Santiago Masarnau (Sobre el amor a nuestros enemigos, el retiro y la humildad) 1855

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Señores:

Nuestra querida Asociación, tan combatida en algunos países, ha progresado en el nuestro sin la menor dificultad, sin la más leve contradicción desde su establecimiento hasta principio del presente año. Y como las obras de Dios suelen ser siempre tan combatidas por el mundo, le faltaba a la nuestra en España este sello particular, este carácter distintivo de todas las cosas buenas y santas. Ya no le falta tampoco por la misericordia de Dios. Ya empiezan nuestras Conferencias a sufrir contradicción: y en unos puntos la ignorancia, y en otros la malicia han procurado entorpecer la formación de algunas o la acción de otras, inventando y propalando al efecto calumnias y mentiras de toda especie. Es de notar, Señores, que de 13 Conferencias que han tratado de establecerse- en el presente año, una tan solo haya podido verificar completamente su agregación. Acaso sea este un nuevo beneficio que el Señor nos dispensa, y que debemos aprovechar, fijándonos bien en la línea de conducía que nos conviene observar, como miembros de San Vicente de Paúl, tanto con los enemigos de nuestra Asociación en general, como con lodos los nuestros en particular.

Es indudable que los enemigos de nuestra Asociación, en España y fuera de ella, pertenecen todos a una de dos clases. El que se propone combatir a la Sociedad de San Vicente de Paúl, o no la conoce, y en ese caso peca por ignorancia; o conociéndola la teme, y en este caso peca por malicia. Unos y otros merecen nuestro perdón, y no solo nuestro perdón, sino nuestro amor, que a esto nos obliga la caridad que profesamos. Pero es menester que consideremos en presencia de Dios los medios más propios de probar con los hechos, es decir, del modo más evidente, que nuestra caridad es verdadera y general, que abraza a todos los hombres, y que no hay ninguno, por ignorante o malvado que sea, a quien no amemos en Dios de corazón.

