Santiago Masarnau (sobre la ventaja de la visita a domicilio sobre las obras especiales)

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Junta General celebrada el 15 de abril de 1866

Solicitada y obtenida la venia de la Presidencia, pasó a leer el Sr. Presidente del Consejo superior lo que sigue.

Excmo. S.: las hojas estadísticas de los Consejos y de las Conferencias correspondientes al año próximo pasado, se han recibido ya en su mayor parte y es de admirar la marcha regular y constante que prueban de nuestra humilde Sociedad en España.

El Consejo superior, de paso que forma con todos sus datos el cuadro general, cuyos resultados espera poder presentar, según costumbre en la próxima Junta general, se complace en reconocer lo mucho que la Divina Providencia nos ha favorecido durante este año, y no sabe cómo acertar a manifestar su profunda gratitud por tantos y tan repetidos beneficios como el Señor nos ha dispensado y sigue dispensando, a pesar de nuestra indignidad.

Se advierte, sin embargo, que una idea equivocada o cuando menos muy exagerada, prevalece cada vez más entre nuestros queridos consocios de las provincias, y quizás también entre algunos de esta misma capital; y es deber nuestro manifestarlo así con la franqueza propia de la sencillez que profesamos, y advertir los errores en que se puede incurrir de resultas de esa equivocación.

Las obras especiales llaman demasiado la atención, y la obra principal, que es la visita, no lo bastante. La Conferencia que no tiene obras especiales ansía tenerlas, y mientras lo logra se cree obligada a disculparse porque no las tiene. En otras partes hay obras especiales que se han emprendido sin el suficiente examen; y a pesar de que la experiencia lo ha demostrado así después, se cree que se deben sostener a todo trance, sin saber o sin querer hacer en ellas las modificaciones debidas. De la visita al pobre no se hace por lo común el aprecio debido; y todo esto prueba claramente que no se tienen ideas bastante exactas ni de las obras especiales, en general, ni de la visita en particular. Desearíamos que todos nuestros queridos consocios se penetrasen bien de la importancia de este punto; esto es, de lo mucho que interesa disipar los errores en que respecto de él podamos haber incurrido y de fijar las ideas de una vez para volver a incurrir en ellos.

A eso tienden las breves reflexiones que vamos a someter a la atención de la Junta.

Para mayor claridad dividiremos en tres puntos lo que parece conveniente advertir sobre las obras especiales que son: 1º Las obras especiales no son necesarias. 2º Las obras especiales no deben emprenderse sin el suficiente examen. 3º Las obras especiales no deben sostenerse como se han establecido, cuando se ve claramente que para sostenerlas así hay que prescindir del espíritu y del carácter propio de nuestra humilde Sociedad.

Decimos en primer lugar que las obras especiales no son necesarias; y, en efecto, la Conferencia que cumple con esmero la obra ordinaria nuestra de la visita al pobre, puede producir un bien incalculable con el auxilio de la gracia; y aunque es cierto que si se le presenta ocasión de emprender alguna obra especial no debe dejar de hacerlo por incuria, también lo es que sin obra especial alguna puede seguir funcionando dentro del Reglamento, haciendo mucho bien, y ganando las preciosas indulgencias que nos están concedidas por la Santa Sede.

Decimos en segundo lugar que las obras especiales no deben emprenderse sin el suficiente examen; y es preciso aclarar bien lo que ha de ser este examen, los puntos sobre que ha de versar, y con quién se han de consultar las dudas o dificultades que en él se descubran.

La mayor parte de las obras especiales, no todas, exigen ciertos gastos para plantearlas y otros además para, sostenerlas. Los primeros, ser hacen una vez, pero los segundos se tienen que seguir ha- ciendo mientras dure la obra. Así. por ejemplo, si se trata de establecer un asilo, no basta reunir los recursos suficientes para amueblarlo, sino que se necesitan además para pagar el alquiler del local, la manutención de los acogidos, sus ropas, camas, etc… Se debe por lo tanto examinar bien si se podrá hacer, no solo el gasto de instalación, sino también el de conservación.

