Santa Luisa y la Hermana Sirviente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juana Elizondo, H.C. · Fuente: Ecos 1996.
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Desde los comienzos de la Compañía, tanto san Vicente como santa Luisa concedieron una gran importancia al oficio de Hermana Sirviente. A ella se le confía la animación de la Comunidad local con todo lo que esta tarea encierra de atención, estímulo, entrega, sacrificio, etc., en todos los aspectos: material, físico, espiritual, vocacional, apostólico…

Aunque santa Luisa no escribió un tratado monográfico sobre la Hermana Sirviente y su misión, podemos deducir cuanto hubiera podido decir en él, espi­gando en su correspondencia con ellas.

Son muchas las cartas en las que, respondiendo a las situaciones y necesida­des del momento y aprovechando circunstancias oportunas, va dando orientacio­nes, avisos, correcciones, aliento, etc. Todo ello expresa su gran estima por la misión de la Hermana Sirviente y lo que espera de ella para la buena marcha de la Compañía naciente, puesto que si las comunidades locales funcionan bien, está garantizado el buen funcionamiento de la Compañía entera.

A través de sus escritos, fácilmente se puede constatar que nuestros Funda­dores se adelantaron en varios siglos a las orientaciones que dio el Concilio Vaticano II para el ejercicio de la autoridad, en el Decreto Perfectae Caritatis.

La autoridad se ejercerá:

  • en espíritu de servicio, mostrando a sus hermanos el amor que Dios tiene por ellos;
  • con el respeto debido a la persona humana, como a hijos de Dios que les están sumisos;
  • suscitando la sumisión voluntaria y la cooperación activa y responsable;
  • escuchando a sus hermanos de buen grado.

Estas mismas orientaciones, confirmadas en la Exhortación Apostólica Evange­lica Testificatio, las encontramos de nuevo en la reciente Exhortación Apostólica post-sinodal sobre la Vida Consagrada. Este último documento, en el número 43 subraya, además, la idea de que «quien ejerce la autoridad no puede abdicar de su cometido de primer responsable de la comunidad, como guía de los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico-.

Asimismo les recuerda su misión de «consolidar la comunión fraterna». Y re­calca la idea ya expresada en Evangelica Testificatio, de que «si bien es cierto que la autoridad debe ser ante todo fraterna y espiritual, y que quien la detenta debe, consecuentemente, saber involucrar mediante el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión, conviene recordar, sin embargo, que «la última palabra corresponde a la autoridad», a la cual compete también hacer respetar las decisiones tomadas».

Se trata, en todo momento, de ayudar a las personas confiadas al cuidado de los Superiores, a vivir en plenitud su condición de hijos de Dios y de miembros del Instituto al que pertenecen, conforme a las exigencias de su vocación.

En el estudio que a continuación hacemos de las enseñanzas de santa Luisa sobre el ejercicio de la autoridad de la Hermana Sirviente, veremos ya reflejadas todas estas orientaciones que, en último término, tienen su fundamento en el Evangelio.

* * *

Designación de las Hermanas para el oficio de «sirvientes» de la Comunidad local

La primera gestión es seleccionar a las personas capaces para desempeñar este cargo, Hermanas que reúnan las cualidades que requiere la misión importan­te que se les confía.

En una ocasión, santa Luisa deja que el abad de Vaux ponga el nombre de la Hermana, allí donde ella ha dejado un espacio en blanco, puesto que él conoce mejor a las Hermanas:

«… es preciso tener de ella un conocimiento como el que Dios le ha dado a usted desde que las Hermanas tienen el honor de estar bajo su dirección».

En varias ocasiones expresará nuestra Fundadora su preocupación por la selección adecuada de las Hermanas que han de desempeñar este cargo de tanta trascendencia. En sus escritos encontramos las notas de las cualidades que desea para ellas:

«Debemos tener cuidado de que las Hermanas que escojamos amen mucho la vocación, la práctica de sus reglamentos, y que en su conducta demuestren que quieren adquirir, o lo tienen ya, el espíritu de la Compañía que es: humil­dad, sencillez y caridad. Otra señal es que sean ellas las primeras en hacer lo que tienen que enseñar a las otras y estar dispuestas a la misma o a mayor sumisión a los Superiores».

