Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, abril de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Seguramente ya saben Vds., Hermanas, que el 30 de junio próximo Nuestro Santo Padre el Papa va, no a promulgar porque ya lo están, pero a declarar la puesta en vigor de todos los textos conciliares, las diferentes Constituciones, Decretos, etc. Es decir, que, a partir de ese día 30 de junio, que es a la vez el aniversario de su coronación, estos textos serán obligatorios y nos comprometerán en conciencia por cuanto se refieren a la doctrina y aún a la disciplina. Tenemos, pues, que corresponder, ponernos en condiciones de responder de manera satisfactoria. Desde hace unos meses, las comisiones conciliares, han pasado a ser comisiones postconciliares Su cometido es estudiar la aplicación, la puesta en vigor del contenido de los decretos en cuestión. Es preciso dar normas prácticas, cuando dichas normas han de extenderse a todo el universo y a países de situaciones totalmente diferentes.

En febrero último, reunidas en Roma, unas cuarenta Superioras Generales, a instancias de la Santa Sede, estuvimos estudiando la forma de aplicar el decreto sobre la renovación de la vida religiosa. Ahora nos toca llevarlo a la práctica. La renovación de la vida religiosa, no es una palabra un tanto retumbante de la que se habla pensando mucho más en los demás que en una misma. La renovación de la vida religiosa, para nosotras, se presenta de dos maneras: primero, por la renovación de la Compañía en sí, de la Compañía de las Hijas de la Caridad; segundo, por una participación tan leal y sincera como sea posible en los trabajos que se están efectuando en el plano general de las religiosas. De modo que ya ahora se dan las dos partes, la personal y la de gran Comunidad ensanchada como podríamos llamar a la vida religiosa en la Iglesia y en el mundo.

No sé quién decía —yo creo que era Juan Guitton: «Los Obispos llegaron al Concilio como Obispos y salieron de él sabiendo que en la Iglesia de Dios eran: el Episcopado». Los Laicos llegaron también al Concilio, no muy numerosos; fueron .asistiendo a las sesiones empezando por creerse laicos, y, cuando terminó el Concilio, habían tomado conciencia de que eran: el Laicado. Otro tanto podría decirse de la vida religiosa. Desde siempre, desde hace siglos, cuando se hablaba de religiosas se pensaba siempre en Congregaciones, en plural, es decir, en entidades particulares que apenas tenían puntos de contacto y que no se presentaban como algo constituido corpr,rativamente en la Iglesia. Ahora la noción de «Congregación», pluralidad de congregaciones, cede el paso poco a poco a la noción «vida religiosa». Ya sea en el plano local, de la parroquia, en el plano diocesano o en el nacional, son siempre las religiosas del lugar de que se trata, las que acuden, no a título de una congregación particular, sino a título de las «Religiosas al servicio de la Iglesia», a insertarse en el trabajo de la pastoral, es decir al trabajo de la Iglesia.

Tenemos que tener conciencia de esas dos dimensiones: la primera dimensión personal: nosotras, la Compañía; la segunda dimensión comunitaria o corporativa: la vida religiosa. Somos responsables de ambas, llevamos conjuntamente esas dos responsabilidades. Cuando por el hecho de las circunstancias… nombramiento por parte de los Superiores… se nos lanza una llamada y se nos designa para trabajar en una reunión de religiosas, hagámonos conscientes de ese trabajo de Iglesia que se nos ha encomendado. Podemos, pues, decir actualmente que en pos de la Iglesia, la Compañía de las Hijas de la Caridad, nuestra Comunidad, está obligada a ponerse en estado de renovación y de renovación total.

La renovación es una palabra fácil de decir, ¿no es cierto? Al principio se dijo adaptación de las Concregaciones. Pero pronto se vio que la palabra «adaptación» era errónea. La adaptación es un reajuste a las circunstancias. Y esto puede llevar muy lejos. Puede ser muy bueno y ser muy malo. Es un arma de dos filos. La adaptación no es más que una parte de la renovación, no puede ser otra cosa que fruto de la renovadón, de una renovación bien hecha. Adaptarse es lo propio de quien no tiene espina dorsal y puede plegarse, doblegarse a todo, lo que no está bien ni es bonito. Necesitamos personas que tengan una Fe verdadera, convicciones, algo tónico.