La mayor parte de las obras especiales exigen, asimismo, el concurso constante de ciertas personas y es preciso examinar bien si se podrán proporcionar las que se necesiten y cómo se las ha de retribuir.

La mayor parte de las obras especiales se proponen un objeto que puede ser más o menos ventajoso  y hay que examinar con esmero si el bien que se proponen llevar a cabo es real o aparente, y si es o no propio de nuestra Sociedad; porque si bien dice el Reglamento que  ninguna obra de caridad que ninguna obra de caridad debe considerarse como ajena de nuestra Sociedad, también añade el comentario que esto se ha entendido siempre con la debida reserva, es decir, con tal que la obra convenga el carácter especial de la Sociedad.

En el examen de todos estos puntos y otros que pueden ofrecerse al tratar de establecer obras especiales, no pueden menos de surgir dudas y dificultades cuya solución no se ocurre; y entonces hay que consultar, que preguntar, pero ¿a quién? No seguramente a personas extrañas a la Sociedad, por mucha que sea su virtud y por mucho que sea su saber sino al Consejo superior, que para eso está establecido y que tanto por su conocimiento de nuestras reglas y prácticas, como por la larga experiencia que tiene ya en la dirección de la Sociedad, puede aconsejarlo conveniente con mayor probabilidad de acierto.

Y al decir esto no se nos ocurre ni remotamente elogiar los talentos ni los conocimientos de los socios que componen el Consejo superior. Decimos solo que la probabilidad de acierto en las dudas o dificultades que puedan ofrecerse en todo lo relativo a la Sociedad está de parte del Consejo, por el conocimiento que solo él tiene del estado y de la marcha de la Sociedad en todo el país.

Una comparación, no nuestra, sino de un señor miembro de honor, hoy uno de los más respetables Prelados de España, explica perfectamente lo que queremos decir.

Si en un aposento que no tuviese más que una puerta, estuviesen reunidos los hombres más versados en ciencias y en letras, los más eminentes matemáticos y los más profundos teólogos del mundo, y la cerradura se descompusiera en términos de no poderse abrir la puerta, no habría más remedio que llamar a un cerrajero para que aquellos señores no permaneciesen allí detenidos, a pesar de toda su ciencia y saber, y aunque el cerrajero no Supiese ni aún leer, con tal que entendiera su oficio.

Decimos en tercer lugar, que las obras especiales no deben sostenerse cuando se necesita para sostenerlas prescindir del espíritu y del carácter propios de nuestra humilde Sociedad, sin tratar de hacer en ellas las modificaciones convenientes.

Con efecto, todos nos podemos equivocar, y ha sucedido, y probablemente volverá a suceder, que una obra especial establecida. Con la confianza de que se sostendría bien, llega un día en que se ve claramente que no es así. Entonces se acude a esfuerzos extraordinarios para sostenerla, ya por efecto de celo o ya por efecto de amor propio, y es muy difícil en tales casos no proceder separándose más o menos del carácter especial de nuestra humilde Sociedad. Pues bien, cuando esto llega a suceder, conviene saber humillarse, y decir sencillamente: «Nos hemos equivocado. Creíamos que la obra se sostendría, y no se puedo sostener. Creíamos que la obra convenía, y acaso no convenga. Vamos a modificarla, a reformarla en lo que sea necesario; y si no podemos o no sabemos hacerlo, más vale que prescindamos de ella, que no el empeñarnos en sostenerla a todo trance.»

Las obras especiales, no siempre, pero con mucha frecuencia, tienen el inconveniente de enfriar más o menos la visita; y para comprender lo que importa evitarlo, es preciso formarse idea exacta de lo que es la visita.

A pesar de lo mucho y muy bueno que se ha escrito sobre esta materia, no es de admirar que el número de los socios que practican la visita sin conocerla bien sea siempre muy considerable, porque unos no lo han leído, y otros lo han leído sin la suficiente atención, y lo han olvidado.

