Sor Rosalía Rendu (Desmet) 13

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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13. Preparación para una santa muerte

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía se sentía feliz, «más feliz que nunca», nos dice en una de sus cartas. Su casa era fervorosa. En su comunidad y en otras casas de la Compañía había algunas hermanas, parientes suyas, que actuaban con plena satisfacción de sus superioras. Se sentía feliz por aquel lote privilegiado que su familia y su pequeña patria le habían ofrecido a Dios. En medio de sus pruebas debía sentir que su vida había sido fecundada en buenas obras y que, después de su muerte, podría sobrevivir en aquellas jóvenes compa­ñeras que su ejemplo había traído de Confort a París. Se alegraba por ello y daba humildemente gracias a Dios, de quien procede todo don perfecto.

Cuando, al comienzo de sus jornadas, repasaba delante de Dios en la oración de la mañana todas las tareas con las que tenía que enfrentarse, to­das las almas que debería educar y conducir hasta Dios, desde los pequeños de la casa cuna y del asilo hasta los ancianos de su otro asilo, desde los enfermos y los moribundos hasta los jóvenes llenos de vida que venían a contarle sus esperanzas y sus fracasos, desde sus queridas compañeras tan fervorosas hasta las jóvenes de sus patronatos que ella tenía que preservar, educar y formar para la vida cristiana en el mundo, delante de todo aquel cuadro tan lleno de tareas que realizar, tenía muchos motivos para echarse a temblar. Pero había aprendido a dominar con admirable serenidad todos los trabajos y tareas, los agradables y los desagradables. Confiada en Dios, saldría al encuentro de todo aquello. Cada cosa a su debido tiempo y lugar, como Dios quiere y manda, y al final la jornada estaría completa.

Y así, día tras día, empezó a vislumbrar que se acercaba el fin. Sus cin­cuenta años de trabajo habían sido fecundos en obras y en servicios. Podía esperar presentar algunos méritos delante de Dios. La cosecha de grano fino sería desbordante y bien remecida. Al paso pesado de sus 60 ó 70 años, pero con el corazón ligero, podría presentarse ante san Pedro llevando un copioso tesoro: «Venientes autem venient cum exultatione, portantes mani­pulos suos». San Vicente y santa Luisa de Marillac estarían allí para son­reírle y para acompañarle con san Pedro ante Dios. Había servido bien; había trabajado mucho; había amado mucho a los pobres; y a todos ellos les había ayudado un poco a amar a Dios; podría esperar de él una buena acogida.

Pero todas las grandes vidas tienen también su lote de pruebas purifi­cadoras y santificantes. Dios se encarga de preparar a sus elegidos para que tengan una buena entrada en el cielo. Y preparó a sor Rosalía probándola en su salud y en sus más caros afectos.. Y el corazón de sor Rosalía, que había conservado toda su frescura, tuvo que sentir vivamente los golpes que caían sobre ella. El corazón de los santos conserva toda su ternura. Pero Dios los hace pasar por el corazón de Jesús, hace que penetren en él, bien hondo, para captar allí, en la más pura fuente del amor hermoso los sentimientos más puros, más tiernos y delicados.

Duelos en la calle de l’Epée-de-Bois

Dios probó a sor Rosalía en lo que ella más quería: sus compañeras. Las quería mucho, las había ido formando, les había comunicada su gran corazón. Se sentían felices en su casa, a1 lado de ella. Y he aquí que Dios le pidió un día el sacrificio de dos de sus hermanas. Su dolor llegó hasta el extremo. Escuchemos sus acentos. La carta va escrita a la madre superiora del «Buen Salvador», que tan bien sabía comprender a su alma: «Desde hace seis meses he tenido muchas penas y muchos sacrificios que hacer. Dos de mis queridas compañeras han fallecido después de largas y crueles enfermedades. Mi corazón se ha visto bajo el peso de la opresión. Ha que­dado destrozado bajo el peso de la cruz. Han sufrido mucho, con una resig­nación y una paciencia admirable. En medio de sus dolores gozaban de gran paz y de mucha calma. Han gozado de todas las riquezas de la iglesia y su gratitud para con Dios y para con todas nosotras nos ha impresionado sensiblemente. Sí, mi querida madre, he perdido a dos hijas santas. Mi co­razón ha sentido un poco de rebeldía contra la mano que nos afligía, pero tengo la confianza de que esos dos ángeles me alcanzarán misericordia. Rezarán por mí para que yo me esfuerce en imitarlas. Tengo esta confianza. ¿Verdad que usted rezará también alguna vez por nosotras, mi querida madre, usted que tanta compasión tiene de los débiles y de los enfermos de todas clases? Acuérdese de mí en sus fervorosos mementos. Sigo con la confianza de que me perdonará usted todas las molestias y preocupaciones que le doy. Su caridad es una segura garantía de su constante interés».