¿De qué se trata, pues, cuando se habla de Renovación? ¿Es acaso de buscar algo estrictamente original? ¿estrictamente insólito? ¿de hacer tabla rasa del pasado y de llegar a una transformación radical? Podemos contestar enseguida: ciertamente que no. No es eso lo que la Iglesia pretende. Lo que la Iglesia quiere —y nosotras debemos querer cón ella— es encontrarse a sí misma, volver a la lozanía de su juventud, a su primitiva belleza. Esto que estoy diciendo sería un poco herético si se aplicase estrictamente a la Iglesia. Sin embargo, así se ha expresado el Concilio y es lo que ha dicho también Pablo VI en su Encíclica «Ecclesiam Suam» Que la Iglesia se engalane para su Esposo, que encuentre o vuelva a encontrar, en aquellos puntos en que había desfigurado un tanto, aquella belleza virginal, aquella pureza, aquella semejanza con aquél con quien se ha desposado.

Y esto mismo tenemos que hacer nosotras también. En nosotras, precisamente, recobrará la Iglesia su belleza, su pureza, su unión con su Esposo. La Iglesia no es algo intangible, una idea o un mito, un pensamiento, una creación de la mente. La Iglesia somos nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo, reunidos en Iglesia. Y tenemos, en lo que nos concierne, para que la Iglesia realice su trabajo, que ser o volver a ser lo que somos.

En una de las últimas ceremonias del Concilio se dijo una palabra que me impresionó mucho. Esa palabra es una oración que rezó el Papa después de la petición de perdón oficial hecha por todos los Padres Conciliares Los periódicos no hablaron de ella. A los periódicos les suele interesar más el aspecto folklórico: la plaza de San Pedro atestada de gente, la Basílica llena, el abrazo al representante de Atenágoras. Este abrazo representaba, por ambas partes, una humildad profunda, un deseo de unión, un amor a Dios inmenso. Todo esto no lo explicaban los periódicos. Se habló poco también de esa ceremonia de la petición de perdón. Todos los Padres Conciliares se pusieron de rodillas, en la Basílica, permanecieron en un silencio total durante algunos minutos y en seguida se unieron a la petición de perdón pronunciada por el Santo Padre por todos los pecados cometidos durante el Concilio contra la humildad a que hubieran podido sentirse arrastrados al creer defender la verdad. Somos humanos, llenos de flaqueza, y aun con las mejores intenciones, al creer que defendemos la verdad podemos estar defendiendo nuestro propio pensamiento, al creer tratar de convencer al otro, demostrándole que sus argumentos no son exactos, estar atacándole a él personaltnente, lo que se opone a la caridad.

Los Padres Conciliares pidieron, pues, perdón. A continuación, a una insinuación del Santo Padre, se díeron el beso de paz. Fue muy hermoso. Terminada la ceremonia, el Papa les dijo: «Lo que habéis visto aquí, id a aplicarlo a vuestras diócesis. Ahora os envío, partid llenos del Espíritu Santo, iluminados por sus luces, id a derramar la Verdad allá donde Dios os ha establecido, en la Iglesia que El ha confiado a vuestros cuidados». Y terminó con una hermosísima oración. No tengo aquí el texto, pero en sustancia decía esto: «Oh Dios que nos has hecho Pastores de tu rebaño, concédenos llegar a ser lo que pretedemos ser». Ya ven qué hermoso, qué humilde, lleno de deseo de verdad y de caridad.

