Santiago Masarnau (sobre los primeros Ejercicios de retiro en Madrid)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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JUNTA GENERAL DE MADRID DEL 17 DE FEBRERO DE 1861.

Acto continuo el Presidente del Consejo superior, previa la venia del Excmo. Sr. Nuncio, leyó el discurso siguiente:

«Excmo. Sr., Señores, amados hermanos en Jesucristo:

Es deber mío en primer lugar manifestar a V. E., en nombre de todos mis queridos consocios, nuestro indecible agradecimiento por la bondad que nos dispensa sin merecerla ciertamente, por las continuas pruebas que estamos recibiendo de su afecto, de su protección, del amor que profesa a nuestra humilde Sociedad, y al que no sabemos cómo corresponder … Señor, nuestro corazón rebosa de júbilo al considerar la representación de que está revestida la persona de V. E., y que tanto enaltece a nuestra vista el valor de lodos los favores que de continuo nos está dispensando. ¡Que el Dios de las misericordias se los premie! No acertamos a decir más, ni a hacer otra cosa que pedírselo así con todo nuestro corazón.

Ahora, Excmo. Sr., si Y. E. me lo permite, voy a decir algunas breves palabras a mis muy queridos hermanos en Jesucristo, según costumbre de nuestras reuniones generales; palabras que, como es sabido, solo se dirigen a los socios activos, a los aspirantes y a los honorarios, es decir, a los seglares, pues no me olvido de que a estos solo puedo dirigirlas, y no a las personas de más carácter que tienen a bien favorecernos con su asistencia, como equivocadamente se ha querido suponer.

Hermanos muy amados en Jesucristo: grandes, muy grandes, son los favores que Dios nuestro Señor está dispensando a nuestra Sociedad en todas partes, y muy particularmente en nuestra España. La leo tura atenta del Boletín os puede proporcionar el conocimiento de muchos de ellos, no el de los mayores    Pero como quiera que en esta reunión parece natura! dar a conocer con particularidad los beneficios que la divina misericordia dispensa a las Conferencias de Madrid aquí presentes, hemos creído deber llamar su atención esta noche sobre el muy señalado, que como tal debemos considerarle, del retiro que hemos tenido, y que se terminó hoy hace quince días.

Este retiro, hermanos míos, ha sido el primero que las Conferencias de Madrid han disfrutado como exclusivamente hecho para ellas: y ¿quién es capaz de calcular el bien que de él pueden haber reportado con el auxilio de la divina gracia? ¿Quién es capaz de calcular el bien que de esta santa práctica pueden reportar en lo sucesivo, mayormente si se, tiene en cuenta que lo que este año no ha sido más que un ensayo (así lo llamaba el dignísimo Sr. Sacerdote (que lo dirigía), será en los años sucesivos una obra ya perfeccionada, con todas las mejoras que este ensayo ha mostrado poderse introducir en ella? ¿Quién es capaz de calcular el bien espiritual, esto es, el bien positivo para nosotros, que de esta rica mina de verdadera caridad podemos sacar? Porque el Consejo de Madrid, no hay que dudarlo, está firmemente resuelto a continuar todos los años esta santa práctica, que ya hubiera debido establecerse aquí mucho tiempo ha, aplicándose a ella con el mayor esmero, tanto para el bien de las Conferencias de la capital, como para el que puede proporcionar a las de las provincias, haciéndole en cierto modo extensivo a todas ellas por medio del Boletín.

Es, pues, un gran bien, un beneficio inmenso el que Dios nuestro Señor nos ha concedido al proporcionarnos ese santo retiro, por el cual debemos tributarle nuestras más fervorosas acciones de gracias.

Pero, Señores, las bondades de Dios para con nosotros no tienen término… ¿Sabéis que al dispensarnos el Señor ese grande, inmenso e incalculable beneficio del retiro, nos ha dispensado su mano benéfica otro bien acaso mayor? Fijad vuestra atención por un momento en lo que os voy a decir.

¿Qué sentimiento se ha despertado con particularidad en el corazón de todos, de lodos los socios que han asistido a los ejercicios del santo retiro? ¿Qué afecto principal se ha movido en los corazones de aquellos socios que, sin poder asistir a los ejercicios a pesar de su buena voluntad, han procurado adquirir de ellos lodo el conocimiento posible, siguiéndolos en cierto modo con sus preguntas e indagaciones? ¿Qué idea predominaba en la mente de todos nosotros durante la solemne, grave, y verdaderamente santa v hermosa reserva con que se terminaron los ejercicios en aquella noche inolvidable? Lo voy a decir, y creo que todos los presentes reconocerán la exactitud de mi aserción.

