Sor Rosalía Rendu (Desmet) 04

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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4. Siguiendo la vocación

Gex. El pensionado de las Ursulinas

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Juana María iba creciendo en sabiduría y en gracia, objeto de las pre­dilecciones divinas. Pero como muchas niñas de Francia por aquellos años de agitación y de angustia, no tenía más que una instrucción francamente rudimentaria. La familia había ido supliendo más o menos bien las deficien­cias de la escuela. Pero había muchas lagunas que colmar. Ya iba siendo tiempo.

Casi por todas partes, aprovechando la calma que había seguido a la tempestad revolucionaria, las religiosas habían ido regresando a sus puestos y habían vuelto a tomar el hábito, consagrándose de nuevo a la educación de la juventud. En Gex las ursulinas acababan de abrir su antiguo pensio­nado. La señora Rendu resolvió confiarles la educación de su hija. Tendrían que separarse. Gex estaba a unos treinta o cuarenta kilómetros. Y se trataba de uno o dos años de pensión en perspectiva. Juana María, tan apegada al hogar paterno que nunca había abandonado y donde tanto la querían, de­bió sufrir mucho con la separación. Pero tenía fuerzas suficientes para do­minarse y para reprimir prontamente las emociones de su viva sensibilidad. Su estancia en Gex le abriría por otra parte los ojos a nuevos horizontes y enriquecería su vida con nuevas experiencias.

Gex está situado en la vertiente oriental del Jura, muy al norte. Para llegar allá había que bordear la cordillera, por el norte o por el sur. Había dos caminos. Uno, saliendo de Confort, se dirige hacia el norte y corre al lado de la montaña por la vertiente oeste, remontando el pintoresco valle de la Valserine casi hasta sus mismas fuentes. Allí tuerce de pronto a la dere­cha y escalando la montaña por las laderas del Col de la Faucille llega enseguida a Gex. El otro camino baja hacia Bellegarde, rodea la montaña por el sur, por los desfiladeros del Ródano y sube a continuación hacia el norte, en línea derecha hacia Gex.

¡Magnífica excursión por medio de los esplendores de la naturaleza! Si Juana María salió con el corazón encogido de su hogar y de su aldea, ense­guida tuvo que entusiasmarse ante el espectáculo grandioso que la natura­leza ofrecía a sus bellos ojos. Sea cual fuere el camino escogido, todo era maravilloso. Sin duda escogieron el que a lo largo de todo el viaje va si­guiendo las orillas tan familiares de aquella Valserine cuyo murmullo y cuyos rugidos habían acompañado tantas veces los juegos y las diversiones de las niñas y que, a lo largo de todo su curso, ofrecía a los viajeros el juego cambiante de sus fantasías, sus saltos, sus cascadas, sus furores, sus asaltos a las rocas y sus aguas que formaban al chocar abanicos de finas perlas.

Juana María tenía diez años. Nos imaginamos fácilmente a aquella ni­ña de gran corazón, insaciable de belleza, contemplando el espectáculo del río desde el pescante de la tartana, lanzando gritos de admiración y llenan­do de alegría a su madre con tu entusiasmo infantil.

En Gex la esperaba una cordial acogida, que acabaría disipando, si fue­ra menester, toda melancolía. A Juana María no le costaría trabajo acomo­darse pronto a las exigencias de la vida del pensionado. Las necesarias imposiciones de la vida común, si se aceptan con valentía, se convierten para las almas robustas en un saludable ejercicio de voluntad, en el placer del esfuerzo, en el gozo de la dificultad vencida. La dificultad se desvanece o simplifica y deja en el espíritu la conciencia gozosa de una batalla ganada. Juana María, con su viva inteligencia y la viveza que ponía en todas las co­sas se hizo pronto simpática a sus compañeras y a las religiosas.

Emprendió con coraje el trabajo escolar, que resultaba bastante nuevo para ella. Los dos años que allí pasó la prepararon sólidamente para la vida. Podrá juzgarse de ello más tarde por los frutos de su trabajo, por la ductilidad y la agilidad de su talento, por el libre curso de su pluma en su co­rrespondencia.

Juana María se enriqueció mucho en el pensionado. Pero a cambio supo también darle sus tesoros. Con sus buenos ejemplos, con su piedad, con toda la gracia de su alegre carácter, amable y enérgico, devolvía con gene­rosidad todo cuanto le daban.

