Santiago Masarnau (6B)

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Las Conferencias de San Vicente de Paúl

En los comienzos de los años treinta, hacia 1833, un grupo de estudiantes se reunían en un local del barrio de Saint-Jacques para tener confe­rencias, que preparaba uno u otro, sobre las más diversas materias, tales como filosofía, literatura, etc. Pasando el tiempo, alguien propuso que se podía hacer algo en beneficio de los demás, y un pequeño grupo de voluntarios se integró en una Asociación de caridad, con el fin de visitar a algu­na familia pobre y proporcionarle un poco de ayu­da y de consuelo. En 1836, a mediados de febrero, celebraron la primera Conferencia general y se elaboró el reglamento, que fue aprobado por el Arzobispo de París, Mons. Affre (el mismo que murió en la Revolución de 1848 cuando iba a auxiliar a los heridos de las barricadas).

Fue en 1839 cuando Masarnau conoció las Conferencias de San Vicente de Paúl por mediación de un estudiante, de nombre Aussat, como se dijo antes, de las que se hizo miembro activo. El cono­cimiento de esta empresa en favor de los pobres acabó con sus dudas acerca de si debía seguir adelante en una Archicofradía hacia la que le im­pulsaba su confesor, o ir más allá (para lo que también fue solicitado) en sus contactos con algún Instituto religioso. Las Conferencias le llenaron por completo, y cuando en mayo de 1843 regresó a España obedeciendo los deseos de su hermano Vicente, mantuvo ininterrumpidamente su rela­ción con los que habían sido sus compañeros en París.

En esta correspondencia epistolar se le animó repetidas veces a que comenzara la implantación de las Conferencias en España; aquellos visitantes franceses que, perteneciendo a esta benéfica aso­ciación, pasaban por Madrid no dejaban de impul­sar a Masarnau a poner manos a la obra. Hasta que uno de ellos, apellidado Lefeburier, de camino hacia Sevilla, por tener más fuerza de persuasión que los anteriores, o por coincidir en un momento favorable tanto en el ánimo de Masarnau como en las circunstancias del momento, logró que se for­mara el primer núcleo de las Conferencias.

Masarnau, desde el cambio verificado en 1839, había renunciado por completo a la celebridad. Si Gabino Tejado se refirió a él como a M…, y Donoso puso como única condición a Bois-le-Conte que sustituyera el apellido Masarnau por un «D. Manuel» en la relación que dio a corregir al mismo Donoso acerca de su conversión, fue por el deseo de Masarnau de aparecer los menos posible. Tan­to, que cuando en el Boletín de la Asociación de San Vicente de Paúl se relatan el inicio de las Conferen­cias en España, el comienzo dice: «Un español que perteneció a una de las primeras Conferencias de París vino a Madrid en 1843…; desde luego trató de establecer en su patria la Sociedad (…), pero encontró dificultades y obstáculos que no supo vencer. «Con este fin llegaron a Madrid dos envia­dos de París, permaneciendo dos semanas sin que la empresa pudiera iniciarse».

Para fundar una Conferencia bastaban tres indi­viduos. En 1849 gobernaba Narváez, que gozaba de gran prestigio en Europa por haber hecho abor­tar en España la revolución de 1848; su gestión había sido brillantemente defendida por Donoso Cortés en un discurso pronunciado en el Congreso el 4 de enero. No deja de llamar la atención el hecho de que Masarnau fundara las Conferencias recurriendo para la primera de ellas a alguna que otra persona que no había pertenecido nunca al círculo de sus antiguos amigos. Uno de ellos fue Anselmo Ouradou, casado, profesor de francés en el Colegio de los hermanos Masarnau, y del que apenas sabemos más; el otro era un joven aragonés que se había incorporado al Colegio, también como profesor, y que llegaría a ocupar una cátedra en la Universidad de Madrid y a adquirir merecida fama por sus libros sobre Historia de la Iglesia, Historia de las Universidades españolas e Historia de las Sociedades secretas en España. Su nombre era Vicente de la Fuente, y era ya entonces susti­tuto en la Universidad y bibliotecario de la Facul­tad de Derecho, según nos da a conocer Quadra-do. Estos dos, con Masarnau, formaron la primera Conferencia con el título de San Sebastián el 11 de noviembre de 1849, a la que se agregó casi en seguida el gran amigo de Masarnau, Pedro de Madrazo, con quien ordenaba las visitas a los po­bres y el modo de organizar la empresa.

Es muy posible que unas breves líneas de Dono­so Cortés, sin fecha, dirigidas a Santiago Masar-nau en respuesta a una petición de éste, tuvieran algo que ver con las Conferencias, en concreto con su inscripción como sociedad benéfica con perso­nalidad jurídica. Dicen así:

Mi querido amigo: Siento en el alma no ha­ber estado en casa cuando usted ha venido a verme y que nada me hayan dicho los criados.

Envíeme usted la solicitud que me anuncia y la recomendaré con eficacia, aunque no respondo de su éxito por razones que daría a usted de palabra. De usted todo y siempre afectísimo amigo y s.s. que b.s.m. Juan Donoso Cortés.

El 4 de marzo del siguiente año 1850 el Consejo general de París aprobó la agregación de las Con­ferencias de España, que contaba por entonces con diez miembros activos y visitaban a veintidós familias pobres; fue una satisfacción para Masar-nau, que se compensó con una enfermedad que le obligó a guardar cama un mes, y luego convalecen­cia de dos semanas en el «jardín del Tívoli», con­valecencia que pasó «en compañía de su mejor amigo», probablemente Pedro de Madrazo. El ve­rano lo pasó en Guipúzcoa tomando baños en San Sebastián, donde permaneció los últimos veinte días de agosto en compañía de Aranalde, todo lo cual contribuyó a su restablecimiento.

El 11 de noviembre del mismo año se desprende de esta primera Conferencia (que se llamó de S. Sebastián) una segunda con el nombre de Santa María de la Almudena, de la que formó parte Donoso Cortés, que pertenecía a la anterior desde su ingreso el 27 de octubre.

Con la sustitución de Narváez por Bravo Murillo en enero de 1851 Donoso fue nombrado Minis­tro Plenipotenciario en París. Desde Madrid, y antes de partir a Francia, y en respuesta a una gestión solicitada por Masarnau (quizá la misma a la que se refería la carta de Donoso antes citada) le escribió lo siguiente:

Sr. D. Santiago Masarnau.— Mi querido ami­go: No es necesario que hablen ustedes con nadie, porque dejo muy recomendado el nego­cio; pero si quieren hacer algo, o si tarda, pue­den ver ustedes a don Juan Sunié, que es el secretario de la Sección de Gracia y Justicia del Consejo; por cierto, es persona muy religiosa.

Tres días me han dado de término para mar­char; marcho el sábado. Ni me despido de nadie ni puedo dejar en regla mis negocios; hágaselo usted presente a la Sociedad el domingo, y mán­denme ustedes en París todo aquello en que pueda ser útil a la Sociedad, con la cual perma­neceré siempre unido en espíritu.— De usted siempre, Donoso.

Debió ser a mediados de marzo la fecha de esta carta. (Fue nombrado el 28 de febrero, y el 21 de marzo hizo la primera visita al Presidente de la República junto con el duque de Sotomayor, a quien sustituía.) La recomendación tuvo efecto, pues el 21 de julio el gobierno aprobó los Estatutos de la Sociedad y la autorizó para toda España, pero debían comunicar al gobierno la cantidad cuando enviaran fondos al extranjero.

No sabemos qué correspondencia hubo entre Masarnau y Donoso, pero alguna debió haber, pues el 21 de junio —sin que sea posible datarlo en 1851 ó 1852, aunque parece este último más pro­bable— escribió Donoso:

Mi querido amigo: Tristísimas son las noti­cias que usted me da de nuestra Conferencia de Santa María. De las personas que presenté, pa­dre e hijo, no sabía sino que eran muy religio­sas. El padre ha quedado cesante, y sin duda por eso ha dejado de contribuir, aunque esto no le disculpa, porque creo que es rico. Pero si Dios quiere de todo saldremos. En cuanto a escribir­les, no puedo porque no tengo con ellos confian­za, y porque visto está que no quieren contri­buir. Pero en cambio escribiré a otras personas. Todo y siempre de usted de corazón, Donoso.

Poco pudo hacer Donoso por las Conferencias estando en París, pues aunque se sabe por Louis Veuillot y el embajador de Austria de sus socorros a los pobres y su benéfica acción en los suburbios de París, su temprana muerte en mayo de 1853 acabó con sus actividades caritativas. Un año des­pués Gabino Tejado publicó las Obras de Donoso, y sabedor de la profunda amistad y mutua admira­ción que se tenían Donoso y Masarnau, remitió a éste el volumen ya publicado:

Sr. D. Santiago de Masarnau.— Muy señor mío de toda mi estimación: Tengo el gusto de remitir a usted el tomo que su bondad se digne aceptar, y que le ruego considerar como una pobre muestra de la veneración que ha largo tiempo le profeso. Usted comprende todas las causas de esta veneración, y yo las callo porque estoy cierto de que diciéndolas ofendería su mo­destia.