Después de esta cordial y emocionante expansión de un alma con otra alma capaz de comprenderla y de compartir con ella una prueba tan cruel, pasa a darle otras noticias y a tratar otros asuntos.

Pruebas en la casa. Sor Rosalía en el Arzobispado

Por aquellas fechas había también otra prueba muy dura que angustia­ba a las dos familias de san Vicente de Paúl. Y sor Rosalía, que andaba comprometida en ella, tuvo que enfrentarse con las dificultades con su valentía y su decisión acostumbrada, arriesgando toda su fama y su buen crédito en el asunto. Tenía por entonces 55 años; estaba en plena madurez, en perfecta posesión de su obra y -por así decirlo- de su poder. Y su reputación estaba sólidamente asentada.

Un superior general, el padre Nozo, había dado su firma para ciertos asuntos financieros que acabaron resultando ruinosos; ante aquella situa­ción, el procurador general, padre Etienne y otro padre paúl se creyeron obligados a intervenir para remediar el mal. Pero el asunto se hizo público. Se siguió un proceso que apasionó a la opinión de la gente. Todos los días sor Rosalía se las había arreglado para hacerse con las pruebas de imprenta de los periódicos antes de que éstos saliesen a la calle, con lo que la comunidad tenía tiempo para preparar sus respuestas y prever de ante­mano las trampas que les tendían.

En determinados momentos sor Rosalía se enteró de fuente segura de que monseñor Affre estaba a punto de lanzar el entredicho contra los pa­dres Etienne, Aladel, Le Go y Grapain, a los que consideraba como rebel­des contra la autoridad.

Sin perder un instante, corrió a echarse a los pies del arzobispo, que le invitó a levantarse cuanto antes. «No, monseñor -le dijo ella-, no me levantará hasta que haya obtenido la gracia que le voy a pedir». Explicó de qué se trataba. El señor arzobispo se negaba a ceder de su propósito. Después de una discusión muy animada, no pudiendo ya resistir a sus súpli­cas, el prelado vencido le dijo con bondad: «Levántese, hermana, y acuér­dese de que he cedido sólo ante su petición».

Era evidente que sor Rosalía tenía gran influencia ante el arzobispo para obtener semejante favor.

La verdad es que sor Rosalía gozaba de la confianza de los arzobispos de París. De la de monseñor Affre lo mismo que de la de su antecesor monseñor de Quelen.

En 1834 monseñor de Quelen, teniendo necesidad de cierta información, recurrió a ella convencido de acudir a una fuente segura. De hecho le llegó la respuesta, con una perfecta y sobria claridad (5 de marzo de 1834).

Su crédito ante el arzobispo era cosa bien sabida, de forma que se acudía a su mediación para hacer llegar ciertas noticias al arzobispado. El 30 de octubre de 1836 llegó una noticia de Roma: dos franceses, uno de ellos cierto señor Bérard, que debía ser un conocido del prelado, obtuvie­ron una audiencia del Santo Padre el Papa por las fechas en que se leía la pastoral publicada por el arzobispo de París con ocasión del cólera que asolaba los Estados Pontificios. El Santo Padre estaba sumamente afligido y expresó su reconocimiento al arzobispo de viva voz. Encargaron a sor Rosalía de trasmitir aquella noticia a Su Excelencia. «(Firmado) Su muy humilde servidora, sor Rosalía». Es una simple nota. Como sor Rosalía no es más que la intermediaria de aquel asunto, se contenta discretamente con unas sencillas palabras que, con toda simplicidad, trasmiten escueta­mente la noticia, añadiendo a ello algunas demostraciones de respeto. Luego se eclipsa. El asunto es de importancia; pero su papel personal en el mismo no merece que ella insista. Su persona desaparece. Sor Rosalía, a pesar de las consideraciones que se han tenido con ella, intenta permanecer en su sitio.

Pero semejante misión, en su sencillez, demostraba su influencia y no podía menos de aumentarla. Se comprenden entonces aquellos atrevimien­tos, siempre empapados en religioso respeto, que se permitía en ciertas circunstancias sor Rosalía. Por eso, en el asunto tan espinoso de su con­gregación que hemos referido no se limitó a los primeros éxitos.

