Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de julio de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Tengo la impresión, Hermanas, de que lo que voy a decirles hoy no hará sino repetir una vez más lo que les han dicho los PP. Predicadores, lo que ustedes mismas se han dicho en lo íntimo de su oración, de sus meditaciones, lo que por todas partes se dice hoy día, quizá abusando un poco; se dice más que se hace. Pero pienso que es bueno repetir cíertas verdades, y que esa repetición es cierto método de contemplación: evocar, reencontrar, una y otra vez, el pensamiento del Señor, buscar su palabra allá donde se encuentra, volver a leerla, volver a asimilarla, profundizarla, hacerla nuestra, para tratar, finalmente, de vivirla.

No pensemos que perdemos el tiempo cuando en el silencio de nuestra oración, o simplemente en nuestras idas y venidas, cuando vamos de un enfermo a otro o de una ocupación a otra, damos vueltas a los mismos pensamientos espirituales, para hacer de ellos nuestro alimento y ver cómo convertirlos en vida.

Actualmente, no será ninguna novedad decirles que, siguíendo los pasos de la Iglesia, unida a la Iglesia y porque ella misma es Iglesia, la Compañía de las Hijas de la Caridad se halla en pleno trabajo de renovación. Cuanto se vive hoy en la Iglesia está marcado por las órdenes del Concilio y recibe, no sólo una invitación, sino una orden formal de revisarse, .examinar su vida, los motivos que hacen obrar, la espiritualidad, la mística de donde proceden nuestras acdones, para llegar después a renovar también la manera de vivir y actuar.

Es un período muy rico en la vida de la Iglesia y de la Compañía; es también un período lleno de riesgos.

Hasta ahora, podría decirse que el Concilio ha vivido su momento de «dilettantismo», si puede llamarse así al trabajo que se ha llevado a cabo con tanta seriedad, tan concienzudamente. Pero, en fin, hasta ahora el trabajo del Concilio se había desenvuelto sólo en el campo de las ideas. Y mientras está uno en el terreno de las ideas, de las teorías, esto no lleva consigo ningún riesgo inmediato: el peligro viene después. Ahora es cuando se ha entrado en el período de la acción; se trata de hacer pasar a la acción, de poner por obra, lo que el Concilio ha dicho.

Ahora bien, se está produdendo un fenómeno —que siempre se ha producido en circunstancias semejantes: el de que cada uno comprende las órdenes del Concilio según su propia mentalidad: y unos piensan de una forma y otros de otra; unos tienen un espíritu estrecho, otros lo tienen amplio… etc. Y, además, cada uno se halla en circunstancias diferentes que le permiten con mayor o menor rapidez, con mayor o menor plenitud, adoptar lo prescrito.

En este momento, nos hallamos frente a un peligro de relajación, de debilitamiento, de pérdida de su sabor de ciertas cosas; también frente a un peligro de desviación, porque podemos desviarnos. Si es cierto que el Concilio ha recibido la asistencia del Espíritu Santo para cumplir su misión, para fijar la doctrina, todos los demás, cada pequeña parcela de Iglesia, ya se trate de un individuo, ya de un organismo, no están, por su parte, asistidos por el Espíritu Santo en el momento de llegar a la aplicación.

Nos encontramos, pues, frente a varios peligros, es fácil percibirlo; se intuye esa cercanía del peligro en las actitudes, en las palabras de Nuestro Santo Padre el Papa. Se le adivina, empuñando el timón de la barca de Pedro, en estado de continua alerta, oteando el horizonte y lo que surge en él e intentando evitar lo que podría ser causa de desvío de la verdadera, hermosa y sana doctrina puesta en luz por el Concilio; velando igualmente para que esa doctrina no se quede en letra muerta, porque ese es un uno de los peligros que existen: por una parte, decir que no es aplicable, que no nos concierne, que se dirige a otros, y así quedaría en letra muerta; o bien, en sentido contrario, rebasar la medida y llegar a excentricidades.

