Santa Catalina Labouré: La Santa del Silencio

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juana Elizondo, H.C. · Año publicación original: 1997 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Merece la pena que hagamos algunas consideraciones sobre el silencio, que tiene sus aspectos positivos y negativos, aunque en el caso de santa Catalina, al conocer su vida, descubrimos inmediatamente que su silencio es a la vez fruto y protección de su gran humildad. Nunca habló, con el fin de atraer la atención o la admiración de los demás, de las grandes y extraordinarias gracias que había recibido del Señor. Es más, «nunca hablaba de sí misma —dirá uno de los tes­tigos interrogado para la causa de su beatificación, más bien permanecía silen­ciosa» (Sor de La Haye Saint Hilaire, 6 de julio de 1909).

Más de una vez, sor Catalina respondió con el silencio acompañado de una sonrisa, a las Hermanas que se dirigían a ella con palabras de cierto desprecio. Sor Gil Moreno de Mora dirá el 5 de julio de 1909: «Una de sus compañeras la trataba de tonta y de boba. Ella no respondía una palabra y se contentaba con sonreír». Este silencio refleja de nuevo la gran humildad y caridad de nuestra Hermana.

El silencio de santa Catalina no es ni indiferencia, ni mutismo, ni hermetismo. Aunque de natural más bien frío y quizá poco comunicativa por los muchos acon­tecimientos dolorosos vividos desde su infancia, en ningún momento utilizó el silencio como evasión o escape de la comunicación con los demás y menos aún como expresión de amargura o mal humor. No faltó quién la acusó de abandonar el recreo para ir a la capilla. Los testigos del proceso rectifican esta afirmación: «Acudía a ellos regularmente menos cuando un anciano enfermo precisaba sus cuidados» (Vida de Catalina Labouré —Pruebas— R. Laurentin, pág. 505, n.° 1299, Sor Maurel, 21 de julio de 1909).

Lo que sí es cierto es que Catalina tenía un elevado concepto del silencio como medio apropiado para hacer buen uso de otro don importante que es la palabra. El silencio permite la utilización de la palabra en todo su valor, evita su uso inútil y, sobre todo, impide que se la utilice como arma ofensiva y destructora contra Dios y contra el prójimo.

El silencio dispone para hablar a tiempo y de modo apropiado. El pensamiento elaborado en el silencio da densidad y valor a la palabra que lo expresa. Catalina conoce bien la doctrina de su Fundador san Vicente, sobre este punto:

«El silencio atrae, tanto sobre las comunidades como sobre los particulares, abun­dancia de gracias y de bendiciones, puesto que guardar el silencio no es otra cosa que escuchar a Dios…». San Vicente considera que es una gran sabi­duría «hablar oportunamente, es lo que hizo Nuestro Señor cuando aprovechó la ocasión en que la samaritana sacaba el agua para hablarle de la gracia». Y exclama el santo: «¡Quién nos diera este don de «hablar oportunamente»» (Síg. XI/4, 787).

Nuestra Hermana sor Catalina supo callar a tiempo y hablar a tiempo. Tanto su silencio como su palabra no pretendían más que el cumplimiento de la voluntad de Dios y la caridad para con el prójimo. Gracias a su silencio, sus palabras eran más apropiadas, más densas de contenido y ofrecían más confianza.

«Hablaba muy poco, dice uno de los testigos, pero lo hacía siempre muy bien. Cada palabra que decía era oportuna [para] elevar hacia Dios y dar ánimo» (Sor Cosnard, 9 de julio de 1909).

«No era expansiva, hablaba poco. ¿Se le pedía consejo? Lo daba, sencillamen­te, en pocas palabras y siempre con mucho acierto. Era el Espíritu de Dios el que hablaba por ella» (Sor Tanguy, 2 de junio de 1909).

Para santa Catalina el silencio es, ante todo, el clima donde cultiva su gran unión con el Señor, unión que reflejaban toda su persona y actitudes. «Yo estaba impresionada del espíritu de silencio y de recogimiento de sor Catalina —dirá sor Mauche en su testimonio del 2 de julio de 1909—. Su unión a Dios se reflejaba tan bien sobre su rostro que, al mirarla, yo no cesaba de envidiarla».

