Santiago Masarnau (sobre dar a conocer al pobre el valor de la pobreza)

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Junta General celebrada en Madrid el 8 de diciembre de 1864

El sr. Presidente del Consejo superior dio las gracias a los Señores Prelados y miembros de honor presentes, por el favor que con sus asistencia dispensaban a la Junta; y pidió la venia del Excmo. Sr. Presidente, para leer un discurso que traía escrito. Obtenida esta, lo leyó en los siguientes términos:

Excmo. Sr.: señores, amados hermanos en Jesucristo.

Dios N.S. sigue favoreciendo visiblemente la humilde Sociedad de S. Vicente de Paúl, en todas partes y con especialidad en nuestra España. Las Conferencias se aumentan todos los días; las antiguas perseveran; reina en unas y otras la más íntima confianza, la más dulce unión, la más sincera confraternidad; y al advertir todo esto, ¡cuál no debe ser nuestra gratitud, y por consiguiente nuestro deseo de corresponder a tantos beneficios como está derramando sobre nosotros la misericordia del Señor, y de acertar a aprovecharlos.

Recojámonos, pues, siquiera por unos instantes a considerar en presencia de Dios que podemos hacer; movidos de ese santo deseo, en el ejercicio de la caridad, ya que por su infinita bondad nos vemos llamados, particularmente llamados, a la práctica constante de tan hermosa virtud.

Mucho hay que hacer en verdad; y si fijaos la atención por todo lo que está pasando en nuestro derredor, descubriremos fácilmente el vasto campo que se nos ofrece, y cuyo horizonte parece alejarse a medida que se avanza en él.

Porque, señores y amados hermanos en Jesucristo, siendo la caridad el verdadero amor, el amor al hombre basado en el amor a Dios, y viendo nosotros por todas partes dolores, aflicciones y miserias, ¿cómo podremos permanecer ni un solo momento ociosos sin trabajar por el remedio de tanto mal, y clamar de lo íntimo de nuestro corazón con gemidos inenarrables para alcanzar la fuerza, la luz y la gracia necesarias al efecto, pidiéndoselas al que solo puede dárnoslas? ¡Sí! Nuestra vida entera debe ser una continua sucesión de trabajo y oración, si hemos de corresponder a las gracias que estamos recibiendo y si queremos de veras llegar al término de nuestra efímera existencia en este mundo, con la tranquilidad y la calma del siervo fiel que no malogra los talentos que se le han confiado.

Observemos las tendencias de la humanidad en la parte que de ella nos ha tocado ver de cerca; registremos sus llagas, estudiemos su remedio. ¡Ah! Señores míos, que por todas partes nos encontramos con pobres desgraciados y con ricos que no lo son menos, los unos por no conformarse con su suerte, los otros por no hacer buen uso de la suya; los unos por no querer sufrir, los otros por no querer abstenerse; los unos y los otros por no buscar la posible felicidad en esta vida donde únicamente la pueden hallar, que es en la perfecta conformidad con la voluntad de Dios y en la fiel sumisión a sus tan altos como sabios y justos designios.

¿Qué significa esa aversión tan general al padecer, y esa avidez tan general de gozar, que el mundo nos presenta por todas partes? ¿Qué significa ese miedo tan común al dolor, esa afición tan común al placer? Y, sobre todo, ¿qué significan esas quejas que tan de continuo exhalamos y oímos exhalar, no solo a los pobres y a los despreciados, sino también a los ricos y favorecidos de la suerte, pues apenas hallamos uno solo que esté contento con la suya?

Significa, señores, si bien lo miramos, que la criatura no se quiere someter debidamente a su Criador; que el hombres no tiene en su Hacedor la confianza ilimitada, que por tantos y tan poderosos motivos debiera tener; en una palabra, que no somos humildes de corazón, y por eso no es extraño que no encontremos la verdadera paz del alma.

El corazón humilde y sencillo permanece tranquilo en medio de todas las vicisitudes de esta vida. No considera a la pobreza como un mal ni a la riqueza como un bien. No se arredra por el temor del desprecio ni se corrompe por el deseo del aprecio. Los vituperios no le acobardan, ni las alabanzas le engríen. Ama la cruz y por lo tanto no esquiva el dolor. Recuerda que fue redimido de la muerte eterna por un gran sacrificio y no puede apetecer el placer.

¿Convienen estas señales a nuestro pobre corazón? ¿Convienen a los corazones de los pobres que visitamos, de los ricos que tratamos y, en general, de los hombres que por todas partes vemos?

¡Ah! No, muy al contrario. Y siendo la verdadera humildad, la humildad de corazón, tan sumamente rara como estamos viendo que lo es ¿Qué tienen de extraño ni de inexplicable este clamor, este quejido, estos ayes vehementes de la humanidad que en todo tiempo y lugar se oyen con tanta profusión?

