Sor Rosalía Rendu (Desmet) 11

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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11. Los asuntos extraordinarios

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

¡Todo es extraordinario en esta vida de sor Rosalía! Una persona que la conocía bien, la señora Bavcoffe de Montmahaut, viuda de Lamothe, intentando un día definir en pocas palabras esta vida excepcional, decía: «Sor Rosalía era una hermana muy buena». Y añadía: «Una hermana co­mo no había otra. Ella no era como las demás».

Sí, ella no era como los demás. ¡Ella era extraordinaria! Pero lo que había de extraordinario en su vida, era más bien su forma de ser que los sucesos que acontecían. Ella lo hacía todo admirablemente bien. La alegría de su alma le daba a todo cuanto hacía una belleza poco común: desple­gaba una actividad prodigiosa y sin embargo mantenía en su espíritu una intensa vida interior que animaba todo su trabajo. Esta soltura en que se movía su alma piadosa en continuidad con el pensamiento divino, en medio de tantas preocupaciones y de tanto trabajo, le venía de la fe que anidaba en ella; la había conquistado a través de una educación hondamente cristia­na; las circunstancias trágicas de su infancia habían ahondado sus raíces y su fidelidad al deber la había alimentado siempre con nuevas energías. Esta luz divina que iluminaba su espíritu irradiaba hacia fuera y llenaba de esplendor toda su vida.

Hubo sin embargo en esta vida algunos acontecimientos que pertenecen a la gran historia y en los que sor Rosalía representó dentro de su barrio un papel preponderante. Se trata verdaderamente de acontecimientos extra ordinarios. Hemos de citar en primera fila las dos revoluciones de 1830 y de 1848 y las sobresaltos que en dos ocasiones sucedieron a la de 1830. En todas estas ocasiones sor Rosalía fue la heroína del barrio: ángel de paz y de caridad, aplacaba los corazones enconados, calmaba con unas Cuantas palabras serenas los espíritus exaltados, curaba a todos los que acudían a ella sus heridas de cuerpo y de alma, ayudaba a los moribundos. Para cumplir esta tarea pasaba entonces mucho’ tiempo en el campo de batalla, a pesar de las balas y de las terribles visiones de los combates.

Motines y barricadas. La Revolución de 1830

En 1830 habían pasado ya cerca de treinta años desde que sor Rosalía se había puesto al servicio del barrio Mouffetard. Sus años de entrega po­dían contarse por los años del siglo. Conocía bien a todos los habitantes del barrio. Muchos de ellos habían pasado, cuando eran niños, por sus asilos, sus escuelas y sus patronatos, antes de convertirse en padres y madres de familia. Todos ellos habían gozado en alguna ocasión de sus cuidadas, de su ayuda, de sus socorros. Había arrancado a muchos de ellos de la enfer­medad y de la muerte. Ella había recorrido las calles del barrio en todos los sentidos. Aquella era, según decía, su «diócesis». Y sus «diocesanos» eran sus «hijos».

Y he aquí que aquel año de 1830 estalla la revolución. Y la revolución iba a ser sangrienta e irreligiosa. Porque se confundiría a la religión con la política.

Ciertas medidas, inspiradas a pesar de todo en buenas intenciones, pero capaces de chocar con la mentalidad volteriana de la época, fueron la ocasión de que surgiera el descontento popular y comenzaran los trastornos políticos. El destronamiento de los Borbones, la salida de Carlos X y de sus efímeros ministros, se vieron acompañados de una campaña violenta­mente antirreligiosa de calumnias contra el clero y las obras de la iglesia, que echarían el descrédito sobre la religión y provocarían un gran número de profanaciones y de asesinatos.

El día 27 de julio, bajo los ardores de un sol que se había levantado en toda su gloria, los descontentos empezaron a manifestarse con cierta violen­cia. Aquella brillante jornada iría seguida de otras tres, las que se designarán como «las tres gloriosas», pero que en realidad fueron tristes jornadas de revuelta. Se cierran las fábricas; los obreros sin trabajo, cruzados de brazos, se echan a la calle y estorban la circulación. Suena un disparo. Nadie sabe de dónde ha venido, pero el motín explota y comienza la lucha armada. Por un lado, Marmont y el ejército regular; por otro, todo un pue­blo que se exaspera, sin acabar de comprender lo que pasa. Toque a rebato, gritos, barricadas, disparos de fusil, cañonazos… Se lucha por todos los rincones de París. El barrio Mouffetard se muestra esta vez relativamente tranquilo. Hay algunos gritos sediciosos, pero no es allí precisamente donde prende fuego la revolución. «Por aquí estamos muy tranquilos -escribe ser Rosalía–. Este barrio, como usted sabe, está aislado de todos los ja­leos». La tranquilidad, sin embargo, era sólo relativa y esta fórmula no era quizás         que una fórmula, destinada a tranquilizar a su familia que qui­zá podía sentirse alarmada con aquella carta. Lo cierto es que sor Rosalía pasar va entonces algunos sustos.

De todas partes llegaban a la casa de la calle de l’Epée-de-Bois heridos y moribundos. Amotinados y soldados, todos eran acogidos y cuidados caritativamente. La casa se había trasformado en hospital. Y era para aquella pobre gente un asilo de paz, lejos de las barricadas y de los disparos de fusil.

Sor Rosalía iba y venía. Mientras sus hermanas aseguran el servicio de la casa, ella sale a la calle. Va por todas partes predicando la paz, la calma, ayudando a un moribundo, ordenando el traslado de un herido. A veces tiene que detenerse en su marcha; hay que sortear los peligros; pero sigue intrépida enfrentándose con las más duras situaciones. Mientras dure el conflicto, serán necesarios los ángeles de la paz. ¡Sor Rosalía será uno de ellos! ¡El descanso no cuenta para ella!

Un salvamento heroico

Después de varios días de emoción, de fatiga, de peligros, de pronto se le plantea a su espíritu valiente un problema que hubiera asustado y he­cho retroceder a otras muchas personas. Se trataba de ir a buscar, no se sabía dónde, a través de toda la ciudad, en medio del alboroto y de la carnicería, y arrancar de los brazos de los amotinados a un bravo soldado, un compatriota, un bienhechor, un amigo de su familia, padre de una de las bienhechoras de sus obras, de una de las amigas habituales de la casa. Antiguo soldado del Imperio, aquel hombre había hecho la campaña de Rusia como oficial de los lanceros de Polonia que formaban parte de la escolta de Napoleón. Después de su retiro, pasaba con su familia una parte del año en París y la otra en sus posesiones de Alsacia y del país de Con­fort-Gex. Tenía en Confort unas fábricas de tela para aprovisionar al ejército, que funcionaban con prosperidad. Vivía por tanto con holgura y hasta con cierto lujo. En Confort había conocido a la familia de sor Rosalía y se había creado entre ambas familias cierta intimidad. Desde Alsacia su ma­dre le enviaba a sor Rosalía miel para sus enfermos. Y el señor Bavcoffe de Montmahaut, buen cazador, le enviaba de vez en cuando alguna de la, piezas cazadas, lamentando no poder enviarle más por causa de loa trans­portes un tanto difíciles. En París, su hija, la señora viuda de Lamothe, solía visitar a sor Rosalía, pero para no quitarle en el locutorio un tiempo, que era precioso para ella, la acompañaba en sus correrías caritativas comunicándose mutuamente noticias por el camino y recibiendo de ella mucha edificación… Y cuando marchaba a Confort, no dejaba de ir a casa de sor Rosalía para ver si deseaba algún recado para su madre.

