Sor Rosalía Rendu (Desmet) 05

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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5. París. El noviciado

Al día siguiente de la Revolución

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Las dos viajeras llegaron a París el 25 de mayo de 1802. Se dirigieron a la casa madre, en la calle del Vieux-Colombier, a la sombra de San Sul­picio, en donde se estaba reconstituyendo la Compañía después de la tor­menta revolucionaria.

Por casi toda Francia las hermanas se habían ingeniado en la medida de lo posible por permanecer en sus puestos sirviendo a los necesitados, conservando su espíritu de Hijas de la Caridad sin el hábito religioso que les estaba prohibido llevar; lo mismo que en Gex, habían seguido entregadas a su misión. Pero la casa madre del barrio Saint-Laurent había sido eva­cuada en tiempos del Terror. A1 principio, en 1789, había recibido la visita de una banda de gente dispuesta a todo, pero que se había visto subyugada por el espectáculo grandioso que se había ofrecido a sus ojos al entrar en la capilla: allí había un centenar de hermanas y de novicias, inmóviles, en oración, preocupadas como es lógico por lo que podría pa­sarles pero dispuestas al sacrificio de su vida. Ante semejante espectáculo los asaltantes se detuvieron sin saber qué hacer y acabaron marchándose 1.Más tarde llegó una orden oficial de evacuación y fue necesario dispersarse: las novicias habían vuelto a su casa familiar y las hermanas se distribuyeron por varios sitios para seguir rindiendo en la clandestinidad sus oficios de caridad. A finales del año 1797, después de que pasaron los años del Terror y la muerte de Robespierre, la reverenda madre Deleau había regresado a París, procedente de Bray, en Picardía. Encontró en la calle de Magons­Sorbonne, número 455, un albergue más o menos precario. Y allá fueron recogiéndose, una a una, varios centenares de hermanas que volvían felices del destierro. Con ellas y con algunas postulantes se empezaron a reorgani­zar las casi doscientas casas de Francia. Finalmente, en diciembre de 1808, un decreto de Bonaparte restablecía oficialmente la Compañía y le asignaba como casa madre un inmueble de la calle del Vieux-Colombier, el núme­ro 15, dedicado anteriormente a hospicio de niños huérfanos. Recibieron la orden de formar enfermeras para los hospitales, pero se les seguía prohibien­do usar la corneta. De todas formas se encontraban en su casa y las her­manas dispersas podían volver al hogar familiar. De hecho volvían todas contentas, valientes, bien templadas en la prueba. En efecto, todas las casas habían ido pasando sus pruebas y algunas de ellas tuvieron también sus mártires: en Dax, Angers, Arras y Cambrai, varias hijas de la Caridad habían dado su vida en el cadalso o frente a los fusiles alineados frente a ellas. Volvían las supervivientes, ricas en piadosos y heroicos recuerdos, dichosas de encontrar de nuevo en aquella casa del Vieux-Colombier, bajo la magis­tral dirección de la reverenda madre Deleau, las piadosas costumbres y los ejercicios de la comunidad. Tenían además la ventaja de vivir a la sombra de la parroquia de San Sulpicio. Aquello era una bendición.

