SAN VICENTE DE PAÚL Y SAN FRANCISCO DE SALES (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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CONCLUSIÓN

Francisco de Sales y Vicente de Paúl, los santos más populares de su época en Francia, se encontraron en su madurez espiritual y se reconocieron completamente unidos en el amor misericordioso de Dios. Francisco a través de su amor, dulzura y amabilidad había conquistado a Vicente, porque en él llegó a reconocer la expresión plástica del amor misericordioso de Cristo, portador de la bondad de Dios.

Su vida y obra están unidas en la misma fuente: el amor de Dios. Los dos enraízan su fe en el seno de una familia cristiana de piedad vivida y sincera. Parten de condiciones de vida dife­rentes. Francisco de Sales nace y crece rodeado de toda clase de atenciones y facilidades, y Vicente recorre el camino de la esca­sez de recursos y experimenta el contacto con la pobreza y la miseria. Por caminos complementarios llegan al mismo amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo.

Francisco de Sales se emociona ante la amabilidad con la que Dios envuelve y socorre al hombre, a pesar de la degradación en que ha caído por el pecado. Su vocación particular le llevará a anunciar por todos los medios: predicación, catequesis, colo­quios y escritos, ese «amor divino» con que Dios se dirige al ser humano. Y, sobre todo, será el mismo Francisco, transformado por el fuego del amor de Dios y lleno de dulzura y amabilidad, quien se convertirá en el mejor mensajero del «puro amor de Dios».

Vicente de Paúl, guiado providencialmente a través de los acontecimientos de su vida, descubre a Jesucristo, que, por una parte, manifiesta el amor misericordioso de Dios para con el hombre y, por otra, expresa su inmenso amor al Padre en la evan­gelización y servicio de los pobres. Ambos movimientos de amor contemplados en Jesucristo emocionan y conmueven a Vicente de ternura. Dos expresiones: «¡Oh Salvador!» y «Padre de los pobres» (Pater pauperum), manifiestan el amor que desborda el corazón de Vicente hasta hacerle derramar lágrimas.

San Francisco de Sales acentúa el «puro amor de Dios» y san Vicente acentúa la autenticidad de ese amor en la práctica del servicio y la evangelización de los pobres. San Francisco propo­ne atraer a los hombres por la suavidad y la dulzura, a imitación de lo que Dios hace con nosotros, y san Vicente añade: «los pobres son evangelizados».

Los dos escriben con su vida y obra un mismo libro. Francis­co de Sales proyectaba en 1609 escribir un libro que tendría dos partes. En la primera trataría de mostrar el amor de Dios prácti­camente, mediante la observancia de los mandamientos de la Primera Tabla. En 1616 vio la luz el Tratado del amor de Dios. La segunda parte, Tratado del amor al prójimo, que proyectaba escribir para mostrar la práctica del mismo «amor divino» en la observancia de los mandamientos de la Segunda Tabla, nunca llegó a escribirla Francisco. Pero la escribió magistralmente su admirador y amigo en el Señor, Vicente de Paúl. Respondía así providencialmente a una súplica del mismo Francisco: «Pero este discurso del amor al prójimo requiere un tratado aparte, que suplico al soberano Amante de los hombres se digne inspi­rar a alguno de sus más insignes siervos, ya que el colmo del amor a la divina Bondad del Padre celestial consiste en la per­fección del amor a nuestros hermanos y compañeros”.

José Mª López Maside

CEME, 2008

 

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