo que es: así aportará su individualidad, su personalidad a la comunidad.

Hay comunidades en las que se tiende a decir: «pensamos siempre juntas, discutimos siempre juntas y decidimos siempre juntas». Es un error. No quiero decir que no tenga que darse ese intercambio de pareceres, de reflexión. Ahora bien, como les han dicho hace un momento para el estudio del cuestionario, el intercambio es válido en tanto en cuanto se ha preparado, y se ha preparado en el silencio. La puesta en común no tendrá valor alguno, si antes, cada una por su parte, no ha profundizado lo que va a decir, delante de Dios. Dios no se revela sólo a la comunidad. Que previamente cada una piensa delante del Señor, reflexione en su presencia su vida personal… Entonces, cuando después se reúna la comunidad, todo se pondrá en común, porque cada una se habrá formado su pensamiento personal después de haber reflexionado y meditado ante Dios. Así, no va a dejarse arrastrar, sin más, por lo que diga el equipo; sobre todo porque en cualquier equipo hay siempre una personalidad que sobresale un poco de las demás, ya por su verdadero valor, ya por el valor que se le supone, ya, simplemente, por su «labia», ¿no es verdad?, y existe el riesgo de que arrastre al resto de la comunidad. Esto es grave. Nadie tiene derecho a imponer su pensamiento en un intercambio; todas tienen el derecho de aportar el suyo, lo primero; luego, tienen el deber de escuchar el de las demás; deber también de modificar el propio pensamiento después de haber escuchado a las otras… Y en una comunidad religiosa, no existe la decisión en común. Del cambio de pareceres surge una opinión común, un deseo común, pero va a ser DIOS quien va a intervenir por medio de la decisión de la Superiora.

La Superiora que habrá intervenido como las demás, que habrá escuchado y animado el debate, es la que tiene el derecho de decidir. Ese derecho estricto, formal, es para ella un deber ante Dios, al que no puede renunciar; podrá decidir que acepta la decisión del conjunto, pero la decisión viene de Dios a través de ella. La superiora religiosa es el vínculo orgánico entre la comunidad y Dios. Y eso, no se puede destruir, es absolutamente imposible; si no, no habría ya comunidad religiosa porque no existiría el vínculo directo con Dios.

Se da ahora el «slogan» de que es la comunidad la que busca a Dios. Sí, es cierto, la comunidad busca a Dios, pero no lo encuentra sino con la superiora, y el sello de Dios sólo lo marca la decisión final de la superiora. Tenemos que tener ideas claras y firmes sobre estos puntos. Esto no destruye en nada la aportación de cada una; al contrario, los cambios de opiniones fraternos, el perfilarse la opinión general, todo ello es necesario para que después intervenga lo que es religioso en nuestra vida.

Sabemos muy bien, en presencia de Dios, que podemos fallar, equivocamos; por eso, en presencia de Dios, aceptamos la decisión como una manifestación de su voluntad, y yo les aseguro que esto es muy hermoso y una riqueza. Por lo tanto, como decíamos, tenemos que tener atenciones unas con otras, especialmente, respetar los tienipos de silencio que permiten a cada una prepararse para la vida común y conservar y desarrollar su intimidad con Dios. Tenemos que respetar a la comunidad que es una verdadera familia, un verdadero ambiente familiat, que ha de ofrecernos, por parte de todas, tolerancia, apoyo afectivo, amistoso, pero que no puede sustituir a ese único amor que hemos consagrado a Cristo. Es como el matrimonio cristiano que, si bien debe estar abierto a los demás, no puede, en cambio, suprimir los momentos de intimidad en los que marido y mujer se encuentran.

En cuanto a nosotras, hemos dado nuestro amor a Cristo. Es a El a quien nos hemos entregado, es nuestro único e indefectible amor en este mundo, lo que no impide todas las amistades verdaderas, fraternas, tan fuertes. ¿Quiénes son los que tienen verdaderas amistades? ¿Quiénes son los que saben verdaderamente amar? Son los que pertenecen por completo a Dios. Una Hermana, una Hija de la Caridad que verdaderamente ha logrado su unión total con Cristo, que se ha reservado esa intimidad interior, personal, continua con El, esa es la que está dispuesta para amar a todos. No se encontrará un corazón más generoso, más abierto, más entregado a los demás.