Santa Catalina hace eco en su vida a la afirmación de san Vicente: «…el silencio sirve para hablar con Dios: en el silencio es donde El comunica sus gracias» (S. V., Conf. 1 de agosto de 1655 – C. E. n.° 1344).

Asimismo, nuestra santa hizo ya realidad en su vida lo que nos recomiendan nuestras Constituciones: «Para favorecer la intimidad de cada una de las Herma­nas con Dios y respetar en todas una indispensable recuperación interior, es necesario prever tiempos de silencio. Clima de Dios, el silencio, aceptado de común acuerdo, prepara los momentos de mayor riqueza en el plano espiritual» (C. 2,14). Entre estos momentos, merecen mención especial el retiro mensual y los ejercicios espirituales.

Su santidad de vida y, sobre todo, su humildad y su caridad extraordinarias con el prójimo, especialmente con los ancianos a quienes cuidaba, sólo pueden tener explicación en una vida profundamente enraizada en Dios.

El silencio predispone fácilmente para la escucha. Prepara el clima propicio no sólo para escuchar a Dios, sino también al hermano necesitado. Sus dos horas de conversación con María, la noche del 18 al 19 de julio, la prepararon sin duda para este importante servicio de la escucha. Allí aprendió a la vez el valor del silencio, de la escucha y de la palabra.

Sor Catalina no vaciló en romper el silencio y hacer uso de la palabra cuando la Voluntad de Dios y el mensaje recibido de María lo exigieron. Habló, e insistió incluso, ante las personas que podían realizar el contenido del encargo recibido.

Como lo recordó Su Santidad Pío XII en la homilía de la misa de su canoniza­ción, «el caso de santa Catalina no fue como el de otras místicas, como Angela de Foligno o Magdalena de Pazzi, que guardaron en su corazón las comunicacio­nes sobrenaturales íntimas de que fueron objeto. Santa Catalina recibió un men­saje que había de transmitir y cumplir: despertar el fervor enfriado en la doble Compañía del Santo de la Caridad; sumergir el mundo bajo el diluvio de peque­ñas medallas portadoras de todas las misericordias espirituales y corporales de la Inmaculada; suscitar una Asociación piadosa de Hijas de María para la salvaguar­da y santificación de las jóvenes» (Ecos de la Casa Madre, septiembre de 1947, pág. 118).

Hasta el fin de su vida padeció el martirio de no ser atendida su petición de ejecutar la estatua del globo tan solicitada por María. Pero no cesó de hablar hasta que la logró, aun reconociendo que no correspondía a la belleza que había con­templado en las apariciones.

Sus confidencias le proporcionaron más de un disgusto, puesto que no siem­pre se le dio crédito ni se respondió a tiempo a lo que solicitaba, pero, a pesar de ello, la vidente, venciendo su timidez, habló cuantas veces hizo falta para llevar adelante el encargo recibido. Además no se contentó con hablar a sus contem­poráneos sino que, a pesar de su poca cultura y sus deficientes estilo y ortografía, dejó por escrito para la posteridad el relato de las manifestaciones de María. En él, ni palabras inútiles, ni preocupaciones de estilo, ni complejos por no saber expresarse correctamente. No se busca a sí misma, ni la gloria humana que pudiera proceder de los privilegios de que es objeto; sólo le mueve la misión confiada por la Madre de Dios.

En nuestra Hermana, el silencio y la palabra bien comprendidos y utiliza­dos se enriquecen mutuamente. El silencio engrandece la palabra y la palabra apropiada, empleada a su debido tiempo, justifica y da valor al silencio en cuyo seno se ha elaborado. Ni el silencio hubiera tenido tanto sentido si no hubiera servido como laboratorio de la palabra, ni ésta hubiera sido tan significativa y densa de contenido si no hubiera sido elaborada en el silencio y enmarcada en él.

