San Vicente, un hombre de humildad (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. «LA HUMILDAD, UNA DE LAS VIRTUDES CRISTIA­NAS QUE MÁS SE MANIFESTÓ DURANTE LA VIDA DEL SEÑOR VICENTE DE PAÚL»

Las palabras del Hermano Robineau que dan título a este apartado, nos invitan a profundizar: ¿cómo ha vivido concreta­mente en su vida san Vicente de Paúl la humildad? Trataremos de presentar a Vicente de Paúl, hombre humilde, a partir de estas cinco constataciones:

  • San Vicente reconoce que todo bien procede de Dios y a Él lo refiere.
  • San Vicente estima a los demás más que a sí mismo.
  • San Vicente evita el aplauso y los reconocimientos.
  • San Vicente se reconoce ignorante y pecador. San Vicente se muestra servidor.

1 . SAN VICENTE RECONOCE QUE TODO BIEN PROCEDE DE DIOS Y A ÉL LO REFIERE

La humildad de san Vicente hunde sus raíces en la confesión de Dios como autor de todo bien. La bondad de Dios se mani­fiesta en todas las obras buenas de sus criaturas. Más aún, el reconocimiento de Dios como Dios Amor pone al descubierto nuestra fragilidad, nuestra debilidad. «Tú solo, Dios mío, Tú solo eres el Autor de todo bien. ¿Quién, Dios mío, podría hacer algo por sí mismo?».

El primer biógrafo, Luis Abelly, resume la actitud de san Vicente de Paúl: «Decía que sólo Dios era el autor de todo lo que se hacía de bueno… y, en general de todas las obras bue­nas… que habían sido empezadas sin que él hubiera pensado en ello y sin que supiera lo que Dios pretendía hacer».

Para el Hermano Robineau la primera manifestación de la humildad de san Vicente se aprecia en cómo refiere sólo a Dios la fundación de la Congregación de la Misión: «Esta santa virtud se ha manifestado primero en él, en cuanto que atribuye sólo a Dios la fundación de la compañía de la Misión, sin que él haya tenido ninguna parte en ella. Nos lo ha dicho varias veces: ‘Es una obra de Dios; yo no he tenido ninguna parte en ella”.

En varias ocasiones se refiere san Vicente a la iniciativa de Dios en el establecimiento de la Misión, sin que él hubiera pen­sado en ello. Y en términos parecidos, cuando se trata de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

“¿Quién hubiera pensado jamás que las cosas llegarían a la situación en que ahora las vemos? Si entonces me hubieran hablado de ello, habría creído que se burlaban de mí; sin embargo, así era como Dios quería dar principio a lo que ahora veis. Bien, padres, bien, hermanos: ¿llamaréis obra humana a la obra en que nadie había pensado? Pues ni yo, ni el pobre padre Portail lo habíamos pensado; ¡Ay! no lo habíamos pensado, ¡Ay!; estábamos muy lejos de pensar en esto.

Puede decirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía. Yo pensaba hoy en ello y me decía: «¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de Hijas? ¡Ni mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? Tampoco». Yo no he pensado nunca ello, os lo puedo decir de verdad. ¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la iglesia de Dios una Compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar? Esto no hubiese parecido posible. Tampoco he pensado nunca en las de las parroquias. Os puedo decir que ha sido Dios, y no yo”.

Pero no sólo ha sido obra de Dios la fundación de la Congre­gación de la Misión o de las Hijas de la Caridad, son también obra de Dios cada uno de sus trabajos, ministerios y servicios.

De Dios es la obra de los Ejercicios Espirituales. Dios es quien ha confiado a los misioneros el trabajo en la formación del clero. Dios es quien otorga el fruto en las misiones: … si se hace algún bien en nuestras misiones, es él quien lo hace, y no tiene ninguna necesidad de nuestra reputación para tocar los corazones y convertirlos.

Obra de Dios son cada una de las obras de las Hijas de la Caridad: Mirad un poco si no es una obra de Dios la fundación de esas pobres hermanas. Esta semana he recibido tres o cuatro cartas desde diversos lugares del reino, para pedirme que les envíe algunas… ¿Qué es todo esto, hermanos? ¿No es una obra de Dios? ¡Si no son más que unas pobres y humildes muchachas de aldea, la mayor parte de ellas sin educación alguna! ¡Pero he aquí que las piden de todas partes!

De Dios viene igualmente la curación de la enfermedad, la presencia de unos buenos misioneros, la dicha de estar dedicados al servicio de los pobres, y hasta los defectos (obra no terminada de un gran maestro).

