Santa Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juana Elizondo, H.C. · Año publicación original: 2002 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Marzo es uno de los meses del año en que celebramos fiestas muy signi­ficativas para la Compañía, como son Santa Luisa, San José y la Encarnación, aunque este año ésta última y por lo tanto la Renovación tendrá lugar el 8 de Abril, día en el que casi la totalidad de la Iglesia universal honrará a María en el Misterio de la Anunciación.

Hoy, casi la víspera de la festividad de Santa Luisa, me agrada compartir con ustedes algunas de mis reflexiones sobre su extraordinaria vida y acción. Siem­pre nos consideramos en deuda con ella, aunque espero que cada Hija de la Caridad conoce lo imprescindible que se debe saber de su madre Fundadora. En este sentido me consuela ver el esfuerzo que están haciendo varias Provincias para traducir sus Escritos y ponerlos a disposición de las Hermanas.

Los datos biográficos de Luisa de Marillac son, al mismo tiempo que extraor­dinarios, desconcertantes a primera vista.

Nace de una gran familia de Auvernia, cuyos miembros ocuparon puestos importantes en el gobierno de la nación y en el ejército. Su nacimiento tuvo lugar probablemente en París el 12 de Agosto de 1591. Conocemos el nombre de su padre, Luis de Marillac, pero ni Luisa ni la posteridad conocemos a su madre, por lo tanto, de niña, se vio privada del afecto maternal y del calor de la familia, desde su nacimiento. Su padre, preocupado por la formación de Luisa, la lleva a los 3 años al Monasterio de Dominicas de Poissy, entre cuyas religiosas había una tía-abuela de Luisa. A pesar de que las religiosas la rodearan de cuidados y afecto, la niña se vio privada del cariño normal que debía proceder de su madre, en un periodo de su vida considerado por la psicología moderna como fundamental en la construcción del equilibrio afectivo de la persona, Luisa lucha­rá contra esta carencia toda su vida.

Las religiosas de Poissy estiman y quieren a la niña, aprecian su inteligencia y sus grandes dotes naturales y se esmeran por darle la formación y la educación que corresponde a su nivel social. Allí aprende letras, filosofía, pintura y, sobre todo, a conocer y a amar a Dios. Debido probablemente a dificultados financieras, a los 12 años debe salir del monasterio y es confiada a una especie de hogar donde recibe una formación práctica.

Siempre piadosa, y preocupada con su vida espiritual y con su enorme deseo de amar a Dios y seguir en todo su voluntad, hace voto de darse a Dios, voto que no puede cumplir por dificultades de salud. El Provincial de los Capuchinos, Padre Honorato de Champigny, a quien comunicó sus proyectos, le disuade de la idea de hacerse religiosa y le dice: «Dios tiene otros designios sobre usted».

Después, contrae matrimonio, más bien por razón social, con Antonio Le Gras, secretario de la Reina María de Médicis. Dios bendijo su matrimonio con un hijo, Miguel quien, al mismo tiempo que llenó al hogar de alegría, sería en el futuro causa de muchas angustias para Luisa. San Vicente la animará muchas veces a vivir esta situación con una serenidad mayor. Pronto se ve acosada de intran­quilidades y angustias por no haber cumplido su voto de «darse a Dios». ¿De­bería por ello dejar a su marido? Le domina, además, la duda sobre la inmor­talidad del alma y sobre su confesor. Todo ello la sume en un mar de angustias y en una noche oscura de la que no sabe cómo salir. Fue el día de Pentecostés de 1623 cuando, estando en San Nicolás de los Campos, recibe lo que ella llama la «Luz», que consistió en la certeza de que:

  • debía permanecer junto a su marido;
  • se encontraría un día en una comunidad donde habría «idas y venidas» (lo que le preocupa mucho porque en la época sólo existían comunidades claus­tradas);
  • Dios le daría el Director de conciencia que necesitaba (Vicente de Paúl).

Mientras tanto debía permanecer en paz porque Dios era el autor de toda esta comunicación.

Como consecuencia de todas estas revelaciones, desaparecieron sus dudas sobre la inmortalidad del alma.

Antonio Le Gras muere el 21 de Diciembre de 1625. Mientras tanto, Luisa se encuentra con Vicente de Paúl quien toma a su cargo su dirección espiritual. Le ayuda a superar todas sus angustias y dificultades espirituales orientándola sobre todo al servicio de los Pobres, que él había comenzado ya con las Cofradías de la Caridad de Chatillon-les-Dombes en 1617. Luisa se irá compro­metiendo cada vez más en estas cofradías.

Una gran relación espiritual, afectiva y apostólica se establece entre los dos futuros santos, dos personas que se han encontrado por designio de Dios, quien los va a utilizar para llevar a cabo una de las obras más hermosas de la Iglesia de Dios.