Pienso que todo el trabajo de renovación espiritual que debe llevarse a cabo en la Comunídad está contenido en estas palabras: concédenos que lleguemos a ser lo que pretendemos ser, lo que en realidad somos en la voluntad de Dios, dicho de otro modo, en nuestra vocación. Lo que pretendemos ser, es decir, Hijas de la Caridad. Estamos ya acostumbradas a este nombre y se nos escapa un poco su contenido, lo que forma su esencia profunda, lo que le convierte —digámoslo sin inconveniente— en el más hermoso de todos los nombres. Lo digo no por metáfora ni por un movimiento de vanidad: no nos lo hemos dado nosotras, sino porque verdaderamente no puede haber un nombre más bello, más significativo, más evocador que el de Hija de Caridad que, según San Vicente, quiere decir: Hija de Dios.

Deberíamos de vez en cuando dedicar una de nuestras oraciones a nuestro nombre y preguntarnos: ¿Soy verdaderamente Hija de la Caridad, Hija de Dios? Cada uno de mis pensamientos, de mis reacciones, de mis actitudes, cada una de mis oraciones con los demás, ¿emanan verdaderamente de la caridad? Hija de la Caridad; cuando se es hija de alguien, lo es una en todos los aspectos de su vida. Pues bien, para ser Hija de la Caridad, es menester que todo lo que somos, todo lo que hacemos o decimos, todo lo que sale de nosotras, tenga su base, su apoyo, su fuente en una caridad verdadera.

Hija de la Caridad podría también significar Hija del Evangelio. La caridad nos lleva a lo que constituye la esencia del Evangelio: a la pobreza en la humildad, a la pureza que es verdad, a la sencillez… a la caridad, en una palabra. Nuestras tres virtudes fundamentales forman un todo. No se puede considerar una de ellas sin abarcar al mismo tiempo a las tres. Pues bien, no seremos Hijas de la Caridad si no vivimos en verdad, en humildad, en pobreza, en sencillez.

Todo esto es el fruto; con los valores de base de la caridad, que en nosotras debe ser ante todo interior. Se ha hablado mucho (y con toda razón) de la caridad mutua: fue la última preocupación de Santa Luisa en su lecho de muerte. En su corazón de madre, en su alma de madre y de santa, había concebido la Compañía de las Hijas de la Caridad: «Amaos las unas a las otras». Se nos ha exhortado con frecuencia y en todos los tonos, no sólo en la Comunidad… sino desde fuera de ella a practicar esta caridad mutua, que constituye el testimonio evangélico por excelencia, el testimonio de la caridad que nos une y nos hace obrar de una misma forma, que nos hace pensar fraternalmente unidas, que nos hace ayudarnos las unas a las otras.

Se nos recomienda: Manifiesten esa caridad, tengan el sentido de la acogida… Tener el sentido de los demás, respetar a nuestras compañeras, respetar a nuestros Superiores. Por ejemplo, tenemos que saber acoger con una sonrisa a los que acuden a nosotros. Todo esto es excelente… pero puede existir sin ser verdadera Caridad. Cierta fortaleza de carácter, un sentido de los buenos modales y de la buena educación —que podría ser vanidad y hasta orgullo profundo— podría producirlo. Sí, se puede llegar a ello con fuerza de voluntad y con un carácter no demasiado malo Pero eso no es caridad, ahí no está la caridad. La caridad es nuestro pensamiento profundo; no lo olvidemos y pongamos en ello nuestra constante atención.

Pienso que esta caridad interior debe ser la primera fase de nuestra renovación; bueno y también la última y la de en medio. Esta renovación de nuestra caridad interior tiene que ser nuestra actividad continua. ¿Soy caritativa en mis pensamientos? Si alguien acude a mí, no me basta con dirigirle una palabra bondadosa, tengo que considerarla en la caridad en el fondo de mi alma, en mi pensamiento, como Dios la considera en su amor. Si al ver que se me acerca alguien me digo interiormente: ¡ya está aquí esta persona insoportable!, podré hacerle después las sonrisas que quiera, pero en mí no ha habido caridad. No es así como nos mira el Señor. Creo no equivocarme al pensar que, aún cuando hubiéramos cometido faltas graves, al vernos acudir a El, Dios no dice: «aquí está esta Hermana infernal a la que no puedo soportar». No, no dice eso. Nos mira con su mirada de Salvador que nos ha redimido, derramado toda su sangre por nosotras; nos mira como el que nos ama.

