San Vicente de Paúl, biografía: 05 – ¿Novela o historia? Un grave problema crítico

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1981.
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Capítulo V:  ¿Novela o historia? Un grave problema crítico

Una larga controversia

Podríamos continuar tranquilamente nuestra narración si no tuviéramos que enfrentarnos con el grave problema histórico anunciado antes de empezar la lectura de las cartas. Lo mismo que ocurrió con la fecha del nacimiento de Vicente, la historia de su cautividad, pacíficamente admitida durante tres siglos, ha sido puesta en duda por algunos investigadores contemporáneos. Según ellos, las dos cartas, auténtica e indubitablemente vicencianas, carecerían de toda veracidad. La realidad sería que Vicente, embarcado en ignoramos qué desconocidas aventuras, habría perdido durante dos años todo contacto con su ambiente y sus conocidos. Al reaparecer de nuevo, una vez cerrado el paréntesis de la voluntaria o forzosa desaparición, habría inventado la novela de su cautiverio para explicar y justificar ante familiares y amigos aquella larga ausencia.

Al parecer, el primero en lanzar la hipótesis de la falsedad del relato vicenciano, aunque sólo en círculos privados y de palabra, fue el P. Pierre Coste1. Al público y en letras de molde, su primer difusor fue Antonio Redier en 1927. La posición inicial de éste, radicalizada en posteriores ediciones de su obra, era relativamente moderada: «Es imposible emitir un juicio firme sobre la realidad de los sucesos consignados en estas dos cartas»; «Lo menos que se puede decir es que en ellas lo falso está evidentemente mezclado con lo verdadero»2. Al año siguiente – 1928 -, un erudito funcionario francés de la Residencia General de Túnez, Pedro Grandchamp, autor de una monumental obra sobre la presencia francesa en Túnez, estimulado por las afirmaciones de Redier, llevaba a cabo un minucioso estudio de las cartas de la cautividad, publicado como prefacio al volumen VI de su obra. En él llegaba a la conclusión de que se podía «negar con bastante certeza la esclavitud y el viaje a Berbería»3. En el volumen siguiente volvía sobre el tema con Nuevas observaciones, destinadas a reforzar su argumentación y contestar a algunas críticas recibidas. La tesis de Grandchamp suscitó, entre otras, una réplica, saturada de erudición y erizada de aparato crítico, del paúl francés J. Guichard. Pero despertó también calurosas, si bien poco críticas adhesiones, como la del historiador de la Iglesia P. Debongnie. A partir de entonces, la controversia no ha cesado. Las últimas aportaciones de peso son las de Andrés Dodin, favorable a la postura negativa, y la de Guy Turbet-Delof, decididamente partidario de la historicidad del relato vicenciano4.

Centrando la cuestión

Se impone, antes de entrar en el análisis detallado de la cuestión, una observación metodológica. Es ésta: el debate en torno a la veracidad de las cartas vicencianas de la cautividad se planteó inicialmente sobre una base equívoca. Se hacía depender de ella toda una visión de la santidad de Vicente. Si éste mintió en las cartas, triunfaba una perspectiva rupturista: Vicente habría sido un pecador juvenil que sólo a través de una conversión había conseguido llegar a ser el santo que veneramos. Por el contrario, si las cartas eran verídicas, se impondría una perspectiva continuista: Vicente habría sido, desde su adolescencia y primera juventud, un alma que, a través de pruebas y sufrimientos, progresa insensiblemente hacia la santidad. Todavía en 1960, A. Dodin se muestra favorable a este planteamiento. Pero el dilema es falso. La hipotética demostración de la veracidad o falsedad de las cartas no cambia sustancialmente el concepto que la figura de Vicente merece en los años en que las escribió. Independientemente de que mintiera o no, Vicente no era todavía un santo en 1605 ni había comenzado a serlo en 1607. En cualquier hipótesis, Vicente necesitó una conversión para adentrarse en el misterioso mundo de la santidad. Acaso en una época en que prevalecía aún la versión hagiográfica de la niñez y juventud de Vicente fuera necesario demostrar que fue un mentiroso para acabar con el mito. Hoy día, tal dialéctica puede considerarse superada. La solución del enigma de la cautividad, cualquiera que sea, puede ser afrontada con perfecta neutralidad.

La posición antiesclavista

Expongamos ya, sumariamente, los argumentos opuestos a la historicidad de la esclavitud.