Aquel valiente soldado de las campañas de Rusia v de la escolta de Napoleón se había convertido, durante el retiro, en oficial de la Guardia Nacional. Andaba entonces metido en la lucha contra los revoltosos. ¡Y ha­bían perdido sus huellas! ¡Seguramente habría sucumbido, como valiente militar! En el domicilio de su padre, calle Bourbon-Villeneuve en el barrio Poissonnier llevaban esperándolo dos días. Todos estaban preocupados. Por ser comandante de puesto e inspector de las yeguadas militares que había en el barrio de Saint-Marceau, tenía que acudir allá todos los días. ¿Se ha­bría perdido en las revueltas que había habido por allí? Su mujer entonces, sin pensar en el peligro que corría, acudió al barrio y fue a implorar la ayuda de sor Rosalía.

Se ha narrado en varias ocasiones el magnífico heroísmo de este magní­fico salvamento. Hubo realmente suerte. Nos lo ha contado su misma hija.Sor Rosalía se superó a sí misma en aquella ocasión.

Sor Rosalía decidió salir sola. Obligó a la señora Bavcoffe de Mont­mahaut a quedarse en casa. El peligro era demasiado evidente. Ya había sido demasiado atrevida en sus primeras correrías en medio de la revuelta. Y he aquí que de nuevo se vuelve a ver su corneta por las calles agitadas y llenas de gente enloquecida; quieren detenerla, impedirle que corra hacia una muerte probable; ella sigue adelante, atravesando por en medio de las barricadas. ¡Está expuesta a que 1a atraviesen las balas! Pero es la buena madre. La respetan. ¡La quieren demasiado! Por todas partes pregunta por el comandante Bavcoffe. No lo han visto por el barrio. Debe estar por otra parte. Y entonces se pone a recorrer la ciudad, en medio de peligros cada vez más graves, siguiendo en su búsqueda sin cesar. No hay nada que des­anime a sor Rosalía. Confiando en Dios y en el prestigio de la caridad, reanuda su marcha, se enfrenta con las barricadas que son otros tantos cam­pos de batalla, desafía las balas, pregunta por todas partes por el coman­dante Bavcoffe. No lo han visto. Sigue adelante. Pasa el Sena. Se encuentra en el centro de París, donde el motín hace estragos. Finalmente, en la plaza del Hótel-de-Ville, han visto caer al comandante. Lo busca anhelante entre los montones de cadáveres. Finalmente lo reconoce. Está entre los muertos, pero aún vive. Está desvanecido. Apenas respira. Pero ella lo devuelve a la vida. Abre los ojos. Contempla extrañado su corneta. ¡Todavía hay espe­ranza! Su pecho está acribillado de heridas; contarán cuarenta y nueve; además los dedos de su mano derecha han sido cortados por un sable. Poco tiempo después, gracias a unos benévolos camilleros, el moribundo estaba en su domicilio; devuelto a la vida, lo recoge su familia. Y sor Rosa­lía, sin recibir el menor daño, regresa a la calle de l’Epée-de-Bois. Aquel día muchos se sintieron felices en la calle de l’Epée-de-Bois y en la calle de Bourbon-Villeneuve.

El nombre de Luis-José Bavcoffe de Montmahaut está inscrito en la columna de julio en la segunda lista de nombres gloriosos.

Estos hechos heroicos no extrañan en la vida de sor Rosalía, pero su éxito no se explica ciertamente sin una especial protección de la Providen­cia que reservaba para otras hazañas a esta buena obrera de sus tareas. Nos revelan por otra parte el extraordinario prestigio que había conquis­tado con su abnegación sin reservas: una palabra suya bastaba para salvar a un hombre. Su presencia bastaba para salvar a un hombre. Su presencia bastaba para salvar a una casa. ¡Ella valía más que un equipo de gendarmes!

El saqueo del Arzobispado

Durante las jornadas de julio se saqueó, se incendió, se mató gente a mansalva. En medio de la fiebre de los combates y las locuras de la victoria, los amotinados vencedores proclamaban sus proyectos incendiarios. Y los rumores alarmantes volaban de boca en boca. Después de otros centros religiosos, también le iba a llegar su turno al arzobispado. Las malas noti­cias corren aprisa, pero sor Rosalía captó al vuelo lo que se decía. Había que apresurarse a avisar al arzobispo y a librarle del peligro. Al día siguiente, cuando el arzobispado fue saqueado, no hubo más que destrozos ma­teriales. ¡El arzobispo había encontrado ya refugio en la calle de l’Epée-de­Bois! ¡Una espada de madera -eso es lo que significa Epée-de-Bois- muy frágil e infantil! ¡Humilde y pacífica enseña de una pobre casa en donde ardía un noble fuego de caridad! Abrigo seguro, guardado por un alma grande. Sor Rosalía supo ahorrar a su arzobispo un desolador espectáculo y le salvó la vida. El populacho enloquecido ejecutó efectivamente sus malos designios. Era un día de carnaval, el 13 de febrero de 1831. Por la ciudad no se notaba más que las diversiones desenfrenadas de aquellos días, pero al acercarse a la isla de la Cité, en donde se elevan la catedral y el arzobispado, los rostros se iban volviendo más duros y en la lejanía reso­naban ruidos de agitación. En el malecón del arzobispado la escena era deplorable; se desarrollaba ante la vista de la misma Guardia Nacional que, con las armas en la mano, parecía mirar con indiferencia el tremendo es­pectáculo. Se arrojaban al Sena libros, muebles, ornamentos pontificales, que los invasores habían arrancado del arzobispado. Una parte del gentío aplaudía divertido, otros callaban y se sentían inquietos ante aquel van­dalismo. Sólo una pobre anciana levantaba los brazos al cielo v maldecía en voz alta tan horrible profanación. Sobre los techos y las paredes del arzobispado un hormiguero de hombres de todas las cataduras se arracimaban cubriéndolos literalmente de arriba abajo, arrancando las piedras, re­torciendo los barrotes de hierro, sirviéndose de las vigas como de arietes para romperlo todo, quemando lo que podían e inundando las habitaciones inferiores. Continuamente se oía el estrépito de cristales rotos y el derrum­barse de las paredes; se elevaban nubes de polvo como si se tratara de un vasto incendio; el movimiento, el ruido, la destrucción no se detenían; los demoledores parecían armados de una fuerza y de un furor infernal; no había nada que se resistiera a sus golpes ni calmara su furor. Las máscaras del carnaval, las risas de los que pasaban, toda aquella muchedumbre que los días de fiesta llena las calles de París, terminaron formando un círculo alrededor del arzobispado, gritando regocijados al ver caer las paredes y aclamando a los feroces demoledores.