Entre los diferentes afectos de amor, de respeto y veneración, de vergüenza y dolor por las culpas, etc., de que se hallaban como inundadas nuestras almas en aquellas horas felices, había uno, un aléelo del corazón que predominaba sobre todos los demás, que se sobreponía a todos, que a todos los aventajaba en fuerza é intensión.—¿Qué afecto era este?—¡Era el de la gratitud! Pero notadlo bien, la gratitud semejante al amor que nos impone la santa ley de Dios, esto es, la gratitud a Dios y la gratitud al hombre, la gratitud al Señor, que nos había concedido la gracia de los ejercicios y la gratitud al Sacerdote que nos los daba o dirigía. ¿No es esto así? ¿Habrá habido alguno, uno solo, de cuantos han asistido a los ejercicios del retiro, y aun de los que han tenido de ellos noticia, que no haya sentido en su pecho este afecto de doble gratitud? Lo creemos del todo imposible.

Pues bien, como decíamos antes, la mano benéfica del Dios de las misericordias, que nos ha deparado ese hermoso sentimiento, nos proporciona también los medios de satisfacerle, de probar nuestra gratitud, y de corresponder, según nuestra pequeñez, a los indecibles favores de que nos está colmando.—¡Sí! Tenemos medios de corresponder a Dios nuestro Señor y de corresponder también al afecto que su dignísimo ministro nos ha dispensado, encargándose tan graciosa y espontáneamente de la dirección de esos santos ejercicios. Para lo primero nos servirá la fiel observancia de los muchos y buenos consejos que en ellos se nos han dado, y que, como tan admirablemente apropiados a todas las prácticas de nuestra querida Sociedad, de contínuo hallaremos ocasiones preciosas de seguirlos y ejercerlos para nuestra verdadera mejora espiritual y para la de nuestros prójimos. Es evidente que el Señor lo quiere así do nosotros; y el medio más dicaz de probarle nuestra gratitud es el de, en esto como en todo, esmerarnos en cumplir fielmente su santísima voluntad.

Pero falta lo segundo, esto es, falta hallar el medio de probar también nuestra gratitud al dignísimo Sr. Sacerdote que con tanto celo, con tanto esmero, con tanta abnegación, pues todo este se necesita, y en gran proporción, para hacer por nosotros lo que ha hecho y del modo que ¡o ha hecho, se ha consagrado casi totalmente a nuestra dirección y enseñanza durante los nueve días en que han tenido lugar los ejercicios. ¿Qué podemos hacer para esto? ¿Cómo corresponder a favores de esta especie y de esta magnitud, atendida por una parte nuestra pequeñez, y por otra lo elevado del carácter sagrado de (pie se halla revestido este nuestro favorecedor? ¿De qué modo podemos nosotros mostrarle nuestro agradecimiento?

Hay un medio muy a propósito para llenar completamente este noble deseo de nuestro corazón, y a este medio hemos aludido al decir que Dios nuestro Señor nos ha deparado, a la par que el beneficio tan grande del retiro, el acaso mayor, de poder corresponder a él y agradecerle.

Para indicar este medio será preciso considerar antes un poco quién es este Sr. Sacerdote, y a qué instituto pertenece. Todos sabéis, pero es preciso que se sepa también en toda España, y por eso lo decimos aquí, que el Sr. D. Melchor Igüés, director que ha sido de nuestros ejercicios, pertenece a la Congregación de la Misión, fundada por nuestro santo patrono, nuestro gran San Vicente de Paúl, cuyos servicios a la Iglesia y al estado han sido siempre y son en todas parles reconocidos por toda clase de hombres (cosa notable por cierto), a pesar del espíritu de humildad que caracteriza, digámoslo así, a esta santa Congregación, y según el cual se esmera tanto en ocultar y encubrir sus trabajos y servicios, como se alegraría mucho el espíritu malo de que se esmerase en darlos a conocer y publicarlos.

¿Quién ignora, sin embargo, la influencia que esta santa Congregación ejerció en su origen y signe ejerciendo en la reforma del clero allí donde se necesita, en la conservación de su buen espíritu donde esta basta, y en la eficaz preparación para las órdenes por medio de los ejercicios a los ordenandos en todas parles? ¿Quién ignora que la dirección de las Hijas de la Caridad, ese instituto que es como el bello ideal del catolicismo y una de sus más brillantes glorias, está con liada a esta santa Congregación? ¿Quién ignora que otro de sus objetos ha sido siempre, y sigue siéndolo constantemente, el de evangelizar a los pobres, y que, fiel a él en nuestra España como en todas parles, de continuo está dando misiones por los pueblos y aldeas más oscuras, con un fruto y unos resultados que hasta los más impíos no se cansan de admirar?