El detonante inicial fue el silencio absoluto mantenido por Vicente de Paúl a lo largo de toda su vida acerca de su cautividad en Berbería. Hasta el fortuito descubrimiento de las cartas en 1658, nadie le había oído hablar jamás de que hubiese estado cautivo en Túnez. Misioneros que llevaban conviviendo con él cerca de cincuenta años no sabían nada de ella. Nunca había aludido a su extraordinaria aventura: ni al destinar a sus misioneros al norte de Africa, ni cuando recibía la visita de esclavos liberados, ni cuando en sus conferencias ponderaba la desgraciada suerte de los esclavos5. Por el contrario, ya hemos visto cómo, al saber por el señor de Saint Martin que sus cartas se conservaban, puso en recobrarlas tan extraordinario empeño, que llegó a pedírselas «por todas las gracias que Dios le ha querido conceder» y «por las entrañas de Jesucristo», calificando su escrito juvenil de «miserable carta»6. «Verdaderamente, su silencio sorprende; no tiene explicación plausible; bajo él late un misterio»7, escribió Coste, para quien la explicación tradicional, basada en la humildad del Santo, no se tenía en pie. ¿No callaría, más bien, porque todo había sido una mentira, sepultada ya bajo el peso de los años?

Esa sospecha inicial encontró en la pluma de Grandchamp el respaldo de un análisis crítico de los datos contenidos en la carta. Paso a paso fue espigando las inexactitudes o inverosimilitudes que la misma ofrecía ya por sí sola, ya al ser cotejada con lo sabido por otras fuentes acerca de la geografía, la historia y las costumbres de los lugares, hechos y personas aludidos por Vicente.

He aquí el sumario de sus argumentos8:

  1. Nada se encuentra en los archivos de la costa de Languedoc sobre el combate en que fue apresado Vicente.
  2. Vicente no dice nada de la suerte corrida por sus compañeros de embarco ni por el buque capturado. Este silencio no es usual en los relatos del mismo género.
  3. No era costumbre de los piratas dar libertad a los que se rendían sin combatir. Hubieran dado la señal de alarma en la costa, con el consiguiente riesgo para los piratas de ser perseguidos por las galeras francesas.
  4. Siete u ocho días de crucero, más los necesarios para ir y venir a Túnez, era más de lo que los bergantines podían resistir; su provisión de víveres y agua dulce no hubiera alcanzado tanto.
  5. Es extraño que, al llegar a Túnez, Vicente no hubiera intentado acudir al cónsul francés para su puesta en libertad.
  6. Vicente parece desconocer la situación exacta de Túnez, que no es puerto de mar, sino que se eleva al borde de un lago. En efecto, dice que, después de haber sido paseados él y sus compañeros por las calles de Túnez, fueron devueltos al barco. Ahora bien: por el lago no se puede navegar sino en embarcaciones muy ligeras llamadas «sandals».
  7. Vicente fue vendido a un pescador, que se deshizo enseguida del nuevo esclavo porque éste no podía soportar el mar. Ahora bien: en primer lugar, un pescador no era tan rico como para poder comprar esclavos cristianos. En segundo lugar, los tunecinos no pescaban en el mar, sino en el lago, con lo que el peligro de mareo resultaba inexistente.
  8. En un año, Vicente no pudo aprender bastante árabe como para conversar de medicina, religión y alquimia con su segundo amo.
  9. Es increíble que en 1607 un anónimo alquimista tunecino haya descubierto la transmutación de los metales e inventado el fonógrafo tres siglos antes que Édison.
  10. El médico, llamado a Constantinopla, murió «por el camino». Esa expresión es impropia para designar un viaje por mar. Vicente, en escritos posteriores, empleó siempre esa fórmula para indicar viajes por tierra.
  11. El sobrino del médico y Vicente mismo no tuvieron tiempo material de recibir la noticia de la muerte del médico «por el camino» antes de proceder a la tercera venta.
  12. Vicente dice que el sobrino del médico, que había partido para Constantinopla en el mes de agosto, le revendió inmediatamente, porque «oyó decir que venía el embajador de Francia». Savary de Brèves había llegado a Túnez el 17 de junio y se había marchado el 24 de agosto. ¿Cómo es que «venía»? La dificultad se agrava si se tiene en cuenta el tiempo que hubo de pasar hasta que la noticia de la muerte del médico llegara a Túnez. El sobrino no pudo vender a Vicente antes de septiembre.
  13. El renegado, según Vicente, poseía un «temat», es decir, una finca tenida en aparcería, pero perteneciente al Estado. Ni la palabra ni la institución existían en Túnez.
  14. El «temat» se encontraba en un país montañoso y desierto. No hay montañas en los alrededores de Túnez y, desde luego, no se practica la agricultura en el desierto.
  15. Resulta raro que la mujer turca y no la griega haya sido la protectora de Vicente.
  16. Es contrario a las costumbres musulmanas que las mujeres pudieran hablar con tanta libertad con un esclavo cristiano.
  17. Nada se vuelve a decir de la actitud de las mujeres en los diez meses que transcurrieron hasta la evasión.
  18. Todo el relato de la evasión está lleno de inverosimilitudes:
    • escoger la ruta Túnez-Aguas Muertas revela una gran fantasía;
    • realizar en un pequeño esquife una travesía de mil kilómetros es una verdadera proeza;
    • lograr escapar a la vigilancia costera de las autoridades turcas, reunir sin despertar sospechas las provisiones necesarias para el viaje, son hechos que no resisten el más ligero examen.
  19. Una evasión provocaba graves represalias de las autoridades turcas. La evasión de Vicente y de su amo no ha dejado huella en los archivos de Túnez.
  20. Si Vicente hubiera estado de verdad en Túnez y conocido la mentalidad musulmana, no se le hubiera ocurrido nunca enviar allá a sus misioneros ni comprar los consulados de Argel y Túnez.
  21. El señor de Comet no concedió la menor importancia a la carta de Vicente ni se dignó contestarla. La tomó por lo que era: una patraña engendrada por la ardiente imaginación de un meridional.
  22. Si Vicente desembarcó en Aguas Muertas el 28 de junio, no pudo llegar a Aviñón al día siguiente, fecha en que tuvo lugar la abjuración de su renegado, al que los archivos dan el nombre de Guillermo Gautier.
  23. Los compañeros de cautividad de Vicente no intentaron relacionarse con él cuando éste se hizo célebre.
  24. En su carta a Saint Martin el 18 de marzo de 1660, Vicente llama, impropiamente, Turquía a Túnez, prueba que no sabía con exactitud dónde estaban ni la una ni la otra.