Porque observemos que el pobre  no se queja tanto de ser pobre cuanto de que le tengan por tal, no tanto del hambre y del frío cuanto del desprecio y la humillación consiguiente; es decir, que no se queja precisamente por ser pobre, sino por no quererlo ser.

Así también el rico se queja, no precisamente por ser rico, sino por no saberlo ser, pues lo que le aflige se origina de su orgullo y como este se suele aumentar a medida que se aumenta la riqueza, cuanto más tiene, más quiere tener, mayor envidia padece de los que tienen más y más sufre por consiguiente.

Esto lo estamos viendo todos los días, y no debemos limitarnos a observarlo, sino que debemos, como cristianos y como hombres de caridad, interesarnos vivamente por el alivio de unos y de otros, ¿y quién sabe hasta donde podremos alcanzarlo con el auxilio de la gracia?

Esforcémonos por hacer conocer  al pobre el valor de la pobreza. Digámosle el gran partido de que de ella puede sacar para su salvación eterna, solo con aceptarla sumisamente. Hablémosle de los muchos que la han abrazado voluntariamente persuadidos de sus grandes ventajas y abandonando para ello las más brillantes posiciones del mundo y hasta los cetros y las coronas.

Esforcémonos también por hacer conocer al rico la vanidad de la riqueza. Digámosle el gran peligro a que ella le expone, nada menos que de su condonación  eterna, porque, como decía nuestra Santa Teresa, ¿qué es lo que se compra con el dinero? Lo más común es comprar el infierno. Hablémosle de la terrible esclavitud de los honores, que casi siempre acompañan a las riquezas, y de los muchos que en todos los tiempos han rehusado, por temor a ella, las mayores ventajas que a los ojos del mundo se les podían ofrecer, y hasta los báculos y las mitras.

Pero no nos contentemos con hablar. Procuremos convencer con nuestro ejemplo de la sinceridad de nuestras aserciones y seamos pobres de espíritu. Seámoslo verdaderamente y nosotros mismos nos admiraremos del bien que podemos hacer.

Ya se sabe que todos no estamos llamados a igual grado de perfección y sería una temeridad el pretender que todos debemos dar cuanto tenemos y reducirnos voluntariamente a la más extrema pobreza; pero en cuanto a la do espíritu, esto es, al desprendimiento del corazón de todos los bienes terrenos, ¿quién duda que todos estamos llamados, y que todos podemos, y debemos por lo tanto, aspirar a olla?

«Pues bien, si queremos de veras ser pobres de espíritu, obremos, hablemos y pensemos como tales. Demos con profusión al pobre, y para poderle dar así, purifiquemos cada día más y más nuestros gustos y aficiones, de manera que el capricho y la moda y la sensualidad, o más claro, el demonio, el mundo y la carne, se nos lleven lo menos posible, ya que nada nos deberían llevar, y entonces tendremos para dar, y para dar con profusión. Gustemos las verdaderas dulzuras de la caridad, y nos causarán hastío las falsas del egoísmo. Profesemos verdadero amor y verdadero respeto al pobre. Respetemos también al rico; pero no envidiemos su suerte, ya que no tengamos la virtud necesaria para envidiar la del pobre. Consideremos como hombres de fe la facilidad de santificarse que le proporciona al pobre su misma pobreza, y el peligro de condenarse a que de continuo expone al rico su misma riqueza, y aceptaremos gustosos la posición en que el Señor tenga a bien colocarnos, guardando siempre nuestro corazón, ya que de él procede la vida, de la corrupción del mundo en que vivimos.

Cada vez se va haciendo más necesario que los hombres de caridad se esfuercen por inculcar estas ideas en el ánimo de sus semejantes, porque el lujo crece, y a la par que el lujo, se aumenta el pauperismo, tanto en España como en todas partes, digan lo que quieran los publicistas. Este es el hecho. Y así como vemos que se alimentan los carruajes, los teatros, los cafés, las diversiones y los placeres de todas clases, así también vemos que se aumentan los pobres y que los vamos hallando en tales situaciones que no se tenía ni idea de ellas hace no muchos años en nuestra patria. El dinero vale menos, mucho menos de lo que valía, y el trabajo no se paga en la debida proporción con esa disminución de valor, por manera que so va haciendo difícil, casi imposible, que el jornalero viva. El alimento más indispensable, la habitación más reducida, el más escaso vestido, todo le cuesta casi doble de lo quede costaba veinte años há; y como su jornal se ha aumentado poco o nada, no le es posible vivir. Esto vemos con frecuencia, y esto no se veía antes.

