Santiago Masarnau (sobre el poco crecimiento de la Sociedad)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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ACTA DE LA JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL Día 15 DE ABRIL de 1877
Luego el Presidente del Consejo superior, previa la venia del Sr. D. Manuel Sanabuja, leyó el siguiente discurso:

Señores:

Amados hermanos en J. C.:

No se puede todavía dar cuenta del estado de la Sociedad en España en el año próximo pasado de 1876, porque faltan las hojas estadísticas de varias Conferencias, y es necesario que se reúnan todas para terminar el cuadro general. Lo mismo sucede en otros países, en que el número de Conferencias es algo considerable y hasta la Junta general de Julio se suele diferir la relación del estado de la Sociedad durante el año anterior.

Pero desde luego podemos advertir el progreso material que en este año se ha obtenido, esto es, el número de agregaciones nuevas en él verificadas, que han llegado a ser 3 Consejos particulares […]

…de la salvación, debemos acostumbrarnos a mortificar los demás, según nos los han enseñado. El de que crezca y prospero la Sociedad, que tan natural parece en nosotros, se debe también mortificar con esmero: primero, porque realmente no sabemos en esto ni en nada lo que más conviene; segundo, porque puede fácilmente este deseo no mortificado inducirnos a pecar, si no de obra al menos de palabra o de pensamiento; y tercero, porque tiende a destruir en nosotros las hermosas virtudes de la conformidad y de la confianza, sobre las cuales está basada por completo toda la felicidad de que somos capaces en esta existencia. Nuestro santo Patrono se distinguió admirablemente en esta práctica de la mortificación de los deseos, y usaba con frecuencia una frase vulgar que traducida libremente a nuestro idioma significa “enmendar la plana a la Providencia”, para expresar lo que quieren hacer los que dominados por los deseos, al parecer muy buenos, faltan a la debida sumisión y conformidad con las disposiciones del Altísimo, que nuestra muy limitada capacidad suele no alcanzar a comprender.

Nuestro principal esmero se ha de poner en aprovecharnos bien del desarrollo que la Sociedad va alcanzando y en asegurarlo todo lo posible. Al efecto no creo que haya medio más eficaz que el de penetrarnos más y más cada día del verdadero espíritu del Reglamento y procurar conforme a él crecer en virtudes sólidas, en humildad verdadera, en pureza de intención, en confianza y en mortificación, frecuentando al efecto los santos sacramentos de la Penitencia y de la Comunión, y sosteniendo con valor, constancia y firmeza, la lucha con el mundo en medio del cual vivimos, que no es poco hacer. Comprendamos la necesidad de adoptar la santa práctica del retiro, que tan recomendada nos está y que si se considera necesaria en las Órdenes religiosas, con mucho mayor motivo se la considerará tal en una Sociedad compuesta en su parte activa de seglares, esto es, de hombres que bien en le mundo y aspiran por lo tanto de continuo su emponzoñada atmósfera. Las Conferencia de Madrid han dado ejemplo en esta parte, teniendo su retiro en la primera semana de Cuaresma, según se ha publicado en el Boletín; y es de esperar que las de provincias seguirán imitándolo, como algunas lo han hecho ya.

Procuremos, en fin, por todos los medios, que nuestra Santa Religión nos ofrece, crecer en caridad, en caridad verdadera, que es lo mismo que decir en verdadero amor a Dios y a los hombres, sin exceptuar a uno solo en toda la creación. Los Presidentes de las Conferencias de provincias asilo recomiendan, y lo observamos con mucha satisfacción. Citaré, como muestra, algunas palabras del discurso pronunciado por uno de ellos en una de las últimas Juntas generales, queme pareen muy notables.

La Caridad, dice aquel Presidente, que según el precepto divino, es el principio y fin de todo bien, es a la vez el único poder para dirigir y gobernar a los hombres, para levantarlos de su abyección, engrandecerlos a sus propios ojos e impulsarlos no pocas veces hasta el heroísmo de la virtud.

El hombre sobre la tierra ha menester de estimación y afecto y sin las virtudes que nacen de la caridad no podríamos llenar esa necesidad, por más esfuerzos que hiciésemos para relegar las debilidades y los defectos de la flaca naturaleza a los más recóndito de nuestro corazón. Hasta los hombres grandes, cuando se encuentran privados de eta simpatía, se vuelven pequeños.

Por esto cuando se quiere hacer bien a un alma, se ha de empezar por amarla e inspirarla un santo efecto, de manera que lo perciba y sienta, lográndose así más resultados que por medio de razonamientos y discusiones, que suelen dar resultados opuestos al que se proponen.

Se dirá ¿y es posible amar a seres malvados y perversos como por desgracia suele haber en el mundo? Sin duda alguna. El hombre es la imagen de Dios, es el retrato de nuestra Padre que está en los cielos; es su hijo y nuestro hermano, como lo atestigua la sangre de Adán corriendo por sus venas como por las nuestras.