Su piedad tanto tiempo contenida y oprimida por las medidas policía­cas de los gobiernos revolucionarios podía en adelante expansionarse libre­mente, derramarse en fervientes coloquios can Dios en el curso de hermosas ceremonias y en conversaciones piadosas con sus compañeras, sin aquel continuo sobresalto de antes y sin miedo a los delatores. ¡Qué bien se en­sanchaba su alma en aquellos actos piadosos y llenos de fervor! Eran para ella una necesidad. Y acabaron siendo un verdadero deleite.

Gracias a esta piedad robusta, totalmente impregnada de espíritu de fe y que con toda sinceridad ponía ya los intereses de Dios y su gloria por encima de sus intereses personales, pronto dio la impresión a cuantos la rodeaban de que Dios se había hecho un santuario en su alma y que la reservaba para sí, habiéndola adornado de dones tan brillantes, dotado de virtudes tan sólidas, rodeado de los encantos de su gracia. Decían de ella que se haría ciertamente ursulina. Y las religiosas sin duda alguna darían buena acogida a una novicia tan bien dotada y de tan buenas intenciones.

Pero la vocación es un don de Dios. Y Dios, que distribuye sus dones con sabiduría y con una infinita variedad, tiene sus designios sobre cada una de las almas. Cada vocación es un don de gran valor. Y si ese don es apreciado y cultivado con fervor, Dios añade a él nuevos favores a lo largo de toda la vida. Para ello hay que entrar con decisión en los planes de la Providencia y no contrariar sus deseos.

Dios, que lo dispone todo con energía y suavidad, va preparando lenta­mente, pero con seguridad, a las almas para la gran llamada que algún día ha de dirigirles. Los caminos de la gracia en las almas son muy diversos. Dios obra a veces directamente por sí mismo. Otras veces les confía a otros el mandato de dar a conocer su voluntad. Los pobres tienen muchas veces el privilegio de ser esos intermediarios de las gracias divinas.

«Los pobres -dice Bossuet- son los primeros hijos de la Iglesia, sus verdaderos hijos, a quienes les corresponden en derecho las gracias de Nues­tro Señor y quienes son ante los ricos, los intermediarios de su gracia».

El contacto con el pobre está lleno de bendiciones. Juana María había sentido pronto el beneficio de este trato. En su entrega cordial a los po­bres que se presentaban en su casa de Confort había recibido muchos favores divinos, que tienen como portadores al pobre. A1 darse a los peque­ños y a los humildes, se había llenado de sencillez y de humildad, había saboreado los goces de la cordialidad en el don de sí. Llevaba en su cora­zón el amor al pobre. Aquel era el primer rasgo de amor que el amor de Dios había grabado en aquella alma.

Dios que deseaba hacerse con aquella alma escogida le había procurado además el trato bienhechor con unas almas consagradas y el espectáculo de su felicidad. Por medio de ellas se insinuaría en el alma de Juana María con todos sus encantos y haría brotar en ella toda la alegría del gran amor. Juana María encontraba en la casa de las ursulinas la paz, el recogi­miento, la felicidad de orar. Le gustaba mucho aquella vida que rodeaba de estos alicientes el estudio, la disciplina escolar y las mismas distracciones en el recreo. Su exuberancia en los juegos y la aplicación entusiasta de todo su espíritu al trabajo del estudio, lleno de novedad y de sorpresas, encon­traban después del esfuerzo una agradable diversión en el descanso de la oración y en aquella atmósfera piadosa de la capilla, en donde se desarro­llaban los días de fiesta tan brillantes ceremonias.

El Hospital de las Hijas de la Caridad

Pero había en Gex otra casa en donde Juana María había dejado un trozo de su corazón. La señora Rendu, en una de sus visitas a Gex, tuvo que dirigirse allí y fue acompañada de Juana. Era el hospital. Juana María se encontró allí con la miseria humana, aquella miseria de la que siempre ha­bía sentido compasión su tierno corazón. El mal revestía allí una forma distinta, la de la enfermedad. Se trataba de algo nuevo, de algo que tenía por ello más interés para la muchacha, llena de compasión por todas las formas de sufrimiento que iba encontrando.

Y allí encontró también, atentas a aliviar todos aquellos sufrimientos, a las generosas Hijas de la Caridad, cuya abnegación y sencillez ponían un aire de belleza y elevación sobre aquel reino del sufrimiento e ilumina­ban los rostros sombríos de los pobres enfermos.

