Santiago Masarnau (sobre los cambios en quien entra en la Sociedad)

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Junta general celebrada en Madrid el día 18 de Abril de 1858, domingo del Buen Pastor

Señores:

Previa la venia del Exorno, señor Arzobispo, que nos favorece con su asistencia, y de todos los señores miembros de honor presentes, vamos a dirigir a nuestros muy amados hermanos en J. C. algunas cortas observaciones sobre el espíritu verdadero de nuestra querida Sociedad, su buena inteligencia, y los efectos que ésta debe producir en nosotros.

En las obras de caridad, el espíritu es lo principal. Lo es tanto, que en el espíritu, en la pureza de intención, parece que consiste solamente el que sean verdaderas obras de caridad, puesto que vemos consideradas como tales en la Sagrada Escritura el vaso de agua y los dos maravedises de la viuda, al paso que ni las ofrendas cuantiosas de los fariseos, ni las limosnas abundantes que acompañaron a la de la pobre viuda, merecen tan preciosa calificación. Nos parece por lo tanto que, dedicados como lo estamos a una obra de caridad, nuestro mayor esmero y cuidado debe dirigirse a comprender bien el espíritu verdadero de esta Obra, a penetramos completamente de él, y a entrar de lleno en su práctica. Reflexionemos al efecto lo que es verdaderamente nuestra querida Sociedad, y lo que cada uno de nosotros puede hacer para contribuir por su parte a los santos diñes que se propone: que es lo que esta Sociedad nos pide, que es lo que quiere de nosotros, y que es lo que nosotros podemos y debemos darla a que tienden sus prácticas y como debemos ejecutar lo que sus reglas todas nos prescriben. Parece al pronto bastante dilatado el campo que se ofrece aquí a nuestra meditación, y, sin embargo, fijándose en lo principal, que, como hemos dicho, es el espíritu verdadero de la Obra, se advertirá que todo consiste en la buena inteligencia de este mismo espíritu, la cual, una vez obtenida, todo lo aclara, todo lo simplifica, y todo lo facilita.

Para comprender bien el espíritu verdadero de nuestra Sociedad, veamos, en primer lugar, qué efectos ha debido producir en nuestras ideas y prácticas nuestro primer ingreso en ella; porque es de notar que este ingreso no ha podido verificarse sin que hayamos sido antes hombres de fe y de prácticas religiosas, esto es, hombres de caridad más o menos bien entendida; y que por consiguiente el objeto de nuestra querida Sociedad no ha podido ser el de convertirnos, en la acepción que generalmente se da a esta palabra. Una Sociedad que no tiene por objeto la conversión de los que ingresan en su seno, y que al misino tiempo se halla, no tan sólo aprobada, sino colmada de toda especie de favores por la Santa Sede, no puede menos de tender a la mejora y perfección de sus asociados; y para ver si en efecto ha producido en nosotros esto gran resultado, y si verdaderamente lo estamos experimentando, consideremos lo que éramos antes de7ingresUr y lo que somos, o debemos ser, después de ingresados en ella.