A las Cofradías de la Caridad siguen las Damas, la caridad se organiza. Pero estas últimas, aunque llenas de buena voluntad y con posibilidades económicas, no pueden dedicarse personalmente al servicio de los pobres puesto que se lo impiden sus deberes familiares y sus compromisos sociales. El servicio lo des­empeñan a través de sus criadas. Vicente de Paúl no está satisfecho puesto que desea que el servicio sea prestado por personas totalmente entregadas a Dios y completamente liberadas para ello. Dios lleva adelante su designio y le presenta a Margarita Naseau, pastora de Suresnes, que justamente siente en sí el deseo de darse a Dios para el servicio de los pobres, del que había oído hablar a Vicente de Paúl en una misión. Era el prototipo de la persona que podía darse sin restric­ciones de ningún tipo al servicio de los pobres necesitados. De ahí que nuestro Fundador dijera de ella «que tuvo la felicidad de mostrar el camino a las otras», aunque ella misma murió pronto, contagiada por atender a una enferma atacada de la peste. Fueron apareciendo otras jóvenes que expresaban los mismos de­seos que Margarita. Estas jóvenes necesitan ser formadas en la mística y prácti­ca del servicio. Y aquí vuelve a funcionar el ojo psicológico de Vicente: ¿quién mejor que Mademoiselle Le Gras podía cumplir esta misión? Así tenemos a Luisa convertida en la primera formadora de las Hijas de la Caridad.

También aquí tenemos derecho a imaginar que no fue fácil para ella ajustar sus conocimientos y su educación a unas jóvenes, en su mayor parte campe­sinas, y con una formación rudimentaria, pero Luisa está acostumbrada a vencer obstáculos de todo tipo y se dedica abnegadamente y con alegría a la formación de aquellas primeras jóvenes que deseaban darse a Dios para el servicio de los pobres, viviendo juntas su ideal, en espíritu de humildad, sencillez y caridad.

Llueven las peticiones solicitando los servicios de la Compañía naciente. Las Hermanas se encargan de las tareas más humildes y sencillas, cosa no vista hasta el momento, puesto que las religiosas no salían de sus conventos.

Luisa sigue su ruta bajo la orientación de San Vicente que conoce y aprecia sus grandes capacidades, a pesar de los obstáculos que se presentan en su caminar.

Las grandes obras que empiezan ambos Fundadores: las Cofradías, las Damas, las Hijas de la Caridad, van tomando cuerpo y consolidándose hasta que obtienen los reconocimientos eclesiásticos y civiles necesarios para funcionar con la debida libertad y seguridad.

La Compañía de las Hijas de la Caridad obtiene la aprobación del Arzobis­pado de París en 1646, aprobación que será renovada en 1655 y que colocará la Compañía bajo la dirección de San Vicente y de sus sucesores.

La cruz se presenta en cada etapa de la vida de Luisa y, a través de ella, se une cada vez más a la voluntad de Dios. Ella misma escribirá: «…Dios me ha concedido la (gracia) de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a El por la cruz, que su bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento… no habiéndome dejado casi nunca en toda edad sin ocasiones de sufrimiento». Luisa se une sobre todo a Jesucristo Crucificado, de ahí la divisa que da a sus Hermanas y que la Compañía ha aceptado como suya a través de los siglos: «La Caridad de Cristo Crucificado nos urge». De esta manera sale victoriosa de las pruebas que la vida le presenta y que expresa en esta magnífica fórmula: «Amar y sufrir es una misma cosa». Y expresa los mismos deseos para sus hermanas: «Ruego a nuestro amado Jesús crucificado que nos sujete fuertemente a su cruz, para que unidas estrechamente a Él en su santo amor, nuestros pequeños sufrimientos y lo poco que hagamos lo sean con amor y por su amor…» .

Hemos hecho un ligero recorrido de su vida que nos ha mostrado cómo toda ella está jalonada de obstáculos y tropiezos. ¿Quién hubiera dicho que las Hijas de la Caridad serían fundadas por una niña abandonada desde su nacimiento, Luisa de Marillac y por un pastor de las Landas, Vicente de Paúl?

Si hacemos el balance de la vida de Luisa, el resultado es:

  • una infancia abandonada, carente del afecto de su madre y del calor de un hogar;
  • como adolescente, recibió una educación que no correspondía a su rango social;
  • viuda, tuvo que asumir sola la responsabilidad de criar y formar a su hijo, en medio de no pocas dificultades económicas;
  • su hijo Miguel fue causa de muchos sinsabores y angustias para (ella) su madre;
  • la salud de Luisa se resintió a lo largo de toda su vida y le creó no pocas limitaciones;
  • su psicología, dañada desde el comienzo de su vida, perfeccionista y excesiva­mente exigente para sí misma, la sumía en un cúmulo de angustias;
  • su vida espiritual, a imagen de su psicología, también la llevó por derroteros angustiosos hasta que encontró a Vicente de Paúl.

