San Vicente y la obra de los galeotes (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. ACERCAMIENTO CON MIRADA COMPASIVA DEL CORAZÓN

Hay una semejanza clara entre la escena que nos describe el libro del Éxodo en la vocación de Moisés y la respuesta de Vicente de Paúl ante la situación de opresión e impiedad de los galeotes. El pueblo israelita vive sometido a trabajos forzados por los egipcios y era tratado de forma inhumana. Yavé lleno de compasión se compadece de su pueblo y llama a Moisés para liberarlos. Moisés se acercó, primero a Dios y seguidamente aceptó la misión de liberación confiada por Yavé. Lo mismo hizo Vicente de Paúl, tras su conversión en 1617. Como hiciera Moi­sés con el faraón, Vicente se vuelve al señor General de Galeras para pedirle humanización y trato digno para los galeotes. Así lo nana con sencillez y concisión Abelly:

«Viéndolos en semejante miseria, informó de todo al señor General de las Galeras y le recordó que aquella pobre gente le pertenecía, y que, en espera de que los llevaran a las galeras, correspondía a su caridad tener algún cuidado de ellos. Le propuso al mismo tiempo un medio para asistirlos corporal y espiritualmente, cosa que el virtuoso Señor lo apro­bó todo encantado y le concedió plena autoridad para realizarlo. Alqui­ló expresamente una casa en el barrio de Saint Honoré, cerca de la igle­sia de san Roque, para poder alojar allí a los pobres forzados bien custodiados. Y actuando con grandísima diligencia, logró que la casa estuviera lista para recibirlos el mismo año de 1622; y allí los llevaron de inmediato. Fue en ese lugar donde adquirió toda su grandeza la cari­dad del señor Vicente, testimoniando toda clase de buenos servicios a aquellos pobres abandonados: los visitaba muy a menudo, los instruía, los consolaba, los disponía para hacer una buena confesión general, les administraba los sacramentos. Y no contento con preocuparse de sus almas, atendía también al alivio de sus cuerpos, y hasta, a veces, se encerraba con ellos y allí permanecía para prestarles más atenciones, y darles más consuelos. Eso mismo hacía cuando se temían enfermedades contagiosas: el amor a aquellos pobres le hacía olvidarse de sí mismo, y de su propia conservación, para darse totalmente a ellos».

El movimiento de compasión que ardía en su corazón le llevó a moverse y actuar con grandísima diligencia, constata Abelly. Cuando se veía obligado a ausentarse por otros asuntos, encarga­ba de su cuidado a dos buenos y virtuosos sacerdotes: el señor Antonio Portail y el señor Belin, capellán de la casa de Gondi en Villepreux. Ambos vivían en el hospital de los forzados y allí celebraban la Santa Misa, para atender piadosamente a los forza­dos. «Al año siguiente, 1623, trasladaron las galeras de Marse­lla a Burdeos por causa de la guerra contra los hugonotes atrin­cherados en La Rochela. El señor Vicente emprendió un viaje a Guyena, con el fin de prestar en aquella provincia los mismos servicios ofrecidos en Marsella y París. Llegado a Burdeos, se puso de acuerdo con un grupo de religiosos de diferentes órde­nes; y una vez distribuidos y puestos a trabajar dos en cada galera, dieron una misión y prepararon a aquella pobre gente a reconciliarse con Dios por medio de una buena confesión gene­ral, y a someterse en todo a su voluntad, aceptando sus penas con paciencia y para satisfacción de sus pecados. El señor Vicente ganó a un turco para Dios y para la Iglesia, lo llevó a París y lo presentó al señor General, que lo recibió con gran contento». Le pusieron en el bautismo el nombre de Luis y llegó a ser un testigo firme de la Fe en Jesucristo.

La compasión de Vicente hacia los galeotes es eficaz y orga­nizada. Logra convencer al General para que los detenidos de París fueran trasladados a un edificio más habitable del faubourg Saint Honoré, cerca de la iglesia de san Roque, donde los presos empezaron a recibir comida más sana y abundante. A iniciativa suya, el obispo de París publicó un decreto en el que ordenaba a párrocos, vicarios y predicadores que exhortaran a los fieles a colaborar en el alivio de los condenados a galeras. Vicente siguió visitando las cárceles y desplegando su celo con predica­ciones misioneras que tuvieron gran éxito pastoral. Hubo con­versiones ruidosas, tanto más sinceras cuanto menos esperadas de poder recibir recompensa (liberación o alivio de la condena), que el predicador se guardaba bien de prometer.