Había conseguido apartar el golpe que amenazaba al padre Etienne y a sus hermanos. ¡Aquello era importante! Pero no había acabado la cosa. Entre tanto el asunto había ido rodando y amenazaba con llegar a los tribunales. Sor Rosalía quiso ahorrar esta prueba al padre Nozo y a toda la congregación, sobre la que acabaría recayendo el deshonor. Pero sobre todo tenía el deseo de que se llegara a una conciliación, honorable para todos, de las partes en litigio. Con esta finalidad, inspirada por un senti­miento de alta conveniencia y de espíritu cristiano, se dirigió de nuevo al señor arzobispo para obtener en esta ocasión su arbitraje. Se han conserva­do algunas cartas de sor Rosalía, escritas con este objetivo a monseñor Affre y a otra persona comprometida en el asunto. Son muy edificantes; se dis­tinguen no sólo por el respeto y la confianza en el arbitraje del represen­tante de Dios, sino también por su espíritu de caridad y de afecto a la con­gregación y a sus venerables hermanos que se habían metido en este des­graciado asunto. Por otra parte encontramos en ellas ciertos detalles precio­sos que podrían ser discutidos y que, al disipar algunos malentendidos, podrían arrojar alguna luz en este asunto, que ha seguido estando envuelto en el misterio.

Sea lo que fuere de este embrollo, sor Rosalía salió de él rodeada de la más bella aureola de lealtad cristiana, de amor ardiente a la paz y de veneración filial a sus superiores.

Pruebas familiares

El feliz resultado de aquel conflicto no fue más que un alivio en medio de las pruebas que se iban acumulando en la vida de sor Rosalía.

Entre tanto se había enterado de la muerte de su venerado padre Jamet, del «Buen Salvador». ¡Se había quedado sin un gran amigo!

A1 mismo tiempo llegaron también de Confort noticias alarmantes: la salud de su madre dejaba mucha que desear y a veces inspiraba serias in­quietudes. El corazón de sor Rosalía se muestra más cariñoso que nunca. Los corazones consagrados no son ni mucho menos los que tienen menor cariño; incluso son más delicados, en la elevación habitual de sus pensa­mientos y de sus sentimientos. Las cartas van a revelarnos este hermoso amor filial que seguía conservando con el mismo afecto de siempre.

«Le doy gracias de todo corazón- escribe a la señorita Melania Ren­du- por las atenciones que tiene con mi querida y buena madre. Le agra­dezco mucho las cartas tan afectuosas que me ha escrito… Le ruego que vele para que no cometa ninguna imprudencia. Que no siga con su celo, con su fervor, con su empeño en querer ir a la iglesia, en donde necesariamente tiene que coger frío».

¡Cuántas delicadas atenciones!

Y de nuevo manifestará su agradecimiento a esa querida amiga, que cuida tan abnegadamente a su madre. Aquel año de 1845 fueron saliendo una tras otra para Confort cartas hablando de la salud de su querida madre: «¡Mil veces gracias! -dice de nuevo el 19 de octubre-; ¡gracias por sus buenas y solícitas atenciones con mis queridos parientes! Le ruego que se las siga mostrando».

Al mismo tiempo escribe a la casa parroquial de Lancrans. Está allí uno de sus primos. «Mi querido primo, le ruego que haga algunas visitas a mi buena madre… Estoy preocupada por mi querida madre; temo que esté cercano su fin. Es un sacrificio muy grande que me está pidiendo Dios. De antemano me encuentro ya muy afligida. Dígale, mi querido señor pá­rroco, que se deje cuidar». Unos meses más tarde vuelve a escribirle para agradecer sus atenciones: «Me siento muy impresionada y agradecida por esos cuidados y atenciones que tiene con ella… Me preocupa que haya vuelto la tos; seguramente habrá cometido alguna imprudencia. Oblíguela a que no se deje llevar de su celo, de su piedad. Que siga los consejos de su médico y de su sabio director». Y después de sus sentimientos de cariño, un buen rasgo de desinterés: «Estoy perfectamente de acuerdo en que venda de sus bienes todo lo que haga falta, si se necesita algo de la parte que me corresponda. Dígale que estoy dispuesta a entregársela de todo corazón. ¡Que no se imponga ninguna privación! Puede hacerlo. Y debe hacerlo. Y estoy segura de que mis hermanas comparten mis sentimientos. Le supli­co que le aconseje que use de todo ello sin más preocupaciones». Le escribe todo esto al párroco-vicario de Lancrans a fin de que emplee su autoridad espiritual para disipar cualquier escrúpulo en el ánimo de su madre a pro­pósito de la utilización eventual de los bienes que corresponderían a sor Rosalía y a sus hermanas.

