Santiago Masarnau (sobre el desempeño del cargo de los Presidente)

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Escorial, 15 de Octubre de 1860, día de Santa Teresa.

Circular dirigida a los Presidentes de las Conferencias de España por el del Consejo superior. Muy Sr. mío y apreciabilísimo consocio:

Hace ya tiempo que las noticias recibidas de las provincias, tanto por la correspondencia, como por las relaciones de los consocios de ellas que vienen a esta capital, están mostrando la necesidad de someter a la atención de Vd. y de todos los muy amados consocios que presiden las Conferencias de España, ciertas observaciones del mayor interés para la buena marcha de la Sociedad que todos deseamos, y las que por lo tanto, de acuerdo con este Consejo, voy a exponer lo más clara y sencillamente que me sea posible.

En primer lugar, se advierte que son muy raros los Presidentes que desempeñan su cargo con toda la exactitud que fuera de desear, esto es, sin hacer más ni menos de lo que le corresponde; y como quiera que es muy difícil, sino imposible, decidir cuál de esos dos extremos puede perjudicar más a una Conferencia, interesa sobremanera que todos los Presidentes se esmeren de continuo en evitar tanto el uno como el otro.

Desde luego se comprende que perjudica grandemente a la Conferencia que dirige, el Presidente que hace menos de lo que debe, esto es, que no asiste con puntualidad a las sesiones; que no visita por turno a todas las familias adoptadas; que no visita con los socios nuevamente ingresados, no sólo para enseñarles el modo de hacerlo, sino también para estudiar de paso su carácter y poderles dar después, con mayor probabilidad de acierto, tanto el compañero de visita coma Las familias que ha de visitar; que no da la importancia debida a la primera falta de asistencia, no motivada, de cualquier consocio, procurando indagar inmediatamente la causa por sí mismo o por medio de otro consocio; y que no viene preparado a la Conferencia para que todo en ella pueda hacerse sin interrupción, y se eviten las dilaciones y las discusiones, con los graves inconvenientes que pueden acarrear. Se comprende, decía, que el Presidente que así se conduce, perjudica grandemente a la Conferencia que preside, sea cual fuese la causa de estas faltas en el debido cumplimiento de su cargo.

Pero lo que no se alcanza tan fácilmente y lo que, por lo mismo, merece llamar más, si cabe, la atención, es que el Presidente que hace más de lo que debe, es decir, que hace lo que corresponde hacer al Secretario, al Tesorero o a otro consocio cualquiera, por buena que sea su intención, como lo es generalmente en estos casos, perjudica también a la Conferencia y puede con esta conducta hasta acarrearle su completa ruina, corno lo ha probado ya la experiencia. La razón se encuentra pronto, si se reflexiona un poco.

El Secretario, el Tesorero o el socio, en general, que es suplido por el Presidente en el desempeño de sus funciones, no puede menos de creerse, o no suficientemente apto para desempeñarlas, o no necesario; y cualquiera de estas dos persuasiones le induce inevitablemente al desaliento, al disgusto y a la deserción. En vano el Presidente tratará de convencerle de que ha extendido aquel acta o ha ajustado aquella cuenta, o ha hecho aquella visita, porque urgía y él no estaba presente: la persuasión de su ineptitud o de su superfluidad, no será posible arrancársela; y aquí se ve una de las aplicaciones innumerables de la gran máxima de nuestro Santo Patrono, a saber, que es mejor no hacer una cosa, que hacerla cómo o cuándo no conviene. A su constante observancia de esta máxima se debe acaso el que sus contemporáneos le tachasen de lento en su proceder y de cobarde en sus empresas; y, sin embargo, la humanidad entera lleva ya dos siglos de admirar los prodigiosos resultados de su lentitud y cobardía.

A veces nuestra impaciencia natural nos induce a creer que se va a hundir el mundo si no se hace una diligencia, si no se escribe una carta, si no se va a ver una familia en aquel mismo momento; y en esto nos engañamos a nosotros mismos, atribuyéndolo todo a celo por el servicio de los pobres y a verdadera caridad. Pero la caridad no se precipita nunca, y como se extiende a todos los hombres, no se olvida por atender a los que están distantes de los inmediatos, ni de los que no son pobres por atender a los que tienen la dicha de serlo. (Uso de esta frase sin reparo, porque estoy escribiendo a un consocio y debo suponer que no le chocará.)