Ultimamente, en una reunión de Superiores Mayores, en la que, precisamente, se hablaba de la renovación de los Institutos religiosos, el Padre que presidía nos dijo que hay una multitud de órdenes religiosas, en Francia particularmente (creo que son quinientas las órdenes religiosas que tienen en Francia su Superior Mayor: es enorme): al parecer, las menos numerosas cuentan con algo así como veinte miembros; no es mucho, pero no quiere decir que sean ellas las que tengan menos vitalidad: a veces, congregaciones muy pequeñas tienen una fuerte vitalidad y un magnífico espíritu; aunque hay otras que languidecen… Pues bien, el buen Padre nos decía: Creo que este período del posconcilio, en el que cada uno va a hacer pruebas, en que se va a tratar de ayudar a que esas congregaciones hagan su adaptación, este período, va a ser fecundo en peligros Estamos buscando sacerdotes que pudieran ser los especialistas idóneos para orientar a los Consejos generales e impedir que se desvíen, que hagan cosas que estarían completamente fuera del pensamiento de la iglesia y del Condijo, pero por más que se haga, no se conseguirá: a pesar de todo, habrá quien se desvíe. Pues sí, y yo creo que será como una especie de ley natural: aplicarán las directrices de tal forma que ellos mismos se darán el golpe de muerte. Creo que tras el Concilio, vamos a presenciar la desaparición de cierto número de congregaciones religiosas por el hecho mismo de la adaptación que hayan querido hacer y que habrá sido una falsa adaptación que las habrá llevado a una especie de autodestrucción. Se destruirán a sí mismas y no tendremos ya necesidad de invitarlas a eliminarse o a unirse con otra Congregación, con el fin de conseguir reducir algo ese número extraordinario de Congregaciones religiosas.

Eso es lo que nos decía aquel Padre. Y no a modo de incidencia o de anécdota, sino con el fin de demostrarnos cuánta preocupación se tiene en estos momentos por los resultados del Concilio. Frente a algunas cosas, se tiene la impresión de que estamos asistendo a una contra ofensiva del demonio ante las decisiones conciliares; es más fácil atacar ahora, en el momento de la aplicación que va a hacerse, para confundir la doctrina, que lo hubiera sido en el momento de las discusiones, antes de que quedara fijada.

En todo caso, por lo que a nosotras se refiere, tenemos que dedicarnos al trabajo nuestro con una prisa, no febril, pero sí prudente, mesurada, razonable, y juntas debemos llevar la inquietud y la preocupación de la renovación de la Compañía. La renovación de la Comunidad no compete exclusivamente a los Superiores que están al frente del Consejo general o a los Superiores provinciales o a las Hermanas Sirvientes: es competencia de cada una de nosotras. No, en absoluto, porque cada una haya recibido una misión del Espíritu Santo, inspirándole una idea original para aplicarla al conjunto de la Comunidad, no; sino porque el Espíritu Santo actúa en el conjunto de todos los espíritus, en el conjunto que formamos todas, y cada una debe tomar en serio y con empeño su papel.

Voy a darles un sencillo ejemplo concreto: siempre es conveniente aterrizar en lo concreto. Ya saben que actualmente estamos rehaciendo el consuetudinario, ficha por ficha. Para unas, la cosa va demasiado rápida, para otras, demasiado lenta… La cuesión es que el ritmo depende de las posibilidades que tenemos de hacerlo con seriedad y a conciencia. Esas fichas del consuetudinario, se les han ido enviando, y supongo que les han leído la circular que las acompañaba. Se les han enviado con esta mención: son fichas provisionales, no representan algo permanente, para toda la eternidad. Se les proponen a título de experimento. «Proponen» no quiere decir que se pueden aplicar o dejar de aplicar; quiere decir que se deben aplicar ahora, fijando particularmente la atención en ello. Porque, dentro de un año, es decir, aproximadamente seis meses antes de la próxima Asamblea general, tendremos que dar nuestro parecer sobre el resultado de lo que se nos ha propuesto. Pues bien, serían ustedes culpables de cara a la Comunidad, si al recibir esa invitación, se dijeran ustedes: ya hablarán las demás, yo soy hija de obediencia y haré buenamente lo que se me diga; que las demás se arreglen y ya juzgarán los Superiores lo que hay que hacer… Desgraciadamente, los Superiores no podrán juzgar en tal caso, porque no conocerán la realidad. Con frecuencia los Superiores están alejados de la vida y no pueden saber las cosas si ustedes, desde lo íntimo de su alma, en conciencia, ante Dios, no les dicen lo que piensan. He dicho desde lo íntimo de su alma y en conciencia, no bajo el impulso de un movimiento de mal humor o de ventolera que les haga exclamar ¡Tal cosa no me gusta, me pongo en contra! No, eso sería infantilismo, necedad, reacción de niñas o de adolescentes. Pónganse en la presencia de Dios e interróguense:

— ¿Veo delante de Dios que la puesta en práctica sincera de lo que se me ha propuesto va a ser provechosa para mi vida espiritual?