Impresiona, sin duda, esa imponente requisitoria acumulada por Grandchamp y sus continuadores contra el humilde escrito del joven Vicente de Paúl. Nada tiene de extraño que, en buena proporción, los conocedores del tema se sintieran convencidos. Tras la lectura de la larga serie de acusaciones, la carta de la cautividad queda reducida a un tejido de afirmaciones falsas, inexactas o inverosímiles. Sería necesario un paciente trabajo de reconstrucción punto por punto para devolverle credibilidad.

La defensa

Dos reproches globales se hicieron desde el principio a la tesis antiesclavista.

Primero: la reiteración y frecuencia con que recurre a argumentos puramente negativos, basados en el silencio de otras fuentes o en el del propio Vicente sobre puntos que por voluntad propia o por falta de información dejó fuera de sus escritos. Turbet-Delof ha dado a este primer reproche su formulación metodológica más precisa: «es una deformación profesional reducir la realidad histórica a lo que de ella ha quedado escrito»9. Cabe explicar esa objeción a los argumentos 1, 2, 17, 19 y 23.

Segundo: la gratuidad y falta de pruebas de muchas de las aseveraciones contrarias a la carta: «eso no es costumbre entre los corsarios», «en ningún relato del género se procede de esa manera», etc.

De todos modos, las acusaciones obligaron a un estudio pormenorizado no sólo del texto vicenciano, sino de fuentes contemporáneas y paralelas que se refieren a los puntos del relato puestos en tela de juicio. Ese fue, principalmente, el mérito de Guichard, no obstante sus errores de método. El trabajo excedía, quizá, las fuerzas de un solo hombre. De ahí que los investigadores sucesivos se hayan relevado en el estudio de una serie siempre creciente de documentos. Ofrezco a continuación, forzosamente muy condensada, una síntesis de los resultados de esa contrainvestigación, ordenada, en correspondencia estricta con los capítulos de la acusación:

