SAN VICENTE DE PAÚL y BERULLE (V)

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Los CIMIENTOS DE LA ESPIRITUALIDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL

Aunque Dodin y otros autores insisten en la influencia que Vicente de Paúl recibió de san Francisco de Sales, pienso que hay unos rasgos en la espiritualidad vicenciana que suenan a influencia beruliana, pero solamente como cimientos de su feno­menal edificio espiritual. Krumenacker que ha trabajado con los textos elaborados por el Grupo de investigación sobre Bérulle, creado en 1990, los resume así: «la Trinidad, relación de amor, como fuente de toda la vida; Jesús, enviado del Padre, para honrarle por la ofrenda de sí, y para asociar a todos los hombres a su divinidad; Jesús, prototipo de todas las condiciones huma­nas y quien las santifica; el Hijo de Dios, se rebaja y se anonada, a fin de que todo bautizado pueda someterse enteramente a Dios; la inhabitación del Espíritu en el hombre, que desde entonces puede dejar obrar a la Providencia.

Revestirse del Espíritu de Cristo

En las conferencias que dio a los misioneros sobre las Reglas comunes llama la atención el cristocentrismo beruliano. Cuando su amigo san Francisco de Sales apenas nombra a Jesucristo en sus libros, la mayoría de los números de las Reglas comienzan por una frase referida a Jesús que nos pide, nos enseña o nos anima, de tal manera que Cristo es el original y el prototipo de todos los estados y condiciones de los hombres y de los misione­ros (XI, 717), tal como lo expone Bérulle en los Discursos de las Grandezas (II, 2ss; IV y X). Parecería un cristocentrismo exte­rior, de copia, simbolizado en la frase que le dijo san Vicente al P. Durand: «Cuando trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías ahora?» (XI, 240), pero Bérulle va más adelante con la idea de adherencia a los estados de Jesús23, que san Vicente asume con las mismas o parecidas palabras. Al igual que Bérulle, no toma estos estados, misterios o situaciones, que produjeron una deter­minada actitud interior en Jesús, como algo histórico ya pasado que sucedió en su vida terrena, y ahora el cristiano lo copia de una manera irrisoria, sino como una fuente actual de gracia que sigue influyendo en la vida de los hombres. El cristiano se adhie­re a cada uno de los estados y a cada momento y situación de la vida de Cristo y conforma su vida interior a la de Cristo en cada instante de su vida. Aunque san Vicente, para indicar esta trans­formación de la vida del cristiano en la de Cristo, prefiere las palabras seguimiento y más frecuentemente imitación o revestir­se, usa también la palabra adherencia’.

La experiencia de la transfusión de vida desde Jesús al misio­nero y la adhesión de éste a la vida de Jesús la expresó san Vicente a un misionero en una carta sin fecha ni dirección: «El Espíritu Santo mora y obra en usted mismo, no sólo para hacer­le vivir de su vida divina, sino también para restablecer su misma vida y sus operaciones en esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres» (VI, 370). Las dos piedras angulares en el cristocentrismo de Bérulle —religión y caridad— las pone san Vicente en su edificio espiritual y pastoral.

Las Reglas de los misioneros comienzan exponiendo la misión que Dios les ha dado: santificarse, evangelizar a los pobres y ayudar a los eclesiásticos en la ciencia y en la virtud. Y pasan de inmediato a indicar la fuerza que los dirija: «Para que esta congregación consiga, mediante la gracia de Dios, el fin que se ha propuesto, es necesario que trate con todas sus fuerza por revestirse del espíritu de Cristo» (RC, cp. I, art. 3). En la Conferencia que dio a los misioneros el 13 de diciembre de 1658 explica en qué consiste revestirse del espíritu de Jesucristo: El espíritu del misionero es el mismo Espíritu Santo que «le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfec­ción, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíri­tu. Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas ince­santemente… ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era?… ¿Podía acaso tener un amor más grande que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó… Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo… He aquí una descripción del espíri­tu de nuestro Señor, del que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios» (XI, 410s).

La idea beruliana de que Jesucristo, además de ser el centro del mundo, es el adorador perfecto del Padre a quien da todo su amor, es asumida por Vicente de Paúl. En la carta al misionero la caridad de Jesús es a los hombres, en la conferencia es al Padre.