Nosotras también, consideremos nuestras disposiciones interiores hacia las personas que acuden a nosotras. Estas son las disposiciones en las que tenemos que trabajar. Si, por la gracia de Dios y de la Virgen Nuestra Madre, nos pusiéramos todas hoy a trabajar en profundidad, con perseverancia, en este plano de la caridad interior, estoy persuadida de que, en el espacio de dos o tres años, nuestra renovación espiritual, y nuestra renovación total estarían realizadas para el mayor bien de la Iglesia de Dios.

En ese sentido ‘es en el que tenemos que unirnos. Unirse no quiere decirse estar intercambiando siempre pensamientos que no hay rnayor necesidad de comunicar. No, es sostenernos mutuamente en la búsqueda de una caridad verdadera que, ya lo hemos visto, empieza en lo interior. Después, lógicamente, tiene que traducirse al exterior. Pero entonces será cuando nuestros actos y gestos serán sinceros. De otra forma, no lo son del todo.

Claro que tampoco es cuestión de decir: «como tengo poca simpatía hacia esa persona que no me agrada, tengo que ser desagradable con ella, para así ser sincera». No, eso no es ser sincera ni estar en la verdad. Sería un enorme error pensar y hablar así. Ya que no seamos dueñas todavía de dominar nuestros sentimientos interiores, empecemos al menos por el acto de voluntad de dominar los exteriores, diciéndonos: «tengo que llegar a conseguir que estas manifestaciones respondan a una postura interior de verdadera caridad». Y entonces, precisamente, nuestros gestos llegarán a ser reales y auténticos. Así también viviremos en la presencia de Dios.

Cuando se dice: «Estamos haciendo» o «vamos a hacer la presencia de Dios…» parece que la cosa se pone en duda. No me gusta esa expresión. En cambio, lo que no debemos de hacer es cansarnos de ponernos «en» la presencia de Dios. Tenemos que tener una disciplina de vida espiritual. En estos momentos se tendería a ser un poco anárquicos —aún en la vida espiritual. Con el pretexto Cle ir a Dios espontáneamente, en libertad— lo que no cabe duda que es bueno ya que no se siguen— normas; ya no se impone uno ningún reglamento o estructura. Es un error formidable. Somos de tal naturaleza que nuestra voluntad, nuestro pensamiento, nuestra inteligencia no son capaces de mantener de continuo actos que se encadenen unos a otros. Nuestra voluntad, nuestro pensamiento, nuestra inteligencia y nuestro deseo de ir a Dios necesitan que nos impongamos normas a nosotros mismos en las que pueda apoyarse y desarrollarse nuestra vida espiritual.

Ponerse en la presencia de Dios, así, de manera regular, cuando da la hora, no es una práctica infantil. Supone un buen dominio de sí. Cada vez que da la hora, se reafirma esa voluntad, esa resolución que hemos tomado por la mañana. Volvemos a confirmarla.

La forma o fórmula para ponerse en la presencia de Díos, de suyo, no tiene mayor importancia. Es cierto que en el conjunto de nuestra vida de Hijas de la Caridad son muy pocas las que pueden rezar una fórmula de la presencia de Dios, todas las horas, al sonar el reloj. Ya hemos pensado en ello, y en los libritos de preces que recibirán Vds. dentro de tres semanas o un mes, encontrarán un acto muy corto, muy sencillo, para ponerse en la presencia de Dios, que les permitirá ponerse en contacto con el Señor mentalmente y de forma muy rápida. «Dios mío, creo en Vos, aumentad mi fe; espero en Vos, afirmad mi esperanza… etc.». Es corto pero lo dice todo. Permite ese acudir continuo al Señor, ese sumergirse en la vida —que ahora se llama mucho teologal—, pero que sencillamente quiere decír vida en Dios, basada en Dios, apoyarse en Dios.