 

Misión de la Hermana Sirviente

La tarea más importante y la específica de la Hermana Sirviente es la anima­ción de la Compañía. En la época de los Fundadores hubo comunidades de diversos tipos y tamaños: comunidades pequeñas de dos o tres Hermanas en las que fácilmente se sugiere la alternancia de las Hermanas para el oficio de Herma­na Sirviente y otras de mayor volumen donde hubiera sido difícil que todas hubie­ran ocupado este puesto por las cualidades que los mismos Fundadores requerían para él.

En cualquiera de los casos, para santa Luisa, la Hermana Sirviente debe tener las cualidades de una madre que tiene cuidado de sus hijas. Escribiendo a sor Bárbara Angiboust y a Luisa Ganset que formaban la comunidad de Richelieu, les reprende seriamente por la situación desagradable que están viviendo en la Co­munidad. Concretamente a sor Bárbara le recrimina su comportamiento como responsable de su comunidad:

«Usted, sor Bárbara, por su poca cordialidad con la Hermana que Dios le ha dado, por sus pequeños desaires, por la poca tolerancia con sus peque­ños defectos. ¿Cómo no se ha acordado usted de que cuando se la puso con ella para hacer las veces de superiora, era para obligarla a portarse como madre, con deberes mucho mayores que los de las madres naturales, puesto que te­nía, más que éstas, que cuidar de su salvación y perfección, lo que la obli­gaba a usar con ella de una gran mansedumbre y caridad, tal como nos las recomendó el Hijo de Dios en la tierra? Y, al aceptar ese cargo, ¿no vio enseguida a qué humildad la obligaba, ya que tiene tantos motivos para reconocer su incapacidad? ¿No debe usted tener siempre ante los ojos, cuando ordena algo, que es la obediencia la que se lo hace hacer y no porque tenga derecho alguno a mandar? Ahora bien, Hermana, no hay que desanimarse… excite en su corazón un gran amor por sor Luisa, y mirando a la misericordiosa justicia de nuestro buen Dios… pídale perdón… prometiendo con su gracia amarla…».

Las ocasiones se repiten en las que nuestra Santa Fundadora insiste en el deber de la Hermana Sirviente de cuidar el aspecto humano y sobrenatu­ral en la animación de la comunidad local y de cada una de las Hermanas. A sor Cecilia Angiboust, a quien escribe las cartas en las que mejor expresa sus expectativas de la animadora de la Comunidad, el 20 de septiembre de 1650, le dice:

«Supongo que hace cuanto puede para aliviar a nuestra (sor Margarita) como a una tierna planta de la que se pueden esperar buenos frutos… qué feliz será usted, querida Hermana, si por su dulzura y cordialidad en advertirla agradable­mente puede usted cooperar con la gracia en su perfección.

Siete años más tarde, el 12 de mayo de 1657, recordará a la misma Hermana las obligaciones que le impone su nombre de «sirviente», incluyéndose ella misma en este número:

«…porque hemos de reconocer, mi querida Hermana, que el nombre de sirvientes de nuestras Hermanas, que la Providencia nos ha impuesto, nos obliga a ser las primeras en la práctica de las verdaderas y sólidas virtudes… Hemos de creer que estamos en deuda con todas y que tenemos obligación de servirles para su ayuda material y espiritual. Que la prudencia nos enseñe a darles confianza en sus necesidades sin preferencias por nadie.

 

La corrección fraterna

Una de las maneras de lograr el bien espiritual de las Hermanas es advertirlas de sus faltas cordialmente, y siempre que sea posible en privado:

«Creo que su caridad la incita con frecuencia a velar por nuestras Hermanas para advertirles cordialmente y en particular de las pequeñas faltas que puede usted ver en ellas y también las santas prácticas que podrán servirles para que todas sus acciones sean agradables a Nuestro Señor’.

