Santiago Masarnau (Sobre la limosna espiritual y la oración) 1854

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1854.

Señores:

Nuestra Asociación continúa extendiéndose cada día más y más en España. Las Conferencias establecidas crecen, otras nuevas se organizan, y todas van produciendo ya frutos que solo se pueden atribuir al auxilio de la divina gracia. Humillémonos de corazón al considerar los grandes y repetidos beneficios que el Señor nos está dispensando. Reconozcámoslos y procuremos aprovecharlos con el mayor esmero para el bien de nuestros pobres y para el bien nuestro.

El mundo no conoce la verdadera tendencia de nuestra Asociación. No la conoce, y de aquí se originan algunas dificultades para la organización de Conferencias nuevas. Esto mismo acaso nos conviene, para que el desarrollo de la Asociación vaya siendo progresivo y por lo tanto más estable; pero nosotros debemos penetrarnos bien de nuestro objeto, sin lo que no podremos llenarle, por muy buen deseo que tengamos.

Nuestra Asociación se propone ejercer, practicar, extender la verdadera ‘caridad. No es Asociación de filantropía como la llaman algunos p’ ni aun de beneficencia como la entienden otros. No. Es una Asociación de verdadera y pura caridad. El amor del prójimo, basado en el amor de Dios, es su objeto; y aun cuando la limosna material es un medio de los que emplea para socorrer al pobre este medio se considera siempre entre nosotros como secundario, y el socorro espiritual es el que nos proponemos principalmente dar y recibir. Para llenar este objeto debemos procurar antes de todo formarnos ideas bien claras de la limosna material y de la limosna espiritual, comprender bien la extensión de la una y de la otra, cuáles son sus límites respectivos, cuáles sus diferencias, y deducir luego de este conocimiento las reglas que nos han de guiar en la práctica de la verdadera caridad, esto es, de la limosna espiritual y corporal.