  1. Argumento «a silentio», puramente negativo. Las capturas de navíos por piratas berberiscos eran tan frecuentes, que estamos absolutamente seguros de que sólo una pequeña parte de ellas ha dejado constancia documental en los archivos.
  2. De nuevo el argumento negativo. El P. Jerónimo Gracián, capturado también por piratas tunecinos ocho años antes que Vicente de Paúl, sigue el mismo procedimiento que éste: tampoco él dice nada de sus compañeros ni del buque. Por lo menos en un relato del género, las cosas se desarrollan igual que en el de Vicente. De los buques se sabe que con frecuencia eran hundidos una vez saqueados. Vicente fue enseguida separado del resto de sus compañeros y nada volvió a saber de ellos, por lo que nada pudo contar.
  3. Por escritores contemporáneos de Vicente consta que, en bastantes casos, los barcos, sobre todo si eran franceses, eran dejados en libertad. Los piratas se limitaban a «acariciarlos», es decir, a robar su carga y provisiones. La rapidez de maniobra de los bergantines turcos les daba la seguridad de no ser alcanzados por las pesadas galeras cristianas, de las que con frecuencia se burlaban en escaramuzas como ésta.
  4. Las expediciones de corso duraban con frecuencia bastante más de ocho días. Testimonios irrecusables hablan incluso de mes o mes y medio. El problema del agua potable se resolvía de diversas maneras: en primer lugar, los bergantines no eran tan pequeños como supone Grandchamp. Pero, además, los corsarios hacían la aguada en playas desguarnecidas, requisaban el agua de los barcos asaltados, y, en último término, con tal de que hubiese suficiente para la tripulación, se despreocupaban de los forzados y prisioneros. Estos, con frecuencia, se veían obligados a beber agua salada o, en último extremo, pero atestiguado por las fuentes, a morir de sed.
  5. Un esclavo con la cadena al cuello no puede salirse de la fila para ir a ver al cónsul. Los piratas recurrían a diversos procedimientos para eludir la vigilancia del cónsul francés: consta que algunas veces circuncidaron a los cautivos franceses para hacerles pasar por musulmanes.
  6. La imprecisión del lenguaje de Vicente le es común con otros testigos, buenos conocedores de la geografía tunecina. Vicente no dice que les devolvieran al bergantín ni al navío, palabras que ha empleado antes, sino al «bateau», palabra que en el francés del siglo XVII designa una pequeña embarcación destinada precisamente a navegar por ríos y lagos.
  7. Era frecuente que varios pescadores poseyeran en común esclavos cristianos. Vicente no habla de la categoría social de su primer amo; pudo ser un pescador rico. Tampoco dice expresamente que se mareara, sino, mucho más genéricamente, que el mar le era contrario. Nada indica que el pescador viviera en Túnez; podía habitar en otro lugar de la costa. Por último, consta que se pescaba en el lago y en el mar: el pescado del lago era de mala calidad.
  8. La «lingua franca», lenguaje internacional de los puertos mediterráneos, mezcla de árabe, turco, español, italiano, portugués y francés, estaba ampliamente difundida en Argel y Túnez. Dan expresa fe de ello los escritores españoles Haedo y Cervantes, entre otros. No había problema de comunicación entre los esclavos cristianos y sus dueños musulmanes.
  9. Objeción de increíble ingenuidad, aunque la propusiera el P. Coste. Salta a la vista que Vicente se refiere a trucos y mañas propios de un prestidigitador o ventrílocuo. Tales trucos aparecen en otras historias de esclavos contemporáneos de la de Vicente.
  10. Nada indica en la carta de Vicente que el médico llegara a embarcar. Pudo morir en el trayecto terrestre de Túnez a Bizerta. Para el viaje de Túnez a Constantinopla era corriente trasladarse por tierra hasta Sfax o incluso a Trípoli. En tal caso, la expresión «por el camino» resulta literalmente apropiada. Aun referida a un viaje por mar, se encuentra con frecuencia en autores españoles de la época. Cuando, en escritos posteriores, la emplea Vicente, se refiere, en efecto, a viajes por tierra; pero no hay pasajes paralelos en que, para referirse a viajes por mar, emplee otra distinta.
  11. Si la muerte del médico se produjo en el trayecto Túnez-Bizerta o Túnez-Sfax, la noticia pudo llegar a Túnez inmediatamente. Aun habiendo ocurrido en el mar, hay que tener en cuenta que el servicio de correos musulmán, creado ya en el siglo VIII y dotado de gran eficacia, pudo traer la noticia, en un plazo relativamente breve, desde alguno de los puntos de escala.
  12. Los dos puntos anteriores obligan a ver como errónea la suposición, de que la tercera venta no pudo efectuarse antes de septiembre de 1606. Pudo perfectamente ser contemporánea de la estancia de Savary de Brèves en Túnez. «Venía» no significa, estrictamente, «iba a venir», sino «el objeto de su venida era…» La duración de la estancia del señor de Brèves en Túnez (17 de junio a 24 de agosto) autoriza un empleo elástico las expresiones temporales.