Sin embargo,

«no reprenderá nunca las faltas de las Hermanas en un momento de apasiona­miento ni de ella misma, ni de la Hermana a quien tiene que reprender para no avergonzarla y también para que su advertencia resulte provechosa.

Virtudes que deben acompañar a la Hermana Sirviente en el desempeño de su cargo

— Una virtud que recomienda constantemente es la de la paciencia: «tiene que tener mucha paciencia para proporcionarles sencillos remedios, de los que el principal es compartir su aflicción y hacerles comprender la importancia de apartarse de hacer la voluntad de Dios, que no cambia nunca sus designios».

En otra ocasión lleva casi hasta la exageración la práctica de esta virtud: «no hay que pensar que por haber dicho las cosas una docena de veces sea ya bastante. Bien sabe usted que la memoria no nos es fiel, por eso, querida Herma­na, ejercite un poco su paciencia, no sólo con las últimas sino con todas en general, y ello, con gran dulzura, condescendencia y discreción».

La discreción y la reserva, a fin de inspirarles confianza, será otro de los aspectos clave que recomienda a las Hermanas Sirvientes: «discreción, y sobre todo, gran reserva para no decir lo que piensa ni lo que sabe de una Hermana a otras. Es necesario que las Hermanas Sirvientes estén muertas a sí mismas para cumplir bien su cargo»’. Tratarán también de salvar la buena reputación de las Hermanas: «no descubrirá en manera alguna las faltas de las Hermanas, y cuando alguien se las advierta, no dejará ver que la tiene en mala opinión y dará las gracias a la que le avisa, excusando, en lo posible, a la que haya faltado.

La confianza no se impone, se inspira, y condiciones imprescindibles para ello son la discreción, la reserva y la prudencia.

 

Importancia del testimonio de vida

De todos los medios que la Hermana Sirviente podrá utilizar para la animación espiritual de la Comunidad y de cada uno de sus miembros, el más convincente y eficaz es su testimonio de vida. A través de él podrá transmitir valores y com­portamientos que, expresados sólo en teoría, pueden ser letra muerta y no surtir gran efecto:

«Le advierto que cuando avise a las Hermanas, lo haga por separado y les dé usted buen ejemplo de mansedumbre y sumisión».

La mejor escuela de formación para una Hermana Sirviente será también el buen ejemplo que haya visto en otras Hermanas Sirvientes. Así escribe al abad de Vaux:

«Sí, es verdad que nuestra sor María no parece tener todavía suficiente capacidad para ocupar el puesto de nuestra sor Cecilia, pero con tal de que sus disposicio­nes no sean contradictorias, que tenga suficiente discreción y buen juicio, con un fondo de virtud, es posible que la experiencia y el ejemplo de nuestra Hermana, a quien verá de continuo, lleguen a formar su espíritu para el gobierno».

 

Olvido de sí y entrega

Su servicio la debe conducir a pensar más en las demás que en sí misma. Su entrega le llevará incluso a cargar con el trabajo duro de las demás con objeto de aliviarlas:

«…somos Hermanas Sirvientes… y hemos de cargar con el trabajo más duro, tanto de cuerpo como de espíritu, y aliviar lo más que podamos a nuestras queridas

Hermanas».

 

Categorías de Hermanas que requieren una atención particular, entre ellas las jóvenes, las enfermas, las difíciles…

— Hermanas jóvenes

Desde los orígenes hasta hoy, la Compañía ha prestado un cuidado especial a las Hermanas jóvenes en este período inicial de su vocación. La responsabilidad más importante se confía a la Hermana Sirviente:

«…y bien tiene usted motivo de humillación al no tener trabajo o al menos tan poco; compénselo con muchas prácticas de virtud… pronto se le pasará el tiempo de trabajar, dada la edad que tiene usted, y entonces le pesará; además, estando usted con una Hermana joven, tiene la obligación de servirle de ejemplo».