Gracias a los cuidados de que la rodeaban, la señora Rendu, después de algunas alarmas, volvió a recuperar la vida y la salud. La muerte no vendrá a buscarla hasta el año 1856, el mismo año que a sor Rosalía. Sin embargo, en 1850 una nueva enfermedad volvió a preocupar a sus hijas. De nuevo, nuestra hermana vuelve a sus recomendaciones y declara que renuncia a todos sus bienes, si son necesarios para la preciosa salud de su madre. Es también al vicario de Lancrans a quien escribe: «Me he ente­rado de que se encuentra peor mi querida madre. Estoy muy preocupada por ella. Le renuevo mis súplicas de que vaya a darle el consuelo de sus visitas lo más frecuentemente que pueda. Haga el favor de indicarme cómo se la atiende. Y que tome todo lo que necesite». Sor Rosalía sabe muy bien que su hermana de Confort, con su marido y sus hijos, rodean solícitos a su mamá. Pero de su corazón se escapa este grito doloroso, muy explicable en una hija: «¡Cuánto me cuesta no poder atenderla yo misma! Le hago a Dios un verdadero sacrificio de estar separada de ella. Dígale que hago rezar a todos por ella. Todas nosotras le pedimos a Dios que nos la siga conservando».

Y Dios se la conservó una vez más. Pero otra pérdida amenazaba a la familia y sobre todo a la buena y cariñosa sor Rosalía. La hermana Victoria, una de sus primas Neyroux, una de sus compañeras de l’Epée-de-Bois, cayó enferma. Sor Rosalía escribe a su madre el 14 de abril de 1851: «Sor Victo­ria se encuentra muy débil y sufre mucho. Su situación me aflige y me da preocupaciones. Intentaremos enviarla a las aguas de Vichy en el mes de junio…».

¿Llegó a ir sor Victoria a tomar aguas en Vichy? No lo sabemos. Parece ser que, en lugar de Vichy, fue Confort el sitio que escogieron para su curación. Pero regresó de allí con su incurable mal. Sor Rosalía escribió a uno de sus cuñados el 20 de diciembre de aquel mismo año: «Sor Victoria está muy enferma desde hace diez días; no ha podido abandonar el lecho ni puede tomar más que una cucharada de caldo de gallina frío; lamenta ahora haber dejado los aires de su tierra, pues se imagina que allí se estaba poniendo mejor. Los médicos nos dicen que su mal está muy avanzado; se trata de un tumor que tiene. Me inspira serias preocupaciones». Pero he aquí, en medio de la preocupación, un rayo de esperanza: «Si logramos sal­varla hasta el buen tiempo, si está en disposición de hacer el viaje, os la llevaré. ¡Cuánto me gustaría volver a veros a todos! Mi madre tendrá que cuidarse muy bien para conservarse hasta que yo vaya. Adiós, mi querido hermano, crea en mi inalterable cariño». Como postdata añade: «Mis sa­ludos a las hermanas de sor Victoria. Agradezco mucho las atenciones que han tenido con su hermana y todo lo que nos han enviado. Muchas gracias también a mi hermana».

¡Qué hermosos sentimientos de cariño en esta intimidad familiar, entre todos los miembros de aquella familia tan unida! ¡Y cómo se siente palpitar en el fondo del corazón tan amoroso de sor Rosalía sus bellos sentimientos de amor filial ante la idea de que quizás pueda volver, contra toda esperanza y por un favor muy grande de la Providencia, a contemplar su querido y hermoso país de Confort, con sus montañas y su río, y ver sobre todo su nido familiar, aquella casa en donde había vivo años tan hermosos y en donde vería de nuevo, rodeada de la aureola de la ancianidad y de la coro­na de sus hijos y nietos, a aquella madre tan valiente y tan cristiana que le había dado una parte de su alma!

Pero aquello no era más que un sueño. Sor Rosalía no tuvo nunca la dicha de volver a Confort. Dios la había consagrado por entero a sus pobres y la dejaría allí siempre a su servicio en una heroica renuncia renovada sin cesar.

