Santa Luisa de Marillac, ¿mística? (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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EL PORQUÉ DE ESTA CHARLA

Cuando me pidieron que hablara sobre la mística de santa Luisa de Marillac, por imposibilidad de Sor Elisabeth Charpy, pensé si el hablar de mística tendría interés para la gente de hoy día, inmersa en una crisis social, económica y laboral. ¿Qué solu­ción puede dar la mística a los problemas económicos y a la inmi­gración y al paro que está ocasionando la crisis mundial en una sociedad globalizada? Y más dudoso aún, cuando se me pide hablar sobre la mística que vivió una mujer de hace casi 400 años. Si por la mística parece que Dios se ha hecho hombre para que el hombre se divinice, venía decir Bérulle, ¿quién quiere divinizar­se en estos tiempos modernos? Lo que piden es humanizarse.

A pesar de todo, pienso que, aunque el nombre no lo sea, la realidad mística es de gran actualidad. Pongo por testigos las fra­ses de un teólogo jesuita, Rahner, cuando escribe que el cristia­no de mañana será místico o no será cristiano; y la de un escri­tor y filósofo, Malraux: El hombre del siglo XXI será religioso o no existirá. Más bien es una frase atribuida a Malraux poco antes de morir en 1976. Frase que matizó en una entrevista al semana­rio francés Le Point en 1975: Lo que yo digo es más incierto; yo digo que no excluyo la posibilidad de un acontecimiento espiri­tual a escala planetaria. Es decir, que Malraux soñaba con que todo el mundo fuera místico en el siglo XXI. Y si esta frase ha dado la vuelta al mundo y se ha repetido hasta la saciedad, ha sido porque muchos pensadores y ensayistas han venido rei­vindicando en el último cuarto del siglo XX la urgencia de un rearme espiritual.

Continuando con la preocupación de Malraux, otro francés, el político Jacques Delors en 1992 volvió a explicitar esta inquie­tud: «Si en los diez años que vienen no hemos conseguido dar un alma, una espiritualidad, un significado a Europa, habremos perdido la partida». Y en 1997 la Unión Europea reconoció, por fin, oficialmente el programa «dar un alma a Europa», «un alma para Europa, ética y espiritualidad».

Veo difícil que se cumpla la predicción de Rahner, el sueño de Malraux o el deseo de Delors, tal como está manifestándose la sociedad actual, pues la Iglesia que había modelado la vida per­sonal, familiar y social, y que formó un cristianismo, hoy se está desmoronando, hasta preguntarse J. Delumeau: «El cristianismo, ¿va a morir?», y Tillard: «Somos los últimos cristianos». El cris­tianismo ha perdido el lugar que ocupaba, y ya no dirige la socie­dad. Sin embargo, pienso que lo que desaparece es una forma de cristianismo, no el cristianismo. Y esta nueva forma de cristianis­mo, acaso sea la que proponía Rahner: que nosotros, los que vivimos ahora en el siglo XXI, o somos místicos o dejamos de ser cristianos. Místicos al estilo de los grandes místicos tradicio­nales en la Iglesia, como lo fueron santa Teresa de Jesús y santa Luisa de Marillac.

Pienso que ésta es una responsabilidad de los creyentes cris tianos, que tienen mucho que aportar a la asignatura pendiente de conciliar modernidad con espiritualidad. Y si esto es obligatorio para todos los cristianos, lo es mucho más para los que nos consideramos continuadores de san Vicente y de santa Luisa con la misión de construir una espiritualidad compartida que sea capa/ de traer el Reino de Dios a los pobres, un Reino de justicia y de paz, de convivencia y fraternidad, de respeto y solidaridad, empezando por implantarlo primero en el interior humano, y luego en la vida de los pobres.

Las Hijas de la Caridad recitan todos los días el comienzo de la famosa frase de san Juan de la Cruz: «A la tarde te examina­rán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado, y deja tu condición» (Dichos de luz y amor, n. 59). Es decir, que nos preguntarán qué ha hecho nuestro amor por los pobres. Per­mitidme, entonces, preguntar con toda crudeza y sin tapujos, qué estamos haciendo aquí, intentando reflexionar sobre la mística de santa Luisa de Marillac, cuando en España hay más de cuatro millones de parados que no tienen para vivir, y los sin papeles se esconden para que no se los devuelva al hambre y a la miseria o a la muerte. Y respondo que mucho, pues la mística de santa Luisa nos enseña que la unión sobrehumana que Dios hizo con ella se la dio gratuitamente por puro amor, y que este amor gra­tuito nos lleva a dárselo a los pobres, nos lleva a la denuncia pro­fética de injusticia ante el sufrimiento del inocente. De santa Luisa de Marillac podemos aprender la necesidad de vivir la mís­tica y la contemplación, como vitalidad y fuerza hasta llegar al «puro amor», y entregárselo a los pobres (E, 105), pues nadie puede dar amor si no lo tiene, nadie puede amar al pobre si antes no ha experimentado que Dios lo ama gratuitamente, simple­mente porque es pobre.

