Susana Guillemin: La Hermana Sirviente y sus compañeras

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Empecemos ahora las reflexiones que debemos hacer acerca de nuestras Compañeras, almas que se nos han confiado. Como hemos dicho al principio, no hay Hermanas Sirvientes sino porque hay Hermanas Compañeras. Si no hubiera más que obras, no haría falta más que Hermanas responsables.

La Hermana sirviente lo es para garantizar la relación con Dios en la vida religiosa y en la vida fraterna. Tiene que contribuir a que cada una de las almas «se realice» en Dios; ha de ser un apoyo para cada una de las almas que ha recibido y ayudarla en su caminar hacia Dios.

Cuando digo que la Hermana sirviente tiene que ayudar a cada alma, recuerdo una reflexión de Mons. Bonet. Decía en una ocasión: «Vds. ¿se han encontrado alguna vez con un alma? Yo nunca me he tropezado con ninguna alma separada de su cuerpo. No me he encontrado más que con hombres.»

Tenemos que tener presente esta reflexión: nosotras nos encontramos con Hermanas, Hermanas que tíenen un alma, un alma consagrada a Dios, pero que está encerrada en un cuerpo. La dirección espiritual de cada una supone una atención a toda su vida, porque la vida del alma de nuestras Compañeras está condicionada por la vida de su cuerpo. Somos un todo inseparable, y la atención de la Hermana sirviente debe dirigirse a ese todo que son sus Compañeras: a su cuerpo, a sus posibilidades físicas, sus dificultades psíquicas o psicológicas. La Hermana sirviente debe conocer a sus Compañeras en ese todo que forman: cuerpo y alma. Ese es su primer deber: ante todo, conocerlas.

Conocerlas, en primer lugar, en un plano general, es decir, lo que son ante Dios, lo que son para la Comunidad y lo que son para la Iglesia.

Cuando nos encontramos ante una comunidad que se nos acaba de confiar — aunque no la formen más que dos, tres o cuatro Hermanas, lo mísmo que sí son veinte o treinta— , no podemos pensar que estamos sólo ante individuos, que se dirigen individualmente a Dios, y a los que hemos de ayudar, en ese sentido, a realizar su trabajo espiritual. Nos encontramos ante almas que, por haberse consagrado a Dios, son una riqueza para la Iglesia, pertenecen a la Iglesia, son una riqueza de Dios y una riqueza de la Iglesia. Se nos ha confiado a ese título, y vamos a tratar de ayudarlas a que den a Dios y a la Iglesia todo lo que pueden dar, a nivel personal y a nivel comunitario, desde los puntos de vista espiritual, evangélico y pastoral. Tenemos la responsabilidad de que cada una, individualmente y en grupo, el grupo de almas consagradas, respondan verdaderamente a lo que Dios y a la Iglesia esperan de ellas. Como ven, supera con mucho el plano individual. Ese talento que se nos ha confiado, tenemos que hacerlo valer.

Esta actitud de nuestro espíritu frente a la casa y comunidad que nos han encomendado tiene gran importancia. Una vez más, tenemos que volver a esa «desposesión» en que debemos situarnos. De esa comunidad, no vamos a hacer lo que queramos. «Yo me he ocupado siempre de un Jardín de Infancia y en esta casa lo voy a hacer también». Pues no. Lo cierto es que en el lugar concreto donde se encuentran la casa y la comunidad de las que se la ha encargado, la Iglesia tiene necesidades, Dios tiene necesidades y dirige llamadas y Vds. tienen que preguntarse: ¿cómo responder a esas necesidades y a esas llamadas con las aptitudes de mis Compañeras? Pueden hacer la catequesis, pueden cuídar enfermos a domicilio… ¿Cómo responder a la llamada que Dios nos dirige en este lugar?

No busquemos nuestros propios deseos, nuestros propios gustos. Busquemos la llamada de Dios y de la Iglesia en el lugar concreto en que nos hallamos. Es muy importante en cuanto a la acción que vamos a desarrollar. Pero, con todo, no entra más que en el conocimiento general que podemos tener de la comunidad que se nos ha confiado.

No responderíamos a nuestro mandato y a nuestro cargo si no conociéramos a cada una de nuestras Compañeras en particular.

No siempre es fácil, por supuesto, máxime porque hay que guardarse muy bien de hacer una investigación indiscreta. Para llegar al verdadero conocimiento de las Compañeras, se requiere una disposición previa que, ciertamente, es más importante que cualquiera de los demás medios prácticos que pudiéramos utiliiar.

Si queremos conocer a nuestras Compañeras, lo primero que tenemos que hacer es amarlas. Un conocimiento adquirido al margen del amor, es falso. No se conoce a las personas a las que no se arna, porque se ve con parcialidad tal defecto, tal aspecto, y no el conjunto de la persona. No se conoce en verdad.

Sólo Dios nos conoce verdaderamente, porque nos ama totalmente. Si queremos conocer a nuestras Compañeras, como debemos, tenemos que tratar de hacernos participantes del amor que Dios les tiene.

Por ejemplo, podemos decir que una observación científica no nos lleva al amor. Hay Hermanas sirvientes que, por otra parte, con muy buena intención y pensando en cumplir un deber, se dicen al llegar a una casa: voy a observar. Esa no es actitud de amor. No creo podamos decir que Dios nos observa y, claro, mucho menos que Dios nos espía, que trata de sorprendernos. Nó, Dios no es así. Dios nos mira, que es muy distinto. Y esa mirada de Dios se posa de continuo sobre nosotros con el amor inmenso que es el suyo. Así es como una Hermana sirviente debe mirar, cuando llega a una casa, al conjunto de sus compañeras y a cada una en particular. No para observarlas o espiarlas, sino, eso, para mirarlas. No se trata de poner en juego con las Compañeras una psicología científica. Sería un error.

