Santiago Masarnau (Sobre la limosna espiritual y sus ventajas sobre la limosna espiritual) 1855

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Señores: hermanos en J. C.

Después de haber examinado en otra ocasión la limosna material y las circunstancias que ha de reunir para ser verdaderamente meritoria y grata a los ojos de Dios, nos proponemos esta noche tratar de la limosna espiritual, y demostrar su grande superioridad sobre la limosna material. Ojalá nos conceda el Señor la gracia que tan de corazón le hemos pedido, para que nuestras reflexiones sobre este objeto, que es el principal de nuestra Sociedad, se graben profundamente en el ánimo de todos nuestros carísimos consocios, y logren persuadirlos de la necesidad en que estamos de entender bien y practicar con esmero esta limosna.’

La limosna espiritual lleva a la limosna material tocia la ventaja que el espíritu lleva a la materia, o que el alma lleva al cuerpo; es decir, una ventaja infinita, pues no tiene término el bien de las almas, mientras que el de los cuerpos no puede menos de tenerle. Pero entremos en el examen de la limosna espiritual y de sus verdaderos caracteres, y no podremos menos de asombrarnos al advertir, por una parte, su incomparable valor, y por otra, lo poco conocida que generalmente está.

En primer lugar, notaremos en la limosna espiritual la. inmensa ventaja de ser enteramente general; esto es, de ser necesaria a todo hombre, sea cual fuere su edad, su estado y su condición, y do poder ser ejercida también por todo hombre, sin excepción alguna. De la limosna material solo los pobres necesitan, y solo los que no son pobres, pueden hacerla; resultando de aquí, que se halla forzosamente limitada a ciertas fracciones de la humanidad; ¿pero de la limosna espiritual hay algún ser humano que no necesite, o hay alguno que no pueda dispensarla a sus semejantes? No, seguramente: ninguno. Luego ya tenemos aquí una ventaja muy notable que lleva la limosna espiritual a la material, que es su generalidad.

En segundo lugar, advertiremos en Ja limosna espiritual la particularidad, por cierto bien notable, de aliviar la necesidad del que la recibe, aumentando al mismo tiempo el fondo del que la da. La limosna material no empobrece a nadie, con tal que se haga con la prudencia debida y en la proporción conveniente; pero es indudable que el dinero que pasa del bolsillo del rico al del necesitado, si bien varía de valor respecto al que le poseía primero y al que le posee despees, en su valor intrínseco permanece siempre el mismo. No sucede así con el amor, que es el dinero de la limosna espiritual. Cuanto más amor se prodiga, más se aumenta el amor que se tiene; y nadie es más rico en amor que el que más ama: circunstancia que nos revela la inmensa superioridad de la criatura racional y de su gran destino. No hay más que un ser, en toda la creación, sacado de la nada por amor, y solo por amor; criado a imagen y semejanza de Dios por amor, y solo por amor; rescatado después del pecado y de su digno castigo por amor, y solo por amor. Este ser, por consiguiente, necesita del amor para vivir, y nada habremos hecho con nutrir su cuerpo y abrigarle, si de paso no le dispensamos el alivio de las necesidades de su alma, el consejo, el consuelo, el cariño, aumentando al mismo tiempo nuestro fondo, como Dios lo ha dispuesto por efecto también de su amor. ¿Quién no ha experimentado los efectos prodigiosos, en esta parte, de la limosna espiritual? ¿Quién no ha advertido en sí propio el aumento de consuelo al dispensarle a otro, el aumento de conformidad al recomendarla a otro; en una palabra, el aumento de amor que, como hemos dicho, es el dinero de la limosna espiritual, al dar pruebas de verdadero amor a un semejante suyo?

Pero sigamos estudiando los demás caracteres de la limosna espiritual para que adelantemos también de paso en su verdadera apreciación.

Tiene además esta limosna sobre la limosna material la incomparable ventaja de hacer por sí el bien, todo el bien que se propone; mientras que la limosna material, si no va acompañada de la espiritual, poco bien verdadero puede producir, y aun en muchos casos podrá perjudicar. Sobre este punto creemos deber llamar muy particularmente la atención de ustedes, porque es uno de los que menos se entienden por lo general, y cuya mala inteligencia induce a equivocaciones muy perniciosas. Se cree que lodo consiste en dar materialmente; se mide la caridad por lo que se da, y se olvida que el hombre no es un animal irracional que, cuanto mejor vestido, alojado y nutrido esté, tanto más feliz será. De aquí ese empeño en contar lo que se da, y en publicarlo, y en figurarse que con dar basta.

