Santa Luisa y la Educación (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. INTRODUCCIÓN

Luisa de Marillac, mujer valiente, audaz y emprendedora, es el «tesoro escondido» que hoy brilla con intensidad. A lo largo de esta semana, su vida aparece ante nosotros como una «luz» que ilumina nuestra misión de vicencianos para ir sembrando, como ella, semillas de esperanza, de amor, de ternura en el corazón de los pobres.

Su gran talla humana y espiritual, le permitió abrir caminos nuevos en la sociedad del siglo XVII francés, donde a la mujer sólo le estaba reservado las tareas del hogar o la vida enclaustra­da bajo los muros de un convento. Una de las tareas que más identifican su personalidad es su vocación de maestra y educado­ra. Luisa ejercitó esta labor en diversas situaciones de su vida. La vemos educando a su hijo Miguel, de Maestra de Escuela en las Aldeas y en el Arrabal de París y formadora y educadora de las primeras Hijas de la Caridad. Aunque en su corazón tuvieron acogida todos los pobres que encontró en su camino, la obra que más le «pertenece», la primera que puso en marcha su talante creativo fue la de la Enseñanza. Ella fue la impulsora de las Pequeñas Escuelas de la Caridad en la Francia del siglo XVII y la que abrió el camino a un tipo de educación orientada a la formación integral del niño.

  1. LA SOCIEDAD QUE LE ENVUELVE

La sociedad francesa del siglo XVII, estaba agrupada en esta­mentos: nobleza, clero y pueblo. Este último constituía la mayor parte de la población que vivía en la ignorancia y la mayor parte de ellos en la miseria, como consecuencia de las continuas gue­rras, hambre y epidemias. Un 90% de la población francesa no sabía leer, ni escribir.

Después del Concilio de Trento, surge en la Iglesia el com­promiso de trabajar en la educación cristiana de los niños. Algu­nas Órdenes religiosas aparecen con este fin, tales como las ursulinas fundadas por santa Ángela de Médicis; Mary Ward fundadora de las Damas Inglesas, Adrian Bourdoise, maestro y catequista de la Parroquia de san Nicolás de Chardonnet (este sacerdote fue el párroco de santa Luisa durante varios años, de 1625 a 1636). Todos ellos habían organizado y establecido escuelas católicas para la educación de las niñas en las ciudades. Pero la educación en los pueblos y arrabales de París estaba abandonada. Es cierto que el Concilio de Trento había decretado que cada Parroquia tuviera una escuela gratuita, pero en los pue­blos era un sueño irrealizable.

Si en algún pueblo se abría una escuela, el maestro solía ser una persona del lugar que sabía leer y escribir. El curso iba desde noviembre hasta Pascua. Los demás meses del año era época de trabajo en el campo. La edad escolar comprendía desde los 6-7 hasta los 10-12 y a veces hasta los 14. En la escuela se enseñaba ante todo, a vivir cristianamente, por ello era el lugar privilegia­do para la catequesis.

Los padres cuanto más pobres, menos interés mostraban para enviar a sus hijos a la escuela ya que los necesitaban para el tra­bajo del campo, sobre todo las niñas eran empleadas en los tra­bajos domésticos y se las privaba de la cultura, la catequesis y del aprendizaje de pequeños oficios.

Este es el panorama que rodeó a Luisa de Marillac. Ella, que estaba atenta a las necesidades de los pobres, siente la llamada de Dios y se entrega con ahínco en la tarea de enseñar y catequi­zar a las niñas pobres del campo, naciendo así las Escuelas de la Caridad.

  1. UNA EDUCACIÓN PRIVILEGIADA

¿De dónde le vino a Luisa esta iniciativa y este talante creati­vo? Tenemos que acercarnos a su vida para descubrir la exquisi­ta formación que recibió en todos los aspectos: cultural, religio­so, artístico… esta fue la base que le llevó a trabajar en la formación de la juventud.

Luisa nació y se educó en el seno de una familia muy distin­guida. Muchos de sus miembros ocuparon puestos muy impor­tantes en el Parlamento, Obispados, Abadías, puestos Militares etc. Nombres célebres destacan en su ambiente familiar: Miguel de Marillac, abogado en el Parlamento, hombre muy religioso y místico. Luis de Marillac, conde Beaumont, se casó con Catali­na de Médicis, que era tía de la reina María de Médicis. Valence, casada con Octavio d’Attichy, que estaba muy bien situado en la Corte y su padre Luis de Marillac que también era hermo­so, inteligente y emprendedor. Muchas de estas cualidades here­dó Luisa. Acercándonos a su vida descubrimos su inteligencia, su talante emprendedor, su capacidad de organización… y otras muchas cualidades que nos sorprenden.

Tuvo también el privilegio de recibir una formación esmera­da. A los tres años, su padre la llevó al Convento de Dominicas de Poissy, donde sus monjas tenían un gran renombre por su regularidad y santidad y también por su fama de instruidas. Cuando las mujeres, aún las de rango elevado, apenas tenían for­mación, las monjas de Poissy traducían a los clásicos griegos y latinos. Se encontraba también en él una tía abuela de Luisa que se contaba en el número de mujeres ilustres.