Tenemos que comprometernos con nuestra tierra y nuestra historia porque son las únicas que tenemos para vivir, y aquí tenemos que implantar el Reino de Dios. Más aún, todo santo es místico y todo místico es santo, pues en la mística se entra cuan­do se ha llegado a la santidad y la santidad es la unión con Dios por medio del amor a los pobres, nos dice Jesús y nos aclaran Santiago y Juan en sus cartas’. La mística nos lleva imparable­mente a sentir que Dios está presente en los pobres que forman parte de una sociedad que debemos transformar en un Reino de Dios. Con un lenguaje teológico diría que ser místicos nos hace experimentar a Dios en la realidad del mundo, contemplar su Reino en nuestra historia y descubrir la Historia de la Salvación en la única Historia humana. Y así, la verdadera mística nos compromete a una profunda responsabilidad. O sea, que al exa­minar la mística de santa Luisa comprendemos que cuanto más místicos seamos, seremos más proféticos y estaremos más com­prometidos con el servicio de los pobres.

CONTEMPLACIÓN MÍSTICA Y SERVICIO

Para asimilarlo debemos comenzar por no confundir vida contemplativa con oración contemplativa ni con mística. La vida contemplativa es un estado religioso en el que las personas que la abrazan dedican su vida a la oración contemplativa. Esta no es la vida de los seguidores de san Vicente que dedican su vida al servicio de los pobres. Pero también ellos dedican momentos de su vida diaria a la oración con la obligación de alcanzar la contemplación mística. Si la vida espiritual del cristiano se desarrolla en el seguimiento de Cristo y tanto más plenamente se vive el seguimiento cuanto más se identifica con la humanidad de Jesús, la humanidad de Jesús comienza su misión con las tentaciones, signo de los obstáculos que dificultan el servicio, y termina en la muerte y resurrección ciertamente, pero en mitad del camino sucede la transfiguración, presentada por los evangelistas como inseparable de la misión.

Durante un tiempo los tres apóstoles experimentan en el Tabor, aún con los sentidos, la presencia de la divinidad. Es esa oración que hoy llamamos contemplación mística, grado más que forma de oración, en la que la persona que ora experimenta la presencia de Dios y lo escucha, siendo ella pasiva y Dios el activo. Y a este grado de oración pueden llegar todos los bautiza dos, pues en el bautismo se nos dan la gracia justificante, las virtudes y el Espíritu Santo con sus dones. Si en la oración activa es el orante quien ejercita las virtudes de fe, esperanza y caridad para encontrarse con Dios, en la oración contemplativa o místi­ca es el Espíritu Santo el que las activa y se une al hombre por medio de los dones. Por eso la oración contemplativa es defini­da como pasiva y sobrehumana.

Santa Luisa no podía vivir siempre en la montaña. Acaso al principio seguía a Cristo con una mirada demasiado estrecha hacia ella, su hijo y su marido, y Dios la subió a la montaña y la introdujo en una nube oscura, donde experimentó con la fe la pre­sencia divina, pero tenía que descender de la montaña y mezclar­se con los problemas y situaciones reales de los pobres concretos para darles esperanza y soluciones comprometidas, como lo expe­rimentó en unos Ejercicios tres años antes de morir: «Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y esto ha penetrado en mi corazón de manera especial y muy íntima». La oración mística la comprometía con los pobres. Ante las angustias y necesidades de los pobres, Luisa, como Moisés, escucha lo que Dios le dice: veo y escucho los gritos de mi pue-No, vete y sácalos de la esclavitud, o lo que Jesús manda a los apóstoles después de la mística del Tabor: levantaos y bajemos de la montaña a donde viven los pobres con sus problemas.

El amor místico de la contemplación debe tomar posesión de la persona activa para que lo cultive en el servicio. La fe cristia­na entonces la llena de la esperanza de poder cumplir el manda­miento que nos legó Jesús antes de morir: «que os améis los unos a los otros, como yo os he amado». Porque el amor divino se expresa en el servicio a los pobres, como, tan sólo un cines antes de morir, escribía santa Luisa a una Hermana: Dígame «si mientras trabajan en el servicio exterior, su interior se ocupa, por amor de Nuestro Señor, en velar sobre sí mismas… Sin esto, sabe usted muy bien que las acciones exteriores, aun cuando sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios ni merecernos recompensa, puesto que no van unidas a las de Nuestro Señor que siempre trabaja con la mira puesta en Dios su Padre». No olvidemos que el Espíritu de Jesús introdujo a Luisa de Marillac en lo más alto de la contemplación mística yendo a visitar las Caridades de Asniéres y Saint-Cloud.

Benito Martínez

CEME 2010

 

 

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