Santa Luisa de Marillac, Evangelizadora

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Varios · Año publicación original: 1978 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1978.
Tiempo de lectura estimado:

«Id por el mundo entero y anunciad la Buena Nueva». Desde la venida de Cristo es la preocupación constante de los cristianos. La reciente exhorta­ción de Pablo VI sobre la Evangelización en el mundo moderno nos estimula y nos presenta las ideas fundamentales, adaptadas a nuestra época, para una mejor forma de servicio. Será interesante ver cómo Luisa de Marillac, en el siglo XVII, respondió a las exigencias de esta exhortación, por su testimonio de vida y por su anuncio explícito de la Buena Nueva.

1.- Testimonio de vida

Ante todo, Pablo VI nos recuerda que «el Evangelio ha de ser procla­mado por el propio testimonio» (n.° 21).

1. Testimonio silencioso (n.° 69)

Sabemos que la calidad exquisita de la vida de las primeras Hermanas tue tal porque Santa Luisa no se contentó con hablar, sino que empezó dando ejemplo:

a) Testimonio de pobreza (n.° 69).

Ya en tiempo de su matrimonio buscaba una cierta pobreza, un cierto desprendimiento. «Su porte y el tren de vida de la joven esposa contrastaban singularmente con la locura del momento». Y era un testimonio silencio­so: «Vestía con sencillez y bajo sus trajes llevaba el cilicio». No buscaba en absoluto su bienestar: «Sus horas libres las dedicaba a los desgraciados».

A los tres años de quedarse viuda empieza a visitar las «caridades»; nada le pertenece, todo es para los pobres: «Todos los gastos corren de su cuenta. Ella se limita a lo estrictamente necesario, a fin de poder disponer de lo más posible en favor de los pobres.»

Luisa comprendió que para dar testimonio de Jesucristo es preciso este espíritu de pobreza; por eso tuvo la preocupación de que se perpetuara en la Compañía; a San Vicente le señala la importancia de que las reglas obli guen siempre a una vida pobre, sencilla y humilde…»

b) Testimonio de desprendimiento (n.° 69), desapego de sí mismos y renun­ciamiento (n.° 76).

Santa Luisa escribiendo a una Hermana Sirviente le dice que es necesario que esté muerta a sí misma, para cumplir bien su cargo.

Tampoco duda en decir a sus Hijas que es preciso hacer esfuerzos para ser buenas siervas: «Tenéis que pensar que vosotras estáis siempre someti­das a todos y que sois las últimas de todos, que no tenéis ningún poder…» porque sierva de los pobres quiere decir soportar una vida pura, mortifica­da: mucho trabajo material y poca satisfacción humana.

c) Testimonio de pureza y sencillez (n.° 69).

Santa Luisa traza a sus hijas el ideal sobrenatural de toda actividad: «No basta con ir y dar algo a los pobres, es necesario también tener un corazón bien depurado de todo interés y no dejar de trabajar en la mortificación de todos los sentidos y pasiones.»

Hace mucho hincapié en esto y en que la «Compañía se establezca con el fin de honrar a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que es la pureza misma».

En una de sus meditaciones Luisa nos muestra el sentido profundo de la pureza: «Este Dios, al nacer desconocido y desamparado de las criaturas, me descubre la pureza de su Amor, no exhibiéndose a los hombres y conten­tándose con hacer gustoso por ellos todo cuanto puede. De aquí debo apren­der a mantenerme oculta en Dios, con deseos de servirle, sin buscar jamás la aprobación de las criaturas ni mi satisfacción en su trato, contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para El (Escritos, p. 178).

d) Testimonio de abandono en la obediencia (n.° 59 y 76).

Luisa no se cansa de recomendar esto. A Sor Ana Hardemont le escribe: «¡Qué dichosa es, mi querida Hermana —y estoy segura de que usted lo pien­sa como yo— de no tener nada más que obedecer; tiene muchas ocasiones de hacer buenas prácticas de dulzura y sumisión, mortificando su propia voluntad, si es que todavía le queda!»