San Suplicio. El Señor Emery

Privadas de los padres de la Misión, a los que había dispersada violen­tamente la revolución, las hermanas encontraban en su propia parroquia, entre aquellos sacerdotes de San Sulpicio, todos los socorros espirituales que podían desear. Más afortunados que los Paúles, los sacerdotes de San Sulpicio que atendían a una parroquia gozaban por ese mismo hecho de una especie de reconocimiento oficial, que no podía pretender la Congre­gación de la Misión. El propio San Lázaro se había visto sometido a duras pruebas ya desde el comienzo de la revolución. Las distribuciones diarias que allí se hacían a los pobres y todos los servicios caritativos que había allí organizados hicieron creer a muchos que allí se ocultaban grandes ri­quezas; y el espejismo del oro, que deslumbra la imaginación de muchos, hizo que el populacho, el 13 de julio, víspera de la toma de la Bastilla, invadiera la casa en medio de un motín, entrando a pillaje por todas partes y saqueándolo todo, de manera que la casa había quedado inhabitable. Los misioneros se habían dispersado. Varios estaban en el destierro. Fran­cisco Régis Clet, el director del seminario, partió para China donde algún día conquistaría la palma de los bienaventurados después de treinta años de apostolado. Algunos vivían ocultos por la provincia y hasta en el mismo París, pero salvo raras excepciones -entre ellas la del padre Francisco, superior de Saint-Firmin- se encontraban como la mayoría de los eclesiás­ticos desbordados por los acontecimientos, desamparados ante la trágica novedad de los problemas que planteaban a la conciencia cristiana las exi­gencias de los gobiernos revolucionarios. Se necesitaba un señor Emery, el sulpiciano, o un padre Francisco, el paúl de Saint-Firmin, con todo su dominio, su clarividencia, su don de la oportunidad, su serenidad, para mirar de frente los fatídicos problemas y dar a las conciencias alarmadas las soluciones más convenientes. Todavía hoy, muchos años después de haberse reconquistado la paz, los espíritus más distinguidos siguen discu­tiendo aquellos problemas. ¡Cuáles deberían ser entonces la indecisión y la angustia! El padre Francisco, antes de su martirio, había sido un verdadero oráculo en Saint-Firmin. El señor Emery, que también se había quedado valientemente en su puesto, fue entonces el recurso universal. Fue verda­deramente la conciencia del clero. Retirado a un pobre y pequeño piso de la calle d’Enfer servía discretamente a todos cuantos acudían a sus consejos. Durante aquellos años de angustia fue el sostén y la luz de muchas almas angustiadas o que se encontraban vacilantes frente a unos deberes inciertos o penosos.

El señor Emery tenía plena conciencia del servicio que hacía a los de­más, pero también del peligro que corría. Estaba preparado para la muerte. Cuando fue detenido y conducido a la Consejería, se hizo fabricar una guillotina en miniatura, a fin de poder meditar en la muerte delante de aquel símbolo de poder de los reyes del momento, terrible instrumento de su reinado. Pero era prudente y por eso no quería provocar a nadie ni forzar la situación. Por eso se borraba todo lo más posible. Quizás se sabía además protegido más que los otros, gracias a ciertos valiosos protectores. No todos podían tener la misma audacia. De hecho alguien intervino desde arriba y pudo salir de la prisión. Por otra parte, como sulpiciano, gozaba en cierta medida, lo mismo que sus hermanos de la parroquia, aunque él no viviera allí, de cierto prejuicio favorable. Es verdad que en todas partes había habida defecciones;los sulpicianos de la parroquia lo mismo que todos los demás párrocos habían recibido la orden de prestar el famoso juramento. Los investigadores se presentaron a la hora de los oficios; hubo un gran sobresalto entre los fieles: «Si San Sulpicio sucumbe -decían-, todo se vendrá abajo». Pero San Sulpicio no sucumbió. El párroco, desde el púlpi­to, se enfrentó magníficamente a los investigadores con una declaración llena de coraje. Luego, de pronto, vencido por el esfuerzo y la emoción, cayó inánime al suelo. Finalmente, ante la conmoción de la gente, quizás también por compasión, los investigadores se retiraron y se dio un car­petazo al asunta.

Realmente San Sulpicio suponía una fuerza enorme.

En 1800, el señor Emery seguía aún en la calle d’Enfer. Vivía pobre­mente, procurando aparecer lo menos posible. Pero a partir de otoño de aquel año, queriendo asegurar cuanto antes la renovación del clero que se había visto diezmado por la persecución, reconstruyó el seminario en unos locales provisionales. Todavía no habían podido recuperar el antiguo em­plazamiento y se establecieron en la calle Saint-Jacques, en una casa de alquiler, donde habían preparado una pequeña capilla. El domingo iban a celebrar los oficios a Saint-Jacques du Haut-Pas o a los carmelitas.

Así pues, el señor Emery, tal como se lo había indicado a su amigo el abuelo Rendu, no estaba lejos de la calle del Vieux-Colombier y de las Hijas de la Caridad. Acudía con frecuencia a la casa madre; predicaba, confesaba, era un precioso apoyo para la madre Deleau. Tres años antes había presidido, como vicario general de París, el traslado de los restos de Luisa de Marillac y su solemne instalación. No podía faltar a la promesa que había hecho de velar por las nuevas postulantes de Confort.