Entre tanto sor Rosalía guardaba a su arzobispo en la paz de su casa. Había logrado librar de la locura del populacho al primer pastor de la iglesia de París en un asilo de paz que respetaban los mismos amotinados.

Corderos en medio de lobos

Otro día estaban a punto de incendiar un orfanato cercano.Las piado­sas guardianas de los niños huérfanos recurrieron a sor Rosalía. Ella se diri­gió hacia aquel lugar y con su presencia detuvo a los incendiarios. Más aún, convertidos en corderos al verla a ella, los mismos lobos se pusieron a predicar la paz; organizaron una guardia de protección a aquella casa para que nadie se acercara a hacerle daño. Y uno de aquellos hombres dio esta consigna a sus compañeros: «¡Sobre todo, nada de ruido! ¡Dejad dormir a las niñas y a sus guardianas!».

Es curioso. ¡Qué semilla de bondad ha depositado Dios en el corazón de los hombres, para que las almas más obstinadas pierdan su amargura delante de la caridad y las villanías del odio se cambien en espectáculo de bondad!

Estas magníficas victorias de la caridad, que coronaban de gloria a la heroína del barrio Mouffetard y aumentaban día tras día su popularidad, no se quedarían sin represalia. Su gloria y la fama de sus hazañas acabarían dándole algún disgusto. Pero ella sabría dominarlos con la misma voluntad y la misma sangre fría.

Al día siguiente de la Revolución. Legalidad y caridad

El día 31 de julio fue derribado Carlos X. Le sucedía el duque de Orléans, Luis Felipe.

Sor Rosalía, sin ningún trasfondo político de ninguna clase, estaba dis­puesta a mantener su caridad a pleno rendimiento en el seno del nuevo régimen. Pero su caridad inagotable entraría una vez más en conflicto con la justicia de los hombres.

La justicia que sucede a los movimientos revolucionarios suele ser de­masiado severa. También en esta ocasión fueron sus víctimas algunos gran­des hombres. Y varios de ellos acudieron a buscar refugio en la calle de l’Epée-de-Bois. ¡Tremendo honor para sor Rosalía! ¡Terrible responsabilidad!

No había nada que asustase a sor Rosalía. Pero no quería ni podía guardar en su casa, en contra de la voluntad de los poderes públicos, a estos grandes refugiados. Les ayudó a huir. Después de las escaramuzas de 1832, un oficial de la Guardia Real que se había comprometido con los amotinados, vino también a buscar refugio y protección en su casa. Ella lo salvó. Eran actos que no podían gustarle ciertamente al Gobierno.

Avisaron de ello al prefecto de policía. Y dieron orden de arrestar a sor Rosalía. Pero el policía encargado de su ejecución se permitió hacer una observación a su jefe: ¡Detener a sor Rosalía! ¡Aquello era sublevar a todo el barrio Saint-Marceau! ¡Todo el pueblo tomaría las armas para defenderla! ¡Un nuevo motín! ¡Así no se acabaría nunca de arreglar la situación!

Había motivos para estar perplejos. Así pues, sor Rosalía era una ver­dadera potencia. Había que contar con ella. Había que parlamentar. Iría a verla el mismo prefecto. No acababa de disgustarle la perspectiva de ver personalmente a semejante potentado, de tratar con ella y de obtener para el futuro una perfecta docilidad que pondría la victoria en sus manos. Cuando el prefecto, el señor Gicquel, llegó al locutorio de la calle de l’Epée-de-Bois, había allí, como siempre, un gentío enorme. La escena ha sido contada varias veces. Seguiremos la narración de Chales Baussan en su Vie de soeur Rosalie (pp. 81-83):

«El prefecto pasó por medio de la gente y pidió que le dejasen hablar en particular con sor Rosalía. La hermana, muy amablemente, le pidió que esperara a que hubiera recibido antes a sus pobres. Y cuando acabó el desfile de obreros, de ancianos, de viudas. se acercó al prefecto y le preguntó en qué podía servirle.

«Señora -le dijo el señor Gicquel-, yo no he venido a pedirle ningún servicio, sino más bien para hacérselo. Soy el prefecto de policía. ¿Sabe usted, hermana, que está gravemente comprometida? Con menosprecio de las leyes ha hecho usted que se escape un oficial de la antigua Guardia Real que, por rebelión abierta contra el gobierno, había merecido las penas más severas. Yo había dado ya órdenes de detenerla a usted. Las he retirado por indicación de uno de mis agentes. Pero he querido venir para saber por usted misma cómo se ha atrevido a ponerse en rebeldía contra la ley.

«Señor prefecto -respondió sor Rosalía-, yo soy hija de la Caridad; no pertenezco a ningún bando. Ayudo a los necesitados en cualquier situa­ción en que se encuentren; procuro hacerles todo el bien que puedo sin juzgarlos. Le prometo que, si alguna vez le persiguen y acude a pedirme ayuda, no se la negaré.

«De esta forma la hermana y el prefecto de policía siguieron unos mo­mentos defendiendo, la una, los derechos de la caridad; el otro, el deber de la policía. Y si la hermana no convirtió al prefecto, tampoco el prefecto logró convertir a la hermana.

«Señor prefecto -le dijo ella al despedirle-, realmente no puedo pro­meterle que no voy a comenzar de nuevo: siento que, si se presentase otra vez una ocasión similar, no tendría ánimos para negar mi colaboración. Una hija de la Caridad de san Vicente de Paúl no tiene nunca derecho a faltar a la caridad, sean cuales fueren las consecuencias de sus actos. «En efecto, su caridad era impenitente. Ocho días más tarde estaba refu­giado en su casa un joven de la Vendée, cuando llegó un comisario de po­licía. Ella avisó al vandeano para que huyera; luego comenzó con el co­misario la más amable de las conversaciones. Cuando éste se retiró encan­tado todavía de la conversación con sor Rosalía, el fugitivo estaba ya lejos. «¿Qué quiere usted? -le dijo al día siguiente al comisario, cuando éste vino a reprocharle su conducta-; lo he hecho tanto por usted como por él. He querido evitarle a usted la pena de prenderle y la preocupación de cus­todiarle. ¿No le parece que he obrado bien?».

Ante la obstinación de esta terrible hermana que defendía a los amoti­nados y a quien éstos a su vez defendían unánimemente como se defiende a una madre, decidieron exponer sus quejas al Superior General. Este trasmitió a sor Rosalía las observaciones del gobierno. Pero se dice que sor Ro­salía siguió haciendo de las suyas sin enmendarse. ¿Cómo, sor Rosalía? ¿Y la obediencia? ¿Qué es lo que hace usted? ¿Se atreve a faltar a la obe­diencia? Ella había demostrado ya suficientemente lo mucho que apreciaba la obediencia cuando, llamada poco antes a la casa madre bajo el peso de unas sospechas que podían, aparentemente al menos, justificarse, prefirió callar y aceptar la humillación ante todas sus compañeras, sometiéndose sencilla y silenciosamente a las órdenes de sus superiores.