  13. Grandchamp reconoció en 1936 que «temat» podía ser la transcripción árabe del turco «timar» y que «aparcería» era su traducción correcta. Más seguro es que el «temat» vicenciano equivale al árabe «to’met», feudo no hereditario: exactamente el sentido en que lo emplea Vicente. La institución está atestiguada en Túnez por otras fuentes.
  14. Las montañas aludidas por Vicente pueden ser las colinas que en un radio de 12 a 30 kilómetros rodean la ciudad. En la carta nada indica que no estuvieran incluso más lejos: hacia la Goleta o el cabo de Bon. «Desierto», en el lenguaje del siglo XVII, no significa necesariamente inculto o estéril, sino poco habitado. Le Vacher, un misionero enviado por San Vicente al norte de Africa, visitó «aparcerías» y viviendas campestres o granjas situadas en «las montañas, en lugares más habitados por leones que por hombres», a tres, seis, ocho, diez o doce leguas de Túnez.
  15. Las reacciones humanas no tienen por qué obedecer a las exigencias de los críticos. El hecho es que la griega fue la primera en cobrar afecto al esclavo y la turca la que le ayudó con su intervención, lo cual no tiene nada de inverosímil. Nada indica la existencia de un idilio entre amas y esclavo. El atractivo que a lo largo de su vida ejerció Vicente sobre cierto tipo de mujeres es una constante de su biografía. En todos los casos (señora de Gondi, Luisa de Marillac, duquesa de Aiguillon, etc.) lo empleó para el bien. Desde un punto de vista psicológico, quizá es éste el rasgo que más concuerda con todo lo que sabemos del carácter de Vicente.
  16. La libertad de trato de las mujeres musulmanas con los esclavos cristianos, incluso con derivaciones contrarias a la moralidad, es un hecho atestiguado por toda la literatura del género, ya histórica, ya de ficción, desde Haedo y Gracián hasta Gómez de Losada y desde el P. Dan a Aranda o Rocqueville.
  17. De nuevo el argumento negativo. Si Vicente hubiera tenido que contar todas las cosas que los críticos quieren saber, habría tenido que escribir no una carta, sino un tratado.
  18. a. La ruta no fue «escogida» por los navegantes ocasionales, sino que seguramente les fue impuesta por las circunstancias: el viento, las corrientes marinas, la vigilancia de las galeras turcas, etc.
    b. El «pequeño esquife» hubo de ser elegido con mucho cuidado (en diez meses sobró tiempo para ello) y con gran preocupación por su seguridad y rapidez. Abundan relatos de fugas tan espectaculares o más que la de Vicente y en medios más frágiles. En especial, la del P. Dan en 1635, desde La Calle a Marsella en menos de siete días, y la de un anónimo esclavo francés en 1650, sobre una balsa de cuero sin vela ni timón. La travesía de Túnez a Marsella se podía hacer en tres días.
    c. Por eso tomó el renegado tantas precauciones y esperó diez meses para hacerlo con la máxima seguridad y comodidad posibles.
  19. Las represalias y castigos se producían cuando se lograba coger a los fugitivos o cuando el amo denunciaba la fuga. Al evadirse juntos amo y esclavo, no hubo quien delatara el hecho. Por ello callan los archivos.
  20. Obra maestra de apriorismo, contradicción y filisteísmo llama Turbet-Delof a este argumento. El conocimiento de los peligros a que estaban expuestos los esclavos cristianos del norte de Africa fue precisamente el que movió a Vicente a enviar allá a sus misioneros y a comprar los consulados. Si él no hubiera sido esclavo, acaso no lo hubiera hecho nunca. El conocimiento que poseía de la mentalidad musulmana le hizo recomendarles que se abstuvieran cuidadosamente de proselitismo entre musulmanes y renegados.
  21. Es falso que Comet no contestara a la primera carta. En la segunda, Vicente acusa recibo de los títulos de ordenación, pero les faltaba el sello del obispo, y ello le obligó a pedirlos por segunda vez. Si Comet no concedió importancia a la carta, ¿por qué la conservó tan cuidadosamente y la legó a sus herederos?
  22. Este argumento ha dejado de ser esgrimido por los adversarios de la cautividad. Se fundaba en la errónea identificación del renegado con Guillermo Gautier. Descubrimientos posteriores a los primeros escritos de Grandchamp prueban indubitablemente que se trata de otra persona. La abjuración no tuvo lugar, por tanto, el 29 de junio, sino en los primeros días de julio (cf. Anales [1936] p.182-188).
  23. Nuevo empleo del argumento negativo. Vicente no manifestó durante la esclavitud su condición sacerdotal. Si alguno de sus compañeros de entonces recordaba su nombre, no llegó a identificarlo con el famoso Monsieur Vincent. O no había ninguno que viviera en libertad después de 1630. fecha en que Vicente empezó a ser conocido.
  24. Túnez estaba, de hecho, bajo soberanía turca. Para los franceses del siglo XVII, Turquía se extendía hasta Salé, en Marruecos.