Es fácil de adivinar la alegría de las dos viajeras cuando se encontraron al llegar con el ilustre sulpiciano, el padrino tan querido de Juana María. Ya le habían avisado de su llegada. No había entonces teléfono ni telégrafo, pera estaba bien organizado el servicio de correos y llegaban pronto las noticias. El señor Emery estuvo allí a tiempo para dar la bienvenida a su ahijada, para ofrecerle el recuerdo de aquel querido país que acababa de dejar y para asociar en un mismo himno de alabanza divina los sanos afec­tos de esta tierra y los ardores del amor divino. Con este espíritu de alegría sobrenatural y de viva gratitud al Señor hizo Juana María su entrada en la querida casa madre en donde iba a realizarse su hermoso sueño.

En el Seminario

La señorita Juana María Rendu solicitaba la admisión entre las Hijas de la Caridad. Habiendo hecho en Gex un tiempo de prueba que era una especie de postulantado, podría entrar ya directamente en el noviciado, que las Hijas de la Caridad llaman más modestamente «el seminario». Le darían luego el hábito de las Hijas de la Caridad -al menos el que entonces llevaban, ya que el traje tradicional, especialmente la corneta, habían sido prohibidos por la ley revolucionaria-. Más tarde tomaría allí el impulso necesario para ir a ejercer sus funciones en el campo de acción que le hu­biera preparado la Providencia. Entretanto se trataba de vivir en el reco­gimiento de la casa madre, en la simple caridad de una vida fraternal, siem­pre dispuesta a «servir» con toda humildad y sencillez.

Al ocupar un sitio entre las Hijas de la Caridad podría participar de su vida de familia, de las fiestas de la casa, de las festividades litúrgicas y de los ejercicios piadosos de la comunidad. Apenas llegar tuvo la alegría  de poder contemplar las reliquias de la venerable fundadora, Luisa de Ma­rillac, trasladadas tres semanas antes a la calle del Vieux-Colombier, y de antiguo y de gozar de la presencia de aquel tesoro familiar. Participaría también ella de las gracias divinas y de las bendiciones que Dios se dignaba derramar en abundancia sobre la Compañía por manos de la santísima Virgen.

El programa

Juana María tendría que adaptarse a un nuevo género de vida, tendría que entrar dentro del marco de usos y costumbres tradicionales de la Com­pañía, tendría que forjar su alma en el espíritu de las Hijas de la Caridad y practicar sus virtudes características. Ese era su deseo, pero ¿sabía ella bien lo que es el alma de una hija de la Caridad? Había visto desde luego su obra muy de cerca, especialmente en Gex. Con la intuición de su almatan sensible, sondeaba con facilidad el fondo de los corazones. Su contacto habitual con los pobres y los desvalidos que pasaban por Confort en gran número le había hecho tomar instintivamente los sentimientos y algunas de las actitudes propias de las Hijas de la Caridad. Pero era preciso que tomara buena conciencia de todo aquello y que pusiera las cosas a punto.

Ciertamente no era necesario estimular su celo y su amor a los pobres. Había traído a la comunidad todos los deseos de un corazón grande, todos los ardores de su alma caritativa. La gran virtud de la caridad podía decir que ya estaba adquirida en ella. Más bien sería necesario templar sus ardores en la práctica, regular sus manifestaciones teniendo en cuenta los recursos reducidos de una salud que era más bien frágil y la subordinación necesaria al trabajo en común, aquel trabajo en equipo que duplica el ren­dimiento, pero que exige el sacrificio de las ideas personales en aras del plan de conjunto que ha trazado la encargada de la dirección.

¿Tendría esta joven generosa la humildad necesaria para doblegar e in­clinar sus sentimientos personales ante el sentimiento de otro? ¡Sí que la tenía! Por muy decidida que fuese y por muy acostumbrada que estuviese a imponer sus derechos de hija mayor para dirigir a su manera la vida de su pequeño pelotón de hermanas, ¿.no había sabido acaso doblegarse ale­gremente ante las consignas de su madre? ¿Podía costarle mucho la obedien­cia a aquella muchacha que en las órdenes que se daban admiraba la auto­ridad prudente, recta y afectuosa de una madre tan querida? Lo mismo haría también en la calle del Vieux-Colombier. Había venido con confian­za y llena de un santo respeto hacia las directoras de una Compañía a la que apreciaba y quería y se entregaba de todo corazón. Sabría mantener en su alma piadosa aquella gran estima y aquel santo respeto; y la obe­diencia sería para ella un juego, una felicidad, un descanso, una de las formas elementales de esa virtud fundamental que es la humildad cristiana.

