San Vicente de Paúl, un perfecto realizador de la voluntad de Dios (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

«Un día le preguntaron a San Basilio con qué medio podría mani­festar su amor a Dios. Respondió que haciendo todo lo que uno puede, y también, si se puede hablar así, más de lo que uno puede para cum­plir continuamente, en todo, la santísima voluntad de Dios con arden­tísimo deseo de procurar el engrandecimiento de su honor y de su glo­ria… Eso es lo que practicó santamente el señor Vicente; y podemos decir que esa conformidad de su voluntad con la voluntad de Dios era la propia y principal, y como la virtud general, de este Santo Varón, que extendía sus influencias sobre todas las demás. Era el muelle real que hacía actuar a todas las facultades de su alma, y a todos los órga­nos de su cuerpo; era el primer móvil de todos los actos de piedad más santos, y generalmente de todas sus acciones».

Bastaría ésta sola cita del primer biógrafo y conocedor direc­to de nuestro santo para subrayar la centralidad de la voluntad de Dios en el universo espiritual de san Vicente. No era ésta, sin embargo, una cualidad privativa suya, ya que el cumplimiento de la voluntad de Dios constituía uno de los principios consagrados de la espiritualidad cristiana y era abordado en cantidad de tratados espirituales de la época. De hecho, el tema de la voluntad de Dios es un clásico de nuestra espiritualidad desde sus inicios hasta hoy, de manera que, a decir de tantos autores, es en el cum­plimiento de la voluntad de Dios donde nos jugamos lo más nuclear del seguimiento de Cristo.

No estamos, pues, ante una cualidad privativa de san Vicen­te, pero sí ante un rasgo esencial de su espiritualidad. Participan­do con tantos contemporáneos de esta característica, la vive, no obstante, con una intensidad tal que hace de la mirada a la volun­tad de Dios un principio motor de su existencia. En las mismas Reglas Comunes escritas para los misioneros deja ya desde el comienzo constancia de este hecho: «El cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección cristiana. Todos intentaremos, en la medida de nuestras fuerzas, el hacer de eso una norma habitual».

San Vicente está firmemente persuadido de que se llega a la perfección cristiana, meta del creyente, mediante la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así se lo inculca a cuan­tos entran en el círculo de su influencia y así ha llegado desde entonces hasta nosotros. De hecho, las actuales Constituciones de la Congregación de la Misión recogen esa misma idea en varios de sus números: «Cristo, el Señor, permanecía en íntima unión con el Padre cuya voluntad buscaba en la oración. Esa voluntad fue la razón suprema de su vida, de su misión y de su oblación por la salvación del mundo«. «También nos­otros, santificados en Cristo y enviados al mundo, intentaremos buscar en la oración los signos de la voluntad divina e imitar la disponibilidad de Cristo, juzgando en todo conforme a su sentir».

Las mismas Constituciones de las Hijas de la Caridad refie­ren a la atención a la Providencia y a la docilidad a la acción del Espíritu Santo el comienzo de la Compañía, y dicen de las Her­manas que «aspiran a vivir en diálogo continuo con Dios, poniéndose en sus manos con una actitud de confianza filial en la Providencia». Aunque finos analistas de la vida espiritual dis­tinguen con sutileza conceptos como «voluntad de Dios», «pro­videncia» o «docilidad al Espíritu», se trata en cualquiera de los casos de una actitud básica de respeto y sumisión a los designios de Dios por parte de la persona creyente.

Pese a la importancia de todo este tema y de su centralidad en nuestro santo, no es nuestra pretensión estudiar la doctrina de san Vicente sobre la voluntad de Dios. Hay ya libros y artículos muy cualificados referidos a ello’. Además, la dirección de esta Semana Vicenciana nos ha pedido concretamente reflejar no tanto la teoría cuanto la vivencia de san Vicente sobre la volun­tad de Dios, su experiencia personal: cómo practicó o realizó Vicente de Paúl la voluntad de Dios en su vida. Este va a ser, pues, nuestro intento.

Para llevarlo a cabo, sin embargo, no podemos sin más enu­merar hechos y recoger textos que se refieran al tema. Todo eso hay que contextualizarlo en una experiencia creyente y en una atmósfera espiritual que le den contenido. En este sentido, dada la espiritualidad cristocéntrica de nuestro fundador, la mirada a Jesucristo y a su vivencia de la voluntad de Dios es esencial para comprender el pensar y el proceder de san Vicente. No hay que olvidar, en este contexto, que ya su primer biógrafo distinguía dos trazos fundamentales en la espiritualidad de nuestro santo: la imitación de Cristo y la conformidad con la voluntad de Dios7. Precisamente porque san Vicente pretendía imitar a Jesucristo es por lo que el cumplimiento de la voluntad de Dios tiene tanta importancia en su vida. Es, por eso, obligado que empecemos por recordar brevemente a Jesucristo como perfecto realizador de la voluntad del Padre.