Hay por lo tanto que decir y repetir, que la visita es nuestra obra primera y principal, la sola que puede suplir a todas las demás, al paso que por ninguna otra puede ser suplida; la de mayor importancia; la de mayor influencia; la de mayor interés, tanto para Jos pobres como para nosotros; pero que deja de ser todo esto cuando se hace mal, y se convierte en la cosa más indiferente del mundo.

¿Quién de nosotros no ha oído decir: «Yo no tengo suerte en la visita; mis pobres no adelantan nada; lo mismo están en lo espiritual y en lo temporal que estaban, cuando empecé a visitarlos, y eso que a algunos llevo ya años de verlos todas las semanas: para mí es tiempo perdido el que gasto en la visita?

Lo peor es que todo eso es cierto, porque el que así se expresa está muy lejos de formarse una idea exacta de lo que es la visita, de su verdadero objeto; y resulta de ahí el que su visita sea completamente estéril; tanto para él como para las familias que visita.

Debemos por tanto procurar comunicársela cuanto antes, y al efecto nos podemos valer de algunas reflexiones, como por ejemplo las siguientes:

Preguntémosle: ¿Cuánto tiempo hace que visita V. a la familia tal?— No sé, contestará probablemente, pero ya hará dos años lo menos.— ¿Y no tienen con V. mayor confianza hoy que el primer día que los visitó?—Confianza sí me manifiestan tener bastante, y me lo cuentan todo—Y V. ¿qué uso hace de esa confianza?—Yo, ninguno.— Pero y ¿por qué?—Porque no sé qué uso hacer.—Pues bien, vamos por partes. Esa familia ¿de cuántos individuos se compone?—Son seis: el matrimonio, tres hijos y una abuelita.—Y el matrimonio ¿lo es en efecto, es decir, están casados como Dios manda?—Siempre los he tenido por casados, pero no me consta que lo estén.—¿Y no ha podido V. valerse de la confianza que le dispensan para averiguarlo, con la delicadeza y la prudencia debidas, en el interés de sus almas?—No se me ha ocurrido.—Pues es extraño, porque no se le puede ocultar a V. que la visitase debe hacer de muy diferente modo, con muy diverso objeto, a los que están casados y a los que no lo están. Pero vamos a otro punto. Los hijos ¿son varones o hembras?— El mayor es varón y las otras dos son niñas.—Ese hijo mayor ¿va a la escuela?—No, que es ya demasiado grande para eso. Está en oficio, y por cierto que hace poco le despidieron, y ahora no sabe a dónde ir.—Y V. ¿ha visto al maestro en cuya casa trabajaba?—Yo no. —De modo que ni se lo ha podido V. recomendar, ni se ha informado de la conducta que allí observaba, ni sabe porqué le han despedido.—No señor,—Y ¿qué diligencias ha practicado V. para que su maestro le vuelva a admitir, o para proporcionarle otro?—Yo, ninguna: no tengo tiempo, para eso.—Y ese muchacho ¿se va a confesar de cuando en cuando, o sólo lo hace una vez al año para cumplir, como dicen, con la Iglesia?—Yo no sé.—Y las niñas -¿van a la escuela?—Creo que van a un asilo de esos que tienen las Hermanas de la Caridad.—Y ¿a cuál de ellos?—No sé.—Por manera que mal ha podido V. acercarse a recomendarlas a las Hermanas, y a preguntar si se aplican o no, y cuál es su comportamiento.—Es verdad. — Y la abuelita, ¿de quién es madre, del marido o de la mujer?—De fijo no lo sé.—¿Y la mantienen ellos completamente, o se procura ella algo para ayudar al gasto de la familia?—No lo sé, en verdad.

De modo que no sabe V. nada de lo mucho que podría saber valiéndose de la confianza que le dispensan, y luego se queja de la esterilidad de la visita. No hay duda que hecha como V. la hace es la obra más estéril que puede imaginarse; pero ¿quién tiene la culpa? ¿Acaso V. no podría hacerla como la hacen otros, interesándose verdaderamente por el bien de la familia que visita, y procurándole por los mil medios que de continuo se ofrecen?