Hablando aquí en la confianza de una familia cristiana, pues esto es lo que venimos a ser por la misericordia de Dios, ¿quién de nosotros no daba limosna antes de saber siquiera que nuestra Sociedad existía? ¿Quién de nosotros no se compadecía de las aflicciones de su prójimo y no procuraba ayudarle, consolarle y aliviarle en sus necesidades físicas y morales? ¿Quién no tenía ya sus pobres favoritos? Supimos, sin embargo, que existía una Sociedad en la que hombres de fe y de prácticas religiosas, de todas clases, de todas condiciones y estados, unían sus oraciones y sus limosnas con la mira de perfeccionarse y de trabajar mejor para la perfección de sus prójimos, bajo la protección de la Santísima Virgen y del grande apóstol do la Caridad, San Vicente de Paúl. Examinamos su Reglamento, y prendados de la sencillez y de la humildad de todas sus bases, solicitamos nuestra admisión en una de las Conferencias de que se compone, y la obtuvimos. Verificado nuestro ingreso en la Conferencia, debimos considerar ya nuestro modo de practicar el precepto de la limosna bajo otro aspecto bastante diferente de aquel en que hasta entonces lo habíamos considerado. La desconfianza con que a cada paso habíamos tropezado al graduar las necesidades que llegaban a nuestra noticia, debió disminuirse considerablemente, porque ya no nos temamos que atener sólo a nuestra pobre opinión en este delicado punto. La Conferencia a que pertenecíamos nos ofrecía en su organización medios de disminuir considerablemente, o de disipar del todo aquella desconfianza. La dificultad que siempre habíamos experimentado para ocultar nuestras limosnas de los ojos de los hombres y para lograr que sólo fuesen patentes a los ojos de Dios, desapareció también. La colecta secreta, establecida como lo está en todas nuestras Conferencias, nos sacó completamente de aquella dificultad. El aislamiento en que nos hallábamos para ejercer nuestras prácticas religiosas y todos nuestros deberes de caridad, cesó también. Las misas de comunión general establecidas en nuestro Reglamento, y la visita a domicilio por parejas, según se practica entre nosotros, nos sacaron afortunadamente de aquel triste y peligroso aislamiento.

En vista de estos resultados tan ventajosos, no pudimos menos de aficionarnos mucho a nuestra Conferencia y desear ardientemente su buena marcha y prosperidad. Por otra parte, su reunión semanal iba estrechando cada vez más y más los lazos que a ella nos unían, y observando que todas sus tendencias se encaminaban a la práctica de la Caridad verdadera, sin mira alguna de interés ni de ambición mundana de ninguna especie, nuestra adhesión a la Conferencia se fue aumentando progresivamente y hasta el punto de entregarnos de Heno, por decirlo así, a su dirección y a sus decisiones en todo lo relativo al gran negocio, que no puede menos de serlo para un hombre de fe, de la Caridad.

Llegados a este punto, debimos pasar más adelante con nuestra consideración; y al aprender que nuestra Conferencia, aquella reunión para nosotros ya tan agradable y de tanta confianza, era como una rama del gran árbol de la Sociedad, que cuenta ya por miles las ramas de esta especié; al observar que estas ramas todas sacan la savia que las vivifica del tronco, esto es, del Consejo, al que se hallan agregadas, y que estos troncos todos, es decir, estos Consejos, extraen también a su vez el jugo que los alimenta del cuerpo mismo del árbol, que viene a ser el Consejo general, plantado en el campo de nuestra santa Iglesia y fecundado con su precioso riego, nuestra afección a la Conferencia y nuestra confianza en ella debieron trasladarse a la Sociedad entera, y la admiración y el gozo que nos había causado el conocimiento de la organización de nuestra Conferencia, debieron ceder en cierto modo a la admiración y al gozo que nos debió producir el conocimiento de la organización de la Sociedad entera. A la prosperidad por consiguiente de ésta debieron también trasladarse aquellos vivos deseos que al principio experimentábamos por la prosperidad y aumento do nuestra querida Conferencia, y estos ardientes deseos debieron hacernos elevar a Dios Nuestro Señor nuestras más fervorosas oraciones de gracias por habernos dado a conocer una Sociedad como esta, y habernos llamado a ella, y de súplicas por su buena conservación, su aumento y su prosperidad.