Pero mimada como había estado en un hogar familiar tan unido, en medio de criados y de aldeanos que eran todos amigos, ¿no habría traído a la Comunidad todo el trasfondo de un alma que se complace en los halagos y que busca la popularidad de su pequeña persona? Realmente, si había una lección que había sido capaz de aprender en el contacto con aquella buena gente de Confort, era precisamente la de la sencillez de buena ley que sigue rectamente su camino, el camino del deber, admirable de ordi­nario en aquellos buenos aldeanos para quienes el deber les parece algo perfectamente natural y que están acostumbrados a ver las cosas claras, con sencillez, sin disimulos, en un intercambio cordial, muchas veces he­roico, que ellos mismos consideran como absolutamente normal.

Juana María traía también para el servicio de los pobres un alma ardien­te, caritativa, compasiva, un carácter enérgico pero dúctil, un corazón ge­neroso, una piedad simple y sincera, noblemente deseosa de hacer algo grande y hermoso en la vida con los dones recibidos de Dios, devolviendo a Dios con toda sencillez lo mucho que había recibido de él. Todo esto es lo que ofrecía a la Compañía para el servicio de los pobres. Por algo pertenecía a aquella raza vigorosa del Jura, robusta, honrada y sencilla; por algo había sido educada en una familia cristiana y caritativa, cuya fe y cuyas virtudes habían resplandecido y crecido en medio de las pruebas de la revolución. La vida de disciplina no resultaría sin duda muy difícil para aquel alma tan vigorosamente templada.

A pesar del desgarrón de las separaciones familiares, muy cruel para un espíritu tan sensible como el de Juana María, se entregó con alegría y entusiasmo a sus nuevas obligaciones. Su educación había sido excelente; la formación del noviciado sería fácil. El trabajo se llevaría a cabo con toda normalidad.

Caridad, humildad, sencillez: Juana María lograría pronto aprender el programa. Caridad ardiente, incansable, siempre dispuesta a servir, pero practicada con normalidad y sencillez. Era todo un programa de vida cuya belleza moral le encantaba y del que su alma llevaba ya algún reflejo, que constituía un verdadero deleite.

La formación

La verdad es que la novicia había encontrado para que la dirigieran unas manos expertas. La hermana a la que se le confió por entonces la formación de las jóvenes era una bretona natural de Dinan, sor Gillette Julienne Ricourt. Tenía entonces cuarenta años. Cuando al llegar Juana Ma­ría se encontró ante aquella persona de aspecto grave, templado por una amable cordialidad, cuya presencia inspiraba al mismo tiempo respeto y confianza, seguramente se dijo: «Estoy en buenas manos». No tendría mu­cha dificultad, ella que era un poco tímida a pesar de su carácter enérgico, en entregarle las llaves de su alma para dejarse formar por ella. Encontró en la hermana directora el guía avisado y resuelto que deseaba. Quedó ple­namente tranquila al verse bajo la dirección de semejante guía para realizar la travesía un tanto misteriosa del noviciado. Su alegría no hizo más que aumentar cuando oyó a la hermana directora exponer en las conferencias habituales, con toda sencillez, las altas verdades sobrenaturales que sirven de base a toda la espiritualidad cristiana. Juana María había encontrado el alimento sólido y sencillo, con que podría durante toda su vida nutrir su alma ardorosa y realista. Cuando a veces recibía algún aviso o algún reproche, le gustaba esta forma de actuar firme y cariñosa a la vez, clara y directa, que no tenía nada de amargo y revelaba solamente la preocupación por la gloria de Dios. Le gustaba aquella voz sincera y reveladora de un alma grande, que enseñaba devociones muy atractivas, como la de Nuestro Señor en su santa infancia, la del Verbo encarnado, la del santísimo sacra­mento del altar.