Los silencios del Sr. Vicente

El silencio de Vicente de Paúl acerca de su extraordinaria aventura a lo largo de toda su vida y su angustia al final de la misma por recuperar o destruir la «miserable carta», por ser quizá el argumento de mayor fuerza, ha merecido un examen más detallado.

Observemos, ante todo, que las posiciones dialécticas ante el problema de la fecha de nacimiento de Vicente son curiosamente inversas a las mantenidas en torno al debate sobre su cautividad. En el primer caso se negaba el dato tradicional basándose en las palabras del Santo. En el segundo se niega la palabra de Vicente – sus cartas – basándose no en otras afirmaciones suyas, sino en la ausencia de ellas. ¿No nos encontramos ante un doble y contradictorio manejo de las fuentes y documentos?

El silencio de Vicente no puede ser analizado sin una referencia al carácter total del personaje. A estas alturas de su biografía nos faltan a nosotros datos para juzgar de él. Pero, aunque sea anticipar conocimientos, dejemos constancia de que, en su edad madura y más aún en su ancianidad, Vicente ejercía sobre sí mismo un dominio total, que nunca se dejó sorprender por ninguna explosión de verbosidad incontrolada. En cada momento dice lo que quiere y sólo lo que quiere. Jamás habló de muchos acontecimientos de su vida perfectamente documentados por otras fuentes. A nadie dijo nunca que había estudiado en la Universidad de Toulouse, ni que había sido capellán de Margarita de Valois; nunca refirió haber sido abad de San Lorenzo de Chaumes, canónigo de Ecouis y prior de Grosse-Sauve. Si hubiera que borrar de la vida de Vicente de Paúl todo lo que calló deliberadamente, habría que suprimir de un plumazo capítulos enteros de su vida.

En el actual estado de la cuestión es ya posible entrever algunas de las razones de su prolongado silencio y de su temor de ver publicadas sus cartas. Prescindiendo de la humildad – razón que, sin embargo, convenció a los contemporáneos, conocedores de ella en toda su extensión – y de la fe prestada por Vicente a los secretos de alquimia, que, después de todo, no eran sino inocentes trucos de «magia blanca», hay un aspecto cuya importancia ha sido subrayada por Turbet-Delof: el remordimiento que Vicente debió de sentir después de su conversión por haber ocultado durante la cautividad su condición de sacerdote. ¿Con qué autoridad moral podría él, de ser conocida su historia, exhortar a sus misioneros de Túnez y Argel a ser hasta la muerte testigos de Cristo? ¿No se oculta incluso algo más grave, algo dolorosamente odioso a su corazón de santo, en su convencimiento de que los sacerdotes esclavos son «desreglados» y de que es dudosa la validez de los sacramentos administrados por ellos?10.

En 1658, además, Vicente estaba comprometido en la empresa de conmover a la sociedad francesa por la espantosa suerte de los esclavos del norte de Africa y recabar fondos para pagar el rescate del cónsul Barreau, hermano de la Misión, detenido por las autoridades turcas. La aparición en esas circunstancias de su carta juvenil, que, después de todo, nos parece una versión rosa de la vida del esclavo, ¿no constituía una contradicción con el tono oficial de la propaganda? «¡Miserable carta…!»

La carta en su conjunto, ¿no respira una seguridad en sí mismo, un dar por supuesto que Dios había dirigido todos sus pasos, que contrasta vivamente con la espiritualidad posterior de Vicente, tan ansioso de descubrir los misteriosos signos de la Providencia? ¿No podría recordarla él como una antilección de las enseñanzas que por entonces estaba inculcando a sus misioneros? Indudablemente, tenía razón Defrennes cuando escribía: «En un hombre tan contenido y dueño de sí como el Sr. Vicente, se pueden suponer mil razones probables que expliquen su silencio»11.

Observaciones finales

Otra contradicción se ha hecho notar en los negadores de la historicidad de la esclavitud, singularmente en Redier. La carta es verdadera hasta la llegada a Marsella de Vicente de Paúl. A partir de ahí empieza la novela. Es verdadera la temeridad del asunto de Burdeos, es verdadero el testamento de la anciana de Castres, son verdaderas las deudas, es verdadera la venta del caballo de alquiler, es verdadera la codicia de Vicente, que le lleva a hacer encarcelar a un hombre para cobrar una deuda. Sólo es falsa la cautividad. Semejante procedimiento constituye una manipulación de los documentos históricos: aceptar lo que se acomoda a una tesis preconcebida y rechazar lo que la contradice. La carta debe ser aceptada o rechazada en su totalidad, con lo que resultaría que son los negadores de la cautividad los que nos privarían de la verdadera visión del Vicente anterior a la conversión: el jovenzuelo alocado, poco escrupuloso en cuestiones de dinero, demasiado confiado en sí mismo, inclinado a tomar por intervenciones divinas sus propios impulsos… Serían los negadores de la cautividad los que nos devolverían al santito precoz que habían querido negar…