Si con media docena de palabras y dejar los bonos se cumpliese con el objeto que la Sociedad se propone en la visita sobrarían las nueve décimas partes del Reglamento, y no se comprende por qué no habíamos de visitar, teniendo buenas piernas veinte o treinta familias, como lo verifican los visitadores de otras Asociaciones, en vez de concretarnos a tres o cuatro por pareja de socios, como se acostumbra en la nuestra.

Pero falta todavía decir la circunstancia más notable que tiene la visita, y de la cual dimana principalmente el que sea esta obra la característica, por decirlo así, de nuestra Sociedad; y es la de ser la única compatible con lodo género de ocupaciones, y la sola por lo tanto que puede desempeñarse por hombres de todas las posiciones sociales.

Los pobres, como es sabido, se pueden visitar a todas horas. Siempre están dispuestos a recibirnos, y por lo tanto podemos visitarlos con solo dedicarles una parte cualquiera del mucho, tiempo que solemos desperdiciar o malgastar, por muchos y graves que sean nuestros quehaceres.

No sucede así con las obras especiales, que casi todas exigen mucho más tiempo para su desempeño, y lo que es de notar, sobre todo, tiempo determinado. Por eso las obras especiales suelen costar mucho más que la visita y lo que es peor suelen estar mal desempeñadas donde no hay socios que se dediquen por completo a ellas.

Muchos, al ver en el Boletín las obras especiales que tanto brillan en algunos países extranjeros, creen que aquí también se pueden y deben establecer, sin hacerse cargo de que carecemos del personal necesario para ello.

Hay en el extranjero, y sobre todo en Francia, dos clases de socios que aquí no tenemos. Hay socios profesos, que han dejado completamente el mundo para consagrarse del todo a la Sociedad. Hacen votos simples, viven en comunidad, y son en todo y por todo religiosos verdaderos. Desde luego se comprende el servicio que esta clase de socios puede prestar a la Sociedad, y particularmente, al sostenimiento y propagación de las obras especiales.

Hay además otra clase de socios que, sin haber tenido la suerte de poder dejar el mundo por completo, han dejado los empleos u ocupaciones que en él desempeñaban, para dedicarse únicamente a la Sociedad; y también estos, aunque no tanto como los anteriores, pueden contribuir y contribuyen mucho en efecto al buen desempeño de las obras especiales.

En España carecemos de esas dos clases de socios, sin saber por qué, preciso es decirlo, pues sucede en esto como en otras muchas cosas, que nuestra frontera, tan permeable para todo lo malo del extranjero, parece de la más exquisita gutta-percha para no dejar pasarlo bueno.

Respecto a los socios profesos, se dirá tal vez que no puede haberlos porque no se toleran los institutos religiosos. Algo se podría responder a esto; pero prescindamos de esa clase de socios.—¿Por qué no los hay tampoco de la otra? ¿En qué consiste que no tenemos, socios que se quieran dedicar por completo a la Sociedad? No nos parece fácil la respuesta; pero es evidente que sin ellos las obras especiales tienen que costar mucho más que lo que cuestan en los países en que los hay, y al mismo tiempo tienen que valer mucho menos que lo que valen aquellas.

Otro inconveniente bastante grave tienen casi todas las obras especiales, y del cual carece la visita, que es la necesidad de recursos fijos para sostenerse.

Nuestra humilde Sociedad, basada por completo en la confianza en Dios, no fijó desde el origen cantidad alguna chica ni grande para que contribuyesen con ella los que habían de componerla. Se estableció la colecta secreta, en la cual lo mismo se puede dar mucho que poco, o nada, sin que nadie del mundo lo sepa, y nada más.

Nos decían: «es una locura; todas las Sociedades tienen sus cuotas determinadas para los socios, y sin embargo; se sostienen por lo común difícilmente; ¿y ustedes quieren que la suya se sostenga sin que nadie se comprometa a dar un cuarto?» La experiencia ha demostrado que no era una locura y sigue demostrándolo en todos los países en que la Sociedad se ha establecido, que es lo mismo que decir en todo el mundo, porque hace ya tiempo que el sol no se pone para ella.