Aunque no nombra a los pobres, en el fondo ellos ocupan el centro, pues todo va dirigido a formar a los misioneros que fundó para ellos. Y así, del principio de Bérulle presentando a Jesús como ado­rador perfecto del Padre al que da todo su amor, saca san Vicente la conclusión de que los colaboradores que se le han asociado, si quie­ren evangelizar y servir bien a los pobres, tienen que vivir de Cris­to, como la energía que desde su interior vigoriza su vida espiritual; por eso, tienen que anonadarse, someterse al Padre y al Hijo, poner­se en sus manos y cumplir su voluntad, que se manifiesta a través del amor entre hermanos y en la obediencia de los súbditos a los superiores, pues debe haber superiores y súbditos, aunque todos deben exponer sus ideas, sabiendo ceder para que haya uniformidad entre ellos. Son ideas berulianas llevadas a la vida práctica en bien de los pobres. Esta es la diferencia entre Bérulle y Vicente.

Este revestirse del espíritu de Jesucristo, esta transfusión de la vida de Cristo a la de los hombres es obra del Espíritu Santo que mora en ellos, como lo había explicado Bérulle en las Grandezas (IV, 2 y 3), y reviste a los vicencianos de determinadas cualida­des o virtudes de Cristo para hacerles vivir de su vida divina. San Vicente escogió preferentemente las virtudes que consideró insustituibles para servir y evangelizar a los pobres y se las impu­so a sus colaboradores. Son las famosas virtudes que expresan el espíritu vicenciano. En esto consiste la adherencia para san Vicente, en revestirse de las cualidades de Cristo: humildad, sen­cillez, mortificación, mansedumbre y caridad o celo. Y si admiti­mos que el espíritu constituye la columna vertebral de la identi­dad vicenciana y es lo que distingue a los vicencianos de otras personas consagradas a Dios en el servicio de los pobres, hay  que admitir igualmente que la influencia beruliana en la espiritua­lidad de Vicente de Paúl y de sus continuadores es importantísima.

Encarnación

Si, para alcanzar la felicidad, el Espíritu Santo nos incorpora en el bautismo a la Humanidad de Cristo y nos reviste de sus mismos sentimientos y actitudes, no es extraño que el hecho de la Encarnación, como la Trinidad, sea para san Vicente centro de la fe salvífica. Sin embargo, aunque parezca mentira, el momen­to de la encarnación no es el centro de su espiritualidad, como lo es para Bérulle y santa Luisa de Marillac, más beruliana que san Vicente. El centro de su espiritualidad es Jesucristo hecho ya hombre, o mejor, evangelizando ya, a quien debemos seguir e imitar. De ahí que no se plantee el motivo del por qué de la encarnación y, si se lo planteó, se separa totalmente de san Fran­cisco de Sales, de santa Luisa y del Bérulle de ciertas épocas. San Vicente, no dado a la metafísica, sino a la realidad presente, no considera el hecho de la encarnación en la hipótesis de que, aunque Adán no hubiera pecado, el Verbo también se hubiera encarnado para elevar la naturaleza humana, sin pecado, cierto, pero incapaz, por ser creada, de alcanzar la felicidad divina. Vicente de Paúl considera la encarnación en la realidad de que Adán pecó, y por ello, siguiendo el tomismo de su amigo Duval, Cristo vino a redimirnos del pecado, al tiempo que se convierte en el modelo que debemos seguir e imitar en la vida y en la misión. Abelly ya había visto esta idea de seguimiento, de tal manera que en la primera edición de la Vida del santo, pone la imitación de Cristo como la llave de su espiritualidad.

Este era el pensamiento común de la época. Por eso san Vicente habla a los misioneros, Hermanas y Señoras de imitar la entrega de Jesús a los pobres, y de su amor y ternura para con ellos; frecuentemente presenta a Jesús asumiendo el lugar de los pobres e identificándose con ellos, llamándolos sus miembros doloridos; y sobre todo, prefiere hablarles de encontrar a Dios en ellos, convirtiendo a los pobres —de acuerdo con la teología moderna— en un «lugar teológico», parecido a las Escrituras y a la Tradición.

Al convertir a los pobres en un lugar teológico, donde encon­tramos a Dios, tiene razón de ser que los pobres sean nuestros amos y señores. Esta fórmula con un sentido humano y social que había leído en Roma en las Reglas de San Camilo de Lellis y que tanto le impresionó, ahora en Paris, después de tratar a Bérulle, la va a convertir en una experiencia mística de espiritualidad. Y como experiencia espiritual la inculcará a todos los vicencianos32.