Sólo quince días más tarde, el día de Epifanía del año 1852, sor Victoria entregó su alma a Dios. Sor Rosalía envió inmediatamente a una de sus primas de Confort esta sencilla nota, a la que seguiría poco después una carta: «Mi querida prima, acabamos de perder a nuestra querida sor Victo­ria. Dígaselo a su tío». Y firma: «Siempre vuestra, con un corazón afectuo­so, sor Rosalía».

Esta nota tan lacónica estaba exigiendo una carta. No fue sor Rosalía quien la escribió. Fue sor Sofía la encargada de dar más detalles. La carta de sor Rosalía llegó un mes más tarde. La pobre hermana estaba aplastada por aquel golpe y se puso enferma también ella. Escuchemos estos gritos de dolor que le arranca la muerte de su querida compañera. Escribe al hermano de sor Victoria, el abate Neyroux, párroco de Saint-Geney (Ain): «Mi querido primo. He tardado en escribirle debido a una indisposición que creo ha sido motivada por la pena que me ha dado la muerte de mi querida y apreciada sor Victoria… Sigo aún muy apenada. No puedo acos­tumbrarme a esta privación. Ha dejado un gran vacío en mi corazón, que sigue rezando continuamente por ella. No me olvide usted. Lo necesito de verdad. Pídale a Dios que me conceda el espíritu de fe que dé fuerzas a mi debilidad y me dé el coraje de ofrecerle el sacrificio que pide de mí. Es un sacrificio muy duro. No me faltan los medios para merecer… Le presento los respetos de todas nuestras hermanas, que compartieron con tanto esme­ro los cuidados que exigía la triste situación de nuestra querida hermana».

No faltaron, sin embargo, algunos consuelos en medio de la tristeza: «Dios no ha ahorrado a nosotras, lo mismo que a ella, una gran pena, per­mitiendo que muriera en su comunidad. Ha gozado de todos los auxilios espirituales y corporales. Se la ha cuidado con toda generosidad y cariño. Se lo había merecido. Y los pobres han mostrado también que la querían por la forma con que han compartido nuestro dolor; ella les había asistido siempre con gran solicitud. Sus alumnas estaban muy apenadas, la han acompañado hasta su última morada, le han enviado coronas y van a visi­tarla con frecuencia».

En medio de todos estos sacrificios, tan generosamente aceptados, sor Rosalía se complace también en señalar la consideración que Dios ha tenido con todos ellos: «Sor Victoria tuvo el gran consuelo de volver a verles a todos ustedes. Es un consuelo que Dios nos ha querido dar a todos. Reciba usted, mi querido primo, la expresión de mi respeto y de mi afecto más sincero en el amor de nuestro Señor. Totalmente suya, sor Rosalía».

Ocho días más tarde, sor Rosalía, sin haberse deshecho todavía de su pena, piensa en la salud de su madre. Quiere tomar las más amorosas pre­cauciones para procurarle una ancianidad larga y tranquila. El 13 de febrero le escribe al párroco de Confort, señor Chaplux: «Señor párroco. Ayer hice enviar una caja que contiene varios objetos destinados a mi buena madre. Es mi intención formal que haga uso de todos ellos». Luego, como mujer práctica, trata la cuestión del transporte de dicha caja: «Le ruego que avise a la persona que juzgue usted más indicada, de Chátillon. Va co­mo correo urgente. Me han prometido que podrán entregar dicha caja den­tro de ocho días. Va dirigida a usted. No he pagado los portes. Le devolveré los gastos junto con el importe de un encargo que deseo hacerle». Y he aquí el precioso regalo que desea hacer a su madre. El señor párroco tendrá que comprar «una poltrona a la Voltaire» para la buena señora Rendu. Y que esa «poltrona a la Voltaire» esté debidamente rellena, de las más cómodas, que le pueda servir bien. E insiste: «Gaste todo lo que usted crea necesario, y que sea cuanto antes». Y he aquí un nuevo detalle prác­tico: «No se la envío desde aquí, pues los portes resultarían más caros que la poltrona». A continuación le da las gracias. Y de nuevo unas insistentes recomendaciones para su madre: «Haga el favor de recomendarle que tome lo que necesite. Que venda lo que a ella le parezca mejor. Le pido que disponga de lo que a mí me toca, o sea, de lo que pueda tocarme algún día». Y este último grito de su corazón: «Agradeceré mucho que se cuide usted de mis intereses. No hay nada que yo desee tanto como su felicidad y me gustaría que quedaran satisfechos todos sus deseos». Acude de nuevo a su memoria el recuerdo de sor Victoria. Y encarga entonces al señor párroco que salude con cariño y gratitud de su parte a su prima Volerin: «Nunca me olvidaré de lo bien que cuidó a mi recordada sor Victoria. Me encuentro muy triste y afligida de no tenerla ya entre nosotros. Ha de­jado un gran vacío en mi corazón».

