Santa Luisa de Marillac, mística (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA UNIÓN MÍSTICA CON JESÚS

Influenciada por su director Vicente, sin abandonar la fuerza profunda de la divinidad que lleva en su sicología, se va uniendo día a día a la persona humana de Jesús, aunque, como Bérulle, no pueda evitar que considere siempre la Humanidad de Jesús el’ cuanto divinizada. Pero es con la Humanidad de Jesús con quien ya quiere unirse en la oración contemplativa, cuando medita la Encarnación del Hijo de Dios, la Redención del Hijo de Dios, la Pasión y la Resurrección, la Imitación de Jesucristo en su muerte, la Fidelidad en el ser vicio a Jesús, la Eucaristía, en los temas sobre San Dionisio y el Hermano Antonio, y en los temas sobre María.

No es de extrañar que en una explosión mística exclame: «Vivamos, pues, muertos en Jesucristo, y como tales, nada de resistir a Jesús, no más actuar si no es para Jesús y para el pró­jimo, a fin de que en este amor, ame yo todo lo que Jesús ama».

Y de una manera predilecta Jesús ama a los pobres. La místi­ca la compromete radicalmente con el servicio a los pobres. El mandamiento de amar a Dios abarca la dimensión de amar al hermano; Jesús amado por sí mismo se prolonga en el pobre, haciendo presente el amaos como yo os he amado: «Pues en una lectura —escribe ella— he aprendido que Jesús nos había enseña­do la caridad para suplir la impotencia de rendir ningún servicio a su persona».

El cambio ha sido profundo, haciéndonos pensar como en una nueva vida. La Encarnación del Hijo de Dios pasa a ser el eje sobre el que gira su teología y su espiritualidad, poniendo la sal­vación de los hombres en el momento mismo de la Encarnación, como lo había hecho Duns Escoto, y que seguramente Luisa lo había leído en Bérulle. La persona de Jesús asume la pre­sencia de la divinidad en la tierra por medio de la encarnación y de la Eucaristía, con un papel diferente: «Habiendo bastado la Encarnación para redimirnos, parece que el darse a nosotros en la sagrada Hostia, es puramente para nuestra santificación».

Enfrascada en la oración y guiada por san Vicente, experi­menta en sentido místico la presencia del Hijo humanado de Dios, especialmente en la eucaristía y más aún en la comunión. A las Hermanas les explica que la encarnación se realiza para redimir a los hombres y la eucaristía se constituye para santifi­carlos, y «no solamente por la aplicación de los méritos de su encarnación y muerte, sino también por la comunicación que su bondad desea hacernos de todas las acciones de su vida». Es tremenda esta experiencia mística de santa Luisa durante la comunión de sentir que hay como una simbiosis de las acciones de Jesús a ella. Idea beruliana de sentir los estados de Jesús, no sólo como una comunicación de sus méritos sino también de sus mismas acciones». Así la presencia invisible de Jesús se hace visible y activa en la eucaristía y en la comunión.

Conviene recordar que en el siglo XVII en general se consi­deraba la comunión, más que una parte litúrgica integrante de la Eucaristía, como una unión personal de Jesús con la persona que comulgaba.

Dios responde al ansia que siente por comulgar dándole las grandes experiencias de la divinidad en la recepción del Cuerpo de su Hijo. Ella lo comprende y detalladamente anota el momen­to: «El día de san Bernardo, habiendo comulgado… En la santa misa… El día de san Benito… habiendo rehusado comulgar… De tiempo en tiempo… me hace temer acer­carme a la comunión… El lunes en la santa comunión. Y al no dejar de comulgar… La gran oración místi­ca del desposorio se realizó después de comulgar.

Presencia de Dios en la tierra por la Encarnación y la Euca­ristía, pero también en el hombre. El Dios eterno e inmenso deja paso a la «presencia continua, aunque invisible» de Jesús en el alma. Es una presencia por la aplicación que el Padre hace al hombre de los méritos de su Hijo encarnado; ya que, por la encarnación, la divinidad en su totalidad está unida al hombre en Jesucristo. En Él el Creador se une a la criatura y, al mirar al hombre, ve a su Hijo y perdona y acepta las acciones de las cria­turas, aplicándoles los méritos del Verbo:

«Es como el aire sin el cual el alma no tiene vida, y es así como yo he visto la redención de los hombres en la encarna­ción, y su santificación por medio de la unión del hombre con Dios en la persona de su Hijo por esta presencia, aplicando continuamente sus méritos a cada alma, atada a la unión perso­nal de un Dios con el hombre».

EL PURO AMOR

Así llegamos a una espiritualidad un tanto extraña —parece—para unas Hijas de la Caridad, pues para ella la reflejó en un escrito pocos años antes de morir, y en el que la contemplación mística aparece clara.

Es hacia el año 1653 cuando santa Luisa comienza a animar a las Hermanas a buscar el puro amor»; y en los años finales de su vida este amor se convirtió en el motivo más atrayente del abandono en Dios. Un amor que no esperaba recompensa, un amor puro o puro amor sin escoria. Siempre se había sentido embelesada por el amor más puro que puede existir en la crea­ción. Es el amor divino en los hombres. Está expresado en unos folios sin fecha. Ciertamente están escritos después de la fundación de las Hijas de la Caridad, pues se los dirige a ellas; corresponden a una fecha en que había llegado a lo más alto de la santidad; la unión de elementos vicencianos y nórdicos es per­fecta, con predominio de estos últimos. Santa Luisa los titula, en medio del escrito: «Práctica del puro amor». ¡El centro del puro amor no es la divinidad, sino Jesucristo!

Muchos escritores del siglo XVII trataron este tema. Era la búsqueda del amor a Dios en toda su pureza sin ningún interés personal, ni por el cielo ni por miedo al infierno. De tal manera que si un alma supiera que Dios quería —por un imposible— que se condenara, el alma lo aceptaría gustosa por agradar a Dios.

Un siglo antes estas ideas habían conmovido a España, lle­gando a la exageración —condenada— de los alumbrados, que defendían que, si el místico está poseído de Dios, ya no peca, aunque haga las mayores aberraciones sexuales. En el siglo XVII se discutirán en Francia hasta su condenación en la faceta quietista. Y este es el motivo por el que, desde la muerte de santa Luisa la mística es mirada con recelo y la mujer mística es con­siderada sospechosa. De ahí que Gobillon borrara de los escritos de santa Luisa todo signo de misticismo y recompusiera sus meditaciones.

¿De dónde le vino a santa Luisa hacer del puro amor el obje­to de su oración e inculcárselo a las Hermanas? ¿De ella misma, de la plenitud de su amor? ¿De San Francisco de Sales? San Francisco de Sales manifiesta «que si, imaginándose un imposi­ble, supiera que su condenación era un poco más agradable a Dios que su salvación, dejaría su salvación y correría a su con­denación». Luisa leyó frecuentemente el Tratado del Amor de Dios, en especial el libro IX.

Pudo haber escuchado algún sermón, como el sermón anóni­mo El amor de Magdalena, que hoy se atribuye a Bérulle. Tam­poco es difícil que leyera la obra del capuchino Lorenzo de París, El palacio del amor divino de Jesús y del alma cristiana (edicio­nes en 1603, 1614, 1622, 1626). También pone la aceptación del infierno si, por un imposible, Dios quisiera su condenación. Seguramente Luisa conocía a Lorenzo de París y no es difícil que alguna vez le abriera su corazón en el convento del arrabal de Saint-Honoré, cuando soñaba con ser capuchina. Hay muchas semejanzas en ideas y en frases, especialmente en la concepción del amor, del desprendimiento, del amor propio, en las divisio­nes de la voluntad.

La santa va escribiendo cuidadosamente los folios sobre el puro amor para dejárselos a sus hijas, llamadas por Dios a una perfección más alta que otras personas. Son fruto de varias meditaciones. Hace un esquema —que se conserva—y pone especial atención en su redacción punto por punto. Se apoya en Juan, 12, 28-34, y más concretamente en el v. 32: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». El estilo es moderado; no hay extremismos, no aparece la acep­tación del infierno si, por un imposible, fuera esa la voluntad de Dios. Para ella el Puro Amor se identifica con el desprendimien­to total de las criaturas y hasta de sí misma en cuatro pasos, recalcando la palabra «todo»:

«Demos, pues, el primer paso para seguirle que es el de decir con todo nuestro corazón: 1) yo lo quiero, amado Esposo, lo quiero así y para probártelo 2) te sigo hasta 3) el pie de la cruz que escojo por mi claustro… 4) A los pies, pues, de esta cruz santa y sagrada que yo adoro, es donde sacrifico todo lo que podría impedir la pureza del amor que Tú quieres de mí, sin que por ello pueda yo pretender jamás ningún gozo que no sea el estar sumisa a tu agrado [pero como si le diera miedo lo que acababa de escribir, añade] y a las leyes que la pureza de tu amor me propone».

Es un párrafo muy tenue. En el E 87 escribió algo parecido: «El amor que debemos tener a Dios ha de ser tan puro que no pretendamos en la recepción de sus gracias más especiales nada más que la gloria de su Hijo».

EL PURO AMOR FRUTO DE LA ORACIÓN MÍSTICA

Aunque el escrito empieza dirigiéndose a las Hijas de la Cari­dad como si fuera una pequeña explicación, está redactado como el fruto de una oración en la que ha experimentado la presencia del Puro Amor en la unión trinitaria, en la creación y en la encar­nación del Hijo. Había hecho un esquema que o bien en la ora­ción o bien al redactarlo no ha podido seguir, al ser arrebatada por la presencia divina. Todo el escrito es un monólogo dirigido a las tres Personas de la Trinidad.

Y no es la única vez que se extasía en la oración con el Puro Amor. Meditando sobre la sagrada comunión, había manifestado idénticos sentimientos, aunque los redactase de forma expositi­va: «Hemos de considerar qué motivo puede haber tenido Dios para esta acción tan admirable e incomprensible para los senti­dos humanos (la sagrada Comunión); y como no podremos encontrar otro que su puro amor; debemos, con actos de admira­ción, adoración y amor; dar gloria y honor a Dios en agradeci­miento de este invento amoroso para unirse a nosotros; unas veces preguntándole si no era ya bastante con haberse hecho hombre para ganar nuestro corazón por entero; otras, pidiéndo­le nos diga qué hay en nosotras que quiera Él hacer suyo a tan alto precio, para ofrecérselo».

Benito Martínez

CEME 2010

 

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