Sor Rosalía Rendu (Desmet) 10

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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10. El ministerio de Asuntos Exteriores

El «salón» de sor Rosalía

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

La casa de sor Rosalía, llena de gente y de obras, se había quedado demasiado pequeña; contaba ya con algunas filiales: escuelas, guardería, patronatos, asilo, casa cuna, que irradiaban desde la casa primitiva hacia la calle de Francs-Bourgeais-Saint-Marcel. Otros varios servicios habían encontrado también cobijo en el número 3 de la calle l’Epée-de-Bois. Allí, en una pobre casa, había establecido sor Rosalía su cuartel general.

Era allí donde tenía su despacho. Allí recibía a los visitantes. Era una pequeña habitación estrecha de tres metros por cuatro, bastante mal iluminada, de modesta apariencia y muy modestamente amueblada: una mesa, un escritorio con cajones, cuatro sillas de paja, dos sillones para los visitantes; sobre la chimenea un reloj, y en la pared un crucifijo. Ese era todo el mobiliario. De alfombra una sencilla estera. Aquel pobre despacho era, según la frase picaresca de sus compañeras, el «salón de sor Rosalía».

En este marco tan austero, pero vivificado par la mirada vigilante y la ardiente caridad de sor Rosalía, recibía todos los días a un gran número de visitantes de todas las categorías para asuntos de toda índole. Sor Rosalía pasaba allí jornadas enteras. Era peor que un despacho de médico o de ministro. ¿Pero no era ella, por otra parte, en aquel pobre barrio el ministro de la Providencia en el terreno de la caridad? ¡Y la Providencia tiene tantas cosas en qué ocuparse!

Las recepciones se veían interrumpidas únicamente por las horas de los ejercicios de la comunidad y las comidas. Se dice que un día llegó a tener hasta ciento cincuenta visitas. ¡Algo para aturdir a cualquiera! ¡Un verdadero sueño! Aunque en este número tengamos que contar quizás a los que venían en grupo para tener alguna reunión de obras apostólicas y a los que sor Rosalía concedía algunos minutos de su tiempo para acogerlos y darles la bienvenida a su casa.

Recibía a pobres y a ricos: a los pobres que venían a pedir una limosna y a los ricos que venían en busca de consuelo, de consejo, de oraciones; a la gente que acudía buscando ocupación y trabajo, con que ganarse la vida. Sor Rosalía necesitaba una buena provisión de paciencia, pero también un espíritu clarividente y juicioso para discernir en aquella numerosa clientela a los que eran verdaderamente necesitados. Y necesitaba también una cabeza bien sentada, un alma poderosa y resuelta para actuar pronto y bien, para despedir en caso necesario, con caballerosidad y amabilidad, a los indiscretos y a los curiosos a fin de poder conceder a los demás todo su tiempo, toda su simpatía, y los consejos necesarios para que pudieran enfrentarse con sus problemas y sufrimientos.

Había muchos pedigüeños realmente necesitados: «Hermana, hace mucho frío. !No tengo ninguna manta!». Y aquel pobre hombre salía con una manta. «Hermana, mi mujer está enferma; mis dos hijos no encuentran trabajo; pasamos hambre en casa». Sor Rosalía tomaba nota, pedía la dirección, prometía ocuparse de ellos y devolvía las esperanzas a aquel pobre hombre. Y sus esperanzas no se veían defraudadas. Porque sor Rosalía encontraba solución para todo. Al salir a despedirlo observa en medio de la gente que aguardaba, a un cliente que conoce muy bien y con el que tiene algunas promesas que cumplir. En su despacho tiene un paquete ya preparado para enviárselo, preciosa limosna para un buen hombre, un señor de buena posición que había caído en la pobreza. Le hace un signo para que se acerque y le dice: «Señor, precisamente tengo aquí un pequeño servicio que pedirle. Es bastante urgente: hay que llevar un paquete a alguien que vive cerca de su casa y que lo está esperando. Este es. Ya verá usted su dirección». Y aquel hombre coge el paquete y ve con admiración que es su propio nombre el que consta en la dirección del paquete. Era un pobre vergonzante, cuyo amor propio no había querido molestar sor Rosalía por medio de aquella estratagema. La delicadeza de sor Rosalía era una de las formas de su caridad. «Y el paquete estaba admirablemente preparado y adornado! También éste era un detalle de sor Rosalía en el ejercicio de la caridad: «Es preciso que mis mercancías -decía sonriendo- le gusten a mis clientes».