Pero Dios se complace en abatir el orgullo del hombre, permitiendo que en la misma Ciudad en que más se da, se presente el pauperismo con todos los caracteres más espantosos que se pueden imaginar. Ya se figuran ustedes que aludimos a la vasta metrópoli de Inglaterra.

Señores: lo que en Londres se da a los pobres, es verdaderamente prodigioso. De los cuadros presentados al Parlamento, correspondientes al año de 1853, resultaba que los 530 establecimientos de beneficencia que se cuentan en aquella Ciudad, repartían anualmente 4.805,635 libras esterlinas. Esto pasma. Pues bien; en esa misma Ciudad se encuentra, a todas horas y por todas partes, tal número de pobres, y pobres de tales caracteres, que verdaderamente desgarra el corazón solo su vista.

No, ¡gracias a Dios! no tenemos idea todavía, en nuestra atrasada España, de lo que es el pauperismo en esos países que tanto han progresado: no hemos visto aquí al hombre que mira la muerte de sus hijos con la mayor alegría porque así no tiene ya que pensar en mantenerlos: no hemos visto a la mujer que ofrece, luchando con la vergüenza y el hambre, el hijo de sus entrañas al primer extraño que se presenta, en cambio de algunos schelines: no hemos visto al obrero que, para ir a comer un día de fiesta con sus padres, tiene que pagarles puntualmente su parte de gasto en la comida: no hemos visto, en fin, tantas y tantas vergüenzas de la humanidad por este estilo, cuyo relato omitimos por no ofender a ustedes.

Pero ¿no es digno de examen este contraste? ¿No salta a los ojos de cualquiera observador la, coincidencia de la mayor limosna material con la mayor necesidad? Pues de aquí podemos sacar mucha luz para conocer lo que realmente es esta limosna material, y su impotencia cuando no va acompañada de la limosna espiritual.

Sobre este pauperismo tan sumamente espantoso de Inglaterra, ya saben ustedes lo mucho que se ha escrito y trabajado; nos parece, sin embargo, que no se le ha dado la única explicación posible. El pobre de Lóndres no se confiesa…. ¿Y se ha considerado el valor de la limosna espiritual que se recibe en el Confesonario? ¿Pues qué limosna material puede compararse con ella? ¿De qué le sirve al pobre la limosna material, si no se le da el consejo necesario para usar bien de ella, ni el consuelo en las penas que la limosna material no alcanza a aliviar, y que son justamente las que más afligen al hombre; si no se le nutre de fe, que es el mayor bien que puede dársele en esta vida?

Acaso se dirá que-el pobre irlandés se confiesa, y que no por esto deja de abundar también en Irlanda el pauperismo. Pero respondemos con la misma explicación: que en Irlanda el rico no se confiesa, y por eso no acompaña su limosna material con la limosna espiritual, que debe, por decirlo así, fecundarla.

No hay medio, Señores, en la limosna: se ha de dar y se ha de recibir con fe, sin lo cual es de poco o ningún valor a los ojos de Dios, y llega siempre a serlo también, con el tiempo, a los ojos de los hombres.

¡La fé!… ¿Se ha considerado bien lo que es la fe? El justo vive de fe, dice la Sagrada Escritura. ¿Ni quién puede dudar que el mundo entero se haría todo pedazos si no fuera por la fe de los justos que en él viven? ¿Qué tesoros hay comparables con este tesoro de la fe? ¿Qué se puede dar a un hombre, ni qué puede un hombre pedir, que tenga la más remota comparación con la fe? Nunca se podrá meditar esto con toda la profundidad que se debe. El pobre que recibe en’ el Sacramento de la divina Eucaristía el Sacratísimo Cuerpo de Jesús, ¿a qué rico podrá envidiar? ¿qué limosna podrá recibir, que admita comparación con esta? ¿se puede acaso ni aun imaginar? Pues esta es la limosna espiritual, que todos podemos recibir, si de veras lo deseamos: ¿y por qué? por la gran necesidad que tenemos de ella, como hombres; necesidad, que nuestro Dios de misericordia y de amor ha tratado de satisfacer, multiplicando al efecto los prodigios de su Omnipotencia, de su Bondad y de su Sabiduría.

Nuestro objeto principal, al apuntar estas breves reflexiones sobre la inmensa superioridad que lleva la limosna espiritual a la material, es fijar la atención de ustedes sobre el peligro, tal vez único, (fue amenaza a nuestra querida Asociación. El día en que se desconozca nuestro verdadero objeto, o se crea que no es indispensable conformar a él todas nuestras prácticas, desaparece la Asociación indefectiblemente, sino para los hombres, para Dios, que es lo que nos importa. Si se llega a olvidar (y no falta, por desgracia, alguna tendencia a este olvido), que la limosna espiritual es nuestro objeto, y que de la limosna material solo nos valemos como de un medio para conseguirle, degenera sin remedio esta santa Asociación en una de tantas como hay por todas partes (y en los países protestantes más todavía que en los católicos), en una de esas asociaciones de beneficencia y filantropía cuyos cuadros estadísticos asombran tanto como el poco fruto verdadero que ellas producen.

No lo permita Dios! Pero hagamos también, cada cual por nuestra parte, todos los esfuerzos posibles para que no se verifique tan triste degeneración. Todos podemos contribuir a ella, del propio modo también que todos podemos impedirla. No habrá uno solo, esperárnoslo en Dios, que vacile en la elección. Pues bien: indiquemos los medios más a propósito para secundar la buena intención, la buena voluntad que suponemos en todos nuestros queridos consocios.

Lo primero y principal es nutrir todo lo posible nuestra propia fe. Nadie da lo que no tiene; y el consejo, por bueno y santo que sea, si no va acompañado del ejemplo, es casi imposible que produzca efecto alguno. Nutramos, sí, nuestra Te con el mayor esmero, es decir, con la mayor pureza de costumbres, pues no hay medio más seguro de sostener la fe que el vivir bien: al efecto, frecuentemos los Santos Sacramentos de la Penitencia y de la divina Eucaristía todo lo más que podamos; que será mucho, si lo deseamos tan de veras como debemos, por tantos motivos, desearlo. Amemos la oración, y amemos el trabajo. Estos son los dos remos de la barquilla en que estamos navegando durante esta vida mortal, y con los que únicamente podemos dirigirla al puerto seguro de la bienaventuranza eterna.

Lo segundo no puede faltarnos, una vez obtenido lo primero; es decir, no puede faltarnos el deseo vehemente de aumentar la fe en todos nuestros semejantes. Al experimentar los efectos incomparables de la fe, do esta luz que, semejante a la de la linterna mágica, anima y vivifica todos los objetos que sin ella parecían solo manchas negras, es imposible no desear vivamente que se extienda tan grande beneficio a todos los hombres de toda la tierra. Esto explica el valor y la abnegación de los misioneros; valor y abnegación que tanto extraña el mundo y con razón, porque no ve el resorte que los mueve y les hace cruzar los mares y los desiertos, expuestos a todos los peligros imaginables, y careciendo de todo, pero siempre alegres y contentos porque no les falla la única cosa que suple a todas, y que por ninguna puede ser suplida: su gran fe.

Lo tercero es una vigilancia habitual, para notar con tiempo y evitar todo lo que directa o indirectamente tiende a adulterar la fe o a entibiarla. Es muy notable lo que sucede en esta parte. Hay una infinidad de cosas que no son malas en sí, que parecen muy inocentes a primera vista, y que sin embargo deben evitarse, por los malos efectos que ocasionan. Así como el hombre prudente, no solo evita los venenos, sino también los alimentos indigestos, o los que ha observado que le perjudican, así también el hombre virtuoso no debe contentarse con evitar los pecados graves, sino también todo lo que de cualquiera manera ha observado que tiende a debilitar su amor a la virtud. Este efecto observará que le producen las conversaciones frívolas, las lecturas inútiles, la curiosidad, la falta de compás en la vida, y otras cosas por el mismo estilo. Levantarse, por ejemplo, un día a las ocho, y otro a las diez, y otro a las seis, no es seguramente un pecado contra la Religión, ni aun contra la moral; pero el que lo haga por falta de método, y no enteramente obligado a ello, experimentará sin duda los malos efectos que hemos indicado antes. La curiosidad hace estragos, y lo peor es que los hace muchas veces sin que los mismos que los padecen adviertan cuán fácil les sería el librarse de ellos. Este empeño, tan común de estar al corriente de todo lo que pasa, no solo en el país que se habita, sino en todo el mundo, (que es una de las grandes calamidades de nuestra época) ¿de qué dimana más que de una vana curiosidad? ¿Cómo he de saber algo de lo que no pasa, decía uno muy apurado y con mucha razón, si me obligan a que sepa todo lo que pasa! Para satisfacer esta ley tiránica del mundo, se considera ya como una obligación generada de enterarse de muchas cosas que solo debieran saber muy pocos, y de cuya noticia los más solo reportan pesares y distracciones. El pensamiento del hombre, dice San Bernardo, es como un molino que está siempre en movimiento y triturando lo que.se le echa: si se le echa trigo, es decir, buenas ideas, muele trigo; pero si se le echa paja ¿qué ha de moler sino paja? ¿Qué ha de pensar el hombre que, en vez de ocuparse exclusivamente en el cumplimiento de sus deberes, se llena la cabeza todos los días de una porción de chismes y de mentiras, para no exponerse a que le puedan decir-que no está al corriente de las noticias del día? Todo lo que disipa, perjudica. La mejor distracción posible es el cambio de ocupación, pero cuidando de que la que se toma y la que se deja, sean igualmente útiles, y propias de nuestra posición social.

Hemos dicho también que el amor al trabajo es otra de las cosas qué más debemos aconsejar, y practicar, no solo por cumplir debidamente con la voluntad de Dios, que a todos sin excepción nos le ha impuesto, sino también por obtener los grandes bienes que el trabajo produce constantemente. El agua estancada, por buena que sea, acaba siempre por corromperse, y lo mismo sucede con el hombre ocioso. Sobre este punto, mucho hay que hacer en nuestra España, donde tan general es, por desgracia, la costumbre de huir el cuerpo, como dicen, al trabajo, y donde no se teme como debiera temerse el ocio. Hay causas para lo uno y para lo otro, bastante claras, pero que no nos toca aquí enumerar; basta que reconozcamos el mal, y que procuremos por nuestra parte no contribuir a él, las dos reglitas de emplear bien nuestro tiempo, y no impedir el que los demás empleen bien el suyo.

Todo esto, y mucho más que pudiéramos añadir, pertenece al dominio de la limosna espiritual; y a nada de esto alcanza la limosna material. Convencidos, pues, íntimamente de las inmensas ventajas que la primera lleva a la segunda, valgámonos de esta en la forma y manera única que quiere nuestra Sociedad, es decir, como de un medio para llegar a aquella. Que cada uno de nosotros procure dar al pobre, es decir, a la colecta, que es la que paga nuestros socorros materiales, todo lo que pueda, según sus facultades; pero que ninguno se olvide de la gran misión que se le confía al darle los bonos para visitar; que ninguno se olvide de que estos bonos no se le dan para que se contente con llevarlos materialmente, sino que se cuenta con su verdadera caridad al entregarlos; que se espera más de la limosna espiritual con que puede y debe acompañarlos, que del socorro material que representan; en una palabra, que solo se le dan los bonos de pan y de carne, etc., para que le sirvan como de pretexto o motivo de visita; esperando de su fe y de su verdadera caridad el mucho fruto que la visita puede producir, acordándose de aquella sentencia del Eclesiástico: Verbum meliús quam datum; pues la palabra, con el auxilio de la divina gracia,, puede hacer mucho más bien que el socorro material.

Concluiremos recopilando todo lo dicho con una observación que, aunque parece insignificante puede no serlo, en atención a que fija en la memoria lo que más nos conviene retener sobre este punto.

La palabra felicidad expresa el término de todos los deseos del hombre: no hay hombre alguno que no aspire a la felicidad, y todo el mal está en no entender bien en qué consiste la verdadera felicidad. Nosotros, para no equivocarnos en materia de tanta trascendencia, observaremos sencillamente que esa palabra, que tanto significa, que reune en sí la suma de todo bien y el término de todo mal, concluye con la sílaba dad; como si dijéramos, concluye aconsejándonos, que demos, esto es, aconsejándonos la caridad; pero también empieza por la sílaba fe, que expresa el principio que ha de animar nuestra caridad. Por manera que, dando, pero dando con fe, hemos de aspirar a la felicidad. ¿Ni qué camino más seguro de alcanzarla? Pues este es justamente el mismo que nos traza nuestra querida Asociación, cuyo objeto único es la Caridad verdadera, es decir, la Caridad basada en la Fe, el amor puro, el mismo Dios, pues Dios es esta Caridad.

Agradezcamos mucho al Señor el beneficio tan grande que nos ha dispensado llamándonos a profesarla: procuremos corresponder a él con todas nuestras fuerzas, y seremos felices, completamente felices, en el tiempo y en la eternidad, porque no podremos menos de santificarnos.=Así sea.

He dicho.

 

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