No obstante, cuando llegan a la casa que se les ha encomendado, miren, sí, miren como el mismo Cristo nos mira. Es el medio mejor, la mejor forma de describir esa atención que debemos dispensar a nuestras Compañeras. No merece la pena explicarles el cómo, porque por instinto sabemos lo que es la mirada que Dios tiene puesta en nosotros. Pues bien, así es, de esa misma manera, con ese amor total que ve a la vez el bien y el mal, cómo deben mirar a sus Hermanas. No se trata de cerrar los ojos y decirse: no tienen más que buenas cualidades. Eso no sería completamente cierto. Se trata de verlas como, sin duda, se ven a ustedes mismas, con sus cualidades y sus defectos, acentuando siempre las cualidades.

Hay que mirar antes lo positivo que lo negativo. Y todo el mundo tiene cualidades.

Busquemos las cualidades, vemos cuál es el punto, cuál es la cualidad en la que puede basarse el encuentro con el Señor. Porque el Señor nos espera desde nuestras cualidades, espera a nuestras Compañeras a través de los dones que El mismo les ha hecho. Si la Hermana sirviente no conoce las cualidades’ de sus Compañeras, tampoco puede ayudarlas a elevarse hasta Dios. Por supuesto, no estaría mal tener ciertos conocimientos de su temperamento, ambiente familiar en que se han criado… Una Hermana que haya vivido en un medio rural, no será la misma, verá las cosas de distinta manera que la que haya crecido en la trepidación de un barrio de París. Esta última será más propensa a enervarse, etc. No está de más conocer lo que ha podido influir en el temperamento.

Conocer su trayectoria de comunidad. Es un punto muy delicado. Algunas Hermanas sirvientes dicen que cuando se les envía una Compañera debería decírseles lo que ha sido antes para poder ayudarla mejor y no cometer torpezas o imprudencias con ella… No se pnecle contestar a esto de una manera terminante.

Habrá casos en los que será conveniente que la Visitadora, con muchísima discreción, ponga al corriente a la Hermana sirviente de algún punto particular de la vida de la Hermana. Eso, a condición de que la Hermana sirviente, a su vez, sea de una discreción total…

Por el contrario, habrá otros en que será mucho mejor dejar que la Hermana llegue a la casa «completamente nueva», en un clima que pueda permitirle rehacerse por completo, sin que pese sobre ella el prejuicio de su pasado. Esto quedará a juicio de la Visitadora.

Hay Otra cosa de la que debemos guardamos abs’olutamente y que debemos considerar, yo diría, como una falta grave: es el traer y llevar los defectos de nuestras Compañ eras de una casa a otra. Una Hermana sirviente tiene que guardar para ella misma los defectos de sus Compañeras, y no tiene, en ningún caso, derecho de ir a hablar de ellos con una Hermana sirviente cercana, con una Hermana sirviente de quien la Hermana en cuestión ha sido compañera o con otra que no la conoce y que acaso tenga que recibirla un día en su casa. Los defectos de nuestra casa y los defectos de nuestra Compañera son para quedar dentro, y la Hermana sirviente tiene que guardarlos en su corazón, en su alma, para Dios; no tiene derecho a sacarlos fuera. Todo esto es muy grave porque podemos encerrar a una Hermana, como en una especie de cerco, en sus fallos, sus deficiencias, sus faltas, quitándole así la oportunidad de empezar de nuevo, sin ese lastre, y así llegar tal vez a corregirse.

Diré también que hay que conocerlas con su carga actual. No basta conocer lo que son, ni tener una idea de lo que han sido. Hay que conocer también lo que pesa sobre ellas en el momento presente. Hay Hermanas sirvientes que no saben bien lo que llevan encima’ sus Compañeras. Hay que conocer el oficio, lo que ese oficio les proporciona como sobrecarga, sus dificultades, lo que puede acarrearles como casos de conciencia, que a veces pesan más que un trabajo físico. Por ejemplo, lo que puede suponer para una Hermana de internado el hecho de estar de continuo con las niñas, que gritan, que hacen ruido… Es un cansancio físico extraordinario estar siempre en medio de ruido, como le puede ocurrir, por ejemplo también, a una Hermana encargada de una Cuna.

Tenemos que saber cuál es la carga que llevan encima nuestras Compañeras; tenemos que conocer las dificultades de su trabajo, las que tienen con sus empleados. Tenemos que estar al tanto del funcionamiento de todo lo que compone la vida de hoy. No podremos darles consejos espirituales, si no sabemos lo que hacen, lo que tienen que soportar. ¿Cómo podríamos hacerlo? La carga de la Compañera tiene que ser nuestra .carga también, tenemos que llevarla con ella.

Pero si queremos conocerlas así, si queremos mirarlas con toda la carga que llevan encima, tampoco bastará con mirar: tendremos que saber escuchar. Es difícil escuchar. Escuchar supone, ante todo: saber callar, renunciar en cíerto modo a una misma, saberse poner en segundo plano, retirarse. Cuando recibimos a alguien, cuando recibimos, sobre todo, a una Hermana, lo primero que tenemos que hacer es evadirnos de nosotras mismas. No siempre se consigue. Cuando recibimos a una Hermana, la persona importante es ella, no nosotras.

Escuchar más que hablar. La primera condición para escuchar, a nuestra Compañera o a quienquiera que sea, es vaciarnos de nosotras mismas Cuando una de nuestras Compañeras llama a la puerta de nuestro despacho, o cuando la llamamos nosotras para los permisos, si no eliminamos con un esfuerzo de voluntad, que a veces tendrá que ser grande, la preocupación que en ese momento tengamos, o si no hemos desechado el sentimiento de rencor que nos ha dejado un acto con el que nos ha faltado, o cualquier otra cosa de ese tipo, si no logramos vaciarnos de todo eso, de nosotras mismas, no estaremos disponibles para escucharla con desprendimiento, imparcialidad, sencillez.