— ¿Va a beneficiar a la casa en su vida comunitaria y con miras a un mejor entenclimiento fraterno?

— ¿Va a beneficiarnos a todas en el sentido de calar más hondo en el alcance apostólico de nuestra vida?

— Por el contrario, ¿va a ser un obstáculo para todo ello?

Así es como, delante del Señor, deben cuestionarse para respondernos después. Se han presentado las fichas del consuetudinario en una sola cara, dejando libre todo el reverso, de forma que, llevada a cabo en las casas la reflexión, la Hermana Sirviente pudiera anotar:

— que tal forma de actuar presenta ésta o aquélla ventaja, reconocida por todas;

— que, al contrario, tal manera de actuar deja más o menos indiferentes y no ha cambiado nada en relación con lo que antes se hacía;

— o bien, que presenta este o aquel inconveniente, que sería bueno remediar, a cuyo fin se propone esto o aquello.

Esto es lo que puede llamarse un trabajo serio y en ese sentido es como son todas ustedes responsables de la renovación de la Compañía. No se trata de un invento del Consejo General, no somos nosotros quienes hemos tenido esta idea; son, evidentemente, ideas que corren por el mundo, pero no se trata sólo de eso, que hayamos cogido al vuelo una idea que corre por el mundo, se trata del pensamiento del Concilio que ha quedado recogido en el Decreto Perfectae Caritatis.

No tengo el texto a la vista, pero lo he estudiado lo suficiente para decir que empiezo a conocerlo, por lo menos en general. La renovación adaptada de los Institutos no puede hacerse si no es con la participación de cada uno de sus miembros, dejando a cada comunidad el determinar el método que prefiera para garantizar esa participación: esto es lo que determina su responsabilidad personal, y lo repito porque les ruego que lo tomen en este sentido.

Que no sea la suya una responsabilidad de niñas sujeta a los cambios de humor, o anclada en costumbres queridas o, al contrario, que quiera sahar por encima de montes y collados; que sean ustedes conscientes de esa responsabilidad que entraña su opinión, persuadidas de que esa opinión tiene un peso. ¡Y vaya si pesa! Es cierto. Por supuesto, si una sola entre las cuaranta mil dice algo, es posible que pese: hay opiniones de una sola persona que pesaron en la última Asamblea general, pero es fácil que la opinión de una sola no llegue a pesar; en cambio, la multiplicación de opiniones coincidentes han representado un peso, han influido en las decisiones tomadas. No se trata de que cada una piense: soy un grano de arena en el desierto, una gota de agua en el océano… No, cada una de ustedes es una persona que tiene una responsabilidad cierta en el destino espiritual y apostólico de la Compañía. Esto tienen ustedes que vivirlo no sólo por las instrucciones y consejos que se les den, sino en todo su comportamiento, en toda su actuación. No es hoy, precisamente, cuando Elisabeth Leseur ha dicho: «Un alma que se eleva, eleva al mundo». Puede decirse también que una Hermana, una Hija de la Caridad que se santifica hace avanzar a la Comunidad y hasta hace progresar a toda la Iglesia. Será, unas veces, a su parroquia, otras a la Iglesia nacional… no siempre se ve; durante veinte años, treinta años, esa alma habrá trabajado en santificarse, se habrá dado a Dios totalmente, plenamente, en sus menores acciones, en sus menores pensamientos… nada se habrá percibido, pero, de pronto los frutos de esa vida se revelan y puede uno concluir que, a través de sus gestos cotidianos, tan humildes, tan modestos que no parecían influir en nadie, cantidad de personas han recibido esa influencia y el pensamiento de Dios, el pensamiento del Señor se ha extendido. Entonces es cuando se descubre el alcance de la santidad de una vida. Nunca podremos juzgar del alcance de nuestra vida a partir de ocho días, diez días, quince días, un mes, seis meses, un año, dos años, tres… Por lo demás, más vale no mirar, no merece la pena, no tiene importancia, los resultados son de Dios. Lo que a nosotros nos importa es el esfuerzo, la cosa en sí misma.

Estén ustedes, pues, convencidas, pero profundamente, de esa responsabilidad que pesa sobre sus hombros en cuanto a la Compañía toda, y, por supuesto, en cuanto a la casa en que están ustedes implantadas.