¡Y proseguía la serie de visitas! Muchos acudían a sor Rosalía para pedirle alguna recomendación o en busca de trabajo. Sucedía a veces entonces que en la mirada penetrante de sor Rosalía, necesariamente ocupa da en discernir las aptitudes de esos candidatos desconocidos, brillaba un pequeño relámpago malicioso y la conversación tomaba un giro divertido. Se presenta un joven aguerrido que ya había hecho de antemano su elección y soñaba con un cargo: lleno de confianza se acerca a sor Rosalía: «Hermana, yo quiero un puesto de cantor en una iglesia». E inmediatamente, para demostrar sus cualidades, se pone a cantar el Magnificat, pero en un tono que la hermana no puede menos de reprimir una sonrisa: «Cantas bien -le dijo-; pero me figuro que estás más acostumbrado a cantar en la taberna que en la iglesia». «Pero ¿qué se imagina usted? -replicó-; no digo que de vez en cuando vaya a trincar un poco con los amigos, pero sólo por excepción». «Entonces, amigo mío, creo que no podré ocuparme de ti. Porque un cantor que sea aficionado a beber no tiene las debidas cualidades». «Pero, madre; ¡si a mí me gusta beber! ¡Ya lo creo! Lo que pasa es que tenía miedo de que usted me riñera, si se lo decía». «Bien, amigo mío, le escribiré una carta para que se la lleve al señor cura de X… No le prohibo que beba un vaso después de haber cantado las alabanzas del Señor. ¡Pero que no se te ocurra beberlo antes! » 3. ¡Qué cordialidad y buen humor! A sor Rosalía le gustaba a veces pasar unos momentos de distensión en medio de sus graves ocupaciones. Aquella tarde, en la recreación, toda la familia de hermanas escuchó el relato de lo sucedido y pudo saborear la alegría de los buenos hijos de Dios.

Las maravillas de la caridad

Estas visitas eran muchas veces la ocasión de trasformaciones radicales en la vida de los visitantes. Un día fue el vizconde de Melun el que se presentó. Venía del salón de la señora Swetchine, que se lo presentó a sor Rosalía. Desde el primer momento se sintió subyugado. Y he aquí que nuestro vizconde deja los salones de la aristocracia para acudir a los chamizos de los pobres: ¡una tarea desconcertante pero que se convierte en un verdadero deleite para él!

Otro día es un viejo impresor que se ha quedado ciego y ha caído en la miseria. De carácter independiente, sufre por el doble motivo de no poder ser dueño de sí mismo y tener que depender de los demás. Obligado sin embargo a solicitar la ayuda ajena, se irritaba ante la solicitud de los otros que le recordaban la humillación de su estado. Orgulloso y sensible, su enfermedad lo había encerrado más aún en su obstinación y terquedad.

Afortunadamente había encontrado un amigo en la persona del señor Thibaut, un viejo pescador ya jubilado que se había convertido en conserje. El señor Thibaud había conseguido, a fuerza de sencillez, de cordialidad y de discreción, hacer que su obstinado amigo aceptara sus servicios.

Se había convertido en su lazarillo. Un día de vacaciones le propuso ir a visitar los dos juntos a sor Rosalía. No era desde luego para pedirle una limosna, sino para ver algo extraordinario, para conocer a un ejemplo admirable de abnegación, que estaba continuamente atento a las necesidades de los demás sin cansarse nunca.

