Sor Rosalía Rendu (Desmet) 02

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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2. El despertar de un alma

«Había una vez tres niños»…

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Juana María tenía sólo dos años cuando le nació una hermanita, una muñequita viva a la que podría admirar, acariciar, mecer, con la que podría compartir las delicadezas de su corazón.

Entretanto los días sombríos de la revolución se vislumbraban en el horizonte y en torno a aquellos niños inocentes y risueños se ceñía de pre­ocupación la frente de los mayores. Pero Juana María y María Claudina vivían días apacibles con la ingenuidad de sus pocos años.

Pronto una nueva hermanita vino a completar la fiesta. Le pusieron por nombre Antonieta. Era el año 1793. Juana María iba a cumplir siete años. Cuando se tienen siete años resulta fácil jugar -¡era además la mayorí­a hacer el papel de reina en el trío de las hermanas.

En el huerto algo salvaje, que era su rincón de juegos preferido, tenían fiesta todos los días. ¡Qué bonitos juegos organizaban! Juana María, cons­ciente de sus derechos de mayor edad, decidía, mandaba, gobernaba… ¡Cuántas fantasías salían de la cabeza de aquella niña despierta y llena de vida! ¡Cuántas carreras por el huerto! Pero había también otros juegos más serios en aquel mundillo dirigido por una niña prudente: «Jugábamos a la maestra de escuela», le contó una de las supervivientes a sor Costalin. Juana María representaba muy gravemente su papel: había que recitar el catecis­mo, rezar las oraciones. Otras veces jugaban a la mamá. Y esa mamá tenía una hija muy buena y, como era tan buena, le concedía el premio de una visita a la capilla de la Virgen que estaba enfrente de la casa. Cantaban allí una canción y volvían luego tan contentas. ¡Habían hecho de «personas mayores»! Habían trabajado sus cabezas y sus lenguas; habían trabajado también sus piernas, pues habían tenido que atravesar la calle en su piadosa peregrinación… ¿Quién sabe si le llevarían también algunas velas? Velas de cera, de madera o de papel… ¡poco importa! Habían pasado un buen rato. Un día feliz. La mamá feliz y la maestra de escuela había sido obe­decida; las alumnas se habían mostrado realmente dóciles. ¡Todas se sen­tían orgullosas! ¡Y contentas! ¡Alegrías sanas y cándidas de los corazones sencillos! ¡Una felicidad poco costosa! Para unas niñas del campo que no han saboreado todavía las frivolidades y las diversiones de otro tipo, que han conservado en todo su frescor los buenos sentimientos de una educación cristiana y que han sido iniciadas generosamente en el inexorable impera­tivo del deber, era ya posible vislumbrar todo lo que tiene la vida de seriedad y todo lo que de grandeza encierra el alma.

Estas alegres iniciativas de niña le granjeaban las simpatías y el respeto de- todos a la pequeña Juana María. Y sus amiguitas se cuidaban mucho de mostrarse caprichosas con ella, porque -como dice una testigo de aquellos tiempos- «Juana María no habría querido entonces jugar con ellas».

La prueba

En el hogar familiar nacería pronto una cuarta niña, una pequeña Jua­na Francisca. Hubiera sido completa la alegría si, pocos días antes, el 12 de mayo de 1796, no hubiera entrado el luto en la casa con la muerte del padre de familia, que se había ido demasiado pronto para conocer a su última hija.

Poco tiempo después la pequeña Juana Francisca, apenas cumplidos los dos meses, fue a encontrarse con su padre en el cielo. Habrá alegría en­tre los ángeles, pero en la casa de Confort volverá a haber lágrimas, una gran tristeza en el corazón de la madre y una gran pena en el de las hermanitas.

El derecho de primogenitura de Juana María le confería en adelante otros deberes distintos del de organizar juegos y dirigir a la pequeña tropa risueña y traviesa. Tendrá que ayudar a mamá en sus austeras obligaciones. Tendrá que seguir dirigiendo, pero para trasmitir a sus hermanas consignas más serias y para contribuir a su formación. Después de todo, aunque no tuviera más que siete años y casi no supiera todavía lo que era un pecado, sabía de todas formas, porque estaba bien educada, lo que es el orden, el recato, la educación y el espíritu de cordialidad. Cuando uno es el hijo mayor, aunque sea un niño, tiene que hacer respetar estas cosas a los más pequeños.

¡Juana María tenía tarea! En primer lugar la de consolar, con su her­mosa alma de niña y con las inspiraciones de su corazón filial, el dolor materno que por instinto ella misma adivinaría que era muy cruel.