Juana María podía considerarse feliz. Más aún, si se piensa que el se­ñor Emerv, con ocasión de su ministerio en la casa madre, podía ver con frecuencia a su ahijada y añadir a aquella obra maravillosa su propia nota original de la que sor Rosalía, agradecida, se hará eco más tarde. El señor Emery tenía el arte de recoger y resumir ciertas lecciones importantes en unas cuantas sentencias lapidarias que se grababan para siempre en el cora­zón de sor Rosalía. Hablando, por ejemplo, de la abnegación incansable de una hija de la Caridad, repetía muchas veces que la bija de la Caridad tiene que ser «como un mojón del camino sobre el cual todos los caminantes fatigados tienen derecho a depositar sus fardos». Dura consigna que resonó noblemente en el corazón de todas las Hijas de la Caridad que lo escucha­ban. Este pensamiento es ya familiar entre ellas. Y la fórmula tan densa de contenido y tan gráfica en su expresión, es del señor Emerv. Era ésta una de las lecciones del noviciado, en la traducción de este esmerado educador.

El señor Emery se servía de fórmulas semejantes cuando hablaba del sacerdocio. Y estas semejanzas revelan muy bien el carácter sobrenatural que tomaba en él la formación de las almas religiosas lo mismo que la de las almas sacerdotales.

Entre las cualidades del señor Emery, sor Rosalía parece haber apre­ciado de manera especial, junto con su espíritu de fe y su piedad sacerdotal, la seguridad de su dirección, la claridad de sus consejos, expresada en fórmulas lacónicas, ecos de un pensamiento seguro de sí mismo, perfectamente concretado, condensado, reducido a lo esencial, y por otra parte el humor de su ingenio que estallaba chispeante de aquella alma tranquila y serena, siempre ocupada en los más altos pensamientos y en los más graves pro­blemas. En semejante escuela sor Rosalía pudo aprender a hablar claro también ella y a enfrentarse alegremente con las dificultades de la vida. Y en todo caso tenía en aquel guía espiritual una robustez de alma y una limpieza de actitud en la vida que inspiraba la más alegre confianza.

Juana María, bien asentada en este apoyo tan sólido y tan agradable, podía caminar con seguridad. Las líneas que dejó escritas sobre su distin­guido padrino, nos revela todo el valor que concedía a su provechoso pa­drinazgo:

«Me siento deudora -decía- de mi santa vocación al señor Emery. El había sido mi padrino por procurador, debido a la amistad que tenía con mi familia. Era amigo íntimo de mi abuelo. Fue él quien me mandó llamar a mi abuelo y el que adquirió el compromiso de hacerme venir a París y de cuidar de mí… Le prometió que si no lograba restablecerse la comunidad de hermanas, me enviaría de nuevo a mi país.

«Llegué en 1802… Me recibió el señor Emery con un cariño de padre y me presentó a sor Deleau, que era la superiora general de la congregación… «Mantenía con nuestra casa relaciones de mucha intimidad y nos hacía a todas mucho bien. Nos dirigía él mismo algunas pláticas y nos daba con­sejos muy útiles. Confesaba a muchas de las nuestras… ¡Qué charlas tan interesantes nos daba el señor Emery sobre la humildad! Tenía mucha de­voción a san Vicente de Paúl, lo invocaba con frecuencia y nos animaba a todas a invocarle y a imitarle. También nos exhortaba con mucho interés a que fuéramos devotas de la santísima Virgen y nos recomendaba que no dejáramos nunca de rezar todos los días el rosario.

«No soy capaz de expresar todas las atenciones y muestras de afecto que tuvo conmigo, los santos consejos y las máximas que se esforzó en in­culcarme para hacerme digna de mi vocación».

Conviene que recordemos la dura lección que dio a sor Rosalía el se­ñor Emery desde su lecho de muerte, para que comprendamos hasta dónde llegó la estima y el agradecimiento que sentía la ahijada por su virtuoso padrino. Era en el año 1811. Sor Rosalía, deseando ver por última vez a su padre espiritual, se apresuró a acudir al pequeño apartamento donde éste vivía en la calle de Vaugirard. Mientras iban a avisar su visita al señor Emery, ella aguardaba en el locutorio. Pero el señor Emery se negó a verla y a recibir esta última visita de su ahijada y le envió este duro mensaje: «Id a decirle a sor Rosalía que hay que hacer sacrificios y ofrecérselos a Jesucristo y que yo le envío mi bendición como amigo, como padrino y como padre».