El ciego se dejó llevar, pero decidido a no aceptar ninguna ayuda y a resistir cualquier testimonio de compasión indiscreta.

Llegaron a casa de sor Rosalía. Y sor Rosalía acogió a sus visitantes con su amabilidad habitual, aunque teñida esta vez de una verdadera y sincera compasión por la tremenda desgracia de aquel pobre hombre.

El ciego se mostraba bastante frío y hasta un poco seco. Respondía a las amables atenciones de la hermana con palabras más bien breves y desabridas. Más aún, para que no se hiciera ninguna ilusión sobre él, pronto empezó a responderle con sarcasmos y palabras zumbonas.

Pero no por eso se arredró sor Rosalía. Conmovida, llena de piedad ante su obstinación, se guardó muy mucho de expresar su desconcierto y su compasión. Y recurrió a su remedia ordinario, a la caridad que, una vez que ha entrado en un alma, logra disipar toda su acritud y da vida a todos los buenos sentimientos.

A la puerta de la habitación de sor Rosalía había unos cuantos jóvenes que esperaban poder acercarse a la buena madre para pedirle consejo sobre el estado que habían de elegir. La hermana los llamó, los introdujo en su despacho, los presentó designándolos con su nombre y, dirigiéndose a nuestro ciego, le pidió como un favor que diera a aquellos muchachos los consejos que estaban esperando. Su experiencia de la vida, le dijo, lo capacitaba más que a ninguna otra persona para dar los consejos más adecuados.

Fue evidente el cambio que entonces se produjo. Nuestro hombre volvió a encontrar la serenidad de los buenos corazones. Era por otra parte una persona de espíritu despierto. Con la cultura que le había dado su largo trato con las obras de pensamiento que su trabajo de impresor le había hecho familiares y acostumbrado por su misma ceguera a reflexionar hondamente sobre los hombres y las cosas, podía desempeñar muy bien aquel papel de consejero. Sería un consejero excelente. ¡Una buena tarea de educación que se sintió muy feliz de poder realizar! ¡Un buen ministerio que ennoblece a cualquier hombre!

La vida de aquel hombre se trasformó por completo. De común acuerdo, el conserje y el impresor se convirtieron en abnegados servidores de la caritativa sor Rosalía. Sus salidas, uno junto al otro, los condujeron siempre en adelante hacia alguna obra buena.

Otro día fue una noble señora la que se presentó s. La enviaba monseñor Dupanloup. Había perdido a su hija y no lograba consolarse. Sor Rosalía le dijo algunas buenas palabras y luego le indicó la dirección de unas familias pobres para que fuera a visitarlas. Le entregó unos cuantos bonos de pan para que los distribuyera. Y añadió: «Señora, tome estos bonos de pan. En cada uno de ellos escriba el nombre de su hija y déselos a los pobres. Su hija recobrará nueva vida. No será usted quien los reparta, sino ella». Y aquella señora se marchó un poco más serena, pero sin consolarse del todo. No obstante, para cumplir su promesa, fue a visitar a los pobres que le habían recomendado. En aquellos «bonos de pan» había escrito el nombre de María, su querida hija y fue a visitarlos. Una vez hecha 1a visita su pobre alma atribulada había conseguido consolarse por completo. Se encontró con personas más desgraciadas que ella y con algunos niños que la dejaron encantada. Y la gracia divina, que acompaña a todos los gestos de caridad, entró a raudales en su alma, llenándola de unción y de santa alegría.

Sor Rosalía hacía feliz a mucha gente, dándoles a todos limosnas y consejos. Pero sobre todo se daba a sí misma. Entregaba su tiempo, su corazón, su condescendencia.

Algunos casos

El vizconde de Melun, que acudía habitualmente a la calle l’Epée-deBois para recibir allí las consignas de la caridad, se encontró un día con un buen anciano que salía radiante de gozo de la habitación de sor Rosalía. También él era un cliente habitual de aquella casa. Hacía algunos servicios a la hermana escribiendo algunas notas que ella le encargaba. Aquel buen hombre se prestaba a ello de buena gana. Era lo corriente. Pero aquel día estaba más contento que nunca.