En este ambiente, podemos asegurar que la formación de Luisa fue muy completa, tanto en el aspecto cultural como reli­gioso. No sólo recibía las enseñanzas del catecismo también la riqueza bíblica, los salmos de la liturgia, los tratados espirituales y las vidas de santos. Tenía una correcta ortografía y su caligra­fía era muy clara y legible. Le gustaba la pintura y el latín. Su formación fue excelente. Al pasar de los años podemos descubrir cómo Dios la iba preparando para llevar a cabo la obra que Él le iba a encomendar en favor de los pobres.

También en el Pensionado, donde vivió sus años jóvenes, a partir de la muerte de su padre, Luisa aprendió todo lo necesario para llevar dignamente una familia: costura, cocina, arreglo del hogar, la contabilidad de una pequeña granja familiar, etc. Todo lo aprendido, lo pondrá en práctica en la Casa Madre donde tie­nen huerto, granja… y dará sabios consejos a las Hermanas. Sobre todo es a través de la correspondencia donde se descubre su formación tan completa. Da la impresión de que sabe de todo, desde recetas medicinales, hasta recetas de cocina, pasando por la contabilidad, organización y proyectos de futuro.

  1. EDUCADORA DE SU HIJO MIGUEL

Luisa de Marillac quedó viuda con un hijo de 12 años, a la edad de 34; a partir de este momento tiene que asumir ella sola la educación de este niño, aunque también es verdad que Vicen­te de Paúl jugó un papel muy importante, hasta poder afirmar que hizo las veces de padre.

Para muchos biógrafos, Miguel Antonio, fue un muchacho de carácter inestable, voluble de voluntad, poco constante en el estudio y con una inteligencia no muy despierta. Sin embargo, con alegría y cierta sorpresa, he podido constatar la opinión de otros estudiosos de santa Luisa, que nos lo presentan como un hombre firme, capaz de admirar a los misioneros Paúles por su capacidad de estudio, llegando a sacar la licenciatura en Filoso­fía y Letras y en derecho cuando tenía 22 años.

Sea lo que fuere, sí que podemos afirmar que Luisa depositó en él todo su amor de madre y que trabajó incansablemente para darle una buena educación, encaminándole hacia un porvenir que ella consideraba el mejor. Sabemos que su gran deseo y por lo que luchó a «capa y espada» es conseguir que su hijo fuera sacerdote. Esto le ocasionó muchos problemas, pues Miguel Antonio, siempre estuvo dudando de seguir esta vocación, lo que atormentaba tremendamente a su madre. Después de recibir las Órdenes Menores, cuando tiene 26 años, abandona definitiva­mente el sacerdocio y toma unos derroteros que le llevan a situa­ciones escandalosas. Se enfrenta a su madre, rompe con san Vicente y se aleja de Dios. Santa Luisa se siente culpable y sufre desesperadamente. La carta 122 es toda ella un grito de angustia pidiendo ayuda a su director: «Estoy totalmente angustiada por mi hijo…no se sabe dónde puede estar…bien sabe Vd. que mi dolor y mis temores son grandes». «Ayúdeme a permanecer fuertemente unida a Jesucristo». Tan afligida estaba que termi­nada la carta, se acercó a un crucifijo para orar: una Hermana que notó su dolor, le preguntó insistentemente y sólo pudo exclamar: «Hermana, no sé dónde está mi hijo».

Miguel había desaparecido con una joven de provincia y se había casado en matrimonio clandestino. En esta situación, Luisa ora insistentemente a Dios, hace una peregrinación a Chartres para poner en manos de la Virgen la vida de su hijo. Dos años des­pués hace un acto de desprendimiento y se lo entrega por comple­to a Dios, poniéndolo en sus manos: «Sentí en mí un fuerte deseo de dárselo a Dios, abandonándoselo por completo». Este acto le ayudó a sentirse liberada y a aceptar con paz los acontecimientos.

A partir de este momento, Miguel recapacita, su madre con­sigue anular el matrimonio clandestino. Por fin el 18 de enero de 1650, contrae matrimonio con Gabriela Le Cler, de cuya unión nacerá la pequeña Luisa Renata que alegrará los últimos años de la vida de santa Luisa. La víspera de su muerte la visita su hijo, su nuera y su nieta de nueve años. Les da la bendición y les dice: «Vivid como buenos cristianos».

En este largo itinerario de madre, santa Luisa se esforzó y luchó por dar a su hijo todo lo mejor de sí, un amor desbordante amasado en sacrificio. Quizá quiso conducirle por caminos no los más acertados, pero ella oraba insistentemente a Dios. Y Dios la escuchó y salió a su encuentro. Al final de su vida se sintió feliz y pudo morir tranquila. Su vida ilumina el camino de muchas madres, que hoy sufren por sus hijos. La oración y la entrega generosa en el vivir diario, nos dan la confianza de que Dios escucha nuestras súplicas y viene en nuestra ayuda.

Teresa Barbero

Ceme 2010

 

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