¡Pero ahora se trataba de entregar a unos hombres a la muerte! ¡Eso era otra cosa! ¡Las humillaciones ella las habría aceptado todo lo que hiciera falta! Pero tomar la más pequeña parte en la responsabilidad de esas ejecuciones capitales que horrorizaban a todo el mundo, ¡eso ella no lo quería!

¡y tenía derecho a vacilar sobre su posible obligación de obedecer! Sobre todo cuando se trataba de sus hijos del barrio Mouffetard, su corazón mater­nal tenía ciertamente derecho a conmoverse y a resistir a lo mandado. ¿Se le pide acaso a una madre que entregue a sus hijos?

Sor Rosalía no entregó nunca a sus hijos. Creyó que le era lícito des­obedecer. Probablemente ni siquiera tuvo un momento de vacilación; lo veía con claridad. Si vaciló, si creyó que tenía que pesar los pros y los contras de su acto, seguramente se preguntó -con todo acierto- si el pensamiento íntimo de sus superiores al trasmitirle las normas del gobierno no estaría en el fondo en conformidad con el suyo. ¡Y seguramente atinó! Los superiores, en su foro interno, admiraban la generosidad y la nobleza de alma de sor Rosalía, pero tenían la obligación de trasmitirle las obser­vaciones del gobierno. Una vez hecho esto, se sentirían probablemente muy contentos, al dejar a sor Rosalía frente a su propia conciencia, de ver cómo continuaba realizando sus obras de caridad en las condiciones extraordina­rias en que la había colocado la Providencia y cómo evitaba enfrentarse con la policía eludiendo sus graves sanciones contra los pobres condenados que se refugiaban en su casa, lo mismo que en otros tiempos se habían refugiado en los lugares de asilo oficialmente inviolables.

El superior general no era el único que admiraba a sor Rosalía. Los mis­mos gobiernos la admiraban. Por otra parte, sor Rosalía hacía a todos un buen servicio, sin distinción de bandos: amotinados y gentes del gobierno se vieron libres de la muerte gracias a su intervención. Ella realizaba, sin más, su tarea de pacificación y de caridad.

Y los gobiernos llegaron a admirarla tanta que un díacreyeron opor­tuno decretar para la culpable la cruz de la legión de honor. Y de pronto fue el descontento el que cambió e1 campo. ¡Fue sor Rosalía la que se indignó!

La cruz de la Legión de Honor

Sor Rosalía no trabajaba ni mucho menos por alcanzar condecoraciones. Cuando, después de los motines de 1848, Lamartine fue a felicitarla por su conducta, ella le dio las gracias por sus felicitaciones, pero añadió: «Señor, no ha sido precisamente por agradar a los hombres por lo que he hecho lo que creía que era mi deber. Sirvo a Dios. Y es de él de quien espero la recompensa».

Y el mundo de entonces lo sabía bien. A pesar de la invasión de ideas volterianas que todavía reinaban en los espíritus, el mundo sabía muy bien que sor Rosalía trabajaba por Dios. Que Dios quedara bien servida: eso era lo único que pretendía. El mundo de hoy ya no piensa de este modo; ya no tiene esta fe. Es conveniente que de vez en cuando caiga alguna condeco­ración, ante los ojos de esos incrédulos, para adornar el hábito de alguna religiosa consagrada al servicio de los hombres.

Cuando la señorita Bavcoffe de Montmahaut vino un día a decirle a sor Rosalía que había sido propuesta para la cruz de la legión de honor, sor Rosalía no tuvo más que este curioso comentario: «¡Estás un poco loca!». En su alma y en su conciencia, totalmente entregada a Dios, sor Rosalía no podía imaginarse que fuera necesaria una condecoración para recomen­dar su virtud a los ojos de su querida gente del barrio. Sabía muy bien que podía contar con el agradecimiento y el afecto de todos sin nada de eso. Y esto era para ella la mejor de las recompensas después de las que proce­den del cielo. Por otra parte se sentía llena de confusión al pensar que pu­diera ser ella una excepción entre tantas hijas de la Caridad que se entre­gaban al servicio de los pobres. ¡Una hija de la Caridad condecorada! ¡Una hija de la Caridad llevando esas joyas y esos juguetes! ¡Nunca se había visto nada semejante! ¡Iban a reírse de ella! «Me tengo bien merecida esa ver­güenza por mis pecados -decía-, pero la siento por toda la comunidad. ¡Todo París se va a reír de nosotras!».

¿Acaso era verdad que sor Rosalía iba a tener, precisamente entonces, una pizca de amor propio ante aquellas posibles burlas de todo París? ¡Pobre sor Rosalía, tan desprendida, que llevaba tanto tiempo luchando contra ese «enemigo capital» que es el amor propio! Ella podía ciertamente afrontar con serenidad todas las risas. Era su querida comunidad en quien pensaba y era la comunidad a la que deseaba evitar este extraordinario bochorno de condecoraciones mundanas.

Sea lo que fuere, el hecho es que aquel rumor, que pronto se extendió por todo el barrio, desencadenó una inmensa oleada de alegría. Y las muje­res de la Halle, que saben hacer bien las cosas, reunieron todas las flores que pudieron encontrar en el barrio y llegaron en una especie de manifes­tación hasta la pequeña calle de l’Epée-de-Bois llevando un inmensa ramo digno de una reina.

Y hubo ciertamente risas, pero llenas de cariño y simpatía. Sor Rosalía, por su parte, no reía. Creía que estaban confundiendo las cosas.

Sin embargo, hay gestos populares de cuya sinceridad es imposible du­dar. Sor Rosalía, ante la amplitud y la convicción de esta manifestación de unas personas que ella sabía que la querían con sinceridad y con un afecto lleno de respeto, acabó cediendo. Y cesó cualquier duda cuando llegó una notificación del Ministerio anunciando oficialmente la concesión de la cruz y su entrega inminente.

Sor Rosalía entonces salió de su reserva. Hizo todo lo posible por esquivar el golpe y referir el honor -ya que ciertamente se trataba de un honor- a alguno de los administradores de su obra. Apeló para ello a la Condesa Caffarelli, que tenía un hijo ocupando un alto cargo en el Minis­tro. Pero la condesa no le hizo caso. Obró como debía. Sor Rosalía pre­sentó entonces otro candidato. Todo fue inútil.

Entonces protestó diciendo que no quería la condecoración a ningún precio. Era digno de verse el empeño que ponía en librarse de aquel honor. Acabó apelando incluso a la piedad: como había estado recientemente enferma, no podía abandonar el sillón en donde descansaba. Fue en vano. Ante todos estos fracasos, envió, como última esperanza, a una de sus com­pañerasal padre Etienne, su superior general. Y el padre Etienne le res­pondió: «Dígale a sor Rosalía que se trata de una cruz como cualquier otra. No hay que hacer mucho caso de ésta. ¡Que no cree ningún problema a las personas que se la ofrecen!».