Muchos Presidentes creen de buena fe, pero equivocadamente, que los consocios que tienen a su lado, que el Secretario, el Tesorero, etc. de su mesa no tienen la suficiente aptitud para desempeñar sus cargos respectivos; y de aquí la persuasión de que están obligados a hacerlo todo, como dicen: pero yo puedo asegurarles que los cargos de nuestras humildes Conferencias, si están reducidos a lo que deben ser, pueden desempeñarse muy bien por cualquier socio de buena voluntad, aun cuando su instrucción y capacidad sean muy limitadas. Pero han de estar reducidos los cargos, como he dicho, a lo que deben ser; y no complicados, como sucede con frecuencia, por efecto de esa tendencia a la minuciosidad y a la burocracia que tanto predomina en nuestro país.

Por lo demás, nuestras actas ordinarias, ¿qué tiempo ni capacidad exigen para extenderse? Alguna que otra carta que sea preciso contestar al dictado del Presidente o según su indicación escrita, ¿qué conocimientos requiere que no sean de mera educación primaria? La cuenta semanal del Tesorero ¿qué más exige que el mero conocimiento de las cuatro reglas de la aritmética elemental? Se dirá que hay que hacer el cuadro estadístico. Es verdad que este trabajo extraordinario ocurre una vez al año; pero también lo es que se da tiempo más que suficiente para desempeñarlo, y que se remite al efecto una plantilla de datos, que basta llenar con presencia de los apuntes que se llevan de ordinario, viniendo a reducirse a un trabajo de paciencia más bien que de capacidad o de instrucción.

Son también muchos los Presidentes que no se consideran con suficiente capacidad para desempeñar su cargo completamente; y aunque es de alabar lo que pueda haber de humildad en esta persuasión, conviene, sin embargo, combatirla, si es errónea, como generalmente sucede.

Dicen que están muy ocupados; que sus obligaciones, los cuidados de la familia, las atenciones del destino o posición social, no les permiten dedicar al desempeño de la presidencia el tiempo y el trabajo que requiere y que, a serles posible, le consagrarían de tan buena gana. Pero es evidente que al decir esto de buena fe, padecen un error, suponiendo que para ser Presidente de una Conferencia se necesita abandonar el mundo, la familia, el empleo o los cuidados de la posición social que se ocupa. No hay nada de oso por cierto; y nuestra humilde Sociedad, creada especialmente por jóvenes y para jóvenes muy ocupados en el mundo, no ha exigido nunca que prescindan en lo más mínimo los que en ella ingresan del fiel cumplimiento de todos sus deberes. Hay, es verdad, algunos pocos más afortunados, que han tenido la dicha de acertar a desenredarse de todos estos deberes, y forman en París una pequeña sección de hermanos que viven en comunidad, separados totalmente del mundo, y con votos, etc. De éstos ya hemos hablado en el boletín, tomo III, página 115; pero la Sociedad permanece siendo lo que fue desde su origen, esto es, compuesta de hombres que no dejan el mundo por ingresar en ella, y que por lo tanto en nada prescinden del exacto cumplimiento de sus respectivos deberes.

Ahora bien: la experiencia ha demostrado que el estudiante más aplicado, el empleado más puntual, el militar más exacto, en una palabra, el que más se distingue en el fiel cumplimiento de sus obligaciones, es a la vez el mejor socio de San Vicente de Paúl; y esto, que al pronto parece extraño, se ve, reflexionando un poco, que no puede menos de ser así, porque el tiempo de los ocupados por deber como que crece para las ocupaciones por amor, y nunca les falta para unas y para otras; al paso que al que no sabe distribuir su tiempo, porque no se ha visto obligado a ello, generalmente le falta para todo. Sucede con el tiempo como con el dinero, que falta para lo necesario porque se invierte en lo superfino. Pero cuando el hombre se persuade de que no tiene derecho para malgastar el uno ni el otro, difícil es que le falten.