Este padrinazgo era realmente una fuerza. Durante cerca de diez años el señor Emery fue un precioso apoyo para sor Rosalía. En el momento en que entró en el noviciado, fue él el que más alientos le dio y le abrió un panorama de la más brillante esperanza. Y durante el mismo, ella pudo gozar de su excelente dirección.

En efecto, en el señor Emery se reunían «el saber que ilumina, la pru­dencia que guía hacia el objetivo más alto, la modestia que no se atribuye nada indebidamente, la discreción que nunca traiciona».

Aquel hombre profundamente humilde y discreto pensaba únicamente en servir a los demás. Todos los tesoros de corazón y de espíritu que ence­rraba su alma estaban al servicio de sus dirigidos. Se barraba de buena gana ante los demás, sin conservar para sí ni un átomo de esa pequeña gloria que está vinculada al éxito. Aquel poderosa espíritu que dirigía al clero de Francia y que en la cárcel entretenía sus ocios estudiando a santo Tomás de Aquino, que irradiaba luz sobre las almas resolviendo los casos de conciencia tan difíciles que suscitaba la persecución, se complacía sin embargo en pasar desapercibida. Era el inspirador y el animador de muchas buenas obras, pero luego se borraba, dejando a los demás la alegría y la gloria de la empresa. A las obras de gran envergadura él prefería las obras modestas, seguras y eficaces. Tenía el precioso don de la prudencia y un enorme sentido común. Quería que sus dirigidas hicieran un uso prudente de todas las libertades que se les concedían, recomendaba la acción indivi­dual, día tras día, en la paciencia, el trabajo y la humildad.

Aquella alma estaba tan interesada por la gloria de Dios y por el bien del prójimo, por todo aquello que en Francia podía ofrecer alguna ocasión de realizar un bien moral, que todo lo demás carecía de importancia para él. Su única preocupación era la de actuar debidamente para restablecer en aquella Francia agitada y en los corazones desconcertados un poco de paz, un poco de luz y todos los beneficios del reino de Dios. Todos sus pensa­mientos iban dirigidos a este fin y se encaminaban derechos hacia Dios en una noble simplicidad de espíritu. Todo lo que no fuera eso le parecía va­ciedad y pacotilla: ni los honores ni las dignidades significaban nada para él; procuraba evitarlos. Su alma tan sencilla, tan robusta, se aficionaba a otros tesoros, los tesoros más sólidos que va adquiriendo la caridad y el obrar bien. Retirado en su pobre apartamento de la calle d’Enfer, aquel gran personaje vivía solo, sin sirviente alguno, preparándose él mismo la comida. Aquella simplicidad que huía de los honores le ayudaba también, cuando era pre­ciso aceptarlos, a llevarlos con una naturalidad que le daba un verdadero encanto y una egregia distinción.

Por esta gran causa de Dios el señor Emery había tenido que enfren­tarse con los mayores peligros basándose para ello en una caridad mo­desta, pero ardiente. Se había quedado en su sitio durante todo el tiempo de la revolución; había sido encarcelado dos veces, la primera vez durante diez días y la segunda durante quince meses. Después de ser liberado, per­severó a pesar de todo en su obra de apostolado sacerdotal, permaneciendo en París a fin de poder estar a disposición de todas las almas inquietas y desamparadas. Todo aquel tesoro de virtud y de prudencia, de sentido co­mún, de sencillez y de humildad en el ejercicio de la Caridad, se derramaba generosamente sobre la comunidad de las Hijas de la Caridad, con lo que Juana María se aprovechaba doblemente del mismo. Su alma, bajo la acción de esta luminosa y serena dirección, se robustecía en la paz, aunque con­servando su espontaneidad y las delicadezas de su exquisita sensibilidad. Ella misma, en el apostolado que más tarde ejercería, no haría más que reflejar aquellas cualidades de celo ardiente, decidido, tenaz, de su director, ejercido siempre con gran humildad y sencillez.

