San Vicente de Paúl y Berulle (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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PRIMERA PARTE: RELACIONES PERSONALIDAD DE BÉRULLE

Para comprender la influencia que tuvo Bérulle en san Vicen­te y entender las relaciones entre ambos, pienso que conviene empezar por conocer quién era o cómo era Pedro Bérulle, nacido en 1575 en el castillo familiar de Cérilly, pero criado y educado en la parte aristócrata de París. Pues era hijo de nobles parlamen­tarios. Sus tíos maternos eran nada menos que los Seguier. Los estudios los realiza con los jesuitas en el afamado colegio de Cler-mont. Estos se fijan en él, pero él no quiere pertenecer a ninguna orden religiosa, quiere ser sacerdote secular. A los 17 años ya parece un doctor consumado en las ciencias de la salvación. Y desde esa edad promete a Dios escoger siempre lo más perfecto. Sólo tiene veinte años cuando los jesuitas son expulsados de Francia y el provincial le da poder para admitir en la Compañía a todos los que juzgue idóneos. A los 22 años, publica el Breve dis­curso sobre la abnegación interio’ y a los 24, el Tratado sobre los energúmenos. Se ordena de sacerdote en junio de 1599 y, al poco, el rey Enrique IV le nombra capellán real con la misión de convertir al catolicismo a sus antiguos compañeros hugonotes. Con sólo 25 años el Cardenal Du Perrón le toma como ayudante en la famosa disputa contra los hugonotes en Fontainebleau delan­te del rey Enrique IV. La fama de tener un cerebro excepcional se consolidó. Dotado de una inteligencia prodigiosa para la metafísi­ca, admira a todos. Aún hoy día, al leer sus escritos, comprende­mos su genial entendimiento filosófico, platónico y agustiniano.

Lo malo es que él lo sabía. De ahí la contradicción entre su actividad civil y religiosa y la espiritualidad mística que sincera­mente quiso vivir. Escribe de una manera sorprendente sobre la mística de la adoración a la grandeza divina, se extasía ante el anonadamiento del Verbo y la maternidad de María, pero no sé si llegó a vivirlo, por más que lo pretendiera. Yo le considero un maravilloso teólogo que escribe acertadamente sobre la mística más que un espiritual de experiencias contemplativas.

Se consideraba el número uno y estaba tan seguro de sus obje­tivos que exigía que sus decisiones fueran admitidas sin discu­sión. No pensó que en la vida práctica lo mejor puede ser enemi­go de lo bueno. De ahí los enfrentamientos, algunos violentos, que tuvo con amigos que lo habían sido sinceramente. En 1603 Juan de Brétigny, de acuerdo con la señora de Acarie y con Catalina de Orleáns, princesa de Longueville, viene a España para llevar a Francia carmelitas descalzas. En el proyecto llevaba Brétigny 20 años, gastando mucho dinero y tiempo, y escribiendo infinidad de cartas a Roma, España y a la corte francesa. Pues bien, meses des­pués, Bérulle viene a España, posterga a Brétigny, 20 años mayor que él, y se nombra jefe de la delegación, apareciendo como el fundador del Carmelo en Francia. Trabaja, y hasta manipula, para que no se funde ningún convento de carmelitas descalzos en Francia y ser así él quien dirija a las carmelitas. El Superior y Visi­tador de las Carmelitas francesas nombrado por Roma sería cada tres años Gallemant, Duval y Bérulle, quedando los otros dos como Vicarios, sin embargo, Bérulle logrará ser designado por Roma Visitador único, prescindiendo de Gallemant y de Duval en la espiritualidad que inculcaba a las carmelitas. Se enfrenta a la madre Ana de Jesús que va de priora y tiene una personalidad firme, a la que no puede doblegar, y se apoya en la Beata Ana de San Bartolomé, carmelita de velo blanco y de carácter dócil. Sin embargo, cuando ésta pretende que los carmelitas vengan a Fran­cia, Bérulle la somete a una tortura espiritual, prohibiéndole con­fesarse con cualquier confesor que no sea él. Por el mismo moti­vo tendrá un altercado violento con su prima Acarie, que había entrado en el Carmelo de Pontoise con el nombre de María de la Encarnación y que morirá poco después del altercado sin haber podido reconciliarse con su primo. A mí me da la impresión de que Bérulle se manifestaba tan seguro de sí mismo y tan conven­cido de la verdad de sus juicios que aparece inflexible. Maravillo­so para estudiar su doctrina, pero difícil para trabajar a su lado.

Atención especial merece el enfrentamiento que tuvo con Andrés Duval por causa del voto de esclavitud a María, que Bérulle quiso imponer a todas las carmelitas francesas sin contar con los otros dos superiores, y por el papel que en la práctica Bérulle quería dar al Oratorio fundado por él en la reforma de la Iglesia en Francia. Duval, eminente profesor de la Sorbona, con­sideraba ese voto como un cuarto voto solemne que sólo podía imponer la Santa Sede; asimismo Duval pensaba que Bérulle daba al Oratorio más importancia en la reforma de la Iglesia que a la Universidad de la Sorbona, quitándole los mejores alumnos para el Oratorio. El enfrentamiento fue duro, y el caso es que, en esos años, los dos eran buenos amigos de Vicente de Paúl.

Benito Martínez. CEME 2008

 

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