En santa Catalina, tanto su silencio como sus palabras, hablan, crean interro­gantes, transmiten mensajes. Tanto más cuanto que todo ello está avalado con su compostura externa y su comportamiento.

Asimismo, nuestra Hermana pone al servicio de la caridad con el prójimo tanto su silencio como sus palabras. Los ancianos a ella confiados, en quienes descu­bre a Dios, encontrarán en sor Catalina comprensión, atención y disculpa. Su comportamiento con los que abusan de la bebida es considerado demasiado «indulgente». Una de sus compañeras de Comunidad, sor Charvier, al igual que varios testimonios del proceso de beatificación, nos dice: «Indulgente con sus ancianos, los reprendía cuando alguno de ellos volvía bebido a casa. Nosotras le decíamos: «¿por qué no le reprende con más fuerza?» Ella respondía: «no le puedo reprender con más fuerza. Veo a Nuestro Señor en él»».

Quedaban descartadas la palabra que acusa o las expresiones de impaciencia y crítica.

El silencio es también para sor Catalina un medio de defensa contra la utiliza­ción indebida del don de la palabra, sea transformándolo en discurso superficial e inútil que, en cierta manera, es una profanación de este maravilloso instrumento de comunicación, sea empleándolo como arma ofensiva que hiere al prójimo directamente o criticando su comportamiento. La heroicidad de sus virtudes de­muestra que nuestra santa fue fiel a las orientaciones recibidas de nuestros Fun­dadores con relación a la caridad fraterna, que fácilmente se rompe con la palabra mal utilizada:

«Se guardarán bien en sus conversaciones de ocuparse de los defectos del prójimo, y mucho menos de sus Hermanas… y como el silencio es el medio más eficaz para evitar, no sólo una multitud de faltas contra la caridad que se cometen con la lengua, sino también otros muchos pecados que resultan del mucho hablar, según el testimonio de la Sagrada Escritura, pondrán un especial cuidado en observarlo» (Reglas Comunes, cap. VI, artículos 3.° y 4.°).

No es difícil imaginar que sor Catalina encontró también en el silencio y en el recogimiento que éste le permitía, el espacio adecuado para el encuentro consigo misma y para la reflexión, necesario a todo ser humano. En el mundo del ruido y de la dispersión en que nos ha tocado vivir, faltos de estos espacios de reflexión, corremos el riesgo de caminar embalados por cuanto nos rodea y arras­tra, sin conciencia clara de a dónde vamos y de cuáles son las influencias de todo ello sobre nuestra persona y comportamientos e incluso sobre nuestra liber­tad. Bajo capa de ésta, caemos en la mayor de las esclavitudes, porque ni la inteligencia ni la voluntad ejercen todas sus capacidades. Aceptamos como bueno lo que el sistema y la moda reinantes nos ofrecen, sin tomar tiempo, ni procurar­nos el espacio apropiado de silencio y de reflexión necesarios para —a la luz de criterios evangélicos, de las enseñanzas de la Iglesia y los compromisos propios de un miembro de la Compañía— hacer un examen serio de cuanto nos acon­tece.

Aprovechemos este año conmemorativo del reconocimiento de la santidad de sor Catalina, para percibir el papel preponderante que el silencio tuvo en su vida, como:

  • clima de encuentro con Dios,
  • posibilidad de escucha del prójimo,
  • medio adecuado para fertilizar la palabra y darle mayor densidad, y como
  • espacio que permite un encuentro consigo mismo y la reflexión nece­saria para vivir cada uno de los instantes y acontecimientos de nuestra vida y, sobre todo, nuestra libertad y nuestros compromisos, en plenitud, a través de un análisis crítico de los impactos positivos y negativos a los que esta­mos expuestos constantemente.

A María Inmaculada «totalmente abierta al Espíritu… ejemplo perfecto de los que escuchan la Palabra y la guardan» (C. 1,12), confiemos nuestro deseo de continuar, con fidelidad renovada, la Misión de Cristo entre nuestros hermanos necesitados.

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