San Vicente, un hombre de humildad (VII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. LA MOTIVACIÓN ÉTICA

Me ha parecido que podríamos llamar «motivación ética» a uno de los resortes que actúan en la persona de Vicente de Paúl cuando se humilla ante los demás. Vicente de Paúl, al ritmo de las fundaciones que desarrolla y de las importantes obras que administra, va adquiriendo mucho poder, manda sobre muchas personas. Pedro Chaunu prefiere hablar de urbanidad: «Urbani­dad en el sentido propio, primario. Vicente de Paúl, con su porte de buena persona, tenía una voluntad de acero, que cortaba como el diamante; por temperamento era autoritario y, sobre todo, es soberbiamente inteligente… Se quedaban atónitos sus secretarios cuando se dirigía a ellos de este modo: señor o Her­mano, le ruego que haga esto o que vaya allí o allá».

Vicente de Paúl, el superior de una comunidad que va adquiriendo relevancia social y prestigio en la Iglesia, debe reconoce’ que la naturaleza humana y sus fuerzas siguen presentes en la persona, también en la persona del superior y en él muy especial mente:

“¿Se encontrará en alguna parte algún superior que carezca de defectos, y al que nunca tengan necesidad de soportar sus súbditos? ¡Ojalá hubiera alguno! Pero me atreveré a decir más: el hombre está hecho de tal manera que muchas veces no tiene más remedio que soportarse a sí mismo, ya que es cierto que esta virtud de saber soportar es necesaria a todos los hombres, incluso para ejercerla con uno mismo, a quien a veces cuesta tanto soportar. ¡Ay, miserable de mí que hablo de los demás! ¡No hay nadie en la tierra que tenga más necesidad de ser soportado que yo! ¡Oh Salvador, cuánta necesidad siento de que me siga soportando la compañía!”.

Espontáneamente reconoce Vicente de Paúl que es el medio indicado para hablar y guiar a sus hermanos:

“¡Qué confusión, hermanos míos! No escuchéis a este miserable que os está hablando; es el más indigno de los hombres de aspirar a ese estado bienaventurado, por el abuso que he hecho de mi libertad y de las gracias de Dios, amando a las cosas más que a él.

“¡Oh, Salvador! ¡Cómo hablo yo de esto, que soy tan miserable, que en otros tiempos he tenido un caballo, una carroza, que tengo una habitación, fuego, una cama con tapices, un hermano yo mismo, quiero decir, de quien cuidan tanto que no me falte nada! ¡Qué escándalo le doy a la compañía por el abuso que he hecho del voto de pobreza en todas estas cosas y otras por el estilo! Le pido perdón a Dios y a la compañía y le ruego que me soporte en mi vejez. Que Dios me dé la gracia de corregirme, ya que he llegado a esta edad, y de desprenderme de todas estas cosas en cuanto me sea posible. Levantaos, hermanos míos” (pues toda la compañía se había puesto de rodillas mientras él hacía este acto de humildad).

Al explicar las actitudes con las que debe estar revestido el superior, Vicente de Paúl logra dar fuerza a sus argumentos por­que, lejos de proponerse como modelo, reconoce sus inconsis­tencias:

En cuanto al superior, es menester que se porte, no como juez, sino como padre bueno, con mansedumbre y cordialidad… —Pero el culpable ha hecho esto y esto, y esto. —¡Oh!, tiene que pensar el superior, yo he hecho otras cosas peores. —Pero es una falta muy grave. —Si yo hubiese tenido una tentación tan fuerte, hubiera sucumbido y obrado peor que él… ¡Salvador mío! Tú me acusarás de todas mis rudezas y sabes muy bien que no hay casi ninguna tentación a la que no haya sucumbido; perdóname; concédeme la gracia, a mí y a los demás superiores, de escuchar bien las advertencias y de saber hacerlas con tu espíritu. ¡Cuán­tos motivos tengo para humillarme por haber faltado en eso! Te pido perdón a ti y a toda la compañía. Me gustaría ponerme de rodillas para hacerlo, pero me lo impiden mis achaques. Tened paciencia conmigo, queridos hermanos, ya que soy una abomi­nación, y rezad a Dios por mí”.