Pues bien, Señores, esta santa Congregación, este admirable instituto al que pertenece nuestro favorecedor, y cuyos individuos, por una razón natural, han de ser muy a propósito para fomentar en nuestra querida Sociedad el espíritu del Señor, no cuenta hoy con una sola iglesia en todo el continente de España, y aunque tiene fundadas esperanzas de poderla construir en esta capital, le faltan medios, le falta, vergüenza es decirlo, le falta dinero para ello. ¿Y no se ve aquí claramente un medio precioso que Dios nuestro Señor nos depara de mostrar nuestra gratitud, tanto a este nuestro favorecedor, como al santo instituto a que pertenece, y hasta a su santo fundador? A mí me parece evidente. Yo digo desde aquí a todos los consocios de toda España: ¡Hermanos míos en J. C., escuchadme! Todos admiráis el desarrollo de nuestra humilde Sociedad en nuestra querida patria; todos veis con asombro que nuestras Conferencias han ido adelantando en número y recursos a las de todos los países del mundo en pocos años, hasta llegar al estado actual, en el que doblan con ventaja a los más antiguos en la obra (la Francia sola exceptuada).—Todos deseáis probar vuestro agradecimiento al Dios de las misericordias, que tan visiblemente nos favorece, y al santo patrono que tan dicazmente intercede por nosotros. ¿No es verdad?

Pues bien: el Consejo superior, al abrir la suscripción para la construcción de una iglesia de nuestro santo, con el permiso del general, os ha deparado un medio precioso de llenar este deseo, de mostrar este agradecimiento, de probar vuestra correspondencia.—¡Aprovechadle!

¿Y habrá alguno que diga: Pero nosotros…   ¿Cómo hemos de reunir las cantidades necesarias para construir una iglesia de alguna importancia….? ¿Qué podemos separar para ese objeto de nuestras escasas colectas…? ¿Qué proporción puede haber entre lo que podamos dar y entre lo que se necesitará….? Yo creo que no habrá ninguno que piense de este modo; pero si le hubiese, le diríamos, por toda contestación: ¡Y qué….! ¿no eres tú español….? ¿No quieres acaso serlo? ¿No quieres tú ser hijo de Santa Teresa, la gloria de tu patria? ¡Pues si quieres serlo, no pienses así, y rechaza con energía de tu mente tan mezquinas y cobardes ideas! Di, cuando te asalten, enseñado por aquella gran maestra: Nosotros, y la suma reunida hasta aquí para la construcción de la iglesia valemos bien poco; pero Dios puede muy bien por nuestro medio aumentar esa suma indefinidamente. Nosotros es cierto que valemos bien poco en todos conceptos; pero con el auxilio de la gracia, que podemos alcanzar, ¿de qué no somos capaces? ¿Quién duda, quién tome, quién se acobarda en una sociedad de fe y de caridad como la nuestra?—¿Se han visto jamás la fe y la caridad separadas de la esperanza, con relación a asuntos de la naturaleza del que nos ocupa?—He aquí, os diré, lo que tenemos que hacer para lograr este noble objeto, y me atrevo a asegurar que si lo hacemos con verdadera fe, no trasplantaremos un monte, pero construiremos una iglesia.

«Todo socio de San Vicente de Paúl, por oscuro y humilde que sea, tiene en su mano tres medios, tres, eficacísimos, para cooperar al logro de esta santa idea. Tres medios preciosos, de los que el primero solo, bien empleado, basta para conseguir el objeto.—¿Y qué medios son? Los siguientes. El primer medio, el más eficaz, el más poderoso, el más seguro y al mismo tiempo el más natural y fácil de emplear, es la oración. La oración, hermanos míos, no lo dudéis un momento, la oración lo alcanza todo. Pruebas tenemos de ello en nuestra Sociedad reputadísimas; y por cierto que si yo pudiera revelaros aquí una muy reciente que acabamos de recibir, os llenaría de asombro; pero, por fortuna, no es necesario, porque estamos hablando a hombres de fe. Avivadla, sin embargo, hermanos míos, todo lo posible.—Esforcémonos todos por avivarla, y nuestra oración será, como lo ha sido siempre la fervorosa oración, todopoderosa. No pedimos un milagro; pero aun cuando lo pidiésemos, como fuese con verdadera fe, el milagro se haría, porque el Evangelio nos lo dice, y ¿quién se atreverá a dudar?