Amemos a todos porque Dios l manda. La Caridad es la cruzada del siglo; preciso es que la emprendamos con valor. No huyamos de los que se extravían, no nos enfademos por las sinrazones e injusticias. No nos quejemos de nadie ni de nada. Amemos sobre todo a los pobres, a los niños, a los ancianos y, por último, amémonos todos mucho, porque así lo quiere Dios.

Estas palabras no se escribieron seguramente con intención de que fuesen publicadas, pero yo creo que bien merecen se las saque del olvido en que yacen en una de las muchas carpetas de nuestra correspondencia.

Para terminar, pues no quisiera molestar la atención de los que tienen la bondad de escucharme, diré solo dos palabras acerca de la colecta que en nuestras Conferencias se va a hacer para el Santo Padre, según se ha anunciado en el Boletín, y lo que a ella debemos agregar, en mi humilde opinión.

Todas las Conferencias de España tendrán una satisfacción grandísima al ver que nuestro Presidente general las invita a hacer una colecta extraordinaria para nuestro amadísimo Santo Padre, y la harán, sin duda, con el mayor esmero; pero no deben contentarse con eso. Otra prueba más pueden dar de amor a S. S., y es la de trabajar por todos los medios que estén a su alcance para que se siga el consejo que tuvo la bondad de dar a los peregrinos españoles, y que por desgracia no se ha seguido del todo. El discurso que el Santo Padre pronunció al recibir a la peregrinación de España, y que todos hemos leído, concluía recomendando la unión, y esta recomendación de tanto interés, parece que ha pasado inadvertida para muchos que se precian de católicos y de adictos a la Santa Sede. Que no suceda así con nosotros; y ya que cabalmente la desunión que reina entre los católicos dimana de miserables cuestiones de política, de que nuestro Reglamento nos exige prescindir por completo, parece que nuestra humilde Sociedad está llamada a trabajar más que otra alguna para que se cumpla el deseo indicado por el Santo Padre. Y ¿en qué mejor obra de caridad podremos emplearnos?

Señores, parece imposible lo que estamos presenciando y lo que consigne la astucia de Satanás, pues no se puede atribuir a otra causa lo que vemos. Como en la unión está la fuerza, trabaja el malvado espíritu por desunirnos, y lo logra, no tan solo con sus malignas sugestiones, sino también por efecto de nuestra falta de consideración; porque si se reflexionase un poco, se vería claramente la falsedad de sus insinuaciones. Compréndese la dificultad de amar al impío, de perdonarle de corazón y pedir a Dios por él, como nos obliga a hacerlo nuestra Santa Religión; pero cuando se trata de un buen católico que cree y practica lo mismo que creemos y practicamos nosotros, ¿cómo no le hemos de amar con todas las veras de nuestra, alma? ¿Cómo no hemos de disimular las faltas que necesariamente ha de tener, pues ya se sabe que nadie es perfecto? ¿Cómo, en fin, no hemos de procurar su bien temporal y eterno por todos los medios que estén a nuestro alcance? Pues no sucede así, por desgracia y es tal vez más de admirar la causa que el hecho mismo.

Se vale el enemigo del maldito amor propio, y porque en una cuestión política no están acordes los católicos, como pudieran no estarlo en una cuestión científica o artística, etc., los desune, y logra que se conduzcan como si se odiaran, aunque diciendo que aman, y fácilmente se comprenden las tristes consecuencias de su desgraciada alucinación. Trabajemos pues por combatirla. En el mero hecho de recibir en nuestras Conferencias a todo buen católico sin preguntarle a que partido político pertenece, ni aun si pertenece a alguno, ya mostramos el desprecio que profesamos a esas diferencias de opinión de que tanto se aprovecha el enemigo para desunir a los católicos.

Quién sabe si el Señor querrá en sus altos juicios valerse de nuestra humilde Sociedad para reconciliar los ánimos y hacer que se unan los hombres de fe, como el Santo Padre lo desea. No sería la primera vez que para conseguir grandes fines se ha valido de medios muy pequeños; pero aunque así no sea, nosotros debemos esmerarnos en conservar el espíritu de nuestro Reglamento prescindiendo en absoluto de toda diferencia de opinión que tienda a engendrar la división; no viendo en el mundo entero más que los grandes campos, que son el de la verdad, de la confianza y del amor, en que por la misericordia de Dios nos hallamos, y el de la mentira, del orgullo y del odio, en que se hallan los desgraciados impíos, y al cual debemos combatir incesantemente, pero no con las armas que ellos emplean y que para nosotros están vedadas, sino con el amor, con la oración y con la paciencia, que son mucho más poderosas, pues todo lo vencen cuando llega el tiempo marcado por los inescrutables designios del Altísimo para alcanzar la viciara.

 

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