En tiempos del terror. Misterio en la casa

Por otra parte, si la muerte había pasado implacable por aquel hogar tan feliz, iban a ocurrir nuevos acontecimientos; las frentes de los mayores se iban poniendo cada vez más sombrías. ¿Por qué la mamá, tan cristiana, tan resignada con la voluntad de Dios, no volvía a mostrar a sus hijas aquel rostro resplandeciente que siempre habían conocido? El bautizo de la cuar­ta hermanita no había sido celebrado, como antes se hacía, con ninguna fiesta. Cuando aquella hermanita fue arrebatada -tan pronto- al cariño de todos, la mamá se había mostrado ciertamente inconsolable. Pero ¿por qué seguía tan seria? ¿Por qué, alrededor de ella, todos estaban preocupados? ¿Qué es lo que ocurría?

Ocurría que la revolución, con sus ideas generosas pero que se habían vuelto locas, sembraba por toda Francia el trastorno y la persecución. Era el año IV de la República. ¡Ya no estaba permitido ser cristiano!

Pero eran ciertamente cristianos en aquel bendito hogar. Y estaban dis­puestos a serlo hasta el heroísmo. El ama de casa, que tenía que enfrentarse con las dificultades de la vida, habría de arrostrar también las amenazas de los perseguidores. La señora Rendu gozaba de una fama de mujer prudente que hacía aceptar todas sus decisiones en los asuntos familiares, pero era también de una piedad ejemplar. Modelo en la parroquia, daba abundantes limosnas a los necesitados; cuando se presentaba la ocasión, enseñaba el catecismo a los ignorantes; acudía espontáneamente al lado de los mori­bundos para consolarles, exhortarles y ayudarles a bien morir. Durante aque­llos años tremendos del Terror, contribuiría a mantener la fe en el país.Y ella misma estaba a punto de verse comprometida peligrosamente por su fe y expuesta a las represalias de los perseguidores. En aquella casona tan hospitalaria se desarrollaba todo un drama.

Pero las tres hermanitas, Juana María, María Claudina y Antonieta, aquellas niñas tan queridas de todos, rodeadas de afecto, de atenciones de­licadas, de cuidados vigilantes, conscientes de ser las joyas de aquella madre tan cristiana y los verdaderos tesoros de la familia, no podían en medio de su felicidad comprender las preocupaciones que pesaban sobre las almas. Iban creciendo risueñas y alegres; iban y venían, se divertían corriendo por el huerto. ¡Eran felices!

Por encima de las paredes del huerto se veían las cimas pintorescas de los montes. A sus oídos resonaban sus bonitos nombres, que ellas repe­tían cantando hasta hacerlos familiares. Todos aquellos nombres tenían su historia: grandes nombres majestuosos de montañas: «Sorgia» «Crét d’Eau», que eran la honra y el orgullo del país; nombres rudos y sonoros de las aldeas cercanas: con Confort, el pueblecito tan querido, su capilla de Ré­confort, Michaille, Chátillon-de-Michaille, Lancrans, Bellegarde.

El horizonte estaba siempre al alcance de la mano: cuando salían para las necesidades del hogar o cuando iban de paseo, apenas dejaban la fila que formaban junto a la carretera las casas de la aldea, saludaban al pasar la imagen de la Virgen en su nicho rústico y se encontraban en las pendientes del «Crét-d’Eau» y sus miradas se dirigían espontáneamente hacia la cima de la montaña; Chátillon-de-Michaille aparecía al otro lado del valle, verda­dero nido de águilas, dominando sobre el desfiladero de la Valserine y su maravilloso «Moulin des Pierres»; hacia el sur Lancrans, con el recuerdo de sus corderos y sus cabritos; y luego Bellegarde, montando guardia sobre los caminos que cruzan entre el Ródano y la Valserine. Desde allí, en rá­pida pendiente, podían bajar hasta la orilla del río. ¡Poesía de los lugares bonitos creados por Dios! ¡Fuerza torrencial de las aguas caprichosas del río! Belleza, magnificencia de los riachuelos encantados de esta Valserine pintoresca en sus juegos de escondrijo a través de las rocas, en sus des­apariciones y remansos, con la danza de sus aguas rodando y bailando por en media de las rocas, horadando pacientemente la piedra y forzando el paso por las cañadas profundas del desfiladero. ¡Se escuchaba el rumor de las aguas tumultuosas! ¡Se llenaba el alma de belleza, de grandeza, mucho más aún que la vista corporal!