  1. JESUCRISTO, PERFECTO REALIZADOR DE LA VOLUNTAD DE DIOS
  2. LA VOLUNTAD DEL PADRE, CLAVE ESPIRITUAL DE JESUCRISTO

Le llama la atención a san Vicente de la vida de Cristo aque­llo que de pasada se dice en el libro de los Hechos sobre lo que «Jesús hizo y enseñó desde el principio». A partir de esta idea, constata san Vicente en el capítulo primero de las Reglas Comunes que «Nuestro Señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, se puso a actuar y a enseñar, según aparece en la Sagrada Escritura». Curiosamente, en el obrar no menciona nuestro Fundador los milagros o los trabajos de Cristo, sino que incluye la práctica de todas las virtudes, y en el enseñar no se refiere a la doctrina o a los discursos sino a la evangelización de los pobres y la forma­ción de los discípulos.

La vida de Jesucristo se manifiesta desde esta perspectiva como una admirable conjunción de crecimiento personal y de dinamismo misionero, de oración y de acción, de mística y de compromiso. ¿Cuál es el nexo de toda esa conjunción? ¿Cuál es el criterio unificador de toda esa amalgama? Sin duda, la volun­tad de Dios. Jesús buscaba cada día esa voluntad de Dios en la oración y la realizaba después en la acción. Se introducía diaria­mente en la mística de la Providencia divina y la vivía en la entrega a la misión. En realidad, y aun cuando en el enunciado estemos distinguiendo como dos tiempos en todo ese proceso, no había tal distinción en la existencia de Jesús. Él lo vivía todo de tina manera unificada porque partía de una comunión de base: la comunión de su voluntad de Hijo con la voluntad del Padre.

Conviene recordar en este momento una advertencia de Dolo­res Aleixandre al hablar de la voluntad de Dios: que nuestro con­cepto de «voluntad» como facultad distinta de la memoria, el entendimiento o la sensibilidad no coincide con el término bíbli­co que la Vulgata traduce por «voluntas». «El término hebreo designa el sentimiento subjetivo de complacencia, aspiración, deseo, amor, alegría». Esto supuesto, en el Nuevo Testamento la voluntad del Padre —es decir, su amor, su complacencia, su alegría— descansa en Jesús. Según esto, en Jesús, la voluntad no es tanto una cualidad abs­tracta cuanto una presencia concreta. En Jesús la voluntad no es tanto una disposición para la acción cuanto una revelación para la vida. Jesús no es sólo la Palabra de Dios, sino la Voluntad de Dios: su querer, su proyecto, su plan. Por eso el que ve al Hijo ve al Padre, el que conoce al Hijo conoce al Padre, y el que obra como el Hijo hace lo que el Padre quiere. Este vendría a ser el sentido último de la frase que se oye en el cielo cuando el Bau­tismo de Jesús y que después viene a repetirse prácticamente en el episodio de la Transfiguración: «Este es mi Hijo amado, en el que me complazco». Queda así consagrado Jesús como voluntad encarnada del Padre.

Vendrán después otros textos del Nuevo Testamento a refren­dar esta misma idea. El Evangelio de Juan, por ejemplo, intere­sado como ningún otro en explorar el mundo interior de Jesús, la energía oculta de su acción y entrega, lo repetirá de mil formas distintas: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra». «Yo no busco mi voluntad, sino la volun­tad del que me ha enviado». Los mismos Sinópticos habí­an captado la centralidad de este tema en la vida de Cristo, de manera que «estar en las cosas del Padre» viene a ser como el «santo y seña» del programa de Jesús desde niño. Lle­gará a decir, desde esa convicción, que la identificación con Él no la miden los lazos de la carne, sino el entroncamiento perso­nal y activo en la voluntad del Padre. Tampoco el acceso al Reino estará en función directa de invocarle como Señor o de haber comido y bebido con él, sino de hacer la volun­tad de Dios. Su propia oración personal está siempre transida por el deseo de esa misma voluntad. Más ade­lante, el autor de la carta a los Hebreos vinculará el poder salva­dor de Jesús a su capacidad de obediencia al plan de Dios, lo que convertirá a Cristo en consumador de la fe y en pionero de nues­tra propia fe.

Contemplando toda esta realidad de la voluntad de Dios en Cristo, llama la atención hasta qué punto se trata no de una Ley que se impone y que recaba un cumplimiento perfecto, sino de una persona que atrae y que invita a la adhesión. Después, muy a menudo, en la historia de la espiritualidad y en los tratados al uso se ha solido producir como un desplazamiento desde esta concepción evangélica de la voluntad a una presentación más doctrinal. Y se insistía más en la voluntad de Dios como algo codificable a conocer y cumplir que en alguien personal a descu­brir y vivir. Si nos fijamos en el Evangelio, aparecían palabras como «complacencia» o «alimento» lo cual sugiere que la volun­tad de Dios produce fruición y vitalidad, crecimiento y plenitud, sabor y alegría. De ahí que las palabras de Jesús en esos momen­tos de su vida que le requieren una obediencia extrema van siem­pre precedidas de una invocación confiada al Padre, invocación que revela no el acatamiento de un siervo que se somete, sino la comunión, la afinidad y la adhesión de un hijo que confía.

Santiago Azcárate

CEME  2011

 

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