Por lo tanto, lo primero es situarnos ante nuestras Compañeras con un gran desprendimiento de nosotras mismas, para poder así captar lo que se da en ellas y lo que quieren decirnos. Empecemos, pues, por escuchar antes que hablar.

Si tenemos que hablar, y evidentemente tendremos que hablar, hagámoslo más bien a partir de lo que nos haya dicho que a partir de lo que habíamos preparado de antemano.

Sin duda, para la comunicación espiritual, es siempre bueno, mejor, es necesario prepararse por la oración, previendo lo que tenemos que decir, lo que tenemos que advertir a ésta o a aquélla, o lo que tenemos que pedirle. Pero, si después de haberla escuchado, vemos que lo que queríamos decirle no es absolutamente adaptado o necesario, y que hay algo más urgente, algo que necesita más, no dudemos en cambiar y hablarle, no a partir de lo que habíamos pensado nosotras, sino a partir de ella. Es una ciencia un tanto difícil. Es más fácil preparar antes de la comunicación un «sermoncito» ya hecho, que podremos encajar a todas indistintamente — eso sí, con mucho riesgo de que no sirva de nada. Pero si escuchamos a cada una y partimos de lo que nos dice, pienso que nuestra acción será mucho más válida, por ser más personal.

Lo más posible, hay que partir de la preocupación o de la dificultad actual o del esfuerzo actual de la Hermana que tenemos delante. Hay que tratar de descubir lo que la preocupa. Quienquiera que seamos, tenemos siempre una preocupación, es decir, algo que nos ocupa antes que nada, que permanece en el fondo del alma, que, en medio de todo lo que hacemos, sigue ocupándonos, pesando sobre nosotras, influenciándonos… A nuestras Compañeras les pasa lo mismo: tienen una dificultad con el jefe de su servicio, un desacuerdo con las monitoras, o un fracaso con las niñas. Entonces, todos los esfuerzos espirituales que puedan pedírseles en el momento se situarán, en cierto modo, en el área de influencia de esa preocupación.

Lo más esencial será, pues, empezar por saber cuál es la preocupación actual de la Compañera y decirnos que constituye no sólo una necesidad de orden psicológico sino, incluso, de orden sobrenatural; porque las exigencias que Dios va a tener con esa alma no van a manifestarse de una forma que queden fuera de ella o de su vida, sino precisamente a través de esa dificultad que experimenta o del esfuerzo que está dispuesta a realizar.

Por ejemplo, habíamos pensado pedir a esa Hermana que hiciera un esfuerzo de caridad hacía sus Compañeras, cosa que puede ser excelente, pongamos que con su equipo hospitalario o con el grupo de sus monitoras… Creo que, en este caso, el primer esfuerzo que hay que pedirle es que haga frente a ese problema con que se encuentra. La llamada de Dios hacia ella en estos momentos se centra en ese punto concreto y no podemos nosotras darle otra dirección. Tenemos que situarla en su propia vida, en su dificultad de ahora, y seguir la indicación del Señor que le señala un camino y a nosotras una orientación. Al escuchar la preocupación que se adentra en cada una de nuestras Hermanas, estamos escuchando la voz de Dios que habla a cada una, viendo el camino que le abre.

Mirarlas, escucharlas… todo ello, para tratar de comprenderlas, es decir, tomarlas como son y no como querríamos que fueran. Pienso que no serán muchas las Hermanas sirvientes que tengan compañeras exactamente como las quieren. Cuando se les pregunta: sus Compañeras ¿son como usted las quiere? ¿están a la altura de su oficio?, suelen contestar: «Más o menos». Algunas dicen taxativamente: «No, no están adaptadas a lo que yo quisiera que hicieran, y algunas son verdaderas niñas en lo espiritual.» Lo primero que tenemos que hacer es aceptar a nuestras Compañeras tal y como Dios nos las ha dado, al nivel al que nos las ha dado, un nivel que podríamos llamar la basé, es decir, el de las posibilidades humanas. Hay Hermanas que nó tienen cultivo espiritual; algunas tampoco cultura humana, y sin embargo, son inteligentes, tienen cualidades, buen juicio, son capaces de llegar a algo. Otras, en cambio, tíenen escasos medios. Tendremos que saberlo y no pedir a cada una más de lo que puede dar… pero ¡tampoco menos!

Aceptarlas con su nivel de progreso. Unas han sido cultivadas, han llevado desde hace años una vida espiritual bien dirigida, bastante intensa; otras, por el contrario, están en los primeros balbuceos. No se puede pedir el mismo rendimiento espiritual a un alma que sólo desde hace dos o tres años ha intentado vivir vida interior, que a otra que, desde su infancia, se ha visto en un ambiente profundamente cristiano, acompañada por una vocación precoz, dirigida hacia Dios desde sus primeros años, en relación con El, y se hallará a cierto nivel de vida interior y de vida espiritual. Tenemos que saber distinguir esos diferentes grados o niveles.

Sobre todo, no nos empeñemos en que sean como nosotras, en que se nos parezcan. Instintivamente, cuando se habla, por ejemplo, de Hermanas jóvenes, suele surgir la eterna frase, la eterna comparación: «a su edad, yo hacía…» ¡Cuántas Hermanas mayoren hablan en ese tono!: «cuando nosotras éramos jóvenes, se nos pedía esto o aquello, se nos exigía tal cosa…» Como razonamiento, no tiene ningún valor, es falso. Guardémonos de caer en ello, porque también nosotras, Hermanas sirvientes, tenemos tendencia a comparar lo que éramos o hacíamos de jóvenes; tendencia a decir: cuando éramos jóvenes, teníamos que hacer esto o lo otro, se nos pedía tal o cual cosa.