El reconocimiento de la Bondad de Dios lleva a san Vicente de Paúl a destacar, en contraste, su pequeñez y la pequeñez e insignificancia de sus instituciones:

“¡Salvador mío! ¿Qué es lo que somos para que te dignes servirte de nosotras?… Todas sois unas mujeres pobres, de forma que hay muchos motivos para admirarse al ver cómo Dios ha pensado desde toda la eternidad en hacer lo que estamos viendo… ¡Cuántas gracias habéis de dar a Dios por haberos puesto en esta Compañía! Cierto santo varón me decía un día, hablando de vuestra casa: «Padre Vicente, ¡qué felices son en esa casa! ¡Cómo viven en paz!». No hay que extrañarse de ello, siendo lo que es la tela, esto es, unas pobres mujeres. Así es como empezó también la Iglesia. Los apóstoles eran todos ellos una pobre gente, que no sabían nada, que iban descalzos, que apenas tenían para cubrirse. Sin embargo, ¿qué no hicieron con la gracia que les dio Nuestro Señor? Convirtieron a todo el mundo. ¡Que gracia, hijas mías, que Dios haya querido emplear esa misma tela, de que se sirvió para salvar a todo el mundo, para hacer vuestra Compañía!”

Al contemplar la Bondad de Dios, Vicente de Paúl descubre y proclama su propia indignidad y teme ser obstáculo para que la misma Bondad de Dios siga manifestándose:

Ay, padre, ¡cómo me afligen las abominaciones de mi vida ante la vista de estas misericordias de Dios sobre la compañía!

¡Cuántas puertas abiertas para el servicio de Nuestro Señor! … que las abominaciones de mi vida no hagan a la compañía indigna de esta gracia”.

Es el reconocimiento de Dios como principio y autor de todo bien lo que lleva a Vicente de Paúl a desconfiar de sí mismo, de sus sentimientos o deseos:

“… cuando me encontraba en cierta ocasión, al comienzo de proyectar la Misión, en esa continua preocupación de espíritu, desconfiando por ello y sin saber si procedería de la naturaleza o del espíritu maligno, hice expresamente un retiro en Soissons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la emo­ción que sentía en este asunto, y Dios quiso escucharme… y me parece que, si Dios le da alguna bendición a la Misión y yo no la escandalizo tanto, debe atribuirse a esto, después de Dios, y deseo permanecer en esta práctica de no concluir ni emprender nada, mientras que me duren estos ardores de esperanza ante la visión de grandes bienes”.

El reconocimiento de Dios, autor de todo bien, hace brotar en el corazón de Vicente de Paúl la oración de acción de gracias y el compromiso para corresponder en fidelidad a las gracias reci­bidas:

Entonces nuestro muy venerado padre se puso de rodillas y dijo: Sé bendito, Dios mío, por las gracias que has concedido a los miembros de esta pequeña Compañía. Sigue concediéndose­las, Dios mío, por favor, y no permitas que abusen de ellas y se gloríen de sí mismas; concédeles por el contrario la gracia de humillarse a medida que las vas elevando, y que admiren tu poder para lograr tan grandes maravillas en unas personas tan bajas”.

El mismo reconocimiento de que todo bien procede de Dios y a Él únicamente se ha de referir, lleva también a Vicente de Paúl a descubrir que no hacemos nada extraordinario cuando nos entregamos a las obras que el mismo Dios emprende con nosotros:

Sabéis muy bien que somos peores que los demonios, sí, peo res que los demonios. Pues si Dios les hubiera concedido la décima parte de las gracias que nos ha dado a nosotros, Dios mío ¿qué uso habrían hecho de ellas?. Así pues, estudiémonos bien: y aunque hayamos hecho todo lo que debemos hacer, concluimos que somos siervos inútiles, sí, siervos inútiles, y tengamos en cuenta que, después de haber examinado bien todas nuestras acciones según su substancia, según sus cualidades y sus circunstancias, veremos que en toda nuestra vida no hemos hecho nada que valga la pena; y si queremos ver esta verdad más profunda mente, miremos cómo hemos hecho nuestra oración esta mañana, cómo hemos rezado las horas menores, cómo hemos pasado la mañana, y así todo el resto del día; pasemos, si os parece bien, a los demás días y examinemos delante de Dios todas nuestras acciones y la fauna con que las hemos practicado”.

Vicente de Paúl expresa, finalmente, el reconocimiento de Dios como autor de todo bien en su actitud humilde durante la oración, incluso externamente. «Cuando oraba, lo hacía con un recogimiento y una compostura tan humilde y que manifestaba una sumisión y una dependencia tan maravillosa ante Dios, gin todos quedaban edificados, y confieso, por lo que a mí toca, gin muchas veces he quedado emocionado y movido a hacer otro tanto «.

CEME

Corpus Juan Delgado

 

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