Pero era evidente que en Francia se estaba desarrollando un verdadero drama religioso. Y sobre todo -a pesar de que era la mayor y tenía ya sie­te años- la pequeña Juana María era demasiado frágil para llevar el peso del terrible secreto que ocultaba su casa.

En efecto, durante aquellos años sangrientos del Terror, que fusilaba y decapitaba a tantos hombres, la casa paterna tenía una función en la ba­talla religiosa que todos los días producía nuevos mártires. Servía de refugio a los sacerdotes proscritos, a pesar de que los que acogían a estos sacer­dotes estaban sujetos a las más graves sanciones, incluso a la muerte. Pero el sacerdote que sustituyó al párroco se encontraba sin cobijo. Y necesitaba un sitio donde poder albergarse para irradiar desde allí por la parroquia, en los momentos más favorables, al lado de los enfermos y moribundos y para mantener la vida religiosa de sus fieles. El señor obispo de Annecy, amenazado también por la persecución, había buscado un re­fugio en un rincón perdido de la montaña, con la intención de pasar a Suiza. Confort estaba en la carretera que llevaba al extranjero. El obispo, antes de cruzar la frontera, se había detenido también en la casa hospita­laria de la señora Rendu.

Muchos buenos franceses que emprendían el camino del destierro antes de verse esclavizados pasaban también por Confort. Desde Confort bastaba bajar el valle de la Valserine hasta su confluencia con el Ródano, para re montar luego el gran río; después de una marcha de unos 20 kilómetros, se llegaba a Suiza, a Ginebra o a Chancy. Era el camino más fácil para los que desconocían o tenían miedo de los senderos de montaña.

Muchos proscritos venían del Jura, de Bugey, del país de Dombes y otros sitios, y pasaban por allí para ir a buscar en un país libre el derecho a seguir siendo cristianos. Antes de la última etapa y antes de los peligros de la frontera, se sentían felices de encontrar en una casa amiga un abrigo seguro y quizás el gozo de asistir a la celebración de los santos misterios. Con este consuelo y con la santa comunión, viático doblemente agradecido en el momento en que había que arrostrar los últimos peligros de aquel arriesgado viaje, marchaban decididos a enfrentarse con las aventuras del destierro.

La casa destacaba entre las demás; tenía un aspecto de limpieza y de sencillez que inspiraba confianza. Por otra parte gozaba de buena fama entre las gentes del país; todos encaminaban hacia ella a los pobres viajeros fatigados. Era grande: podría acoger a los recién llegados…, con tal que perteneciese a una familia decidida que no tuviera miedo a la delación. Pero en aquella casa hospitalaria había gente decidida; y en la aldea los campesinos eran leales, almas sencillas de buenos labradores, rudos monta­ñeros, acostumbrados a la dureza y a los riesgos de la vida, robustos de alma y de conciencia tanto como de temperamento. Es verdad que siempre era posible una trampa; había que tener cuidado para no acoger sin más ni más a todos los huéspedes de paso. Pero el riesgo, en definitiva, no era muy grande. Si uno tiene el corazón valiente, puede afrontarlo sin temeridad.

Lo cierto es que el abate Colliex,que hacía entonces las funciones de cura, tenía allí una habitación provisional, y desde allí iba disfrazado a atender a los feligreses que reclamaban su presencia. El señor obispo de Annecy, más conocido y fácilmente reconocible, obligado a mayor vigilan­cia, se ocultaba habitualmente en la casa y por la noche, furtivamente, de­lante de algunos fieles conocedores del secreto, celebraba la santa misa; el Dios de la eucaristía bajaba a aquella casa de bendición.

Por todo esto la casa iba tomando aires de santuario; la gente acudía allá con aspecto de seriedad y devoción. Las tres niñas, sin saberlo, estaban también respirando una atmósfera de recogimiento; sorprendidas a veces en medio de sus juegos y de sus risas por la seriedad de unos rostros que se habían vuelto misteriosos, se quedaban cohibidas y se detenían poniéndose momentáneamente serias como las personas mayores; aquellas horas trágicas les dieron sin duda alguna una madurez precoz. En esta atmósfera de piedad heroica respiraban un aire vivificador de puro cristianismo que las convertiría más tarde en almas vigorosas, templadas para las grandes tareas de la vida.