Llenos de esa santa confianza, que sólo da la fe nutrida con la meditación y la frecuencia de Sacramentos, dijimos desde un principio: «No contamos ni queremos contar con nada seguro” y añadimos: «A nadie pediremos» prohibiéndonos para siempre el cuestar a domicilio.

La bondad de Dios Nuestro Señor ha correspondido con creces a nuestra filial confianza, y en todas partes, sin saber cómo, sin pedir a nadie y sin dar nosotros mismos cantidad alguna determinada, los recursos no nos han faltado, y más bien se puede decir que nos han sobrado.

Pero también es preciso tener presente que nuestra obra principal, la visita a los pobres, no los exige; porque si bien es cierto qué procuramos llevarles, de pasó que los visitamos, algunos socorros cortos y en especie, también lo es que no nos comprometemos a ello, y que reconocemos que hasta tiene sus ventajas el que alguna vez no los llevemos, como la experiencia nos lo ha probado, porque esto puede contribuir mucho a conservar en nosotros el espíritu de humildad sin el cual no hay obra meritoria para con Dios, porque esto enseña al pobre que no debe contar con nuestro socorro como con una cosa fija, lo cual podría aumentar su indolencia, porque nada enseña mejor a visitar bien que el visitar sin bonos, obligando tanto al socio que visita como al pobre que es visitado, a atender al objeto principal y no al aparente de la visita, etc., etc.

Esto supuesto, ¿qué es lo que según nuestras prácticas solemos hacer cuando el estado de la caja no nos permite llevar socorro alguno a nuestras familias adoptadas? Las visitamos sin llevarles nada, y la colecta íntegra entra en la caja para cubrir el déficit que se ha presentado, o evitar que se presente el que amenaza.

Pero en las obras especiales no sucede lo mismo. Exigen un gasto determinado, más o menos considerable, y para cubrirle es muy fácil qué se vea la Conferencia, o el Consejo que las ha emprendido, en grandes dificultades, y que se valga para salir de ellas de medios que no debiera emplear.

Esto se ha visto y se está viendo ahora mismo en muchas de las obras especiales que tenemos en España, y que debemos hacer ya todo lo posible por sostener; pero también debemos advertir a los que tanto desean aumentarlas o emprenderlas nuevas, que es preciso proceder para ello con una suma prudencia y circunspección, aprovechando las enseñanzas que la experiencia nos ha dado en esta parte.

Añadiremos para concluir, que las obras especiales que más se han introducido en España, como son las escuelas, los asilos y las cocinas, no producen por lo común el bien que aparentan producir, al paso que la Obra humilde de la visita le produce mucho mayor; sin apariencia alguna.

La instrucción que se da en las escuelas puede ser un bien y puede ser un mal, según el uso que de ella se haga. Por consiguiente, nuestras escuelas no deben proponerse únicamente instruir al pobre, sino más bien moralizarle enseñándole la doctrina cristiana. Así se hace o al menos se procura hacer; ¿pero se logra por lo común el objeto? ¿Quién no ha advertido que la avidez con que los niños, y más todavía los adultos, concurren a nuestras escuelas, no es precisamente la de aprender la doctrina; sino más bien la de aprender a leer, escribir y contar? Y ¿qué medios tenemos para impedir que él niño o el adulto abandone nuestra escuela cuando se le antoje, esto es, antes de tener la suficiente instrucción religiosa para no hacer mal uso de lo quede hemos enseñado, y se malogre todo el tiempo y el trabajo que con él se ha gastado? Ninguno. Y sin embargo, es obra cara, y que nada produce. Gasto de local, gasto del alumbrado si es de noche, como lo son casi todas, gasto del maestro con título, qué tiene que tener, gasto del pasante o de los pasantes, según su extensión. ¿Corresponderá el resultado a los esfuerzos que se hacen para cubrir todas estas atenciones? Difícilmente.

Las cocinas económicas deben proponerse el facilitar al pobre alimento caliente, bien condimentado y muy barato. Pero hay una gran diferencia entre proporcionárselo barato y dárselo, y conviene fijar bien la atención en ella. Con la economía que residía de hacer acopios en vez de comprar al pormenor, de la cooperación de las Hermanas de la Caridad para aderezar la comida, y de la venta misma de los bonos bien entendida, se llegan a dar, esto es, a vender raciones de cocido, de sopa o de potaje, por un precio tan inferior al que costarían al pobre si las hiciese en su casa, que es una gran limosna el proporcionárselas por él, ahorrándole además el tiempo y el trabajo que necesariamente había de invertir en comprarlas en crudo v luego condimentarlas. Así se ha entendido en el extranjero generalmente; pero no en España, porque nuestras cocinas casi todas dan y no venden las raciones a los que las consumen, o las venden a las Conferencias, para que estas, las den a sus pobres que viene a ser lo mismo. De aquí lo mucho que cuesta sostenerlas; y otros inconvenientes aún mayores, pues es muy difícil que estas cocinas, funcionando como lo hacen, dejen de aumentar el pauperismo y fomentar la vagancia, resultados por cierto bien diferentes de los que debemos proponernos en todas nuestras obras de caridad.

Los asilos son todavía más caros, que las escuelas y que las cocinas. Exigen un local dotado de ciertas condiciones, cuyo alquiler pesa, constantemente sobre la obra. Exigen personal de toda confianza para la educación y la instrucción de los niños, y para acompañarlos de día y de noche. Si los acogidos son ancianos hay menos que cuidar de su educación e instrucción; pero en cambio hay más que atender a las enfermedades y achaques que suelen padecer y que son propios de la vejez. En todo caso exigen recursos seguros para la manutención de los acogidos, y el pago de los que han de cuidarles; y como nuestra Sociedad no los tiene hay que procurarlos por medios extraordinarios, venciendo no solo la dificultad de hallarlos, sino también la de hallarlos sin prescindir de nuestras reglas y prácticas.

Los órdenes religiosos, que en todas partes se reconocen como los más a propósito para encargarse de esta clase de obras, son en España escasos, y no tienen el personal necesario para poderse prestar a ello; y todos sabemos la poca confianza que se puede tener respecto a lo principal, esto es, a moralidad y religiosidad, en personas seglares, por mucho que se las remunere. De modo que todo bien considerado resulta que es muy difícil, casi imposible, que el fruto que se obtenga en esta clase de obras corresponda a los esfuerzos y sacrificios que exigen, tanto su planteamiento como el sostenerlas después de planteadas.

Estas reflexiones parecerán, no se nos oculta, exageradas. Acaso no lo parecerían si se tuviese conocimiento de todo lo que sobre las obras especiales nos dicen las hojas estadísticas de los Consejos y de las Conferencias que las tienen establecidas.

De todos modos, declaramos francamente que nuestra intención, al exponer todo lo que llevamos dicho, está muy distante de la de querer desanimar a nuestros amados consocios que, llenos del mejor deseo, han establecido obras especiales. Lo que únicamente nos proponemos es precaver, a los que no las tienen contra el deseo exagerado de tenerlas, haciéndoles ver sus dificultades, y sobre todo persuadirles de que la visita a domicilio es nuestra obra primera y principal; y que si esta se cumple bien, es la más fecunda en resultados positivos; a pesar de su modesta apariencia, al paso que los de las obras especiales no suelen corresponder a lo que ofrecen, y, sobre todo, a lo que cuestan.

Tengamos fe, mucha fe, en la visita a domicilio. Y si advertimos que no nos da los resultados apetecidos; examinemos bien la verdadera causa, y encontraremos que no está en la obra en sí, sino en el modo de cumplirla. Esmerémonos para corregirle, y acaso nosotros mismos nos admiraremos al ver el fruto que nos produce el cuidado que pongamos en esta corrección.

Excmo. Sr.: ya que V. E. ha tenido la bondad de honrarnos con su presencia, y dejar sus graves ocupaciones por asistir al relato de nuestras modestas tareas de caridad, dígnese recibir nuestras más respetuosas acciones de gracias por tanto favor, y colmarle dirigiéndonos su autorizada palabra, que nos reanime para continuarlas hasta la próxima Junta general, dándonos después su bendición apostólica”.

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