EI segundo medio es el del sincero examen de nuestras facultades, y de la limosna que en justa proporción con ellas podemos dedicar a esta obra, a la construcción de esta iglesia. Ya hemos dado to- dos, o casi todos, algo para ella; pero este algo que hemos dado, ¿no ha podido o no ha debido ser mayor? Examinémoslo bien en presencia de Dios, ponderando las circunstancias todas del objeto, su interés en el bien espiritual de las almas, los frutos de salvación y de santificación que podría proporcionar. Yo estoy seguro de que si este examen se hace por lodos y cada uno de nosotros con la debida atención y escrupulosidad, cantidades muy considerables ha de traernos a la suscripción abierta para el objeto.

El tercer medio es el de pensar, meditar con frecuencia sobre las gestiones prudentes que convendría hacer para proporcionarnos recursos con este objeto. Observemos que no fallan para otros de mucha mayor cuantía; y que si de los muchos millones, por ejemplo, que vemos invertir en la construcción de vías férreas, cuya principal ventaja, no podrán negarlo sus más entusiastas encomiadores, se reduce en último resultado a trasportar fardos y hombres, pero no como hombres sino como fardos, con mucha rapidez de un punto a otro; si de los muchos millones, digo, que nos cuesta la manía de imitar en eso corno en otras cosas, no siempre buenas, a naciones de climas, costumbres y necesidades muy diferentes de las nuestras, pudiésemos coger uno, mío solo, para dedicarle a la construcción de esta iglesia, en la que indudablemente miles, acaso millones de almas, aprenderían a subir al cielo con mucha más rapidez sin comparación que la de los más aventajados ferrocarriles de todo el mundo, estaba logrado el objeto. Y ¿no se ve claramente que no tiene nada de imposible el que se logre también por este tercer medio, es decir, por resultado de su aplicacion?

¡Ea pues, no nos desanimemos! Vamos a orar y a trabajar todos para probar nuestra gratitud a Dios nuestro Señor y a su dignísimo sacerdote, por estos medios tan preciosos que la misma bondad de Dios nos depara. Oremos con fe viva, demos con caridad ardiente, busquemos con santa esperanza, y el objeto se logrará, se alcanzará, no hay que dudarlo, porque no es posible tampoco dudar de su gran conveniencia, para los fieles en general, y en particular para las Conferencias de Madrid.

Resta solo para concluir, que manifestemos también nuestro reconocimiento al Sr. Rector del Carmen, que tan completa y generosamente ha puesto a nuestra disposición su hermosa iglesia para que por tarde y mañana pudiésemos seguir en ella, como lo hemos verificado, los santos ejercicios del retiro con entera libertad o independencia; y a los Sres. miembros de honor, que en número tan considerable nos han favorecido con su asistencia a la reserva que terminó los dichos ejercicios para nuestro consuelo y edificación. A todos ellos, y en particular al dignísimo Sr. Vicario, que en aquella ocasión, como en todas cuantas se presentan de manifestarnos la predilección con que mira a la Sociedad, dejó lodo por acudir a nuestra modesta invitación, debemos también nuestra más profunda gratitud.

Mis muy amados hermanos en Jesucristo: mi discurso, ya lo veis, ha empezado como termina, dando gracias; y todo lo que en él he tenido el honor de deciros puedo reasumirse en dos solas palabras: grati estote. Es que no debemos olvidar que los beneficios obligan; que a medida que se recibe se debe, sobre todo en amor; y que si a muchos se les pedirá cuenta en el gran día del juicio de poco, porque poco habrán recibido, a nosotros se nos tiene que pedir necesariamente de mucho, porque es mucho, muchísimo lo que hemos recibido y lo que estarnos recibiendo de continuo. Yo no puedo menos de llamar muy particularmente la atención de todos mis queridos hermanos en Jesucristo, presentes y ausentes, sobre este punto, y por eso termino con él, invitándoles a que le mediten despacio y a menudo. Digo presentes y ausentes, porque siendo muchos más sin comparación los segundos que los primeros, espero obtener el permiso necesario para que se inserte este mi pobre discurso en el Boletín, como ya se han insertado otros que he tenido el honor de leer o pronunciar en ocasiones semejantes, y que de este modo puedan todos enterarse de su contenido, disimular sus faltas, y pedir a Dios por mí, como se lo ruego de corazón».

 

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