San Vicente y la Escuela Francesa (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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EL LABERINTO

El riesgo del laberinto es aquel en que caen muchos estudio­sos cuando deben hacer frente a problemas que no dominan del todo. Comienzan una búsqueda, luego caen en una trampa que les lleva por un túnel oscuro. No estando provistos del hilo de Ariadna, giran en el vacío sin avance alguno en su indagación, y sin llegar a una conclusión clara y eficaz.

El tema que se me ha encomendado es uno de esos riesgos de laberinto. Podemos hablar durante horas de espiritualidad, lo espiritual, escuela de espiritualidad y escuela francesa de espi­ritualidad sin llegar nunca a la salida del laberinto. Con perjui­cio mío y vuestro.

Para evitar la caída en este riesgo, prefiero fijar luego el sen­tido de los vocablos que van a emplearse en esta exposición.

La espiritualidad es vida en el Espíritu Santo. No se opone a la materia, sino, por adoptar una expresión paulina, a la carna­lidad. La vida espiritual es por ello una vida orientada decidida­mente a Dios y a su voluntad; se opone a la postura del que quie­re ser autónomo y auto-proyectarse.

A este propósito hay una página de san Vicente que nos ayuda a calar hasta el centro incandescente del problema.

Al explicar las Reglas en marzo de 1659, el santo lo hacía con estas palabras: «La regla dice que lo que nos ayuda a conse­guir la perfección de cristianos y de misioneros es este ejercicio de la voluntad de Dios. Hay que advertir que hay diversos ejer­cicios propuestos por los maestros de la vida espiritual, y que ellos practicaron de diversas maneras»3. Los maestros de la vida espiritual son en este caso aquellos que nos guían en los caminos del espíritu (espiritualidad como práctica y ejercicio de vida), enseñando una doctrina espiritual (espiritualidad como ciencia), en el surco de una escuela de espiritualidad (espiritualidad como pedagogía). El primero de estos maestros es ciertamente Benito de Canfield (1562-1610), por cuyo estudio estamos muy en deuda con José María Ibáñez; luego san Francisco de Sales, Bérulle y otros. La sustancia del pensamiento estaba en el deseo, por parte de Vicente, de transmitir la idea de que, la vida cristia­na y la de la persona consagrada deben atenerse al proyecto de Dios sobre nosotros. Éste es consecuencia de una visión perso­nal, o mejor de una doctrina personal que designamos con el vocablo «espiritualidad», vocablo que Vicente nunca emplea.

Esta exposición es por consiguiente un desafío. La razón que me indujo a aceptarla fue, que nos obliga a poner a nuestro santo frente por frente de los exponentes más geniales y teológicamen­te mejor dotados de la Francia del siglo XVII. Aceptar el desafío es correr el riesgo de ver triturado a nuestro santo, como en el fondo lo hicieron, o intentaron hacerlo, Saint-Cyran y la Madre Marie Angélique Arnauld, quien lo juzgó poseído de un «zéle sans science», en la práctica como santurrón ignorante.

FRANCIA EN EL SIGLO XVII

La situación de Francia tras las guerras de religión era grave. Las visitas pastorales de los obispos registran situaciones esca­brosas: de conductas libertinas, de intemperancia en la bebida, de desorden en las iglesias y de ignorancia abismal en muchos sacerdotes, aparte de su atonía pastoral. Refiere san Vicente de Paul cómo se encontró con un hugonote. El camino hacia la con­versión de éste discurría bien, cuando el interlocutor del santo puso sobre el tapete una pregunta: «dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obli­gaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frai­les sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted con­vencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo?; no puedo creerlo».

Un clero semejante se había habituado a una situación en la cual, el del sacerdote era un oficio para el que no precisaban requisitos culturales, morales ni pastorales. O mejor: los criterios existían, pero nadie los controlaba. Y nadie formaba. Porque los males de los presbíteros tenían su origen en los del episcopado.

Pues bien, tras haber experimentado la opción militar (las guerras de religión), al comienzo de los años 1600, tentaban a la Iglesia de Francia, la vía política (mediante la alianza con Espa­ña, o bien la acción de los cardenales-ministros), la controversis­ta (discutir para convertir), y la reformista-tridentina.

Eran vías que no llevaban muy lejos. En cuanto a la última, estaba el dato factual de que el clero había «aceptado» de manera unilateral los decretos tridentinos. Éstos, empero, no se habí­an convertido en leyes estatales, debido a la conocida oposición del galicanismo.

Pero había algo más. En Francia de hecho este «más» vino del retorno a la paz, tras las guerras de religión; del desarrollo de una burguesía más dinámica, que demostró interés por la cultura y participó en las iniciativas de la caridad; del desarrollo de las escuelas (colegios, seminarios, escuelas menores); y de la apari­ción de innumerables iniciativas espirituales («invasión místi­ca») y apostólicas (el movimiento misionero fue una de las características de Francia en el siglo XVII).

LA ESCUELA FRANCESA

Mientras que la espiritualidad española es más activa y voluntarista (así las «obras», en santa Teresa), y la italiana es más bien afectiva y extática (como en el «Cántico al sol» de san Francisco de Asís), Francia desarrolló una espiritualidad centra­da en la acogida y el abandono.

Nos preguntamos si puede hablarse de «escuela francesa»11. Sobre la existencia de una escuela tal se ha escrito mucho. Ha sido fácil negarlo sobre la base de un concepto de escuela algo reductivo. Más que a escuela de carácter filosófico, en la que los discípulos elaboran doctrinas comunes y consecuentes, debemos referirnos a las escuelas de arte. Escuela en este caso no es, pues, una institución, sino un estilo, una inspiración, una orientación cultural. Por ello no fue tanto una escuela de pensamiento, cuan­to una palestra de santidad.

Algunos autores identifican la «Escuela francesa» con la escue­la berullana. Consideramos errada y equivocada semejante identi­ficación, aunque Bérulle tuvo ciertamente un papel importante. Quizás es mejor hablar de una espiritualidad que se ha desarrolla­do en Francia durante el siglo XVII. Su doctrina espiritual no nace de la reflexión abstracta. Bérulle, san Vicente de Paúl, Condren, Olier y Eudes no eran profesores, teólogos togados, amantes de estrategias abstractas del pensamiento. Eran pastores, se dirigían a la iglesia, no a una élite. Era la suya una espiritualidad para todos, aun cuando privilegió al presbiterado.

Luigi Mezzadri

CEME 2011

 

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