No tenemos que dejarnos arrastrar por toda esa corriente de materialismo y de duda, una especie de riada que arrastra hoy a gran parte de la humanidad y la separa de Dios. Nuestra vida tiene que estar basada en Dios. Un día impulsadas por su gracia, respondiendo a su llamada, centramos esa vida nuestra en El. No podemos olvidarlo. Por lo demás ya lo habían hecho antes en nuestro nombre, al darnos el Bautismo que nos señaló con el sello cristiano, el sello de Cristo. Y desde entonces estábamos reservadas para Dios; nuestra vida no podía desarrollarse más que en El, a menos de mentírse a sí misma

Mantengamos, pues, esa decisión de nuestra vida con el esfuerzo de nuestra voluntad… pongámonos de continuo en manos del Señor… Todo lo demás es «Nada». Seremos mentiras vivas si no vivimos en Dios. Es grave porque es malograr nuestra vida. Porque hacemos que la Comunidad se «frustre» de lo que debe de ser. Porque dejamos de responder a la voluntad de Dios sobre nosotras y defraudamos a los que nos miran para que, al vernos, les ayudemos «a dirigirse ellos también a Dios.

Ayer mismo hablando con alguien que había trabajado en el pleno conciliar, decía yo: el Concilio ha situado bien la vida religiosa en la Iglesia. Es una gran alegría. Dos cosas se han logrado por el Concilio en el plano de la vida religiosa: su realidad teológica, es decir, su unión total a la persona de Cristo, y su lugar en la Iglesia.

La vida religiosa es verdaderamente la prolongación de la persona de Cristo, ésta es su razón de ser, no tiene otra. No hay que hacer para demostrarlo grandes consideraciones: se es religiosa porque se ama a Cristo. Se da una a El, porque se quiere prolongar su vida en la tierra. Esto lo ha señalado el Concilio.

También han quedado bien definidos los religiosos y religiosas con relación a la Iglesia, situados en la Iglesia. Es voluntad formal del Concilio afirmar que la vida religiosa es un tesoro de la Iglesia. No puede desenvolverse más que dentro de la Iglesia y responde a las necesidades de la Iglesia.

Quedan definidas nuestra relación con Cristo y nuestra relación con la Iglesia. No así, o por lo menos no tan bien, nuestra relación con el mundo. No ha quedado dilucidada. Probablemente será el trabajo que competa al Vaticano III. No estaremos presentes, ni Vds. ni yo. Sin embargo hay algunas alusiones en ciertos pasajes. Hay que saberlo descubrir. Se habla de ello en el decreto de las Misiones; apenas en el de los laicos. Y sin embargo, el apostolado de los laicos introduce en seguida entre sus consultores a religiosos, lo que tiene gran importancia. En el esquema XIII de la Iglesia en el mundo, también se nombró a algunos religiosos como consultores.

Esta inserción en el mundo va a crecer en nosotras y exigirá de nosotras que seamos mucho más religiosas que antes. Porque unirnos al trabajo de las personas del mundo y dar entre ellas el testimonio de religiosas, no quiere decir conformamos con el mundo, adaptarnos a su estilo, volver a ser, simplemente, mundanas como una especie de ser híbrido que no sería ni religiosa ni seglar, y que pasaría por el mundo con toda clase de facilidades recuperadas. Esto es un profundo error. A partir de tal momento, la vida religiosa estaría condenada; perdería su carácter distintivo.

Puesto que estaremos destinadas a trabajar con los laicos, a insertarnos en organismos del mundo, tendremos que ser mucho más religiosas, con principios y convicciones profundas, con una disciplina de vida extremada. San Vicente fue el primero en lanzar unas jóvenes en medio del mundo en un momento en que aquello parecía una revolución… y hasta un desatino. San Vicente, pese a su humildad, ha sido quien nos ha dicho: «tenéis que ser dos veces más virtuosas que las religiosas». Las religiosas de aquél tiempo estaban todas confinadas en los daustros.

