San Vicente y la Escuela Francesa (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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SAN FRANCISCO DE SALES

El influjo berullano fue absorbido por Vicente en los contac­tos personales, mientras que la doctrina salesiana, el otro gran vector de inspiración, llegó a conocimiento de Vicente a través de la lectura directa de las obras del obispo de Ginebra. La Intro­ducción a la vida devota (conocida más bien como la Filotea) es de 1609. Es muy probable que Vicente leyera la obra en una de sus más tempranas ediciones. Aparecía en el momento de su «conversión», y las numerosas ediciones atestiguan el éxito inmediato y la resonancia de la obra. Cierto es en todo caso que la leyó antes de 1617, juzgando por las frases con que recomien­da su lectura.

Alumno como Bérulle del Colegio de Clermont, Francisco de Sales atravesó en 1586 una tentación de desesperación, compa­rable a la de la fe, atravesada por Vicente al comienzo de su «conversión». Prosiguió los estudios en Padua, donde entró en contacto con el ambiente espiritual italiano. Tuvo durante algún tiempo como director espiritual al jesuita Antonio Possevino, y leyó el Combate espiritual del teatino Lorenzo Sciipoli, que revistió para él importancia idéntica a la del Breve compendio, de Achille Gagliardi para Bérulle (del que había hecho una adap­tación en 1597). Nombrado obispo en 1602, ideó una trilogía, de la que sólo publicó las dos primeras partes: la Filotea y el Teótimo ó Tratado del amor de Dios. Faltaba el tratado del amor al prójimo, que fue «escrito» por Vicente de Paúl.

Los puntos de contacto entre el obispo de Ginebra y el funda­dor de la Misión son muy numerosos. Ambos contraponen, al éxtasis dionisiano del entendimiento y a la vida «sobreeminente», el éxtasis de la voluntad y la imitación de Cristo. Ésta se alcanza mediante la perfecta conformidad con la voluntad del Padre, que se manifiesta en el grado alcanzado por la indiferencia, la cual no es sólo el silencio impuesto a las preferencias de la naturaleza, sino más bien la cima a la que llega el alma a ello dedicada.

Vicente sigue con fidelidad a Francisco en cuanto a definir el amor de Dios como esencialmente «activo», como también en cuanto a admitir la necesidad de adaptación de la vida religiosa a las exigencias concretas de las diversas condiciones humanas.

Amor activo. En el pensamiento de ambos maestros espiritua­les la caridad no ha de estar ociosa, sino ser laboriosa y redundar en la acción: «Amemos a Dios,… pero que sea a costa de nues­tros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolen­cia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un cora­zón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embar­go muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo». El amor afectivo, ¿excluye al efectivo? El obispo de Ginebra manifiesta un optimismo abierto, de impronta renacentística. Vicente no tanto. Tiene, aparte de la experiencia, el senti­do trágico de la fragilidad humana que respiró en el ‘600 francés. Aun así, sólo gradualmente se revela su agustinismo implícito. En torno a 1630, según aguda observación de Dodin, Vicente adopta una postura mejor vigilada y más fría.

Según el espíritu salesiano, la vocación universal a la santi­dad conllevaba, no sólo la reintegración del espíritu religioso en el mundo, en contra de todo estoicismo, sino además la restaura­ción de una presencia de la religión en la sociedad. Francisco de Sales no consiguió realizar el proyecto de una comunidad de mujeres sin clausura, y así la Visitación, en lugar de «visitar» a los pobres, se convirtió en comunidad contemplativa. Vicente lo consiguió con las Hijas de la Caridad, que interpretaban una de las inspiraciones más fecundos de la espiritualidad salesiana.

Otro punto en el cual se evidencia la afinidad entre ellos es el método de la meditación, que delata el impacto causado por la Filo-tea. Uno lo capta particularmente en la edición de las meditaciones de Jan Buys (Busée, Buseo), preparada por Renato Alméras.

Luigi Mezzadri

CEME 2011

 

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