Pero entre nuestra juventud y las jóvenes de ahora se sitúa todo el desfase de ‘una generación que ha caminado a paso de gigante. Todo el mundo está de acuerdo en decir, todos los que han estudiado psicología o sociología afirman al unísono, que entre la generación de nuestros padres y la de las jóvenes de hoy, hay un desfase de diez o veinte generaciones anteriores, tan deprisa ha caminado el mundo, tan grande ha sido la evolución de mentalidades.

Guardémonos también de pedirles que hagan lo que nosotras haríamos en su lugar. Se tiende igualmente a eso. Vemos a una Hermana en su oficio: «si yo fuera la que estuviera encargada de esto… haría, dejaría de ‘hacer… ¿por qué no lo hace ella?»

¿Por qué? Pues porque no tiene ni nuestra edad, ni nuestra experiencia, ní ha recibido todavía lo que nosotras. La Hermana joven es ella y no nosotras. Tenemos que verla en su realidad y no sólo en sus deficiencias — que las puede tener y debemos conocerlas: sería un error no querer ver los defectos— , tenemos que mirar su lado positivo.

Quizá no tenga lo que hubiéramos tenido; quizá le falte cierta madurez de juício, cíerta ponderación, cierta prudencia y discernimiento de lo que la rodea; pero acaso tenga otras cualidades no tan desarrolladas en nosotras: más iniciativa, mayor posibilidad de hacerse responsable. A su edad, no lo teníamos porque no se nos había formado en ese sentido. Como valor positivo, suelen tener por lo general, una lealtad real: nuestras jóvenes viven en un clima de verdad, aunque a veces no sean coherentes; pero no dejan de querer la verdad de apreciar grandemente la lealtad.

Son éstos otros tantos puntos en que debemos apoyarnos para tratar de hacer prevalecer en ellas la acción de Dios. Es posible que, cuando teníamos su edad, la acción de Dios en nosotras pasaría, por ejemplo, por una aceptación de la sumisión, de recurrir de continuo a la Hermana sirviente, u otras cosas de ese tipo; mientras que, para ellas, la acción de Dios va a pasar por iniciativas más responsables, por una búsqueda de su acción personal en el oficio. Sin duda ustedes mismas podrán encontrar otros valores que se dan en sus Hermanas y que yo no he tenido tíempo de buscar.

Tendrán que descubrir esos valores para ayudarlás en ese sentido, y no en el sentido que sería el nuestro, que era el nuestro años atrás. Se trata de descubrir la acción de Dios en cada una de esas almas y ayudarlas a que Le sigan… Como ocurre con otras tantas cosas, no se podrá ir demasiado aprisa, no rnás deprisa que la luz que el Señor les da. Ellas no tienen la luz que nosotras tenemos; no se trata, pues, de lo que vemos nOsotras, sino de lo que ellas ven con la gracia actual y con sus posibilidades. No vayamos demasiado aprisa, no las atosiguemos demasiado. Y, sin embargo, no las dejemos tampoco quedarse atrás. En cierto modo y de cierta manera, debemos siempre empujarlas hacia adelante. Es difícil, muy difícil.

Recuerdo una ocasión, hace ya tiempo, en que pedí consejo sobre algo muy conflictivo: tenía que escoger entre dos deberes que parecían absolutamente incompatibles. Y se me contestó: «responda a éste, pero no descuide el otro…» Algo así ocurre cuando nos encontrarnos ante las Hermanas jóvenes. No podemos urgirlas demasiado, hacerles perder el aliento, pero, al mismo tiempo, no debemos dejarlas estancadas ni menos que retrocedan. En esto hay que pedir verdaderamente las luces del Espíritu Santo para que, en los consejos que les demos, no nos salgamos del ritmo de Dios en cada una de ellas.

Porque Dios tiene ‘un ritmo particular con cada alma. A veces insistimos durante años con un alma en el mismo consejo, la misma indicación. Por ejemplo, le decimos una y otra vez: «Esfuércese por hacer oración». Nos escucha, pero nos damos cuenta de que aquello no cala, no penetra. Y, de pronto, un día cualquiera, descubre que puede hacer oración y que la oración transforma la vida. Hasta es posible que llegue a reprocharnos no habérselo ‘dicho, no haberla ayudado a hacer oración.

El Canónigo Giraud citaba un día el siguiente ejemplo: Un serninarista, o más bien uti sacerdote joven, ordenado hacía unos diez años, había ido a verle y a decirle: Mi vida está transformada por completo: ahora hago oración. ¿Cómo es posible que durante todos los años del Seminario no se nos haya enseñado a hacer oración? ¿que no se nos haya dicho nunca lo que era? El Canónigo añadía: Le dejé hablar y cuando hubo terminado, dije: «Amigo, en el Seminario la lectura de la tarde se hacía siempre sobre la oración y las observaciones o comentarios dél Rector giraban siempre en torno a la formación de la oración.» Entonces, no estaba dispuesto, la gracia de Dios no había llegado a él para hacerle asimilar una vida de oración, en aquel momento de su vida de seminarista No se podía culpar a los Superiores. En cuanto a él, era tan inconkiente, captaba tan póco lo que se le daba, que diez años después fue a reprochar que no se le hubiera enseñado. ¿Qué había ocurrido? Que entonces descubría la gracia del Señor, que ese día el Señor le habló; que había llegado la hora.

No perdamos la esperanza con relación a nuestras Compañeras, aun cuando veamos que, durante cierto tiempo, durante meses o acaso durante años, lo que les decimos no pasa de ser letra muerta.

A pesar de todo, eso va depositando unos gérmenes, y más adelante, cuando llegue la gracia de Dios, lo hará fructificar. Nosotras tenemos el encargo de sembrar, pero ninguna puede hacer crecer; enterramos la semilla, pero sólo el Señor da la vida y hace germinar.