Si quieren que les dé un ejemplo vivo, pienso que todas conocemos uno; basta con que les cite el nombre de Sor Midón. No tienen más que ver hasta qué punto está dada a Dios; se percibe, verdaderamente, que es su Unico. Dejó el Seminario, salió de aquí, marchó a donde se le dijo… y sigue siendo la misma, tan serena. Está abierta a todos los que acuden, a todas las que van a verla, una tras otra. ¿Y de dónde saca todo eso? Seguramente, no de una amistad humana; pero, sin embargo, ¡qué afecto tan fuerte tiene a cada una! Así es. Y ahí tienen el ejemplo de un alma que, por ser totalmente de Dios, es totalmente de los demás. Ese es el sentido en que debemos amar.

Nos queda una última palabra que decir sobre la última frase de este artículo del decreto: «Llevando unos las cargas de otros»…

Son palabras que repetimos todos los días en las «gracias» de la mesa (y así cumpliréis la Ley de Cristo). Esto quiere decir sencillamente: AMAR A SU HERMANO COMO A SI MISMO. Porque hay defectos para los que tenemos absoluta indulgencia: los nuestros. Por consiguiente, tengamos para los defectos de los demás esa mismas indulgencia que tenemos para nuestros propios defectos. Es cierto que sabemos cargar con nuestros defectos. Cuando pasa cierto tiempo y tenemos un poco de experiencia, nos damos cuenta de que no podemos corregirlos; podemos atenuarlos; podemos corregir, atenuar, modificar todos los defectos que no son el defecto esencial. Llegamos a corregirnos en diversos puntos, pero lo que en el lenguaje espiritual clásico se llama el «defecto dominante», es seguro que ese no podemos corregirlo. Podemos llegar a dominar un poco sus efectos; podemos, sí, poco a poco y a golpes de voluntad, transformarnos un tanto, pero dominarlo por completo, no. Se manifestará siempre, porque es nuestra naturaleza misma, porque estamos constituidos así. Los perezosos serán siempre perezosos. Los orgullosos serán siempre orgullosos. Los coléricos serán siempre coléricos. Con la gracia de Dios, podremos llegar poco a poco a hacer esfuerzos, pero al cabo de 10, de 15 o de 20 años de esfuerzos, nos daremos cuenta de que el defecto subsiste siempre. Sólo Dios puede darnos la victoria. Por eso, leemos en la Sagrada Escritura: «El hombre obediente cantará victoria». No recuerdo la cita exacta; pero no será nuestra victoria personal la que cantemos, sino la victoria de la misericordia de Dios sobre nosotros. «Misericordiam Domini in aeternum cantabo». Sí, el Señor puede darnos, El, la victoria, un día, un día que El haya determinado, cuando nosotras hayamos aportado toda la suma de esfuerzos humanos que podíamos aportar.

Ahora bien, si llegamos a comprender que no podemos corregir nuestro propio defecto, tenemos que comprender también que a los demás les pasa otro tanto, que no pueden corregirse del suyo. Pero resulta, a veces, que por haber podido corregirnos de algunos pequeños defectos secundarios, que no formaban el fondo de nuestra naturaleza, creemos que la compañera tendría que haberse corregido de ese defecto… Pues, no; precisamente porque, en su caso, es el fondo de su naturaleza y de ese defecto no puede corregirse. Comprendámoslo. Tengamos con nuestras compañeras exactamente la misma indulgencia que tenemos con nosotras mismas Aceptemos que ésta o la otra no pueda corregirse de tal defecto. Llevemos con ella su carga y tratemos, con esa tolerancia fraternal nuestra, de ayudarla a que no se desaliente.