La limosna material tiene por objeto el alivio de la necesidad corporal. Las necesidades corporales son las que padecen los verdaderos pobres. Estas necesidades en el hombre se pueden limitar mucho y ya se sabe que aun en los países de más pauperismo solo una fracción de la humanidad se encuentra sujeta a ellas. La limosna espiritual tiene por objeto el alivio de la necesidad espiritual, y es tan superior a la limosna material cuanto el espíritu es superior a la materia. A las necesidades espirituales todos estamos sujetos; todos, ricos o pobres, las padecemos, y todos por consiguiente necesitamos de la limosna espiritual. ¡Qué campo tan vasto, señores, el de la verdadera caridad! La Asociación de San Vicente de Paul, en vista de las miserias que afligen a la humanidad, se propone aliviarlas del único modo posible, esto es, por medio del amor; y como los hombres por lo común nos dejamos llevar tanto de los sentidos, comprendió desde el principio, que el alivio de las necesidades espirituales en la clase pobre no podía alcanzarse sin el alivio de las necesidades materiales, y de aquí la práctica constante entre nosotros de visitar al pobre y de procurar al mismo tiempo llevarle algún socorro material. Pero este socorro material, es preciso no olvidarlo nunca, no es nuestro objeto ni puede serlo de manera alguna. El trato del pobre nos es necesario para aprender a ejercer la verdadera caridad no solo con el pobre sino también con el rico; porque, como decía muy bien en cierta ocasión uno de nuestros hermanos ¿qué sería de nosotros si no fuera por los pobres? En efecto, nuestra Asociación sin la visita de los pobres, organizada según está en ella poco o nada podría hacer. La unión que reina entre nosotros, esta confianza, esta familiaridad santa que así se puede llamar, necesita un alimento continuo, y este alimento es la visita de los pobres. Ella nos obliga a reunirnos una vez por semana en nuestras respectivas Conferencias; y luego a vernos con frecuencia a tratar naturalmente de las necesidades de nuestros pobres y también de las nuestras. Los beneficios que de aquí se originan, son incalculables. Los resultados que este trato entre hombres de fe nutrido por la visita asidua al pobre puede producir, son inmensos.  Se extienden a todas las clases de la sociedad, y algunos se han obtenido tan grandes y tan admirables que no creemos conforme al espíritu de humildad que debe caracterizarnos, su pública enunciación. Pero desde luego se comprende que la limosna material nos hade conducir naturalmente a la limosna espiritual, y que la caridad con el pobre nos ha de enseñar también a ejercerla con el rico, acabando por advertir que el campo de la verdadera caridad, es ilimitado, y que no hay hombre alguno que no necesite, sea cual fuere su posición social del amor verdadero de sus semejantes hasta para existir. En esto no hay exageración alguna, y para demostrarlo bastará observar, el curso natural de las ideas que en todos nosotros se van sucesivamente desarrollando por medio de la visita continua de los pobres. Al observar de cerca las necesidades materiales del pobre, al ver que padece hambre, frío, desnudez y que hasta del aire y de la luz necesarios para la conservación de la salud, se encuentra a veces privado ¿cómo no se ha de despertar en nosotros, el sentimiento de la compasión y el deseo de procurarle lodo el alivio posible, alimentos, ropas, medicinas, socorros de toda especie, que vemos tan claramente está necesitando? Pero esto no es más que efecto de un sentimiento natural, que puede muy bien no ser de verdadera caridad. Nosotros tenemos fe: debemos a Dios, esté incomparable; beneficio, y como hombres de fe es imposible que la consideración de las miserias, de las necesidades físicas del hombre no nos conduzca a la consideración de sus necesidades morales, tan superiores en importancia verdadera. Esta criatura que vemos padecer, dice un célebre orador, no es para nosotros un compuesto de órganos materiales. Sabemos que dentro de este cuerpo que sufre hay encerrada una luz, una llama, una sustancia noble, espiritual, creada a imagen de Dios y sabemos también que si el cuerpo tiene necesidades, el alma tiene también las suyas, tan fuertes y dolorosas, cuando menos, como las del cuerpo. Y es de notar que así como las necesidades del cuerpo están probando su miseria, su flaqueza y lo grosero de su origen material, las necesidades del alma prueban por el contrario claramente su excelencia, su elevación y la sublimidad de su destino. Sabemos que el hombre no vive solo de pan, porque no solo tiene que nutrir su cuerpo, sino que vive también de la palabra que sale de la boca de Dios, porque esta palabra es el pan, el alimento de su alma. El alma tiene su sed, tiene su hambre como el cuerpo: sed y hambre que la ennoblecen, pues que el alimento y la bebida que mitigan el hambre y la sed del alma, son lo más excelente que existe; el mismo Dios, su carne y su sangre, la sagrada Eucaristía.  Sí! La necesidad del alma es la necesidad de poseer a Dios, de unirse a Dios, de no vivir más que de Dios: necesidad que todos sentimos y que el pobre siente lo mismo que nosotros, porque tiene un alma como nosotros, una inteligencia como nosotros i un corazón como nosotros.