No solamente aconseja la obediencia, sino que Santa Luisa la vive. A San Vicente le escribe: «En esta obra espero siempre sus indicaciones para actuar por obediencia.»

e) Espíritu de humildad y de oración (n.° 76).

Aunque toma iniciativas, la actividad de Luisa tiene el sello de la humildad. Su discreción es todo humildad.

La conferencia sobre las virtudes de Luisa nos habla de su humildad ad­mirable. Una Hermana afirma que un día de Viernes Santo la vio besar los pies a todas las Hermanas y hacer el fregado. Además todas sus palabras estaban llenas de humildad.

Referente a su relación con Dios, una Hermana precisa que «la Señorita Le Gras tenía, en todas sus acciones, una viva presencia de Dios y que antes de hacer una advertencia a una Hermana elevaba siempre su corazón a Dios. En cuanto estaba sola se recogía en oración y siempre que se la abordaba tenía un rostro alegre…».

2. Animados por el amor (n.° 79).

a) Amor fraterno siempre creciente.

Apenas nace la pequeña Compañía se deja sentir la necesidad de una or­ganización menos fragmentaria; la unión de todas en comunidad, bajo la dirección de la Señorita Le Gras ofrece ventajas incontestables.

Para comprender mejor volvamos a leer este pasaje de su testamento:

Tened mucho cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándoos las unas a las otras para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor».

b) Respeto.

Para Santa Luisa se debe respeto a todo el mundo: «a los pobres, porque son nuestros amos, y a los ricos, porque nos proporcionan los medios de hacer el bien a los pobres».

El respeto a la persona está directamente unido al servicio: el servicio corporal ha de ir unido al servicio espiritual; con esta idea no tendremos ninguna dificultad en servirles, respetarles, aliviarles y no nos quejaremos de ellos nunca.

Santa Luisa se preocupa muchísimo de la calidad del servicio y da mu­chos detalles para que los pobres estén verdaderamente bien servidos y res­petados. Escuchémosla: «En lo que se refiere a vuestra conducta con los enfermos, exclama, que en manera alguna sea para salir del paso sino llena de afecto, hablándoles y sirviéndoles de corazón, informándoos de manera es­pecial de sus necesidades, hablándoles con dulzura y compasión, atendiendo todas sus necesidades sin mostraras demasiado importunas ni apresuradas».

c) Abnegación sin reserva.

La única preocupación de Luisa es que se sirva bien, por lo que no cesa de dar recomendaciones a sus Hijas: «tendrá cuidado, una vez que los enfer­mos se hayan acostado, de guardar sus ropas y su dinero si lo tienen; des­pués les dará un caldo lo más pronto que pueda».

Para Santa Luisa servir es algo más que una visita rápida u ocasional, acompañada de algunos cuidados, de tina palabrita amable y de un donativo en dinero o en especie: pues no significa nada dar si no se da uno a sí mis­mo al servir a los pobres y si no se emplean todos los momentos de la vida e incluso se arriesga ésta por amor a Dios.

En efecto, afrontan los más grandes riesgos para su salud y su propia vida (n.° 69).

Luisa se da tal manera, a pesar de su salud precaria, que un día le escribe San Vicente estas líneas: «Creo que usted hace demasiado; Nuestro Señor quiere que le sirvamos con cordura; y lo contrario se llama celo indiscreto.» En otra ocasión le aconseja: «ponga cuidado en conservar su salud por el amor de Nuestro Señor y sus pobres miembros y trate de no hacer dema­siado…».

3. Irradiar (n° 80).

Luisa, cuya ansiedad es bien conocida, encuentra el secreto de la alegría serena, en hacer las tareas más humildes para servir a los pobres. El despren­miento y el renunciamiento le permiten llegar a una alegría todavía más dimiento y el renunciamiento le permiten llegar a una alegría todavía más obediencia: «Qué dichosa es usted.» Y en otra ocasión: «La conversación durante el recreo ha de ser realmente alegre y cordial.» Se dice de ella que daba testimonio de alegría y de contento.