Admitidas estas ideas, es lógico que Vicente de Paúl se deten­ga en otro aspecto tomado también de Bérulle, el anonadamien-to33. Como él, admite el anonadamiento del Verbo al encarnarse y presenta su nacimiento como modelo de la humildad. Es una humildad de ofrenda beruliana tan profunda que por ella nos convertimos en un holocausto para Dios a quien debemos todo honor y en cuya presencia hemos de anonadarnos y hacer que él tome posesión de nosotros (XI, 589-590). Y al igual que Bérulle presenta el anonadamiento como la capacidad de ser modelado por el Espíritu Santo: «Así pues, padre, anonádese delante de Dios, reconociendo que no es usted más que un instrumento inútil y capaz de estropearlo todo. Pero, tal como es, póngase en manos de la divina voluntad, lleno de confianza en que será Dios mismo el director de sus dirigidos, la fuerza de su espíritu y de su cuerpo y el alma de toda su familia» (VII, 468).

Teniendo presente que el fin de todas sus fundaciones y empre­sas son los pobres, pero recordando también que, como objetivo inmediato, san Vicente va directamente a formar a sus colabora­dores, vemos que se apoya en la idea tan querida por Bérulle de que el Hijo está siempre en relación al Padre, la fuente de su misión temporal en la tierra (VI, 370), para animar a las Carida­des, a las Hijas de la Caridad y a los misioneros a ser instrumen­tos por los que Jesús continúa a hacer en el cielo lo que hizo en la tierra, recordándoles que han sido elegidos y están destinados a representar la bondad de Dios entre los pobres enfermos, pues están consagrados para continuar la misión de Jesucristo y lo apóstoles34. De nuevo la religión y la caridad de Bérulle, de nuevo el honor a la divinidad, pero vividas en los pobres, como aparece en el famoso texto dad la vuelta a la medalla y descubriréis a los miembros dolientes de Jesucristo (XI, 725).

La Trinidad

Y si el Espíritu Santo es el espíritu de los vicencianos que les inculca «los mismos sentimientos y afectos de Cristo mismo» concretados en la humildad, sencillez, mortificación, manse­dumbre y caridad o celo, san Vicente no tiene más remedio que penetrar en el misterio de la Trinidad. Y al analizar el misterio va recordando todo lo que había escuchado a Bérulle y leído en sus libros sobre la Trinidad.

La necesidad de creer en el misterio de la Trinidad para sal­varse, era una teoría común a casi toda la teología de entonces, siguiendo a san Agustín, san Atanasio y a santo Tomás’. Vicen­te de Paúl acepta esta doctrina (I, 181-2). Ya en el Reglamento de la Caridad de Chátillon inculca a las señoras la devoción a la Trinidad y mandará a los misioneros y a las Hermanas que ense­ñen al pueblo este misterio. No extraña, por tanto, que en los documentos de la aprobación de la Congregación de la Misión y en sus Reglas, pusiera como un objetivo promover el culto a la Trinidad y a la Encarnación (X, 308, 321, RC. cp. X, 2).

Me impresiona más cómo se adentra a explicar el misterio, considerando la Trinidad, al igual que Bérulle, como un misterio de relaciones entre las tres Personas: el Padre es la fuente y el origen de toda espiritualidad, que consiste en incorporarnos a la Humanidad de Jesucristo, y es el Espíritu Santo quien nos incor­pora a ella: «[El Padre] trabaja desde toda la eternidad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialo­gar, y ese amor mutuo ha producido eternamente al Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gra­cias a los hombres» (IX, 444). Y hasta penetra tanto o más que Bérulle en la inhabitación de la Trinidad en el hombre, dentro del cual incesante y eternamente se está realizando —por decirlo de una manera material— el origen de las tres divinas Personas: «El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo» (XI, 737). Y si la Compañía ha sido fundada por la Trinidad, sus miembros han de vivir unidos según el modelo de la unión trinitaria: «Vuestra Compañía representa la unión de la Santísima Trinidad… Lo que el Padre quiere, lo quie­re también el Hijo; y son tan conformes que jamás el Hijo quiere lo que no quiere el Padre; esto une perfectamente a estas dos divinas personas, que producen la tercera, que es el Espíritu Santo» (IX, 956). Dejando de lado la teoría, ha pasado de las relaciones trinitarias a la vida real de las comunidades: el traba­jo y la unión de sus miembros que san Vicente considera insus­tituible para la supervivencia y su felicidad, así como para un servicio digno a los pobres: «Las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en particular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la sabiduría al Hijo y la bon­dad al Espíritu Santo se pretenda que el Padre está privado de estos dos atributos, ni que la tercera persona carezca del poder del Padre o de la sabiduría del Hijo» (X, 766). Bérulle no decía otra cosa en el Memorial de dirección, según Krumenacker.