¡Pobre sor Rosalía! Estaba inconsolable. ¡Cómo vibraba aquel gran corazón! No es extraño que el amor de Dios haya sido en ella tan ardiente y haya producido tantas y tan hermosas obras. Del corazón es siempre de donde nacen los grandes pensamientos.

Pruebas de salud, fiebre y fiebrecillas

Nos lo acaba de decir sor Rosalía: la muerte de su compañera, tan que­rida, tan simpática para todos, la había conmovido mucho la emoción, de­masiado fuerte, la había puesto enferma.

¡La enfermedad no era ninguna novedad en su vida! Sor Rosalía, a pe­sar de su actividad, había sido siempre muy frágil de salud. Con frecuencia pasaba algunos días de fiebre y a veces se veía obligada a aceptar sus golpes. Guardaba entonces algún día de cama. Desde allí dirigía las faenas de la casa e incluso escribía algunas cartas. Ya en 1838 había sufrido en dos ocasiones fuertes ataques de fiebre: la primera vez había pasado doce días en cama, la habían puesto a dieta y la habían sangrado en abundancia. Una vez curada, sor Rosalía se ponía pronto a trabajar de nuevo. A1 caer por segunda vez aquel mismo año, tuvo que guardar cama durante algunos meses. A finales de año, empezó a levantarse sólo algunas horas durante el día.

Su médico, el querido doctor Dewulf, uno de sus antiguos estudiantes de la Sorbona, al que había ayudado cuando llegó a París y había atendido durante una enfermedad que padeció, era como tantas otras personas un asiduo visitante de la casa, agradecido siempre a los favores que allí había recibido; un día, durante una de las sangrías tan de moda en aquella época, se aprovechó para realizar un proyecto que le inspiraba su veneración. Pues era algo más que un sentimiento de admiración respetuosa el que tenía por su bienhechora; era una verdadera veneración. Una vez hecha la san­gría, retiró cuidadosamente los paños empapados de sangre, se los llevó y los guardó como reliquias. Todavía se conservan esos paños en la familia del doctor. Sobre el papel que los rodea, el propio doctor puso una inscrip­ción. Está sin firmar, pera su hija, la señora Chappoteau-Dewulf, decía que «la escritura, bien conocida, no deja lugar a duda». Por otra parte, el doc­tor habría recortado algunos trocitos de aquellos paños y los había metido en unos medallones. El solía llevar uno y le había dado otro a su hija. En Saint-Brieuc, hace algunos años, la hermana Leroy, hija de la Caridad, po­seía también algunas de esos paños y los guardaba como auténticas reliquias.

Poco tiempo antes de la muerte de sor Victoria, sor Rosalía había vuel­to a tener fiebre durante tres semanas. Por consiguiente, estaba bastante delicada. Las fatigas que tuvo que afrontar durante la enfermedad de su compañera y las emociones de su muerte acabaron de agotarla.

Sin embargo, iba y venía de un lado para otro. En septiembre de 1853 la encontramos en peregrinación a Nuestra Señora de las Victorias con dos de sus compañeras; mandó decir allí algunas misas el día de Navidad por su madre, ya que había recibido malas noticias de Confort. La señora Rendu parecía estar muy enferma.

En Confort ciertamente trataban con mucha solicitud a la venerable abuela. Y aquella piedad filial impresionaba mucho a sor Rosalía, que aprovechaba todas las ocasiones para expresar su gratitud y animarles a todos en su generosidad. A finales de enero de 1854 escribía a la señorita Melania Rendu, su corresponsal acostumbrada: «Vaya a ver a mi queridí­sima madre las más veces que pueda. Sé que usted le da con sus visitas mucha satisfacción y le hace mucho bien. Le quiere a usted mucho».

Ante la preocupación cada vez mayor por su salud, sor Rosalía escribe directamente a su madre. Se siente muy emocionada. Dice que se encuentra «afligida hasta el infinito por no poder ir a decirle de viva voz toda la parte que toma en sus sufrimientos». Es para ella «un gran sacrificio estar lejos de su madre». Multiplica sus recomendaciones y sus más minuciosos conse­jos. Le recuerda las cosas que en otro tiempo le hicieron bien a su salud: semilla de lino, caldos de gallina, tomados en pequeñas dosis pero frecuen­temente… «Que se cuide mucho. Que no se prive de nada». Que le diga «cualquier cosa que le guste. Y se le enviará».