II- Anuncio esplícito de la Buena Nueva

La Buena Nueva proclamada por el testimonio de la vida deberá ser, pues, tarde o temprano proclamada por la Palabra de vida (n.° 22), porque:

«La fe nace por la predicación y la predicación se hace por la Palabra de Cristo» (Rom. 12, n.° 42).

El testimonio de la vida y el testimonio de la Palabra se completan. San Vicente no cesó de orientar a Santa Luisa en acción y en devoción hacia el Evangelio.

Por eso, Santa Luisa precisará bien:

«Será muy poco llevar las marmitas… si no se proponen a Jesucristo como objetivo de su ministerio» (Gobillon, tomo I, p. 59).

A) La elección de Dios y su acción

1. Hemos sido escogidos

a) El Señor confía a los apóstoles la misión de anunciar la Palabra. El los escogió, formó, constituyó y envió (n» 66).

No podemos comparar la formación que Cristo dio a sus apóstoles con la de Luisa a sus hijas, sin embargo resulta interesante ver su gran talento de educadora. Puso todo su interés en la formación de las Hermanas a fin de que sirvieran lo mejor posible en todos los terrenos; les explicaba, distri­buía responsabilidades, pero sobre todo les daba ejemplo, en particular de pobreza. Esta formación la daba directamente, personalmente, y también por correspondencia. Todo le parecía materia de enseñanza.

En cuanto al nacimiento de la pequeña Compañía, Luisa anotará: «Será preciso tener siempre presente nuestro modelo, esto es, la vida ejemplar de Cristo, pues hemos sido llamadas para imitarla no sólo como cristianas, sino como escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres.»

Que Dios ha elegido la Compañía es innegable. Cuántas veces dirá San Vicente —totalmente de acuerdo con Santa Luisa—: «ni yo ni la Señorita habíamos pensado en ella», y también: «de toda la eternidad, Dios os ha escogido…».

b) Hemos sido escogidos… a pesar de nuestra insuficiencia (núm. 68).

Nadie es perfecto. A pesar de nuestras faltas, de nuestras limitaciones, el Señor saca partido de nuestra pequeñez; San Vicente llegará a decir: «Oh, feliz culpa».

En sus cartas, Santa Luisa se acusaba de sus achaques, de su pereza. Y escribe así a una Hermana: «asómbrese de que Dios la ha elegido para que sea lo que es y prepararla así a adquirir todo el honor que no merece…».

Serán precisos diez años de formación en la escuela vicenciana —a partir de Pentecotés de 1623— para que Luisa esté preparada para emprender su gran obra creadora y reformadora.»

2.- Dios obra por el Espíritu

No habrá nunca posibilidad de evangelización sin la acción del Espíritu Santo. (n.° 75).

Luisa está totalmente inmersa en la presencia de Dios. Cada vez que tiene que tomar una decisión importante, reflexiona e invoca la asistencia del Es­píritu Santo.

En las. Reglas particulares para la Maestra de escuela, Luisa indicará con mucha insistencia: «que no se empiece la instrucción, ya sea sobre el cate­cismo, ya sobre las buenas costumbres, sin haber antes invocado la asistencia del Espíritu Santo».

3.- Somos servidores de su amor

Nuestra razón de ser es el amor a Dios y la presencia de, los pobres. Nues­tro servicio está estrechamente a ambas cosas. Luisa nos dice a donde conduce este impulso:

«Cuando la caridad se posesiona de nuestro corazón, nos hace buscar y desear la Gloria de Dios… Esta virtud nos encamina principalmente a amar la Voluntad de Dios sobre todas las cosas, anteponerla a nuestros intereses y a nuestra propia vida, y preferir perderlo todo antes que hacer algo que le desagrade. Esto es lo que nos pide, Dios cuando nos manda que le amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas.

B) Este anuncio abarca:

1. Al hombre entero (núm. 33)

a) Condiciones necesarias.