Aquel espectáculo la impresionó. Y se despertaron entonces todos los instintos de su generosa naturaleza, atenta siempre a todas las miserias de los hombres. Ella había visto antes el desamparo de los refugiados, su rostro inquieto y temeroso, su cuerpo fatigado, sus pies sangrando, sus ojos agotados. Había visto todo aquello con sus ojos de niña, con su corazón sensible y con la frescura de su alma. Había guardado en su corazón una herida de amor que ya no se curaría jamás. Sufría con todos los que sufren; hacía suyas sus penas, sus inquietudes, así como sus alegrías y sus esperan­zas. Hasta su muerte, su corazón vibrará; sensible al más pequeño dolor.

El hospital estaba muy cerca del pensionado. Muchas veces durante el día la campana del hospital recordaba a todos los vecinos que allí, muy cerca, estaba el dolor, la caridad, la oración. Cuando Juana María durante el recreo oía el tañido de aquellas campanas que desgranaban sus notas melancólicas, se detenía en sus juegos, levantaba sus ojos a las ondas sono­ras en el azul del cielo y se quedaba como ensimismada, compadeciéndose de todos los sufrimientos que adivinaba detrás de las murallas de aquel jardín en donde tenían el recreo.

Además, el haber visto en el hospital al lado del sufrimiento a unas almas compasivas, que habían consagrado su vida entera al servicio de los pobres enfermos, era algo que inundaba su corazón de santa alegría, como si aquello fuera la realización de un sueño, casi inconsciente, pero que tomaba cuerpo allí, delante de ella, en toda su belleza y que le parecía ser el ideal más hermoso, capaz de dar todo su valor a una vida. ¿Cuál era, pues, aquella noble y santa voz que le hablaba desde el fondo de su alma? Una voz espontánea de una bondad natural, pero empapada de la gracia divina y reforzada por el Espíritu Santo, que le inspiraba en el corazón la llamada de la vocación. Así es como actúa la gracia de Dios, abriéndose lenta y discretamente el camino hacia el alma, hasta explotar un día en ráfagas de luz y de alegría y en la visión de un porvenir maravilloso.

Y Juana María, en medio del recreo, se quedaba ensimismada en su sueño. Y había que sacarla de allí: «Aquí no estás para soñar, hija mía; el recreo está hecho para jugar».

Sí, ¡jugar era lo que había que hacer entonces! Y jugaba, desde luego. Pero ¡impedid a vuestros oídos que escuchen una campana que os cautiva y os canta un porvenir de bondad y de belleza, de entrega ardiente y de gracias de Dios, de abnegación y de gozo! ¡Habrá que jugar, desde luego! ¡Y jugaba! Pero los ruidos y los gritos de los juegos de esta tierra se troca­rán, en labios de aquella niña, en cánticos de alegría. Acaba de surgir, llena de gozo, una obrera de Dios. Dentro de poco entrará en campaña para ser­vir a los enfermos y a los pobres, a los humildes y a los débiles, a todos los necesitados. Se pondrá también a jugar con ellos con un alma cantarina. Su visión del futuro es mucho más hermosa que los juegos. Pero de todas formas, ¡también los juegos les gustan a los hijos de Dios! Y cuando un alma siente el gusto de Dios, ¿habrá algo que no le resulte gustoso si está según la voluntad divina? Todas sus alegrías cederán en bien. Todos los días, todas las horas, son una fiesta para el que ama a Dios.

Así es como actúa la gracia en las almas; así es como día tras día va surgiendo la llamada de la vocación, discreta al principio, urgente y llena de misteriosos atractivos más adelante y finalmente explotando sonora y pujante como un grito vencedor. Lo que él pide no asusta al que le escucha. No hay nada tan tranquilizante como la voz del Espíritu.

Cuando Juana María deje a las ursulinas de Gex se llevará consigo, junto con los conocimientos escolares que le faltaban, la revelación de su porvenir. Su vida tenía ya un sentido. Se había manifestado por completo al señor párroco de Gex, que había aprobado plenamente su proyecto. Se marcharía a saborear durante algún tiempo las alegrías del hogar familiar, ya que era todavía demasiado joven. Pero cuando llegara la hora, le ofrece­ría generosamente a Dios el sacrificio de todo lo que amaba en su país natal y en el hogar familiar y respondería a la llamada del Espíritu Santo que había depositado en su corazón su inmenso amor.

Últimas alegrías en el país natal

Su estancia en Gex, interrumpida por algunos días de vacación, había durado dos años. Volvió a Confort. En el pensionado la vieron marchar con un poco de melancolía… Pero Juana María, feliz de poder volver a ver a su familia, conservaba en su corazón un grato recuerdo de aquel pensio­nado en donde había recibido tan buena acogida, donde había hecho tan buenas amistades y donde había escuchado la voz de Dios en la paz y en el recogimiento.