El señor de Melun no pudo menos de decirle: «¿Pero qué le pasa para estar tan contento?».

El otro le replicó: «¡Vaya! ¡Es que hoy ya he podido tomarme mi pequeña gota de consuelo!».

– ¿Cómo? ¿Qué es lo que quiere decir?

-¡Pues que hoy he podido ver a la buena madre sor Rosalía! ¡Y me voy contento! Hoy he sido más afortunado que ayer.

Esa dicha es lo que él designaba con el nombre de «su pequeña gota de consuelo».

Aquella expresión hizo fortuna. Cuando el señor de Melun, al encontrarse con aquel buen hombre, quería saber si había visto a sor Rosalía, le preguntaba si había tenido ya «su pequeña gota de consuelo». Pero a veces obtenía esta triste respuesta: «No. No he podido tener esa dicha. Había demasiada gente. Y el deber me llamaba a otro lugar».

Realmente sor Rosalía sabía hacer feliz a la gente. Al dar mucho, al estar siempre entregada a los demás, aprendía continuamente a dar más todavía y a hacerlo de todo corazón: el don de sí va siempre acompañado de felicidad. ¿No es acaso más agradable dar que recibir?

Otro día se le presentó una señora. Y no lloraba ciertamente. No eran lamentos los que salían de sus labios, sino claros acentos de indignación. Porque aquella señora, en un impulso de generosidad, le había dado como limosna a una pobre mujer, a la que visitaba por encargo de sor Rosalía, una sortija de gran valor. Era un rasgo de generosidad, pero de una generosidad unida sin duda a un gran sacrificio al tener que prescindir de un objeto cargado de recuerdos. Al recibir aquella joya la pobre mujer, maravillada, en vez de ir a venderla para atender a las necesidades de su hogar, la había, sencillamente, colocado en su dedo. En sus horas de miseria la contemplaba y se sentía feliz y orgullosa de poder acariciarla. ¿Qué queréis? ¡Todos tenemos nuestra coquetería y nuestros caprichos!

A1 visitarla en su próxima visita de caridad la dama que se había desprendido de aquella joya la vio brillando en la mano de la pobre mujer. ¡Estupefacción! ¡Indignación! Sin embargo, ocultó prudentemente su cólera, que acabó estallando luego en el despacho de sor Rosalía: si había hecho aquel sacrificio, había sido sin duda con la noble intención de socorrer un caso de suma necesidad, no para atender al capricho tonto de poner un adorno inútil en el dedo de aquella mujer que por vanidad faltaba a sus más estrictos deberes familiares.

Sor Rosalía sonrió amablemente. Su sonrisa aplacaba a todos. Pero esta vez seguramente extrañó y casi irritó más aún a su irritada visitante. Ella añadió: «Señora, eso no es tan grave. Hay que perdonarle el que se haya querido poner esa joya. ¡Quizás es la única satisfacción que ha tenido en su vida! «.

¡Qué bien comprendía a los pobres sor Rosalía! ¡Y cómo ayudaba a los demás a comprenderles! El pobre no vive únicamente de pan, sino también de alegrías. Hay que saber proporcionarle lo uno y lo otro. Sor Rosalía dirigía ciertamente, desde su despacho, una verdadera escuela de Caridad. Cuando se presentaba en su casa algún estudiante del barrio latino, no dejaba nunca de aprovecharse de su buena disposición. Después de haberle hecho el servicio que había venido a buscar, le pedía algún favor a cambio. Era un intercambio de beneficios, fecundo en resultados para el estudiante más aún que para la hermana. La vida está hecha de mutuos servicios que todos nos tenemos que prestar. Esa es la verdadera fórmula de las vidas dichosas y de los pueblos felices. El estudiante tendría que llevar algún mensaje o alguna limosna a alguna familia. Y antes de partir tendría que buscar algún rincón de la casa donde pudiera sentarse, tomar su pluma y escribir una o dos cartas que luego firmaría sor Rosalía. ¡Y todo el mundo quedaba contento!