Otro tanto ocurre cuando explica la obediencia a los superio­res. Quienes le escuchan no podrán menos de sentirse impulsa­dos a vivir en obediencia al desobediente Vicente de Paúl.

Queda la obediencia al superior. ¡Miserable de mí! ¡Obede­cer a un desobediente a Dios, a la santa Iglesia, a mi padre y a mi madre desde mi infancia! Casi toda mi vida no ha sido más que desobediencia. ¡Ay, hermanos míos, a quién rendís obediencia! A aquel que, como esos escribas y fariseos de que os hablaba hace poco, está lleno de vicios y de pecados. Pero eso es lo que hará vuestra obediencia más meritoria. Recordaba hace unos momentos que, cuando era un muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza de ir con él y de reconocerlo como padre. ¡Miserable de mí! ¡Qué desobediente he sido! Ie pido perdón a Dios; y también os lo pido a vosotros, y a toda la compañía, por todos los escándalos que os he dado, y os conjuro que recéis a Dios por mí, para que me perdone y me dé cada vez más pesar de ello en mi corazón”.

Vicente de Paúl ha propuesto a su comunidad que todos se ejerciten en la predicación del catecismo y en la presentación de temas sobre la moral o la vida sacramental. Como superior, no excusará de este ejercicio; todo lo contrario, comenzará a hacia él mismo lo que pide a sus compañeros:

“… yo también, pobre porquero, que seré el primero en empezar, no ya en el púlpito, pues no puedo subir, sino en alguna conferencia, donde trataré sobre algún punto de las reglas o de algún otro tema”.

 

  1. LA MOTIVACIÓN APOSTÓLICA

El hombre apostólico, el misionero de los pobres, Vicente de Paúl, está convencido de la eficacia apostólica de la humildad. Todo bien brota de la humildad: «La humildad es el origen de todo el bien que podamos hacer».

La humildad hace de la vida de comunidad un paraíso. Así lo dice a los misioneros: … La humildad, hermanos míos, la humildad, el desprecio de sí mismo, considerándonos los más miserables de todos, poniéndonos por debajo de todos, sin pre­terimos nunca a nadie, mirando a todo el mundo como superior, como dice san Pablo, estar contentos de que prefieran a los demás, tanto en las misiones como en las demás tareas, en cual­quier cargo que sea; que ellos tengan más éxito que nosotros; en fin, soportarlo todo alegremente, por amor a nuestro Señor. Cre­edme, hermanos míos, si conseguimos esto, la compañía será un pequeño paraíso; sí, la casa de San Lázaro será un pequeño paraíso en la tierra. Así lo indica también a las Hijas de la Caridad: Haréis de esta Compañía un paraíso… Será un perpe­tuo amor de Dios al prójimo y un aumento de amor de unas para con otras; de allí dimanará una paz y una concordia que será realmente un paraíso.

La actitud humilde atrae a las personas y hace eficaz el ministerio de los sacerdotes:

La humildad es un producto auténtico de la caridad que, cuando llega la ocasión, nos hace que nos adelantemos a honrar y respetar al prójimo y, de esta forma, nos ganemos su afecto. ¿Quién no ama a una persona humilde? Un león feroz, dispues­to a devorar a otro animal que quisiera resistirle, si lo ve derri­bado, y, por así decir, humillado a sus pies, se aplaca enseguida. ¿Qué puede hacerse con una persona que se humilla, sino amar­la? Un misionero que se arrodilla ante los señores obispos, ante los señores párrocos, como un valle que atrae el agua de las montañas, recibe fácilmente su bendición y su benevolencia. Y si entre nosotros practicamos ese mismo respeto, practicaremos también la humillación, ya que la humildad, por ser hija del amor, fomenta la unión y la caridad. Un sacerdote debería morirse de vergüenza antes que pretender la fama en el servicio que hace a Dios y por morir en su lecho, viendo a Jesucristo recompensado por sus trabajos con el oprobio y el patíbulo. Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que esta’ oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo. Pues bien, puestos estos fundamentos, démonos al menosprecio, a la vergüenza, a la ignominia y desaprobemos los honores que recibimos, la buena reputación y los aplausos que se nos dan… Trabajemos humilde y respetuosamente…, si no, Dios no bendecirá nuestro trabajo. Alejaremos a las pobres gentes de nosotros Creerán que ha habido vanidad en nuestra conducta, y no creerán en nosotros… Si obran ustedes así, Dios bendecirá sus trabajos; si no, no harán más que ruido y fanfarrias, pero poco fruto. No le digo esto, padre, porque yo haya sabido que haya hecho el mal que digo, sino para que se guarde de él y trabaje con constancia y humildemente y en espíritu de humildad”.

San Vicente explica la eficacia apostólica del pequeño método:

Hace que hablemos llanamente en nuestro discurso, lo más sencillamente que podamos, con toda familiaridad, de forma que nos pueda entender hasta el más pequeño de todos, aunque sin utilizar un lenguaje corrompido, ni demasiado bajo, sino eI lenguaje usual, limpio, puro y sencillo; nada de afectación; buscando sólo la utilidad y el provecho de los oyentes; este método excita, instruye, calienta, aparta fácilmente del vicio y convence del amor a la virtud, produciendo mejores efectos dondequiera que se emplea bien”.

Todas las virtudes vienen con la humildad:

La humildad hace nacer en el alma todas las demás virtudes; si uno es pecador, al humillarse, se hace agradable a Dios. Aun­que fuéramos unos criminales, si recurrimos a la humildad, la humildad nos cambiará en justos; y aunque fuéramos como ángeles, si estamos privados de esta humildad, aunque tenga­mos las demás virtudes, la verdad es que nos quedaremos sin ellas al faltarnos la humildad, y seremos semejantes a los con­denados, que no tienen ninguna virtud. «Si poseo todas las vir­tudes, menos la de la humildad, no tengo más que pecado, no soy más que un fariseo soberbio y un misionero abominable»; “Es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien”; “Desearía que el fruto principal de los retiros fuera tender a la práctica de la humillación, ya que, si quiere Nuestro Señor dar­nos la virtud que produce, se producirán en nosotros obras agra­dables a Dios y útiles a su iglesia”.

Dios sigue derramando sus bendiciones sobre la Compañía y nos confía la formación de sus sacerdotes en la medida en que abracemos la humildad y obremos con humildad:

Hace 67 años que Dios me soporta en la tierra; pero, después de haber pensado y repensado muchas veces para encontrar un medio de adquirir y mantener la unión y la caridad con Dios y con el prójimo, no he encontrado ningún otro que la santa humildad; es el primer medio, el segundo, el tercero, el cuarto y el último. No conozco ningún otro: rebajarse por debajo de todo el mundo, estimarse el más malvado y miserable de todos. Porque, fijaos, hermanos míos, el amor propio nos ciega mucho. Vuestro hermano lee bien, pero vosotros oís mal; él lo explica bien, pero vosotros no comprendéis… Mientras nos mantengamos en el espíritu de humildad, tendremos motivos para esperar que Dios nos seguirá dando la dirección de los ordenandos, pero, si alguna vez se nos ocurre actuar con ellos como de maestro a discípulos, sin respeto ni humildad, adiós ese cargo; se lo darán a otros, y sucederá que en lugar de dirigir a otros ni siquiera podremos dirigirnos a nosotros mismos”.

CEME

Corpus Juan Delgado

 

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