Pero yo les digo: Tenemos que adquirir bases interiores de virtud y tener el hábito de una unión con Dios tal que, frente a cualquier circunstancia, demos y sepamos encontrar, en esa relación continua con el Señor que habita en nosotras, en esa caridad interior que débe ordenar todas nuestras relaciones con los demás sepamos encontrar la nota justa. No es la Hermana comida del deseo de exhibirse fuera la que puede ir a trabajar en un organismo exterior; podrá hacerlo, por el contrario, aquella otra, que siendo profundamente de Dios, apoyada sólo en El, le llevará dondequiera que vaya.

Actualmente, cuando toman Vds. parte en algunos congresos. o cursillos, se les autoriza a tomar las comidas con los participantes en dícho cursillo o congreso. Se encuentran sacerdotes, laicos, religiosos. Su Visitadora puede darles dicha autorización —no deben hacerlo por su cuenta sin haber pedido el permiso—. Si son Vds., por ejemplo, de las que dan la ímpresión de que se están aprovechando de la comida que les sirven (hay que tener valor para decir las cosas), se exponen a crear un malestar, Aun los que parezcan aprobarlas, los que acaso les digan: «¡Qué bien! Vds. están al día. Las felicito. Da gusto alternar con Hermanas así». Esas mismas personas se marcharán con un mal sabor de boca. No hay necesidad de hacer el ridículo. Si. les ofrecen algo, lo toman sencillamente y ya está. No hay más que decir. He admirado siempre a Nuestro Muy Honorable Padre. Le he observado en muchas circunstancias: le ofrecen algo, una copa de champán, por ejemplo; la acepta con la más amable de las sonrisas: «muchas gracias». La tiene en la mano acaso diez minutos… y luego la vuelve a colocar en la mesa. Sin haberla bebido pero sin haber llamado la atención. Tiene una forma muy sencilla y muy discreta de presentarse.

Hay quien dice: Tenemos derecho de alternar con los seglares; tenemos derecho de esto, de lo otro. En primer lugar, no se trata de derecho. No hay ningún derecho y sí algunos deberes. Lo que es muy diferente. No se tiene nunca derecho de tomar lo que se ha dado. Cuando nos consagramos al Señor, ya cuando vislumbramos nuestra donación, renunciamos a todos aquellos derechos que teníamos, derechos que eran legítimos. Renunciamos a gozar de los bienes de corazón, de los bienes materiales, a disponer de nuestra vida según nos dictara nuestro pensamiento. Renunciamos a todas esas cosas. Y aceptamos abrazar una vida mortificada en Cristo. Seamos lo que somos. Nunca lo somos plenamente. Se continúa adquiriendo ese ser, se llega a serio, poco a poco, de renuncia en renuncia y de victoria en victoria.

Como el Señor quiere recuperarnos, por decirlo así, nos envía algunos remordimientos. Entonces, no estamos a gusto, tenemos mal humor. Es que sabemos muy bien que no somos lo que debernos ser. Si, por el contrario, un buen día nos decidimos: ya está, de hoy no pasa, hoy lo dejo todo (bueno, ese «lo dejo todo» tendremos que renovarlo a medida que surjan las circunstancias, tendremos que mantenerlo con esfuerzo); pero ese día nos llenamos de felicidad. En ese día verdaderamente, la alegría empieza a invadimos, en profundidad, se abre en nosotras porque hemos conseguido ser nosotras mismas. Estamos de acuerdo con Dios; estamos en la verdad, en la caridad.