Y sor Rosalía se sometió. Y el señor de Persigny acudió a la calle de l’Epée-de-Bois con la cruz de la legión de honor. Y sor Rosalía, en medio del grupo pintoresco de las buenas mujeres de su barrio, recibió aquella distinción.

Partió el señor de Persigny. Inmediatamente sor Rosalía, con un gesto rápido, arrancó la cruz que le habían puesto y la escondió detrás de un mueble diciendo: «No es precisamente con ésto como se alimenta a los pobres».

¡Pobre sor Rosalía! Los pobres eran «su peso y su dolor». ¡Los pobres! ¡Siempre los pobres! ¡Los quería tanto! ¡Ellos eran los que se merecían toda su entrega y abnegación!

Cuando se fue calmando el entusiasmo de la gente y la casa volvió a la paz acostumbrada, sor Rosalía ordenó que no se hiciera nunca ninguna alusión a la vergüenza que le habían merecido sus pecados.

Pero no es tan fácil cerrar la boca de los admiradores, ni tampoco la de los espíritus críticos. Hubo personas mal informadas que ignoraban el permiso dado expresamente por el padre Etienne, que reprocharon a sor Rosalía haber aceptado aquella condecoración en contra de todas las tra­diciones de la comunidad. Sor Rosalía, heroicamente guardó silencio. No se defendió.

La Providencia, siempre paternal, se encargó de ofrecerle la feliz com­pensación de un consuelo piadoso que llegó desde arriba: la acogida tan fría que sor Rosalía había hecho al homenaje oficial no podía ser ignorada en las altas esferas. Entre los visitantes habituales del palacio de la Presi­dencia había también algunos que visitaban habitualmente la casa de l’Epée de-Bois. El Príncipe-Presidente no se sintió ofendido por la resistencia de aquella hermana; supo admirar y sonreír. Y tuvo incluso la delicadeza de acudir, siendo ya Emperador, al barrio Mouffetard para visitar a la que era su heroína.

La visita imperial fue una gran fiesta para todo el barrio. Era el 18 de marzo de 1854. En la calle de l’Epée-de-Bois lo recibieron con sencillez, pero con la distinción que se le debía. Cuando saludó a sor Rosalía le dijo con una pizca de malicia: «¿Y la cruz de honor que le di, hermana? ¿Cómo es que no la lleva?».

La respuesta no era fácil. Pero sor Rosalía supo encontrar una frase gentil que revelaba una vez más la elevada concepción que tenía de su misión entre los pobres.

En medio de sus queridos pobres, sor Rosalía se consideraba como si fuera fiesta todos los días; el mismo emperador pudo constatar, al atravesar el barrio, cuánto querían a la hermana y cuánto les alegraba a todos que se celebrara en su honor aquella fiesta. Sor Rosalía le contestó al emperador: «¡Ay, señor! La fiesta es ya demasiado hermosa para que haya necesidad de añadir nada para embellecerla!».

El emperador sonrió y replicó: «¿Con que no quiere usted la cruz de la legión de honor? ¡Bien! ¡Yo le enviaré otra que espero le gustará recibir! «. Y desde Biarritz le envió poco después una cruz de oro en la que esta­ban engastadas unas reliquias de san Vicente de Paúl.

Nuevas alarmas

Por las alturas no faltaban conflictos. Pero al menos entre el pueblo, gracias al cambio de dinastía, se habían serenado un poco los ánimos.

La verdad es que, al principio del reinado de Luis Felipe, los corazones estaban llenos de esperanza. ¡Eran tan populares el nuevo rey y sus hijos! Se acercaban al pueblo con sencillez y se granjearon las simpatías de todos.

Pero la serenidad no iba a ser más que pasajera. Ya el 8 de octubre escribía sor Rosalía: «¡Qué lejos estábamos, hace sólo tres meses, de espe­rar estas terribles sacudidas!». Había por tanto terribles sacudidas. Y la fe del pueblo se había visto defraudada una vez más. La carta que sor Rosa­lía dirige a sus familiares es alarmante: revela la inquietud general de los espíritus ante los sobresaltos de la política. Sor Rosalía, que tanto se había dedicado a curar las llagas de la revolución y a cuidar de los heridos, que tanto había hecho por aplacar los resentimientos y los odios, sabía muy bien por el contacto directo que tenía con el pobre pueblo que la revolución no había arreglado las cosas. En la casa madre se notaba una viva inquie­tud: se pensaba en la eventualidad de una dispersión momentánea de las casas más expuestas. Las hermanas se refugiarían durante algún tiempo en sus familias. Sor Rosalía preguntaba confidencialmente a una de sus primas de Confort si, en caso necesario, habría en alguna de las numerosas casas de Confort sitio para ella y para sus dos primas, las hermanas Neyroux, y qui­zás también para sor Jacquinaud Cary. No se trata -escribe- más que de proyectos, de tomar precauciones para un caso extremo. Pero tiene mie­do de que los superiores se vean forzados por las circunstancias. Vale la pena ser prudentes y prever las cosas. «Si Dios nos concede la gracia de no tener que usar esos remedios, tendremos una agradable sorpresa». Tiene cuidado de advertir que piensa seguir viviendo una vida de recogimiento, fuera de las reuniones mundanas. Y asegura que dispondrá siempre de los medios de existencia que le permitan vivir decentemente. Luego, como mujer, práctica, piensa en los detalles del viaje y del transporte. Y acaba pensando en el camino de la cruz, confesando que tiene «lágrimas en los ojos y el corazón amargado».

Aquellos temores no eran vanos. En efecto, la revolución no lo había arreglado todo. No había suprimido la ambición de la gente. La solución de la cuestión dinástica no había resuelto la cuestión social. Y la cuestión social era angustiosa. El advenimiento de la gran industria había creado problemas tremendos que desgraciadamente estaban aún por solucionar. Los años que siguieron al 1830 conocieron no pocos descontentos, recla­maciones y huelgas. París y otras grandes ciudades, como Lión, conocieron la agitación. Los años 1832 y 1834 fueron pródigos en motines y suble­vaciones parciales.

Sor Rosalía representó entonces como siempre su papel de ángel paci­ficador. Extraña a las soluciones técnicas del problema, no lo era ni mucho menos a la solución de los problemas morales que complicaban y exasperaban los conflictos. Nunca podremos conocer la importancia de la ayuda que aportó a la serenidad de los espíritus y de los corazones por medio de la obra de la calle de l’Epée-de-Bois, en donde se juntaban todas las clases de la sociedad en una atmósfera de paz y de cordialidad.