Por otra parte, ¿no es la petición hecha por Vicente al canónigo Saint Martin de que le devuelva las cartas una prueba indirecta de que son verdaderas? Si lo que Vicente quería era hacer desaparecer las huellas de su fábula juvenil, ¿por qué no dijo llana y sencillamente a su gran amigo que se trataba de una locura juvenil, de una novela inventada por él mismo? Desde el momento en que alguien lo sabía, nada adelantaba con destruir las cartas. Los enterados hablarían de ello. No bastaba con destruir, era absolutamente necesario – obligatorio – desmentir. A Vicente no le faltaba en 1659 humildad para acusarse de ese pecado. No le faltó para calificar su escrito de «miserable». Nunca lo calificó de falaz.

Agreguemos una última consideración metodológica. En sana crítica histórica no se puede admitir que se recuse un testimonio cierto – en nuestro caso, las cartas de Vicente – so pretexto de que existe una dificultad que resolver: su silencio posterior. Como ha escrito René Laurentin hablando de las dificultades de Coste para admitir la santidad de Catalina Labouré: «Coste puso de relieve las dificultades que [otros] atenuaban. Es un buen método para promover soluciones. Pero Coste no se libró de las exageraciones de ese método, de las que tantos ejemplos proporciona la ciencia alemana del Siglo XIX»12. Tampoco su alegato contra Vicente de Paúl «escapa a los excesos de una crítica suspicaz ni al prurito polémico. Sus conclusiones sobrepasan con frecuencia sus premisas. Sus calificaciones negativas son desproporcionadas a los datos en que se basa»13.

¿Conclusiones?

¿Qué pensar, en definitiva, de la cautividad de Vicente de Paúl una vez oídos los alegatos de la acusación y de la defensa? El lector, creemos, tiene en su mano todos los elementos para elaborar una respuesta propia. Al autor le parecen irrecusables las siguientes conclusiones:

  1. La mayor parte de las dificultades opuestas al relato de la cautividad resultan inconsistentes a la vista de una larga serie de testimonios paralelos y contemporáneos.
  2. La gran mayoría de los datos de Vicente obtiene una confirmación palmaria de esa misma confrontación y de lo que sabemos del carácter de Vicente en posteriores épocas de su vida.
  3. El argumento del silencio ha quedado muy debilitado por los hallazgos más recientes y no retiene, a lo sumo, sino el valor de una dificultad a resolver, no el de una prueba concluyente.

En definitiva, pues, parece imponerse la conclusión de Turbet-Delof: «Yo no digo que todo haya sucedido como cuenta Vicente de Paúl. Me limito a afirmar que todo pudo suceder así. Ni en el texto de Vicente ni fuera de él hay nada que permita recusarlo como testimonio. En definitiva, una de dos: o Vicente de Paúl estuvo cautivo en Túnez de 1605 a 1607, o hay que ver, en su carta del 24 de julio de 1607 y su post scriptum del 28 de febrero de 1608, una falsificación genial, sin medida posible con las fuentes, literarias o no, en que hubiera podido inspirarse»14.

Mientras no se pruebe la presencia de Vicente en otro lugar de la geografía francesa o extranjera entre 1605 y 1607, hay que aceptar su afirmación de que en esas fechas estuvo cautivo en Túnez.