Pedro el hortelano

Durante el día el obispo proscrito, con un nombre falso y con ropas de trabajador, hacía el oficio de empleado. Tenían con él las consideraciones que puede merecer un criado de confianza. Se dedicaba a los trabajos del huerto y por eso le llamaban Pedro el hortelano. El huerto era su terreno habitual, que compartía muchas veces con las niñas juguetonas y parlan­chinas. Protegido contra las sospechas por aquel esplendoroso bullicio in­fantil que creaba a su alrededor una atmósfera de libre y confiada alegría, Pedro el hortelano, en su huerto, cavaba un poco la tierra y se ejercitaba en plantar algunas legumbres bajo los ojos divertidos de las niñas.

Pero Juana María tenía ya siete años; en el clima de incertidumbre y de misterio en que se vivía, en aquel ir y venir de tantos huéspedes de paso, los grandes ojos observadores de la niña se habían acostumbrado a mirar mucho, pero sin acabar de comprender las cosas. Aquel hortelano impro­visado le resultaba simpático; tenía buen semblante y una mirada muy tierna. Pero era evidente que no entendía mucho de cultivar la tierra. ¿Cómo se le habría ocurrido a su madre contratar a un hortelano tan inexperto? ¡Además había ya otro hortelano para hacer las cosas! ¿Acaso mamá tenía demasiado dinero para permitirse estos gastos inútiles?

Toda un alma en la mirada

Por aquellos días sucedió que Juana María estaba trabajando: tenía que hacer los deberes de aritmética y resolver algunos problemas. Mientras buscaba la solución en las nubes, con los ojos levantados muy arriba, hacia el cielo y las montañas, vio a sus hermanitas que se estaban divirtiendo en el huerto. ¡Cómo le gustaría ir a corretear con ellas! Pero su deber estaba allí, en los problemas de aritmética. Y había que terminarlos. También estaba por el huerto Pedro el hortelano, aquel misterioso cria­do que gozaba de toda la confianza de mamá y que con su bondad se había ganado también todas las simpatías de Juana María, pero que había demos­trado ser totalmente inútil para el huerto y que, de momento, no parecía hacer mucha cosa: mientras removía un poco la tierra, estaba rumiando aparte sus ideas; sus labios parecían a veces dirigirse hacia el cielo. ¡Tenía de verdad un buen semblante! ¡No era un personaje ordinario! Pero había algo que molestaba al alma vigorosa de Juana María: aquel hombre, tan simpático a pesar de todo el misterio que le rodeaba, parecía ser de muy poca ayuda para la casa.

Cuando Juana María acabó sus problemas, bajó enseguida a correr por el jardín y a jugar con sus hermanas. Los juegos resultaban siempre más animados cuando participaba ella.

En el huerto estaba Pedro el hortelano, pero daba la impresión de estar solamente de adorno. Era desde luego una buena persona y de muy buena educación. Pero no parecía estar en su lugar; la verdad es que no faltaba trabajo y que Pedro no se andaba con prisas por hacerlo; ¡no avanzaba nada en su tarea!

Y entonces, en medio de la animación del juego y de sus correrías alo­cadas, Juana María tropezó de repente con el descuidado hortelano, que la miró amablemente. Del corazón honrado de la niña brotó inmediatamente una indiscreta pregunta, planteada sin duda con ese aire de autoridad de un personajillo importante en la casa: «Pedro, ¿ha acabado ya usted su trabajo? ¿Qué es lo que mamá le ha mandado hacer ahora?».

En aquel hortelano improvisado había un alma generosa, ungida con el óleo que consagra a los obispos. Y aunque disimulada por su disfraz de hortelano, el alma del obispo de Annecy conservaba todo su ardor, brillante y fervorosa, toda su dignidad, toda su grandeza.

«¿Qué es lo que mamá ha mandado hacer ahora?» ¡Si Juana María pu­diese adivinar qué es lo que tenía que hacer, habría comprendido lo im­pertinente que resultaba su pregunta y cuán fuera de sitio estaban sus pre­tensiones de hacerse un poco la dueña de casa!

Pero Juana María no lo sabía. No podía saberlo. Ella desempeñaba ino­centemente su papel. Como buena hija, le gustaba que el trabajo estuviera bien hecho.

Pedro el hortelano no respondió. Fijó en Juana María una profunda mirada, empapada en bondad pero cargada de misterio y de sufrimiento, ofreciendo a los ojos y al corazón de la niña todo su tesoro de bondad y de belleza y un poco de su carga de sacrificio.