Por otra parte, vemos también que se introducen en la clase obrera y jornalera ciertos gustos, ciertas necesidades de que antes carecían, como la de irse a un teatro o circo en vez de salir al campo a dar un paseo; la de frecuentar los cafés más suntuosos en vez de contentarse con la taberna o la tienda de comestibles; la de vestirse como los señoritos, que llaman ellos, y no como les corresponde según su clase; tendencias todas muy peligrosas y que es imposible calcular hasta dónde nos podrán llevar a todos, pero por de pronto vemos que causan la desgracia de no pocas familias, y pudiéramos citar en prueba de ello muchos y muy terribles hechos.

Pero vamos al fondo de las cosas. Busquemos la causa de todos esos males, que males son y bien grandes, y hallaremos que si el propietario fuera humilde de corazón, no solo le bastaría con lo que tiene, sino que le sobraría mucho para dar, y así no dejaría de pagar al obrero, al jornalero y al labrador que de él dependen lo necesario siquiera para que puedan vivir.

Así también el obrero o el artesano no tendría empeño alguno en imitar a los de otra clase muy diferente de la suya, ni en el traje, ni en los hábitos, ni en cosa alguna impropia de su situación, si fuera verdaderamente humilde, porque se contentaría con su suerte, considerando que todas son iguales a los ojos de Dios y aun a los de los hombres que piensan, y que lo principal, que es la salvación, no está menos al alcance del último menestral que del más elevado monarca.

Resultaría entonces que el rico, siendo pobre de espíritu, sería en realidad más rico, porque más podría dar y daría en efecto; y el pobre, siendo también pobre de espíritu, sería en realidad mucho menos pobre, porque sus necesidades se satisfarían con mucho menos; y uno y otro serían más felices sin comparación, puesto que dar es mejor que tener, y no necesitar es también mejor que poseer.

Si lográsemos por lo tanto hacer conocer la influencia de la humildad en la verdadera felicidad, haríamos una grande, muy grande caridad. Haríamos mucho bien a los ricos, mayor que si les aumentásemos su riqueza material; al paso que a los pobres se le haríamos también mayor que si Ies sacásemos de su pobreza, ya que no todos pueden ser ricos, por fortuna, pues lejos de ser sinónimo rico y feliz, como suele creerlo el pobre, la experiencia continua nos está mostrando lo difícil que es que el rico sea feliz aun en esta vida, mientras que los más felices que en ella se han conocido y se conocen son todos pobres, al menos de espíritu.

Parece digno de notarse, señores, que nuestra dulcísima Patrona la siempre Virgen María, cuya vida toda debemos contemplar incansablemente, pero con particularidad en los días en que la santa madre Iglesia celebra alguno de sus misterios especiales, como sucede en el de hoy, atribuye su felicidad, su beatitud, a su humildad, pues vemos que dice en su magnífico cántico que lodos los días rezamos: «Feliz me llamarán todas las generaciones, porque ha mirado el Señor a la humildad de su sierva.»

¡Y qué! ¿No puede cada uno de nosotros, en el grado conforme a su pequeñez, aspirar también a la verdadera felicidad por la misma senda que nos traza nuestra amantísima Madre con su ejemplo y su palabra? llagárnoslo así, pues: y como hombres de caridad, procuremos atraer por el mismo dichoso camino a todos cuantos podamos, seguros del gran bien, del bien incomparable que de ese modo les vamos a hacer; y para conseguirlo, no dejemos nunca de pedir al Señor la gracia necesaria por la intercesión de nuestra misma dulcísima Abogada y de nuestro santo Patrono.

He concluido: pero no puedo menos de implorar las oraciones de todos mis amados consocios en favor de los desgraciados de Alcira y sus inmediaciones. El Consejo Superior ha abierto una suscripción que no deja de producir efecto, y ya se han remitido a aquellos amados consocios 22.000 rs.

Pero ¿qué es esto ni todo lo que probablemente vendrá, para lo que allí se necesita? Se trata, no de individuos, no de familias, sino de pueblos enteros, ricos ayer y reducidos hoy a la más extremada necesidad, sin esperanza de recuperar su anterior estado, porque el agua les ha barrido completamente, no solo sus casas y ganados, sino la causa misma de toda su riqueza, que era la tierra vegetal, convirtiendo en eriales sus más productivas huertas y posesiones.

Y no solo han quedado reducidos a la más extrema pobreza, al hambre y a la desnudez, sino llenos de dolor además por la pérdida de los fallecidos en la catástrofe, cuyo número debe ser muy considerable, y por la salvación de los cuales me atrevo a rogar se rece un De profundis al terminarse la presente sesión, o inmediatamente, si S. E. lo tiene a bien.»

 

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