Por eso, no nos dejemos llevar del desaliento; no pensemos que es culpa nuestra el que tal o cual alma no responda. Hagamos sencillamente, acompañándolo de oración y de reflexión ante Dios, hagamos sencillamente lo que creemos que debemos hacer, y no nos atosiguemos, no nos agitemos en tomo a las almas.,Pidamos al Señor que las ilumine y que apresure el tiempo de su gracia. Pero será El, no nosotras, quien pueda apresurarlo. Más que imponer esfuerzos u orientaciones que, tal vez, podrán quedar al margen de la verdad, nuestra acción debe ser una invitación continua. Tenemos que invitar, estimular, sugerir.

Personalmente he podido comprobar que tal Hermana a quien se decía: haga este esfuerzo, en este sentido… necesitaría, en su situación, esto o aquello…; pues bien, no podía; y, en cambio, sí podía hacer otra cosa. Lo bueno sería poder llegar a que cada una descubriera el esfuerzo que Dios le pide en el momento concreto, en vez de imponerle lo que nosotras mismas hemos preparado para ella y que puede no responder a sus posibilidades actuales.

Necesitamos mucha paciencia y mucha condescendencia; tenemos, sobre todo, que invocar mucho al Espíritu Santo. No se puede decir de antemano: para tal caso hay que hacer tal cosa. Evidentemente, sí se pueden dar consejos o hacer referencia a experiencias que se hayan tenido. Pero lo importante es pedir al Espíritu Santo que nos inspire lo que tenemos que decir, lo que tenemos que pedir a nuestra Compañera.

Tenemos que saber recibir y guardar las confidencias.

Pero creo que antes de hablar de confidencias que podemos recibir, hay que hablar de las que «no podemos» recibir. Lo que es más difícil. Ocurre a veces que, durante cierto tiempo, meses, quizá hasta uno, dos o tres años, una Hermana sirviente tenga que decirse ante una Compañera: está cerrada, no dice nada, no se abre. Sí, es muy penoso. Es muy penoso, porque se siente que la acción que pudiera ejercerse con ella no resultará y porque, instintivamente, se dice una: ¿qué hay en mí, qué hay en mi conducta o manera de proceder, qué hay en la casa, para que esta Hermana no se abra?, ¿para que no se establezca la comunicación espiritual entre ella y yo? Ante esto, la reacción humana inmediata es, no diré un sentimiento de orgullo herido, pero sí se siente una dolida de forma que pudieran quedar comprometidas las relaciones. Hay, pues, que saber aceptar, con mucha paciencia y mucho respeto, el que durante un tiempo más o menos largo, una Compañera permanezca cerrada. Precisamente, será la actitud de respeto y comprensión de la Hermana sirviente la que induzca a la Hermana a ser menos hermética, a llegar poco a poco a unas comunicaciones espirituales normales.

Nunca hemos de exigir confidencias. Estas deben ser siempre espontáneas. Cuando recibimos confidencias más o menos fuer, tes, tenemos que asumirlas con el mayor respeto y la mayor discreción.

Esta noción de respeto, tratándose de confidencias, no es sólo el respeto de discreción, sino, además, el respeto al alma que se nos ha entregado así.

El primer elemento de este respeto es el de no extrañarse y nunca escandalizarse. Ante una confidencia pesada, grave, que se nos haga, no tengamos nunca una reacción de extrañeza o desedificación. Sería lo más adecuado para desalentar a un alma. Cuando una Hermana hace el acto de humildad de confesar algo que le cuesta extraordinariamente, no debemos extrañarnos ni escandalizarnos. Si nos hallamos en la actitud interior de humildad que nos corresponde, es decir, la de estar convencidas de que sontos capaces de cometer todas las faltas si la gracia de Dios no nos sostiene de continuo, no tendremos esa reacción de escándalo, que tanto daño hace a las almas que se deciden a confesar una falta cualquiera.

Una caída, una deficiencia, una falta que se nos confiese, desde ese mismo mornento tendríamos que hacerla cosa nuestra: no podemos considerarla como algo exterior a nosotras.

El hecho de la confidencia recibida lleva consigo el compartir con nuestra Compañera el peso que la agobia; ese peso tan doloroso de su caída, de su falta, llega a ser nuestro. Es lo que repetimos todos los días en esa hermosa frase de San Pablo que decirnos después de las comidas: «Alter alterius… etc.» La carga de nuestros defectos y de nuestras faltas, esa, pesa sobre nosotras, y esa carga es la que la Hermana Sirviente debe, tiene que ayudar a llevar a sus compañeras.

En cierto modo, tenemos que hacernos como participantes en las faltas de nuestras compañeras. Es lo que hizo Cristo: cargar con nuestras faltas, participar en ellas. No vino a la tierra como un extraño, encargado de pagar una cuenta de otros extraños; extraño a nuestro pecado, desde lo alto de su superioridad, tal no fue la actitud de Jesús. Salvo, claro, la culpabilidad, se hizo pecador con nosotros, tomó sobre El y en El el peso del pecado del mundo. Cuando se presentó ante su Padre como Víctima, expió en todo su ser como si nuestro pecado hubiese sido suyo.

Con relación a las faltas de nuestra comunidad, ‘con relación a las faltas de nuestras compañeras, pongámonos en esa misma situación, en esa misma postura de participación. De esa forma, cuando se nos haga una confidencia, cuando se nos pida un perdón, cuando recibamos la acusación de una falta, nos encontraremos en seguida con la Hermana interesada, no al margen de ella, no por encima, con una aptitud de juez; estaremoscon ella para compartir su falta. Es completamente diferente. Es otra cosa absolutamente distinta.

Debemos hacer arraigar en nosotras, en profundidad, esas actividades interiores de participación en los pecados del mundo, no sólo en los de nuestras compañeras, sino en los de todo nuestro personal, todos los que nos rodean, todos los que tratan con nosotras.