Pero todavía debió pasar más adelante nuestra consideración. Interesados vivamente por nuestra Sociedad y por lodo cuanto a ella es relativo, no pudimos menos de informarnos de su origen, de los grados sucesivos de su desarrollo y de su extensión actual; y, al hacerlo así, forzosamente tuvimos que reconocer la mano benéfica y omnipotente de Dios Nuestro Señor, que de la nada la quiso sacar, y que tan maravillosamente la ha querido después conducir y proteger; y esta consideración, unida a la de las tendencias generales de la época en que esta Sociedad ha nacido y crecido tan prodigiosamente, no pudo menos de excitar en nuestros corazones el más vivo agradecimiento por las bondades que el Señor tiene a bien derramar sobre nosotros, y por consiguiente el más vivo dolor por los pecados, ingratitudes y miserias nuestras, verificándose así completamente en nosotros el objeto verdadero de la Sociedad, esto es, nuestra mejora espiritual, y con ella el elemento más apto para trabajar con fruto en la mejora espiritual de lodos nuestros semejantes.

Tales son los pasos que todos y cada uno de nosotros hemos debido dar desde el ingreso nuestro en la Sociedad, y que todos y cada uno de nosotros podemos observar fácilmente si en efecto los hemos dado, y en el caso contrario, qué es lo que nos ha faltado para darlos. Observación para nosotros de la mayor utilidad, porque ella sola podrá bastar para hacernos entrar en la verdadera senda de la Sociedad, si es (pie no marchamos por ella, y para hacernos adelantar lodo lo posible por su buen camino, si es que en él nos encontramos.

Examinemos un poco. Que cada cual considere en presencia del Señor si en efecto, después do verificado su ingreso en la Sociedad, hizo la abnegación debida, no sólo do bu amor propio, sino hasta de sus ideas y opiniones todas en la práctica de la limosna, tanto espiritual como material, hasta el punto de entregarse con entera confianza a las prácticas y decisiones de su Conferencia, en los casos generales, y de la mesa que la dirigía, en los particulares. Si en efecto, tuvo la suficiente humildad para preferir en todos esos casos el parecer ajeno al propio, y particularmente, cuando ese parecer ajeno, al cual debía someter el propio, le parecía desacertado. Si, en una palabra, su adhesión a la Conferencia llegó a ser tan sincera y completa que no dejase el menor lugar a la duda, al disgusto ni a la incertidumbre, ni a ninguna otra de las infinitas sugestiones del orgullo maldito. Si por un efecto necesario de esto amor y adhesión a |a Conferencia su asistencia a ella ha sido siempre exacta y gustosa, por manera que nunca o rarísima vez haya encontrado motivo suficiente para dejar de acudir con toda puntualidad a su reunión semanal y cumplir fielmente lo que en ella se le ha encomendado.

Hecho este pequeño examen primero, pasemos al segundo.

Enterado que fui yo, puede decirse cada cual en su interior, de la organización peculiar de esta Sociedad ¿di, en efecto, el segundo paso a que este conocimiento me conducía naturalmente, esto es, trasladé, o más bien, perfeccioné el interés con que hasta entonces miraba todo lo relativo a la Conferencia a que yo pertenecía y toda la confianza que ésta me inspiraba, trasladándolos a la Sociedad entera, y considerando el aumento y prosperidad de ésta como el objeto al que debían tender ya mis más vivos deseos, todo mi celo y cuidado? Este segundo paso debió agrandar considerablemente el horizonte de mis ideas caritativas; y mis esperanzas y mis temores, limitados, antes de entrar en la Sociedad, al estrecho círculo de mi cuidado particular, ensanchados ya con mi ingreso en la Conferencia, debieron extenderse todavía mucho más con mi conocimiento de la dependencia en que se hallaba la Conferencia a que pertenecía yo respecto al Consejo inmediato y de la de éste respecto al general, y así como, por ejemplo, en un principio el temor de que me faltasen recursos para ejercer la caridad y la esperanza de encontrarlos, debieron ceder al temor de que faltasen a mi Conferencia y a la esperanza de que esta los hallase, así también, llegado a este segundo grado de conocimiento de la Sociedad, aquel temor y aquella esperanza debieron trasladarse a la decadencia y a la prosperidad de la Sociedad entera, con tanto más interés, cuanto más vasto es el campo en que ésta se extiende, que, como todos sabemos, no tiene ya más límites que los del mundo entero. Esta misma extensión que la Sociedad ha obtenido, la rapidez con que la ha alcanzado, y más que todo, los favores de que, como decíamos antes, la han colmado en diferentes ocasiones ya, la Santa Sede y los venerables Prelados de nuestra Santa iglesia en todos los países en que se ha ido introduciendo, han debido también aumentar indefinidamente nuestro amor, nuestra confianza y nuestra más cordial adhesión a ella, y en su virtud hacernos desear con todo nuestro corazón su buena marcha, su aumento y su prosperidad, y hacernos temer con la misma vehemencia su extravío, su decadencia y su ruina.