Habría un grandísimo peligro en cambiar las formas, en dar amplitudes y posibilidades en nuestras relaciones con el mundo (insisto mucho en ello), sin reavivar, sin profundizar el sentido que tenemos de nuestra vocación, de la llamada que hemos recibido del Señor, de lo que tenemos que ser en plenitud. Sería, créanlo, una catástrofe. Más valdría a pesar de todo quedarnos replegadas en nosotras, aun cuando fuera morir poco a poco, que irnos a falsificar fuera la imagen de lo que tiene que ser una religiosa. Pongamos gran cuidado a cada una de las modificaciones que se introduzcan en nuestra vida de Comunidad.

Hasta ahora son pocas las que hemos hecho. Es decir, hay un cambio sustancial en nuestra vida, el de nuestro rezo por la mañana y por la noche. Es, creo yo, el cambio más importante, el que puede tener mayores repercusiones en nuestra vida espiritual. Si les parece, vamos a tomarlo como modelo de lo que debe ser nuestra acogida a las diferentes modificaciones que se vayan sucediendo. Vamos a ver cómo debemos recibir esas transformaciones, ya ligeras, ya importantes que se nos vayan transmitiendo por medio de circulares o por las fichas del consuetudinario.

Hemos dejado de rezar nuestras antiguas plegarias. Empezamos el rezo de Laudes y Completas, ¿acaso de no muy buena gana? No, en general, no. Se ha acogido incluso con alegría, pero, hay que decirlo, a veces con una alegría que no era de buena ley. Signifícaba un poco: «Por fin, nos vamos modernizando». Quizá exagero, aunque pueda que no mucho. En el conjunto ha habido alegría, pero verdadera. Creo que la gran mayoría de las Hermanas está penetrada de esa necesidad de buscar las fuentes de su vida espiritual en la Sagrada Escritura, y por eso pienso que ese deseo ha hecho acoger bien el rezo de Laudes y Completas.

Les hablo de esto porque una Comunidad masculina me ha dicho: «hemos dejado nuestras antiguas plegarias y hemos adoptado el rezo del Oficio divino, pero no hemos sacado ningún provecho espiritual, porque la cosa no se había preparado. Entonces los espíritus no se han esforzado por buscar el alimento espiritual en el nuevo rezo. Teníamos costumbres espirituales arraigadas en las antiguas fórmulas. Se tenía, por ejemplo, la costumbre de renovar los sentimientos dé contricción al llegar a tal pasaje. En otro se afianzaban sentirnientos de humildad, más allá se reavivaba la fuente de la caridad… Eran costumbres que se remontaban a diez, o quince o veinte años de vida religiosa, que se habían cimentado en el seminario, en la preparación a los Votos, etc. Teníamos así como jalones o señalizaciones para guiarnos en nuestra vida espiritual. Pero se han suprimido y se ha adoptado un Oficio que nadie ha comprendido. Nos hemos puesto a rezarlo todos y el resultado ha sido perder lo antiguo sin haber querido nada con lo nuevo».

Tenemos que tener tnucho cuidado. No vayamos a dejarnos arrastrar por un rezo falto de atención sin tratar de penetramos de todo el sentido de Laudes y Completas. Tenemos, por el contrario, que encontrar en estas horas el alimento de nuestra oración mental. De costumbre rezamos Laudes inmediatamente antes de la oración y es cosa buena. Según nuestra disposición de cada día nos sentiremos atraídas por éste o aquel pasaje que responde mejor a nuestra disposición del momento. Tomemos punto de partida de allí, para hacer nuestra oración. Tratemos ante todo de ver cuál ha sido el objetivo profundo que se ha propuesto la Comunidad al adoptar este cambio, lo mismo que otros que pueda en lo sucesivo adoptar.