Hé aquí las necesidades que hay que satisfacer. Pero ¿y cómo? ¿Cuáles son las disposiciones necesarias para hacer bien la limosna espiritual? La primera de todas es la fe. Esta nos da el conocimiento verdadero de las necesidades espirituales, y nos da también el deseo vehemente de aliviarlas. En efecto, ¿quién de nosotros se podrá decir: Está en mi mano socorrer a un semejante mío, que padece hambre y no lo haré: puedo aliviar la sed de un hermano mío y no lo haré: puedo vestir a un hermano mío que está desnudo y no lo haré? Ninguno sin duda. Pero pasemos un poco más adelante, y la fe nos hará añadir: Hé aquí un alma que ignora su dignidad, y yo puedo hacérsela conocer: He aquí un alma hecha a imagen de Dios, pero esta imagen divina está en ella manchada, profanada, y yo puedo contribuir a que se purifique: hé aquí un alma que ignora su Dios, pero yo puedo hacérsele conocer: hé aquí un alma en la cual existe un foco de amor noble, ardiente, generoso, yo puedo hacerla  amar a Dios, que es lo que tanto necesita, y- ¿no ]o haré? Hé aquí un alma que tiene, un destino eterno sin saberlo, y ¿la dejaré yo en este estado? Este pobre tiene en el cielo un lugar como yo, tal vez superior al mío! Un trono, una corona, un cetro, un reino, una felicidad sin fin, la felicidad de Dios mismo, le está reservada, pero su alma no lo piensa, y yo, la veo con los ojos de la fe que Dios me ha dado, la veo amenazada; de una desgracia eterna; la veo tomar, en vez, descamino del cielo, el camino del abismo, en vez de escoger la senda que conduce a la felicidad, la veo precipitarse hacia el lugar de los tormentos eternos; la veo.., pero no me importa; lo que yo tengo que hacer es darle bonos de pan o de carne, ropa para abrigar su cuerpo; en cuanto a su alma, irá adonde vaya acaso caerá en el infierno!… pero, esto no me importa.;—¿Quién, raciocina así? Ningún hombre de fe seguramente; Pero- ¿cuál es el ardor, cuál es la energía de nuestra fe? Y si esta es débil y fría; ¿qué podrá hacer por nuestro hermano?; ¿Le amonestaremos lo que no sentimos? ¿Le aconsejaremos lo que no practicamos? ¿Cuidaremos de su alma si descuidamos la nuestra? ¡De aquí, la necesidad de cultivar nuestra fe con el mayor esmero, y de nutrirla por medio de la frecuencia de sacramentos, de la pureza de costumbres, y de todo el recogimiento compatible con el fiel desempeño de nuestras obligaciones respectivas.

Pero aun hay más. El estudio atento de las necesidades espirituales del pobre no puede menos de conducirnos naturalmente al conocimiento de nuestras necesidades propias y de las de todos los que nos rodean; porque, como observamos antes, todos, ricos o pobres; pequeños o grandes, ignorantes o sabios, todos estamos sujetos a ellas, y por aquí se descubre la extensión del campo de la limosna espiritual, sin comparación mayor que el de la limosna material; ¡Qué auxilios tan grandes no necesitamos por lo tanto para llenar nuestra misión debidamente en todo tiempo y lugar ¡Nosotros, pobres seglares, ignorantes por lo común en materias religiosas, disipados, aspirando continuamente la atmósfera corrompida del mundo, ¿seremos capaces de hacer bien a las almas, de penetrar en los corazones, de inspirar la fe, la caridad, el amor de los bienes eternos y el  desprecio de los temporales?… No! mil veces no! No podemos por nosotros seguramente obtener grandes resultados, pero Dios quiere valerse de nosotros por un efecto de su infinita bondad para producirlos y por consiguiente ¿qué fallará para que se consigan tantos bienes en el orden moral? La gracia y solo la gracia. De la gracia depende todo. Si la gracia se obtuviera con dinero! Si hubiese alguna moneda con que se pudiese comprar la gracia! Pero… y qué! ¿no la hay? Sí, ¡por fortuna, la hay! La hay y muy segura! Esta moneda, señores, es la oración. La oración humilde, fervorosa y perseverante lo alcanza todo. Tenemos la promesa formal del Señor que no puede engañarse ni engañarnos. Comprendamos, pues, toda la importancia de la oración, de esta base fundamental de todas las prácticas cristianas. Señores, se suele descuidar mucho este gran medio de salvación, como lo dice S. Alfonso Liguori y esto es muy de sentir. Contrístame, dice el santo, sobre todo el que los predicadores y confesores no hablen casi nunca de esta materia que tampoco insisten bastante en ella los libros espirituales más generalizados, ¡cuando nada hay que con más ardor deba inculcarse, nada que pueda compararse con la oración para alcanzar la salvación. ¡Nosotros no tenemos autoridad alguna para aconsejar a ustedes en estas materias; pero como hermanos en S. Vicente de Paúl, como amigos de corazón en el sacratísimo de Jesús, no podemos menos de rogar a ustedes encarecidamente procuren, por todos los medios a su alcance, extender la práctica preciosa de la oración, propagar ideas claras y terminantes acerca de la oración, hacer comprender a todos, no solo la utilidad, sino la absoluta necesidad (y esta sí que es absoluta y general) de la oración. Para comprender algún tanto la importancia de la oración bastará observar que puede suplir a (oda otra práctica religiosa, al paso que no puede ser suplida por ninguna; que la gracia se alcanza solo por la oración; y en fin, que, generalmente hablando, los adultos que se salvan deben su salvación a la oración.

