Sor Rosalía Rendu (Desmet) 06

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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6. En casa

La «Oficina de la Caridad»

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

La casa a donde iba destinada sor Rosalía era una «oficina de la Cari­dad» o «casa de socorro». Se llamaban de esta manera los establecimientos caritativos creados por el gobierno del Consulado para la distribución de socorros entre los necesitados del barrio. Había cuatro en el distrito XII de entonces -el V actual-. Los necesitados eran numerosos: la revolución que con sus ideas tan generosas, pero enloquecidas, había desorganizado en aquellos años de agitación tantas instituciones, suprimiendo las corpo­raciones obreras, paralizando las relaciones económicas, arruinando las arcas del estado y deshaciendo las fortunas privadas, había conseguido empobre­cer más aún a los pobres y arrojar a muchos en la miseria. Las sociedades de san Vicente de Paúl tenían no poca tarea por delante.

La dirección de las «oficinas de la Caridad» estaba encomendada a administradores civiles, que actuaban en nombre del estado o de la Comu­na. Pero toda su vida estaba confiada a las religiosas: eran ellas las que atendían a los enfermos, las que distribuían las limosnas y las medicinas, las que dirigían las escuelas. Tenían en ellas plena confianza en aquellos tiempos tan turbulentos. Podían hacer el bien con toda libertad.

La casa estaba situada en la calle de Francs-Bourgeois-Saint-Marcel que, debidamente ampliada, se ha convertida actualmente en una parte de los grandes bulevares de Port-Royal y Saint-Marcel. Desde allí, por la calle Mouffetard, se llegaba en pocas minutos a través de las callejuelas, de los tenderetes y montones de basura del «Marché des Patriarches», a la calle de l’Epée-de-Bois, que haría célebre sor Rosalía, convertida en superiora de aquella comunidad.

Había allí una escuela para niños pobres, una farmacia, un almacén de ropa blanca y una reserva de ropa de vestir. Se había hecho una lista oficial de los pobres que había que visitar en el barrio.

Las Hijas de la Caridad que componían la pequeña comunidad del barrio Saint-Marceau formaban un grupo muy fervoroso. Como vivían en un barrio muy pobre, habían tenido que multiplicar sus servicios. Durante el período revolucionario habían demostrado una gran valentía pasando por momentos muy difíciles, pero sin dejar de servir a los pobres. Un día fue­ron denunciadas por el Comité de Salud Pública y citadas a comparecer ante el tribunal revolucionaria; «se presentaron sin miedo alguno, dichosas d: poder ofrecer a Nuestro Señor el sacrificio de su vida». Pero el sacrificio no fue aceptado. «Las necesitaba el mundo demasiado».La noticia de su arresto se corrió por toda el barrio y hubo una especie de motín; cuando la gente vio que les quitaban a sus hermanas, las siguieron hasta el tribunal y declararon a los jueces que estaban dispuestos a defenderlas y a llevárse­las consigo. Ante una oposición que no esperaba, el Comité no se atrevió a retenerlas. Las hermanas regresaron a casa, escoltadas por sus libertadores. ¡Fue un hermoso triunfo! Es lo que le ocurre al pueblo en su sencillez y su generosidad cuando se encuentra ante el heroísmo.

Y de este modo las hermanas pudieron volver a su vida de oración y a sus tareas de caridad.

La hermana Tardy, que presidía la vida de aquella pequeña comunidad, era digna de gobernar aquel grupo tan fervoroso. Tenían mucha confianza en ella al enviarle a la nueva hermana, todavía novicia, frágil de salud, y que llegaba más bien para que la cuidasen a ella que para trabajar con las demás, mientras ultimaba su formación de novicia.

Un apostolado que empieza bien

Sor Tardy acogió con cariño a la recién llegada. Si sentía cierta inquie­tud al verse bajo el peso de la tarea tan delicada que le habían encomenda­do, pronto pudo tranquilizarse; poco tiempo después, una vez acabado el tiempo del noviciado de Juana María, sor Tardy pudo escribir a la Superiora General: «Madre, concédale el hábito y déjemela a mí».

En efecto, sor Rosalía había caído muy bien en la pequeña comunidad; era la felicidad de todos, de su superiora y de sus compañeras. A pesar de su fragilidad y de la prueba de su salud que la había llevado a esta casa, había traído también, junto con sus dieciséis años y el encanto de su juven­tud, el atractivo de su buen carácter. Su vivacidad complacía a todos; su delicadeza suscitaba una discreta admiración; su energía inspiraba confianza. No era de las personas que se arredran ante las dificultades; se enfrentaba con ellas, encontraba una solución y seguía adelante. Era la primera en dar ánimos y en arrastrar a las demás. Las antiguas seguían a aquella joven hermana tan resuelta, tan ardiente, que sabía multiplicarse a la hora de hacer cosas por los demás. Sus cualidades naturales adquirían todo su en­canto en un alma delicada y limpia que la virtud hacía modesta, recogida, que se sentía tan unida a Dios y ya irrevocablemente apegada a su deber. Por lo que se refiere a ella misma, sor Rosalía se acostumbró enseguida a su nuevo ambiente; con su carácter decidido se adaptaba fácilmente a las nuevas situaciones.