¡Cuántas veces recibimos la confidencia de pobres muchachas que han caído y están esperando un bebé! Otras veces, podemos comprobar alrededor nuestro faltas muy graves; otras, sin esas confidencias, no llegaríamos a ver ese pecado de la masa pobre o de la masa rica que vive en torno a nosotras, especialmente el de los pobres a los que nos hemos consagrado por voto.

Me parece que forma parte de nuestro cuarto voto ese tomar sobre nosotras las faltas y los pecados de nuestra gente y vivir en una actitud de penitencia interior y de expiación ante Dios, porque ese pecado del mundo, y en particular el pecado de nuestras Hermanas, el pecado de nuestros pobres, es nuestro y tenemos que expiarlo durante toda nuestra vida, como nuestro propio pecado.

No es sólo esa actitud de participación personal la que redama de nosotras las confidencias que recibimos, tenemos que tener ante ellas una actitud de perfecta discreción. Lo que se nos ha confiado, como si no existiera. Por supuesto, lo que se nos ha confiado por nuestras compañeras sobre ellas mismas, en relación con nuestro cargo, por ejemplo, lo relacionado con sus familias.

La intimidad de nuestras compañeras les pertenece. No tenemos el menor derecho a ingerirnos en ella. Si ellas lo desean, si tierien ‘gusto en qué, por ejemplo, leamos algo en que se relata un acontecimiento de familia o cosa por el estilo, entonces, ¡perfeCto! Pero a condición de que la iniciativa parta de ellas. Ahora bien, nunca, nunca, por seguras que estemos de que les vá a parecer bien, lo hagamos por cuenta nuestra, sin su consentimiento previo, porque puede llegar un día en que una lo vea mal y poco a poco se vaya creando un clima de no discreción, de falta de respeto.

Hay que ser extremadamente delicadas en esta cuestión de la discreción. Guardemos discreción no sólo por lo que se refiere a las confidencias que recibimos, sino también a aquello que nosotras mismas descubrimos acerca de nuestras compañeras, de su familia, de su salud. No divulguemos a toda la comunidad su secreto de salud. Hay Hermanas que son más o menos reservadas en este punto, que son más o menos delicadas. Cuando recibimos una confidencia nosotras mismas nos damos cuenta de que una de nuestras compañeras padece de esto o de lo otro, no vayamos a decirlo en confidencia a las demás. Tenemos que guardar el respeto de la intimidad de cada una. Seamos muy delicadas en todo lo que atañe a nuestras compañeras. Delicadas también en cuanto a sus dificultades de oficio o profesionales. Lo personal debe seguir siendo personal. Lo que no es obstáculo para que haya un excelente clima de comunidad.

Seamos discretas también en relación con las pobres Hermanas de carácter difícil que tenemos en la comunidad. Hay Hermanas muy difíciles de soportar en una comunidad. No derramemos por el exterior lo que nos vemos obligadas a soportar dentro de casa. Por supuesto, cuando una Hermana hace escenas desagradables dentro de la comunidad, las demás Hermanas lo ven y no tenemos que ocultarlo entre nosotras. Sin embargo, no nos complazcamos en hablar de ello, y si lo hacemos, que sea siempre con compasión, yo diría hasta con afecto. Es una prueba que no sólo la Hermana sirviente, sino toda la comunidad tiene que soportar. Debe soportar ese carácter difícil, esos incovenientes de aquella compañera y no debe extenderlos fuera con una falta de discreción. No, no debe nunca revelar las dificultades que se viven en lo interior de la comunidad.

Cuando hablamos de discreción, tenemos que puntualizar al mismo tiempo que esa discreción deber ser tal que no cree en modo alguno un clima de misterio. No hay nada más propio para destruir el espíritu de comunidad que vivir en una especie de atmósfera misteriosa: se manifiesta que se sabe algo sobre esta o aquella Hermana, se deja traslucir que se saben cosas que no se quieren decir. Eso es espantoso. Una de dos: si estamos convencidas de que todo lo que se nos confía, todo lo que se nos dice, todo lo que nosotras intuimos en relación con la intimidad de las demás, es secreto, entonces no tenemos por qué demostrar si sabemos algo o no. Una cosa secreta es como si no existiese y, por tanto, no debe influir en nuestros comportamientos y actitudes y tiene que permitir un clima de absoluta claridad. Que las Hermanas sepan bien que lo que no les decimos es porque no nos pertenece; y que, de no ser así, lo demás lo decimos sencillamante porque tenemos confianza en ellas Hay que vivir en comunidad un clinza a la vez de discreción y apertura. A veces, puede ser un poco difícil, pero hay que conseguirlo.

Cuando hemos vivido algún tiempo con nuestras compañeras, cuando las conocetnos bien, las comprendemos y las hemos aceptado, tenernos que ayudarlas a que se conozcan ellas mismas. Creo que es una de las misiones, una de las tareas más importantes de la Hermana sirviente: ayudar a cada una de sus compañeras a que lleve la cruz de sus defectos.

Es una cruz que pesa duramente sobre ella y que puede llegar a desalentarla. Una Hermana que, después de diez,’ quince o veinte años se da cuenta de que no llega a hacerse dueña, a dominar sus salidas de genio; otra que, al contrario, comprueba que ,en su vida de comunidad o en su oficio es perpetuamente débil, que no llega a cumplir perfectamente su deber porque le falla la voluntad…

La Hermana sirviente tiene que ayudar a sus compañeras a que conozcan sus defectos y a que los conozcan en la esperanza, no en el desaliento. Debe llevar los defectos de sus compañeras con ellas, tiene que ayudarlas a comprenderlos y a aceptarlos, lo que no quiere decir aprobarlos. Darse cuenta de que son defectos, pero no por eso ocuharlos y cubrirse con una máscara.