Sor Rosalía entretanto se dedicaba a sus recepciones. Siempre había gente de importancia en su sala de espera. Aguardaban su turno, pero sor Rosalía sabía encontrar siempre la palabra delicada para que todos tuvieran paciencia.

En medio de los pobres y de los enfermos, de las ilustres damas y de los jóvenes estudiantes, se presentaban a veces los más preclaros visitantes: obispos y generales, ministros y gobernadores, caballeros de alcurnia y oficiales de policía. Sor Rosalía tenía que vérselas con todo este gran mundo y tratar de los asuntos más diversos: con unos hablar de buenas obras o de personas a quienes encomendaban a sus oraciones y a su solicitud, con otros escuchar la exposición de asuntos delicados y prometer su colaboración, en otras ocasiones dar informes sobre ciertas familias de su barrio para algún asunto caritativo, otras veces recibir reproches ya que su caridad, ante la miseria, no siempre se resignaba a mantenerse dentro de los estrictos límites de las leyes y normas administrativas. ¿Es que acaso no se presentan circunstancias en las que no valen las leyes? Pero ese atrevimiento no debe ser cuestión de todos los días.

Algunas de aquellas visitas se han hecho célebres. Donoso Cortés, el gran publicista y orador español, vibrante escritor de palabras inflamadas, hombre político y diplomático, dejaba todas las semanas, durante sus estancias en París, los salones de los embajadores para acudir al «salón de sor Rosalía». Se sometía a sus consignas caritativas e iba a visitar con toda su distinción a los pobres de barrio. Cuando, joven todavía, estaba a punto de morir, quiso que sor Rosalía acudiera junto a su lecho. Y se encomendó a sus pobres. «Que los pobres recen por mí -le dijo-. Que no me olviden». Sor Rosalía podía sentirse dichosa: ¡sus lecciones habían sido bien aprendidas! Ella recogió piadosamente el último suspiro de aquel gran hombre de estado.

Un célebre médico, el doctor Leuret, director de los servicios sanitarios de Bicétre, a pesar de no ser un hombre religioso, quiso tener a sor Rosalía junto a su lecho de muerte. El doctor Trélat, que fue alcalde del distrito XII, dijo de él que «no había sabido encontrar ningún consuelo ni fortaleza más que en aquella hija de san Vicente de Paúl, cuya fe era lo bastante profunda y lo bastante segura de sí misma para no necesitar probar la de los demás sin dudar de ella».

Algunos visitantes distinguidos

El doctor Trélat, que era también de ideas bastante avanzadas y que había tomado una parte muy activa en el movimiento liberal en tiempos de la Restauración y del Gobierno de julio, profesaba sin embargo una gran admiración por sor Rosalía y sus colaboradores. Cuando los motines de 1848 sublevaron su distrito y fueron acumulando víctimas, tanto muertos como heridos -que no se atrevían a declararse por miedo a los gendarmes-, recurrió para excitar la confianza de la gente a todos los jóvenes apóstoles de la caridad, cuyas hazañas consiguieron finalmente serenar la opinión pública: «Me gustaría -dijo entonces el vizconde de Melunenviar a sus amigos a todos esos desventurados, en vez de enviarles gendarmes… ¿Cree usted que escucharán la llamada de su amigos, de sus auxiliares, de los miembros de san Vicente de Paúl? ¿Les gustaría venir al Despacho de Beneficencia de mi distrito para encargarse de las visitas y llevar a los necesitados socorro y buenas palabras?».

El vizconde trasmitió a sus amigos esta llamada. El día convenido la sala de la alcaldía del distrito XII estaba llena de voluntarios. Decididamente la escuela de caridad daba sus frutos; sus alumnos honraban realmente a su escuela.