La encargaron, en primer lugar, de la clase.Se trataba de una escuela para niños del barrio que vivían fuera. Sus alumnos eran muy numerosos. Pero ella había aprendido a mandar. Aquella tarea le gustaba. Se entregó a ella de todo corazón, poniendo toda su abnegación y su capacidad. El en­canto que por otra parte se desprendía de su persona, su espíritu generoso y firme, su mirada tierna y penetrante, su serenidad que engendraba paz y alegría lograron conquistar enseguida a todo aquel mundillo escolar. Todos los niños la querían y la escuchaban con interés.

Puso todo su empeño en la enseñanza del catecismo, ya que tenía que vérselas con unos pequeños que ignoraban las verdades más elementales de la religión. Coma tenía que prepararlos para la primera comunión, quiso que aquel acto se realizara con solemnidad y que, impresionando a la ima­ginación y al corazón de los niños y de sus padres, contribuyera a dar la religión el verdadero lugar que debería ocupar en sus vidas. Para ello pro­curó realzar las ceremonias tradicionales que habían sido abandonadas du­rante los tristes días de la persecución. Aquel acto tuvo para todos un sig­nificado de honda alegría y fue realmente un espectáculo consolador.

Pero no eran solamente los niños los que tenían necesidad de saber las nociones más elementales del catecismo. Entre las familias del barrio, pri­vadas durante cerca de diez años de toda ayuda religiosa, había gran número de personas que no habían hecho todavía su primera comunión. Sor Rosalía se convirtió en su catequista. Por la tarde, después de las faenas cotidianas, reunía en casa a las mujeres y a las muchachas del barrio y en aquellas clases vespertinas, que se parecerían mucho a nuestros círculos de estudio, con su intercambio de ideas y su atmósfera de confianza, se convertía en apóstol de todas ellas. Y aquellas alumnas mayores volvían a encontrar en aquella joven amable convertida en maestra de escuela la alegría de ins­truirse y el gusto por las cosas de Dios.

Sor Rosalía tuvo durante toda su vida el don de descubrir, junto con las necesidades de su tiempo, los remedios más apropiados para solucionar­las. Por iniciativa suya fueron surgiendo una tras otra varias instituciones que ahora nos resultan familiares, pero que entonces eran creaciones real­mente nuevas. «Los grandes pensamientos proceden del corazón». Y sor Rosalía tenía un corazón ardiente e insaciable.

En sus horas de ocio, especialmente durante las vacaciones escolares, las otras hermanas invitaban a sor Rosalía a visitar a los pobres. En aque­llas visitas llevaba «bonos de pan» y «bonos de carne», ropa y tela para hacer vestidos, ayudas de todas clases, pero sobre todo llevaba un alma benévola y compasiva, una mirada tierna, un rostro sonriente. Todos apre­ciaban y deseaban su visita. Sucedió a veces que algunas pobres gentes, en el momento de morir, quisieron hacer su confesión con ella; y a ella le costaba mucho negarse a semejantes peticiones. ¡También sor Rosalía se sentía feliz de volver a encontrarse con sus queridos pobres! ¡Le había gustado tanto servir a los pobres de Confort! Recorría las calles malolientes del barrio, recogida pero con el corazón alegre, modesta pero buscando con la mirada dónde había una miseria que aliviar. No había nada que le re­pugnase en aquellas miserables viviendas, húmedas y estrechas, en donde se amontonaban familias enteras. No había nada que la detuviera, ni el aire corrompido, ni la suciedad, ni los insectos, ni las peticiones indiscretas de los pobres que abusaban de la bondad de las almas caritativas. Ella domi­naba todas aquellas cosas y las excusaba. Hacía todo el bien que le era posible y confiaba lo demás a Dios. Volvía a casa fatigada, pero no cansada, bendiciendo a Dios por el bien que hubiera podido hacer y dándole gracias por la confianza que en ella había puesto su Providencia. Contenta, ma­nifestaba a todos su dicha, inspirando a todos cuantos la rodeaban el mismo coraje y el mismo desea de hacer el bien.

Una aventura en la que el diablo tiene la palabra

Sor Tardy que también se sentía subyugada por el encanto de aquella alegría, de aquella impetuosidad, de aquella virtud, seguía con interés, mez­clado con cierta admiración, los admirables progresos de sor Rosalía. Pero se preguntaba además con cierta inquietud cuál era el secreto, humano o divino, de aquel alma, cuál era el resorte oculto que hacía brotar en aquel alma tanta actividad, tantas iniciativas, tanta alegría, tantas aparentes vir­tudes. Y decidió someter a su joven compañera a una prueba sobrenatural, que pusiera de manifiesto los secretos de su corazón.