Al efecto empecemos por examinar con un poco de atención lo que es el hombre en general; lo que somos nosotros mismos, el sin número de flaquezas y de miserias físicas y morales a que todos estamos sujetos, estas imperfecciones de todos los momentos en que estamos continuamente incurriendo, esta inclinación al mal, tan general, esta ignorancia tan natural, este orgullo tan dominante, etc. etc. y ya no estragaremos tanto hallarnos por todas partes con odios, calumnias, mentiras y todos los resultados consiguientes, todos los efectos propios de nuestra corrompida naturaleza. El árbol de la humanidad produce en todas partes estos amargos frutos y para que produzca alguno de otra especie, necesita un cultivo sobrenatural, el riego de la gracia, la poda de la cruz, la lluvia de la adversidad, el sudor y la sangre de su verdadero cultivador, del dulcísimo Jesús. Sí, Señores y amados hermanos míos. Bien saben ustedes todos lo que se puede esperar del hombre solo, y lo que siempre ha sido el hombre abandonado a sí propio, tanto en la más inculta selva como en la más civilizada ciudad: y esta observación, que sin duda nos humilla, puede sernos de paso sumamente provechosa. Porque, en primer lugar; si la culpa (diremos necesariamente en nuestro interior) si el error, si la ignorancia son tan propios del hombre, le son tan naturales, ¿qué derecho tengo yo para extrañar que los hombres desprecien, calumnien y persigan todo lo bueno, lodo lo noble, todo lo santo, desde la sacratísima persona de Jesús hasta la del último cristiano, desde el Santo hasta el pecador, desde la ilustre compañía de San Ignacio de Loyola hasta la humilde Sociedad de San Vicente de Paúl? No, de ningún modo podré extrañarlo, ni aun sentirlo. Aquí veré solamente lo que es el hombre, y lo que es la virtud; aquí veré la razón de la lucha constante del bien y del mal; y aquí veré también (con indecible consuelo) la razón del premio que se nos ofrece. Por medio de esta consideración he dado, pues, ya un gran paso hacia el perdón sincero de todos los agravios que pueda recibir de parte de los hombres; porque no habrá ya injusticia ni maldad que no me parezca propia del hombre, y a la que no me considere yo mismo sujeto. Pero todavía me falta dar otro paso más, y no contento con reconocer lo propia que es del hombre la culpa, debo además amar de corazón al culpable y aprovechar cuantas ocasiones se me presenten de mostrarle que mi amor es verdadero, es sincero, es completamente efectivo. Esto, que a los ojos de la razón y de la filosofía se presenta como un monte inaccesible, es para la fe y para la religión sumamente llano y sencillo. Considerada a la luz de la fe la Providencia de Dios en todos los acontecimientos de la vida, en toda la economía del mundo físico y moral ¿qué veremos que vienen a ser realmente nuestros enemigos, aquellos que más nos injurian, calumnian, o de cualquier modo nos persiguen y mortifican? ¿Son acaso otra cosa que los instrumentos mismos de que se vale nuestro Dios de Misericordia para desarraigar de nuestro corazón las malas pasiones a que naturalmente se inclina, y plantar en su lugar las preciosas virtudes contrarias? ¿qué sería de nosotros, si no fuera por nuestros enemigos? ¿qué sería de nosotros si no hubiera en la vida contrariedades, y sin cruces de teda especie en que se ejercitaría nuestra conformidad? ¿de qué se nutriría nuestra paciencia? con qué se alimentaria nuestro amor? Y envista de esto ¿nos atreveremos a mirar con aversión los mismos medios preciosos que el Señor emplea, los instrumentos de que se vale, ya para curar nuestros vicios, que son nuestros verdaderos males, ya para hacernos crecer en la. práctica de las virtudes, que son nuestros verdaderos bienes? Pues esto es cabalmente lo que hacen los malos, este es el efecto que producen, bajo este punto de vista los mira el hombre de verdadera fe; y por eso este hombre de verdadera fe no puede menos de amarlos de corazón en Dios Nuestro Señor, y de esforzarse por corresponder al bien inmenso que le procuran, por todos los medios a su alcance. Hagámoslo así nos- otros. Procuremos hacerlo así siempre, y lejos de contristarnos porque nuestra querida Asociación sea por algunos calumniada o combatida, tomemos de aquí ocasión para mostrar prácticamente que los hombres de verdadera Caridad sacan partido de lodo, en beneficio propio y de sus semejantes, esperando de sus mismos enemigos la salud, salutem ex inimicis nostris, y aun de los que más nos odian, et de manu omnium qui oderunt nos!