Muchas veces lo digo: tnientras una Hermana siente que su Hermana Sirviente y sus compañeras tienen confianza en ella, que no han perdido la esperanza de que llegue a modificarse, a corregirse, no cae en el desaliento. En cambio, en una comunidad en que la Hermana Sirviente y las Compañeras encierran a una Hermana en el círculo de sus defectos: Sor Fulana, ¡siempre la misma! ¡siempre con ese carácter! ¡siempre con tal cosa o tal otra… se ha terminado! Se le cierra la puerta a la esperanza. ¡Es terrible! Tenemos que sostener a cada Hermana, con sus defectos; tenemos que saber cargar con los caracteres difíciles, incorregibles, porque el Señor ve los esfuerzos que hacen, y el Señor no pierde la esperanza, ya que las conserva en vida. Cuando el Señor ya no tiene esperanza con nosotros, se nos lleva, y se nos lleva, en general, por Misericordia.

Nosotras, tratemos de conllevar, de ayudar a los caracteres difíciles, manteniéndolos en la esperanza. Y aun cuando esa esperanza se agote y haya que tomar medidas extremas; cuando haya que decir: tal Hermana, en tal casa, no llegará nunca a dominarse, por lo menos en lo más saliente, es verdaderamente un obstáculo para la vida de comunidad; aun cuando, en algunos casos, haya que reconocer que ha habido un error en cuanto a su vocación y que acaso lo mejor sea que se marche, porque en realidad hace imposible la vida común… aún en estos casos, ha de hacerse con caridad y amor. No es como un negocio que se resuelve. Nunca tenemos derecho a tomar una decisión contra quien sea. Nuestras decisiones deben ser siempre POR alguien. Lo que debe predominar es el amor a esa Hermana. Entonces, si en ese momento hay que optar por un destino, si ha de optarse, incluso, por la salida de la Comunidad, aun en tal circunstancia, la Hermana en cuestión debe sentirse rodeada por la comprensión, la caridad, el amor de su comunidad. Y tiene que sentir que el amor y la caridad de su comunidad la acompañan no sólo en el momento de tomar la decisión que tan dolorosa va a ser para ella, sino también después, cuando ya acaso se encuentre fuera. Nunca, nunca, estamos dispensadas de tener una actitud de caridad con otros. Con esta actitud es como se ha podido conseguir que laya Hermanas que han dejado la comunidad, pero que continúan queriéndola, que siguen unidas a nosotras, a San Vicente y que, yo me atrevería a decir, viven en perfecta armonía con el conjunto de la Comunidad. Si ha habido culpabilidad, Dios será quien lo juzgue. A nosotras no nos corresponde juzgar; lo único que nos corresponde es tratar de vivir en caridad.

Esto, creo que es algo extraordinariamente importante, porque todo este conjunto de la vida comunitaria en la caridad, en toda circunstancia, a través de todos los acontecimientos, es lo que llega a constituir esa unidad de los hermanos que manifiesta el advenimiento de Cristo y de la que dimana una gran fuerza apostólica. Cuando vivimos así la vida en común en una caridad de todos los instantes, los que nos contemplan, ven a Cristo. Cristo está ahí, ciertamente.

Las Hermanas misioneras me decían: «Lo que más nos impresiona en los países paganos es la ausencia de amor. Cuando se vive en un país pagano, es cuando una llega a darse cuenta de lo que es la caridad fraterna: la virtud cristiana por excelencia. Cristo es Amor, es la carídad misma, y a los convertidos les cuesta mucho comprender esta caridad cristiana, porque todo el conjunto de su mentalidad, de su civilización, de su educación, está al margen del amor al otro, que nosotros, los cristianos, tenemos la responsabilidad de hacer vivir en el mundo.»

Así es como se hace a Cristo presente en el mundo. Esto nos recuerda lo que Su Santidad Pablo VI dijo a nuestras Visitadoras reunidas en el mes de mayo de 1965:

«Haciendo a Dios presente en el mundo de los pobres, dais un testimonio único, esa es vuestra fidelidad esencial».

Hacer a Dios presente en el mundo es hacer presente la caridad, no sólo esa caridad que practicamos con actos exteriores, sino esa otra caridad íntima que llevamos en nosotras y que se expresa en toda circunstancia, en todos los detalles de cualquier situación de la vida.

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