El cólera

Para colmo de desdichas, en medio de aquella situación indecisa, un día de 1832 corrió por en medio de la gente una tremenda noticia: ;el cólera había hecho su aparición en Europa! Poco después estaba a las puertas de París. ¡Ya había cólera en París! El pánico cundió por todas partes. Fue preciso que sor Rosalía dominara su propia emoción para ser capaz de dominar el terror popular y enfrentarse con el tremendo azote. Aunque al principio se había sentido horrorizada, con la inminencia del peligro supo encontrar de nuevo su sangre fría y su energía de carácter. El barrio Mouf­fetard era menos salubre que los demás. ¡Era preciso sembrar la esperanza e intentarlo todo para curar y salvar a los enfermos!

La gente estaba asustada. Al pánico se unió pronto la villanía de necias sospechas esparcidas entre el pueblo y que también contagiaban a la gente. Pero en medio de aquella confusión el prestigio de sor Rosalía, que tanto le había servido en los motines pasados, le serviría una vez más para imponer un poco de razón y de sentido común a los espíritus enloquecidos, haciendo que reinara la prudencia, la misericordia y la paz divina.

Es evidente que sor Rosalía y sus compañeras se entregaron con admi­rable abnegación aquellos días al servicio de los apestados. En aquel barrio en donde llegaron a contarse cien muertos por día, ellas se multiplicaron a la cabecera de los enfermos y de los moribundos. Curaban a los enfermos, sepultaban a los muertos, iban por todas partes despreciando el peligro. Los enfermos acudían incesantemente a su casa, como si fuera un puerto de salvación que parecía estar protegido por la Providencia. Solamente una hermana se vio atacada por la peste y logró curar.

Lo más extraño en aquellas horas trágicas fue sin embargo que hubo que arrancar a no pocos inocentes de la necedad humana, que los condenaba y quería que muriesen; a pesar de que los médicos y farmacéuticos hacían cuanto podían por limitar el azote, cayó sobre ellos la inicua sospecha de que lo favorecían por odio contra el pueblo y se vieron tratados de envene­nadores públicos. ¡Qué ideas tan malvadas y absurdas llegaron a sembrar algunos en aquel pobre pueblo de Francia tan prudente y tan sencillo!

El doctor Royer-Collard se llevaba a un apestado al hospital; lo detu­vieron y lo quisieron matar. Era inútil protestar de que lo único que quería era llevarse al pobre enfermo para que lo cuidaran e intentaran arrancarlo de la muerte. No le hacían caso. La cólera es ciega. Afortunadamente, cuan­do ya no sabía qué hacer, le vino una idea genial y lanzó en medio de aque­lla buena gente del barrio Mouffetard un grito salvador; «Yo soy amigo de sor Rosalía!». Apenas dicho esto, le dejaron pasar.

En aquellos días tan tristes era un consuelo saber que se podía contar con el prestigio de las hermanas, protectoras de los inocentes y dispuestas a curar cualquier mal que pudiera ser curado. La luz que proyectaba su abnegación, la visión de su intrepidez en medio del peligro, encendían en muchas almas nobles la hermosa ambición de servir. Su ejemplo era con­tagioso, más aún que la peste. Los visitantes habituales de la calle de l’Epée­de-Bois, los jóvenes de las conferencias de san Vicente de Paúl que habían acudido allá en tiempos de paz, no desertaron entonces del campo de bata­lla. Acudieron a ayudar a las hermanas, despreciando el peligro.

Esta caridad organizada llegó a ser tan conocida que desde fuera lla­maron a sor Rosalía y a los inimaginables recursos de su obra caritativa. En el Oise la epidemia diezmaba a la población obrera, que se había que dado sin nadie que pudiera ayudarles. Se necesitaban voluntarios. Sor Rosa­lía los reclutó de entre los jóvenes de las conferencias de san Vicente. Marcharon valientemente a aquel campo de batalla y llevaron con su abne­gación la reconfortante luz de la esperanza y el destello de su intrépida juventud.

Los huérfanos

Cuando desapareció finalmente la epidemia, pudo hacerse el recuento de las víctimas. Habían sido muchas. Y también habían quedado muchos huérfanos. Sor Rosalía, en sus salidas por el barrio para visitar a los enfermos y a los pobres, recogía algunos todos los días en las casas que había visitado la muerte. Eran, más que los otros, dignos de su caridad. A aquellos pobres pequeños les hacía falta un hogar; ella supo encontrarles una casa en la calle Pascal. Les dio albergue y comida. Encontraban en su corazón maternal todo lo que les faltaba; y sor Rosalía sabía dar cabida a todos dentro de él. Pero con esta situación se le había echado encima una nueva y dura preocupación. Al convertirse en su madre adoptiva, tendría que seguirles en la vida, vigilar por su salud, proporcionar a los de salud más delicada la estancia en alguna casa de campo, donde pudieran gozar de una atmósfera más sana. Para ello tendría que hacer nuevos gastos, reco­mendar a esos niños a los administradores de «la Obra del cólera», a los de los «Amigos de la infancia». En el año 1840, varios años después de que hubiera cesado la epidemia, todavía tenía que prodigarles sus cuidados, como bien demuestra su correspondencia. ¡Las preocupaciones de sor Ro­salía no eran preocupaciones de un día!

Y lo mismo que todas las madres, ella llevaba esta preocupación con amor y con solicitud, sin darse cuenta del esfuerzo que aquello le costaba o llevándolo con alegría cuando el cansancio se hacía notar. Un día, en 1852, cuando tuvo necesidad de la casa de la calle Pascal para sus ancianos, tuvo que alejar de allí a sus pequeños huérfanos con gran pena de su corazón. Par lo menos tenía la satisfacción de saber que iban a otra casa muy acogedora, dirigida por sus hermanas las Hijas de la Caridad, en la calle Ménilmontant de París.

A Sor Rosalía no le faltaba tampoco trabajo por otras partes. La vida volvía a su cauce normal, pero siempre llena de trabajos y de oraciones. Por lo menos podría gozar durante algunos años de una paz relativa y la caridad podría ejercerse sin demasiados sobresaltos ni aventuras.

La Revolución de 1848

Pero una vez más, al acercarse el año 1848, el horizonte se tiñó de densos nubarrones, dejando a las almas bajo la opresión de un porvenir que se adivinaba más terrible todavía que los días de 1830.

Francia, demasiada quebrantada por las revoluciones, tardaba en encon­trar un poco de estabilidad. Mientras los partidos políticos disputaban sobre cuestiones de gobiernos y de regímenes, un mal profundo, extraño a la política, invadía al mundo y hacía que brotase por todas partes el sufrimiento. Todo un pueblo de obreros, arrancados por la gran industria del trabajo apacible del campo o del trabajo independiente del taller artesano, se ence­rraba día tras día, en masas compactas, dentro de las fábricas y se sometía a un trabajo mucho más duro y rodeado de peligros mucho más serios de degradación moral, Como contrapartida de estos inconvenientes, se busca­ba a tientas y con pocos éxitos una legislación social prudente y atrevida al mismo tiempo. En un clima de competencia desenfrenada las empresas se veían sometidas a las vicisitudes de la oferta y la demanda, expuestas al paro y a la quiebra. A los sufrimientos y miserias que todo esto acarreaba hay que añadir las ambiciones de muchos y las ideas libertarias de loca independencia que corrían más o menos por todas partes v en toda las filas de la sociedad. Cuestiones políticas y cuestiones sociales, reivindicaciones políticas y miserias sociales: todo se mezclaba y confundía. La burguesía quería imponerse a los demás. Y el pueblo quería vivir fuera de la miseria.