A Juliana Loret, formadora experimentada, le dirá:

«Alabo a Dios que ha dado mejor salud a sor Marcela (Hermana joven) a quien ruego que la emplee bien para el servicio del prójimo y para trabajar por formarse en todas las máximas de las verdaderas Hijas de la Caridad. Le ruego a usted que le haga dar cuenta de sus oraciones y de la práctica de sus resoluciones, y también de las faltas que cometa contra estas resoluciones, mostrándole gran cordialidad cuando se las declare… Adviértale sobre todo que si usted le causa algún disgusto, se lo diga con confianza»’.

Una de las cosas que quiere se recomiende a las jóvenes es el respeto cordial que deben a las mayores. En una carta que escribe a sor Juana Lepintre en 1652

por lo tanto veinte años después de la fundación de la Compañía se ve cómo
empezaban ya a sentirse las diferencias de generación:

«Me figuro que no deja usted de advertir a las llegadas últimamente el respeto cordial que deben tener a las antiguas. Es una cosa tan necesaria que si no cuidáramos de ella, causaría grandes desórdenes en la Comunidad. Hay que formar el espíritu de las jóvenes en la sumisión y mortificación interior, porque de otro modo sólo habrá confusión y las Hermanas antiguas tendrían motivos de descontento si se las ignorara».

En otra carta a Juliana Loret, añade:

«Le ruego, Hermana, considere usted a nuestra Hermana como recién entrada, porque, aun cuando es buena, necesita, sin embargo, instrucción y práctica. Se la recomiendo con todo mi corazón…

Hermanas enfermas

Las Hermanas enfermas merecen la atención que su situación reclama. Y así lo recomienda encarecidamente santa Luisa:

«No dudo, mis queridas Hermanas, de que cuidan afectuosamente a nuestras bue­nas Hermanas enfermas, a las que saludo con todo el corazón. Ya ven, Hermanas, no pueden ustedes dudar de que sea el santo amor el que las haya puesto en este estado en que se encuentran, puesto que se han mostrado fieles a su vocación, Siendo esto así, aunque no tenemos por qué juzgar de ello, debemos aceptar todo el trabajo y sujeciones que sus enfermedades puedan proporcionar, demostrandoles que se les sirve de corazón y el deseo de aliviarlas. Suplico a Nuestro Señor les conceda a ustedes la gracia de llenarlas de su Espíritu para que las sobrelleven y asistan con espíritu de caridad y mansedumbre, por su santo amor…».

A sor Magdalena Mongert le recomendará con insistencia el cuidado de una enferma de su Comunidad, que recibe la visita de Dios con la situación dolorosa de esta Hermana:

«Nuestro buen Dios la visita de nuevo en la persona de nuestra querida Hermana. En nombre de Dios, cuídela bien. Ya sé que no ha de faltarle nada, pero no se canse de apremiarla para que tome lo que sea necesario. La saludo con todo mi corazón y su estado hace crecer mi afecto por ella, creyéndole en un alto grado de unión con la Santísima Voluntad de Dios, que le exhorto a amar mucha.

Escribiendo al señor Portail, le recomienda explique bien a las Hermanas Sir­vientes la interpretación del artículo 15 de las Reglas:

«Que las Hermanas Sirvientes propongan a la Superiora las necesidades de salud
antes de emprender el medicinar a las Hermanas. Algunas ya lo hacen así, pero otras las llevan como el final del artículo 13 lo prevé» 23.

Sin embargo, hay que evitar que las Hermanas se aprovechen de la enferme­dad para permitirse ciertas comodidades y privilegios no conformes con el estilo de vida de una Hija de la Caridad. Por eso, en la misma carta al señor. Portail, añade:

«Omitía decirle que el artículo 13 necesita más de brida que de espuela, porque tan pronto como una Hermana cae enferma, tiene que contar con pollo o ternera en el puchero e instalarse en su cama como una señorona; cuando usan así las cosas superfluas o acomodan su habitación de tal forma, suelen pretextar que son las señoras las que lo quieren, y seguramente éstas se contentarían con verlo todo limpio y ordenada»’.

— Hermanas difíciles

No podían quedar excluidas de su consideración, cuidado y afecto, las Herma­nas que solemos llamar «difíciles». Son las que más necesitan de comprensión y ayuda. En esta línea escribe a sor Juana Lepintre con relación a sor Enriqueta

Gesseaume, que causaba grandes dificultades tanto en el hospital como en la Comunidad:

«…lleve usted a bien que le advierta el que cuando haya algún disgusto con esa buena Hermana (Enriqueta Gesseaume) que es un tanto difícil, a ser posible no salga nada al exterior, ni siquiera al conocimiento de los señores Padres, ni al ad­ministrador… en lo que se refiere a las pequeñas dificultades de su pequeña comu­nidad (deben quedar) entre ustedes solas, y puede tener la seguridad de que así Dios bendecirá la confianza y dependencia que usted tenga en su dirección».

Administración de bienes

Al igual que san Vicente, nuestra Fundadora pide a las Hermanas gran exac­titud en la administración de los bienes y en rendir cuentas a quien corresponda:

«Pero en nombre de Dios, Hermana, administre el bien de los pobres lo mejor que pueda y esté atenta para que nuestras Hermanas hagan también así con cariño. Creo que da usted cuenta de sus ingresos y gastos lo más exactamente posi­ble.

A sor Lorenza Dubois le dirá:

«En lo que se refiere a las cuentas que tiene que rendir, hágalo siempre con la mayor exactitud y lo más humildemente que pueda».

 

En el ejercicio de la autoridad, evitar el autoritarismo y el absolutismo

En todo momento y circunstancia debe evitar ejercer su cargo con autoritaris­mo, absolutismo y aspereza. A una Hermana Sirviente, cuyo nombre desconoce­mos, le dice:

«Todas (las Hermanas) en general se consideran muy felices de su condición de siervas de los pobres; pero son muy pocas las que soportan que se les diga la menor palabra con autoritarismo y aspereza. Por eso, hemos de acostumbrarnos a rogar y no a mandar; a enseñar con el ejemplo y no dando órdenes. Ya sé que hace usted todo lo posible para ella.

Y a sor Cecilia Angiboust le recordará:

«Bien sabe que los cargos no deben ejercerse con absolutismo sino con caridad y que somos Hermanas Sirvientes».

 

Hacerse soportables

Al contrario, las Hermanas Sirvientes y todos los que ejercemos un cargo de autoridad, debemos hacer todo lo posible para hacernos soportables:

(debemos) aliviar lo más posible a nuestras queridas Hermanas que siempre tendrán bastante con soportarnos a veces a causa de nuestro mal humor y otras veces a causa de la repugnancia que la naturaleza y el maligno espíritu le ins­piran.

A sor Carcireux le aconseja que no canse a las Hermanas con sus comunica­ciones demasiado largas:

«Creo que emplea usted la dulzura y la tolerancia con todas nuestras Hermanas, por eso no le recomiendo esas prácticas, pero sí, en cambio, la brevedad en sus comunicaciones cuando tiene usted necesidad de pedir consejo, o bien estar obligada a darlo. De no ser as( acaba una por ser enojosa y despreciable, y la cosa llega hasta a hacer rehuir las ocasiones de hablar con las personas por la pérdida de tiempo que supone y la inutilidad de tal menester.