Veamos sino, refiriéndonos a nuestras humildes tareas, el partido que un Presidente puede sacar de una sola horita bien aprovechada. Es evidente que en una hora dedicada diariamente a la visita de familias pobres, se pueden visitar con comodidad unas 20 familias por semana, poco más o menos, con 6 o 7 consocios diferentes. Así también en una hora dedicada diariamente a Ia correspondencia, se pueden escribir, o anotar para que las extienda el Secretario, con toda comodidad, unas 20 cartas por semana. Pues bien, mi muy querido consocio, ¿qué Presidente de Conferencia no llenará bien las atenciones de su cargo visitando semanalmente, no digo 20, sino 10 o acaso 5 familias, y despachando también semanalmente, no digo 20, sino 10 o acaso 5 cartas? Pues ¿qué posición social, por ocupada que sea, no deja al hombre una horita siquiera para dedicarla a la caridad cuando no la hay en que no se encuentren, no una, sino varias, para las exigencias locas del mundo, para lo que se llama diversión, descanso, distracción, etc.? ¿Y qué mejor descanso y qué mejor distracción que el ejercicio santo de la caridad?; ¿Y cómo para éste no ha de quedar una hora, ni aun siquiera medía? ¡No se concibe en verdad!

Hay otro punto también, mi muy querido consocio, sobre el cual creo, con mis compañeros del Consejo superior, que interesa sobremanera llamar la atención de los Presidentes todos; y es el amor a la Sociedad, la confianza y la fraternidad, que deben, por decirlo así, caracterizarla. Los Presidentes han de procurar inculcar todo lo posible en el ánimo de los consocios la gran conveniencia de ese amor, de esa confianza, de esa fraternidad; acostumbrarles a elevar sus miras de la Conferencia a que pertenecen al Consejo inmediato, de éste al superior, de éste al general, y de todo el conjunto a Dios Nuestro Señor. Nutrida bien la confianza en Dios y en la organización peculiar de esta humilde Sociedad, que nació, crece y se propaga bajo su amparo y protección, no es posible que entre en la Conferencia el desaliento por lo que no puede hacer, ni el engreimiento por lo quehacer que son los dos únicos peligros que debemos temer.

Si ocurren dudas, dificultades, tropiezos, de cualquier género que sean, se pregunta al Consejo de la ciudad, si le hay, y si no al superior. Se consulta todo con entera franqueza.

Si escasean los recursos, se acude también al Consejo; se le pide: si sobran, se le da: y de este modo, sin pedir ni dar fuera de la Sociedad misma, la fraternidad verdadera (pie en ella reina, dificulta o imposibilita el que ninguna Conferencia se encuentre del todo exhausta de medios, ni, lo que es más de temer, con superabundancia de ellos.

No se puede encontrar del todo exhausta de medios, porque con el sistema que se sigue de pagar semanalmente todo lo que se debe, el déficit se ve venir, y hay tiempo para tomar las precauciones que se han advertido en el boletín, tomo I, página 468, y 111, página 195, disminuir los socorros, estimular a los consocios para que la colecta sea mayor, y avisar a este Consejo, que hasta ahora, gracias a Dios, siempre ha atendido a cuantas Conferencias le han hecho presente su necesidad.

No se puede encontrar tampoco con recursos de más que es todavía peor, porque suele ocasionar planes y gastos que luego acarrean compromisos hasta de mala especie, resfría el celo de los consocios y las colectas ordinarias por consiguiente, etc., etc.) porque si por cualquier evento tiene una entrada extraordinaria de consideración, la cede en todo o en parte al Consejo de la ciudad, a quien corresponde auxiliar al superior, y si no lo hay, a éste directamente, segura de que no puede darle mejor inversión, porque está viendo en el boletín la que éste da a todos sus fondos, a saber, el auxilio de las Conferencias necesitadas de toda España.