Hace daño oír (en estos mismos ejercicios he tenido que oírlo) a una Hermana Sirviente: «Madre, no puedo hacer intercambios en casa, porque hay una Hermana que se encarga de poner confusión en los espíritus, de falsear la conversación…» ¡Es terrible! ¡Es una tremenda responsabilidad! Tengan en cuenta, sin embargo, que la pobre Hermana no valora, probablemente, lo que hace, pero el hecho es que ha adquirido unos hábitos en su vida y se ha convertido en una especie de corta circuitos que impide pase la corriente del pensamiento del Señor y que las almas se unan fraternalmente, que la comunidad se eleve junta. Es posible, sí, que cada una llegue a santificarse, precisamente por esa tolerancia que tenga con la otra, pero ¡no es eso!

Tomen, pues, en estos ejercicios la resolución de ser siempre un lazo de unión en su comunidad, donde quiera estén ustedes implantadas, lazos de unión porque sepan escuchar, comprender, transmitir, porque sepan también, sencillamente, dejar pasar. Hay que saber dejar pasar; a veces no se comprende, pero se deja pasar, porque está ahí la santa libertad de los Hjos de Dios. Pidan al Señor se lo haga comprender y carguen a fondo con esa responsabilidad que es la suya.

En resumen, ¿de qué se trata cuando se habla de la renovación de la Cofnunidad y, por consiguiente, de la renovación de cada una de nosotras, ya que la Comunidad es un poco como un mito: la Comunidad está compuesta por todas las Hijas de la Caridad que están en ella?

¿Se trata, por ejemplo, de una transformación radical? ¿Habrá que barrer todo lo que existe para empezar de nuevo, diciéndonos: vamos a cerrar todo lo que tenemos y, con los documentos conciliares en la mano, vamos a construir desde los cimientos una comunidad nueva, sin la menor referencia al pasado y a las tradiciones? Tal cosa sería una enorme necedad; sería como si un capitalista dijera: voy a arrojar mi capital al Sena, y después voy a volver a empezar a construir mi fortuna… No, no se trata de eso. Ahora bien, es posible que haya valores antiguos que sea preciso transformar en valores nuevos para que tengan el curso de hoy. Se trata de hacer en la Compañía, lo que la Iglesia ha hecho.

Y ¿qué ha hecho la Iglesia? Ha abierto SU código de vida, que es el Evangelio, ha confrontado su vida con el Evangelio: porque eso ha sido el trabajo de fondo del Concilio. Nosotras tenemos que hacer lo mismo: abrir el código de vida que es el Evangelio; el Evangelio está explicado para nosotras por las Santas Reglas. Confrontemos esos códigos de vida, veamos cómo los aplicamos en la hora actual y digámonos —aquí es donde se llega a la cuestión de la adaptación—: si ese fondo, ese espíritu evangélico debe permanecer, debe convertirse cada vez más en el nervio motor de nuestra vida. Pero, sin embargo, no puede vivirse de la misma manera en el siglo veinte, en la segunda mitad del siglo veinte, que, por ejemplo, en mil ochocientos cincuenta, o antes de la Revolución. Ciertamente que no.

Ahí es donde reside la necesidad de la adaptación en el momento presente. De lo que se trata es de llegar a ser primero interiormente, y después también de forma exterior y comprensible para nuestros hermanos los hombres que nos ven vivir, lo que somos en el pensamiento de Dios. El Señor tiene sobre nosotras intenciones y designios propios de nuestra vocación. Cuando digo «propios», no quiero decir que le estén reservados como en una urna, para ella sola. Ese concepto se ha terminado. Hay otras Compañías, otras comunidades en la Iglesia de Dios que tienen más o menos la misma mística que nosotras, y de ello nos alegramos con toda el alma, sobre todo si la aplican bien. No es que deseemos que la apliquen mejor que nosotras, pero eso no quiere decir que no lo hagan con la mayor perfección; quiere decir que nosotras tenemos que alzarnos hasta esa misma perfección y aun un poco más si podemos.