Sor Rosalía tuvo la dicha de ver cómo se distribuían por su barrio, para ayudarle a levantar las ruinas, buenos equipos de valientes obreros. También el general Cavaignac se pasaba algunas veces por el despacho de sor Rosalia. El general conocía la influencia de la hermana sobre las rudas gentes del barrio y el papel de pacificadora que había representado en algunos momentos difíciles de los motines de 1830, de 1832 y de 1834. Y acudía a verla con satisfacción. Aquellas dos almas tan valientes, tan distintas, se sentían entonces perfectamente de acuerdo en muchas cosas. Aquellos encuentros le venían bien al rudo soldado. La acogida tan noble y tan cordial de sor Rosalía, la distinción que en su noble sencillez se desprendía de toda su persona, todo esto inspiraba respeto y simpatía y hacía elevarse a las almas,

Un día, mientras sor Rosalía estaba en su despacho ocupada en hacer una sangría a una pobre enferma, se presentó el general. Entró a saludarla: «Madre, ¿puedo verla unos momentos?». «Me honra usted demasiado, señor general, pero permita que sangre antes a esta buena mujer, que no quiere confiar su brazo a nadie más que a mí. Ya comprende usted estas cosas, general. Cuando un ejército está bajo las armas, usted no lo dejaría por ningún motivo». El general podía haber esperado tranquilamente en la antesala. Pero se le ocurrió algo mejor. Quiso asistir a la operación. Mostró mucho interés, aunque se sintió algo emocionado al ver la sangre. Palideció, se puso a temblar y apenas tuvo tiempo para salir apoyándose en la pared para no caerse. ¡Sentía menos emoción en los campos de batalla!. El general se había convertido en asiduo visitante de aquella casa. Un día, mientras estaba de visita, empezó a sonar el ángelus. Sor Rosalía, siempre tan sencilla y con el tono más natural, le dijo a su visitante: «General, es el ángelus. ¿Quiere usted rezarlo conmigo?» Sor Rosalía lograba siempre que aceptasen de buena gana sus propuestas. Y se pusieron a rezar el ángelus los dos juntos, un general y una hija de la Caridad.

Por el despacho de sor Rosalía pasó un día un mariscal de Francia. Otro día vinieron a visitarla el propio Napoleón III con la emperatriz. Y después de ellos vino nada menos que un ministro para traerle la condecoración de la legión de honor.

¡Realmente, el «salón de sor Rosalía» contaba con su elevada nobleza y con sus altos dignatarios, tanto por lo menos como los salones del boulevard Saint-Germain!

Es fácil de adivinar la acogida que a todos ellos les reservaba la señora de aquel lugar. Con aquella noble sencillez que es la suprema distinción de las almas grandes, les presentaba los honores de su casa. Pero dispuesta a volver enseguida con el mismo respeto y la misma solicitud a sus «señores y amos» los pobres, que llevaban a sus ojos la aureola de Cristo y que ocupaban en su corazón, como en el corazón de cualquier hija de la Caridad, el lugar que se reserva a los privilegiados.

Y sor Rosalía volvía a sus privilegiados. No había nada que impresionara tanto como la acogida que les reservaba. Era más amable y cariñosa que nunca. De una enorme delicadeza cuando se trataba de algún niño enfermo y de sus mamás; se notaba especialmente los días en que había que vacunarlos. Ella misma se encargada con agrado de aquella tarea. Y era ciertamente una tarea agobiadora. Se reunían en la misma sala veinticinco, treinta y hasta ochenta madres de familia. Las madres charlaban, los niños se ponían a gritar; ¡un ruido imponente! Sin embargo, perfectamente dueña de sí misma, siempre encontraba una frase graciosa para cada madre, una caricia para cada pequeño. Por eso aquellas mujeres solían presentarle con orgullo al primer recién nacido. Los pequeños raquíticos, mal cuidados, gozaban de una consideración especial. Si la madre se sentía un poco confusa por la fealdad de su hijo, estaba segura de que la buena madre le diría a la hermana que la acompañaba: «Vea qué mirada tan inteligente. Es pequeño, pero ya se desarrollará. Buena mujer, tráigamelo con frecuencia. Es simpático y parece como si me conociera. Yo misma me encargaré de que entre en la escuela cuando sea un poco mayor…».