Y al mismo tiempo que un reflejo del alma del señor Emery, será tam­bién un reflejo vivo y brillante, realmente maravilloso, del alma de san Vi­cente de Paúl. Al contemplar este retrato de un gran sulpiciano se comprende fácilmente el íntimo parentesco espiritual que había entre los hijos del señor Olier y los hijos del señor Vicente. Realmente, las lecciones del señor Emery no apartaban lo más mínimo a Juana María del surco trazado por san Vicente de Paúl.

Con el más vivo deseo de aprovecharse en su formación, Juana María se acomodaba de buena gana a todas las exigencias de su nueva vida. Iba creciendo en virtud, acumulando méritos y ahondando cada vez más en los rasgos de su fisonomía moral. Pero su frágil salud, separada del clima tan puro de la montaña para verse trasplantada a la gran ciudad de París, tuvo que pasar por una dura prueba. Aquel cuerpo mezquino, privado del aire limpio de sus montañas, se sentía impotente ante el esfuerzo que pedía aquella alma generosa, que deseaba mantenerse continuamente fiel a sus múl­tiples deberes cotidianos. Juana María se iba debilitando. Consultaron al médico y éste ordenó un «cambio de aires». Tendría que dejar entonces la casa madre. La enviaron no muy lejos de allí, dentro mismo de París, a la calle de Francs-Bourgeois Saint-Marcel.

En el barrio Mouffetard

Era aquel ciertamente un extraño «cambio de aires». Es verdad que cambiaba de ambiente, pero seguía siendo el mismo aire de París el que tenía que respirar. Y el aire de uno de los barrios más poblados y menos aireados. Se dice que fue el mismo señor Emery quien recomendó e inspiró aquel extraño desplazamiento. Su influencia era decisiva a la hora de tomar una decisión, ya que sus consejos se había comprobado que eran siempre acertados. Sea lo que fuere, la verdad es que el señor Emery demostró que estaba muy satisfecha de aquella determinación. Y le dijo a su ahijada: «Eso es precisamente lo que usted necesita. Allí podrá ser la sirviente de todos aquellos pobres». El consejo no era tan malo como pudiera pensarse a primera vista. Y el porvenir se encargaría de demostrarlo.

El señor Emery, que conocía bien a su ahijada, se daba perfectamente cuenta de la exuberancia de vida que impulsaba a aquel cuerpo frágil, excesivamente oprimida por un esfuerzo demasiado tensa de concentración espiritual. Lo que realmente le faltaba no era tanto el aire de los campos como aquella actividad amplia y generosa que la campiña le había hecho familiar. Aquella niña grande, absorbida demasiado exclusivamente por su esfuerzo de perfección personal, necesitaba sobre todo una distracción que distendiese sus nervios y liberase el curso demasiado contrariada de su vida generosa, poniéndola al servicio de alguna gran obra. El barrio Mouffetard ofrecía buenas ocasiones para colmar la ambición de aquel gran corazón; la enorme actividad que allí le esperaba reduciría en gran medida la tensión espiritual de aquella alma conquistada ya totalmente para Dios.

Por otra parte, el señor Emery le había prometido al abuelo Rendu te­ner cuidado de su nieta y hasta devolvérsela si la compañía de Hijas de la Caridad no lograba volver a constituirse debidamente. La prueba de su salud creaba un problema nuevo, pero que seguía comprometiendo igual­mente las promesas del padrino. El señor Emery pensó sin duda en el barrio Mouffetard por el hecho de no estar lejos de San Sulpicio, ni de la calle Saint-Jacques, ni de la calle d’Enfer, con lo que podría velar por la salud de su ahijada.

Así pues, Juana María partió para el barrio Mouffetard con su pequeño ajuar, pero con toda la riqueza de su carácter y todo el fervor de su fe. Su estancia en el seminario había resultado bastante corta. Pero en su nueva casa, bajo la dirección de una excelente superiora, podría muy bien continuar su formación de hija de la Caridad.

Al llegar allí fue cuando tomó el nombre de sor Rosalía, que llevaría en adelante.