Por último, mi muy querido consocio, diré a Vd., o más bien le repetiré lo que tantas veces se ha dicho ya en todas nuestras publicaciones, y que, sin embargo, todavía parece necesario volverlo a decir; y es, que la visita es nuestra Obra principal, nuestra Obra fundamental, la Obra predilecta de nuestro santo Patrono, la que determina la verdadera importancia de una Conferencia, y la (pie por lo mismo merece todo el cuidado, todo el esmero, toda la atención posible del Presidente. De la visita, y sólo de la visita, cosa notable, depende el que la Conferencia progrese, decaiga o permanezca estacionaria. O la visita se hace bien, o no se hace, porque el que no la hace bien, pronto se cansa de hacerla; y de aquí la mayor parto de las deserciones. No se separa, a buen seguro de la Conferencia el que visita bien; y por lo tanto se comprende de cuánto interés es para todos nosotros, pero en especial para los Presidentes de las Conferencias, estudiar bien, reflexionar, meditar en presencia de Dios en qué consiste la visita bien hecha o, lo que es lo mismo, cómo se ha de hacer para llenar las miras que nuestro santo Patrono se propuso al establecerla. ¿Recuerda Vd. la ocasión? Pues por si la ha olvidado o no la ha luido, se la voy a referir en pocas palabras.

Informado el Santo de una grave necesidad en el momento de ir a predicar (era en un pueblo pequeño) recomendó desde el pulpito la familia de la que le acababan de hablar, y lo hizo con tal calor (como solía), que al salir de la iglesia gran número de heles se dirigieron a la morada de dicha familia y la colmaron de todo género de limosnas. Fue también nuestro Santo, y al advertir lo mucho que se había dado allí, dijo, después de dar gracias a Dios: «Hé aquí una familia que tiene hoy más de lo que necesita, y que se va a ver mañana sin nada;» y empezó a cavilar sobre la conveniencia grande para pobres y para ricos de establecer y organizar las relaciones de unos con otros por medio de la visita. De aquí el origen de las asociaciones de caridad fundadas por el Santo, y en las que la visita del pobre, que hasta entonces se había hecho individualmente y sólo por algunas personas piadosas, se organizó y robusteció con todas las ventajas de la asociación.

Comprendamos, pues, y esforcémonos todo lo posible por hacer comprender a nuestros amados consocios, lo que es, ¡o que debe ser nuestra visita al pobre; y como es del todo imposible que ésta se haga en el espíritu de verdadera caridad, sin lo que muy poco o nada puedo valer a los ojos de Dios Nuestro, Señor, no muriendo de continuo nuestro amor al pobre por medio del amor al dulcísimo Jesús, esto es, con la frecuencia de Sacramentos, la oración y todo el retiro del mundo compatible con el desempeño de nuestros deberes. Así, y sólo así podrá ser nuestra visita un medio eficaz de salvación, acaso de santificación, para nosotros y para nuestros queridos pobres; al paso que, desprovista de esos requisitos, poco o ningún fruto haremos o reportaremos de ella.

La oración, la frecuencia de Sacramentos, el retiro, se necesitan indispensablemente para (pie la Obra principal de nuestra querida Sociedad produzca los grandes frutos que San Vicente de Paúl se propuso al establecerla. Y no se necesitan menos en todos tiempos, pero particularmente en estos tan turbulentos que estarnos atravesando, para conservar nuestra fe y nuestras buenas costumbres, y poder aspirar al reino eterno del cielo en medio de todas las tormentas de la tierra.

Nuestra posición, la de los sinceros católicos en general, y la de los socios de San Vicente de Paúl en particular, es muy delicada. Conviene fijarse bien en esto. Se asemeja mucho a la de los fieles en los primitivos tiempos de la Iglesia, porque, si bien aquellos estaban rodeados de paganos por todas partes y hasta en sus mismos hogares, nosotros lo estamos de cristianos que no lo son más que en el nombre y de cuya corrupción y persecución, más o menos solapada, no podemos defendernos sino valiéndonos de los mismos medios de que se valieron aquellos primitivos fieles. ¿Qué medios fueron? La oración, la comunión frecuente y el retiro. Con ellos alcanzaron todas las gracias, inclusa la del martirio. Dichosos nosotros si empleando los mismos medios alcanzamos de la misericordia de Dios, como podemos esperarlo con confianza, las gracias necesarias para santificarnos en nuestra difícil posición, acertando a sacar partido de su misma dificultad, esto es, haciéndolo todo y padeciéndolo todo por Jesús y sólo por Jesús! No creo poderle desear a Vd. mayor bien, mi muy querido consocio; y así me despido por hoy quedando siempre su más afecto y humilde hermano en N. S. J. C.

Santiago de Masarnau.

 

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