Y si se olvidaba de alguno o cometía alguna equivocación con ellos, se excusaba graciosamente ante aquella pobre gente y les pedía perdón. Aquellas buenas mujeres se quedaban aturdidas, sin comprender nada.

El correo. Cartas y secretarios ocasionales

Entre todos aquellos visitantes que asaltaban la habitación de sor Rosalía había uno que se colaba todos los días y que prolongaba sus visitas sin compasión: el correo. Cada día traía un montón de cartas que se acumulaban en el despacho de la buena hija de la Caridad. Cartas que venían de Francia, de Europa, de América. Sor Rosalía hacía la primera revisión. Y si alguna de aquellas cartas parecía urgente, llamaba a algún benévolo secretario y le dictaba la respuesta en unas cuantas palabras claras y breves. Y el secretario se iba a algún rincón donde pudiera sentarse a escribir la carta.

Muchas de las cartas de sor Rosalía están escritas por consiguiente por secretarios ocasionales. Es fácil darse cuenta de ello. Ciertamente, las ideas son siempre claras y firmes; es el eco directo de las fórmulas de sor Rosalía; y el estilo es el hombre. Pero la ortografía ofrece curiosas sorpresas y una gran variedad de trazos. Hay ortografías académicas irreprochables. Pero también las hay que se permiten las más curiosas fantasías. Es la huella que dejan esos secretarios improvisados.

Por otra parte, algunas de esas cartas fueron escritas aprisa bajo el dictado de sor Rosalía que no quería perder el tiempo. Uno de esos secretarios añade un día, como postdata, esta observación ingenua pero significativa: «Perdone, madre superiora, si esta carta ha sido escrita un poco aprisa; sor Rosalía no me da tiempo de escribir (Firmado). Su muy humilde servidor». Va dirigida a la reverenda madre del «Buen Salvador» de Caen, 22 de abril de 1838. Es fácil de adivinar la escena: sor Rosalía dictando, quizás a varias personas, yendo de una a la otra, indicando en el curso de sus pensamientos las frases que han de escribir cada uno, pensando que van demasiado lentos, y los secretarios de buena voluntad que pierden la paciencia y escriben desconcertados y se sienten confusos de lo mal que les ha salido la carta. Y sor Rosalía, a pesar de los desaguisados de sus secretarios, pone su firma debajo de la carta. No tiene ni pizca de amor propio. Su amor propio, ese «enemigo capital», como ella lo llamaba, ha quedado tan maltrecho que está casi muerto.

Pero también con frecuencia escribía sus cartas la misma sor Rosalía. En sus autógrafos limpios y hermosos, con su firme y amplia escritura, se permitía a veces ciertas libertades en el uso de la ortografía. No obstante, cuando escribía a algún distinguido personaje, ponía más atención y, en caso de necesidad, pedía auxilio al diccionario; y entonces la ortografía era irreprochable. Otras veces la ortografía seguía más o menos la fonética de las palabras. Por eso hay cosas que nos extrañan, acostumbrados como estamos a una ortografía oficial, seguida escrupulosamente, como prueba de distinción y de respeto a la lengua francesa. Pero nos olvidamos a veces en nuestro siglo xx de que la ortografía ha sufrido no pocas vicisitudes con

sión. Realmente, le habían dado lo que se merecía. Pero la verdad es que sor Rosalía tampoco durmió aquella noche. Y al día siguiente, muy de mañana, mandó que le llevaran una manta a aquel desgraciado para que pudiera dormir un poco caliente…, y para que ella misma pudiera dormir en paz.