Aunque san Vicente, al explicar las relaciones entre las Per­sonas de la Trinidad, parece que sigue —según él— a san Francis­co de Sales’, es sólo en la unión de amor que hace amable y ape­tecible la bondad divina que nos hace felices en el paraíso. En todo lo demás sigue a Bérulle. Hasta parece tener presente la imagen beruliana de Dios Padre, encerrado en su gabinete o des­pacho, programando la Encarnación del Hijo, cuando dice a las Hermanas que «el Padre eterno cuando quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y pade­cer… Su Padre le dijo: «Permitiré que seas despreciado y recha­zado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permitiré que todas las criaturas se pongan contra ti». Y el Hijo le respondió: «Padre, haré todo lo que me mandes» (IX, 717-8). Es decir, a san Vicen­te le sobrecoge el anonadamiento humilde y obediente de Cristo, y se lo pone como modelo a misioneros y Hermanas.

Aparece nuevamente la personalidad de Vicente de Paúl. No se ata a la metafísica de Bérulle ni a la psicología de san Fran­cisco, él, de nuevo pragmático, saca conclusiones prácticas para que sus colaboradores instituidos en comunidad puedan ayudar a los pobres lo mejor posible: unión y amor en comunidad, parti­cipación en los bienes y trabajos, igualdad entre todos los miem­bros, renunciar a su propio juicio, etc.

La voluntad de Dios

Si en la primera edición de la Vida de san Vicente, Abelly pone la imitación de Cristo como el monocarril por donde circula el tren de la espiritualidad de san Vicente, en la siguiente edición, tres años después, seguramente siguiendo las indicaciones de los misioneros que habían conocido a Vicente de Paúl, añade acer­tadamente un segundo carril: cumplir en todo la voluntad del Padre’. La lectura de las dos frases le da motivo a J. Kapusciak —con el que estoy totalmente de acuerdo— de poner como princi­pio unificador de la espiritualidad y de la acción de san Vicente, cumplir la voluntad de Dios a imitación de Jesucristo.

El P. Dodin en un resumen a la conferencia que dio san Vicente a los misioneros explicando las Reglas comunes, dice que se inspiró para esta conferencia en el libro La Regla de per­fección del capuchino Benito de Canfield. El P. McCullen señala tres influencias en la mentalidad de san Vicente sobre la voluntad de Dios: Canfield, San Francisco de Sales y Bérulle. San Vicente rechaza a san Francisco y a Bérulle, quedándose con Canfield. Sin embargo días después hablará de la indiferencia siguiendo a san Francisco de Sales, aunque dando a la indiferen­cia el sentido activo de disponibilidad. La idea beruliana de la pureza de intención la rechaza san Vicente por ser muy sutil, pero en el fondo la influencia de Bérulle es fuerte, pues de él toma el influjo de la persona viva de Jesucristo que vino al mundo a cumplir la voluntad de su Padre, siendo estímulo y modelo de nuestro anonadamiento, humildad y obediencia ante el querer de Dios, repite continuamente san Vicente.

San Vicente, aunque en algunos momentos dé un sentido mís­tico al cumplimiento de la voluntad de Dios, siempre tiene pre­sente un sentido ascético de santidad, como expuse el año pasa­do aquí mismo, en Salamanca. Me lo confirmaba el hecho de que san Vicente en las Reglas (c. II, art. 3) y en la conferencia que analiza el artículo sobre la Voluntad de Dios, solamente se detie­ne en las dos primeras partes de la Regla de Perfección, y de éstas, en su parte ascética, aunque maneja una edición que inclu­ye también la tercera parte sobre la unión supereminente.