Nos refieren este hecho dos hermanas antiguas,que lo oyeron de la misma sor Tardy.

Vivía en la parroquia de Saint-Médard, en una casa que veinte años más tarde pasaría a disposición de las obras apostólicas de las Hijas de la Cari­dad, un buen sacerdote muy digno, pero que estaba sometido a una terrible prueba. El demonio lo había convertido en su víctima. ¿Se trataba quizás de que Dios había permitido que el demonio se tomase una violenta repre­salia por los golpes tan duros que aquel sacerdote le había asestado durante su ministerio? ¿O se trataba acaso de la ofrenda espontánea de un alma, que había aceptado ser víctima por los pecados del mundo? No lo sabemos. Pero el señor Saudreau, en una de sus obras L’état mystique, dice que co­noce casos de este estilo y que son mucho más numerosos de lo que se cree. Sea lo que fuere, aquel buen sacerdote estaba poseído por el demonio, lo cual por otra parte no indica nada en desdoro de su alma.

Sor Tardy le visitaba regularmente. El señor arzobispo de París le había encargado que atendiera discretamente a la subsistencia y mantenimiento de aquel buen sacerdote, al que era preciso sustraer de la curiosidad del público. Y un día decidió que la acompañara en una de sus visitas sor Rosa­lía, que manifestaba tanta virtud. ¡Realmente se necesitaba mucha virtud para acercarse al demonio y enfrentarse con él en su misma morada! Sor Tar­dy procuró no revelar a su compañera el secreto que se cernía sobre la vida de aquel pobre sacerdote. Le dijo simplemente colgándole del brazo la cesta con las provisiones: «Vamos a llevar alguna cosa a un sacerdote enfermo».

Cuando entraron, el pobre sacerdote estaba escribiendo en su despacho. A1 ver que se habría la puerta, se volvió con una mirada de expresión desesperada. Sor Rosalía se sintió impresionada. Silenciosamente, barrieron un poco la habitación, pusieron un poco de orden y depositaron, siempre en silencio, las provisiones que llevaban. En el momento de dejar la habi­tación, sor Tardy dijo sencillamente estas palabras: «Sor Rosalía, haga una reverencia al señor cura y encomiéndese a sus oraciones». Dócilmente, la aludida insinuó una reverencia y con voz tímida profirió algunas sílabas… En aquel instante, con la agilidad de un rayo, el sacerdote saltó hasta el techo de la habitación y daba vueltas corriendo en torno a él, como si se tratara del piso más llano; y con una voz terrible empezó a gritar: «¡Rosalía, Rosalía! ¡Cuántas almas me vas a arrancar!». Repitió tres veces aquel grito. La pobre joven no comprendía más que una cosa: que la estaba llamando. Y llevada del pánico se echó a correr y en un momento llegó, no sólo a la puerta de la casa, sino al final de la calle.

Sor Tardy ya sabía a qué atenerse. Era un relámpago esplendoroso que le había enviado la Providencia. En adelante ya sabía que era legítima la virtud de su compañera y que su alma era realmente terrible para el demonio. Le dio gracias a Dios por esta revelación y en adelante puso toda su confianza en sor Rosalía. La influencia de aquella joven hermana, sus proe­zas en el barrio, fueron en adelante a sus ojos verdaderos signos de la protec­ción divina, de los triunfos de la gracia, de la predilección divina sobre aquel alma, entregada por entero a los intereses de la gloria de Dios.

Por lo que se refiere a sor Rosalía, una vez repuesta de su emoción y recobrada la paz interior, se sintió más que nunca recogida ante el miste­rio de aquel mundo sobrenatural que se le había revelado tan brutalmente. Y se sintió al mismo tiempo más humilde, aplastada por el peso de las grandezas divinas en sus manifestaciones misteriosas de poder sobrenatural. Pero confió en Dios más que nunca, ya que por la boca del demonio le había revelado los éxitos tan felices de su futuro apostolado. Con ello reco­bró decididamente el dominio sobre sí misma y se puso a trabajar de nuevo. De nuevo volvió a sentirse confiada en la vida. Su actitud alegre, su sonrisa luminosa, su mirada limpia, su palabra viva, espontánea, fraternal, devol­vieron a su persona todo el encanto de antes. Y la simpatía de todos, sus compañeras, los niños, los padres y los pobres del barrio, siguió estimulando su esfuerzo y su abnegación. Hizo los votos en el año 1807.

Unos años más tarde, en 1815, tuvieron necesidad de una superiora para la obra importante de «Ménages» o de las «petites maisons». Y escogieron a sor Tardy. Había que buscarle sustituta para la casa de la calle des Francs Bourgeois. La elección recayó en sor Rosalía. Seguramente inspiró aquella elección la misma sor Tardy, que conocía tan bien a su compañera. Todos se felicitaron por tan acertado nombramiento. Realmente la popularidad de que gozaba sor Rosalía era el reconocimiento de sus méritos y de las virtudes que adornaban a aquella humilde obrera de Dios.

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