Frente a un defecto inveterado, suele surgir una tendencia por supuesto muy natural: la de ocultarlo, disfrazarlo. Trata una de cerrar los ojos porque sabe que no va a conseguir corregirse por completo. Como es muy duro cargar con él, lo disfraza engañándose a sí misma. Reniega de ese defecto del que no puede deshacerse, como si no lo tuviera. No es una buena postura. La Hermana sirviente tiene que ayudar a las Hermanas a que vean claros, pero sin perder la esperanza, sus propios defectos.

Si queremos ayudarlas a que se conozcan de esa forma, tenemos que saber mantener el clima de esperanza, es decir, llegar a hacerles descubrir que Dios, que las ha creado así, que ha permitido que tengan ésta o aquella tendencza natural, no quiere salvarlas a pesar de sus defectos; quiere salvarlas a través de esos defectos y de los esfuerzos que hagan para corregirse de ellos. Los defectos naturales que poseen entran en los designios de Dios sobre ellas.

En este momento se están haciendo investigaciones para probar que se puede ser a la vez loco y santo. En general, no nos tropezamos con casos tan extremos; pero sí tenemos compañeras muy marcadas por defectos naturales grandes, y a las que, sin embargo, Dios llama a la santidad. Tenemos que ayudarlas a tomar conciencia de que ese defecto que tienen no es un obstáculo mayor, aunque sí puede ser una dificultad y quizá grande, pero que con ella Dios las llama, y es muy probable que lleguen hasta El con más rapidez y facilidad según la manera en que nosotras, Hermanas sirvientes, y con nosotras la comunidad toda, las comprendamos y las soportemos, no con una indulgencia culpable, sino con la tolerancia — el soporte es la verdadera palabra— que nos haga llevar con ellas el peso de su falta.

Me parece que la actitud de la Hermana sirviente, en esos casos, ha de ser la de inspirar siempre confianza en los designios de Dios y en sus caminos. A través de la actitud de la Hermana sirviente, la Hermana llegará a darse cuenta, a tomar conciencia de la actitud del Señor hacia ella. Mientras un alma está en este mundo, Dios la tolera y no pierde confianza en ella; no somos, pues, nosotras las que hemos de hundirla en un clima de desesperanza. Cuando se dice de una Hermana: no hay nada que hacer, es posible que sea cierto, pero no es Dios quien la ha puesto en esa situación, sino nosotras. Esto es una enorme responsabilidad.

Al contrario, es preciso que, a través del amor de la Hermana sirviente, a través de su esperanza en lo que la concierne, la Hermana vea el amor y la esperanza que Dios tiene hacia ella.

Creo que esto es muy importante. Aun si llegamos a pedir el cambio de destino para alguna Hermana (puede ser a veces necesario) porque nos demos cuenta de que su persona y sus defectos son un peligro para la comunidad y que, razonablemente, después de haber orado y reflexionado, nos parece preferible darle esa oportunidad, esa petición de destino no debe llevar nunca el sentido de un castigo o condena. ¡Qué, quieren ustedes yo no creo en la eficacia como castigo de un destino! Sí creo, en cambio, que debe darse en un clima de amor y de esperanza, como una oportunidad que se le ofrece, COMQ una nueva llamada que el Señor le dirige.

Con la ayuda de la Hermana sirviente que la ve marchar y que tiene que enseñarla a aceptar el destino; con la ayuda también de la Visitadora y con la de la Hermana sirviente que va a recibirla, se crea un clima de sostenimiento espiritual, un clima —no creo que hay palabra más adecuada— de esperanza y de caridad, de caridadamor, que es lo que debe envolver todos los actos de nuestro ejercicio del cargo de Hermana sirviente, sobre todo los relacionados con nuestras compañeras. La Hermana sirviente debe sentirse responsable de reflejar la actitud de Dios con cada alma.

La responsabilidad con relación a las Compañeras comprende todo lo que acabamos de decir y que tan importante es. Podríamos resumirlo recorriendo esas cuestiones que, por lo demás, emanan de grandes líneas de orientación general.

Hay que formar a las Compañeras y ayudarlas. Formarlas en su vida consagrada. La formación no puede darse nunca por terminada. En el cursillo para Hermanas sirvientes recientemente nombradas que se tuvo hace poco, se hicieron varias observaciones en este sentido. Decían: «Al llegar a una casa, encuentro Hermanas que llevan 20 ó 25 años en ella ¿Qué responsabilidad tengo en cuanto a su formación?» Por supuesto, es muy delicado, sobre todo si la Hermana sirviente es joven. Pero, ¿puede decirse que no tiene responsabilidad alguna con relación a Hermanas en esas circunstancias? No, no puede decirse que no la tiene.

Podemos decir que hay un estado de hecho con el que se encuentra la Hermana sirviente y del que no es responsable en el momento de llegar a la casa ni en los primeros tiempos que siguen; pero, a medida que van pasando los días, la responsabilidad de la Hermana sirviente empieza a entrar en juego. No podrá, evidentemente, dar marcha atrás y volver a empezar la formación de una Hermana de 20, 25 ó 30 años de vocación; pero sí es responsable de continuarla, de ejercer influencia en la Hermana, de tratar de reformarla.

Dicho de otro modo: no es responsable de lo que son las compañeras en cuestión pero sí lo es de tener o ejercitar una acción sobre ellas y no podrá dejarlas que vivan en seguridad o indiferencia si están al margen de su deber. Hay toda una serie de matices que añadir aquí. En todo caso, la Hermana sirviente es responsable de tener una acción sobre las compañeras, de invitarlas a otra cosa mejor, de poco a poco, iluminarlas Todo ello requiere más tacto, más prudencia que tratándose de una Hermana joven a la que hay que formar y de la que se puede exigir más.