El alma de la niña se llenó ávidamente de toda la riqueza misteriosa de aquella hermosa mirada. Pero bajo el peso de aquella riqueza que se derra­maba sobre su alma inundándola por completo, Juana María estuvo a. punto de caer anonadada. Sus ojos se cerraron deslumbrados, intimidados ante aquel rico tesoro insospechado que brotaba del seno de un misterio tan grande. Echó una última mirada furtiva sobre los hermosos ojos de Pedro el hortelano y tímidamente se dio la vuelta y se marchó. De pronto, sus piernecitas se desentumecieron y se puso a correr: ¡corrió muy lejos!

A aquella niña frágil que huía del peso de estos hondos misterios, pero tan recta, tan decidida y de un alma tan limpia, Pedro el hortelano debió enviarle una grande bendición episcopal, que llegaría lejos, en esta vida y en la otra.

La clave del misterio

También ocurrió entonces, por aquel tiempo, que una noche Juana María no lograba dormirse. Y le pareció de pronto que sonaban cuchicheos insólitos y ruido de pasos sordos por los corredores. Luego todo quedó en calma. ¿Estaba acaso soñando? No, desde luego. Estaba despierta y bien despierta; tenía los ojos abiertos. Por otra parte, las historias de aparecidos no eran capaces de asustar a aquella pequeña, de cabeza bien sentada. Tuvo el atrevimiento de levantarse, de seguir también ella, paso a paso y sin hacer ruido, por el corredor que conducía adonde se oían los cuchicheos: abrió una puerta, descorrió una cortina. ¡Cuál no sería su sorpresa! ¡Había un altar con velas encendidas y Pedro estaba allí, revestido de sacerdote! ¡Estaba diciendo misa, como en la iglesia! Fue una revelación. Juana María sabía ya bastante y se marchó. De pronto se había descorrido un velo. Ya sa­bía, sin comprenderlo del todo, que en su casa estaban pasando cosas gran­des y misteriosas. Pero ¿por qué se las ocultaban? Su alma sentía horror a la mentira y al disimulo. Pero todo aquello le parecía una ficción, muy cerca de la mentira. Regresó a su cama.

No sabemos si se volvió a dormir.

En adelante también ella tendría, sin darse cuenta, la frente ensom­brecida y en el fondo de su honrado corazoncito un poco de rebeldía contra el ostracismo en que se la tenía respecto a los asuntos de su casa ocultán­dole aquellos secretos. ¿Es que no tenía ya siete años bien contados?

Y Pedro el hortelano seguía haciendo como que trabajaba en el huerto. Y las pequeñas seguían jugando con él. Juana María ponía en sus juegos una atención más reflexiva, una nota más seria. Seguía dirigiendo ella las cosas; era ella la que decidía y mandaba obedecer a sus hermanas; se tra­taba de entretenerlas y hacer que reinara entre ellas la concordia, acudien­do para ello a juegos llenos de fantasía y de buen humor.

Y de vez en cuando tenía que dirimir los altercados y los conflictos que explotaban entre las dos pequeñas.

Juicio de Salomón

Una vez riñeron María Claudina y Antonieta. La disputa era por una muñeca. La disensión corría el peligro de pasar del juego a los espíritus, destilando allí su veneno, arruinando la cordialidad del amor fraterno. Menos mal que intervino un juez hábil. No era más que una niña de siete años. ¡Pero lograría imponer la paz! Los sacrificios no le arredraban; impondría un sacrificio, uno bien grande, a las dos litigantes: manda que le traigan la muñeca, objeto de la disputa, y la tira por encima del muro a la calle. Después de todo, una buena solución. Cuando el cariño está en juego no vale nada un juguete, aunque sea una bonita muñeca de mejillas sonrosa­das y vestida de organdí.

¡Un implacable juez de siete años!

¿Es que era mala? ¿Tenía un mal corazón esa pequeña que sacrificaba tan duramente los juguetes de sus hermanitas y les hacía llorar? ¿Mala? ¿Acaso podía tener malicia aquella niña a la que, cuando le hablaron del pecado y de la confesión, se le ocurrió decir que quería cometer cuanto antes lo que ella llamaba «todas las maldades» para dejar ya vacío todo el corazón y agotar la fuente de la maldad antes de llegar a la edad de la razón, para no poder ya cometer ninguna falta cuando llegara la hora de las responsabilidades serias?.¡Ignorancia, ciertamente! ¡Ilusión! ¡Pero can­didez absoluta! Aquella pobre niña no había comprendido todavía las con­secuencias persistentes del pecado original. ¡Pero qué alma tan grande tenía! ¡Y qué deseos tan maravillosos! ¡Y qué voluntad de entrega total!