Las simpatías que se había granjeado la familia real no pudieron man­tenerse contra el sufrimiento, contra la ambición y contra la locura de in­dependencia. Fue la burguesía radical la que derribó el trono. Y una vez proclamada la república, el pueblo, a través de las vicisitudes que condu­jeron al golpe de estado y al imperio, hizo de la revolución republicana bur­guesa una revolución republicana social. Se había luchado y se seguía lu­chando todavía en torno a la ley electoral y el sufragio universal. Y pronto empezaría la lucha por las reformas sociales.

El pueblo, impaciente por sacudir sus sufrimientos, quería remedios y remedios inmediatos: «¡dentro de veinticuatro horas!», dirá algún tribuno en la Asamblea. ¡Se soñaba ingenuamente con la felicidad perfecta! Y se la reclamaba con ingenuidad para todos los pueblos que padecían aquellos mismos sufrimientos. ¡Empresa mundial, ni más ni menos! El buen pueblo francés tiene estos hermosos arrebatos. Pero la vida no está hecha de solu­ciones inmediatas y simplistas; es mucho más compleja; va paso a paso, para que pueda seguir adelante y durar.

Sor Rosalía y los policías

La gente acabó exasperándose. La miseria seguía allí mismo, sin reme­dios oficiales. El descontento aumentaba a pasos agigantados. El barrio Mouffetard se agitaba, más aún que los otros. Sor Rosalía escuchaba los latidos de miedo y exasperación del corazón de aquel pueblo que tanto quería. Y sembraba palabras de paz, multiplicando sus gestos de caridad. Pero con su caridad empezó a mezclarse la porra de la policía. Y el choque se produjo! La policía tenía evidentemente todas las ventajas y las posibilidades de vencer.

¡Los golpes se multiplicaron! Pero fue sor Rosalía la que tuvo la última palabra. Intervino: «No peguéis tan fuerte -gritó-; esa gente tiene ham­bre. Quizás os llegue a vosotros el turno algún!». Y los golpes se detu­vieron. Y se hizo la paz. De momento se reanudó la calma.

Pero no iba a durar mucho aquella calma. Ciertas medidas impopulares del gobierno que intentaba poner remedio al paro mediante una especie de trabajo forzado desencadenó la revuelta.

Si el 1830 había tenido sus jornadas de julio, sus «tres gloriosas», 1848 tuvo sus cuatro jornadas de junio. Se desarrollaron las mismas escenas, pero con más violencia todavía: barricadas y luchas por las calles en todo París.

La represión

Pero esta vez había en el ministerio un terrible soldado, un hombre absolutamente honrado, pero de una energía excesivamente dura. Era mi­nistro de la guerra y jefe del poder ejecutivo. Frente al motín recurrió a los medios más radicales. Contra los cien mil insurrectos disponía de cincuenta mil hombres de tropas regulares. Por todo París se entablaron los más san­grientos combates. En veinticuatro horas el motín quedó sofocado.

En lo más recio del combate, mientras que los heridos v los muertos se acumulaban en el patio de la casa y los recreos del colegio, acostados pro­visionalmente sobre paja, sor Rosalía recibió a un oficial del general Cavaignac, que le traía el siguiente mensaje: «El general me envía a decirle que ante la obstinación del barrio va a bombardearlo con balas de cañón. Tiene una escolta a su disposición para que salga usted con las hermanas, si los insurrectos no se rinden en el plazo de dos horas».

Sor Rosalía no estaba dispuesta a abandonar a sus hijos en medio del peligro. Agradeciendo vivamente al general su solicitud, le respondió al oficial: «Señor, dé las gracias al general y dígale que nosotras somos las sirvientes de los pobres y que, como somas también sus madres, queremos morir con ellas». «Vuestra abnegación es muy hermosa, hermana -res­pondió el oficial conmovido-, pero ¿puede usted disponer de la vida de sus jóvenes compañeras, las otras hermanas?». A su vez sor Rosalía le re­plicó: «Señor, me parece que sería una injuria si se lo preguntara. Pero, ya que usted lo desea… «. Abrió la puerta de la sala donde estaban reunidas las hermanas haciendo un poco de lectura espiritual y les propuso la cosa con toda la sencillez posible. La palabra «cobardía» acudió a la boca de todas ellas. Y se quedaron en su sitio.

Un nuevo salvamento difícil

Otro episodio célebre de aquellas jornadas de angustia ha quedado gra­bado en un cuadro que se ha convertido en adorno de muchas casas del barrio y que sigue allí como el sello irrecusable de la gratitud del pueblo para con la heroína del barrio Mouffetard. En el ángulo de la calle Mouffe­tard con la calle de l’Epée-de-Bois se había levantado una fuerte barricada. La disputaban con fiereza. En un asalto asesino, un oficial de la guardia móvil había trepado a la barricada con sus tropas. Los acogió una terrible ráfaga de fuego. Como cayeran todos los hombres que estaban a su lado, el oficial se encontró solo en medio de los insurrectos enfurecidos. Se replegó refugiándose en la callejuela de l’Epée-de-Bois; muy cerca, a unos cuantos metros, se abría el patio de la casa de las hermanas. Se precipitó dentro de él. Lo siguieron. Lograron acorralarle. Pero allí estaba sor Rosalía; se inter­puso entre ellas, cubriendo con su persona al oficial amenazado, y lanzó este grito sublime: «¡Aquí no se mata!». «No, aquí no -replicaron los hom­bres- ¡pero sí afuera! ¡Sáquémoslo! «. Sor Rosalía se enfrenta con ellos. Entonces los fusiles se levantan. ¡Van a hacer fuego por encima de los hombros de las hermanas que rodean al condenado! Pero sor Rosalía se pone de rodillas ante aquellos hombres sedientas de sangre: «En nombre de mi entrega de cincuenta años, de todo lo que he hecho por vosotros, por vuestras mujeres, par vuestros hijos, os pido la salvación de este hombre». Aquellas palabras les impresionaron. Los fusiles se bajaron. Algunos de aquellos hombres lloraban.

El oficial se había salvado. Cuando todos se retiraron, el militar, descon­certado, dirigiéndose a la hermana, le dijo: «¿Pero quién es usted, herma­na?». «Nada, señor -replicó sor Rosalía-; una simple hija de la Caridad». Entre tanto los heridos y los muertos seguían acumulándose en la casa. Y con las heridos y los muertos, los niños y las mujeres que venían a buscar noticias y sobre todo a buscar la paz al lado de la omnipotente sor Rosalía.