  • La Evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la inter­pelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre (n.° 29). Santa Luisa vive los problemas de su tiempo, por ejemplo, el de los niños expósitos. Es la primera que se da cuenta del desorden que reina en este campo y que informa a San Vicente. Está preocupada por las almas de esos niños, pero lo primero es darles de comer y buscarles cobijo. Ha comprendido del Evangelio que servir a los pobres aquí en la tierra, es servir a Cristo, y servirles corporalmente es un trabajo necesario, antes incluso, que anunciar explícitamente a Jesucristo.
  • La Evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no
    toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige (n.° 63). Luisa reconoce en cada persona, ya sean los niños expósitos, los ancianos, los galeotes, etc., al Hijo de Dios. Luisa ama a los niños como si los hubiera adoptado, o como si fueran sus propios hijos. Hay que adaptarse a cada ambiente: «de la religión se pasa a la familia y a la inversa; saben que las Hermanas están a su servicio y al de aquellos que les son queridos».
  • Atención: la evangelización corre el riesgo de perder su alma y desva­necerse, si se vacía o desvirtúa su contenido bajo pretexto de tradu­cirlo (n.° 63). En aquel tiempo, tal vez no existiera la dificultad de lenguaje que se conoce hoy día; quizá no fuera tan grande el desnivel, se situaba a otra escala. Y, sin embargo, Santa Luisa, aun con los galeotes, que no conocían nada de las verdades esenciales del Evangelio, sabe que tiene el deber de enseñarles. Y, en cuanto a las niñas de las escuelas, tiene la preocupación de formarlas para que sean verdaderas cristianas.
  • La Iglesia se esfuerza por insertar siempre la lucha cristiana por la liberación en el designio de salvación que ella misma anuncia (n.° 38). A ejemplo de San Vicente, Luisa comprende inmediatamente que es pre­ciso aunar la caridad con la instrucción a fin de que sea una educación total, es decir formación humana, intelectual y sobrenatural, porque todo ello constituye al hombre y, por consiguiente, nada puede descuidarse.

b) La catequesis (n.° 44)

La finalidad de Luisa no es lograr personas sabias, sino formar hombres y mujeres dignos de ese nombre. Naturalmente, dentro de la formación, la instrucción religiosa, la catequesis —que diríamos hoy— no ocupa el último lugar. Ilusa anima a las Hermanas a que reciban a las niñas, a quienes enseñarán a hacer medias de punto, pero principalmente el catecismo y la práctica de las virtudes; con la inquietud de instruir a las niñas en el temor y amor a Dios más que de enseñarles a hablar mucho de Dios».

— La formación de catequistas (n.» 76): el mundo exige a los evangeli­zadores que le hablen de un Dios a quien conozcan y traten familiar mente, como si estuvieran viviendo lo Invisible.

El propio San Vicente fue interpelado en su sacerdocio por aquel anciano de Gannes que se lamentaba de la ignorancia y de la falta de celo de los sacerdotes. Santa Luisa tuvo la constante preocupación de que sus Hijas se instruyeran bien para anunciar a Jesucristo: «Es muy necesario que las Hijas de la Caridad instruyan a los pobres en todo lo referente a la sal­vación; mas, para esto es preciso que ellas se formen bien antes de instruir a los demás».

Santa Luisa llega incluso a componer un catecismo muy dinámico que recuerda un poco los métodos modernos y activos de nuestros días.

Luisa no se contenta sólo con instruir a los niños, sino que extiende su campo de acción y forma catequistas, pensando en el futuro.

c) Los sacramentos (n.° 47)

Santa Luisa trabajó mucho con San Vicente en preparar a los galeotes para que recibieran los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía y en ayu­darles a soportar cristianamente las penas del viaje.

A las Hijas de la Caridad del Hótel-Dieu, les da el siguiente aviso: «Pro­curen preparar lo antes posible a los enfermos a que hagan una confesión general».