Sin embargo, pienso que el influjo más fuerte lo recibió del ambiente social, popular y, sobre todo, religioso, que respiraban todos los espirituales de entonces. Ante tantas calamidades, gue­rras y enfermedades de origen desconocido contra las cuales los hombres y la ciencia se sentían impotentes, aquella gente religio­sa se lo atribuía al querer de Dios; la gente consideraba el mundo dirigido por la Voluntad divina que por medio de su Providencia actuaba castigando con guerras y catástrofes naturales o pre­miando con la paz y buenas cosechas. Al hombre, arrepentido o agradecido, sólo le tocaba aceptar el beneplácito divino sin ade­lantarse a su providencia (1, 131s). Algunas veces san Vicente añade expresiones místicas, tomadas de Bérulle, Canfield y de san Francisco de Sales, identificando el querer de Dios con su amor benevolente al mundo, pero en el fondo nunca abandonó la interpretación ascética de permanecer ante el querer de Dios como los soldados a las órdenes de los mandos o como los mulos ante su amo.

La naturaleza humana

Al considerar la naturaleza humana se coloca en las antípodas del optimismo humanista salesiano, y pone en el cimiento de su espiritualidad la piedra de Bérulle renanoflamenco: La naturale­za humana ante Dios es la nada y está inclinada al mal.

En la concepción pesimista de la naturaleza humana que con­tagian los escritos de san Agustín y el Pseudo-Dionisio muy leí­dos en la primera mitad del siglo XVII, y que asume Bérulle y toda la Escuela Francesa, le hace exclamar a Vicente de Paúl fra­ses duras, alejadas de la concepción moderna que tenemos del hombre: «La miseria del hombre es tan grande que, si no hay algún antídoto para su alma, fácilmente se deja arrastrar por sus malas inclinaciones y sus sentimientos corrompidos y deprava­dos… ¡No somos más que gusanillos de la tierra, vapor de humo, saco lleno de suciedad y antros de mil malos pensamientos» (X, 41-44). Seguir la naturaleza es ir hacia abajo. Por eso no cues­ta ningún esfuerzo, dado que es como la corriente de agua que nos inclina a esas cosas. La religión católica quiere cosas total­mente contrarias a la naturaleza; inclina a las cosas del cielo, a la práctica de la virtud. La naturaleza me dice que mire las cosas de la tierra, que siga mis pasiones, que busque mis placeres; pero la razón me dice todo lo contrario… O sea, que si no seguimos mortificándonos continuamente y yendo contra nuestras inclina­ciones,… inmediatamente nos disipamos y vamos hacia abajo.

Sí, mis queridas hermanas, si no nos esforzamos incesantemen­te en mortificar y en resistir a nuestras pasiones, ellas se apode­rarán de nosotros; y luego, siguiendo su impulso, viviremos según la naturaleza» (IX, 845). No se olvide que la gente había sido contagiada en cierto modo por el pesimismo natural del cal­vinismo y jansenismo.

El sacerdocio

Uno de los temas que más se ha resaltado en Bérulle y en su influencia sobre san Vicente de Paúl es el sacerdocio, que Bérulle llama presbiterado. No dudo que Vicente de Paúl, cuando se encontró con Bérulle, le escucharía hablar de la grandeza del presbiterado, de que él nunca quiso ser religioso sino sacerdote secular. Le impresionaría oírle decir que la Iglesia estaba en decadencia por los malos sacerdotes y que, para renovar la Igle­sia, había que empezar por reformar al clero, lo cual le llevaría a fundar el Oratorio, una asociación de sacerdotes seculares sin votos, que proporcionó muchísimos profesores a los seminarios que se fundaron por entonces. Pero toda esta mentalidad era lugar común en la sociedad y entre los sacerdotes. Desde el siglo xiv era el grito continuamente repetido de toda la cristiandad, reformar la Iglesia en la cabeza y en los miembros, como se manifestó en el Concilio de Constanza. A esta reforma se entre­gó Bérulle, pero también La Rochefoucauld, Bourdoise, Condren, Bourgoing, Olier y san Vicente de Paúl. Bien sabían que en ese grito se apoyó Lutero para justificar su reforma.