En la última ceremonia del Concilio, se dijo una hermosa frase que yo,he repetido muchas veces. Es la última oración que el Santo Padre pronunció antes de despedir a los Obispos; es tan expresiva que deberíamos repetírnosla. Observen esa profunda humildad de los obispos después de todo ese inmenso trabajo que fue el Concilio. No sólo un trabajo intelectual, sino también espiritual. Se transformaron; hubo entre ellos quien me dijo que había sido como unos Ejercicios magistrales, una lección de trabajo, una gracia inestimable en su vida. Decía pues: «Oh Dios que nos has hecho pastores de tu rebaño! Concédemos llegar a ser lo que pretendemos ser». Es muy hermoso. Tendríamos que repetirlo todas las mañana o cada vez que el Señor nos lo inspirara. Tendríamos que decirle una y otra vez: «Señor, concédenos llegar a ser lo que pretendemos ser».

¿Y qué pretendemos ser? Pretendemos ser Hijas de la Caridad, es decir, una emanación perpetua de Dios y de la Caridad: una Hija de la Caridad emana de… ¡Que en nuestro ser profundo, en cada una de nuestras acciones, en cada una de las palabras de nuestra vida, todo, continuamente, brote, surja, emane, salga de la Caridad. Eso es lo que debemos ser en el mundo: de tal manera entregadas a Dios, que todo lo que salga de nosotras venga de Dios. Eso es lo que pretendemos ser.

Tenemos que renovamos en esa mística de nuestra vocación que es la de San Vicente. San Vicente era un gran activo, pero un activo cuya acción estaba penetrada de contemplación. De una forma tal, que a veces se omite decirlo. Incluso llega a decirse: «San Vicente no es un místico». No es un místico porque no ha expuesto teorías místicas, pero ha sido un contemplativo extraordinario; no sé si ha habido muchos santos que hayan visto a Dios con mirada tan directa, tan permanente, como San Vicente hizo de continuo. En todas sus frases, en toda su conversación, en toda su manera de ser, se percibe que San Vicente no es que esté en las nubes, porque era un hombre práctico, con los pies asentados ,en la tierra, pero mira a Dios en el que tiene delante, habla a Dios en aquel a quien está hablando, da la respuesta de Dios. ¡El sí que era hijo de la Caridad! Toda su manera de ser estaba siempre producida por Dios que habitaba en él por la Caridad. La mística de San Vicente es ésta: Cristo presente en los pobres, Cristo a quien se ve en los pobres y Cristo hecho presente a los pobres a través de nuestra persona. Toda la mística de nuestra vocación está ahí, y en ella tendríamos que renovarnos continuamente, como una absoluta necesidad.

El primer trabajo de renovación de la Comunidad es ese de renovarnos en nuestra mística interior. Si no quieren, no empleen la palabra «mística». Es la renovación de la espiritualidad de nuestra vocación, centrada en la persona de Cristo. No sabemos leer nuestras Santas Reglas; si supiéramos leerlas, encontraríamos en ellas tesoros inagotables. Su primera frase es espléndida, lo abarca todo, toda la vida religiosa activa de nuestro tiempo.

¿Qué son las Hijas de la Caridad? Las Hijas de la Caridad han sido llamadas y reunidas… Detengámonos en esa llamada de Dios… reunidas, es la verdad en común. Llamadas, reunidas, para honrar a Nuestro Señor Jesucristo_ ahí tenemos, inmediatamente, el fin: honrar a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de los pobres. Ya ven que lo abarca todo: la llamada, la vida comunitaria, la persona de Jesucristo, centro de nuestra vida. ¿Dónde y cómo encontrarle? En los pobres. Y a continuación esa sencilla frase que es un tesoro para nosotras, que tantas comunidades nos envidian, porque lo encierra todo en nada, sin atarnos en absoluto. ¡Cuántas Superioras me han dicho: ¡qué suerte tienen ustedes con esa frase! Nosotras nos encontramos ligadas, cogidas, de una forma u otra, para dedicarnos a una acción determinada. Escuchen bien, aquí late el genio de San Vicente y Santa Luisa: «en la persona de los pobres, ya sean efermos, niños, encarcelados u otros». Este «otros» nos permite responder, con toda tranquilidad de conciencia, de una manera absolutamente libre, a todas las llamadas que en el transcurso de los tiempos se nos puedan dirigir para atender a las necesidades de los pobres en cualquier época. Hay que dar gracias al Señor por habernos dado esta amplitud.

Toda nuestra espiritualidad está ahí y tendríamos que penetramos de ella, renovamos de continuo en esos pensamientos que, por lo demás, acaban de sernos confiados, el año pasado, cuando Su Santidad Pablo VI tuvo a bien recibir a nuestras Visitadoras reunidas en Asamblea general. Nos dijo estas palabras que, a mi juicio, eran las más alentadoras que pudiera dirigimos: «Hacer a Dios presente en el mundo de los pobres, es vuestra fidelidad esencial».

