INTRODUCCIÓN: EN LOS INFIERNOS FLOTANTES DE FRANCIA
A modo de introducción, recordaremos que el trabajo de forma forzada en las galeras fue una de las ocupaciones más antiguas de la historia. Está considerada como un suplicio y la peor de las condenas. Las galeras se impulsaban usando la fuerza muscular remando todos al mismo tiempo para que el esfuerzo fuera más efectivo. Uno de los cómitres marcaba el ritmo monótono con un tamborilete o con su voz, vigilaban a los forzados, los trataban a base de látigo y dirigían la boga y maniobras. Ante el advenimiento de una batalla, los galeotes eran amarrados a su puesto mediante cadenas y dormían a proa cuando eran reemplazados por otro grupo de remeros. Los enfermos y los conflictivos o heridos eran echados al mar sin miramientos.
Con razón alguna de las publicaciones sobre la vida de los galeotes en el siglo XVII lleva por título «El infierno flotante»‘. Realmente eran delincuentes y malhechores que purgaban con la prisión y trabajos forzados el delito cometido. Hagamos notar que el trabajo en las galeras era considerado estrictamente una pena masculina, ya que no existe documentación alguna que permita entrever que esta pena fuera aplicada a mujeres. Los galeotes eran generalmente reclusos sobrantes en las cárceles donde había mucho hacinamiento; unos eran malhechores profesionales, otros mendigos, algunos enemigos del gobierno y los menos, nobles caídos en desgracia ante el gobernante real o simplemente hombres reclutados para el trabajo forzado por motivos de guerra naval.
Su alimentación era mala y escasa, compuesta principalmente por el menú de la galleta: pequeña torta de pan, cocida dos veces para retrasar su fermentación. Estaba tan dura que los más veteranos esperaban con malsano alborozo el primer mordisco de los novatos, que en la mayoría de los casos les costaba un diente generalmente mal asentado. Recurrían para ablandarlo a remojarlo en el agua del mar, consiguiendo añadir a su escasa dieta un poco de cloruro sódico, sumamente necesario para el esfuerzo de los remos. Sólo en situaciones excepcionales les daban pan blanco. Una vez al día recibían una menestra ordinaria, compuesta con habas, judías o lentejas y muy raramente garbanzos, cocidos con un poco de aceite que se suprimía bajo cualquier pretexto. Raramente se ordenaba añadir vinagre e incluso un poco de vino en el que mojaban la galleta, disfrutándolo como un manjar que les permitía tomar aliento para remar más fuerte. En tiempos de san Vicente, los galeotes de las cárceles de Francia estaban desnudos y acostados sobre paja. La situación de impiedad era tan grande que fue denunciada en la literatura de la época, como la carta denunciada de Vargas Ponce, en 1680: Carta noticiando los inconvenientes que se siguen de dar arroz a los remeros.
Después de esta evocación histórica global, comenzamos nuestra reflexión con el recuerdo de las palabras de san Vicente en torno a los galeotes. Era el mes de octubre de 1655, ya al final de su vida. El Fundador explica a las Hermanas el fin de la Compañía y narra la historia de cómo han ido surgiendo los diversos servicios atendidos por las Hermanas. Por una parte lo atribuye a Dios Padre que complacido en ver cómo sirven a los pobres enfermos, les muestra los niños abandonados, después los galeotes, luego los refugiados de las guerras, más tarde los ancianos… Dios Padre, lleno de compasión hacia los pobres prisioneros, los confía al cuidado de las Hijas de la Caridad. En este contexto hace esta comunicación de fe y experiencia:
«¡Qué dicha, hermanas mías, servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tenían piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes tratadas como bestias; esto fue lo que hizo que Dios se llenara de compasión».
Él había iniciado sus visitas a los galeotes de París en 1618. En esta breve comunicación, san Vicente describe una realidad que conlleva siete fases de un mismo proceso: la obra caritativa y social de los galeotes. Sigamos, paso a paso, las fases con atención:
- Constatación de la situación de abandono de los pobres presos.
- Descubrimiento del trato sin piedad por parte de las personas responsables de su custodia y cuidado.
- Acercamiento con mirada compasiva: los he visto, mirada del corazón y de los ojos, mirada que pone en marcha los pies y las manos para liberar y sanar, mirada no sentimental y distante, sino compasiva.
- Toma de contacto con la realidad; Vicente de Paúl se acercó a ella aceptando ser capellán general de galeras.
- Inmersión en los calabozos y en las galeras donde los ha visto tratados como bestias.
- Movimiento de compasión eficaz que le lleva a responder implicando a otras personas en la liberación de los sufrimientos de los pobres presos.
- Llamada siempre actual a participar de la compasión de Dios Padre y continuar la misión salvadora de Jesucristo.
A lo largo de esta reflexión y estudio seguiremos, paso a paso, cada una de estas siete fases con una conclusión actualizada para el presente y el futuro.
CEME
Mª Ángeles Infante