Pero ¿en qué consiste la verdadera oración? ¿qué cosa es orar? -dice el Catecismo—levantar el alma a Dios y pedirle mercedes. Aquí tenemos una idea clara y terminante de la verdadera oración. Pero sucede con esta definición del Catecismo, lo que con otras muchas preciosas que contiene, a saber, que se aprenden en la niñez y se olvidan luego cuando se va entrando en la vida y cuando más falta nos hace su continuo recuerdo. Es un dolor el abandono y descuido que suele haber en esto. El catecismo solo contiene más instrucción que todos los libros de ciencias que se han escrito. Un aldeano sencillo, dice la “Civiltá cattolica”, que sabe y cree las dos primeras respuestas del Catecismo, es más sabio y es ¡más grande que todos los hombres de ciencias sin fe; pues, que si no conoce la superficie de las cosas que pueblan a este grano de arena que llamamos mundo, conoce Dios y se conoce a sí propio, su principio y  su fin, es decir, todo lo más noble que hay encima y debajo de las estrellas.

Levantar el alma a Dios y pedirle ’mercedes, dice el Catecismo. Según esto, ¿se cumplirá con el precepto divino de la oración recitando de prisa y corriendo y sin la menor atención, cierto número de Padrenuestros, de Ave-Marías o de Gloria Patris? ¿Se cumplirá con el precepto divino de la oración asistiendo al santo sacrificio de la Misa con la irreverencia y distracción que vemos asistir a la mayor parte de los fieles? ¿Se cumplirá con el precepto divino de la oración pronunciando palabras muy santas con los labios y nutriendo pensamientos vanos o torpes al mismo tiempo en la mente? Pero no nos contentemos con dolernos de lo poco conocida y menos practicada que vemos en el mundo la verdadera oración: procuremos extender su conocimiento y su práctica verbo et exemplo, todo lo posible. De la oración, señores, se suelen tener ideas muy equivocadas en el mundo. Caridad es y grande, enseñar al que no sabe lo que es la oración. Nosotros que tanto necesitamos de este gran medio, de este poderoso auxilio para ejercer con fruto todas nuestras prácticas, debemos acostumbrarnos a recurrir siempre a él y a recomendarle sin cesar.