En la barricada

Sor Rosalía volvió a acudir al campo de batalla. La lucha hacía estra­gos. Sor Rosalía pasaba por en medio de todos; las barricadas no la dete­nían. Se enfrenta con las balas. Quieren detenerla, salvarla: «Va usted a conseguir que la maten» «¿Qué me importa? ¿Creéis que puedo tener mu­chas ganas de vivir al ver que están matando a mis hijos?». Acude al lado de los que combaten, estando a veces entre dos fuegos. Y levanta entonces sus brazos diciendo: «¡Pero dejad ya el fuego! ¿Es que no hay todavía bastantes viudas y huérfanos que alimentar?».

Aquellos hombres endurecidos tenían sin embargo corazón. La evoca­ción de sus mujeres y de sus hijos les hizo temblar. Y el canto de gratitud que se despertaba en el fondo de su corazón para con aquella que había asumido todas sus penas y todas sus alegrías, los rodeó de pronto de una sana alegría. En aquellas almas iluminadas volvieron a surgir los buenos sentimientos, prudentes consejeros y portadores de paz. La cólera amainó. Y mientras que en otros sitios proseguía la lucha, la paz reinó en aquel barrio privilegiado que disfrutaba de semejantes salvadores.

Ahora había que pensar en sanar las heridas físicas y morales de aque­llas duras jornadas. La tarea no se había terminado todavía para sor Rosalía. ¡Cuántos heridos entre sus hijos! ¡Cuántas lágrimas para su alma de cristiana! ¡Cuántas víctimas desconocidas y cuántas víctimas célebres! Entre estas últimas estuvo monseñor Affre que, precedido de un joven por­tador de un ramo de oliva, se subió a una barricada y cayó herido por una bala perdida. En el mismo barrio de sor Rosalía cayó también el general Bréa que, vencedor, quiso detener definitivamente la lucha y cuando acudió a parlamentar personalmente con los sublevados murió también bajo las balas.

¡Cuántos prisioneros, que habrían de ser objeto de severas sanciones! Y entre ellos, ¡cuántas pobres hombres de aquel barrio, comprometidos casi a su pesar en aquella loca aventura y a los que sor Rosalía llamaba «hijos suyos»! Lloró por ellos e intentó salvar a todos los que pudo.

Un hermoso acto de clemencia

En los días que siguieron a la revolución acudió a la escuela de sor Rosalía una niña desolada, que lloraba por su padre prisionero. No podía consolarse. Sor Rosalía conocía muy bien a su familia. Sabía que aquel hombre, cegado un momento por las palabras de los cabecillas, volvería a ser un buen obrero, por poco que se le protegiera de esos cabecillas… ¡y de los taberneros! Pero las consignas de las cárceles eran muy severas y las sanciones terribles. A ella le hubiera gustado sin embargo librar de la muerte al pobre padre de su pequeña. Se puso a rezar. Pidió ayuda a la Providencia. Y la Providencia acudió a socorrerla.

Como hemos visto, el general Cavaignac apreciaba a sor Rosalía. Cono­cía el magnífico papel de pacificadora que había representado una vez más en los últimos días. Y seguramente conocía también el extraordinario salvamento del oficial, arrancado de la muerte por sor Rosalía. El generoso co­razón del general apreciaba sobre todo aquel heroísmo. A veces acudía a la calle l’Epée-de-Bois. Y fue allá después de las jornadas sangrientas de junio a expresar a sor Rosalía la gratitud de Francia y quizás a buscar también un poco de aliento y de serenidad en aquel oasis de paz y a sabo­rear el encanto de un alma grande.

Sor Rosalía lo recibió con su acostumbrada sencillez y le invitó a que visitara la escuela, que también había conseguido volver de nuevo a la paz. Allí podría percibir la alegría de todo aquel pequeño mundo risueño, que empezaba a superar las pasadas amarguras y que estaba dispuesto a acoger­le con cariño. El general aceptó complacido. ¡Había caído en la trampa! Entraron en la clase donde estaba trabajando junto con sus compañe­ras aquella niña desolada. Cuando entró el general, todos se levantaron. Los ojos de todos se abrieron sorprendidos ante aquel gran señor con un traje tan marcial, con galones de oro. Las miradas se dirigían del traje a los galones y a aquel duro rostro, que asustaba con sus ojos profundos, y cuyos labios se ocultaban bajo un abundante bigote. Las niñas habrían sentido sin duda mucho miedo si no estuviera allí a su lado sor Rosalía y si aquel señor no hubiera procurado iluminar su rostro con una sonrisa benévola.

Sor Rosalía hizo una señal a la niña que lloraba por su padre y le dijo: «Hija mía, éste es un señor que, si quiere, puede dejar libre a tu papá». La pobre niña se acercó enseguida al general. ¿Qué iba a decirle? ¿Se atrevería a dirigirle la palabra? Sí que habló; al principio, instintiva­mente, se puso de rodillas para dirigirle su oración. Y exclamó: «¡Señor, sea usted bueno y devuélvame a mi papá! ¡El es muy bueno y tenemos mucha necesidad de él!». «Hija mía -repuso el general-, tiene que haber hecho algo malo». «No señor. Mi mamá dice que no. Por otra parte, si lo ha hecho, ya no lo hará más; se lo prometo. ¡Devuélvamelo!». Y tuvo entonces una inspiración sublime, muy propia de una niña: «¡Devuélvamelo y le querré a usted siempre!».

El recio general debió sentirse emocionado. ¡Dichosos los jefes del pueblo que consiguen hacerse amar!

Salieron. Sor Rosalía apoyó maternalmente la súplica de aquella niña y seguramente ofreció los mejores informes sobre el prisionero.

Unos días más tarde, el prisionero volvía a casa a abrazar a los suyos. Estos regresos a casa no sólo suponían la alegría de una familia, sino la de todo el barrio. Los éxitos de sor Rosalia adquirían en la imaginación de las gentes del barrio el aspecto de verdaderos triunfos, que engrande­cían en las conversaciones con los demás vecinos aumentando su admiración y su gratitud.

En cuanto a sor Rosalía, ella experimentaba más que los demás, en su corazón tan delicado y en su sensibilidad tan viva, la alegría de estos actos de perdón, de estos nobles gestos de misericordia que eran realmente otros tantos gestos de prudencia política.

Desgraciadamente, lo mismo que después de los días malos de 1830, el cólera vino también después de estas jornadas de 1848 a arrojar su som­bra sobre las alegrías del apaciguamiento. Y lo mismo que en 1832, hubo luto en muchas familias y tuvo que derrochar abnegación el equipo carita­tivo de sor Rosalía.

Cuando aquello terminó, otras urgentes tareas aguardaban a sor Rosalía en su pobre «diócesis», castigada por la revolución y por la epidemia. Y nuevas obras de paz, muy delicadas, reclamaban su ayuda.

Ella se entregó a la tarea, a pesar de su salud ya muy quebrantada, durante los últimos años que le quedaban de vida. Tenía entonces 62 años. Y su salud, siempre frágil, acababa de recibir una dura sacudida en medio de tantas pruebas y emociones.

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