 

Mantener buenas relaciones con las personas que ejercen la autoridad

El bien de los pobres exige que las Hermanas mantengan buenas relaciones con las autoridades eclesiásticas, civiles y, sobre todo, con las señoras. Aconseja a las Hermanas Sirvientes hacer cuanto esté en su poder para ello. A sor Cecilia Inés, Hermana Sirviente de Angers, le escribe:

«Manténgase en un gran respeto hacia el señor obispo de Angers»

A sor Lorenza Dubois, que tenía dificultades con las señoras, le recomienda humildad:

«No me extrañan todas sus dificultades con las señoras… Lo que tiene que hacer en medio de todas esas divergencias es ser humilde, poner gran cuidado en que no se la pueda acusar de arrogancia o de suficiencia, debe más bien pensar que está sujeta a todos, que es la última de todos y que no tiene ningún poder… En cuanto a las señoras de la Caridad, no debe usted mirar de qué condición son para tenerles respeto… Si supieran ustedes, queridas Hermanas, qué humildad,

 

La tentación del activismo

Previene a las Hermanas Sirvientes contra la tentación del activismo. En un informe redactado después de una visita a una casa, leemos:

«La Hermana Sirviente tiende por inclinación a trabajar mucho, tomando incluso para sí la tarea de las demás si ve en ellas repugnancia o contrariedad en hacerla antes que advertirlas y preocuparse porque se haga lo que ella manda y es deber de otras. Por temperamento tiene un poco de acritud».

 

Cese en el cargo

Santa Luisa no deja de dar consejos apropiados para el momento particular en que una Hermana Sirviente cesa en su cargo:

«Y que sor (Bárbara Angiboust) me diga si ha entrado plenamente en la práctica de una humilde sumisión, de la tolerancia, de la reserva que una Hermana Sirvien­te debe tener cuando ha dejado el cargo, porque es una máxima que las que ya no ejercen el cargo han de ser las más humildes y obedientes de la casa.

 

Recomendaciones a las Hermanas sobre su comportamiento con las Hermanas Sirvientes

También hace sus recomendaciones a las Hermanas compañeras con relación a sus Hermanas Sirvientes:

«Hagan también gran aprecio de lo que Dios les dice a través de la que hace con ustedes las veces de superiora, quienquiera que sea en un momento o en otro, y cuando la obediencia la cambie no recuerden la forma con que la anterior gobernaba, sino que deben seguir en todo el parecer de la que actualmente tienen, al menos que pretenda hacerles quebrantar los reglamentos y forma de vida que les ha sido prescrita, lo que espero que no ha de ocurrir nunca si somos fieles a Dios».

A las Hermanas de Angers les pedirá además afecto y respeto hacia su Hermana Sirviente: «Manténganse, sobre todo, en el afecto y estima por su Hermana Sirviente, cual­quiera que sea la que Dios les dé cuando le plazca tener piedad de nuestra sor… (Cecilia Angiboust), porque puedo asegurarles, Hermanas, que la dirección de las demás es una pesada carga»».

Santa Luisa piensa que el buen entendimiento entre las Hermanas compañeras y la Hermana Sirviente impediría los pequeños desórdenes que se daban en la Compañía. Por esta razón pide a san Vicente les dé una conferencia que ayude a las Hermanas a comprender bien el valor de las buenas relaciones entre ellas:

«¿No podríamos esperar el beneficio de una conferencia durante estas fiestas para completar la que nos dio (2 de febrero de 1647) sobre los deberes de las Hermanas Sirvientes con las Hermanas súbditas y los de las Hermanas súbditas con las Hermanas Sirvientes y también la dirección y la paciencia de las Hermanas Sirvientes hacia las Hermanas súbditas? Yo creo que todo esto, bien entendido y practicado, impediría los pequeños desórdenes de la Compañía.

***

A título de conclusión, podría decirse que santa Luisa trabajó sin descanso por enseñar el buen entendimiento y la tolerancia entre la Hermana Sirviente y las compañeras, como base de la construcción de «comunidades para la misión»: «Un buen entendimiento entre ustedes lo arreglaría todo»‘, le dirá a sor Cecilia Angiboust; y a sor Bárbara: «Lo que (Dios) pide actualmente de ustedes, queridas Hermanas, es una grande unión y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humildad».

¡Quiera Dios que estas enseñanzas de nuestra Santa Fundadora encuentren una verdadera traducción en nuestra vida de cada día!

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