De paso les diré que cuando recen Laudes y Completas pongan cuidado en la misma recitación. Tenemos que llegar hasta el fondo de su sentido y alimentar con él nuestra oración. Está bien. Pero también tenemos que hacer una buena y bien entonada redtación, ordenada, disciplinada. La recitación del Oficio Divino es de suyo una alabanza al Señor. No ya sólo el alimento de nuestra vida espiritual, sino una alabanza. El Señor se ha preParado una alabanza eterna con el canto de los pájaros en la Naturaleza. Nosotras tenemos’ que ser conscientes de que la recitación bien ordenada del Oficio es de suyo una alabanza. Pero tiene que estar bien hecha. Si, por ejemplo, en una Comunidad de cinco o seis Hermanas, o induso en una como la de aquí, en estos días de trescientas o cuatrocíentas, una se dedica a empezar antes y otra a terminar después, no podrá resultar demasiado bonito. Yo pienso que el Señor tiene un oído musical y no le puede agradar semejante cacofonía.

No tenemos que salmodiar el Oficio. Somos Hijas de la Caridad y si dedicáramos demasiado tiempo al Oficio es probable que perdiéramos un poco el sentido de nuestra vocación. Pero de todas formas debemos poner cuidado en recitarlo bien. No lo salmodiamos, decimos, pero no desentonen con voz de falsete. Si todas están recitando en tono de Fa y una sale con una octava más alta resulta feísimo. No digo que distingan cada una de las notas con que hacen la recitación, pero tengan por lo menos un poco de oído para no desentonar demasiado. Que una recita un poco más alto o un poco más bajo, está bien, no tiene importancia con tal de que no se desafine. Esto es tener el sentido de los demás. El sentido de los demás abarca toda una serie de detalles, y en esta línea —fijémonos bien— la atención que ponemos es ya un acto de amor. Saben empezar, por ejemplo, todas al mismo tiempo, saben detenerse al final del versículo, todas juntas el tiempo suficiente… No digo que se detengan contando: uno, dos, tres, pero sí que marquen la pausa. Debe marcarse, forma parte del Oficio, de la recitación clara, distinta, ordenada, disciplinada. Todo esto son pequeños actos de amor, gestos de vida comunitaria, que se pueden hacer. No hay nada que más moleste en una Cornunidad que una que se destaca, que no se funde con las demás Si tienen alguna en su Comunidad que desentona de todas, sopórtenla, pero no sean ustedes así.

Hermanas, pongan toda su atención interior a todo lo que se les envía, ya sean las fichas espirituales de preparación a la oración, de comentario de la oración, ya lo referente a las prácticas de penitencia, a la regularidad, al silencio, o bíen las indicaciones sobre los locales de la Comunidad…, etcétera. Hagan oración delante del Señor para descubrir cuál es la finalidad espiritual por la que se han decidido unas modificaciones. Estén convencidas de que nunca se haría un cambio para dar mayor amplitud o mitigación. Aun cuando aparezca en ese sentido de dulcificación o alivio, siempre irá en función de una mira espiritual. Pero esa mira espiritual son sólo ustedes las que pueden conseguir que se logre. Si toman con ligereza el esfuerzo de adaptación de la Comunidad, serán francamente culpables.

Quisiera servirme de las mismas palabras de San Vicente: «No habría infierno bastante para una Híja de la Caridad que —él no se refería a las mismas cosas, pero era algo similar— hiciera disminuir la caridad y el fervor». Es preciso que se sientan todas y cada una responsables, parte importante en la puesta en práctica y en el éxito —ya comprenden en qué sentido digo esta palabra— del alcance espiritual profundo de cada una de las adaptaciones que se les vayan comunicando y que se les invite a adoptar.

Algunas podrán decir: «Yo sé muy poca cosa; a mí no se me escucha; no tengo autoridad; no desempeño más que un oficio insignificante; soy anciana; o bien, no soy inteligente…». Cualquiera que sea la situación en que se encuentren y su situación personal, no saben ustedes qué repercusiones tan considerables puede tener la conducta de una sola Hermana sobre toda la Compañía y aún sobre toda la Iglesia y sobre las personas que la rodean. Una santa, sin moverse de su rincón, transforma el mundo. Es necesario que sepan ustedes apreciarse en su justo valor. Esto no es orgullo, sino saber que el Señor espera de cada una un esfuerzo personal y continuo para esa renovación espiritual y profunda de la Compañía que la Iglesia nos pide.

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