Decimos, pues, que el esfuerzo de renovación que debemos emprender es ante todo un esfuerzo espiritual, un esfuerzo interior de todos los miembros de la Comunidad. Evidentemente, ese esfuerzo se apoya y materializa en formas externas de las que cada una de nosotras es responsable. Pero convenzámonos bien de que si cambiamos las formas sin reavivar y ahondar en su espíritu, llegaremos sencillamente a catástrofes.

Con frecuencia he citado esto porque me impresionó mucho. Un religioso —se trataba de religiosos no sacerdotes— me dijo: nosotros teníamos unas oraciones de la mañana y de la noche, otras para rezar a lo largo del día parecidas a las de ustedes (nosotras no habíamos cambiado todavía .las nuestras), y creíamos que era absolutamente necesario hacer algo distinto. En el Capítulo general, se tomó la decisión de adoptar el rezo del Oficio Divino: se dio un breviario a todos los hermanos y empezamos a rezarlo. Al cabo de tres o cuatro meses, cuando quisimos hacer el balance de la operación, nos dimos cuenta de que era negativo. Los hermanos se habían formado durante su noviciado en el rezo de las oraciones anteriores, durante todo el tiempo de su formación posterior, durante todos los años de su vida religiosa, se habían ido creando en torno a aquellas oraciones hábitos espirituales; por ejemplo, al rezarlas, renovaban su contrición, su propósito de acusarse delante de Dios y .los hermanos… etc., y de golpe, todos aquellos hábitos o costumbres habían quedado suprimidos, sin que se les ayudara a tomar o crear otros nuevos en torno al Oficio divino, y esto creaba una situación bastante grave. Me decía: si ustedes hacen lo mismo que nosotros, ¡tengan cuidado!

Me vino muy bien porque siempre es bueno que unos se aprovechen de la experiencia de otros. Es lo que hay que hacer.

En este momento, tenemos muchas cosas que cambian en nuestra manera de actuar. Hemos cambiado nuestras oraciones, hemos cambiado un poco nuestras prácticas de penitencia, cambiamos la forma de hacer el retiro mensual y un poco la de los Ejercicios anuales.

Todo esto se puede tomar de dos maneras. Se puede considerar como relajamiento: ¡qué bien! ahora está permitido. Se suprime tal cosa que nos costaba, se puede hacer tal otra que hasta ahora estaba prohibida… Esto es muy peligroso, porque pueden estar ‘seguras de que al suprimir algo que era costoso o al autorizar algo que estaba vedado, nunca, nunca es en función de un alivio, ¡nunca! Siempre es con un fin de poder profundizar más y de dar mayores posibilidades de vida espiritual. No estamos aquí, no nos hemos dado a Dios para volver a caer en costumbres que eran puramente mundanas y que debilitarían en nosotras el vigor del don a Dios y de la vida religiosa. Hay en la vida de las religiosas algo que tiene que permanecer y ser distinto a la vida de los seglares. Les cito a ustedes lo que dijeron últimamente dos muchachas de 28 y 30 años. Hablaban de unas religiosas que habían hecho estudios con ellas y decían: ¿qué hacen más que nosotras? Rezan, nosotras también; estudian, nosotras también; se comportan como nosotras, no mejor; hablan como nosotras, no de modo distinto; tienen las mismas distracciones que nosotras. ¿Por qué son religiosas?

Tenemos que dar marcha atrás. O mejor, no; no es dar marcha atrás, es dar marcha adelante y más alto. Si en el momento actual, la vida religiosa se deja llevar a perder su sabor, como algunos de sus enemigos o algunos inconscientes quisieran persuadirla, ¿qué ocurriría? Ocurriría, ocurrirá, que las órdenes actuales caerán; es normal: el Señor permitirá que caigan, porque ya no servirán para nada. Si no somos ya sal de la tierra, no tenemos razón de ser: el Señor nos dejará desaparecer. Y como Dios sigue dirigiendo su llamada a las almas, un día u otro surgirán, se alzarán fundadores que creen órdenes religiosas para hacer revivir el gran ideal religioso de siempre: la consagración a Dios en toda su pureza, en toda su verdad.