Volvió a Confort con alegría. Veía de nuevo los lugares familiares que le eran tan queridos, la casona, las hermanitas que corrieron a su encuentro y que habían crecido mucho: María Claudina tenía once o doce años, Antonieta seis o siete… La mamá, con cierto orgullo legítimo, contemplaba la alegría de sus tres hijas, las verdaderas joyas de su casa. Juana María, llena de gozo, volvió a saludar a los antiguos criados, tan fieles como siem­pre, a los vecinos, a los amigos de los días buenos y de los días malos. Los rostros habían cambiado; ya no estaban tan ensombrecidos como en los días del Terror. Las miradas no eran ya vagas y lejanas; no se dirigían a un más allá fuera de la visión presente, como hipnotizadas por una visión de los peligros que amenazaban. Miraban de frente y se posaban firmes so­bre las gentes y las cosas. Todas las almas parecían ahora acariciadas por el sol. La guerra civil había cesado y la paz de los espíritus hacía renacer la dicha, la esperanza, la claridad de la vida. En la casa reinaba una anima­ción sin miedo alguno; cierto aire de libertad se respiraba en la manera de vivir, en el trabajo, en el lenguaje; volvía la franqueza de antaño, las can­ciones, las risas…

Juana María dio vueltas por toda la casa y vio de nuevo el huerto. ¡Ya no estaba allí Pedro el hortelano! Le habría gustado volver a verlo, con su amable mirada y su aire majestuoso y con sus torpezas de hortelano que tanto le habían desconcertado antes. Visitó el salón grande; habría escu­chado la misa en aquel sitio con gran alegría. ¡Pero ya no estaba allí Pedro el hortelano! La cueva de su primera comunión tomó a su llegada el aspecto de un santuario. Su imaginación iba repasando todos los momentos de aque­lla gran ceremonia. ¡Qué recuerdos tan maravillosos! ¡Felicidad de las almas piadosas! ¡Lugares benditos de pasadas alegrías! ¡Cosas inanimadas que tienen un alma que se apega a nuestra alma y la obliga a amar!

La vida reanudó su curso tranquilo en aquella familia. Juana María no tenía más que trece o catorce años, pero sentía más que nunca la conciencia de sus dones y de sus obligaciones. ¡Se encontraba ahora entre unas hermanas mayores que se habían convertido en personas razonables! ¡Entre las tres iba a ser fácil la tarea de la casa! La mamá no tendría que hacer otra cosa más que mirar a sus hijas y expresar sus deseos. ¡Ya lo creo que la obedecerían! ¡Eran tan juiciosas! Habían tomado gusto a la obediencia. La casa marcharía estupendamente. Se ocuparían en atender a los pobres, a los vagabundos, a los mendigos. A toda aquella pobre gente les entusias­maría verse atendidos par unas muchachas tan amables y gozarían de su amabilidad. Y Juana María, que había recibido tan buena educación, les daría a sus hermanitas un poco de aquella sabiduría que había recibido en Gex.

¡Querido hogar de Confort! El porvenir se presentaba lleno de felicidad. La paz había vuelto a los espíritus y a los corazones, aunque todavía se seguía hablando de guerras, de expediciones, de combates y de victorias. En el corazón de Juana María reinaba una gran paz y una inmensa alegría, aunque empezaba a vislumbrar que sería grande el sacrificio que habría de hacer algún día, el día señalado por Dios, de todas aquellas cosas tan queridas que habían rodeado de encanto su juventud.

La guerra civil había cesado. Todos estaban ahora atentos a los triun­fos militares que iban alcanzando los ejércitos imperiales. La religión, lo mismo que el estado, se iba levantando de las ruinas. Juana María iba con frecuencia a la iglesia de la aldea. Saboreaba en paz la alegría de ser cris­tiana. ¡La sangre de los mártires hacía esperar un siglo maravilloso!

La vida transcurría con tranquilidad. Pero Juana María seguía con sus sueños. En el seno mismo de toda aquella felicidad familiar ella vivía el ideal religioso que había seducido su espíritu. Cuando se encontraba a veces con algún vagabundo por la carretera a recibía a algún mendigo en la puerta de casa, su corazón se enternecía, como siempre, ante la miseria humana; pera ahora se sentía sostenida por un fervor religioso, preludio y gusta anticipado de toda la vida de caridad que ella misma se prometía.