Estos conflictos entre la prudencia y la compasión no siempre tenían una solución tan benigna. Un joven por el que se había interesado mucho y al que había ayudado en varias ocasiones no respondía a su solicitud. Ya le había advertido que tenía que cambiar si quería seguir contando con ella. Pero el muchacho no cambió. Después de madura reflexión, lo llamó y le dirigió estas palabras: «Amigo mío, tiene usted una plaza esperándole en Constantinopla. Aquí tiene el pasaporte. Y aquí una carta de recomendación. Márchese esta misma tarde». Aquel joven imploró su perdón y empezó a prometer de nuevo cambiar de vida. Pero sor Rosalía se mostró inexorable. Y aquel joven marchó, como le había dicho, aquella misma tarde.

¡Qué fuerza de voluntad había en aquella mujer, junto con una inefable bondad! ¡Y hasta dónde llegaban sus relaciones! ¡Desde París pasaba tranquilamente a Constantinopla!

Vacaciones para sor Rosalía

Con semejante actividad al servicio de los demás, cualquier otra persona que no fuera sor Rosalía habría visto pronto comprometida la escasa salud que ella tenía. En efecto, su salud era bastante frágil. Pero la alegría de su alma la sostenía, le daba fuerzas, aligeraba su peso. Su temperamento sano y su vida regular contribuían a mantener su salud. Era admirable. Siempre trabajando. La fiebre la visitaba con frecuencia, pero nunca lograba rendirla. Las personas que la rodeaban se preocupaban por ella. Pero ella no deseaba preocupar a nadie. No les permitía que le hablaran de descansar. Se enfrentaba con todas sus tareas con una magnífica decisión.

Un día, sin embargo, alguien la convenció. Era el buen párroco que la había dirigido antes durante su estancia en Gex, el abate de Varicaurt, que había sido nombrado obispo de Orléans. En una visita a la calle de l’Epée-de-Bois durante los primeros años de su cargo de superiora, el aspecto cansado de sor Rosalía le había inspirado cierta inquietud y le aconsejó unos días de descanso. Y para que pudiera tomárselo cómodamente, le ofreció su propia casa de campo, cerca de Orléans.

Sor Rosalía, confiando en su antiguo párroco e incapaz de eludir esta paternal invitación de una persona a la que estaba tan agradecida, saltó esta vez por encima de su intransigencia y obedeció.

El coche del obispo estaba a su disposición. Una compañera acompañaba a sor Rosalía.

Un bonito viaje. Pero sor Rosalía llevaba un poco de melancolía dentro de su alma.

Llegaron a Orléans. La ciudad, el Loira, los campos, ¡una maravilla! Pero sor Rosalía no lograba distraerse y se mostraba preocupada.

¿Qué es lo que le faltaba? ¡Sus pobres! ¡Ya no estaba con sus pobres! ¿Quería pobres? ¡Pronto los encontró!

Fue a buscarlos enseguida, les visitó, les ayudó, los hizo felices. ¡Pero ella no lograba sentirse feliz! Tenía pobres. Pero no eran los suyos, los que tantas veces había socorrido y curado, a los que conocía personalmente y llamaba «sus hijos» o a veces, con una sonrisa, «mis diocesanos». Cuando san Vicente fue llamado a gobernar todo un mundo de personas y de obras, ¿no lamentaba también verse lejos de los pobres, no poder hablar con ellos, consolarles, bendecirles, darles un testimonio de amistad? Deseaba ciertamente que tanto él como sus hijos pudieran dar limosna a los pobres, pero sobre todo quería que tomasen contacto con ellos y que los pobres se sintieran personalmente respetados y queridos.

Sor Rosalía amaba demasiado a sus pobres, a sus «diocesanos» para que alguien pudiera pensar en quitárselos. Fue preciso devolver pronto a sor Rosalía a su «diócesis».

Las vacaciones habían durado cinco días.

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