No quiere esto decir que haya que encerrarse en cosas tontas y estrechas; de ninguna manera. Pero lo que hace falta es que en las amplitudes necesarias, en esa cercanía a los demás que debemos buscar también tengamos siempre presente la finalidad sobrenatural, el hacer más hondas nuestras relaciones con Dios, la mayor facilidad para nuestra misión apostólica.

Si me dicen ustedes: de todas formas, hay cosas que nos alivian, cosas que se presentan con un aspecto de mayor amplitud, les contestaré que sí. Bien sabe Dios que con todo mi corazón y toda mi alma deseo que las Hermanas lleguen a tener, por lo rnenos una vez a la semana, un tiempo de verdadero descanso, un tiempo del que puedan disponer para arreglar sus cosas, para leer un poco si lo desean, para orar más si están ávidas de ello, incluso sencillamente para dar un paseo en un jardín o salir para algo necesario. Estoy completamente de acuerdo con todo esto; pero en ningún modo lo considero como un ocio de tiempo seglar, o un día de vacación que va a consistir en dejarlo todo. No, de ninguna manera. Lo considero como un tiempo de descanso necesario, para que los nervios se rehagan, para que el espíritu se calme, para que el corazón se tranquilice: el corazón físico y a veces el moral; como ese descanso que requiere el equilibrio de nuestra vida religiosa y nuestra vida sobrenatural; nunca para dedicarlo a zascandilear. Sería muy grave. Claro que todo procede del motor profundo que dirige nuestra vida. No habría necesidad ni de decirlo, porque cae por su propio peso: o somos de Dios o no lo somos. Es cuestión de verlo.

En ese sentido es como tienen que razonar todas las adaptaciones, todas las facilidades, y ayudarse unas a otras a comprenderlo.

Hay una expresión que no me gusta. Es cuando se dice: «ahora, tenemos derecho a hacer esto o aquello». No se trata de un derecho. ¡Nunca debemos razonar a partir de derechos! Es un deber que tenemos de hacer tal cosa; lo que es muy diferente, completamente diferente.

Por ejemplo, antes, nunca, por nada del mundo, volvíamos a casa de nuestra familia. Era una costumbre adoptada por la mayor parte de las congregaciones. Actualmente, dentro de los límites que se fijarán de forma bastante concreta, se autorizará visitar a la familia, por supuesto, con motivo de algún sufrimiento, de algún luto; incluso también de alguna alegría. Pero habrá que atenerse a puntos muy concretos, porque tampoco en esto se trata de un derecho: no es una vacación que reclamar, no es nuestro caso. Las cosas no habrán de ‘verse bajo ese aspecto. Lo que tenemos es un deber, como las demás personas, de cumplir el cuarto mandamiento, lo que es otra cosa del todo diferente. Nuestras visitas a la familia tienen que hacerse en ese plano del cumplimiento de un deber, las visitas y las estancias. Nunca será una estancia completa; cuando vamos por un día o dos, pernoctaremos en una casa religiosa o en casa de las Híjas de la Caridad. Cuando permanezcamos durante un día con la familia, no tenemos que olvidar que somos religiosas. Hay un carácter imborrable en nosotras. No es nuestro ideal adaptarnos de nuevo a la vida seglar, que no es la que hemos escogido, que no es, sobre todo, la que el Señor ha querido para nosotras.

Algo por el estilo hay que decir a propósito de los retiros. Es mi gran deseo que se llegue a hacer el retiro del mes completamente descargada del oficio, que en cada casa las Hermanas puedan o bien hacer el retiro en pequeños grupos o bien solas. En alguna casa, la Hermana Sirviente ha podido llevarse a la mitad de sus compañeras a hacer el retiro a otra casa cercana, y otro día, volver con la otra mitad, lo que le daba ocasión para hacer dos retiros, cosa excelente para ella, ya que tiene doble necesidad de santificación. Pero, en fin, no todo el mundo puede hacer eso. No vayan a echarle en cara a su Hermana Sirviente que no lo haga, si la pobre no puede. En otras comunidades, ya porque son poco numerosas, ya porque lo han encontrado más práctico, las Hermanas han salido a otra casa a hacer el retiro, de una en una o dos o tres, o sin moverse de su casa, pero aislándose por completo.

En esos casos, tienen una resposabilidad suplementaria: la de hacerse cargo de su retiro y hacerlo bien. Tienen que saber aprovechar la libertad y la responsabilidad que se les dejan para escoger la lectura o para distribuir el tiempo de la forma que más les agrade, con miras a hacer lo mejor posible el retiro y no para permitir a su imaginación que se dedique a soñar, que se desvíe por todas partes y que el resultado sea no hacer retiro.