Dado este segundo paso en efecto, ya no se ha podido limitar mi interés por la Sociedad a la sola Conferencia a que yo pertenecía. sino que se ha debido necesariamente extender a las de todo el mundo; y si he tenido que ausentarme del pueblo en que se hallaba mi Conferencia, al llegar a otro cualquiera, mi primer cuidado y diligencia ha debido ser buscar y presentarme a mis queridos consocios y, en el caso de no haberlos en aquel paraje, mi primera carta ha debido dirigirse a los que había dejado, no tanto para hacerles saber mi feliz llegada a aquel pueblo, cuanto para que contasen conmigo en el objeto de servir a la Sociedad, darla a conocer e introducirla en él.

Pero falta todavía otro tercer examen relativo al otro tercer paso que dijimos era preciso dar para llegar completamente al objeto verdadero de nuestra Sociedad.

Enterado que estuve yo, puede decirse cada cual a sí mismo, del origen, organización y progreso de esta Sociedad a que el Señor de las misericordias ha tenido a bien llamarme, de esta «Sociedad que el mismo Señor indudablemente ha inspirado para bien y consuelo de lautos y para bien y consuelo mío, ¿he procurado yo agradecer este beneficio debidamente, aprovecharme de él y corresponderle con todas mis fuerzas? ¿Cuál ha sido mi adelantamiento en el servicio del Señor? ¿Qué virtudes he adquirido y qué vicios he desechado desde mi ingreso en la Sociedad? ¿Soy, en efecto, más humilde, más casto, más mortificado; soy más fiel en el cumplimiento de todos mis deberes, y al desempeñarlos busco sólo la gloria de Dios y su santo servicio, y de ningún modo el aplauso de los hombres, ni el interés, ni ninguna otra de las ventajas que el mundo falaz me ofrece? ¿Han crecido en mí efectivamente el amor a la cruz y la sed ardiente de padecer que ha debido excitar en mi corazón el reconocimiento de mis culpas pasadas, de todas mis ingratitudes y miserias? Mi tiempo, mi dinero, y sobre todo, mi corazón, ¿se han ocupado mejor? Si así se ha verificado, he entrado de veras en el espíritu de la Sociedad y estoy experimentando los santos fines que se propone; pero si no advierto en mí esas mejoras espirituales, con razón puedo temer que no he comprendido todavía o, lo que sería peor, que no he querido comprender el verdadero objeto a que se encaminan todas sus prácticas y tendencias, y en este caso debo proceder sin demora a la rectificación de mis ideas y conducta como miembro de San Vicente de Paúl.

En esto debemos fijarnos, pues, todos con la mayor atención, íntimamente persuadidos de que nuestra humilde Sociedad, que nada teme ni nada espera del mundo, lo teme todo y lo espera todo de nosotros: que su conservación y aumento dimana únicamente de nuestro misino progreso en la virtud, y en fin, que su fuerza toda y todo su influjo depende tan sólo de nuestra mejora espiritual.