Estemos persuadidas de que la formación de las Compañeras no puede darse nunca por terminada, lo mismo que ocurre con la nuestra: estamos siempre en plan de formación. Tenemos que formarnos siempre y no estaremos perfectamente formadas más que cuando salgamos del Purgatorio para ir la Cielo. En ese momento será cuando hayamos alcanzado la dimensión que Dios tenía prevista para nuestra formación. Pero mientras estemos en este mundo, estamos en formación continua.

Una Hermana sirviente me preguntaba: «¿Tengo verdaderamente obligación de hacer la <repetición de oración> en esta casa en que las Hermanas están formadas hace tiempo?» En primer lugar, las Hermanas no están formadas hace tiempo; han recibido una formación que han digerido más o menos, pero si se detienen ahí, ya no hay nada que hacer.

En la vida religiosa, consagrada, no puede hablarse de detenerse, porque desde el momento en que se detuviera una, todo habría acabado. Nuestra vida en este mundo es una marcha, debe ser una continua adquisición, debe estar en continua tensión hacia Dios, sin detenerse nunca. Además, la formación recibida hace 10, 20 ó 40 años, tiene que experimentar, en la mismá medida que nuestra vida espiritual, en la misma medida en que lo hace la Iglesia, cierta evolución, cierta transformación y progreso. Tenemos que permanecer en ese estado de marcha, no de agobio, de perder el aliento, pero sí de continuidad. Podríamos hacer nuestra, esta jaculatoria: «no detenerme, no estacionarme…»

No, no podemos estacionarnos. Estacionamos supone la opción inmediata por retroceder, mientras que lo nuestro ha de ser avanzar, avanzar siempre.

Para resumir, por lo que se refiere a las Compa’ñeras y su formación, las Santas Reglas ponen a nuestra disposición varios medios:

  • La comunicación espiritual. Tenemos que darle esa noción espiritual, ese carácter que ha de ser el suyo.
  • Los contactos diversos y fortuitos con nuestras Compañeras. No es que tengamos que tomar la resolución de decirles «unapalabra de Díos» cada vez que hablemos cinco minutos con cada una de ellas. Sería muy cansado para nosotras y llegaría a convertirse en odioso para ellas Pero, además, es que sería ficticio, no real. Sin embargo, en nuestros contactos con las Compañeras, tendríamos que ser tales que el Señor irradiara a través de nosotras, se manifestara en nosotras, no tanto en el sentido místico, sino porque nuestras decisiones estuvieran síempre orientadas a El, es decir, orientadas en el sentido de la verdad, de la justicia, de la humildad, de la caridad… El hecho de estar con nuestras compañeras, de convivir con ellas, hará que, necesariamente, algo se comunique. Sepamos, en esos contactos, escuchar, no sólo en el plano de confidencias, sino escuchar sencillamente lo que digan:
  • las lecturas,
  • la formación, no sólo a la vida consagrada, sino también a la profesión. Ahora se hacen grandes sacrificios con miras a los estudios, y no creo es necesario insistir mucho en ello, porque está en la mente de todas. Hay que hacer estudiar a las Hermanas en la medida en que puedan, que sean capaces.

A lo que sí habría tal vez que dedicar más atención, sería a la orientación. Tenemos que llegar a orientar a cada Hermana según sus disposiciones personales. No digo, de manera absoluta, sus gustos; pero sepamos discernir que tal Compañera es apta para este oficio y no para aquel otro.

Por ejemplo, no hay que empeñarse en orientar hacia la vida hospitalaria a una Hermana que tiene especiales cualidades y aptitudes para ser una buena sierva de los pobres a domicilio. Como tampoco hay que pedir a la que es hospitalaria de corazón que vaya a prestar cuidados a domicilio. Las pondríamos en un estado de tensión continua, en desacuerdo con ellas mismas.

A pesar de los esfuerzos de virtud que hagan, no llegarán a dar la medida en su oficio, ni aun en el plano de su vida espiritual, porque, en el fondo, no estarán en la línea en que Dios las quiere.

Además —y ya sé que a veces es muy difícil—, hay que hacer po.sible el ejercicio de la profesión, tratar de darles el número de empleados o auxiliares necesarios para que puedan llevar una vida equilibrada; cuidar de que no estén demasiado sobrecargadas, aunque para ello haya que reducir las obras de la casa, contando con la Visitadora.

Es preciso que las Hermanas puedan responder plenamente a lo que se les pide: si las cargamos demasiado, no podrán. Que las Hermanas sirvientes estén atentas a ello. Las Hermanas, dondequiera estén destinadas, deben poder llevar una vida profesional con la perfección requerida y sin detrimento para su vida espiritual. Es una grave responsabilidad que pesa sobre nosotros, la de compaginar para nuestras compañeras el ejercicio de su vida profesional y su vida religiosa. Es una de nuestras obligaciones mayores en la hora actual.

Y terminamos diciendo que, tanto para las Compañeras como para nosotras, hemos de volver a esta conclusión, que podría en cierto modo ser la línea directriz de nuestra acción, dentro de la voluntad de Dios: hacer descubrir el fin. Y el fin, ya lo sabemos, no es ser una buena enfermera, ni siquiera una buena religiosa enfermera. El fin es SERVIR A CRISTO y darlo a’ los demás.

Las Hermanas tienen que estar convencidas de ello. El fin: amar a Cristo, darlo. Hacer, pues, descubrir el fin es despertar el deseo de la voluntad. Saber lo que nos proponemos y quererlo; tener el deseo constante de amar a Cristo y de darlo a conocer. Despertar el deseo de la voluntad y, después, sostener el esfuerzo, sin extrañarse ni desanimarse de las caídas, los, retrocesos, las deficiencias.

EN LA LINEA DE DIOS:

  • Hacer descubrir el fin,
  • despertar el deseo de la voluntad,
  • sostener el esfuerzo.

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