Usted será tan bondadoso que consagre al­gún rato a leer la noticia biográfica de nuestro querido Donoso, y será también tan sincero al mismo tiempo que me honre con sus consejos y advertencias. El afecto que a usted le profeso le dice anticipadamente si sus advertencias serán atendidas y seguidos sus consejos.

No sin impaciencia aguarda ocasión en que probar a usted su sinceridad su afmo. y respe­tuoso amigo q.s.m.b., Gabino Tejado».

Unas líneas de Quadrado, que a veces se mos­traba un tanto impreciso al escribir, han dado lu­gar a alguna afirmación que tan pronto puede ser cierta como falsa. Escribió Quadrado, después de mencionar el ingreso de Donoso en las Conferen­cias, que Masarnau, «a las añejas relaciones, lite­rarias, académicas, artísticas, políticas de los más heterogéneos matices, incluso del progresista, ta­les como Gayangos, Carderera, Roca de Togores, Quintana, Borrego, Montalbán, Olózaga, Mendizábal, añadíanse las modernamente reclutadas en las filas de la juventud por discípulos y compañe­ros, y por ahijados las de los cuantiosos indigentes cuyas humildes viviendas ningún día cesaba de frecuentar personalmente»». Es seguro, en cambio, que Pedro de Madrazo intentó que el mismo José María Quadrado ingresara en las Conferencias y formara en Mallorca la primera de ellas en la isla», sin ningún resultado hasta seis años después.

Las Conferencias se fueron propagando con un crecimiento cada vez mayor. En 1 de enero de 1860 había ya 40 esparcidas por toda España; al final de año eran ya 70, habiéndose realizado 400.000 visitas a pobres.

El bienio progresista (1854-1856) no fue muy propicio a las Conferencias. Ministro de Justicia José Alonso (el mismo que lo fue con Espartero, legislando de modo que, de haber podido llevar a cabo sus intentos, el llamado cisma de Alonso hu­biera sido algo más que una frase o un proyecto), procuró molestar lo que pudo a las Conferencias, exigiendo nota de las cantidades enviadas fuera, o recibidas de fuera; satisfecha la petición, volvió Alonso —noviembre de 1854— a ordenar que las juntas dejaran de ser «secretas», reuniéndose en lugar público, y pidiendo «declarara la corpora­ción extranjera con la cual se entendía». La res­puesta la confió Masarnau, al parecer, a Ventura de la Vega, «desconsolado a la sazón por la muerte de su esposa, y momentáneamente refugiado en los ejercicios de piedad».

No es objeto de este estudio seguir minuciosamente las vicisitudes y contradicciones por las que pasaron las Conferencias al paso que aumentaban sin cesar. Unas, como se acaba de decir, venían de las autoridades, y éstas suponían trabajo extraor­dinario para Masarnau; otras venían de los perió­dicos —y no todos precisamente anticlericales—, pero éstas no le hacían perder el sosiego. La mul­tiplicación de las Conferencias obligó a Masarnau a editar en 1856 un Boletín, y al año siguiente a abrir una oficina permanente en la calle del Prado, 12, donde Masarnau resolvía cuantos asuntos se planteaban referentes a las Conferencias. Con ra­zón pudo afirmar Quadrado que «la vida de don Santiago durante todo este período y el sucesivo se identificó con la Sociedad de San Vicente; en y con ella, con y para ella vivió».

En 1859 viajó a París, donde no había vuelto desde que lo abandonó en 1843. Fue en mayo. Salió el 9, permaneció en la capital del Sena del 13 al 27, y el 2 de junio estaba de regreso. Por des­contado que la mayor parte del tiempo lo dedicó a asuntos de las Conferencias y a tratar con los que las llevaban allí: Baudon, el Consejo y algunas de las establecidas en París; tuvo, también, tiempo para ver a algunos de sus antiguos amigos: Dau-zats, Alkan, Feburier, el P. Félix, predicador de Nótre Dame, a quien había escrito meses antes para que en sus conferencias cuaresmales estigma­tizara los dos males «casi peculiares de nuestra nación: la música secularizada en los tiempos y las corridas de toros». En esto último coincidía con el gran amigo de Concepción Arenal y fundador con ella de La Voz de la Caridad, el valenciano Anto­nio Guerola».

Federico Suárez

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