A pesar de todo este elenco de dificultades, Luisa luchó, gracias a su Fe, Esperanza y Caridad en Dios, así como a su humildad que le llevó a pedir consejo y ayuda a quienes le podían orientar.

El remedio eficaz que el Señor Vicente encontró para los males de Luisa fue orientarla al servicio de los pobres y a la formación y acompañamiento de las personas que deseaban dedicarse a ello. En los pobres iba a encontrar al Dios que tanto anhelaba y en el servicio a los pobres estaba segura de cumplir la Voluntad divina, cosa que tan ardientemente deseaba.

Vicente de Paúl descubre la extraordinaria personalidad de Luisa en medio de las dudas y angustias que la abruman y busca, como hemos dicho ya, el modo de ayudarle a convertir todos esos aspectos, que podrían considerarse negativos, en auténticos talentos que, bien explotados, darán lugar a cualida­des excelentes que Luisa supo emplear en el servicio de las primeras Hermanas y de los pobres. Así:

  • No es osadía pensar que las carencias afectivas de su niñez y de su juven­tud desarrollaron en ella su gran amor y preocupación por la infancia abandonada, por la que hizo todo cuanto pudo, sea personalmente sea a través de las Damas y de las primeras Hermanas.
  • Sus sufrimientos físicos, psíquicos y espirituales despertaron en ella una sensibilidad especial hacia cuantos sufrían de estos mismos males, de manera particular para con las Hermanas. Vemos claramente reflejada esta cualidad en su correspondencia con ellas. En sus cartas anima, estimula, orienta, manteniendo un magnífico equilibrio entre la bondad y la firmeza. En dichas cartas desciende a detalles muy humanos y muestra una comprensión y tolerancia que pueden proceder de su propia experiencia. A Sor Cecilia Angiboust, Hermana Sirviente en Angers, le escribe: «Estoy muy preocupada por la enfermedad de Sor Magdalena, por la que tengo la seguridad de que hace usted cuanto puede». «Le ruego, querida Hermana, consuele a Sor Petra en sus dolencias».

Consciente de que las penas, las preocupaciones, el desaliento, etc. pueden tener una influencia en la salud, le dice en otra ocasión: «Le ruego… consuele (a las Hermanas) en las penas que puedan tener… el principal (remedio) es compartir sus aflicciones…».

A dos Hermanas que habían vivido momentos difíciles les invita a ver en ellos una señal del amor de Dios: «… las he compadecido en todas las penas y dificultades que sé que han tenido. Esto es para usted, querida Hermana, una señal del amor que Nuestro Señor le tiene, ya que la ha escogido para que le honre usted en sus sufrimientos».

Se muestra excepcionalmente comprensiva con Margarita Chétif sometida con frecuencia a penas y dificultades interiores: «Nuestro Señor le habrá hecho gustar la suavidad que las almas llenas de su santo amor experimen­tan en medio de los sufrimientos y angustias de esta vida. Si así no fuera y se hallara usted todavía en el Calvario, tenga por cierto que Jesús Crucifi­cado se complace en verla allí retirada, y si tiene valor suficiente para querer permanecer en tal lugar, como Él mismo hizo por amor de usted, puede estar segura de que su salida será gloriosa…».

• El sentido práctico de las cuestiones ordinarias pudo proceder de la educa­ción realista, propia de las personas de condición humilde, como la que recibió Luisa a pesar de su rango social elevado. El hecho de haber pasado por los distintos estados de vida: soltera, casada, viuda, le da una experien­cia que le ayuda a comprender mejor las distintas situaciones que se pueden producir en ellos. Luisa lo aprovecha todo para ayudar a quienes se presentan a su paso.

En la Señorita Le Gras encontramos un extraordinario modelo de supera­ción de las dificultades de todo orden. Su confianza en el amor de Dios, su perseverancia en la lucha con el apoyo de las personas que la acompañaron, le permitieron construir el equilibrio necesario para las grandes obras a las que Dios la tenía destinada.

Santa Luisa es una ilustración magnífica del Evangelio, que nos asegura que Dios «revela su Voluntad a los humildes y la oculta a los soberbios». O como dice San Pablo: «Dios elige al más débil para confundir al más fuerte»; Así Luisa es modelo de superación para los momentos difíciles que aparecen en toda vida, modelo para cuantos tienen que cargar con la dura cruz de una deficiencia física, psíquica o espiritual. Nunca está nada perdido. Dios que permite la cruz se encargará de enviar el cirineo correspondiente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *