Susana Guillemin: La uniformidad: con miras a la unidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .

Publicado en Eco 1964, 309-313.


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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

«Lo que mantendrá vivo el amor entre vosotras será la semejanza.» (San Vicente a las Hijas de la Caridad el 15 de noviembre de 1657).

¿No es un hecho que tenemos la tendencia a vivir demasiado replegadas en nosotras mismas, encerradas en nuestras preocupaciones de Casa o de Oficio (muy urgentes sin duda), y sin tomar el tiempo de levantar los ojos para mirar más allá de los límites estrechos de nuestro radio vital? Entonces, los pequeños acontecimientos diarios, al no estar insertos en la gran perspectiva universal, toman fácilmente una importancia desmesurada; de la misma manera, si no confrontamos nuestras ideas y puntos de vista con otras luces y opiniones, aparecen a nuestros ojos como únicos e irrefutables. Nuestros juicios, pensamientos, el enfoque de nuestra. vida, corren asimismo el riesgo de encasillarse en nuestra medida personal, que no es muy amplia, y además de llevarnos insensiblemente a cierta singularidad. Sí, corremos el peligro de emparedarnos en nosotras mismas.

Abramos ampliamente nuestra mirada y nuestro espíritu a las grandes realidades espirituales a las que pertenecernos y que deben dominar en nuestra vida: la Iglesia y la Compañía. Por decir verdad, en lo que a nosotras se refiere, ambas realidades se nos presentan tan estrechamente unidas, que no podernos separarlas ni en nuestro amor ni en nuestra pertenencia a ellas porque la Comunidad no es otra cosa que nuestra forma vocacional de inserción en la Iglesia, no podemos ir a una sin la otra. Tomemos conciencia de la dimensión eclesial y comunitaria de vuestra vida, de la importancia que ello le confiere y de las exigencias que lleva consigo:

En la Iglesia de Dios, la Compañía de las Hijas de Caridad es responsable de un aspecto particular de esa Iglesia, tiene que dar en ella una nota especial, la de la caridad manifestada por un humilde y sencillo servicio a los Pobres.

Una Hija de la Caridad, en cualquier punto del mundo en que se encontrare, no satisfaría a la plenitud de su vocación si obrase de manera estrictamente personal, regulando su proceder y su acción según su gusto y su juicio, sin referencia al espíritu y a la manera de obrar que de ordinario se guardan en la Compañía y están aprobados por los Superiores. No basta que viva pobre y castamente y que se entregue al servicio de los Pobres. Es preciso, además, que lo haga según las Reglas y Usos de la Compañía.

Cada Hermana en particular tiene que tener la preocupación constante de construir la Comunidad, de mantener su unidad permaneciendo ella por su parte estrechamente unida a los Superiores y semejante a todas sus Hermanas diseminadas por el mundo. Y esa preocupación individual de cada Hermana tiene que ser también la colectiva de cada Casa y de cada Provincia; cuanto más numerosa y extensa es la Compañía, mayor tiene que ser la preocupación de cada uno de sus miembros por conservar la uniformidad con miras a la unidad. Tenemos que estar de continuo pendientes de ser «Comunidad», de ajustarnos a la Comunidad. Y ¿qué es ajustarse, sino alinearse, hacerse semejante, establecerse en unidad, mediante cierta uniformidad?

Indudablemente, lo que mantiene el amor es la semejanza; pero es igualmente cierto afirmar que el deseo de hacerse semejantes no puede nacer más que del amor. Sería inútil hablar de uniformidad, invitarles a ustedes, Hermanas, a que tendieran a ella, sin haber avivado previamente los sentimientos y convicciones que pueden hacerla deseable. La unidad que tan magníficamente se ha mantenido hasta hoy, bajo todos los cielos y todas las latitudes, en la Pequeña Compañía, es el fruto de la Caridad que no ha dejado de unir a todos y cada uno de los miembros entre sí y con los Superiores.

Nuestra uniformidad tiene que proceder:

—  del amor que nos une entre nosotras,

—  del amor que profesamos a la Comunidad,

—  de nuestro amor a la Iglesia.

Alcemos la mirada y contemplemos en espíritu esa Compañía esparcida, por voluntad de Dios, en tantos lugares. En muchos, es casi exclusivamente, a través de ella, como los Pobres descubren la caridad de Cristo y el rostro de la Iglesia, Madre de los Pobres. Tenemos una forma peculiar de entregarnos a los Pobres, una forma más cercana, más íntima, más fraternal, que ellos conocen muy bien; un estilo que no es el de otras Congregaciones, por ser inherente a nuestra vocación específica, al aspecto que, por medio de nosotras, quiere revestir la Iglesia. Esa forma, ese estilo proceden de un espíritu, de un modo de ser y de obrar que se exterioriza, y a la vez queda protegido contra posibles desviaciones personales, por prescripciones y usos de comunidad. Cada una de nosotras debe tomar conciencia de la importancia de sus gestos con relación a esa unidad que tenemos que salvaguardar; cada una de nosotras debe saber que sus menores acciones contribuyen a la implantación de la Iglesia. Recordemos el ejemplo proverbial de los tres albañiles a quienes se preguntó lo que hacían y que, a pesar de su gesto exterior, idéntico y rutinario en apariencia, contestaron sucesivamente según el espíritu que los animaba: «Coloco una piedra», «levanto un muro», «construyo una catedral».

Nosotras no tenemos que construir una catedral de piedra, pero cada una en nuestro puesto, por humilde que sea, sí tenemos que mantener y levantar el edificio de la Comunidad, monumento de caridad a través del cual la Iglesia quiere aparecer como Sierva de los Pobres. Para ello tenemos que revisar de continuo nuestra conducta y ajustarla al espíritu de la vocación, viviendo este espíritu mediante gestos y actitudes que sean su expresión viva y comunitaria. El Consuetudinario es el que ha de regular, en todo Instituto, las actitudes y gestos llamados generalmente «usos», dando de esa forma a la vida un marco en que apoyarse. «La Regla enseña lo que hay que hacer —dice el R.P. Greco—; el Consuetudinario enseña cómo hay que hacerlo». La Regla da a conocer el espíritu y el fin; el Consuetudinario señala los usos. Tendamos a ser unánimes en cuanto al espíritu y uniformes en cuanto a la vida.

En efecto, tenemos que alabar y servir al Señor con corazón unánime

«El amor recíproco, dice San Vicente, lleva a que se procure tener las mismas formas, la misma manera de entender las cosas, los mismos deseos, los mismos propósitos.»

En cualquier país en que residamos, cualquiera que sea la situación en que nos encontremos, hemos de tener el mismo amor de Dios «con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos», el mismo amor mutuo, «como hermanas a las que Jesucristo ha unido con los lazos de su amor», la misma preocupación por alcanzar la humildad y la sencillez; la misma aproximación a los que sufren y el mismo deseo de asemejarnos a los Pobres tienen que inspirar nuestra conducta. ¡Qué necesario es detenernos de vez en cuando a revisar, bajo la mirada de Cristo, los motivos que nos mueven y lo que constituye el verdadero tesoro de nuestro corazón. ¿Somos Hijas de la Caridad de nombre y de hábito, o lo somos de corazón y de espíritu, unidas a todas nuestras Hermanas, las de ayer y las de hoy?

Es más útil que nunca profundizar y estrechar los lazos espirituales que nos unen, ahora que acabamos de renunciar al Santo Hábito santificado por tantas generaciones de santas Hijas de la Caridad y cuya sola vista era una predicación muda y un vínculo exterior que nos unía poderosamente. Pero pensemos que este acto de obediencia a la Iglesia, llevado a cabo en una total unanimidad de voluntades, a pesar del sufrimiento que ha representado para cada una y de las dificultades, muy reales a veces, que ha suscitado a nuestras sesenta Provincias o Vice-Provincias, constituye un magnífico homenaje de adoración a Dios, de sumisión a la Iglesia, un holocausto ofrecido en arag de la unidad y de la caridad dentro de la Compañía. Demos gracias a Dios por habernos concedido la gracia de poderle ofrecer este acto de amor.

Y del mismo modo que nuestras antecesoras han mantenido con cuidado la uniformidad del Santo Hábito, respetemos nosotras también el que acabamos de revestir y guardémonos de modificar nada en él aun bajo el pretexto de comodidad o economía. Es cierto que, a pesar del minucioso estudio previo que se había hecho, se han manifestado ya algunos inconvenientes y otros surgirán con el uso, tanto por lo que se refiere al Santo.

Hábito y a sus accesorios, como a la ropa interior; pero todo esto no puede solucionarse como a cada una le parezca sin riesgo de dar en la fantasía o en lo mundano, y con toda seguridad en la diversidad. Es cierto que algunos detalles pueden parecer fútiles y de mínima importancia, pero nada es pequeño para el amor. El amor que nos une a la Compañía y a nuestras Hermanas requiere la semejanza.

Por lo demás, no es sólo en el terreno de la indumentaria en el que nos acecha la fantasía. Una especie de viento devastador —parodia infame del Espíritu— se cierne hoy sobre las realidades de la Iglesia, con el riesgo de arrastrar consigo, sin distinción de su importancia u oportunidad, y en nombre de la adaptación, todo lo que constituye desde hace siglos las estructuras y formas de la vida eclesial o religiosa. ¡Cuántas personas dentro de la Iglesia, seguras de su propio espíritu y de la rectitud de sus opiniones, se adelantan a las decisiones del Concilio y a las órdenes de la Jerarquía, haciéndonos asistir a innovaciones cuya rareza corre parejas con su diversidad. Parece como si una necesidad de cambio e innovación dominase los espíritus, llevándoles a una liberación de toda traba y a buscar la justificación de una vida más natural que religiosa. No podemos evadirnos por completo de las salpicaduras de esta mentalidad y aquí o allá se han producido incidentes: «hallazgos» que han visto la luz con dudosa legitimidad…

Permanezcamos fieles, mis carísimas Hermanas, a nuestra manera de ser, a nuestra manera de vivir, de orar, de hacer nuestras comidas, nuestras recreaciones, etc…; en una palabra, permanezcamos fieles a las costumbres que nacieron del fervor y del sentido de Dios de que estaban animados nuestros Santos Fundadores y tantos Santos Superiores como les han sucedido. No adoptemos inconsideradamente la manera de actuar preconizada por otra Congregación, o cualquier cambio en nuestros usos que se pretenda ha sido aprobado recientemente, pero que no se nos haya anunciado todavía de manera oficial

«Guardémonos, como dicen nuestras Santas Reglas, de tratarnos de otro modo ni mejor unas que otras.»

Que todo en nosotras: espíritu, corazón y los detalles de nuestra vida manifieste nuestra adhesión a la Comunidad.

Pero, se podrá objetar, el Consuetudinario no es ya aplicable: muchas de sus prescripciones han caducado, por decirlo así, y oficialmente se reconocen como nulas, de modo que no sabemos dónde encontrar las directrices necesarias… Efectivamente, ahí tenemos un fallo, pero que no hay que exagerar. Aun en su redacción actual, salvo en algunas —pocas— de sus prescripciones, el Consuetudinario puede observarse, y se observa en nuestras Casas. Las rúbricas que han caído en desuso se han modificado mediante circulares que indican las nuevas disposiciones adoptadas, y sólo los cambios que se han notificado por escrito son los legítimamente autorizados. En dichas circulares, la Hermanas Sirvientes encontrarán los jalones que les permitan orientar sus decisiones y mantener a su Compañeras y sus Casas en la uniformidad, en espera de que una nueva edición del Consuetudinario les proporcione seguridad plena.

Esta uniformidad no es sinónimo de inmovilidad. Así como sería muy perjudicial que evoluciones anárquicas dividieran la Comunidad, en la misma proporción es muy de desear que las aspiraciones y pensamiento de todas se encuentren, coincidan, se unan, para así preparar y llevar a cabo una adaptación legítima y deseable. Adaptación auténtica que no puede partir sino de un nuevo descubrimiento, un estudio profundo de los valores esenciales de la vocación y de su finalidad en la Iglesia. Las modificaciones exteriores no intervendrán, entonces, sino en función de esos valores y con miras a esa finalidad. Se trata, por lo tanto, más bien de inyectar nuevo vigor y de traducir al lenguaje actual, que de cambios propiamente dichos. En este sentido será como trabajaremos en la elaboración del nuevo Consuetudinario.

También en ese mismo sentido es como cada una de ustedes, mis carísimas Hermanas, debe prepararse a tomar parte en la evolución de la Compañía, a sentirse coresponsable con sus cuarenta y cinco mil Hermanas de la vitalidad del espíritu y de la adaptación de la forma. Toda la Compañía debe ponerse en actitud de busqueda y de oración, no sólo para llevar a cabo el trabajo concreto que se pedirá a cada Casa, sino también para implorar y recibir las luces del Espíritu Santo, que con mucha frecuencia se manifiesta a través de los más humildes. El trabajo que hagan el Consejo General y las Visitadoras reunidas se efectuará dentro del mayor respeto y con la atención más sincera hacia lo que el Señor haya manifestado a cada una y al conjunto de la Comunidad.

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