Sor Rosalía haría realmente cualquier cosa por conservar a su madre para su cariño y el cariño de los suyos. Les da gracias a todos sus parientes por el cuidado cariñoso con que rodean a su madre. Y vuelve a emprender por ella otra peregrinación, esta vez a Nuestra Señora de la Buena Esperanza. ¿Qué no haría por su madre? Se olvida de sus propios sufrimientos y de sus fatigas. Porque también ella va languideciendo. Se siente cada vez más agotada. Y también su vida se apaga. Las dos vidas juntas, poco a poco, se van encaminando hacia el cielo.

Las fiebres y las fiebrecillas van siendo cada vez más agotadoras. Se re­piten con demasiada frecuencia. Se trata de viejas conocidas. Y se les resis­te cuando se puede. Valiente como era, sor Rosalía todavía hacía lo posible, con sus fiebres, yendo de un lado para otro y atendiendo con bastante eficacia a sus obligaciones.

La ceguera

Pero he aquí que se acerca la gran prueba. Viene poquito a poco. Sor Rosalía empieza a darse cuenta de que la vista le falla. Y la pérdida progresiva de la visión hace presagiar una ceguera absoluta. ¡Sor Rosalía se va a quedar ciega!

Escuchemos este hermoso grito de amor: «¡Sentía demasiado gusto al ver a mis pobres! -exclama-. ¡Dios me quita este gozo!».

Era el gran sacrificio, preparatorio para el sacrificio supremo.

Ya no verá más a sus queridos pobres, pero seguirá sirviéndoles. Se que­dará en su despacho: los reconocerá par su voz, incluso a veces por sus pasos vacilantes, pesados, renqueantes o resueltos. Ya no verá más sus queridos rostros; no podrá captar en sus rasgos la expresión de sus alegrías o de sus preocupaciones. Pero será más sensible que nunca a la tonalidad de sus voces, al acento de sus almas, al rumor de sus sollozos o a la explosión de sus risas. Seguirá saliendo a visitar a sus pobres, pero necesitará un lazarillo. Dentro de casa todavía siguió conservando mucho tiempo la vista suficiente para poder defenderse ella sola; pero para salir necesitaba com­pañía. Salía entonces al taller de fuera, entreabría 1a puerta y llamaba: «Felicia, ¿estás ahí?». «Sí, madre», respondía la fiel Felicia. Y Felicia se acercaba, recogía la cesta grande con los ángulos de cuero, totalmente llena de provisiones, y se marchaban las dos. Recorrían las calles del barrio, dán­dose a veces buenas caminatas. Entraban en muchas casas. La buena madre distribuía su ayuda, acariciaba a los niños, se interesaba por la vida de la familia, hacía brillar a los ojos de los moribundos algún destello del más allá. Hacía felices a unas cuantas personas y ante todos los amigos del barrio demostraba que seguía estando entre ellos.

«Cuando regresaba -nos añade su fiel compañera- entraba en una habitación pequeña llamada «sala de curas» al lado del pobre cuartito que sus compañeras llamaban «su salón» y allí atendía a los pobres que la esperaban… Parecía como si recobrase la vista para distinguir los males de aquella pobre gente. A veces les reñía maternalmente cuando veía que sus llagas habían empeorado por no haber venido con más frecuencia».

Sin embargo, los que rodeaban a sor Rosalía no se resignaban a ima­ginársela definitivamente ciega. Su querido médico, el doctor Dewulf, fa­miliar de la casa y cuya familia estaba ligada con vínculos de amistad con la familia de Confort, le aconsejó que acudiera a la habilidad de los ciru­janos. Le escucharon. Las cataratas pueden curarse. Sor Rosalía no era aún demasiado anciana; andaba por los sesenta años. Su salud, aunque frágil, respondía bien: se reponía pronto de sus achaques. Era el trabajo excesivo la causa principal de sus fiebres v fiebrecillas. Por consiguiente, cabía esperar buenos resultados de una operación.

Era a finales de diciembre de 1854. La operación no se realizaría hasta unos meses más tarde. Seguramente surgieron algunos problemas y todos vacilaban. En enero de 1855 sor Rosalía «llevaba ya tres meses sin salir a la calle». Sin embargo, seguía tan activa como siempre dentro de casa. En febrero, se habló de darle algún descanso. La señora de Montmahaut se atrevió a hablarle de ello. Pero no insistió. Ella misma nos dice que «creyó que se estaba molestando con esa propuesta».