En Gex, en su visita al hospital, había visto de cerca a los enfermos y a las hermanas abnegadas que les atendían. Deseaba volver a ver todo aquello, enfrentar una vez más su corazón con las grandes decisiones. Por otra parte, podría ver de nuevo al señor de Varicourt, el párroco de Gex que había sido su director. Y un buen día indicó a su madre su deseo: iría a pasar en Gex unos días en el hospital, para aprender a curar a los enfermos, una cosa que siempre es útil en la vida. ¿No era además una buena ocasión para visitar a las buenas religiosas ursulinas y agradecerles sus atenciones?

La señora Rendu no se engañó; no se hacía muchos proyectos sobre el porvenir de su hija, pues sabía que no podía oponerse a sus deseos. Pero sobre todo no quería contrariar a los designios de Dios, que ella empezaba a vislumbrar.

Juana María partió para Gex. Una de sus amigas le acompañó en el viaje. Las dos tenían el mismo deseo secreto de consagrar a Dios su por­venir. En Gex se hicieron mutuamente confidencias. Y sus esperanzas com­partidas no hicieron más que reavivar sus deseas y aumentar su felicidad. Juana María volvió a Confort, plenamente decidida a seguir la llamada divina. Y reanudó la vida familiar, aguardando la llegada de la hora propicia. Y he aquí que un buen día -un gran día- la señorita Jacquinot, su amiga, vino a anunciarle su marcha: dentro de poco se irá a París, a las Hijas de la Caridad. Juana María no tenía costumbre de vacilar. ¡La vida caminaba aprisa en su alma! «¿Te marchas tú? ¡Me voy contigo!» Le di­jeron que era demasiado joven; pero ella no se atenía a razones. «A Dios le gusta la gente joven, lo mismo que a los hombres. ¡Entreguémosle la flor en todo su frescor! Dios estará más contento» -«¿Pero, qué dirá tu mamá?» -«De eso me preocupo yo». Y acudió a los pies de su madre. -«Madre, la señorita Jacquinot se va a París. Me voy con ella» -«¿A qué va?» -«Va a entrar en el noviciado de Hijas de la Caridad. Y yo quiero entrar con ella». Pero las cosas hay que pensarlas un poco; una madre no puede dejar marcharse así a una hija tan joven. Es verdad que ella sabía muy bien que nada sería capaz de estorbar la decisión de su hija. Sabía que era pia­dosa, reflexiva, tenaz, que conocía muy bien lo que quería y que lo quería firmemente. Por otra parte sabía que aquella vocación tenía todas las ga­rantías que eran de desear. Pera a pesar de todo puso algunas reservas y se­ñaló todas las objeciones que exige la prudencia humana: había que esperar. Había que pedirle consejo al abuelo; y éste se lo pediría al señor Emery, su padrino. Se atendrían a lo que él dijera. Era lo más prudente. Y espera­ron. El señor Emery escribió desde París que él velaría por su ahijada, que las Hijas de la Caridad acababan de reconstruir su casa madre cerca de su residencia y que le sería fácil seguir a la novicia y velar por su salud. El abuelo dio también su consentimiento.

Desde entonces todo el mundo estuvo conforme. La noticia corrió por toda la casa. Todos sintieron una gran emoción, mezcla de admiración y de pena. Pero había un gran corazón en aquella casa privilegiada. Todos se inclinaron ante el heroísmo de aquella muchacha y pusieron su sacrificio al lado del de ella. En aquella cosecha magnífica el sacrificio de las dos hermanas desoladas no fue el menos agradable a Dios. Del corazón de los niños Dios hace brotar las alabanzas más perfectas.

La marcha hacia la gran aventura

A finales de mayo del año 1802 la diligencia de París se detuvo ante el portal de la gran casa familiar, para recoger a Juana María y a su com­pañera, la señorita Jacquinot. La mamá, en su puesto de ama de casa y de madre de familia, punto de mira, apoyo y modelo, daba a todos ejemplo de coraje. Le había dicho sencillamente a su hija: «Hija mía, cuando te lleve la diligencia, ponte al lado de acá, para que te pueda ver por más tiempo».

Y el conductor restalló el látigo. La diligencia partió al trote de los caballos. La mirada de Juana María y la de su madre se cruzaron por última vez, los ojos se llenaron de lágrimas, llenas de ráfagas de cariño. Y en un recodo del camino desapareció la diligencia.

Ya no volverían a verse la madre y la hija más que una sola vez en la tierra.Pero la Providencia preparaba para Juana María un destino ma­ravilloso del que su madre podía sentirse ciertamente orgullosa. Y la mamá, por su parte, que había conservado para Dios el alma magnífica de su hija, se quedaría en su puesto para proseguir en el hogar su hermosa misión maternal.

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