  1. A. Redier, o.c., préface, p.  X-XII. La posición de Coste (M.V., t.1 p. 58-59) sobre el problema es un tanto equívoca. Públicamente se mostró siempre en favor de la historicidad del cautiverio. En conversaciones privadas (cf. A. Redier, o.c., p. XII y XV), en publicaciones anónimas como la comunicación sin firma incluida en P. Grandchamp (La prétendue captivité… II. Observations nouvelles) y en escritos inéditos (cf. J. Guichard, Saint Vincent de Paul esclave à Tunis p. 187), fue uno de sus más convencidos negadores. Para explicar este doble proceder se ha recurrido a razones de prudencia sacerdotal, de temor al escándalo y de cautela por las dificultades que una toma de posición franca podía crear a su propia obra. Quizás hubiera otras más profundas. R. Laurentin alude a algunas de ellas al dar cuenta de la actitud de Coste respecto a la santidad de Catalina Labouré. Coste -dice- «sentía, ante lo extraordinario, la repugnancia del clérigo en el doble sentido de la palabra, eclesiástico y universitario, porque lo maravilloso choca al mismo tiempo con el espíritu científico y con el rigor de la fe» (R. Laurentin, Catherine Labouré et la Médaille miraculeuse t.1 p. 35). «En una Iglesia y una sociedad de normas rigurosas, de minuciosos convencionalismos, en las que todo el mundo vigila sus palabras y sus acciones, el P. Coste, como otros muchos, era un hombre con sentido del deber, fiel a las reglas y a los convencionalismos de su oficio. Pero en un jardín secreto cultivaba una libertad interior tanto más desenfrenada cuanto que constituía una compensación a las coacciones oficiales y funcionaba como una especie de válvula de seguridad» (ibid. p. 36)
  2. A. Redier, o.c., p. 24 34.
  3. P. Grandchamp, La prétendue captivité de Saint Vincent de Paul a Tunis (1605-1607). Extracto de La France en Tunisie au XVIIe siècle vol.6 (1928) 20 págs.
  4. P. Grandchamp,  La prétendue captivité… II. Observations nouvelles, en La France en Tunisie… vol.7 p.  XXII-XXXIII; Id., De nouveau sur la captivité de Saint Vincent de Paul à Tunis: Revue Tunisienne (1931) p. 155-157. Los tres artículos de Grandchamp han sido reproducidos en Les cahiers de Tunisie (1965) p. 51-84; J. Guichard, Saint Vincent de Paul esclave à Tunis. Étude historique et critique (París 1937); P. Debongnie, La conversion de San Vicente Paul: RHE (1936) p. 313-339; A. Dodin, Saint Vincent de Paul et la Charité (París 1960) p. 144-168; G. Turbet-Delof, Saint Vincent de Paul et la Barbarie en 1657-1658: Revue de I’Occident musulman et de la Méditerranée 3 (1967) p. 153-165; Id. Saint Vincent de Paul a-t-il été esclave à Tunis?: RHEF 58 (1972) p. 331-340. Para la bibliografía casi exhaustiva del tema, S. Poole, The tunisian captivity of Saint Vincent de Paul. A survey of the controversy. Camarillo (polic.). Otros títulos en nuestra bibliografía, aut.: A. Bellesort, J. Calvet, (p. 23-40), Coste, Debongnie, J. Defos du Rau, R. Gleizes (p. 1-67), P. Grandchamp, H. Lavedan (p. 67-96), J. Mauduit, A. Praviel, A. Redier, P. Renaudin, J. M. Román, G. F. Rossi.
  5. Coste, M.V., t.1 p. 58.
  6. S.V.P. VIII p. 271: ES p. 260.
  7. P. Grandchamp, Observations nouvelles: Les cahiers de Tunisie (1965) p. 71.
  8. Para la exposición de los argumentos contrarios a la cautividad remito globalmente a los artículos citados de P. Grandchamp y P. Debongnie, donde podrán encontrarse fácilmente.
  9. Los argumentos favorables a la cautividad se encuentran en las obras citadas de J. Guichard, G. Turbet-Delof, R. Gleizes, J. M. Román, J. Mauduit. Sólo remitiré con detalle cuando se trate de citas textuales. La correspondiente a esta nota, en G. Turbet-Delof, segundo art.cit., p. 333.
  10. S.V.P. V p. 85; VII p. 117: ES V p. 81; VII p. 107.
  11. P. Defrennes, art.cit., p. 395.
  12. R. Laurentin, o.c., t.1 p. 35.
  13. R. Laurentin, o.c., t.1 p. 37.
  14. G. Turbet-Delof, segundo art.cit., p. 339. Desde un punto de vista literario, las cartas vicencianas de la cautividad guardan relación ya con las «turqueries» francesas, ya con los géneros españoles de novela picaresca y novela morisca. Turbet-Delof, especialista en las primeras, piensa que, considerado el relato vicenciano como «turquerie», hay que convenir que se trata de una «turquerie» histórica o de viajes y no de una «turquerie» de ficción. La relación del escrito vicenciano con la «historia del cautivo» del Quijote o con determinados episodios del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, es posible, ya que ambas obras españolas se publicaron antes de 1607. Pero la existencia de un nexo actual entre cualquiera de ellas y las cartas vicencianas es indemostrable. Más bien parece imponerse la conclusión opuesta: el relato cervantino y el Guzmán confirman que Vicente de Paúl conocía la realidad descrita en las historias de cautivos y pícaros. Esa realidad se hace creación literaria en Cervantes y Mateo Alemán y se transmuta en biografía en Vicente de Paúl. Cf. nuestro art. Las cartas vicencianas de la cautividad, ¿novela picaresca?: Anales (1980) p. 137-147. Las referencias de las obras de J. Gracián, D. Haedo, E. Aranda, P. Dan, G. Gómez de Losada, en la Bibliografía y en nuestro art. Corsarios berberiscos y cautivos cristianos. Nuevos datos para el tema de la cautividad tunecina de Vicente de Paúl: Anales (1979) p. 445-465.

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