En este ambiente se sitúa un hecho dudoso de veracidad his­tórica, según el cual Vicente habría ocupado por algún tiempo el puesto de un galeote, liberando a éste para que pudiera socorrer a su familia. El relato ha sido afirmado por diversos testigos en el proceso de beatificación, pero ha despertado siempre las dudas de sus biógrafos… El mismo Abelly, su primer narrador, deja ya entrever cierta vacilación. Collet se hace cargo de ella para combatirla vigorosamente. La controversia ha continuado des­pués hasta los tiempos del P. Pedro Coste, ya en el siglo XX. Tomado en su versión más radical, como ocupación efectiva del puesto del forzado y liberación de éste con la complicidad de los vigilantes inmediatos, la narración parece inverosímil. Entendi­da como un impulso repentino que lanzara a Vicente a sentarse en el banco de un galeote extenuado por el esfuerzo para ahorrar­le a éste unos cuantos latigazos, puede ofrecer visos de probabi­lidad. Así lo recoge el director del film Monsieur Vincent y así tienden a explicarla los biógrafos modernos, prendados de la belleza del rasgo, tan conforme, por lo demás, con la ardorosa caridad de Vicente.

Un escritor actual, Giorgio Nardone, psicólogo y terapeuta italiano, ha estudiado el efecto sanador que tiene la mirada com­pasiva. Su obra lleva por título: La mirada del corazón. Vicen­te de Paúl tiene esa mirada compasiva que acoge, cura y sana las heridas de tipo físico y moral. Su mirada compasiva y su palabra misericordiosa reta a otras personas a implicarse en favor de los pobres forzados:

  • En las misiones de Marsella y Burdeos implicó a muchos sacerdotes diocesanos y religiosos de diferentes Congre­gaciones.
  • Desde 1630 interesa a las Caridades en la visita a los pobres forzados y de manera especial implica a Luisa de Marillac y su amiga Isabel du Fay. Lo mismo hace con el párroco de san Nicolás de Chardonet como capellán de la Tournelle desde 1632.
  • En 1634 formaliza el convenio que define la responsabili­dad de la parroquia de san Nicolás de Chardonet sobre la prisión de los galeotes. San Vicente, respetuoso con las disposiciones legales, dispone el camino más conforme con ellas: el cuidado de los galeotes será competencia de un organismo parroquial, la cofradía de la Caridad.
  • En 1640 logró que la hija de Claudio Cornuel, antiguo intendente de Hacienda y presidente de la Cámara de Comercio, dejase a favor de la asistencia caritativa a los pobres forzados una renta de seis mil libras.
  • En la Conserjería encontramos dos de las primeras Hijas de la Caridad para preparar el caldo de los enfermos, así como los remedios oportunos. Y ellas serán las que atien­dan a los galeotes de la Tournelle.

Eran muchas las personas y asociaciones que se empezaron a preocupar por los galeotes. Los socios de la Compañía del San­tísimo Sacramento lucharon por suprimir los abusos más graves con los forzados, sobre todo la injusta prolongación de las con­denas. Además influyeron para que se mejorara el trato, a cuyo fin costeaban el sueldo de guardianes suplementarios para que los prisioneros pudieran pasear por el patio; pagaban caldos y medicinas, ya que la administración no les daba más que pan y agua, y pusieron a su disposición los servicios espirituales de un capellán. Esta última medida ofendió a los párrocos de la capi­tal, que se consideraban responsables de las prisiones situadas en sus feligresías. La cárcel de los galeotes pertenecía a San Nico­lás de Chardonnet, que tenía asignada expresamente la capella­nía de los forzados mediante ordenanza episcopal de 1634. Un sacerdote de la Congregación de la Misión era el encargado del servicio espiritual, los Hermanos de la disciplina y del servicio materia121. A partir de esta ordenanza, la Compañía del Santísi­mo Sacramento puso fin a sus actividades espirituales, pero no a la ayuda económica.

En 1643, existían en París seis grupos que se interesaban por los presos, alentados por el testimonio de Vicente de Paul:

  • La Congregación de Nuestra Señora, establecida en la Casa Profesa de los Padres Jesuitas.
  • Las Cofradías de la Caridad de las parroquias de san Nico­lás y san Roque
  • La Compañía del Santísimo Sacramento que trabajó mucho en mejoras la situación de las cárceles.
  • La Asociación creada para ocuparse de los presos que solamente cumplían penas por delitos de deudas contraí­das y no pagadas.
  • La Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad que ofrecían cuidados físicos y espirituales. El P. Luis Robiche, sacerdote de la C. M., murió en enero de 1643 como buen obrero de Jesucristo, mientras trabajaba en catequizar, predicar, confesar y consolar en las galeras de Marsella a los pobres forzados, especialmente a los que se encontraban enfermos.
  • Efectos más duraderos tuvo la iniciativa de san Vicente en favor de los galeotes de Marsella: la construcción de un hospital, iniciada enseguida bajo los auspicios del General de las galeras. Desgraciadamente, el proyecto quedó interrumpido muy pronto por falta de fondos y no volvió a reanudarse hasta veinticinco años más tarde23. San Vicente escogerá un sacerdote serio y dis­creto para los presos de Marsella, el P. Luis Robiche, nacido en Reuil-le-Ferté (Seine-et-Marne) que entró ya sacerdote en la Congregación de la Misión el 31 de octubre de 1643, a los 33 años, y murió en Marsella dos años después contagiado por los pobres forzados enfermos de las galeras.

El señor Vicente no era el capellán general que sólo ordena­ba y dirigía, iba por delante con su testimonio de servicio y entrega. Se ocupaba personalmente, siempre que podía, de los presos que dependían del Priorato de san Lázaro, muchos de ellos locos y «gentes de mala condición». Hay que tener presente que durante algún tiempo, a partir de 1637, se internaron allí tam­bién algunos sacerdotes vagabundos o escandalosos… por malas costumbres, libertinaje, alcoholismo o excesiva prodigalidad…; había entre ellos hijos de familias notables de Francia, en número de 50 a 60. Todos eran visitados y consolados por el santo.

Alentó y motivó a Luisa de Marillac para que iniciase la visi­ta a los galeotes desde su parroquia, san Nicolás de Chardonet: «La caridad con esos pobres forzados es de un mérito incompa­rable delante de Dios. Ha hecho bien en asistirles, y hará bien si lo sigue haciendo en la forma que pueda hasta que yo tenga la oportunidad de ir a verla, que será dentro de dos o tres días. Piense un poco si podría encargarse de ellos la caridad de san Nicolás, al menos por algún tiempo; usted les ayudará con el dinero que queda. Pero ¡qué se le va a hacer! Esto es difícil, y es lo que me hace lanzar a la aventura este pensamiento en su espíritu».

A la muerte de Sor Bárbara, una de las primeras empleadas en el cuidado y servicio de los galeotes, san Vicente destacó emo­cionado el temple de su espíritu en el servicio a los galeotes y escucha emocionado los testimonios de las Hermanas: «Yo viví en los galeotes con ella. Tenía mucha paciencia para soportar las dificultades con que allí se tropieza por causa del mal humor de aquellas personas. Pues, a pesar de que algunas veces se irri­taban con ella, hasta llegar a tirarle el caldo y la carne, dicién­dole todo lo que les sugería la impaciencia, ella lo sufría sin decir nada y lo volvía a recoger con mansedumbre, poniéndoles tan buena cara como si no le hubieran hecho ni dicho nada». «Y no solamente eso, sino que en cinco o seis ocasiones impidió que les pegaran los guardias». El fundador aprovecha la ocasión para motivar a las demás: «Hijas mías, como todas las que estáis aquí podéis ser llamadas a servir a esas pobres gentes, aprended de vuestra hermana la lección de cómo tenéis que portaron no solamente en los galeotes, sino en cualquier otro sitio; aprended de nuestra hermana cómo hay que soportar a los pobres con paciencia». Y efectivamente, el ejemplo de Bárbara había sido estimulador para todas.

CEME

Mª Ángeles Infante

 

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