Sin atención no hay verdadera oración. Sin con sideración no hay ¡atención, y de aquí se deduce claramente la necesidad de la oración mental, cuyo solo nombre asusta a las gentes del mundo, que ni saben ni quieren saber lo que significa. La excelencia de la oración mental, dice el venerable obispo Challoner, esto es, de la oración que no se limita a ciertas y determinadas palabras, sino que se eleva de lo interior del corazón donde el alma sola encuentra a su Dios solo y le habla, es, por cierto muy grande; y su práctica no tiene nada de difícil, como se imaginan muchos. Consiste en consideraciones y en afectos es decir, en pensar y en amar, en santas resoluciones que provienen de la meditación y prueban el amor. Y ¿qué puede haber más natural, más propio del hombre que pensar y amar? En cuanto a lo primero, es en efecto tan propio de nuestra mente, que no se puede estar sin pensar en algo, al menos mientras estamos despiertos; y ¿será posible que solo el pensar en Dios, en sus bondades, en su misericordia, en nuestras miserias, en las verdades eternas, en nuestro destino futuro, etc., nos sea difícil o imposible? Pensamos continuamente en cosas de poquísimo valor, ¿y en cosas tan grandes y tan interesantes no hemos de poder pensar? Pensamos  con facilidad en todo lo que pasa, y ¿no hemos de poder pensar en lo que no pasa?  Lo mismo sucede con el amor. Tan natural es al hombre el amar, que no vemos a hombre alguno que no ame. Amará los placeres, las riquezas, los honores; amará cualquier objeto vano y perecedero, cualquier fruslería, y ¿será posible que solamente le cueste dirigir su amor al verdadero: objeto, al único verdaderamente digno, al que solo puede llenarle completamente, a su Dios? ¿Dónde está, pues, la ¿dificultad real de la oración mental? Pensar en Dios… amarle… dirigirle nuestra conversación interior, no puede ser más natural ni más fácil, y tampoco hay práctica alguna más recomendada por los Santos y los maestros de la vida espiritual. Pero el mal está en que estos maestros no son leídos por los que más necesitarían de sus instrucciones, y sus grandes obras se encuentran solo en manos de gentes tan piadosas y tan buenas que casi no las necesitan. Si no fuera así, ¿tendríamos que hablar de la oración, consideraríamos como un gran deber de caridad el extender su conocimiento y su práctica en la patria de Santa Teresa, de San Ignacio de Loyola, y de Fr. Luis de Granada? Así es, sin embargo, y ojalá que nuestras palabras y nuestro ejemplo pudieran lograr ¡que la práctica de la oración mental se fuese extendiendo y generalizando en nuestra España.

Pidámoselo a Dios y no dejemos de emplear todos y uno de nosotros, la influencia que podamos tener con los que nos rodean, pobres o ricos, al efecto.  En cuanto a nosotros mismos, sea cual fuese nuestra posición social, sean cuales fuesen nuestras ocupaciones y obligaciones, consideremos siempre como la principal dedicar a esta santa práctica siquiera media horita de la mañana. Es bien seguro que esta media hora no nos faltará si distribuimos bien el tiempo y comprendemos la utilidad, la necesidad más bien, de empezar las tareas del día dirigiéndonos a Dios para alcanzar de su bondad las gracias necesarias para desempeñar debidamente nuestros deberes respectivos. Esta devoción no impedirá seguramente el cumplimiento de las obligaciones, sino que, por el contrario, le ayudará mucho. «La devoción, dice el virtuosísimo Prelado Sr. Claret, se puede comparar a las «ruedas del carro y a las alas del ave. No hay duda que si en un peso o balanza pesáramos un carro «con ruedas y un ave con alas, más pesaría el carro con las ruedas que sin ellas, y el ave también pesaría más con alas que sin ellas; pero bien se conoce que este peso no es carga, antes bien ayuda muchísimo para llevar y aligerar la carga. Así las obligaciones junto con las devociones son más en número, pero estas no impiden el cumplimiento de aquellas, antes bien le ayudan mucho cuanto estas están regidas por la prudencia y discreción, como suponemos».

Según es la oración suele ser la vida. Según es la vida suele ser la muerte, y según es la muerte es la eternidad! ¿Quién ’podrá, pues, descuidar la oración, este medio precioso de asegurar la bienaventuranza eterna?

Concluyamos, pues, resumiendo las ideas principales de este discurso, que vienen a reducirse a las siguientes: 1ª La limosna material no es para nosotros más que un medio. 2.a La limosna espiritual es nuestro objeto. 3.a Esta limosna se puede y por consiguiente se debe distribuir a todos, tanto a pobres como a ricos, y nosotros mismos la necesitamos a cada paso. 4.a La gracia necesaria para distribuir con acierto la limosna espiritual, no se alcanza con dinero. 5.a La oración es el gran medio, el único seguro que tenemos para alcanzar la gracia, y el que por lo tanto nos proponemos usar y recomendar todo lo posible. Pongamos esta resolución bajo la protección de la Santísima Virgen y de nuestro S. Vicente de Paúl, y no dudemos alcanzar por su intercesión la luz y la fuerza necesarias para cumplirla en todos los días de nuestra vida presente y hasta en el último momento de ella.— Así sea.

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