¿Sabemos bien lo que ocurre en el alma de un niño? ¿Es que aquel juez precoz e implacable quería acaso entablar un debate justiciero o sim­plemente asegurar, como hermana mayor, que reinara el más puro amor fraterno entre sus buenas y queridas hermanas? Después de todo, las jue­ces de los tribunales de todos los grandes países saben también manejar la espada secular y cortar cabezas cuando se falta al orden. ¿Por qué una niña encargada de dos hermanitas no estará autorizada a hacer que lloren des­pués de haber reñido, a quitarles el objeto conflictivo y sacrificarlo en un gesto sensacional, más elocuente que una reprimenda o un sermón? Par algo era la mayor y tenía que hacer reinar el orden y la concordia a su alrededor. Si hay que dar buen ejemplo, ¡los ejemplos tienen que ser concretos!

En todo casa, en esta forma tajante de acabar con un conflicto se vis­lumbra la valentía de un carácter sumamente enérgico, que quiere el bien, pero que no sabe todavía controlar sus golpes. Se aprecia hasta qué punto estimaba el orden y la concordia por encima de todas las cosas de este mundo. ¿Qué serán más tarde para esta niña todos los tesoros del mundo frente a la belleza de las almas? ¿Cuál será el esplendor de este espíritu, cuando esta escuela de vigor moral se convierta en escuela de renuncias sobrenaturales?

Explosión

Las dos hermanitas tan duramente tratadas empezaron a llorar. La mu­ñeca estaba tirada y rota en pedazos en mitad de la calle, al otro lado del muro. Lágrimas y gritos, que pedían justicia, llegaron a oídos de la mamá. Y la mamá intervino, juzgando que había sido brutal aquel acto del peque­ño juez improvisado. Y pensó en imponerle un castigo por su atrevimiento. Juana María, sobre cuyo espíritu seguía pesando desde aquella famosa noche el secreto que había descubierto y que andaba buscando inútilmente encontrar el momento oportuno de descargar confiadamente este peso en una filial conversación con su madre, tuvo entonces una inspiración genial. El secreto explotó inesperadamente: «Mamá, le dijo; si me castigas, diré que Pedro no es Pedro».

La mamá, asustada, tenía que pensar en algo más serio que en casti­garla. Ya no era una niña lo que tenía delante, sino un alma vigorosa y de una magnífica rectitud. Un poco orgullosa de tanta virilidad en aquella niña de siete años, pero preocupada de las posibles revelaciones que serían una catástrofe para la casa, se llevó a su hija al salón y allí, con la puerta ce­rrada, le hizo las confidencias necesarias.

Era preciso que supiese, a pesar de su corta edad, los peligros que se cernían sobre toda la casa, los sufrimientos de Francia y de la religión, los asesinatos cometidos en nombre de la revolución y el peligro que corría todo el que se confesara cristiano, y la importancia del secreto que en adelante ella tendría que compartir con las personas mayores. «Juana Ma­ría, persiguen a los cristianos… El rey y la reina han sido ajusticiados…, en la guillotina… Han sido asesinados muchos franceses, que tenían un nombre aristocrático… Si hubieran descubierto al señor párroco, que te daba el catecismo, lo habrían matado… Si viene a vernos disfrazado, es porque le andan buscando… Y Pedro el hortelano, es verdad, celebra mi­sa… Es sacerdote… Es algo más que eso, hija mía; es obispo… Y si lo descubren, lo matarán… Nuestro primo, el alcalde de Annecy, se ha ne­gado a entregar las reliquias de san Francisco de Sales; lo han matado; lo han fusilado.Y yo misma, hija mía, si denuncian nuestra casa, si se viola este gran secreto…, me matarán».

De pronto Juana María se echó en brazos de su madre y se hundió en ellos. Y el secreto se metió bien dentro de su corazón, para no salir jamás de allí.

El vizconde de Melun refiere que sor Rosalía, cuando recordaba estos lúgubres incidentes, se ponía a temblar de emoción. Le daba gracias a Dios por haberle ahorrada el terrible remordimiento por el crimen involuntario que habría sido su desastrosa indiscreción.

Con estas trágicas lecciones fue avanzando y progresando la madura­ción de un carácter. Juana María ya desde pequeña tenía un alma bien templada en las responsabilidades propias de una persona mayor. Y como los mayores que la rodeaban con todo el personal de la casa, también ella defendería a la religión; se sentiría más que nunca unida a ella.

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