Pienso que Bérulle no aportó ideas nuevas a la teología del sacerdocio, a no ser la idea de la gran dignidad del sacerdote en sí mismo, por participar del sacerdocio de Cristo y no por el ministerio sacerdotal ni por pertenecer a la jerarquía eclesial, considerando, por ello, al sacerdocio superior al estado religioso. Es decir, la gran intuición de Bérulle fue dar unidad a la natura­leza y a la función ministerial de los sacerdotes como participa­ción del sacerdocio único y eterno de Cristo que los elige como instrumentos suyos para la santificación de los hombres. Acaso su siglo pudo considerar moderna la visión jerárquica del univer­so, colocando a los sacerdotes en el orden superior de los que «comunican a los fieles el espíritu, la luz y la gracia de Jesús», resaltando la misión de mediación del sacerdote, como participa­ción de la mediación sacerdotal de Cristo. Pero esta idea, toma­da del tratado del Pseudo Dionisio, Sobre la Jerarquía eclesiás­tica, era asumida también por muchos otros teólogos.

No cabe duda que san Vicente coincide o tiene ideas parecidas, pero creo que no fueron influenciadas por Bérulle, sino respiradas en todos los ambientes espirituales de la Iglesia y de la sociedad. Desde el Concilio de Trento era la doctrina tradicional. Sin embar­go, a san Vicente le quedó en el fondo cierto poso beruliano que desarrollará, sin pretenderlo, en una teología sacerdotal esparcida en sus cartas y conferencias y que de vez en cuando le brota al exterior en frases netamente berulianas, como la carta ya citada: «¡Qué feliz es usted, padre, por servir de instrumento en manos de Nuestro Señor para formar buenos sacerdotes… ! Con eso desem­peña usted el oficio del Espíritu Santo, que es el único al que per­tenece iluminar y encender los corazones; o mejor dicho, es ese Espíritu santo y santificador el que actúa por medio de usted, ya que mora y obra en usted mismo, no sólo para hacerle vivir de su vida divina, sino también para restablecer su misma vida y sus operaciones en esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes vir­tudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la cari­dad para con los hombres. Así pues, padre, mire a ver si hay en el mundo alguna tarea más necesaria y más apetecible que la suya» (VI, 370). 0 la conferencia a los misioneros sobre los miembros de la Congregación. En esta conferencia se ve, por un lado, el esfuerzo de aplicar a los Hermanos laicos la doctrina salesiana de santificarse cada uno en su estado de vida, según la Introducción a la Vida Devota, y por otro, la teoría beruliana de la supremacía y dignidad del sacerdote, cuyo carácter es una participación del sacerdocio eterno del Hijo de Dios, uniéndola a la teoría tradicio­nal de la grandeza sacerdotal por su ministerio de sacrificar el cuerpo de Cristo y la facultad de perdonar los pecados a los hom­bres. Por tanto, hermanos míos, tened mucho cuidado en no que­rer igualaron a los sacerdotes; no os midáis nunca con ellos, y mucho menos vuestra condición con la suya.

La secularidad de la Congregación de la Misión no fue copia­da de Bérulle. Fue sencillamente resultado, por un lado, de las situaciones sociales y eclesiales que ya habían visto otros funda­dores antes que Bérulle y san Vicente, como san Felipe Neri, César Bus, Romillon, los Padres de la Doctrina cristiana, los Padres de Betarrán54, y por otro, de circunstancias locales y per­sonales, como el hecho de que la señora de Gondi no encontrara congregaciones que aceptaran misionar sus tierras. Más aún, Vicente de Paúl se acerca más a Condren que a Bérulle al impo­ner los votos en la Congregación.

Además de los grandes temas berulianos que aparecen en los escritos de san Vicente como cimientos del edificio espiritual que levantó, hay otras ideas que nos recuerdan también a Bérulle. Por ejemplo, llamar a Jesús nuestro Padre, al igual que santa Luisa de Marillac; o la diversidad de carismas en las institucio­nes religiosas: capuchinos, cartujos, jesuitas, Hijas de la Caridad, paúles, etc., expresada con palabras parecidas a las que emplea Bérulle; igualmente algunos puntos de la doctrina eucarística o el bautismo como fundamento de la vida en Cristo. No se olvide que san Vicente cita también la famosa frase: «Vivo yo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo el que vive en mí» (Ga 2, 20), que continuamente aparece en los escritos de Bérulle.

Benito Martínez. CEME 2008

 

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