Señores: algunas Conferencias de nuestra Asociación, en el extranjero, han adoptado la práctica de tener algunos días de retiro al año; y esta santa práctica ha producido tan buenos resultados, que cada día se va extendiendo más, y últimamente nos viene recomendada por el Sumo Pontífice en un Breve especial de 28 de Marzo de 4 854, inserto en el Boletín de Mayo del mismo año, concediendo Indulgencias preciosas a los que asisten en todo o en parte a los ejercicios del retiro. Nosotros debemos apreciar las ventajas inmensas que el retiro ofrece para la vida espiritual; y mientras se nos proporciona el colectivo, esto es, el de Conferencias enteras, como seriado desear, practicar al menos el individual. Para decidirnos a ello, bastará que reflexionemos un poco sobre lo que es el retiro, y sobre la importancia, la casi necesidad que todos tenemos de esta santa práctica, pero más particularmente los que vivimos en el mundo. Es el retiro espiritual una tregua, una especie de paréntesis que se hace en medio de todas las ocupaciones habituales, para entregarse únicamente a la única necesaria, esto es, al negocio de la salvación, por espacio de algunos días. Desde luego se comprende lo sumamente provechoso que debe ser el retiro. Los negocios, por buenos que sean, indudablemente nos disipan. En medio de la barahúnda continua de intereses, de conversaciones, de papeles, etc., en que solemos vivir, ¡cuán fácil es formarse una falsa conciencia, y creer que servimos a Dios y a los hombres, mientras que en realidad servimos al demonio y a nuestras pasiones! ¡cuán fácil es que nuestras mismas obras piadosas, nuestras limosnas y demás, pierdan lodo su mérito, o una gran parte de él, a los ojos de Dios, por falta de rectitud y de pureza de intención, mientras que se nos figura equivocadamente que todo lo hacemos muy bien! ¡cuán fácil es que la lengua se suelte demasiado, que el pensamiento se desenfrene, que los sentidos nos disipen, y que caigamos, sin apercibirnos casi, en una multitud de faltas todos los días. Pues bien, en el retiro tenemos un preservativo precioso para librarnos de todos esos peligros y males. Entregada el alma a su Dios exclusivamente por espacio de algunos días ¡qué luz, qué fuerza, qué gracia no reportará de esa comunicación casi continua en que vive, con la fuente de la sabiduría y de la santidad! Repasando en el silencio y en la meditación las culpas de la vida pasada ¡qué dolor tan verdadero sentirá de haberlas cometido! Recordando los beneficios que Dios la ha dispensado y dispensa continuamente ¡qué agradecimiento tan vivo será el suyo! ¡cómo deseará corresponder a tantas y tan grandes pruebas de amor como las que ve claramente que el Señor está derramando sobre ella! ¡cómo comprenderá el mérito de la Cruz! ¡cómo deseará padecer! Sí: el retiro es indudablemente un medio precioso para progresar en la vida espiritual, y por eso los Santos lo recomiendan tanto, y las Religiones todas lo han adoptado: y si en el claustro se ha mirado siempre como utilísimo o necesario, ¿cómo se le deberá mirar en el mundo, en que la disipación y los peligros de todas clases abundan tanto más? Por todas estas razones nuestra Asociación, fiel siempre a su propósito de adoptar los medios conducentes al progreso espiritual de los asociados, ha adoptado el retiro como uno de los más eficaces, y la experiencia va demostrando el mucho fruto que puede sacar de esta santa práctica. Persuadidos nosotros de su gran importancia, no omitiremos medio alguno de establecerla también en nuestras Conferencias de España; y mientras esto se logra, procuraremos cada cual por su parte adoptaría y aprovecharse de ella. Esto se puede hacer fácilmente, y sin llamar la atención de nadie. Por muy ocupado que uno esté, sean cuales fuesen el número y la calidad de los negocios cuyo desempeño nos esté cometido, ¿quién no podrá (en el verano, v. gr.) separar unos pocos días, una semana siquiera, para retirarse a examinar su interior en presencia de Dios, y estudiar en el silencio y en la calma de la soledad el verdadero estado de su alma, las inclinaciones del corazón, las pasiones que le dominan o tienden a dominarle; etc., etc. ¿Habrá asunto alguno comparable con este en importancia verdadera? ¿Y será posible que no nos parezca digno de dedicarle algún tiempo determinado, cuando con tanta facilidad nos decidimos a emplear semanas y aun meses en puras distracciones y disipaciones cohonestadas con el pretexto del cuidado de la salud?

Es verdaderamente de admirar lo que se prodiga el tiempo, y aun el dinero cuando se trata de la conservación de la salud corporal, más o menos bien entendida, y cómo se escatiman las horas cuando se trata de la salud espiritual, que sin embargo es tan sumamente superior en importancia verdadera a la salud corporal. También es de advertir la diferencia que existe entre la seguridad de los medios que se emplean para curar o robustecer el físico, y la de los que se pueden usurpara aliviar o fortificar el moral. ¿Cuántos, en la persuasión de que los baños de mar les convendrán para disipar una dolencia que les aflige, se deciden sin reparo a abandonarlo todo, y a emplear uno o dos meses en este solo objeto, que sin embargo no logran, y que les cuesta además una suma considerable? ¿Cuántos emprenden viajes costosos por restablecer el estómago, o librarse de un mal crónico, y no logran sin embargo la cura de su mal? Para esto no hay sacrificio que no se haga, en la duda de si el resultado corresponderá: y para las dolencias del alma nadie se acuerda de dedicar una semana sola, en la seguridad de que su objeto, que no puede ser de más interés, se ha de alcanzar si de veras se desea. Es particular, por cierto, el empeño que se descubre aquí en el hombre, de obrar como si no lo fuera, puesto que toda su atención se fija en la vida material y de la espiritual poco o nada se cuida. Lo mismo se advierte en otras muchas prácticas del mundo, que prueban evidentemente la falta de reflexión, y lo poco y mal que se piensa por lo común. El retiro es el gran medio de corregir esa gran falta; y esto debe bastar para que le adoptemos, persuadidos de las ventajas inmensas que nos ofrece y de la razón de haber sido siempre tan recomendado por todos los maestros de la vida espiritual.