En la Conferencia sobre Santa Luisa, las Hermanas hacen notar que «te­nía una gran devoción a la sagrada Comunión».

d) Contacto personal (n.» 46).

Luisa advierte, por ejemplo, que las Damas de Sannois, se dispensan de su obligación con toda facilidad y se la dejan a otro cualquiera, y anota en un informe: «es un abuso que hay que corregir, porque es alejarse del verdadero servicio de los pobres».

Aquí se ve claramente, la exigencia y la calidad del servicio que se pide. El hombre, cualquiera que sea su condición, y más, si es pobre, es «todo», por tanto, ha de hacerse todo lo posible para servirle dignamente.

e) El mundo exige caridad para todos, especialmente hacia los pequeños y los pobres (n.° 76).

Entre las niñas, Luisa escoge a las tímidas, las vergonzosas, las pobres. Y estimula a sus Hijas para que reciban siempre bien a las niñas pobres.

Incluso «los ricos» saben que las Hijas de la Caridad son para los pobres y las reclaman para que los sirvan en sus dominios.

El 29 de mayo de 1641, la pequeña Compañía, recibe la autorización soli­citada para abrir unas escuelitas, pero sólo para los pobres.

2. Abarca a todos los hombres, Iglesia universal, sin límites ni fronteras (n.° 61).

Revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no los conocen (n.° 51)

Los pobres desprovistos de toda instrucción no conocen a Jesucristo y, a éstos precisamente es a los que Luisa ha querido servir, a ellos ha querido anunciar a Jesucristo preferentemente.

Llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad (n.° 18).

Luisa de noble condición, se volvió hacia los más desfavorecidos, sin des­deñar en absoluto a los ricos, porque éstos pueden ayudar a los pobres y, al mismo tiempo, sus buenas acciones son para ellos fuente de salvación.

Y entre los pobres, Luisa sirvió con el mismo amor a todos: a los niños expósitos, a los galeotes, a los ancianos y a los alienados…

c) Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (n.° 49).

Desde los comienzos, las Hijas de la Caridad, irradiaron su campo de acción más allá de París, como fue hasta Polonia y más tarde hasta Mada­gascar, etc.

3. Este anuncio de Cristo se vive en Iglesia

a) Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profun­damente eclesial (n.° 60).

San Vicente y Santa Luisa no pensaron nunca en hacer «un trabajo pro­piamente suyo», sino en trabajar por el bien de los pobres, en estrecha co­laboración con los laicos y con la Iglesia local y dependiendo de la Iglesia en general. Ambos tuvieron la inquietud de hacer que se reconociese la pe­queña Compañía como entidad eclesial.

b) Cuanto más sólidos son los vínculos con la Iglesia — tanto más evange­lizadora será la acción (n.» 64).

No solamente la unión hace la fuerza, sino que el Espíritu de Dios contri­buye muchísimo a lograrla e incluso es su origen y todo depende de Él. El Señor envió su Espíritu en el primer Pentecostes sobre su Iglesia y, cada uno de nosotros, como miembro de la Iglesia, lo recibe. Santa Luisa conoció am­pliamente esta dimensión eclesial. Y, obrando como hija de la Iglesia, es como sirvió y evangelizó a los pobres.

Conclusión

Podríamos llamar a nuestros Fundadores los «pioneros de la caridad» del siglo xvii, por la manera que tuvieron de llevar a cabo su obra. No actua­ron solos, supieron colaborar con los seglares de modo extraordinario, y, en este aspecto, en el que actualmente se hacen tantos esfuerzos, nos lleva­ron la delantera.

Dos expresiones podrían resumir sus «elementos de acción»: «se arries­garon»: su caridad, su amor por los pobres los hizo audaces, superando así los prejuicios del siglo.

Por otra parte, «tuvieron una gran confianza». San Vicente insistirá mu­chísimo y Santa Luisa dirá más de una vez: «la Divina Providencia no nos fallará nunca y la experiencia descubrirá sus orientaciones».

(Los números remiten a la Exhortación Apostólica sobre la Evangelización).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.