Si se ha dado más amplitud en cuanto al horario, es para permitir mayor densidad personal. El fondo de la cuestión es ese: lo que pretendemos es que cada Hermana haga un esfuerzo personal más grande, pero evitando una especie de carrera que deje sin aliento. Ese quedarse sin aliento que se producía corriendo de un ejercicio a otro, quita toda posibilidad de reflexionar y no da ningún resultado. Reflexionando sobre esto, en el Consejo, nos hemos dicho que la forma en que hasta ahora se hacía el retiro no permitía alcanzar su finalidad. Ante eso, no hay vacilación posible, es necesario cambiar la forma. Así es como razonamos y sí se lo comento a ustedes es para que, cuando se vean ante las fichas del consuetudinario, ante cualquier facilidad ahora concedida, lleguen ustedes a captar su sentido profundo, espiritual; y a comprender la finalidad por la que se ha decidido aquello.

Al entregar así su vida a algo que no es una disciplina, sino una sumisión amorosa de todo su corazón, de todo su ser, de toda su alma a Cristo, a quien buscan, a Cristo, que debe estar cada vez más presente en ustedes, no crean haberse entregado a algo triste, moroso, duro de llevar. Hago una llamada a todas ustedes, las que están aquí presentes: a partir de su experiencia de vida, echen una mirada atrás y pregúntense, ¿cuál ha sido el momento más feliz de esa vida suya? Es cosa que puede hacerse de vez en cuando: preguntarse cuál ha sido el momento más feliz de nuestra vida. Pues bien, el momento en que hemos gustado la dicha más perfecta, es aquel en que más nos hemos privado de todo lo que no es El. Es cosa segura. Tengo por cierto que si les fuera preguntado a una tras otra, me responderían lo mismo.

Por lo general, en una vida de Hija de la Caridad, los momentos más llenos, más profundamente de Dios, los más felices son los de un cambio de destino. En ese rnomento, hay un corte en nuestra vida, sí un corte. El «dejarlo todo» de nuestra juventud, hay que renovarlo en un momento en que una se había «recreado». Es cierto y es completamente normal que una vuelva a crearse en la casa en que esté destinada lazos del corazón, del espíritu, lazos de abnegación; que una vuelva a hacerse un ambiente en que se complace, en el que se halla a gusto de manera completamente legítima. Es de desear, y el Señor lo quiere así. Pero el Señor lo quiere así hasta el momento en que El habla y nos pide que lo dejemos. En ese momento, creo que hay que repetir, y de manera mucho más meritoria, aquel dejarlo todo en que consentimos al empezar. Y en ese momento, se es feliz, son los momentos más plenos, más sobrenaturalmente entregados a Dios, en los que se siente una verdaderamente libre, en los que se goza de una libertad total. Pienso que es uno de los grandes beneficios de nuestra vida de Hijas de la Caridad.

En los monasterios —y ésta era una idea muy gustada por nuestra buena Sor Chesnelong—… Solía decir: Ya saben ustedes, las religiosas, las carmelitas, benedictinas, escogen su monasterio y, cuando están en él, allí se quedan hasta la muerte. Una Hija de la Caridad, no. Vivimos bajo la tienda, puede decirse; por la mañana tenemos que estar prontas a marchar por la tarde; al hacer la cama tenemos que decirnos: quién sabe si me acostaré aquí esta noche…

Era la virtud auténtica, viril, de antaño. Pero en todo caso, es cierto. Cuando se vive en esa disposición no es que no se sufra, se puede sufrir, sentir el sufrimiento y de manera muy aguda, pero se experimenta también una alegría que penetra todo el ser y nos aporta mucho más que lo que imaginamos al venir a la comunidad.

Estas son las sencillas cosas que quería decirles. Nunca se acaba de hablar de ellas Continúen ustedes mismas diciéndoselas delante de Dios, a lo largo de este año que empieza para ustedes. Cada uno de nuestros Ejercicios espirituales marca un hito en nuestra vida, un año nuevo. Para nosotras, el año espiritual empieza cuando terminamos los Ejercicios; entonces da comienzo un nuevo período. Traten, pues, a lo largo de este año, de vivir en esa disposición interior que las lleve a ahondar todas estas cosas, a buscar la voluntad de Dios a través de todo, y yo les garantizo que saborearán la alegría perfecta.

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