Bien comprendido esto, cada día nos entregaremos con mayor celo y con mayor satisfacción a las humildes prácticas de nuestra querida Sociedad. Cada día nos prendaremos más y más de su sencilla organización, y cada día nos esmeraremos más y más en secundar todas sus miras caritativas. Ella nos ofrece medios para hacer el bien espiritual y material en una extensión indefinida. Basada como lo está en la confianza y en el amor reciproco de todos los elementos que la componen, con igual franqueza aprendemos en ella a pedir y a prestar servicios de todas clases en beneficio del prójimo. Nuestras limosnas, todo lo que podemos eliminar de nuestro superfluo, tanto en dinero, como en tiempo, como en afecto, todo encuentra aquí el más acertado empleo y la recompensa también más dulce; porque ¿dónde hallaremos la sinceridad, la confianza y la cristiana familiaridad que entre nosotros generalmente reina, y que en realidad nos hace hermanos en Jesucristo? ¿A dónde hemos hallado la expansión y la cordialidad que hemos encontrado aquí, y qué comparación admite el trato engañoso del mundo con el trato cristiano nuestro? ¿Qué consuelos, qué satisfacciones, qué delicias pueden compararse coalas que hemos gustado en la visita asidua del pobre?

Decimos que la Sociedad nos ofrece medios de hacer el bien espiritual y material en una extensión indefinida, y no sólo es de admirar que así sea en efecto, sino tanto o más lo es el modo en que esto se verifica. Porque la limosna que el individuo por sí solo no sabría o no podría emplear con acierto, halla siempre cabida y buen empleo en la Sociedad, a causa de su organización. Desde el maravedí hasta la suma más considerable, se coloca y destina aquí perfectamente en la colecta secreta y en el donativo anónimo. No hay momento de ocio que aquí no so pueda utilizar en beneficio del pobre, o del consocio, o en servicio de la Sociedad entera, que de todas clases los necesita, y que por consiguiente de todas clases la sirven. No hay afecto alguno impuro que aquí no se purifique, ni afecto puro que aquí no se perfeccione; porque la inclinación al placer, al orgullo y a la ambición se halla poderosamente combatida por las innumerables enseñanzas que la visita asidua del pobre nos sugiere, y todas las afecciones nobles, el amor a la familia, el amor a la patria y el amor a Dios, no pueden menos de crecer y perfeccionarse con nuestro trato y nuestras prácticas, todas de amor, todas de caridad y de abnegación, y todas por consiguiente santas. :

Humillémonos, pues, mucho en presencia del Señor al advertir los grandes medios (¡no su divina misericordia nos ha deparado aquí para obrar nuestra santificación, en medio de la corrupción del mundo que por todas partes nos rodea, y el poco partido que de ellos hemos sabido sacar hasta el presente. Formemos también en su misma divina presencia la sincera resolución de emplearen adelante todos esos medios preciosos con más esmero y cuidado que hasta ahora lo hemos hecho, y para alcanzar la gracia necesaria al efecto, pidámosela de corazón y sin cesar, y pongamos nuestra humilde y fervorosa súplica bajo la protección de nuestra excelsa abogada, la Purísima Virgen María, y de nuestro gran patrono San Vicente de Paúl.

Pidamos con confianza, humildad y perseverancia, no precisamente el aumento de nuestra querida Sociedad, ni el aprecio do los hombres, ni las riquezas para ella, no, sino, como lo dice tan bien la preciosa oración compuesta expresamente para nuestro uso, pidamos (pie al extenderse conserve siempre su espíritu primitivo, aquel espíritu de piedad, de sencillez y de fraterno amor que desde su humilde origen la caracterizó, y la gracia que Lodos necesitamos para mantenerle en ella por nuestra parte, a fin de que siga produciendo frutos de salvación, tanto en los pobrecitos que acoge bajo su amparo y protección, como también en los Socios que la componen, en toda esta gran familia (pie en el día la forma, y que tiene que pelear infatigable y valerosamente contra la otra gran familia, todavía mucho mayor, la familia de Belial, en medio de la cual se encuentra colocada por los altos juicios de Dios.

 

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