No pudo tener la dicha de recibir el tradicional hábito azul y la corneta blanca. No había acabado todavía su noviciado y además todavía seguía prohibido llevar el hábito religioso. En aquel período de indecisión, muy cerca todavía de la época del Terror y de tantos desagradables recuerdos, las Hijas de la Caridad llevaban un hábito de circunstancias: una capa negra, de la que se quejó un día el Papa Pío VII al emperador’, manifestán­dole su desagrado de ver cómo un traje de luto, «unos vestidos de viuda» -le dijo el Papa- seguían todavía sustituyendo el hábito y la corneta blanca de las Hijas de la Caridad. Y el sumo pontífice obtuvo de Napoleón que se retirase aquella prohibición tan odiosa. De momento, una de las compañeras de sor Rosalíanos la muestra dejando la calle del Vieux­Colombier, modestamente vestida «con un pobre traje de tela indiana, que había servido mucho tiempo como cortina de la enfermería». Afortunada­mente, el hábito no hace al monje. Bajo aquel pobre hábito de circuns­tancias latía un corazón vigoroso y enérgico de hija de la Caridad, que estaba muy por encima de todas las elegancias de este mundo y que se sentía llena hasta desbordar de un maravilloso ideal de esperanza y de amor a Dios y a los pobres.

A1 dejar la calle del Vieux-Colambier para dirigirse al nuevo lugar que le indicaba la obediencia, sor Rosalía tuvo que atravesar el populoso barrio en donde iba a desarrollarse su existencia. Bajando desde el Panteón y de la Contrescarpe, tuvo que recorrer calles de nombre curioso, como la calle Tournefort, la calle de Pot-de-Fer, hasta llegar a aquella larga calle Mouffe­tard con el aspecto miserable que entonces tenía, sus tenduchas, sus casas bajas, su pueblo de niños y de mercaderes que hormigueaban por la calle. ¿Cuáles serían entonces los pensamientos de aquella hija de la montaña que llevaba en su corazón el recuerdo de los grandiosos y espléndidos espectácu­los de los paisajes de su tierra y que se encontraba frente a aquel pobre barrio sin horizonte alguno y aquella pobre gente sin religión, preocupada únicamente por las cosas de este mundo? Juana María sabía muy bien que las miradas de Dios llegan hasta los más pobres de este mundo y que sus ángeles son enviados en ayuda de todos. Ella, que tenía tanta devoción a los ángeles dé la guarda y que recurría continuamente a su protección, al enfrentarse con todas las miserias y con toda la vulgaridad que presen­ciaban sus ojos, seguramente levantó sus hermosos y limpios ojos hacia el azul del cielo y, contemplando en espíritu a las ejércitos celestiales dedica­dos a la defensa de aquel pueblo que iba a evangelizar, debió sonreír am­pliamente ante aquella hermosura que poblaba su cielo y donde estaban puestas todas las esperanzas que le prometían sus comienzos en el apostolado.

La calle Mouffetard, antes de llegar a la iglesia de Saint-Médard y de desembocar en la gran avenida de los Francs-Bourgeois, ofrecía un labe­rinto de callejuelas con nombres muy curiosos, que probablemente hicieron sonreír a su joven espíritu: calle de l’Epée-de-Bois (espada de madera), calle de Fer-a-Moulin (hierro en el molino), etc. Todo aquello poblado por un extraordinario amasijo de tenderetes y barracas, que desembocaban en un mercado de oropeles, trapos, cachivaches, con el pomposo nombre de «Mar­ché des Patriarches» (mercado de los patriarcas). Juana María, con su alma cándida de niña grande, debió sonreír una vez más ante aquel nombre glorioso, que servía para decorar cosas tan vulgares…

Pero aquel nombre tan pomposo no era una pura fantasía. Procedía realmente de un glorioso recuerdo: antes de que existiera aquel «Marché des Patriarches», el sitio había estado ocupado por un hermoso edificio que había pertenecido a un cardenal. Y aquel cardenal era patriarca de Ale­jandría». «Patriarca». De allí venía su nombre. Y ese nombre se lo dieron a la calle, a la plaza y finalmente al susodicho mercado.

¡Qué trabajo tan hermoso y tan duro se le ofrecía allí a un alma gene­rosa, acostumbrada a amar a los pobres y a trabajar por ellos!

Y llena de alegría ante el pensamiento de todo el bien que podía hacer con la ayuda de Dios en aquel barrio, Juana María llegó a la casa donde la estaban esperando.

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