El mes de julio sor Rosalía encargó a una de sus compañeras, sor Vicen­ta, que escribiera en su nombre a la señora Rendu, añadiendo ella algunas palabras de su puño y letra: «Mi buena madre, le envío estas pocas líneas que le harán ver mi enfermedad. Siento vivamente la privación de no poder­le decir más. No tengo necesidad de decirle que pida por mí al Señor para que me dé paciencia y resignación».

Eran solamente unas líneas. El estado de su vista no le permitía escribir más. Pero sor Vicente, que escribía la carta, expresa la esperanza de que después de la operación que se proyectaba podría recuperarse sor Rosalía. Y añade: «Nuestra querida madre piensa mucho en usted y habla frecuen­temente de usted, pues esto es para ella una felicidad». Siguen algunos deli­cados sentimientos, reflejo de la maravillosa caridad que unía a todas las compañeras de aquella buena sor Rosalía: «Le pedimos a Dios que la con­serve a usted para su cariño y para el de todas nosotras; es lo que me atrevo a decirle en nombre de toda esta pequeña familia». Y un último detalle: «Esta pequeña familia le pide su bendición y una parte en sus santas ora­ciones. Reciba, señora, el testimonio de nuestro más cariñoso respeto».

Era el 18 de julio, víspera de la fiesta de san Vicente.

El mes siguiente, sor Rosalía le dicta una vez más una carta importante para su primo, el ministro Rendu. Se trata de una recomendación. Sor Rosa­lía se siente influyente. Le recomienda una escuela de religiosos que se ha establecido en Bretaña; el gran personaje que se ocupa de ella tiene miedo de disgustar al ministro; es discreto; pero con el apoya de sor Rosalía podrá presentarse con confianza. La segunda carta es también una recomendación; se trata de la candidatura de un abogado que desea atender los asuntos judiciales de la administración de ferrocarriles, en Lorient.

¡Cuántas cosas le pedían a sor Rosalía! ¿No se dice también de san Vicente que un día se preocupó de enviar hilo y agujas a un corresponsal que se las había pedido?

Poco tiempo después, aquel mismo año de 1855 se decidieron finalmente a operarla de la vista. En aquellos pobres ojos entró un poco de luz. ¡Le su­po tan bien a la enferma! Y durante algún tiempo volvieron a surgir las esperanzas. Pero la mejoría no duró mucho y de nuevo volvieron las tinieblas.

Para obtener la curación tan deseada recurrieron a todos los medios, apenas se presentaba un rayo de esperanza. Durante algún tiempo acudie­ron a una especie de tratamiento hidroterápico: esperaban que unos lava dos de agua fría produjeran en los ojos una reacción saludable que les daría nuevas energías. Y entonces, cada cinco minutos, sometieron a sus ojos a unos baños de agua fría. Eran otras tantas ocasiones de ejercitar un poco la paciencia. Por lo visto el tratamiento debía ser insoportable; pero sor Rosalía no pareció darse cuenta de ello. Como alguien mostrara su sor­presa por su conducta, ella respondió: «¿Impacientarme? No es posible, ya que todas vosotras me dais, al cuidar de mí, tan admirable ejemplo de paciencia».

Ante la impotencia de la ciencia de los hombres, se decidió recurrir a los santos del cielo. Personalmente la humilde sor Rosalía se negaba a ello, ya que no se consideraba digna de un milagro. «No hagáis nada -decía-; me asustaría ser la persona escogida por Dios para ser el objeto de un milagro. Me creería que pide de mí cosas extraordinarias. Me sentiría confundida. Además, quizás alguno pensase que lo he obtenido por mi virtud».

Pero las personas de su alrededor se empeñaron en pedir el milagro. Entonces, humildemente, sencillamente, ella les dejó hacer, pero se abstuvo de participar en las oraciones. «Prefiero -les dijo- atenerme a la voluntad de Dios. Por otra parte, lo estropearía todo si mezclara mis oraciones con las vuestras».

Invocaron a santa Germana, la humilde pastorcilla de Pibrac. Dios no escuchó estas oraciones. Y el milagro no llegó. Sor Rosalía estaba cada vez más cerca del cielo.

En la tierra siguió entregándose a sus ocupaciones. Pero en su corazón pensaba en su patria definitiva. Con valentía fue arrastrando su prueba hasta que la enfermedad vino violentamente a derribarla por completo.

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