Para terminar, Señores, solo llamaremos un momento la atención de ustedes otra vez, pues ya lo hemos hecho antes de ahora, acerca de la necesidad de la humildad para desempeñar fielmente las prácticas de nuestra Asociación, y no confundir su espíritu con el de la llamada filantropía. Nos parece que los apuros en que se encuentran a veces algunas Conferencias, particularmente de la Capital, dimanan casi exclusivamente de falla de humildad y diremos en muy pocas palabras la razón que tenemos para pensar así. Generalmente, cuando se nos habla de un pobre, y cuando a nuestra vez le proponemos a la Conferencia a que pertenecemos, todo el empeño se reduce a ponderar sus buenas cualidades y su gran necesidad. Esto es lo más general y con eso nos parece que todo está hecho y que el pobre debe ser admitido al socorro desde luego. Sin embargo, reflexionemos un poco. El socorro material ¿es ni puede ser el objeto exclusivo de nuestra Asociación? Si se considera un poco el Reglamento, si se atiende a que los socorros que nosotros distribuimos, deben precisamente llevarse a domicilio por nosotros mismos y pagarse con el producto de nuestras colectas, se verá claramente que el número de familias adoptadas por nuestra Asociación tiene que estar en relación con el número de miembros activos; y siendo éste limitado, tiene que serlo aquel también por necesidad. Supongamos que, después de cuidar una Conferencia del número correspondiente de familias, se sabe de otra familia más, sumamente digna y necesitada; ¿qué es lo que se hace en este caso? Esta es la dificultad que se presenta a menudo, sobre todo, en las grandes poblaciones. Admitida hoy esta familia más, no hay razón para no admitir otra que se presente mañana con tanta o mayor necesidad ¿y qué va a resultar? Lo que hemos visto ya muchas veces, a saber: que la Conferencia se carga con atenciones superiores a sus fuerzas, y que queriendo hacer más de lo que puede, hace menos de lo que debe. Pero qué, ¿cerraremos absolutamente nuestros ojos y nuestros oídos para no ver ni oir las necesidades de nuestros prójimos, porque la Conferencia a que pertenecemos no pueda encargarse de visitarlos y socorrerlos? No decimos esto. La caridad nos obliga siempre a procurar el alivio del necesitado, pero con prudencia y humildad. La prudencia nos enseñará a no exigir de la Conferencia más de lo que pueda buenamente hacer; y si nos parece que hace poco, la humildad nos enseñará a contentarnos con eso poco.

Pero Señores, ¿el alivio del necesitado se concreta acaso en ninguna parte a nuestra Asociación?

¿No hay otras instituciones, muy superiores a ¡a nuestra en recursos, y cuyo objeto es el socorro de los pobres? ¿Perecen acaso de hambre los pobres en las ciudades en que todavía no se ha establecido nuestra Asociación? ¿Nos hará creer nuestro amor- propio que somos nosotros tan necesarios a los pobres como ellos lo son a nosotros? De ninguna manera: y los Hospicios, los Hospitales, los Asilos, las Casas de Beneficencia, las Juntas parroquiales que por todas partes vemos establecidas, nos aseguran que el pobre no está abandonado a nosotros solos, que hay quien se ocupa en su socorro y alivio, y en fin, que es ya muy difícil, imposible casi, que el verdaderamente necesitado carezca de limosna, sobre todo, en un país católico.

Visitemos con humildad. Mostremos al pobre que la Caridad verdadera nos lleva a su casa. Prodiguémosle nuestras atenciones en sus apuros y enfermedades; y para poder hacer todo esto mejor, no nos carguemos con un número de familias desproporcionado. ¿No es mejor visitar con la detención debida a 100 familias por ejemplo, que visitar a 200 de prisa y corriendo, y como quien solo se propone llevar los bonos, dejarlos y marcharse? ¿Qué fruto podemos esperar de una visita de esta especie? ¿Qué interés, qué confianza podrá inspirar al pobre? Una de las razones más poderosas que tiene nuestra Asociación para distribuir socorros tan pequeños, es la de obligarnos a suplir con el cariño y el consuelo la modicidad de la limosna material que solemos llevar: y si procuramos llenar esta condición con esmero, veremos sin dúdalos resultados prodigiosos que se obtienen.

De todas estas reflexiones debemos inferir: 1.° que el número de familias admitidas al socorro por una Conferencia no puede ser ilimitado, pues tiene que estar necesariamente en proporción con el número de miembros activos, que son los que han de visitar a las familias: 2.°, que por consiguiente no puede menos de presentarse con frecuencia el caso de que nos recomienden una familia con empeño, y que sin embargo la Conferencia a que pertenecemos no pueda admitirla al socorro, por muy digna y necesitada que sea: y 3.°, que en estos casos debemos manifestar francamente la imposibilidad en que nos hallamos de satisfacer los deseos del que nos recomienda la familia necesitada, indicando los medios a que puede apelar para obtener socorros, y diciendo claramente que en cuanto al socorro material (que es el que generalmente se solicita con más empeño) hay en todas partes varias instituciones que le pueden dar y le dan en efecto, y que la nuestra es tal vez la menos a propósito de todas para este objeto, por serla única que no cuenta para cubrir sus gastos ni con un solo maravedí seguro. Diciendo y repitiendo esto mismo por todos lados, lograremos extender ideas más exactas de nuestra Asociación que las que generalmente reinan, conseguiremos que nos crean un poco más pobres de dinero, y ser en efecto un poco más ricos de caridad, evitándonos compromisos de mala especie. Los pobres, por su parte, apreciarán también mejor nuestras visitas, y cuanto más faltos nos crean de tiempo y de dinero, más las agradecerán.

Una institución que en todos los países del mundo se aclimata, por decirlo así, crece y prospera, debe necesariamente tener en su Constitución elementos de mucha vida. Así sucede a la nuestra, y es indudable que nuestras reglas y nuestras prácticas merecen bien toda nuestra confianza, al paso que cualquier innovación que se quisiese introducir, podría comprometer más o menos la estabilidad de la Asociación, aun cuando al pronto fuese imposible ni aun presumirlo. Seamos humildes, sobretodo: seamos humildes de corazón y todo nos saldrá bien. Las Conferencias, como los miembros, necesitan de mucha humildad para disfrutar paz: y como esta humildad verdadera se opone tanto a la pasión predominante del corazón, que es el orgullo, pidámosla a Dios con fervor y perseverancia. Pidámosela, poniendo por intercesora a Nuestra Dulcísima Abogada, saludada por nuestros padres, mucho antes de este día memorable para toda la cristiandad, como concebida sin mancha del pecado original. Su pie triunfante quebrantará la cabeza de la serpiente, alcanzándonos a los que nos ponemos bajo su amparo y protección, todo el amor necesario para vencer el odio de nuestros enemigos, y toda la humildad necesaria para aterrar al más temible de todos, que es nuestra soberbia. Dios Nuestro Señor nos concederá uno y otro, para que podamos continuar progresando en la práctica de la virtud en esta vida mortal, con esperanza fundada de alcanzar en la otra la felicidad eterna que nos tiene reservada su Divina Misericordia.—Así sea!

 

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